Part 23
—Pensaba, señor—le respondió ella, llevando su mano a los labios—, que mi vida no es de diez y ocho años, sino tan larga como la vuestra. Yo tenía un amante y lo he perdido; tenía una madre y la he perdido; tuve un esposo y allí lo he perdido también—añadió señalando el castillo con el dedo—. Dos veces me he visto desterrada del techo paterno; don Álvaro, desposeído de sus esperanzas, se acogió al claustro guerrero de una Orden poderosa, y helo ahí por el suelo. ¿Cómo en el breve espacio de un año se han amontonado tantos sucesos sobre la endeble tela de mi vida? ¿Qué es la gloria del hombre, que así se la lleva el viento de una noche? Mi ventura se fué con las hojas de los árboles el año pasado; ¡ahí están los árboles otra vez llenos de hojas!: yo les pregunto: «¿Qué hicisteis de mi salud y de mi alegría?»; pero ellas se mecen alegremente al son del viento, y si alguna respuesta percibo en su confuso murmullo, es un acento que me dice: «El árbol del corazón no tiene más que unas hojas, y cuando llegan a caerse se queda desnudo y yerto, como la columna de un sepulcro.»
—Hija mía—respondió el anciano—, ¿te acuerdas de que el Señor hizo brotar una fuente de las entrañas de una peña para que bebiese su pueblo? ¿Cómo dudas, pues, de su poder y su bondad? ¿Te sientes peor?... Esta mañana no te he visto pasear por los jardines como otras veces...
—Sin embargo—contestó ella—, ya puedo andar un buen trecho sin el apoyo de Martina, y suelo dormir alguna que otra hora de la noche. Espero en Dios que mi mejoría será mayor cada día, y que pronto sanaré de los males del alma y del cuerpo.
La cuitada se acordó de que su padre la escuchaba, y volvió a su sistema de generoso fingimiento; pero tan lejos estaba de decir lo que sentía, que, sin poderlo remediar, terminó con un suspiro aquellas consoladoras palabras. El anciano le dirigió una mirada tan triste como penetrante, y al cabo de un corto rato, en que guardó silencio, le dijo con acento sentido:
—Beatriz, hace tiempo que estoy viendo tus esfuerzos, pero tú no sabes que cada uno es un dardo agudísimo que me traspasa el corazón. ¿De qué me sirven esas apariencias vanas?... ¡Tú sí que te empeñas en deshojar la planta de mi arrepentimiento y en quitarme hasta la esperanza de sus frutos! Vuelve en ti, hija mía, y piensa que tú eres la única corona de mi vejez, para desechar esos pensamientos, que son una reconvención continua para mí.
—¡Oh, padre mío!—respondió la joven echándole los brazos al cuello—: no se hable más de mis locos desvaríos, que no siempre están en mi mano. ¿No queréis que demos un paseo por el lago?
—Óyeme, todavía un poco más—respondió el anciano—, y dime todas tus dudas y recelos. ¿Qué te suspende y embebece tan dolorosamente, cuando las cartas que recibimos del abad de Carracedo nos aseguran de la justificación del tribunal de Salamanca? ¿Cómo dudas de que suelten a don Álvaro de sus votos, cuando los más sabios los dan por de ningún valor ni obligación?
—Dudo de mi dicha por ser mía—contestó doña Beatriz—, y porque es don Álvaro demasiado poderoso y de altas prendas para no infundir recelo a sus enemigos. ¿No sabéis también cuánto se afana el infante don Juan por que los templarios sufran aquí la misma suerte que en Francia? Harto justos son mis temores. Este pleito ruidoso me trae sin mí, y aun las escasas horas de sueño que disfruto me las puebla de imágenes funestas. El otro día soñé que don Álvaro estaba en medio de una plaza, atado a un palo y cercado de leña, y el pueblo, que le miraba en vez de darse a su ordinaria grita, lo contemplaba mudo de asombro. Tenía vestido el hábito blanco de su Orden, y en su semblante había una expresión que no era de este mundo. De repente, la leña se encendió, y el inmenso concurso soltó un grito, pero yo le veía por entre las llamas, y estaba con su ropa cada vez más blanca y su semblante cada vez más hermoso. Por fin empezaron a tiznarse sus vestidos y a alterarse sus facciones con el dolor, y clavando en mí los ojos, me dijo con una voz muy alta y dolorosa: «¡Ay, Beatriz, estas habían de ser las luminarias de nuestras bodas!» Yo, entonces, que había estado como de piedra, me encontré ágil de repente, y corrí a él para desatarle, pasando por en medio de las llamas; pero apenas lo hube logrado, cuando los dos caímos en la hoguera. Entonces me desperté temblando como una hoja, bañada en sudor frío, y con un aliento tan ahogado que pensé que iba a morir. Por eso me notáis algo más de tristeza y abatimiento hoy que otras veces, pero la suerte me hallará para todo prevenida.
Don Alonso conoció que todas sus razones servirían de poco en aquella ocasión; así, pues, al cabo de un rato de silencio dijo presentando la mano a su hija:
—La tarde está muy hermosa, y bien decías antes que era preciso aprovecharla.
La joven se levantó prontamente, y apoyándose en el brazo de su padre, bajó con él hasta el embarcadero, donde les aguardaba una ligera falúa con jarcias y banderolas de seda con las armas del Temple. Entraron en ella, y tres mozos del país, empuñando los remos, comenzaron a bogar reciamente, mientras la airosa embarcación se deslizaba rápida y majestuosamente, dejando tras sí un largo rastro, en el cual los rayos del sol parecían quebrarse en mil menudas chispas y centelleos.
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Martina se había quedado en la quinta; y meneando la cabeza y con ojos no muy alegres, seguía a la falúa en que su señora, cubierta con una especie de almalafa blanca muy sutil que se mecía al son del viento, y con los cabellos sueltos, parecía una nereida del lago. La pobre muchacha, que con tanto amor y discreción la había servido y acompañado, no acertaba a verse libre de zozobra y ansiedad, pues como la más cercana a doña Beatriz, mejor que nadie conocía su estado. En realidad antes se había mejorado que decaído su salud, pero bien sabía las mortales congojas que le costaba la incertidumbre en que vivía por la suerte de don Álvaro, y que los vislumbres todos de su esperanza de ella pendían principalmente. Por otra parte, como la tristeza es harto más contagiosa que la alegría, la buena de Martina había perdido no poco de su belleza y donaire, y hasta el brillo de sus ojos azules se había amortiguado algo.
Sucedió, pues, que cuando más embelesada estaba en sus ideas, unos pasos muy pesados que sintió detrás le hicieron volver la cabeza, y se encontró nada menos que con nuestro antiguo conocido Mendo, el caballerizo, que venía muy apurado y con la misma cara que en otro tiempo le vieron poner nuestros lectores cuando fué a noticiar a su ama en el soto de Arganza la llegada del templario y de su compañero. Martina, que desde aquella ocasión le había mirado con algo de ojeriza y mala voluntad, le recibió con impaciencia y ceño.
—Martina, Martina—le dijo con gran priesa—, algo debe de haber de nuevo, porque desde la torre he visto asomar gente por lo alto de la cuesta de Río Ferreiros.
—Vamos allá—respondió ella con despego—siempre será una embajada como la de antaño. ¿Qué tenemos con la gente que venga? ¿No vienen todos los días de mercado aldeanos de Ponferrada?
—¡Qué aldeanos ni qué ocho cuartos, mujer!—respondió él con su acostumbrada pachorra—; si he visto yo los pendoncillos de las lanzas y el sol que les daba en los cascos, y no se podía sufrir. Dígote que son hombres de armas, y que algo de nuevo traen.
—Pues harto mejor harías en haber ido a esperarlos, y volver corriendo con la noticia—replicó Martina, que no gustando de la compañía, se hubiera deshecho de ella con gran satisfacción.
—De buena gana me hubiera ido—dijo él—; pero el vejete de Nuño se empeñó hoy en salir en el _Gitano_, que es el caballo que a mí me gusta, y me quedé. Vedlo, allí va—añadió señalando el lugar de la orilla por donde el cazador iba con su caballo—, ¡y qué aires tan altos y sostenidos! y qué maestría en el portante. ¡Calla! ¿pues qué le ha dado al viejo que así lo pone al galope sin necesidad, como si fuera su jaca gallega?...
Quedóse entonces el palafrenero con la boca abierta y siguiendo con los ojos la carrera de su palafrén predilecto, hasta que, soltando un grito, exclamó con una impetuosidad que le era totalmente extraña:
—¡Ahora sí! ahora sí que son ellos; míralos allá, Martina... Allá bajo las encinas a la entrada del pueblo... ¿no los ves?
—Sí, sí, ya los veo—respondió la muchacha, que era toda ojos en aquel momento—. Pero ¿qué traerán?
—¿Qué sé yo?—respondió Mendo—. ¡Toma! ¡toma! ¡pues si casi todo el pueblo de Carucedo está allí! Oye, oye, cómo gritan y cómo brincan los rapaces y aun los mozos... Pues señor algo alegre tiene que ser, por fuerza.
—Pero válgame Dios, y ¿qué podrá ser?—volvió a preguntar la muchacha, poseída de curiosidad.
—Ahora llega Nuño y habla con ellos... ¡Por Santiago, que el viejo se ha vuelto loco! ¿no has visto cómo ha tirado el gorro al alto?... ahora todos hacen señas a la falúa de los amos... allá va... ¡cuerpo de Cristo, y qué gallardamente reman!... pues no tienen poca priesa los que aguardan... ¿has visto tal grita y tal manotear?
La embarcación iba acercándose, en efecto, rápidamente a las señas y voces de aquel animadísimo grupo de gentes de todas edades y sexos, sobre los cuales se veían descollar algunos hombres de armas a caballo; sin embargo, la velocidad de la falúa no correspondía a la impaciencia de Nuño que, picando de ambos lados su generoso corcel, se metió a galope por el lago adelante levantando una gran columna de agua con la que debía de mojarse hasta los huesos, y excitando la furia de Mendo, que, echando un voto, y amenazando con el puño cerrado, dijo con una gran voz:
—¡Ah, bárbaro silvestre y bellacón! ¿así tratas tú la alhaja mejor de la caballeriza? ¡Por quien soy que no tienes tú la culpa, sino quien pone burros a guardar portillos! ¡Para mi alma que si otra vez te vuelves a ver encima de él que me vuelva yo moro!
—Mal año para ti y para todos tus rocines—exclamó enojada Martina—; calla a ver si podemos oir algo, y déjame ver de todas maneras lo que pasa.
El generoso corcel, obediente y voluntario como suelen ser todos los de buena raza, llegó nadando gallardamente con su jinete hasta el borde de la falúa, y allí Nuño, gesticulando con vehemencia, dió su mensaje, que tanta priesa le corría. Doña Beatriz, que se había puesto en pie para escucharle, y cuya forma esbelta y agraciada, con su vestido blanco, se dibujaba como la de un cisne sobre la superficie azulada del lago, levantó los brazos al cielo, y en seguida se hincó de rodillas con las manos juntas como si diese gracias al Todopoderoso. Su padre, fuera de sí, de alborozo, corrió a abrazarla estrechamente; en seguida, metiendo la mano en una especie de bolsa que traía pendiente de la cinta, sacó una cosa que entregó a Nuño, y éste, volviendo a la orilla con gran priesa, comenzó a distribuir entre los aldeanos el bolsillo de su señor, que, como presumirán nuestros lectores, era lo que acababa de recibir. Con esto crecieron las aclamaciones y vítores mientras la falúa ligeramente se dirigía a las encinas, donde el señor de Arganza, saltando en tierra, y abrazando a uno de los recién venidos, le hizo embarcar con él y su hija, que también se adelantó a darle la mano. Los demás, precedidos de Nuño, se dirigieron a galope a la quinta, seguidos, durante un rato, de toda la chiquillería de Carucedo, que gritaban a más y mejor.
Martina, que con los ojos arrasados en lágrimas había visto aquella escena, cuyo sentido no tardó mucho en comprender, exclamó entonces:
—Gracias mil sean dadas a Dios, porque los templarios han sido absueltos, y ya nada tenemos que temer por el generoso don Álvaro. Pero ¿qué haces ahí, posma?—le gritó a Mendo, que se había quedado como lelo—; ¿no ves que ya están llegando? Anda a habilitar las caballerizas.
No le pesaba al rollizo palafrenero de la absolución de don Álvaro, porque desvanecidos como el humo sus proyectos de servir a un conde con la muerte del de Lemus, creía que ninguno podía haber más honrado para reemplazarle que el señor de Bembibre; pero no estaba en esto la dificultad, sino que como amo y criado venían a ser a sus ojos una misma persona, y él no había cedido en sus amorosos propósitos respecto a Martina, veía dar en el suelo toda la fábrica de sus pensamientos con semejante desenlace. Así fué que, aguijoneado tan vivamente por la muchacha, bajó la escalera, diciendo entre dientes:
—Pues, señor; con que el zascandil de Millán vuelva, y con que el _Gitano_ coja un muermo con la mojadura que no se lo quite en medio año de encima, medrados habemos quedado.
Martina, por su parte, bajó también aceleradamente al embarcadero, donde a poco saltó en tierra su señora en compañía de su padre y de aquel portador de buenas nuevas, que no era otro sino nuestro buen amigo Cosme Andrade.
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CAPÍTULO XXXIV
El honrado montañés que vió tan bien terminada la causa de los templarios a despecho del encono que los Castros abiertamente, y el infante don Juan y otros señores con sordos manejos, habían manifestado contra aquella esclarecida Orden, determinó de volverse a su Cabrera, de donde faltaba hacía ya más tiempo del que hubiera deseado. Como la situación de los caballeros después de la ocupación de sus bienes era tan precaria, volvió a las instancias y ofertas que ya en Ponferrada había hecho al comendador; pero con más ardor que nunca, ponderándole con su sencilla efusión el gran contento que recibiría su mujer con su vista, el favor que le haría en enseñar a sus hijos los ejercicios de los guerreros, lo mucho que se divertiría con sus cazas, y, sobre todo, la paz y veneración que le rodearían por todas partes. El anciano se mantuvo inflexible como quien ha formado una resolución, que todo el poder del mundo no bastaría a destruir, y así el buen hidalgo hubo de hacer sus preparativos de viaje, sin que se le lograra aquel vivo deseo.
Cuando llegó el día de la separación, los caballeros todos salieron a despedir a Cosme a las afueras de Salamanca para darle un público testimonio de lo agradecidos que quedaban a su noble comportamiento. Paga escasa, en verdad, si no la realzara y diera tan subido precio la sincera voluntad que la dictaba, porque nadie se había arrojado a la defensa del Temple con tanto valor como aquel sencillo montañés, ni hubo testimonio que tanto peso tuviese como el suyo en el ánimo de aquellos santos varones.
La nobleza de su alma se descubrió bien a las claras cuando casi solo se arrestó a sostener el choque de la opinión embravecida en aquel siglo supersticioso, y sin vacilar se puso a luchar cuerpo a cuerpo con el poderoso linaje de los Castros.
Cualquiera que fuese la prevención y odio con que miraban a aquella caballería, como los rasgos generosos tienen un no sé qué de eléctrico, poco tardó en ganar la mayor parte de los corazones: así fué que salió de Salamanca colmado de elogios y favores de todas clases.
Llegó por fin el instante de la partida, y entonces el maestre, después de haberle dado las gracias en unos términos que el buen montañés no parecía sino que estaba a la vergüenza, según el vivo color que a cada momento le encendía las mejillas, le regaló un caballo de casta árabe y de hermosísima estampa, ricamente enjaezado. Bien hubiera querido él excusar el regalo, pero no fué posible, atendida la fina y delicada muestra de gratitud de aquellos guerreros. Antes de montar a caballo, sin embargo, todavía llamó aparte a Saldaña, y con las lágrimas en los ojos le volvió a rogar que se fuese con él a Cabrera, cosa que él rehusó, pero no sin cierto enternecimiento, que no estaba en su mano sofocar. Por fin, después de muchos abrazos y aun lágrimas, subió el montañés en su nueva cabalgadura y se alejó de la noble Salamanca, acompañado de unas cuantas lanzas del abad de Carracedo que volvían al Bierzo.
Comoquiera, las alegres nuevas de que era portador, casi disiparon del todo el disgusto de la separación, porque las cartas que llevaba para el señor de Arganza del venerable religioso, y los sucesos que como testigo presencial podía contar, era cosa averiguada que derramarían la alegría en las pintorescas orillas del lago de Carucedo.
Y no se engañaba, según acabamos de ver, porque como aquellos pacíficos aldeanos sólo bienes y limosnas debían a los templarios, recibieron como la mejor fiesta del mundo la noticia de su absolución. Así fué que, cuando puso el pie en tierra, después de haberle acogido con los brazos abiertos el señor de Arganza, y de haber visto entre las suyas la mano delicada de aquella dama a quien sus pesares y dolencias no habían podido despojar de su singular atractivo y hermosura, no sabía el buen cazador lo que le pasaba, ni cabía en sí de puro ancho.
Como ya declinaba el sol cuando el encuentro y sucesos que de referir acabamos, don Alonso no rompió la nema de los pliegos hasta llegar a la quinta.
El virtuoso abad le daba cuenta en ellos de varios pormenores del juicio y de la sentencia, le recomendaba eficazmente a Andrade y concluía diciéndole que, atendido el espíritu de los padres del concilio, estaba casi cierto que darían por libre a don Álvaro de todos sus votos. La carta concluía con algunas reflexiones llenas de unción y de consuelo, vivo traslado de la caridad que se abrigaba en aquella alma, a pesar de la notable adustez de su carácter.
Encargar festejos y toda clase de finezas para el portador de semejantes nuevas, era trabajo de todo punto excusado; además, que don Alonso estimaba cordialmente a aquel hombre, dechado de honradez y de virtudes antiguas.
Así fué, que en los días que permaneció en la quinta no cesaron las funciones de caza y pesca, los banquetes y las danzas. Sin embargo de todo, el montañés, que nunca había hecho ausencia tan larga de su casa, anhelaba extraordinariamente volver a ver la cara de su mujer y los enredos de sus hijos; por lo cual, al cabo de una semana, se despidió de su noble huésped y de su interesante hija para volverse a sus nativas montañas. Doña Beatriz le regaló unas preciosas ajorcas de oro y pedrería para su esposa, y don Alonso le hizo presente de un hermoso tren de caza, con una corneta primorosamente embutida en plata. Además, para mayor honra, le acompañó un buen trecho de camino, al cabo del cual se separaron haciéndose las más cordiales protestas de amistad y buena correspondencia.
En su alma era donde encontraba Andrade el mejor galardón de sus acciones; pero no dejaba de ser uno y bien halagüeño la afición que con ellas había logrado despertar en todas las almas bien nacidas.
Mezclábase también a estos sentimientos un poco de vanidad por haber venido a ser el héroe de aquellos sucesos, por manera que el respeto antiguo con que entre los suyos era mirado, subió de punto y aun llegó a pasmo y admiración.
Después de esta peripecia pasó doña Beatriz del extremo de la ansiedad y del dolor al de la esperanza y alegría. No sólo veía a su amante honrado y absuelto, sino libre de sus votos, volviendo a sus pies más rendido y enamorado que nunca y abriendo como la aurora las puertas de la luz al día resplandeciente y eterno de su amor. Desde entonces parecía que un nuevo germen de vida discurría por aquel cuerpo debilitado y lánguido, y que sus ojos recobraban poco a poco la serenidad de su mirada. Sus mejillas comenzaron a colorearse suavemente, y en todos sus discursos se notaba que la confianza había vuelto a introducirse en su alma. Locos extremos, sin duda, en que más parte tenía el deseo de su corazón que la realidad de las cosas, puesto que la suerte de don Álvaro estaba todavía pendiente del fallo de un tribunal, y que ni la razón ni la religión aconsejan que se ponga tanta fe en la instabilidad de los negocios humanos.
Los que contaban con la condena y castigo de los templarios, que era la corte de Castilla y la mayor parte de sus ricos hombres, aunque estaban apoderados de sus bienes y aun de sus personas, volvieron a sus recelos y temores no bien los vieron absueltos y dados por libres de los cargos que se les imputaban. Por lo mismo redoblaron su diligencia y esfuerzos, para que los tristes pedazos de aquel ilustre cuerpo, como los de la serpiente fabulosa, no pudieran volver a juntarse y soldarse para tornar a la vida. Desconcertada su acción y secuestrados sus bienes, el medio más eficaz de reducirles al último abatimiento era privarles de aquellas alianzas, escasas en número a la verdad, pero por lo mismo sinceras, a cuya sombra pudieran intentar su restauración; y cuando a tanto no alcanzaran debilitar por lo menos todo lo posible a los señores que les quedaban amigos para hacerlos menos temibles.
En tan fatal coyuntura se ofrecía a la resolución del tribunal el asunto de don Álvaro. Aunque todos sabían que la amargura del desengaño era la que le había llevado a la soledad del claustro, no por eso dejaba de conocer que, habiendo pronunciado sus votos voluntariamente, cualquiera que fuesen las cualidades de que en su origen adolecían, nunca faltaría a la fe jurada a sus hermanos. Claro estaba, por consiguiente, que si quedaba suelto de las ligaduras religiosas y volvía a ser señor de sus bienes en un país donde el Temple había echado tan hondas raíces, podían amagar grandes peligros, y mucho más si al cabo llegaba a entroncarse con la poderosa casa de Arganza.
Como don Álvaro, por otra parte, no había querido apartar su causa de la de su Orden, ni aun a trueque de la felicidad con que le brindaba, más que el abad de Carracedo y sus amigos, su propio corazón, de imaginar era, que no bien se le deparase la ocasión, trataría de volver por el honor de los suyos y de reparar la injusticia cometida con ellos.
Muy común es aborrecer a quien sin causa se agravia, porque su presencia es un vivo y continuo reproche y sañudo despertador de su conciencia, y por esta razón, sin duda, miraba el infante don Juan a don Álvaro con sangriento rencor. Cuánto, pues, no debieron crecer sus inquietudes cuando vió la posibilidad de que de nuevo se anudase aquel lazo que ya antes había roto con el enlace del conde de Lemus, y que entonces parecía traído por una mano invisible. Desde el día mismo de la sentencia volvió a sus cábalas y maquinaciones, procurando torcer el ánimo de los obispos para que declarasen templario a don Álvaro, y como tal sin absolverle de ninguno de sus votos le sujetasen a la final determinación del Sumo Pontífice. Con esto se lograba que, continuando sus bienes en secuestro, perdiese aquella insigne milicia la esperanza de mejorar su causa al abrigo de un señor poderoso y valiente, mientras el tiempo y el decaimiento a que habían venido acababa de todo punto con su lustre y prestigio. Sólo de esta suerte podía descansar su codicia acerca del fruto que pensaba sacar aquel rico botín.
Con grandes obstáculos tenía que luchar, sin embargo, y no era el menor de todos ciertamente ser él quien tan solícito se mostraba en semejante fallo, porque su reputación no podía andar más despreciada y abatida, aunque se abrigase de la majestad y pompa del rey su sobrino. Por otra parte, las candorosas declaraciones de don Álvaro, que viendo ya en salvo el honor y aun la vida de sus hermanos, había acallado por fin los generosos escrúpulos de su honor; las cartas del infante a don Juan Núñez, en que se revelaba la negra trama de Tordehumos; los esfuerzos de este buen caballero, sinceramente arrepentido y deseoso de enmendar su anterior conducta, y el noble desprendimiento de Saldaña, que a trueque de favorecer al señor de Bembibre, no vaciló en acusarse de haber ejercido coacción en el maestre para su admisión en la Orden, eran contrapeso más que suficiente a las intrigas y maquinaciones de aquel mal caballero. No era la cuestión de gobierno y buena política la sometida a la sensatez de los prelados de Castilla y Portugal, sino de justicia estricta y rigurosa, y así, desde luego manifestaron su resolución de favorecer a don Álvaro. En tan robusto fundamento descansaban las esperanzas del abad de Carracedo, y las seguridades, temerarias sin duda, de doña Beatriz.