El señor de Bembibre

Part 20

Chapter 204,138 wordsPublic domain

Al escuchar el tono de verdadera aflicción con que fueron pronunciadas estas palabras, el abad no fué dueño de su sorpresa. El conde había traído males sin cuento sobre aquella bondadosa criatura; su porvenir se había disipado como un humo en manos de aquel hombre; sus negras tramas habían robado la libertad y hasta la esperanza de la dicha al desventurado don Álvaro, y, sin embargo, a la idea de su infortunio perdurable su corazón se estremecía. Doña Beatriz no le amaba, porque no cabía en su altivez poner su afecto en quien así se olvidaba de sí propio y de su nacimiento, ni menos renunciar a la única ilusión que de tiempos mejores le quedaba, bien que enlutada y marchita; pero los ímpetus del resentimiento y del odio no podían avenirse largo tiempo con la irresistible propensión a perdonar que dormía en el fondo de su pecho; y delante de las tinieblas de la eternidad, que más de una vez se habían ofrecido a sus ojos, bien conocía la pequeñez de las pasiones humanas.

—Hija mía—respondió el abad, conmovido a vista de tan noble desprendimiento y tomándole la mano—, ¿cómo desconfiáis así de la misericordia de Dios? Sus crímenes eran grandes, y la paz y la justicia han huído siempre al ruido de sus pasos; pero su juez está en el cielo, y a su clemencia sin límites nada hay vedado. Pensad que el buen ladrón se convirtió en la hora postrimera y que la fe es la más santa de las virtudes.

—¡Válgale, pues, esa adorable clemencia!—contestó doña Beatriz, sosegándose—, y el Señor le perdone.

—¿Como vos le perdonáis?

—Sí, como yo le perdono—respondió ella con acento firme, levantando los ojos al cielo y poniendo la mano sobre el corazón—. ¡Ojalá que todas las palabras que arranque la noticia de su desastroso fin no sean más duras que las mías!

Quedáronse entrambos por un rato en un profundo silencio, durante el cual el abad, mirándola de hito en hito, parecía observar con asombro y alarma las huellas que la enfermedad y las pasiones habían dejado en aquel cuerpo y semblante, cifra no mucho había de perfecciones y lozanía. El pensamiento que semejante espectáculo suscitó en su alma, llegó a ser tan doloroso, que sin alcanzar a contenerse, le dijo:

—Doña Beatriz, sabe el cielo que en mi vida entera vuestro bien y contento han sido blanco constante de mis deseos. Yo he visto vuestra alma desnuda y sin disfraces en el tribunal de la penitencia... ¿Cómo no amaros cuanto se puede amar a la virtud y a la pureza? Y, sin embargo, la austeridad de mis deberes se ha convertido contra vos, y nadie en el mundo se ha hecho tanto daño como este anciano, que siempre hubiera dado gustoso por vos la última gota de su sangre. ¿No es verdad?

Doña Beatriz sólo dió por respuesta un largo suspiro arrancado de lo más íntimo de su corazón.

—Harto me decís con eso—continuó el religioso con un tono de voz apesarado—; pero escuchadme y veréis que aún puedo tal vez enmendar mi obra. Vuestra dicha sería la gloria de mis postreros años, y aunque nada me echa en cara mi conciencia, con ella se descargaría mi corazón del peso con que vuestra desdicha le abruma. Yo no sé si los usos del mundo me permiten hablaros de una esperanza que tal vez me sea más halagüeña que a vos misma, pero vuestro infortunio y mi carácter poco tienen que ver con las hipócritas formas y exterioridades de los hombres. Doña Beatriz, en la actualidad sois libre.

—¿Y qué me importa la libertad?—contestó ella con más presteza de la que podía esperarse de su abatido acento—. Alguna vez he oído decir a caballeros que han padecido cautividad en tierra de moros, que los príncipes y señores de aquella tierra conceden la libertad a las mancebas de sus serrallos cuando la vejez les ha robado fuerza, vigor y hermosura. Ahí tenéis una libertad muy semejante a la mía.

—No, hija mía—respondió el religioso—; no es tan menguado el don que el cielo te concede: escúchame. Cuando don Álvaro entró en el Temple, aconsejado más de su dolor que de su prudencia, la Orden estaba ya suspensa de todas sus prerrogativas y derechos, emplazada ante el concilio de los obispos, secuestrados sus bienes y sin poder admitir en su milicia un solo soldado, ligado con sus solemnes y terribles votos. Si don Álvaro hizo su profesión, si su tío el maestre le vistió el hábito de Hugo de Paganis y de Guillén de Mouredón, fué porque los caballeros todos querían tener por suya una lanza tan afamada, y porque su sobrino le amenazó con pasarse a Rodas y tomar el hábito de San Juan de Jerusalén. El recelo de perderle, por un lado, y el miedo de introducir la desunión entre los suyos, cuando la presencia del riesgo hacía más necesaria la concordia y concierto de voluntades, le obligaron a atropellar por sus propios escrúpulos. Mal pudo don Álvaro, de consiguiente, renunciar a su libertad, y su profesión no dudo que será dada por nula en el concilio que dentro de poco se juntará en Salamanca, y al cual se espera que se presentarán los templarios de Castilla, sin alargar una lucha en que la cristiandad los abandona. Yo me presentaré también ante los padres, y espero que mi voz sea escuchada, y que el Señor os traiga a entrambos horas más felices.

Doña Beatriz, que desde que escuchó el nombre de su amante había estado colgada de las palabras del abad, fijos en él sus ojos, que, de suyo hermosos y animados, recibían nuevo brillo de la enfermedad, le dijo con ansiedad:

—¿Conque, según eso, aún puede amanecer para nosotros un día de claridad y de consuelo?

—Sí, hija mía—contestó el monje—; y por la misericordia de Dios, así confío que sucederá.

—¡Ah, ya es tarde, ya es tarde!—exclamó ella con un acento que partía el corazón.

—Nunca es tarde para la misericordia divina—contestó el anciano, que, ya sobresaltado por su aspecto, se sentía espantado con esta súbita exclamación.

—Sí; ya es tarde, os digo—replicó ella con la mayor amargura—. Yo veré amanecer ese día, pero mis ojos se cerrarán en cuanto su sol me alumbre con sus rayos. Sí, sí; no os asombréis; el sueño ha huído de mis párpados, mi corazón se ahoga dentro del pecho, mi pulso y mis sienes no dejan de latir un instante. Cuando llego a descansar un momento en brazos del sueño, oigo una voz que me llama, y veo mi sombra que cruza los aires con un ramo de azucenas en la mano y una corona de rosas blancas en la cabeza; y luego, otra sombra vestida una túnica rutilante, como el hábito del Temple, y un casco guerrero en la cabeza, me sale al encuentro, y alzándose la visera como en la tarde del soto, me dice de nuevo, pero con un acento dulcísimo: «¡Soy yo, doña Beatriz!» ¡Y esta sombra es la suya! Entonces despierto bañada en sudor, palpitando mi corazón como si quisiera salirse del pecho, y un diluvio de lágrimas corre por mis mejillas. Mi antiguo valor me ha abandonado; mis días de gloria se han desvanecido; las flores de mi juventud se han marchitado, y la única almohada en que pretendo reclinar ya mi cabeza es la tierra de mi sepultura. ¡Ah!—exclamó retorciéndose las manos desesperadamente—, ¡ya es tarde! ¡ya es tarde!

Quedóse el abad como de hielo al escuchar aquella temible declaración que, ahogada hasta entonces y comprimida, reventaba al fin con inaudita violencia. El semblante de doña Beatriz, la flacura de su cuerpo, la brillantez de su mirada, el metal de su voz habían llenado su imaginación de zozobra y de recelo; pero ahora se había trocado en una fatal certidumbre de que apenas sería dado a la ciencia y al poder humano lavar aquel alma de las heces que el dolor había dejado en su fondo, y curar aquel cuerpo de su terrible dolencia. Sin embargo, cobrando fuerzas y saliendo de su estupor, la dijo con acento suave y persuasivo:

—Doña Beatriz, para Dios nunca es tarde, ni en su poder puede poner tasa el orgullo o la desesperación humana. Acordaos de que sacó vivo del sepulcro a Lázaro, y no arrojéis de vuestro seno la esperanza, que, como vos misma decíais en una solemne ocasión, es una virtud divina.

—Tenéis razón, padre mío—repuso ella como avergonzada de aquel ímpetu, que no había podido sojuzgar, y secándose las lágrimas—; hágase su voluntad, y mírenos con ojos de misericordia, porque en Él solo espero.

—¿Por qué así, hija mía?—replicó el monje—; todavía sois joven y quizá contaréis muchos días de felicidad.

—¡Ay, no!—contestó ella—; mi prueba ha sido muy dura y yo me he quebrantado en ella como frágil vasija de barro, pero nunca me levantaré contra el alfarero que me formó.

—Doña Beatriz, dadme vuestro permiso para retirarme—dijo el religioso poniéndose en pie—; advierto que con este coloquio os habéis agitado en demasía, pero os dejo muy encomendada la memoria de mis consejos. Probablemente no tardaré en ausentarme, porque los caballeros del Temple al cabo se sujetarán de grado al concilio de Salamanca, y a mí, que he sido el causador de vuestros males, aunque inocente, me toca repararlos.

La señora le besó la mano y le despidió, pero no pudo honrarle hasta la puerta, por la debilidad que sentía después de tan agitada escena. Desde allí le acompañó la abadesa y las más ancianas de la comunidad hasta la portería del monasterio, en tanto que doña Beatriz quedaba entregada al nuevo tumulto que con aquella imprevista esperanza se había despertado en su corazón. Lástima grande que sus ojos, anublados por las lágrimas y acostumbrados a las tinieblas del dolor, se sintiesen más ofendidos que halagados con aquella luz tan viva y resplandeciente.

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CAPÍTULO XXX

En tanto que esto pasaba en Villabuena seguían los tratos en Cornatel entre Saldaña y el señor de Arganza, con esperanzas cada día mayores de un amigable y caballeroso arreglo. Las noticias que desde antes de la muerte del conde de Lemus sin interrupción se sucedían, iban dando en tierra poco a poco con el aéreo castillo de las esperanzas de aquel viejo entusiasta y valeroso. Al cabo de tantos sueños de gloria y de grandeza, la mano de la realidad le mostraba, en perspectiva no muy lejana, la ruina inevitable de su Orden, que el cielo abandonaba en sus altos juicios, después de haberla adornado como a un rápido meteoro de rayos y resplandores semejantes a los del sol.

No bien se habían retirado los enemigos, después de la muerte de su capitán, pasó Saldaña al aposento donde por orden suya habían encerrado a don Álvaro. Conociendo su carácter impetuoso y violento, entró decidido a sufrir todas las injusticias de su cólera, exacerbada entonces hasta el último grado por la injuria que creía recibida. Estaba sentado en un rincón con los codos en las rodillas y la cara entre las manos, y aunque oyó descorrer los cerrojos y abrir la puerta, no salió de sus sombrías cavilaciones; pero no bien escuchó la voz del comendador, saltó como un tigre de su asiento, y plantándose delante de él comenzó a mirarle de hito en hito. El comendador le miraba también, pero con gran sosiego y con toda la dulzura que cabía en su carácter violento; con lo cual se doblaba la cólera del agraviado caballero. Por fin, enfrenando su ira como pudo, le dijo con voz cortada y ronca:

—En verdad que si los enemigos de nuestra Orden logran sus ruines deseos, y quedamos ambos sueltos de los lazos que nos atan, os tengo de arrancar la vida o dejar la mía en vuestras manos.

—Aquí la tenéis—contestó el comendador con tono templado—; poco me arrancan con ella, cuando ya no puedo emplearla en servicio de nuestra santa Orden. Harto mejor fuera morir a vuestras manos que en la soledad y el destierro; pero como quiera que sea, el haber arrancado al conde de vuestras manos es la única merced y prueba de cariño que habéis recibido de mí en vuestra vida.

Don Álvaro se quedó extático con esta respuesta, pues conociendo el respetable carácter de Saldaña, no podía figurarse que en su mayor baldón se cifrara un servicio tan eminente. Embrollada su mente en tan opuestas ideas, permaneció callado por un buen rato.

—Don Álvaro—le dijo de nuevo el anciano, ¿creéis que doña Beatriz pudiera dar su mano a quien estuviese manchado con la sangre de quien al cabo era su esposo?

—Tal vez no—contestó don Álvaro, en quien aquel nombre había producido un estremecimiento involuntario.

—Pues ahí tenéis el servicio que me debéis. A un mismo tiempo he vengado a mi Orden y os he acercado a doña Beatriz.

—¿Qué estáis ahí diciendo?—repuso don Álvaro cada vez más confuso y aturdido—; ¿qué puede haber de común entre doña Beatriz y yo, si no es la igualdad de la desventura?

—Dentro de poco, probablemente, recobraréis vuestra libertad, y entonces...

—¿Cómo echáis en el olvido que mis votos sólo se rompen con la muerte?—le replicó el joven amargamente.

—Ni vos pudísteis pronunciarlos, ni nosotros recibirlos. Nuestra Orden estaba ya emplazada delante del concilio, y cuando en él comparezcamos yo me acusaré de que el maestre, vuestro tío, sólo os recibió por nuestra violencia.

—Pero yo diré lo que mi corazón sentía, y que por mi parte fueron y son de todas veras sinceros. Mi suerte, además, será la vuestra, porque nuestro crimen es el mismo. Pero, decidme—añadió olvidando su resentimiento y acercándose al comendador con interés—, ¿cómo vamos a presentarnos al concilio?

—Como reos, y a la merced de nuestros enemigos—respondió Saldaña procurando reprimir algunas lágrimas de coraje que se asomaban a sus ojos—. La Europa entera se levanta contra nosotros, y Dios nos ha dejado en medio del mar, que atravesábamos a pie enjuto, como al ejército de Faraón. De hoy más, Jerusalén—continuó volviéndose al oriente con las manos extendidas y soltando la rienda al llanto y a los sollozos—, de hoy más, compra tu pan y granjéate tu agua con dinero, como en los tiempos del profeta, porque el Señor ha tendido sus redes y no aparta su mano de tu perdición. Todos tus amados te han desamparado, y la esterilidad y la viudez vendrán juntas sobre ti.

Entonces, y después de dar vado a su intenso dolor, contó a don Álvaro el desaliento que cundía entre los templarios de Aragón y de Castilla, que ya habían entregado algunas de sus fortalezas, y, finalmente, el desamparo y aislamiento total a que la calumnia y codicia por un lado, y la superstición por otro, les habían reducido. Últimamente le mostró una carta que había recibido de don Rodrigo, poco antes de la embestida en que acabó tan miserablemente el conde de Lemus, en que le mandaba tan funestas nuevas, insistiendo en la necesidad de dar pronto término a tan aciaga lucha, sin menoscabo del honor en todo caso. Advertíale asimismo de lo conveniente que sería a su fama acudir prontamente al concilio de Salamanca, sobre todo después que algunos de los obispos que debían componerle le habían asegurado por escrito, contestando a sus cartas, que en aquel importante juicio entraban limpios de toda prevención y ojeriza, y que jamás consentirían en que se atropellasen sus fueros de caballeros y miembros de la iglesia. El comendador no había querido dar a conocer estas cartas a ninguno de los suyos, porque la enemiga del de Lemus cerraba la puerta a todo trato honroso, y por otra parte semejantes nuevas podían enfriar una resolución que de ningún modo sobraba delante de contrario tan sañudo. Apartado, por fin, este obstáculo, y entabladas las negociaciones bajo distinto pie por el señor de Arganza, manifestó a don Álvaro que pronto asentarían sus capitulaciones y pondrían la fortaleza de Cornatel, y aun la de Ponferrada quizá, en poder de don Alonso.

—Hijo mío—le dijo por último—, la venda ha caído de mis ojos, y mis sueños de gloria y de conquista se han desvanecido, porque el Balza no volverá a desafiar al viento en nuestras torres. Comoquiera, tú eres joven y la felicidad aún puede mostrarte su rostro en los albores de tu primavera. El único obstáculo invencible que había lo he quebrantado yo en pedazos contra las rocas y precipicios de este castillo. Por lo que hace a mí, si Dios conserva, a pesar de tan fieros golpes, esta vida tan cascada, no residiré ya más en esta Europa ruin y cobarde, que así abandona el sepulcro del Salvador, y sólo guerrea contra los que han dado su vida y su sangre por él. ¿Todavía me guardas ahora rencor por lo pasado?—preguntó a don Álvaro asiéndole de la mano y trayéndole hacia sí.

—¡Oh, noble Saldaña!—exclamó el joven precipitándose en sus brazos y estrechándole fuertemente—. ¿Qué habéis encontrado en mí para tanta bondad y cariño como me prodigáis a manos llenas? ¿Quién puede tachar de seco vuestro noble corazón?

—Así es la verdad, don Álvaro—contestó el anciano—y con eso no me ultrajan. Mis pensamientos me han servido como las alas al águila para levantarme de la morada de los hombres; pero, como ella, he tenido que vivir en las quiebras de los peñascos donde silban los vientos. ¿Que por qué te he querido? Porque sólo tú eras digno de morar conmigo en el altura, como mi polluelo, para mirar al sol y acechar el llano. Ahora la montaña se ha hundido, y cuando mis alas ya no me sostengan, iré a caer en un arenal apartado para morir en él. ¡Ojalá que entonces pueda verte posado con tu compañera a la orilla de una fuente en el valle florido, de donde sólo te ha apartado la iniquidad y la desdicha!

Con tan melancólicas palabras se acabó aquella conversación, que interrumpió la llegada del señor de Arganza. La entrevista con entrambos caballeros, testigos de la terrible escena del cercado de Arganza, no pudo menos de traer un sin fin de memorias tristes a don Alonso, que en la cortés acogida que hizo a don Álvaro, y en los grandes y delicados elogios que tributó a sus recientes hazañas, le dió claramente a entender cuán mudado estaba su espíritu y cuántos pesares le había acarreado su anterior conducta.

Las bases y condiciones de aquel tratado se ajustaron prontamente a gusto de los templarios, y a los pocos días desocuparon aquel castillo que con tanto valor habían guardado. Saldaña antes de salir indicó al señor de Arganza el mismo pensamiento que a don Álvaro, y por la alegre sorpresa con que fué recibido pudo conocer que sus deseos se cumplirían. Don Alonso acompañó a los templarios a Ponferrada, y para colmo de cortesía, el pendón de la Orden no dejó de ondear por mandato suyo en la torre de Cornatel, en tanto que sus moradores pudieran divisar al volverse aquellas enriscadas almenas que ya no volverían a defender.

En la hermosa bailía de Ponferrada se fueron juntando todos los templarios del país, dejando las fortalezas de Corullón, Valcarce y Bembibre en poder de las tropas del señor de Arganza y de algún tercio que había mandado el marqués de Astorga. Todos iban llegando silenciosos y sombríos, montados en sus soberbios caballos de guerra, y seguidos de sus pajes y esclavos africanos que traían otros palafrenes del diestro. El espectáculo de aquellos guerreros indomables y jurados enemigos de los infieles que entonces se rendían sin pelear y por sola la fuerza de las circunstancias, era tan doloroso que el abad de Carracedo y don Alonso, que lo presenciaban, apenas podían disimular sus lágrimas. El mismo tesón con que aquellos altivos soldados encubrían sus propios sentimientos, y la igualdad de ánimo que aparentaban, no hacían sino encapotar más y más aquel cuadro, de suyo lóbrego y negro.

Cualidad de las almas bien nacidas es trocar el odio en afición y respeto cuando llega la hora de la desgracia para sus enemigos, y esto cabalmente fué lo que sucedió con el abad y el señor de Arganza, que entonces renovaron los vínculos de antigua amistad con el maestre don Rodrigo. El monje determinó desde luego acompañarlos al solemne juicio que iba a abrirse en Salamanca, para dar personal testimonio de la virtud del maestre y de algunos caballeros, y especialmente para cumplir a doña Beatriz la palabra que le había empeñado de volverle la felicidad que en su juventud se había imaginado. Don Alonso, que no podía salir del país, cuya custodia le estaba encomendada por su rey, apuró todos los recursos de su hidalguía por hacer menos dura su suerte a aquellos desgraciados.

Por grande que fuese el deseo de los templarios de salir de aquel trance incierto y penoso a que se veían expuestos, los preparativos de su marcha y las formalidades necesarias para la entrega de sus bienes se llevaron algún tiempo. Una mañana, pues, que Saldaña se paseaba por los adarves que miran al Poniente y veía correr el Sil a sus pies con sordo murmullo, vino un aspirante a decirle que un montañés solicitaba hablarle. Mandóle al punto que lo condujese a su presencia, y a los pocos minutos se encontró delante a un conocido nuestro, que quitándose la gorra de pieles con tanto respeto como llaneza, le dijo:

—Dios os guarde, señor comendador. Acá estamos todos.

—¿Eres tú, Andrade?—respondió el comendador, sorprendido—. ¿Pues qué te trae por esta tierra?

—Yo os lo diré, señor, en dos palabras. El otro día vino mi primo Damián a Ponferrada a vender unas pellejas de corzo y de rebezo, y llevó allá una porción de noticias, diciendo que ya no teníais más castillo que éste, que os iban a llevar a Salamanca, y allí qué sé yo qué cosas dijo que iban a hacer con vosotros. En fin, ellas no son para contadas, ni importa un caracol que las sepáis. Pues señor, como iba diciendo, yo siempre me he echado la cuenta de mi padre, de que «el que no es agradecido no es bien nacido», y como allá en Cornatel me disteis la vida dos veces, y además aquel puñado de doblas, que en mi vida vi más juntas, vengo a deciros que, si el diablo lo enreda, os venís allá a mi casa, y Cristo con todos. Ello no estaréis muy bien, porque allá aun los ricos somos pobres; pero lo que es a buena voluntad, no nos gana ningún rey; y mi mujer, en cuanto se lo dije, se puso más contenta que unas castañuelas, y al punto comenzó a pensar en las gallinas, pichones y cabritos que estaban más gordos para regalaros con ellos. Conque ya lo sabéis, si os venís conmigo, lo que es allí no han de ir a buscaros. ¡Ah! se me olvidaba deciros que os llevaseis también al señor de Bembibre, porque sé que le queréis tanto como su tío, y bien me acuerdo de lo cortés que estuvo con nosotros en Cornatel.

El comendador, que no esperaba semejante visita, ni mucho menos que tuviese semejante objeto, cuando el universo entero abandonaba a los templarios, se vió tan dulcemente sorprendido que la emoción le atajó la palabra por un rato. Por fin, dominándola con su acostumbrada energía, se llegó al montañés, y apretándole la mano vivamente, le contestó:

—Andrade, lo que contigo hice lo mismo hubiera hecho con cualquiera; pero tú eres el primero que tales muestras de afición me da. Anda con Dios, buen Cosme, y que su bondad te prospere a ti y a los tuyos, como yo se lo pediré siempre. Ningún riesgo nos amenaza, porque ya sabes que son obispos los que nos van a juzgar, y en cuanto al rey y sus ricos hombres—añadió con amargura—, cuando se hayan hartado con nuestra abundancia, se cansarán de ladrar y de morder.

—No, pues lo que es con eso no me sosiego yo—repuso Andrade—; porque, según me dijo el cura el otro día, los jueces de Francia también eran sacerdotes, y así y todo...

—Nada hay que temer, buen Andrade; vuélvete a tu montaña y cree que me dejas muy obligado.

—Conque a lo que veo—insistió el montañés—, ¿estáis en ir a Salamanca y sufrir el juicio?

El comendador le hizo señal de que así era.

—Pues entonces, yo quiero ir allá para servir de testigo. Señor comendador, a la paz de Dios, que dentro de tres días o cuatro aquí estoy.

Y sin atender a las razones del anciano, tomó el camino de Cabrera, de donde volvió al tiempo señalado.