El señor de Bembibre

Part 19

Chapter 193,981 wordsPublic domain

Aunque lo opaco de la niebla robaba a don Álvaro y a su fiel escudero de la vista de sus enemigos, con todo, para mejor asegurar el golpe, ambos se tendieron en el suelo a raíz de las almenas. Reinaba gran calma en la atmósfera, y los pesados vapores que la llenaban, transmitían fielmente todos los sonidos; de modo que Millán y su amo iban oyendo el ruido de los ganchos de hierro que los enemigos más delanteros iban fijando en las peñas para facilitar la subida de los demás con cuerdas, y las instrucciones que a media voz, y con recato, les iban dando a medida que trepaban. La voz sonora de Andrade, por mucho cuidado que en apagarla ponía, sobresalía entre todas, y como era el que abría aquella marcha singular y atrevida, por ella calculaba don Álvaro la distancia que todavía les separaba de los enemigos. Por fin, la voz se oyó muy cerca, y como en seguida calló y no se percibió más ruido que uno como de gente que, después de subir trabajosamente, llega a un terreno en que puede ponerse en pie; el señor de Bembibre conjeturó, fundadamente, que el conde y Cosme Andrade, con sus montañeses, estaban ya en la pequeña explanada que forma la peña misma de la muralla, poco elevada en aquel sitio. El momento decisivo había llegado ya.

Al cabo de breves minutos dos ganchos de hierro, atados en el extremo de una escala de cuerda cada uno, cayeron dentro de la plataforma en que estaba don Álvaro y se agarraron fuertemente a las almenas.

—¿Estás seguro?—preguntó desde abajo una voz que hizo estremecer a don Álvaro.

—Seguro, como si fuera la escalera principal de vuestro castillo de Monforte—replicó Andrade—; bien podéis subir sin cuidado.

No bien habían dejado de oirse estas palabras, cuando aparecieron sobre las almenas de un lado el determinado Andrade, y por otro, el conde. Millán, entonces, se levantó del suelo con un rápido salto, y dando un empellón al descuidado montañés, le derribó de las murallas.

—¡Virgen santísima, valme!—dijo el infeliz cayendo por aquel tremendo derrumbadero, mientras los suyos acompañaban su caída con un grito de horror—. Millán, bien prevenido de antemano, desenganchó las cuerdas y las recogió en un abrir y cerrar de ojos. El conde, temeroso de sufrir la misma suerte que Andrade, se apresuró a saltar dentro del torreón, y Millán, entonces, recogió su escala del mismo modo y con igual presteza. En seguida comenzó a tirar a plomo sobre los montañeses, poseídos de terror con la caída de su jefe, enormes piedras de que no podían defenderse apiñados en aquel reducido espacio y a raíz misma del muro, visto lo cual, todos tomaron la fuga dando espantosos alaridos y despeñándose algunos con la precipitación.

Quedáronse, por lo tanto, solos aquellos dos hombres, poseídos de un resentimiento mortal y recíproco. Por uno de aquellos accidentes atmosféricos frecuentes en los terrenos montañosos, una ráfaga terrible de viento que se desgajó de las rocas negruzcas de Ferradillo comenzó a barrer aceleradamente la niebla, y algunos rayos pálidos del sol empezaron a iluminar la explanada del torreón. Como don Álvaro y su escudero tenían cubiertos los rostros con las viseras, el conde les miraba atentamente, como queriendo descubrir sus facciones.

—Soy yo, conde de Lemus—le dijo don Álvaro sosegadamente descubriéndose.

La ira y el despecho de verse así cogido en su propio lazo, colorearon vivamente el semblante del conde, que mirando al señor de Bembibre con ojos encendidos, le respondió:

—El corazón me lo decía, y me alegro de que no se desmienta su voz. Sois dos contra mí solo, y probablemente otros acudirán a vuestra señal: la hazaña es digna de vos.

—¿Nunca acabaréis de medir la distancia que separa la ruindad de la hidalguía?—le contestó don Álvaro con una sonrisa en que el desdén y desprecio eran tales que rayaban en compasión—. Millán, vuélvete allá dentro.

El escudero comenzó a mirar al conde fieramente, y no mostraba gran priesa por obedecer.

—¡Cómo así, villano!—le dijo don Álvaro encendido en cólera—; parte de aquí al punto y cuenta que te arrancaré la lengua si una sola palabra se te escapa.

El pobre Millán, aunque muy mohino y volviendo la cabeza hacia atrás, no tuvo más remedio que apartarse de allí. Este nuevo alarde de generosidad, que tanto humillaba al conde, sólo sirvió para escandecer más y más su altanería y soberbia. Sobrado claro veía que su vida había estado a merced de su caballeroso enemigo al poner el pie en aquel recinto fatal, y por de pronto en bizarría y nobleza ya estaba vencido. Corrido, pues, tanto como sañudo, dijo a don Álvaro desenvainando la espada:

—Tiempo es ya de que ventilemos nuestra querella, que sólo con la muerte de uno de los dos podrá acallarse.

—No diréis que os he estorbado el paso—contestó él—; ahora que no soy sino soldado del Temple y he renunciado a mis derechos de señor independiente, no me abochorna igualarme con vos en esta singular batalla.

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El de Lemus, sin aguardar a más y rugiendo como un león, arremetió a don Álvaro, que le recibió con aquella serenidad y reposado valor que viene de un corazón hidalgo y de una conciencia satisfecha. Estaba el conde armado a la ligera, como convenía a la expedición que acababa de emprender, pero esto mismo le daba sobre su contrario la ventaja de la prontitud y rapidez en los movimientos; don Álvaro, armado de punta en blanco, no podía acosarle con el ahinco necesario, pero como el campo era tan estrecho, poco tardó en alcanzarle al conde un tajo en la cabeza, del cual no pudo defenderle el delgado aunque fino capacete de acero que la cubría, y que de consiguiente dió con él en tierra. Don Álvaro se arrojó sobre él al punto, y le dirigió la espada a la garganta.

—¡Ah, traidor!—dijo el conde con la voz ahogada por la rabia—, peleas mejorado en las armas y por eso me vences.

Don Álvaro apartó al punto su espada, y desenlazando el yelmo, y arrojando el escudo, le dijo:

—Razón tenéis: ahora estamos iguales.

El conde, más aturdido que herido, se levantó al punto, y de nuevo comenzó la batalla encarnizadamente.

Todo esto sucedía mientras el grueso de las fuerzas sitiadoras se acercaban al castillo en los términos que dijimos, y el comendador enviaba sus órdenes a don Álvaro con el caballero Carvajal. Poco tardó el caballero en volver diciendo que don Álvaro no había parecido por la barbacana. El comendador estaba notando con extrañeza la flojedad con que los enemigos continuaban en su bien comenzado ataque, cuando recibió esta inesperada respuesta.

—¿Dónde está, pues?—exclamó con ansiedad.

Entonces se presentó como un relámpago a su imaginación la idea de que la arremetida, conocidamente falsa, de los enemigos, podría tener relación con la impensada ausencia de su ahijado. La última ráfaga de viento arrebató en aquel instante los vapores que todavía quedaban hacia la parte oriental del castillo, y la plataforma quedó iluminada con los rayos resplandecientes y purísimos del sol. Apenas la divisó el cuerpo sitiador, cuando un grito de consternación se levantó de sus filas, porque en lugar de verla coronada con sus montañeses, sólo alcanzaron a ver a su caudillo en poder de los enemigos y peleando con uno de ellos. Al grito volvió el comendador la cabeza, y lo primero que hirió sus ojos fué el resplandor movible y continuo que despedían las armas heridas por el sol. Comprendió al punto lo que podía ser, y dijo en voz alta:

—Síganme doce caballeros, y los demás quédense en la muralla—y con una celeridad increíble en sus años, corrió al sitio del combate, acompañado de los doce.

—Don Álvaro—le gritó desde la estrecha garganta que separaba el torreón del castillo—, deteneos en nombre de la obediencia que me debéis.

El joven volvió la cabeza como un tigre a quien arrebatan su presa, pero sin embargo se detuvo.

—Don Álvaro—le dijo de nuevo Saldaña en cuanto llegó—, este asunto no es vuestro, sino de la Orden, y yo, que la represento aquí, lo tomo a mi cargo. Conde de Lemus, defendeos.

—Yo también soy templario—repuso don Álvaro, que apenas acertaba a reprimir la cólera—. Yo he comenzado esta batalla y yo la acabaré a despecho del mundo entero.

El comendador, conociendo que la cólera le sacaba de quicio, hizo una seña, echándose sobre él seis caballeros; le sujetaron y lo apartaron de allí en medio de sus esfuerzos, amenazas y denuestos.

—Por fin sois nuestro, mal caballero—dijo al conde—; veremos si ahora os valen vuestras cábalas y calumnias.

—Todavía no lo soy—respondió él desdeñosamente—. Cara os ha de costar mi vida, porque no quiero rendirme.

—De nada os serviría—replicó el comendador con torcido rostro—. Sin embargo, conmigo solo habéis de pelear, y si la victoria os corona, estos caballeros respetarán vuestra persona.

Algunos de ellos quisieron interrumpirle, pero el anciano los acalló al punto.

—Nada quiero de vosotros—replicó el conde con arrogancia—; mientras me dure el aliento no cesará mi brazo de moverse en vuestro daño. Sólo me duele pelear con un viejo cuitado.

—No hace mucho que huísteis de él—le dijo el comendador.

—Mentís—contestó el conde con una voz ronca y con ojos como ascuas, y sin más palabra comenzó de nuevo el combate.

Los sitiadores, llenos de ansiedad por la suerte del conde, se habían corrido por su derecha, y divididos del lugar de la pelea por el despeñadero, asistían como espectadores ociosos al desenlace de aquel terrible drama. Don Alonso, que en la ausencia de su yerno mandaba aquellas fuerzas encaramado sobre una roca, parecía tener pendiente el alma de un hilo.

Por grande que fuese el poder del brazo de Saldaña, como el conde le sobrepujaba en agilidad y soltura, apenas le alcanzaban sus golpes. Encontrando, sin embargo, una vez al anciano mal reparado, le tiró un furioso revés que, a no haberlo evitado rápidamente, hubiera dado fin al encuentro; pero así la espada del conde fué a dar en la muralla y allí saltó hecha pedazos, dejándole completamente desarmado. En tan apurado trance no le quedó más recurso que arrojarse al comendador antes de que se recobrase y trabar con él una lucha brazo a brazo para ver de arrojarlo al suelo y allí rematarle con su puñal. Este expediente, sin embargo, tenía más de desesperado que de otra cosa, porque el viejo era mucho más robusto y fornido. Así fué que, sin desconcertarse por la súbita acometida, aferró al conde de tal modo que casi le quitó el aliento, y alzándole en seguida entre sus brazos dió con él en tierra tan tremendo golpe, que tropezando la cabeza en una piedra perdió totalmente el sentido. Asióle entonces por el cinto el inexorable viejo y, subiéndose sobre una almena y levantando su voz que parecía el eco de un torrente en medio del terrífico silencio que reinaba, dijo a los sitiadores:

—¡Ahí tenéis a vuestro noble y honrado señor!

Y diciendo esto, lo lanzó como pudiera un pequeño canto en el abismo que debajo de sus pies se extendía. El desgraciado se detuvo un poco en su caída, porque su ropilla se prendió momentáneamente en un matorral de encina; pero doblado éste, continuó rodando cada vez con más celeridad, hasta que por fin, ensangrentado, horriblemente mutilado y casi sin figura humana, fué a parar en el riachuelo del fondo.

Un alarido espantoso se levantó entre sus vasallos, helados de terror a vista de tan trágico suceso. Todos siguieron con los cabellos erizados y desencajados los ojos el cuerpo de su señor en sus horribles tumbos, hasta que lo vieron parar en lo más profundo del derrumbadero. Entonces, los que más obligados tenía con sus beneficios y larguezas, rompieron unos en lamentos, y otros, profiriendo imprecaciones y amenazas, quisieron ir contra el castillo y embestirlo a viva fuerza. Don Alonso, que a despecho de todas sus quejas y sinsabores, había visto con grandísimo dolor el fin de aquel poderoso de la tierra, no por eso olvidó sus deberes de capitán. Recogiendo, pues, su gente con buen orden y levantando el sitio con todos sus aprestos bélicos, volvió al campo atrincherado de las Médulas resuelto a entablar medios puramente pacíficos y templados con aquellos guerreros altivos y valerosos, que no se hubieran avenido en tiempo alguno a las injustas pretensiones del conde. Por violenta que le pareciese la conducta del comendador, no dejaba de conocer los atroces agravios que la Orden había sufrido del difunto y los ruines medios de que había echado mano para dañarla y socavar su crédito. Así, pues, envió un mensaje al comendador, comedido y caballeroso, manifestándole su deseo de que amigablemente se arreglasen aquellas lastimosas diferencias, y al punto recibió una respuesta cortés y cordial en que Saldaña le encarecía el gran consuelo que era para ellos tenerle por mediador en la desgracia que les amenazaba. Concluía rogándole que pasase a habitar el castillo, donde sería recibido con todo el respeto debido a sus años, carácter y nobleza.

Comenzados los tratos que podían dar una solución honrosa a tan inútil contienda, don Alonso envió los restos mortales de su yerno al panteón de sus mayores en Galicia. Los cabreireses que habían bajado de su peligrosa expedición, recogieron su cadáver a la orilla del riachuelo, y en unas andas hechas de ramas le subieron con gran llanto al real. Desde allí se volvieron a Cabrera con el valiente Cosme Andrade, que no había muerto, como presumirán nuestros lectores, de su caída, porque unas matas protectoras le tuvieron colgado sobre el abismo, de donde a sus gritos le echaron unas cuerdas los del castillo, con las que se ató y pudieron subirle. Así y todo, no salió sin señales, porque se rompió un brazo y sacó bastantes contusiones y araños. Hecha, pues, la primer cura, se partió con los suyos más agradecido que nunca de los templarios y deseoso de probárselo en la primera ocasión.

El pecho del buen cabreirés era terreno excelente para quien quisiera sembrar en él beneficios y finezas.

Por lo que hace al conde, poco tardó también en partir su cadáver depositado en un ataúd cubierto con paños de tartarí negro con franjas de oro. Sus deudos y vasallos le acompañaban con las picas vueltas y los pendoncillos arrastrando. Así atravesaron parte de sus Estados, donde, lejos de ser sentida su muerte, sólo el temor detenía la alegría que generalmente se asomaba a los semblantes.

Tal fué el fin de aquel hombre notable por su ingenio, su valor y su grandeza; pero que, por desgracia, convirtió todos estos dones en daño de su fama, y sólo usó su poder para hacerle aborrecible, contrariando así su más noble y natural destino.

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CAPÍTULO XXIX

El estruendo y trances diversos de esta guerra han apartado de nuestros ojos una persona, en cuya suerte tomarán nuestros lectores tal vez el mismo interés que entonces inspiraba a cuantos la conocían. Claro está que hablamos de doña Beatriz, a quien dejamos a la sombra del claustro de Villabuena, sola con sus pesares y dolores, porque la compañía de su fiel Martina poco podía contribuir a sanar un corazón tan profundamente ulcerado. Los gérmenes de una enfermedad larga y temible habían comenzado, según dejamos dicho, a desenvolverse fuerte y rápidamente en aquel cuerpo, que, si bien hermoso y robusto, mal podía sufrir los continuos embates de las pasiones que como otras tantas ráfagas tempestuosas en el mar, sin cesar azotaban aquel espíritu a quien servía de morada. Las últimas amarguísimas escenas que habían precedido su segunda entrada en aquel puerto sosegado, habían rasgado el velo con que la religión por un lado y por el otro el contento de su padre y la noble satisfacción que siempre resulta de un sacrificio, habían encubierto a sus ojos el desolado y yermo campo de la realidad. Llorar a don Álvaro y prepararse por medio del dolor y de la virtud a las místicas bodas que sin duda le disponía en la celestial morada, llevaba consigo aquella especie de melancólico placer que siempre dejan en el alma las creencias de otro mundo mejor, más cercano a la fuente de la justicia y bondad divina; pero recobrarle sólo para perderle tan horriblemente, y verle caminar a orillas del abismo que amenazaba tragar a la orden del Temple, sin más báculo y apoyo que su lanza ya cascada, era un manantial continuo de zozobras, dudas y vaivenes. Por otra parte, ¡cuánta humillación no encontraba su alma generosa y elevada en pertenecer a un hombre en quien las cualidades y prendas del carácter sólo servían para poner más de manifiesto su degradación lastimosa! Hasta entonces la máscara de la cortesanía había bastado a cubrir aquella sima de corrupción y bajeza, y como doña Beatriz no podía dar amor, tampoco lo pedía; de manera que la natural delicadeza de su alma ninguna herida recibía; pero deshecho el encanto y apartados los disfraces, la ignominia que sobre ella derramaba la ruindad de su esposo, se convirtió en un torcedor fiero y penoso que alteraba sus naturales sentimientos de honor y rectitud, y echaba una fea mancha en el escudo hasta allí limpio y resplandeciente de su casa. Desdicha tremenda que no aciertan a sobrellevar las almas bien nacidas, y que uno de nuestros antiguos poetas expresó con imponderable felicidad cuando dijo:

¡Oh honor! fiero basilisco, Que si a ti mismo te miras, ¡Te das la muerte a ti mismo!

Por tan raros modos el soplo del infortunio había disipado en el cielo de sus pensamientos los postreros y tornasolados celajes que en él quedaban después de puesto el sol de su ventura, y para colmo de tristeza todos los sitios que recorrían sus ojos estaban llenos de recuerdos mejores y poblados de voces que continuamente traían a sus oídos palabras desnudas ya de sentido, como está desnudo de lozanía el árbol que ha tendido en el suelo el hacha del leñador. De esta suerte perdida su alma y errante por el vacío inconmensurable del mundo, levantaba su vuelo con más ansia hacia las celestes regiones, pero tantos combates y tan incesante anhelo acababan con las pocas fuerzas que quedaban en aquella lastimada señora. El aire puro y oloroso de la primavera tal vez hubiera reanimado aquel pecho que comenzaba a oprimirse, y devuelto a su cuerpo algo de su perdida lozanía; pero el invierno reinaba desapiadadamente en aquellos campos yertos y desnudos, y el sol mismo escaseaba sus vivificantes resplandores. Desde las ventanas y celosías del monasterio, veía correr el Cúa turbio y atropellado, arrastrando en su creciente troncos de árboles y sinnúmero de plantas silvestres; los viñedos plantados al pie de la colina donde todavía se divisaban las ruinas de la romana _Bergidum_, despojados de sus verdes pámpanos, dejaban descubierta del todo la tierra rojiza y ensangrentada que los alimenta, y en las montañas lejanas una triste corona de vapores y nublados oscilaba en giros vagos y caprichosos al son del viento, cruzando unas veces rápidamente la atmósfera en masas apiñadas y descargando recios aguaceros, y entreabriéndose otras a los rayos del sol para envolverle prontamente en su pálida y húmeda mortaja. No faltaban accidentes pintorescos en aquel cuadro, pero todos participaban abundantemente de la tristeza de la estación, del mismo modo que los pensamientos de doña Beatriz, bien que varios en sus formas, todos tenían el mismo fondo de pesar.

Como frecuentemente acontece, en el estado a que la habían conducido la profunda agitación de espíritu unida a la debilidad de su cuerpo, al paso que ésta iba poco a poco aumentándose, cada día iba también en aumento la exaltación de su espíritu.

El arpa en sus manos tenía vibraciones y armonías inefables, y las religiosas que muchas veces la oían, se deshacían en lágrimas de que no acertaban a darse cuenta. Su voz había adquirido un metal profundo y lleno de sentimiento, y en sus canciones parecía que las palabras adquirían nueva significación, como si viniesen de una región misteriosa y desconocida, y saliesen de los labios de seres de distinta naturaleza. A veces tomaba la pluma y de ella fluía un raudal de poesía apasionada y dolorida, pero benéfica y suave como su carácter, ora en versos llenos de candor y de gracia, ora en trozos de prosa armoniosa también y delicada. Todos estos destellos de su fantasía, todos estos ayes de su corazón, los recogía en una especie de libro de memoria, forrado de seda verde, que cuidadosamente guardaba, sin duda porque algún rasgo de amargura vecino a la desesperación se había deslizado alguna vez entre aquellas páginas llenas de angélica resignación. A vueltas de sus propios pensamientos había pasajes y versículos de la Sagrada Escritura, que desde que volvió al monasterio, era su libro más apreciado y que de continuo leía; y aquellas memorias suyas comenzaban con un versículo en que hasta allí parecía encerrarse su vida, y que tal vez era una profecía para lo venidero: _Vigilavi et factus sum sicut passer solitarius in tecto_.

Tal era el estado de doña Beatriz cuando una mañana le pasaron recado de que el abad de Carracedo deseaba verla. Desde su aciago desposorio no había aparecido en Arganza, y luego sus mediaciones pacíficas, y más tarde los preparativos que como señor de vasallos había tenido que hacer, bien a pesar suyo, le habían traído algún tiempo fuera de la tierra y constantemente apartado de los ojos de doña Beatriz. Duraba el sitio de Cornatel y ya la derrota primera del conde de Lemus, la gloriosa defensa de los templarios y las proezas de don Álvaro, habían llegado a aquel pacífico asilo. Unos y otros, sin embargo, llevaban adelante su empeño con vigor y no era la menor de las zozobras de doña Beatriz ver comprometidas en semejante demanda personas que tan de cerca le tocaban.

—¡Válgame Dios! ¿qué será?—dijo para sí, después que salieron a avisar al religioso—. ¡Cuánto hace que no veo a este santo hombre, que tal vez sólo a mí ha dañado en el mundo con su virtud! ¡Cómo se han mudado los tiempos desde entonces! ¡Dios me dé fuerzas para resistir su vista sin turbarme!

Razón tenía doña Beatriz para recelar que con esta entrevista se renovasen todas sus memorias; pero, sin embargo, al ver abrirse la puerta y aparecer el anciano, se disipó su turbación; y con su señorío acostumbrado, le salió al encuentro para besarle la mano. No fué tan dueño de sí el abad; pero la sorpresa de ver tanta hermosura y lozanía reducida a tal estado, pudo tanto en él que, sin poderlo remediar, dió dos pasos atrás asombrado como si la sombra de la heredera de Arganza fuese la que delante tenía.

—¿Sois vos, doña Beatriz?—exclamó con el acento de la sorpresa.

—¡Tan mudada estoy!—respondió ella, con melancólica sonrisa y besándole la mano—. No os maraville, pues ya sabéis que el hombre es un compendio de miserias que nace y muere como la flor, y nunca persevera en el mismo estado. Pero decidme—añadió, clavando en él su mirada intensa y brillante—, ¿qué noticias traéis de Cornatel? ¿Qué es de mi noble padre y de... del conde, quise decir?

—Vuestro padre disfruta salud—respondió el abad—; pero vuestro noble esposo ha muerto ayer.

—¿Ha muerto?—contestó doña Beatriz, asombrada—; pero, decidme, ¿ha muerto en los brazos de la religión y reconciliado con el cielo?

—Ha muerto como había vivido—exclamó el abad sin poder enfrenar su natural adustez, lleno de cólera y rencor, y apartado de toda idea de caridad y de templanza.

—¡Oh, desgraciado, infeliz de él!—exclamó doña Beatriz, juntando las manos y con doloroso acento—; ¿y cuál habrá sido su acogida en el tribunal de la justicia eterna?