El señor de Bembibre

Part 25

Chapter 254,067 wordsPublic domain

El señor de Arganza no pudo menos de sentir el profundo contraste que con los tormentos de su hija única formaba la calma de la naturaleza. Acordóse entonces de la predicción del abad de Carracedo, y de tal manera se perturbó su imaginación, que se sentó trémulo y acongojado en un asiento, cuando de pronto le pareció oir como a la salida del pueblo de Carracedo un ruido que instantáneamente iba aumentándose. Un rápido vislumbre, que salió por acaso de debajo de las encinas, excitó más su curiosidad, y observando con cuidado vió que eran tres jinetes, dos de ellos con atavíos militares que venían costeando el lago con galope rápido y acompasado a un tiempo, y se encaminaban a la quinta. La luz de la luna, que no servía para distinguir más que los bultos, alumbró lo bastante cuando ya se acercaron para descubrir que el uno de ellos vestía el hábito blanco y negro de la Orden de San Bernardo. Don Alonso no pudo contener un grito de alegría y de sorpresa, y bajando la escalera precipitadamente fué a abrir por su misma mano la puerta al abad de Carracedo, que era el que llegaba acompañado de don Álvaro y de su escudero Millán.

—¡Ah, padre mío!—le dijo el apesadumbrado señor arrojándose en sus brazos—; no hace un instante que estaba pensando en vos. Vuestra predicción ha empezado a cumplirse de un modo espantoso, y mucho temo que no salga cierta del todo.

—No deis crédito a palabras, hijas de un ímpetu de cólera—le dijo el abad bondadosamente—. Más alta que la vanidad de nuestra sabiduría está la bondad de Dios.

—¿Y vos también, noble don Álvaro?—añadió don Alonso yéndose para el joven con los brazos abiertos—. ¿De esta manera debíamos encontrarnos al cabo de tan alegres imaginaciones?

Entonces se le anudaron las palabras en la garganta, y don Álvaro, sin desplegar los labios, se apartó violentamente de él, volviendo las espaldas y metiéndose en la obscuridad para enjugarse las lágrimas de que estaban preñados sus párpados y sofocar sus sollozos. Todo quedó silencioso por un rato, si no es el caballo árabe de don Álvaro, que, a pesar de la fatigosa jornada, hería la tierra con el casco. Por fin el noble huésped, sosegándose un poco, dijo a los recién venidos:

—No os esperaba hasta mañana, mis buenos amigos; pero en verdad que nunca pudo haber llegada más a tiempo.

—¿Eso creíais de nosotros?—respondió el abad—¡no permita el cielo que con esa tibieza acuda nunca a los menesterosos y afligidos! Desde que recibimos vuestra carta, no hemos cesado de caminar con la mayor diligencia, y aquí nos tenéis. ¿Pero nada nos decís de vuestra hija?

—Hace un momento que dormía—respondió don Alonso—, si sueño puede llamarse el que en medio de tanta perturbación se disfruta. Venid, acerquémonos a su aposento para que la veáis si puede ser.

Al ruido de los caballos habían acudido algunos criados, y uno de ellos cogiendo una luz, los guió a la cámara de la enferma. Quedáronse los forasteros al dintel mientras don Alonso se informaba, pero al punto volvió por ellos y los hizo entrar.

Estaba doña Beatriz tendida en su lecho, como sumergida en un angustioso letargo, y las largas pestañas que guarnecían sus párpados, daban a sus ojos cerrados una expresión extraordinaria. Aquella animación que la esperanza y alegría disipadas hacía tan pocas horas, habían comenzado a derramar en su rostro, todavía no estaba borrada. En su frente, pura y bien delineada, se notaba una cierta contracción, indicio de su padecimiento, y la calentura había esmaltado sus mejillas con una especie de mancha encendida. Sus rizos largos y deshechos, le caían por el cuello, blanco como el de un cisne, y velaban su seno, de manera que, a no ser por su resuello anheloso y por el vivo matiz de su rostro, cualquiera la hubiera tenido por una de aquellas figuras de mármol que vemos acostadas en los sepulcros antiguos de nuestras catedrales. Todavía no habían desaparecido las huellas de los antiguos males y las del nuevo comenzaban a marcarse profundamente; pero, sin embargo, estaba maravillosamente hermosa, no de otra suerte que si un reflejo celestial iluminase aquel semblante.

El abad, después de haberla mirado un instante, se puso a hablar en voz baja, pero con un gesto y expresión vehemente, con el religioso que la asistía, pero don Álvaro se quedó contemplándola con los ojos fijos. De repente exhaló un suspiro y luego, con una entonación fresca y purísima que participaba a un tiempo de la melancolía de la tórtola y la brillantez del ruiseñor, cantó sobre un aire del país el estribillo de una canción popular que decía:

Corazón, corazón mío, lleno de melancolía, ¿cómo no estás tan alegre, como estabas algún día?

Los ecos de aquella voz tan llena de sentimiento y de ternura, quedaron vibrando en las bóvedas de la estancia, y como más de una vez sucede en los sueños, doña Beatriz se despertó al son de su propio canto. Don Álvaro que vió abrirse sus hermosos ojos, como dos luceros hermanos que saliesen al mismo tiempo del seno de una nube, tuvo la bastante presencia de ánimo para esconderse al punto detrás de don Alonso y de Martina, temeroso de producir con su aparición una revolución fatal en la enferma; pero ya fuese que la acción le pareciese sospechosa, ya que su corazón le dijese a gritos quién era el que delante tenía, se incorporó en la cama con ligereza increíble, y como si quisiera atravesar con su mirada los cuerpos de su padre y de Martina para descubrir al que se ocultaba, preguntó con zozobra:

—¿Quién, quién es ése que así se recata de mis miradas?

El abad, poseído de los mismos temores, quiso hacer entonces la deshecha, y presentándose de repente, le dijo:

—Es un guerrero que me ha acompañado, doña Beatriz. ¿No me conocéis?

—¡Ah!, ¿sois vos, padre mío?—contestó la joven asiendo su mano y llevándola a sus labios—; pero ¿quién sino él os acompañaría a esta casa de la desdicha?—prosiguió fijando los ojos en el mismo sitio.

La estatura aventajada de don Álvaro hacía que su casco coronado de un plumero, se viese claramente por encima de la cabeza del señor de Arganza.

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—¡Él es! ¡él es!—exclamó doña Beatriz con la mayor vehemencia—ese es el mismo yelmo y el mismo penacho que llevaba en la noche fatal de Villabuena. ¡Salid, salid, noble don Álvaro! ¡Oh, Dios mío, gracias mil, de que no me abandone en este trance de amargura!

—¡Ah, señora!—exclamó él presentándose de repente—ni en la ventura, ni en la desdicha, ni en la vida ni en la muerte, os abandonará nunca mi corazón.

La joven, medio turbada aún por el delirio, y sin seguir más impulsos que el de su corazón, se había inclinado como para echarle los brazos al cuello, pero al punto volvió en sí y se contuvo. Con la emoción se había quedado descolorida, pero entonces un vivo carmín esmaltó sus mejillas y hasta su cuello, y bajó los ojos.

—¡Cosa extraña!—dijo después de un breve silencio—: no hace mucho que soñaba que me arrebatabais del convento como aquella noche fatal, y que sin llegar al asilo que me teníais preparado, os despedíais de mí para siempre, porque os ibais a la guerra de Castilla. Yo entonces me senté a la orilla del camino y me puse a cantar una endecha muy triste. Era un sueño como todos los míos, de separación y de muerte, pero he aquí que vos volvéis... ¿cómo habrá podido serme infiel mi corazón? ¿Qué quiere decir esta mudanza?

—¿Qué ha de decir, hija mía—respondió el Abad—sino que el Señor que te prueba aparta ya de ti las horas malas? ¿No temblabas por la vida, por la honra y por la libertad de don Álvaro? Pues aquí le tienes libre y más honrado que nunca. Aun el único estorbo que a tu felicidad se opone, desaparecerá sin duda muy en breve. ¿Cómo no esperas lo que todos para ti esperamos, y nos afliges de esa suerte?

Doña Beatriz se sonrió entonces melancólicamente, y replicó:

—Mi pobre corazón ha recibido tantas heridas, que la esperanza se ha derramado de él como de una vasija quebrantada. Yo me las figuraba ya cicatrizadas; pero no estaban, sino cerradas en falso, y con este golpe han vuelto a brotar sangre. ¡Tenga el cielo piedad de nosotros!

Volvió a quedarse todo en aquel profundo silencio que entristece, tanto como el mismo mal, las habitaciones de los enfermos, sin oirse más ruido que el de la anhelosa respiración de doña Beatriz. Ella fué la que volvió a romperlo, diciendo impetuosamente, y como si sus palabras y determinación atropellasen por una gran lucha interior:

—¡Don Álvaro!, no os partáis de aquí... ¿No es verdad que os quedaréis? ¿quién puede prohibíroslo? Yo os amo, es verdad, pero del mismo modo pudiera amaros un ángel del cielo o vuestra madre si la tuviérais. ¡Pensad que mis palabras llegan a vos del país de las sombras, y que no soy yo la que tenéis delante, sino mi imagen pintada en vuestra memoria! ¿Pero no me respondéis?, decid: ¿tendríais valor para abandonarme en este trance?...

—No, no, hija mía—repuso el abad apresuradamente—; ni él ni yo nos apartaremos de tu lado hasta que tu padre vuelva de Francia con esa dispensa, prenda de tu alegría y gloria venidera.

—¿Con que perseveráis en esa penosa determinación sólo por amor mío?—exclamó ella clavando en su padre una dolorosa mirada, en que se pintaban la duda y el abatimiento.

—Sí—respondió don Alonso—; mañana mismo partiré, si tú no me quitas el valor con esa flaqueza indigna de tu sangre. Ánimo, Beatriz mía, pues que en tan buena compañía te dejo; que yo espero estar de vuelta antes de tres meses, con lo único que puede tranquilizar a un tiempo tu corazón y mi conciencia: la libertad de don Álvaro.

El médico hizo ver entonces que una conversación tan larga y llena de agitación podía aumentar el acceso de doña Beatriz, y después de algunas palabras de ánimo y consuelo que la dirigieron el abad y su padre, se salieron todos de la habitación, menos el anciano monje y Martina. Don Álvaro no dijo ni escuchó una sola palabra; pero los ojos de entrambos hablaron un lenguaje harto más elocuente al despedirse.

Cualesquiera que fuesen los recelos que doña Beatriz tuviese de su fatal estado, por entonces una sola idea la ocupaba, y era que no se vería privada de la vista de don Álvaro. Poco podía servir para sanar los males de su cuerpo, pero era un bálsamo celestial para su espíritu, y su influencia fué tan suave y benéfica, que como más de una vez sucede con las imaginaciones fogosas, bastó para alterar favorablemente el curso de la enfermedad y proporcionarle más descanso del que pudiera esperarse de aquella noche.

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CAPÍTULO XXXVI

Al día siguiente, muy temprano, y cuando su hija descansaba todavía, salió el señor de Arganza para Francia, sin más que el viejo Nuño y otro criado. Ambos entrados en años, y, por consiguiente, quebrantados, estaban sostenidos, sin embargo, por un mismo sentimiento, que si en el uno se podía explicar por el arrepentimiento y ternura paternal, en el otro venía a ser lealtad acendrada, y entrambos ciega inclinación a aquella joven, digna de mejor suerte. No quiso don Alonso despedirse de ella, siguiendo el cuerdo consejo del físico, para no agitarla más con una escena siempre triste, pero en aquella ocasión mucho más. Así, pues, la partida se verificó a las calladas, acompañando al viajero el abad y el señor de Bembibre un buen trecho de camino. Cuando hubieron de separarse, don Alonso los abrazó estrechamente, encargándoles el cuidado con su hija querida, y, sobre todo, que distrajesen su ánimo de las fúnebres ideas que lo obscurecían. Así se lo prometieron entrambos, y despidiéndose con pesadumbre, continuó el uno su viaje y dieron los otros la vuelta hacia la quinta.

Doña Beatriz, rendida con las emociones de aquella noche, se había quedado profundamente dormida cerca del amanecer, y, aunque los síntomas constantes de su enfermedad no daban a su sueño aquel descanso inapreciable, medicina de tantos males, sin embargo le permitían una blanda tregua con ellos. Justamente, al entrar don Álvaro y el abad la despertó el relincho de _Almanzor_, y tendiendo la vista alrededor, echó de menos la fisonomía de su padre. Preguntó al punto por él, y Martina salió como en su busca, pero en su lugar entró el abad de Carracedo. Doña Beatriz comprendió al punto lo que era, y su semblante se cubrió de una nube; pero el anciano, con gran prudencia y con la persuasiva autoridad que dan los años, la consoló poniéndola delante los prontos y felices resultados que de aquella separación podían venir. Doña Beatriz le escuchó sin muestra alguna de impaciencia y sin responder una palabra; pero cuando el viejo acabó su discurso, exhaló un suspiro que salía de lo íntimo de su corazón y quería decir:—Todo ese bien que me prometéis llegará tarde. Enseguida llamó a Martina, y dijo que quería levantarse. El físico no se opuso, y al poco tiempo ya estaba en pie.

Su palidez era extraordinaria, pues la excitación del delirio y de la calentura de la noche anterior había cedido el puesto a una debilidad y decaimiento fatales. Sólo cuando don Álvaro se presentó delante de ella, sus mejillas se sonrosaron ligeramente, y al oir su voz grave y varonil como siempre, pero como siempre también tierna y apasionada, pareció extenderse por todo su cuerpo un estremecimiento eléctrico. Habíale mirado con ansia la noche anterior; pero el velo que extendía la calentura delante de sus ojos y la escasa luz que alumbraba el aposento, no le permitieron ver aquellas facciones, a un tiempo armoniosas y expresivas, las primeras y únicas que se habían impreso en su alma. Entonces pudo satisfacer su deseo a la claridad del día, pero con una impresión semejante a la que su vista había producido en don Álvaro. Ningún síntoma de enfermedad se advertía en su noble semblante; pero el pesar había comenzado a surcar su frente: sus ojos garzos habían perdido su serenidad antigua, hundiéndose un tanto en las cuencas y revistiéndose de una mirada sombría. Había perdido, además, el color, y en los contornos del cuerpo se notaba asimismo cierta flacura, hija de las desdichas y meditaciones.

Cuanto hemos dicho con tantas palabras notó doña Beatriz con sola una ojeada; pero, sin embargo, nunca le pareció don Álvaro tan hermoso. Es cierto que nada había perdido de su antigua apostura y gallardía, y que en su porte y modales se advertía un no sé qué de austero y elevado que imponía respeto.

Apoyada en su brazo y en el del abad, bajó doña Beatriz la escalera que conducía al jardín con ánimo de sentarse a la sombra de un emparrado y cerca de un toldo de jazmines. Todas las flores estaban abiertas y un enjambre de abejas doradas, zumbando por entre ellas, libaban sus cálices para precipitarse en seguida hacia unas colmenas que estaban en el fondo. Las calles y cuadros presentaban un interminable arabesco de matices vivísimos; las paredes estaban entapizadas de pasionaria y enredaderas, y una fuente que brotaba en el medio, tenía una corona de violetas que asomaban entre el césped su morada cabeza.

La joven, que a pesar de bajar casi en brazos la escalera, se había fatigado mucho, no pudo resistir aquel ambiente tibio y cargado de perfumes que la ahogaba. La lozanía misma de las flores y la juventud pomposa de la naturaleza formaban en su alma doloroso contraste con la marchita flor de sus años y su exánime juventud. Inmediatamente, pues, la trasladaron a la falúa que al pie del muelle aguardaba. Entraron al punto los remeros y, desamarrándola, comenzaron a surcar la azulada llanura.

La brisa fresca del lago reanimó un poco a doña Beatriz. Habíase recostado en la popa sobre unos cojines de seda con un decaimiento y abandono que bien daban a entender la postración de sus fuerzas. El abad, viéndola más sosegada, sacó el libro de horas y, yéndose a sentar en el extremo opuesto de la embarcación, comenzó a rezar. Don Álvaro, en pie delante de ella, la contemplaba con ojos inquietos y vagarosos, mientras los suyos, fijos en el espejo de las aguas, seguían como en éxtasis sus blandas ondulaciones. Alzólos por fin para mirarle, y clavándolos en los suyos, le hizo señas con la mano para que viniese a sentarse a su lado. Obedeció él silenciosamente, y entonces la joven le dijo asiéndole la mano:

—Ahora estoy más sosegada y puedo hablaros. Gracias a Dios estamos solos; oídme, pues, porque tengo sobre mi corazón hace ya mucho tiempo un peso que me agobia. Acercaos más. ¿No es verdad que alguna vez os habéis dicho: la mujer a quien yo amaba ha sido la esposa de un hombre indigno de ella; su aliento ha empañado su frente; yo me la figuraba semejante a la azucena de un valle a quien no tocan ni los vientos de la noche; pero he aquí que cuando yo la encuentro está ya separada de la planta paterna y sus hojas sin aroma y sin lustre? ¿No os habéis dicho esto algunas veces?

Don Álvaro calló en lugar de responder y no alzó los ojos del suelo. Entonces doña Beatriz, después de haber guardado por un rato el mismo silencio, sacó del seno una cartera de seda verde y le dijo:

—Os había comprendido, porque hace tanto tiempo que laten nuestros corazones a compás, que ningún movimiento del vuestro puede serme desconocido. Pero vos... ¡vos no habéis leído en mi alma!—le dijo con acento sentido y casi colérico.

Don Álvaro entonces levantó los ojos, mirándola con ademán suplicante; pero ella le impuso silencio con la mano, y continuó:

—No os lo echo en cara, porque sobradas desdichas han caído sobre vuestra cabeza por amor de esta infeliz mujer, y sólo ellas han podido quebrantar la fe de vuestro noble corazón. Tomad esta cartera—le dijo en seguida alargándosela—, y con ella aclararéis vuestras dudas.

—¡Ah! ¡no tengo ningunas! ¡ningunas!—exclamó don Álvaro sin recogerla.

—Tomadla, sin embargo—repuso ella—, porque dentro de poco será cuanto os quede de mí. No me miréis con esos ojos desencajados ni me interrumpáis. Pensad que sois hombre y una de las más valerosas lanzas de la cristiandad, y conformaos con los decretos del cielo. En esa cartera escribía yo mis pensamientos y aun mis desvaríos; para vos la destinaba; recibidla, pues, de mis manos, como la hubierais recibido de las de mi confesor.

—¡Ah señora! ¿cómo abrigáis semejantes ideas cuando vuestro padre va a volver, sin duda alguna, y con él los días de la primavera de nuestro amor?

—Mi padre volverá tarde—respondió ella con acento profundo—, volverá sólo para confiar a la tierra los despojos de su hija única y morir después. Antes de este último y fiero golpe, la savia de la vida volvía a correr por estos miembros marchitos; pero ahora se ha secado del todo.

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El abad, que acabó entonces su rezo, se acercó a ellos e interrumpió la conversación. Doña Beatriz, oprimida por ella y quebrantada por el esfuerzo que acababa de hacer, se mantuvo taciturna y abismada en sus dolorosas reflexiones. Don Álvaro, trastornado por aquella escena terrible que acababa de levantar el velo de la realidad, guardaba también silencio, apretando convulsivamente entre sus manos y contra su corazón la cartera verde, y el abad, por su parte, respetando la pena de entrambos, no pronunció una sola palabra. De esta suerte cruzaron el lago hasta la ensenada de la quinta, donde, saltando en tierra, volvieron a subir en brazos a la joven. Era ya anochecido y significó su deseo de quedarse a solas con su criada, con lo cual los dos se despidieron de ella, retirándose a sus estancias respectivas.

No bien se vió don Álvaro en la suya, cuando cerrando la puerta y acercándose a un bufete en el cual ardían dos bujías, abrió la fatal cartera y comenzó a leer ansiosamente sus hojas. Estaba señalada la primera con aquel versículo melancólico que, según dijimos en otro lugar, venía a servir de epígrafe aquellas desordenadas y tristísimas memorias: _Vigilavi et factus sum sicut passer solitarius in tecto_. Don Álvaro, después de haberlo leído, lo repitió maquinalmente. En tan breves palabras estaba encerrada su vida y la de doña Beatriz con su continuo desvelo, su soledad y su esperanza siempre burlada. ¡Cuántas veces se habrían fijado en aquellos caracteres los ojos llorosos de aquella infeliz y hermosa criatura!... Don Álvaro pasó adelante, y volviendo la hoja encontró este pasaje:

«Cuando me dijeron que _él_ había muerto, pasadas las primeras congojas del dolor, me pareció oir una voz que me llamaba desde el cielo y me decía: «Beatriz, Beatriz, ¿qué haces en ese valle de obscuridad y llanto?» Yo pensé que era la suya, pero después he visto que vivía: sin embargo, la voz ha seguido llamándome entre sueños, y cada vez con más dulzura. ¿Qué me querrá decir?—Mucho se ha debilitado mi salud, y moriré joven sin duda alguna.»

En otra hoja decía así:

«¡Qué contenta cerró los ojos mi pobre madre cuando me vió esposa del conde! Ella igualaba su corazón con el mío y esperaba para mí un porvenir de gloria y de ventura; ¿pero qué esperaba su hija? la paz de los muertos, y aun por eso alargó su mano...

[...]

Más se tarda la muerte de lo que yo me imaginaba, y sin embargo, soy más dichosa de lo que pude esperar. ¡Rara felicidad la mía! Antes de mis tristes bodas llamé aparte al que iba a ser mi esposo y le exigí palabra de que me respetaría todo el año que le había ofrecido a _él_ aguardarle, cuando se partió a la guerra de Castilla. Así me lo prometió y me lo ha cumplido, porque como no me ama, se ha contentado con la esperanza de mis riquezas y el poder que le da este enlace sin solicitar mi corazón, ni mucho menos mis caricias. Así moriré como he vivido, pura y digna del único hombre que me ha amado. Para él escribo estos renglones: ¿pero quién sabe si llegarán a sus manos? ¿Quién sabe si se los llevará el viento como las hojas de los árboles que veo pasar por encima de las torres del monasterio? ¡Más apriesa arrebatará quizá el soplo de la muerte las escasas galas que le quedan al árbol de mi juventud! ¡Pobre padre mío, qué terriblemente habrá de despertar de sus sueños de grandeza!»

Venía después un versículo del libro de Job, que decía:

«_¡Ecce nunc in pulvere dormiam, et si mane me quisieris, non subsistam!_»

Y en la página siguiente, esta estrofa dolorosa:

“¡La flor del alma su fragancia pierde; por lo de ayer el corazón suspira, cae de los campos su corona verde; lágrimas sólo quedan a la lira!”

Don Álvaro pasó unas cuantas hojas, y encontró con una que decía:

«Heme en fin, viuda y libre; mis lazos están sueltos, pero ¿quién desatará los de _él_? La suerte de la Orden me inspira vivísimos temores. ¿Quién sabe si mi amor le traerá la muerte y la deshonra? ¡Oh, Dios mío! ¿por qué mi corazón ha de esparcir la desdicha por todas partes?...

[...]

¡Por fin, va preso con todos sus nobles compañeros, y se presentará a los jueces como un salteador de caminos! ¿Qué va a ser de ellos? Esta noche he tenido una hoguera voraz dentro del pecho: una sed mortal me devoraba, y en la ilusión de mi calentura me parecía que todos los riachuelos y fuentes de este país corrían con murmullo dulcísimo por detrás de mi cabecera. No he querido despertar a Martina, porque dormía sosegadamente, aunque su corazón está en otra parte, como el mío. ¿En qué puede consistir semejante diferencia? ¡En que ella ama y espera, y yo amo y me muero!»

Don Álvaro recorrió otros pasajes, en que la agonía que experimentaba por su suerte estaba trazada con rasgos de suma angustia y desconsuelo. Por fin, después de tantas ansias y congojas, venía el siguiente pasaje: