El señor de Bembibre

Part 24

Chapter 243,959 wordsPublic domain

Desgraciadamente no estaba del mismo modo de pensar el inquisidor delegado del papa, y sin su ayuda mal podía ponerse el sello a la ventura de aquellos desdichados amantes. Arrastrado por el rey de Francia según ya dijimos, entró Clemente en la persecución de los templarios; la política más que el encono le mantuvo en aquella senda indigna de la majestad pontificia, y atendiendo a ella más que a otra cosa, sus legados salieron bien penetrados de sus instrucciones y decididos a llevar a cabo sus intentos. Viendo, pues, Aymerico, que los padres de Salamanca, puesta la mira únicamente en la justicia, se inclinaban a pronunciar la nulidad de los votos de don Álvaro, y ocupado de los mismos temores que el infante don Juan, comenzó a suscitar estorbos a la decisión del concilio. No le valieron, sin embargo, sus astucias; así es que, pasado poco tiempo, hubo de recaer su fallo sobre este incidente del gran proceso del Temple.

La sentencia declaró a don Álvaro libre de los votos de obediencia y pobreza, únicos que le ligaban a la Orden, y le restituyó todos sus bienes y derechos, pero no pudo coronar la obra de virtud de aquellos piadosos prelados. El voto de castidad y pureza, atadura la más fuerte de todas, quedaba sujeto a la jurisdicción especial del legado pontificio; pues cualquiera que fuese la nulidad de los otros, al cabo todos se referían a un orden de cosas ya finado o suspenso por lo menos, al paso que éste, como de obligación absoluta y puramente individual, no estaba sujeto a tiempo, ni circunstancias, habiendo sido pronunciado voluntariamente.

Semejante explicación, como otras muchas que se fundan en una mezquina y farisaica explicación de las leyes, tenía mucho más de escolástica y teológica que de caritativa y benéfica, porque el ningún valor esencial de la profesión de don Álvaro, mal podía fortalecer ninguna de las obligaciones con ella contraídas, y por otra parte ningún empleo más noble podía buscarse al poder de la religión que remediar los daños de la iniquidad y perfidia. Por dado que fuese el siglo aquél a sutilezas de escuela, de tanto bulto eran estas razones y tan acomodada por otra parte la solicitud al espíritu del Evangelio, que los obispos todos, con el mayor encarecimiento, rogaron al inquisidor que en uso de sus facultades extraordinarias, rompiese la última valla que se oponía a la felicidad de dos personas tan dignas de estimación y de respeto por sus desventuras y por su elevado carácter, agradeciendo así las hazañas de don Álvaro en Andalucía y Tordehumos, y librando a un tiempo de su final ruina a dos linajes esclarecidos y antiguos.

Cabalmente estas razones eran las que más desviaban al inquisidor de otorgar la demanda, pues no habiendo sido poderosa su influencia a estorbar la declaración que restituía a don Álvaro a la clase de señor independiente, el único medio que tenía de disminuir su poderío, era impedir aquel enlace deseado. Tan cierto es, que la mano de la política, y la razón de estado sin escrúpulo, trastornan las esperanzas más legítimas, y se burlan de todos los sufrimientos del alma.

Perseverante, pues, en su propósito, desoyó Aymerico, no sólo las reclamaciones del abad y de los prelados, sino los ruegos de una gran porción de señores que, guiados por don Juan Núñez de Lara, y llenos de afición a don Álvaro, emplearon todos sus esfuerzos en allanarle el camino de su felicidad. Recayó, pues, brevemente la sentencia, dando por válido y obligatorio el voto de que se trataba, hasta que el Sumo Pontífice, en el concilio general que debía celebrarse en Viena del Delfinado, determinase lo más justo.

El inquisidor por su parte, para dulcificar algún tanto la amargura de este fallo, ofreció interponer sus buenos oficios con la corte romana, para la resolución definitiva de este asunto, que en conciencia no había podido zanjar favorablemente, según decía. Ninguno se dejó engañar, sin embargo, porque, acudiendo al concilio de Viena, casi todos los obispos de la cristiandad, y habiendo de verse en él las piezas innumerables del inmenso proceso del Temple, no había imaginación que le viese el término, ni esperanza que hasta su fin pudiese llegar.

Muy general fué la pesadumbre que ocasionó semejante desenlace, pero la del abad, del maestre, de Saldaña y don Juan Núñez de Lara, fué grandísima y sobremanera amarga, aunque dictada por tan distantes motivos. Mucho le pesaba al buen religioso de ver así malogrados sus afanes, y a los ancianos caballeros asistir a los funerales de la última esperanza de don Álvaro, pero en Lara se mezclaba al dolor el más vivo remordimiento, y de todos ellos era quizá el más digno de compasión.

Por lo que hace a aquel desventurado joven, no se le oyó más que una queja: la de ver definitivamente separada su suerte de la de los templarios, cuando acababan de romper el último talismán que podía hacerle agradable el poder y los honores. Desde entonces hasta el día en que hubo de dar la vuelta al Bierzo en compañía del abad, no volvió a pronunciar una sola palabra sobre su suerte; pero en aquella ocasión, y sobre todo, al despedirse de Saldaña, soltó la compresa a su dolor, y maldijo mil veces del sino que había traído al mundo. El anciano le consoló como pudo, exhortándole a la fortaleza, y poniéndole delante la inmensidad del porvenir con que le brindaba su juventud. Tanto él como el maestre y casi todos los caballeros quedaban en calidad de reclusos esparcidos en monasterios y conventos apartados, hasta la resolución del papa: así, pues, don Álvaro, después de haber recibido la bendición de su tío y los abrazos de Saldaña y de sus compañeros, salió de Salamanca con el abad de Carracedo, desamparado y triste como nunca. Después de tantos desengaños y severas lecciones, al cabo de tantos vaivenes dentro de su propio corazón, y en los revueltos caminos del mundo, la luz de la esperanza solo podía iluminar, dudosa y turbiamente, las tinieblas de su alma. No se le ocultaba el estado de doña Beatriz y el terrible golpe que con el último suceso iba a recibir, y contra aquel presentimiento, contra aquella voz interna, se estrellaban todos los consuelos y reflexiones del abad; bien es verdad que los mismos temores y zozobras asaltaban el alma del anciano, y privaban a su voz de aquel acento de seguridad tan necesario para comunicar el valor y la confianza. El viaje, por consiguiente, fué muy desabrido y silencioso.

Había pensado el monje presentarse desde luego en la quinta de Carracedo y preparar por sí mismo a doña Beatriz para la dura prueba a que volvía a sujetarla la suerte; pero mejor mirado todo, juzgó más prudente detenerse a descansar en Bembibre y desde allí escribir a don Alonso todo lo ocurrido.

Habíase adelantado Millán a la impensada nueva del regreso de su amo, y todo Bembibre salió a su encuentro, pues ni un solo día habían dejado de rezar por su feliz y pronta vuelta, ni echar de menos su autoridad paternal. Don Álvaro procuró corresponder, como siempre, a aquellas sencillas muestras de aprecio, pero nadie dejó de observar con disgusto cuán mudado estaba con los pesares el semblante de su señor. La guarnición, que en nombre del rey ocupaba el castillo, lo dejó al punto en manos de su legítimo dueño y un buen número de los soldados que habían acompañado a don Álvaro a la expedición de Tordehumos, se apresuraron a guarnecerlo. En una palabra, el día entero, y aun algunos de los posteriores, se pasaron en danzas y regocijos de todas clases, pues todo había vuelto en Bembibre a su antigua alegría.—¡Todo, menos el corazón de su señor!

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CAPÍTULO XXXV

Las esperanzas de doña Beatriz venían a ser con tan raros sucesos como las flores del almendro, que apresurándose a romper su capullo a las brisas de la primavera y abriendo su seno a los rayos del sol, desaparecen en una noche al soplo mortífero de la helada. Su alma, cansada de sufrir, y su salud postrada a los embates del dolor, no bien sintieron flojas las rigurosas ataduras, cuando se abalanzaron ardientemente a la fuente del bien y la alegría, para templar su hidrópica sed, bien ajenas de encontrar el acíbar de nuevas tribulaciones, donde tan regalada frescura y suavidad se imaginaban.

No era muy del agrado del cuerdo don Alonso aquella imprudente seguridad en que se adormecía su hija; pero gracias a ella, sus fuerzas se restauraban tan visiblemente y hasta su memoria parecía purificarse de los pasados trágicos recuerdos, de tal modo, que no tenía valor para destruir aquel hermoso sueño que le libraba de su más terrible recelo.

El anciano médico de Carracedo se manifestaba sumamente satisfecho del sesgo que la enfermedad iba tomando, y como las noticias que de Salamanca llegaban sólo traían anuncios de un porvenir próspero, nada había que detuviese la naturaleza en su benéfico movimiento.

Había entrado de lleno la primavera y su influjo contribuía también poderosamente al alivio de la enferma, pintando en su imaginación las risueñas escenas de aquellos contornos y regalando su pecho con su aromoso ambiente. Aquel cuadro ganaba cada día en belleza y amenidad, y en él encontraba el alma tierna y apasionada de doña Beatriz un manantial inagotable de dulcísimas sensaciones.

Una mañana, que unas veces a pie y otras embarcada, había recorrido con su padre y su doncella gran parte de las orillas del lago, se recostó, por último, al pie de un castaño para descansar un poco de su fatiga. Arrullaba tristemente una tórtola en las ramas de aquel árbol; un leñador, descargando recios golpes con su hacha en el tronco de un acebuche no muy distante, acompañaba su trabajo con una tonada muy dulce, y en el medio del lago, menudamente rizado por un vientecillo ligero, se balanceaba una barquilla con un solo aldeano. El cielo estaba puro; el sol, recién salido, alumbraba con una luz purísima el paisaje, y únicamente, en un recodo algo más sombrío de aquella líquida llanura, una neblina azul y delgada parecía esconderse de sus rayos.

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Los tres guardaban silencio como si temiesen interrumpir con sus palabras la calma de aquel hermoso espectáculo, cuando un resplandor que venía del lado de Carracedo dió en los ojos de don Alonso, y fijándolos con más cuidado en aquel paraje, vió un hombre de armas que al trote largo se encaminaba hacia ellos y cuyo almete y coraza, herido por el sol, despedía vivos fulgores. Hacía días que no recibía noticias de Salamanca el noble señor y al punto juzgó que aquel hombre vendría enviado del abad.

El forastero, que vió la falúa atracada a corta distancia y el traje y apostura del grupo que estaba al pie del castaño, se encaminó hacia ellos en derechura, y apeándose ligeramente, presentó a don Alonso un pliego con las armas de Carracedo. Abriólo rápidamente, y a los pocos renglones que hubo leído, se le robó el color de la cara, comenzaron a temblarle las rodillas, y como si fuese a perder el conocimiento, se apoyó contra el tronco del árbol y dejó caer el papel de las manos. Doña Beatriz, entonces, veloz como el pensamiento, se arrojó al suelo, y recogiendo la carta se puso a leerla con ojos desencajados; pero su padre, que al ver su acción, pareció recobrarse enteramente, se arrojó a ella para arrancársela de las manos, diciéndole a gritos:

—¡No lo leas; no lo leas, porque te matará!

Pero ella, desviándose a un lado, sin separar sus ojos del fatal pliego y cebada en sus renglones, llegó a un punto en que lanzando un tremendo gemido, cayó sin sentido en brazos de su fiel doncella. El mensajero acudió al punto a su socorro y los remeros hicieron lo mismo saltando en tierra; pero ya don Alonso y Martina la habían reclinado de nuevo al pie del árbol sentándose ésta en el suelo y teniendo en su regazo la cabeza de su señora. Entonces comenzaron a rociarle el rostro con agua que traían del lago en un búcaro, y a administrarle cuantos remedios consentía lo impensado del lance; pero inútilmente, porque no volvía en sí, ni cesaba una especie de respiración sonora y anhelosa que parecía hervir en lo más profundo de su pecho. De cuando en cuando, exhalaba un ¡ay! profundísimo y llevaba las manos al lado del corazón, como si quisiese apartar un peso que le abrumaba, mientras un copioso sudor corría de su frente y humedecía todo su cuerpo.

En semejante estado se pasó un largo rato, hasta que viendo don Alonso que el accidente ofrecía serio cuidado, determinó ponerla en la falúa y volver a la quinta inmediatamente. Transportáronla, pues, entre todos con el mayor cuidado, y bogando aceleradamente, poco tardaron en desembarcar en el muelle, desde donde con las mismas precauciones la llevaron a su cama. Afortunadamente estaba allí a la sazón el anciano físico de Carracedo, que acudió al punto, y observando con gran cuidado su respiración y pulso, le abrió sin perder tiempo una vena. Con el remedio comenzó a mitigarse su tremenda fatiga, y a poco abrió los ojos, aunque sin fijarlos en objeto alguno determinado, y rodeando su cámara con una mirada incierta y vagarosa. Por último recobró totalmente sus sentidos, pero presa todavía de su tremendo ataque, las primeras palabras que pronunció, fueron:

—¡Aire! ¡aire!; ¡yo me ahogo!

El religioso acudió aceleradamente a las ventanas, y las abrió de par en par.

—¡Ah!, ¡todavía!, ¡todavía tengo aquí un peso como el de una montaña!—exclamó pugnando por incorporarse y señalando al lado izquierdo del pecho.

Entonces Martina, el monje y su padre, la incorporaron en el lecho, amontonando detrás una porción de almohadas. En esta postura recobró poco a poco algún sosiego, y el aire templado y apacible que entraba por las ventanas empezó a serenar su respiración. Entonces fué cuando el recuerdo de la escena que acababa de pasar se despertó en su memoria, y clavando en su padre sus ojos, alterados y brillantes con el fuego de la calentura, le dijo:

—¿Qué se hicieron la carta y el mensajero?... Dadme el papel, que todavía no le he acabado de leer... ¿dónde le guardáis, que no le veo?

—¡Hija mía! ¡hija mía!—le respondió el anciano—, no me destroces el corazón. ¿Qué vas a buscar en ese malvado escrito?

—¡La carta! ¡la carta!—repuso ella con ciega y obstinada porfía, y sin hacer caso de las razones de su padre.

—Dádsela y no la contradigáis—añadió el físico en voz baja—, porque ya no le podrá hacer más daño del que le ha hecho.

Entregósela entonces don Alonso, y ella, con extraordinaria avidez, se puso a devorarla. Esta carta, como presumirán nuestros lectores, no contenía sino lo que ya saben; pero, por una fatal circunstancia, distaba de la imaginación de doña Beatriz como el cielo de la tierra. Acabó, por fin, de leerla, y dejando caer entrambas manos sobre el lecho, como postrada de debilidad, dirigió una larga y melancólica mirada al paisaje que por las abiertas ventanas se descubría. Un breve espacio estuvo sumida en esta triste distracción, hasta que al cabo, lanzando un profundo suspiro, exclamó:

—Y sin embargo, mi ensueño era bien puro y bien hermoso: puro y hermoso como ese lago en que se mira el cielo como en un espejo, y como esos bosques y laderas llenas de frescura y de murmullos. No seré yo quien sobreviva a las pompas de este año. ¡Necia de mí, que pensaba que la naturaleza se vestía de gala como mi alma de juventud para recibir a mi esposo, cuando sólo se ataviaba para mi eterna despedida!

—¡Y necio de mí mil veces!—repuso don Alonso—que te dejé adormecer en esa vana esperanza que podía desvanecerse con un soplo.

—¿Qué queríais, padre?—repuso ella con dulzura—. Mis ojos se habían cansado de llorar en la noche de mis pesares, y cuando el cielo me mostró un vislumbre de felicidad, creía que duraría, porque lo había comprado a precio de infinitas amarguras. Poco siento la muerte por mí; pero, ¿quién os consolará a vos, quién le consolará a él, a él, que me ha amado tanto?

—Doña Beatriz—dijo gravemente el religioso—, no hace mucho tiempo que la misericordia divina os sacó de las tinieblas mismas de la muerte, y no sé cómo en vuestra piedad lo echáis en olvido tan pronto y así desconfiáis de su poder. Por otra parte, yo he leído también lo que dice mi reverendo prelado y no veo motivo para ese desaliento, cuando el inquisidor Aymerico ha prometido su ayuda para con el soberano pontífice a fin de que la consulta se decida favorablemente. Así debéis esperarlo.

—¡Ah, padre!—contestó ella—, ¿cómo pensáis que en el laberinto de este inmenso negocio tropiecen en la hoja de papel de que pende mi sosiego y felicidad? ¿Qué les importa a los potentados de la tierra la suerte de una joven infeliz que se muere de amor y de pesar? ¿Quién pone los ojos en el nido del ruiseñor cuando el huracán tala y descuaja los árboles del bosque?

Don Alonso, que se había sentado a los pies de la cama con la cabeza entre las manos, sumido en una profunda aflicción, se levantó al oir estas palabras como herido de una idea súbita, y poniéndose delante de su hija con ademán resuelto, respondió:

—¡Yo, yo que te he perdido, yo te traeré la libertad de don Álvaro y la ventura de los dos! Yo pasaré a Francia, yo iré al cabo del mundo, aunque sea a pie y descalzo y con el bordón del peregrino en la mano y me arrojaré a los pies de Clemente V. Yo le hablaré de la sangre que ha vertido mi casa por la fe de Cristo y le pediré la vida de mi hija única. Mañana mismo partiré para Viena.

—¡Vos, señor!—contestó ella como asustada—, ¿y pensáis que yo consentiré en veros expuesto a las penalidades de un viaje tan largo y en mirar vuestras canas deslucidas con inútiles ruegos sólo por esta pasión insensata que ni la oración, ni las lágrimas, ni la enfermedad han podido arrancar de mi pecho? Y luego, padre mío, considerad que ya es tarde y que a vuestra vuelta sólo encontraréis el césped que florezca sobre el cuerpo de vuestra hija. ¡No os apartéis de mí en ese instante!

—¡Beatriz! ¡Beatriz!—contestó el anciano con un acento terrible—, no me desesperes, ni me quites las fuerzas que necesito para tu bien y el mío. Mañana partiré, porque el corazón me dice que el cariño y el arrepentimiento de tu padre, han de poder más que la fatal estrella de mi casa.

Doña Beatriz quiso responder; pero Martina, juntando las manos, le dijo con el mayor encarecimiento:

—Por Dios santo, noble señora, que le dejéis hacer cuanto dice, porque me parece que es una voz del cielo la que habla por su boca, y además, con eso le quitaréis un peso que le agobia de encima del corazón.

—Doña Beatriz—le dijo gravemente el religioso—, en nombre de vuestro padre, de vuestro linaje y de cuanto podéis amar en el mundo, os encargo que recojáis todo vuestro antiguo valor y que os soseguéis, pues semejante agitación puede dañaros infinito.

Y al acabar estas palabras, se salió del aposento llevándose consigo al señor de Arganza. Separóse de él un instante para disponer una bebida con que pensaba templar la calentura de la enferma aquella noche y en seguida volvió al lado del acongojado viejo:

—¿Cuál es vuestro pensamiento?—le preguntó.

—El de emprender la marcha al instante—le respondió don Alonso—; pero quisiera que vuestro prelado viniese a hacer el oficio de padre con mi desdichada hija, que va a quedar por algún tiempo en la mayor orfandad y desamparo. ¿Creéis que su vista no empeore su estado, trayéndole a la memoria imágenes dolorosas?

—Todo lo contrario—respondió el monje—; antes es preciso amortiguar el crudo golpe que ha recibido hoy, borrándolo en lo posible de su imaginación. Así que, no sólo debe venir el abad, sino don Álvaro también, y muy en breve, porque tal vez su presencia valga harto más que todos mis remedios.

—Sí, sí, sin perder tiempo—respondió don Alonso llamando con una especie de silbato de plata.

Al punto se presentó el cazador Nuño.

—¿Se ha ido ya el mensajero de Bembibre?—le preguntó su amo.

—No, señor—respondió el viejo con aire de taco—; sin duda aguardará por las albricias de las buenas nuevas que ha traído.

—No importa—respondió don Alonso—, tráele inmediatamente a mi presencia.

El criado salió murmurando entre dientes y su señor, sentándose aceleradamente a un bufete, escribió una carta muy encarecida al abad, encargándole la pronta venida en compañía de don Álvaro. Justamente acababa de cerrarla, cuando se presentó el mensajero.

—Malas nuevas has traído, amigo—le dijo el señor de Arganza.

—¡Ah, señor!—respondió el hombre con el acento de la sinceridad—, harto me pesa, y si yo hubiera sabido cuáles eran, otro hubiera tenido que ser el portador.

—No importa—repuso don Alonso—; ahí tienes esas monedas por tu viaje; pero dí, ¿vienes bien montado?

—Una yegua traigo más ligera que el pensamiento—respondió el correo muy alegre de verse tan generosamente recompensado.

—Pues es preciso que pongas a prueba su ligereza para llegar a Bembibre al punto y entregar esta carta al abad de Carracedo, que si la yegua se revienta yo te dejaré escoger entre las mías la que quieras.

Sin aguardar a más salió el soldado, y desatando su cabalgadura y montando en ella de un salto, salió como un torbellino por el camino de Ponferrada, en donde se perdió muy en breve de vista.

A medida que fué entrando el día fué creciendo la calentura de doña Beatriz, y turbándose su conocimiento. Quejábase de dolor y opresión en el lado izquierdo y de una sed devoradora; de cuando en cuando se quedaba dormida, y entonces un sudor extraordinario venía por fin a despertarla. En estas alternativas pasó la tarde, hasta que, entrando la noche su respiración comenzó a ser más fatigosa y a tener ciertos intervalos de delirio, bebiendo con ansia indecible grandes porciones del cordial que le habían dispuesto.

Ni su padre ni el anciano religioso se apartaron, sino muy contados instantes, del aposento de la enferma, silenciosos ambos, aunque igualmente atentos, y haciendo sin duda las más tristes reflexiones sobre aquella vida marchitada en flor por el gusano roedor de la desdicha. A cada frase de las varias incoherentes que se escapaban de sus labios, don Alonso se acercaba como si oyese pronunciar su nombre; pero, o callaba en seguida, o después de echarle una mirada errante y distraída, se volvía del lado opuesto, unas veces lanzando un suspiro y otras sonriéndose de una manera particular. El desventurado padre se apartaba entonces meneando tristemente la cabeza, y sentándose a un extremo de la estancia, volvía a sus penosas reflexiones.

Como el insomnio y la aflicción acaloraban a un tiempo su cabeza, salió en una ocasión un momento al mirador de la quinta a respirar el aire exterior. Estaba muy entrada la noche, y la luna en la mitad del cielo parecía al mismo tiempo adormecida en el fondo del lago. Con su luz vaga y descolorida, los contornos de los montes y peñascos se aparecían extrañamente suavizados y como vestidos de un ligero vapor. No se movía ni un soplo de aire; los acentos de un ruiseñor, que cantaba a lo lejos, se perdían entre los ecos con una música de extremada armonía.