El señor de Bembibre

Part 18

Chapter 183,902 wordsPublic domain

No era la menor de las contrariedades que sufría impaciente don Alonso la de servir debajo del mando de un hombre que, unido a él por los lazos del parentesco más inmediato, distaba infinito de su corazón por las fealdades que le manchaban. El conde, conociendo harto bien la dificultad de purgarse de sus culpas a los ojos de su suegro, y, por otra parte, viendo bajo sus banderas los vasallos de Arganza, que era uno de los blancos a que se encaminaba desde muy atrás su calculada perfidia, se encastilló en su altanería, y no quiso entrar con su suegro en ningún género de explicaciones. Este, por su lado, guardó una conducta en todo parecida, y aunque delante de los suyos y en todos los actos públicos le trataba con deferencia y aun con cordialidad, cuando la casualidad les juntaba a solas acostumbraban a hablar únicamente de los asuntos militares propios de la empresa que habían acometido: situación para entrambos penosa, pero sobre todo para don Alonso, cuyo carácter franco y noble se avenía mal con semejantes falsías y dobleces. Comoquiera, el deseo de ocultar a los ojos del vulgo los pesares y desabrimientos de su familia, le obligaba a devorar en silencio su amargura, por desgracia demasiado tardía, y que hacía más insufrible todavía la comparación que a cada punto se le presentaba de la suerte de su hija, con la que otra elección más acertada pudiera haberle proporcionado.

Algo más tardaron en llegar los refuerzos de Galicia, tanto por la mayor distancia, cuanto porque el conde, escarmentado con el pasado suceso, y convencido de que Cornatel no era para ganado de una embestida, había hecho traer trabucos y otras máquinas de guerra que embarazaron no poco la marcha de las tropas. Durante este tiempo sobrevinieron graves sucesos que aceleraron el desenlace de aquel drama enmarañado y terrible. Los templarios de Aragón, abandonados de todos sus aliados, y en lucha con un trono más afianzado y poderoso que el de Castilla, a duras penas podían resistir, encerrados en Monzón y en algún otro de sus castillos, las armas de toda aquella tierra concitadas en contra suya, y andaban ya en tratos para rendirse. El rey de Portugal, por su parte, a pesar del apego con que miraba aquella noble Orden, conociendo la dificultad de calmar la opinión general y temeroso por otra parte de los rayos del Vaticano, había cedido en su propósito más generoso que político, y aconsejado a don Rodrigo Yáñez y al lugarteniente de Aragón que, aceptando su mediación y confiándose a la justificación de los concilios provinciales, entregasen desde luego sus castillos y bienes, en obediencia de las bulas pontificias. Tal había sido la opinión del maestre de Castilla en un principio, pero los ultrajes hechos a la Orden, por una parte; la conmoción difícil de calmar introducida entre sus caballeros, por otra, y, por último, la imprudencia del rey Fernando el Cuarto, en elegir para capitán de aquella facción al enemigo más encarnizado del Temple en el reino de León, le habían retraído de ponerla en planta. De todos modos, ahora la inexorable mano del destino parecía indicarle esta senda, y por lo mismo envió cartas a Saldaña, noticiándole lo que pasaba y exhortándole a que, atajando la efusión de sangre, entrase en capitulaciones honrosas con el conde. El anciano comendador dió por respuesta que el encono y rencor implacable del de Lemus imposibilitaban todo término justo y decoroso de avenencia, pues sólo soñaba y respiraba venganza del revés que había experimentado delante de sus murallas: que con semejante hombre, ajeno de toda hidalguía, no podía responder de las vidas de sus caballeros, y, finalmente, que si el rey traspasaba a otro cualquiera de sus ricos hombres el cargo y autoridad por él ejercida, desde luego entablaría las pláticas necesarias.

De estas noticias las más esenciales se derramaron brevemente por el campo sitiador, y el conde no dejó de aprovecharlas para sus intentos de odio y de venganza. Don Alonso no pudo menos de recordarle cuán ajeno era de la ley de la caballería negar todo acomodo honroso a unas gentes que tan ilustre nombre dejaban, sobre todo cuando tantos daños podían venir a la desventurada Castilla de la prolongación de una lucha fratricida; pero el conde le respondió que sus órdenes eran terminantes y su único papel la obediencia. Separáronse, pues, más desabridos que nunca, y el señor de Arganza le amenazó con que pondría de manifiesto ante los ojos del rey la preferencia que daba a sus rencillas e intereses particulares sobre el procomún de la tierra y de la corona. El conde, que en el fondo no desconocía la justicia y prudencia de semejantes reclamaciones, temió con razón que la corte accediese a ellas, y como por otra parte sus tropas estaban ya provistas y reforzadas, se decidió a dar la última embestida a Cornatel.

Poco tardó en averiguar que los jinetes que habían destrozado su caballería habían salido del castillo y no venido de Ponferrada como en un principio se figuró. Así, pues, procuró conocer la misteriosa puerta que sin duda daba al precipicio, deseoso de herir a un contrario por los mismos filos. Mandó llamar para esto al intrépido Andrade, que gracias a su serenidad y a los hábitos de cazador, podía andar por sitios inaccesibles a la mayor parte de las gentes, y al mismo tiempo poseía gran astucia y sagacidad.

—Cosme—le dijo en cuanto le vió en su presencia—, ¿te parece que podremos entrar en ese infernal castillo por el lado del derrumbadero?

—Por muy difícil lo tengo, señor—respondió el montañés dando vueltas entre las manos a su gorro de pieles—, a menos que no nos den las alas de las perdices y milanos; ¿pero hay más que verlo, señor?

—Sí, pero en eso está el peligro, porque con una peña que echen a rodar de arriba pueden aplastaros en semejantes angosturas.

—De manera es que no hay atajo sin trabajo—respondió el animoso Andrade—y no estaré mucho peor que en aquel maldito puente que parecía el del infierno.

Frunció el conde el ceño con este importuno recuerdo de su derrota; pero conteniéndose como pudo explicó sus deseos al montañés, que con la agudeza propia de aquellas gentes los comprendió al momento.

—Así, y con la ayuda de Dios—concluyó el caudillo—presto daremos cuenta de esos ruines hechiceros que sólo con sus malas artes se defienden.

—En eso habéis de perdonar, señor—replicó el sincero montañés—, porque si el diablo los asiste, no se ayudan ellos menos con sus brazos, que a fe que no son de pluma. Y sobre todo, mágicos o no, en sus manos me tuvieron con una porción de los míos, y pudiendo colgarnos al sol para que nos comieran los cuervos, nos dejaron ir en paz y nos regalaron sobre esto.

Y en seguida contó al conde la escena de la poterna y la largueza del comendador. Mordióse el conde los labios de despecho al ver que en todo le vencían y sobrepujaban aquellos soberbios enemigos, y deseoso de borrar su liberalidad, dijo al cazador:

—Doscientas doblas te daré yo si encuentras modo de que entremos en el castillo.

—Eso haré yo sin las doscientas doblas—respondió Andrade—porque las ciento que me dió Saldaña todas las he repartido entre los heridos y viudas de los pobres que murieron aquel día. A mí, Dios sea bendito, nada me hace falta, mientras tenga mi ballesta y haya osos y jabalíes por Cabrera.

Con esto, y después de recibir las instrucciones del conde, se salió de su tienda, y juntando una docena de los más esforzados de los suyos bajó por detrás de Villavieja hasta el riachuelo y se acercó a la raíz misma de las asperezas que por allí defienden el castillo. Con sus ojos acostumbrados a los acechos nocturnos, comenzaron a registrar las matas y peñascos; y entre una quiebra formada por dos de ellos y medio cubierta por los arbustos, tardaron poco en divisar los barrotes de hierro de la reja; pero no bien se habían acercado, cuando una flecha salió silbando de la obscuridad e hirió de soslayo a uno de ellos en un brazo. Apartáronse al punto conociendo que era imposible toda sorpresa con hombres tan vigilantes, y que una embestida a viva fuerza por la misma sería tan temeraria como inútil. Comenzaron, por lo tanto, a retirarse; pero al pasar por debajo del ángulo oriental del castillo paróse Andrade y comenzó a mirar atentamente las grietas y matorrales de aquel escarpado declive. Por lo visto hubo de satisfacerle su reconocimiento; pues comenzó a trepar por aquella escabrosidad asiéndose a cualquier arbusto y asentando el pie en la menor prominencia del peñasco, hasta que llegó, con asombro de los mismos suyos, a una especie de plataforma poco distante ya del torreón. Allí se puso a escuchar con gran ahinco por ver si sentía los pasos del centinela, y después de observar cuidadosamente durante otro rato todos los accidentes, formas y proyecciones del terreno, se volvió a bajar del mismo modo que había subido, aunque con mayor trabajo. En cuanto llegó a la margen del arroyo encomendó el silencio a sus compañeros, y apretando el paso, poco tardaron en llegar a los barrancos de las Médulas. Dormía el conde a la sazón, pero en cuanto se presentó Andrade a la entrada de la tienda, al punto le despertó un paje y no tardó en introducir al montañés. Hízole sentar el conde, y después de ofrecerle una copa de vino, que sin ceremonia trasegó a su estómago, le pidió cuenta de su expedición.

—Hemos dado con la puerta—contestó Andrade—, pero está defendida y por allí no hay que pensar en meterles el diente.

—Bien debí presumirlo—respondió el conde—, pero la impaciencia me ciega y me consume.

—No os dé pena por eso, señor—respondió el montañés—, porque he descubierto otro boquete algo mejor y más seguro.

—¿Y cuál?—preguntó el conde con ansiedad.

—El torreón del lado del naciente—respondió el cazador muy ufano.

El conde le miró con ceño y le dijo ásperamente:

—¿Estás loco, Andrade? Ni los corzos y rebezos de tus montañas son capaces de trepar por allí.

—Pero lo somos nosotros—replicó él con un poco de vanidad reprimida—. ¿Loco, eh? En verdad que para vos y los vuestros debe de ser locura llegar por aquel lado a pocas varas de la muralla.

—¿Pues no decías que eran menester las alas de las perdices paro eso?

—Es que si entonces dije eso, ahora digo otra cosa; que como decía mi abuela, de sabios es mudar de consejo, y además no soy yo el río Sil para no poder volverme atrás de mis juicios cuando van descaminados. Os digo que de allí al castillo no hay más que una mediana escala o unas brazas de cuerda con un garfio a la punta.

—Pero ¿crees tú que no tendrán allí escuchas ni centinelas? Cuenta con que dos hombres solos podrían desbaratarnos desde aquel sitio.

—Más de una hora estuve escuchando—repuso el montañés, que ya comenzaba a impacientarse con tantas objeciones—, y no oí ni cantar, ni rezar, ni silbar, ni ruido de armas o de pasos.

—¡Ah!—respondió el conde poniéndose en pie con júbilo feroz—; míos son, y de esta vez no se me escaparán. Pídeme lo que más estimes de mi casa y de mis tierras, buen Andrade, que por quien soy, te lo daré al instante.

—No es eso lo que tengo que demandaros, señor—replicó el cabreirés—, sino la vida del comendador en especial y de todos los demás caballeros que prendamos. A mí y a los míos nos conservaron la que nos sustenta, y como sabéis, sin duda mejor que yo, el que no es agradecido no es bien nacido.

Quedóse como turbado el conde con tan extraña petición; pero recobrando sus naturales e iracundas disposiciones, le dijo rechinando los dientes y apretando los puños:

—¡La vida de ese perro de Saldaña! ¡Ni el cielo ni el infierno me lo arrancarían de entre las manos!

—Pues entonces—replicó resueltamente el montañés—ya veremos cómo vuestros gallegos, que tienen la misma agilidad que los sapos, se encaraman por aquellos caminos carreteros, porque yo y los míos mañana mismo nos volvemos a nuestros valles.

—Quizá no volváis—respondió el conde con una voz ahogada por la rabia—porque quizá yo os mande amarrar a un árbol y despedazaros las carnes a azotes hasta que muráis. Vuestra obligación es servirme, como vasallos míos que sois.

El montañés le respondió con templanza, pero valientemente:

—Durante la temporada del invierno, que es la de nuestras batidas y cacerías, ya sabéis que, según costumbre inmemorial y fuero de vuestros mayores, no estamos obligados a serviros. Lo que ahora hacemos es porque no se diga que el peligro nos arredra. En cuanto a eso que decís de atarme a un árbol y mandarme azotar—añadió mirándole de hito en hito—, os libraréis muy bien de hacerlo, porque es castigo de pecheros, y yo soy hidalgo como vos y tengo una ejecutoria más antigua que la vuestra y un arco y un cuchillo de monte con que sostenerla.

El conde, aunque trémulo de despecho, por uno de aquellos esfuerzos propios de la doblez y simulación de su alma, conociendo la necesidad que tenía de Andrade y de los suyos, cambió de tono al cabo de un rato y le dijo amigablemente:

—Andrade, os otorgo la vida de esos hombres que caigan vivos en vuestro poder; pero no extrañéis mi cólera, porque me han agraviado mucho.

—Los rendidos nunca agravian—respondió Cosme—; ahora nos tenéis a vuestra devoción hasta morir.

—Anda con Dios—le dijo el conde—, y dispón todo lo necesario para pasado mañana al amanecer.

Salió el montañés en seguida, y el conde exclamó entonces con irónica sonrisa:

—¡Pobre necio! ¿Y cuando yo los tenga entre mis garras, serás tú quien me los arranque de ellas?

[Ilustración]

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CAPÍTULO XXVIII

Tan inminente peligro amenazaba a los templarios de Cornatel, porque como no había memoria de que persona humana hubiese puesto la planta sobre el abismo que dominaba el ángulo oriental del castillo, ni parecía empresa asequible a la destreza humana, aquel lado no se guardaba. Lo más que solía hacerse en tiempos de peligro era visitar de cuando en cuando el torreón, más para registrar el campo desde allí que para precaver ningún ataque. Una vez dueños de él los enemigos, como ningún género de obstáculo interior habían de encontrar, claro está que la ventaja del número había de ser decisiva. Atacados a un tiempo por el frente y flanco y desconcertados de aquella manera impensada y súbita, era segura la muerte o la prisión de todos los caballeros. Sólo una rara casualidad hizo abortar aquel plan tan ingenioso como naturalmente concebido.

Saldaña, como experimentado capitán, no se descuidaba en averiguar por todos los medios imaginables cuanto pasaba en el real enemigo; y sus espías, bajo mil estudiados disfraces, sin cesar le estaban trayendo noticias muy preciosas. Aconteció, pues, que una noche se brindó a salir de descubridor nuestro antiguo conocido Millán, y disfrazándose con los atavíos de un montañés, muerto en el castillo de resultas de la pasada refriega, se dirigió por la noche a las Médulas, acompañado de otro criado del Temple, natural del país, que conocía todas las trochas y veredas como los rincones de su casa. La vista que ofrecía el campamento del conde en medio de aquellas profundísimas cárcabas, cuyo color rojizo resaltaba más y más con el trémulo resplandor de las hogueras, era sumamente pintoresca. La mayor parte de los soldados estaban resguardados del frío en las cuevas y restos que quedaban de las antiguas galerías subterráneas; pero los que velaban para impedir todo rebato, encaramados en aquellos últimos mogotes, visibles unas veces e invisibles otras, según las llamas de los fuegos lanzaban reflejos más vivos o apagados, pero siempre inciertos y confusos, parecían danzar como otras tantas sombras fantásticas en aquellas escarpadas eminencias. La forma misma de aquellos picachos, caprichosa y extraña, y la obscuridad de los matorrales, imprimían en toda la escena un sello indefinible de vaguedad enigmática y misteriosa.

Para el que conoce todos los ramales de las antiguas minas, fácil cosa es, aun ahora, sustraerse a las más exquisitas indagaciones por entre su revuelto laberinto. Así es que el compañero de Millán le guió por medio de la más tremenda obscuridad hasta un puesto de cabreireses en que se hablaba con mucho calor. Estaban juntos alrededor de una gran hoguera, y uno de ellos, sentado en un tronco, estaba diciendo en voz alta a sus compañeros:

—Pues, amigos, él se ha empeñado en venir, por más que le he dicho que se va a desnucar por aquellos andurriales. Dios nos la depare buena, porque si tras de esto no llegamos a entrar en el castillo, medrados quedamos.

Como el montañés estaba de lado, no podía Millán distinguir sus facciones; pero en el metal de la voz conoció al punto al intrépido Andrade, y puso la mayor atención en escuchar aquel coloquio que tanto debía interesarle.

—Lo que es por falta de cuerdas y ganchos no quedará contestó otro—, porque tenemos un buen manojo; ¿pero el conde quiere ser de los primeros?

—El primero quiere ser—contestó Andrade—; pero, Dios mediante, entraremos juntos.

—Al cabo—dijo otro—yo no sé bien por dónde hemos de subir todavía.

Andrade se lo explicó claramente, mientras que Millán, sin atreverse a respirar, estaba hecho todo oídos.

—¿Y es mañana?—preguntó uno.

—No; mañana nos acercamos todos al castillo por donde la otra vez, con todos los pertrechos y avíos como si fuéramos a poner cerco de veras, y pasado mañana, mientras del lado de acá levantan gran grita y alharaca, en guisa de asaltar las murallas, nosotros nos colamos por el lado de allá como zorros en un gallinero. Como vosotros sois los destinados a la empresa, lo mismo será que lo sepáis un poco antes o después, pero cuenta con el pico.

Todos se pusieron el dedo en los labios, haciendo gestos muy expresivos, y en seguida comenzaron a cenar sendos tasajos de cecina, acompañados de numerosos tragos. Millán entonces, dando gracias al cielo por el descubrimiento que acababa de hacer, salió apresuradamente de su escondite, y se volvió a Cornatel con su compañero. Al salir de la mina, echó una ojeada hacia las hondonadas de aquellos extraños valles, y advirtió muchas gentes que iban y venían, unos con hachones de paja encendidos y otros cargados con diferentes bultos. Veíanse también cruzar en una misma dirección muchas acémilas, y en todo el real se notaba gran movimiento, con lo cual acabó de persuadirse el buen Millán de la exactitud de las noticias que por tan raro modo había recibido. Volvióse, pues, al castillo con gran priesa, y en cuanto entró se fué a ver a su amo y a contarle muy menudamente cuanto sabía. Hizo don Álvaro un movimiento tal de alegría al escucharle y de tal manera se barrió repentinamente de su semblante la nube de disgusto que casi siempre lo empañaba, que el escudero no pudo menos de maravillarse. Cogióle entonces del brazo, y mirándole de hito en hito, le dijo:

—Millán, ¿quieres hacer lo que yo te mande?

—¿Eso dudáis, señor?—respondió el escudero—; ¿pues a mí qué me toca sino obedecer?

—Pues entonces, no digas nada al comendador sino del ataque manifiesto.

—Pero ¿y si nos entran como intentan?

—Tú y yo solos bastamos para escarmentarlos; ¿no quieres acompañarme?

—Con el alma y la vida—contestó el ufano escudero—, y ojalá que mi brazo fuese el de Bernardo del Carpio en Roncesvalles.

—Tal como es—le contestó don Álvaro sonriéndose—nos será de mucho provecho. Anda y despierta al comendador, y dile todo menos el ataque del torreón.

—¡Ah, conque él mismo viene a caer bajo mi espada!—dijo hablando entre sí, no bien salió Millán—. ¡Cielos divinos! ¡dejadle llegar sano y salvo hasta mí! Dadle, si es menester, las alas del águila y la ligereza del gamo.

A la mañana siguiente volvieron los enemigos a ocupar sus antiguas posiciones, y comenzaron los trabajos de sitio que con tanta sangre habían regado, no hacía mucho tiempo. En esto pasaron todo el día con grande indiferencia de los templarios, que veían todavía lejano el momento decisivo. Al otro día, sin embargo, muy temprano comenzó a sentirse grande agitación en el campo sitiador, y a oirse el tañido de gaitas, trompetas y tamboriles. En todo el Bierzo son las nieblas bastante frecuentes por la proximidad de las montañas y la abundancia de los ríos; y la que aquel día envolvía los precipicios y laderas de Cornatel era densísima. Así, pues, hasta que los sitiadores se acercaron a los adarves no pudo distinguir Saldaña el buen orden con que venían adelantándose contra el castillo y que no dejó de inspirarle algunos temores. La misma nube de tiradores que en el anterior asalto poblaba el aire de flechas; pero, al mismo tiempo, buen número de soldados mejor armados, con una especie de muralla portátil de tablones, revestida de cueros mojados para evitar el fuego de la vez pasada, avanzaba lentamente hacia el foso. Detrás de aquel ingenioso resguardo venían, amén de los que lo conducían, otra porción de soldados con azadones y palas; y por encima de él se veían asomar las extremidades de una porción de escalas cargadas en hombros de otros. Saldaña comprendió al punto cuál podía ser el intento de los enemigos, que, sin duda, al abrigo de aquella máquina imaginaban cegar el foso, y aplicando las escalas en seguida por varias partes a un tiempo, y prevaliéndose de su número, dar tantas embestidas a la vez, que, dividiendo las fuerzas de los sitiados, hiciesen imposible una defensa simultánea y vigorosa. Contra una acometida imaginada con tanta habilidad, sólo un recurso ocurrió al anciano comendador: una salida repentina y terrible, que pudiese desconcertar a los sitiadores.

—¿Dónde está don Álvaro?—preguntó mirando en derredor suyo.

—En la barbacana me parece haberle visto entrar—respondió el caballero Carvajal.

—Pues entonces id y decidle que tenga toda la gente a punto para salir contra el enemigo, y que la señal se le dará como la otra vez, con la campana del castillo.

Carvajal salió a dar las órdenes del comendador; pero, como pueden suponer nuestros lectores, don Álvaro no estaba allí, sino como un águila encaramada en un risco, acechando la llegada de los enemigos, y muy especialmente la del conde.

La extraña configuración del terreno a que desde luego tuvo que sujetarse la fortificación imposibilitada de dominarla, prolonga extraordinariamente el castillo de ocaso a naciente. La niebla, que tanto favorecía los pensamientos y propósitos del de Lemus, encubriendo su peligroso asalto, no favorecía menos a don Álvaro, que en aquel ángulo tan apartado desaparecía bajo su velo de las miradas de los suyos. El torreón, edificado en un peñasco saliente, forma una especie de rombo de pocos pies cuadrados y comunica con el resto de la fortaleza por una estrecha garganta flanqueada por dos terribles despeñaderos. En este tan reducido espacio, sin embargo, iba a decidirse la suerte de dos personas igualmente ilustres por su prosapia, sus riquezas y su valor; pero de todo punto diferentes, a más no poder, por prendas morales y sentimientos caballerescos.