Part 16
Doña Beatriz se aposentó en su antigua celda desechando otra mejor y más desahogada que le tenían dispuesta, dando por razón el apego que con la costumbre había cobrado a su primer vivienda. Las hermanas lo atribuyeron a modestia y humildad cristiana, en lo cual tenían alguna razón, porque siempre fueron prendas que resaltaron en ella; pero la verdadera causa de su indiferencia y fácil contentamiento era otra. ¿Qué podían importarle vanas atenciones, ni respetos, cuando sus pensamientos pertenecían a otro mundo y sólo para descansar alguna vez de su incesante vuelo se posaban por instantes en la tierra?...
Don Alonso se partió de Villabuena en la misma tarde a cumplir, como bien nacido, los mandatos de su rey y a dar calor a los preparativos de guerra que por todas partes se hacían. La presencia de aquellos lugares se le hacía cada vez más penosa, y por eso se apresuró a dejarlos. Encomendó, pues, su hija al cuidado de la abadesa con particular encarecimiento, y se encaminó a las montañas del Burbia a levantar gente y ordenar su mesnada. La suerte le destinaba a pelear con el que por un influjo más benigno destinaba en otro tiempo para su yerno, y no era esta la menor de sus pesadumbres, pues sobrado conocía la ansiedad que produciría en el ánimo de doña Beatriz aquella lucha fatal entre su padre y el hombre que, aunque perdido para ella, no se borraba de su memoria. Sus sentimientos personales, además, habían sufrido grande alteración y el árbol de su ambición comenzaba a dar tan amargos y desabridos frutos, que a costa de su vida hubiera querido arrancarlo; pero sus raíces se habían ahondado en el corazón de su hija, y sólo arrancándolo con ellas pudiera lograr su objeto. La obligación de juntarse con el conde y concertar con él todo lo perteneciente a la guerra, era muy penosa para su pundonoroso carácter, una vez descorrido el velo que tanta ruindad y perversidad había encubierto; de manera que su camino por dondequiera estaba sembrado de abrojos y sinsabores.
El abad de Carracedo, que desde las bodas de doña Beatriz y la muerte de su madre se había extrañado de Arganza por entero, movido entonces del amor a la paz, y deseoso de atajar el torrente de males que de nuevo amagaban a la trabajada Castilla y sobre todo al Bierzo, medió entonces con eficacia entre el conde de Lemus, el señor de Arganza y el maestre don Rodrigo. Aunque su carácter era duro y austero en demasía y su rencor contra el Temple bastante vivo, fundábase éste en su deferencia ciega a la Sede romana, y no estaba aquél, como vimos ya en otra ocasión, sordo a los sentimientos afectuosos y puros. Ahora que las mayores catástrofes y miserias estaban pendientes sobre aquella Orden que, como la suya, se había cobijado, al nacer, bajo el manto de San Bernardo, su caridad se despertó vivamente y su antigua amistad con el maestre recobró sus derechos. Todo su celo y diligencia hubieron de naufragar, sin embargo, porque la corona estaba decidida a borrar aquella caballería de la tierra de España, y los templarios, por su parte, prontos a presentarse en juicio y sumisos a la autoridad del papa, se negaban justamente a despojarse de sus medios naturales de defensa, recelosos, y con harto fundamento, de que se renovasen en ellos las desaforadas crueldades de Francia. Así, pues, viendo frustrarse una tras de otra todas sus tentativas, hubo de juntar su corta hueste a la del señor de Arganza y obedecer como sacerdote católico y fiel vasallo las órdenes del rey y del papa.
Los aprestos bélicos siguieron, por lo tanto, con la mayor actividad por parte de las tropas de Castilla, pues los templarios, de antemano prevenidos, y aprovechándose de las enormes ventajas que sus riquezas, su subordinación y disciplina les daban sobre sus contrarios, no hicieron más sino estarse a la defensiva, según lo tenían determinado, y aguardar el trance del combate. Los peligros de semejante empresa se ocultaban a su orgulloso y altivo valor, y cansados de la paz con los moros a que los habían obligado las alianzas de Castilla con los reyes de Granada, y sus discordias intestinas, codiciaban nuevos laureles ganados en defensa de su honor y de su existencia. Don Rodrigo mismo, a pesar de sus tristes previsiones y de sus años, parecía animado de un ardor juvenil cuando se vió cerca de dar su vida por el honor de su Orden; bien como un caballo envejecido en las batallas relincha y se estremece, a pesar de su debilidad, al oir la trompeta guerrera.
Cualquiera que fuese el entusiasmo con que por ambas partes pudiera emprenderse esta lucha, había en cada bando un hombre que saludaba su sangrienta aurora con particular júbilo y esperanza. Estos dos hombres eran el conde de Lemus y el señor de Bembibre. Los pesares del corazón y los desengaños de la vida en el uno, la ambición y codicia desapoderada en el otro, y en entrambos el odio y el valor, les mostraban los trances venideros bajo los colores de sus deseos. Don Álvaro, para mayor humillación del conde, se había negado a hacer campo con él por la desigualdad que con su ruin comportamiento había introducido entre los dos; pero en aquella ocasión, desnudo ya de voluntad propia, como lo estaba de sus antiguos derechos de señor independiente, podía completar su venganza y lavar con sangre su ofensa. El conde, de cuya memoria no se apartaba aquel ultraje, y a quien su proceder no podía menos de avergonzar, anhelaba ardientemente cerrar para siempre la boca de aquel testigo inexorable y terrible, y desagraviar con su muerte su orgullo ofendido. Así, pues, ambos aguardaban la ocasión de medir sus fuerzas con ansiedad indecible, bien ajenos de la suerte que su sino fatal les preparaba.
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CAPÍTULO XXV
La posición militar de los templarios en el Bierzo, según ya dejamos dicho en otro lugar, no podía ser más aventajada. Por el lado de Castilla nada tenían que temer, porque las encomiendas y fortalezas que allí poseían darían demasiado que hacer a las huestes del rey, y en el país, los vasallos de don Álvaro, que por su profesión habían pasado al poder del Temple, eran contrapeso sobrado a las fuerzas del abad de Carracedo y del señor de Arganza. Las suyas propias eran más que bastantes para conservar la posesión de la tierra y cerrar ambas entradas de Galicia con los fuertes de Cornatel y del Valcarce.
Sin embargo, las gentes que de toda Galicia juntaba el conde de Lemus en Monforte, iban componiendo ya una hueste poderosa, formada en su mayor parte de montañeses ágiles, robustos y alentados, acostumbrados a los ejercicios de la caza y diestrísimos ballesteros en general. El conde era, además, capitán muy hábil, y aunque odiado en el país, su liberalidad y desprendimiento, siempre que la ocasión lo requería, le granjeaban la voluntad de la gente de guerra. Su astucia, además, había sabido aprovecharse de la crédula superstición de los montañeses, pintando a los templarios con los más negros colores, y atizando más y más aquel horror secreto con que miraban las artes diabólicas y maravillosas y los ritos impíos a que suponían entregados a los caballeros de la Orden. Con semejantes voces y estímulos no parecía sino que iban a emprender una cruzada contra infieles, según el tropel de soldados que corrían a ponerse debajo de sus banderas, deseosos algunos de servir al rey, codiciosos otros de botín y ganancias, y todos aguijados del deseo de poner pronto fin a un mal que tan grande les pintaban. Juntó por fin un tercio y comenzaron a moverse por la encañada del Sil, como una nube amenazadora que iba a descargar sobre Cornatel, acaudillados por el conde en persona.
Este era el peligro de más bulto a que había que acudir: así el comendador Saldaña, que para servir de padrino a don Álvaro se había quedado durante algunos días en Ponferrada, volvió prontamente a su antigua alcaidía. Don Álvaro solicitó licencia de su tío para acompañarle, y la consiguió al punto, con lo cual nada quedó que desear al anciano caballero, más poseído que nunca de sus extraños pensamientos de gloria y de conquista. La idea de ser el primero en pelear por el honor de su cuerpo y tener por contrario al enemigo más encarnizado que contaba en Castilla, le envanecía y alegraba extraordinariamente, porque si en los motivos se diferenciaba algo, no era menor ni menos profundo que el de don Álvaro el rencor que abrigaba contra el conde. La afición que había cobrado a su ahijado, violenta como todos sus afectos, había avivado esta hoguera con todos los pesares que la perfidia del rico-hombre gallego había derramado sobre aquel alma generosa y llena de bondad: y el deseo de llenarla con las emociones de la gloria y de asentar su fama sobre la ruina del enemigo, comunicaba energía nueva a todos sus movimientos y disposiciones, y al parecer, le quitaba de delante de los ojos las hondas heridas que su causa recibía en lo restante de Europa. Pronto se sintió su presencia en el castillo; pues tanto su brazo como su ingenio infundían por todas partes el valor y la confianza, y sus antiguos compañeros y soldados le acogieron con extraordinaria alegría. Desde aquella enriscada altura extendió su mirada tranquila y satisfecha por los precipicios que la rodeaban, por el lago de Carucedo, entonces crecido por las aguas y corrientes del invierno y por las llanuras del Bierzo que desde allí se descubrían, y tendiendo la mano a don Álvaro, y apretándosela fuertemente, le dijo con los ojos alzados al cielo y con acento religioso y recogido: _Dominus mihi custos et ego disperdam inimicos meos_[1].
[1] Este versículo está esculpido en una lápida en el castillo de Ponferrada, y parecía servir de divisa.
Don Álvaro sólo le respondió apretándole también la mano fuertemente y poniéndola en seguida sobre su corazón con un gesto vehemente y expresivo. El comendador recorrió en seguida el castillo con el mayor cuidado, examinando muy prolijamente sus murallas, y convenciéndose de su buen estado, se recogió a su cámara sosegado y confiado en sus gentes y en sus medios de defensa. Verdaderamente él es tal aun ahora, que sus obras avanzadas han desaparecido y está cegado el foso de todo punto, que no es de extrañar la confianza de su alcaide en aquella época.
Cualquiera que ella fuese, los enemigos tardaron poco en llenar aquellos contornos con el ruido de sus armas. A los dos o tres días los puestos de soldados de la guarnición, que llegaban hasta las Médulas, se fueron retirando sucesivamente y dejaron al conde dueño del campo con sus bandas, no muy veteranas ni disciplinadas, pero en cambio pintorescas y vistosas en sumo grado. Sus lanzas y hombres de armas venían equipados con cierta regularidad, y aun sus caballos traían las defensas de costumbre; pero los peones variaban extraordinariamente. Los gallegos de Valdeorres y de otros valles y pueblos que componen la mayor parte de la provincia de Orense, venían armados de cueras de pellejo de buey bien adobadas, y traían además en la cabeza unas monteras que casi por entero la cubrían. Las piernas traían hasta las rodillas con unos gregüescos muy anchos de lienzo blanco y lo demás desnudo, menos el pie, que cubría un enorme zueco de becerro y de madera. Las armas en unos eran picas y en los otros unas porras de gran peso y guarnecidas de puntas de hierro, cuyo golpe debía de ser fatal en aquellos brazos robustos y fornidos. Todos ellos se distinguían por su corpulencia, por su fuerza y por la pesadez de sus movimientos.
Los de las montañas de la Cabrera traían todos gorros de pieles de cordero, coleto muy largo de piel de rebezo destazada y de color rojizo; calzones ajustados de paño obscuro y unas pellejas rodeadas a las pantorrillas y sujetas con las ligaduras y correas de la abarca. La traza de estos serranos era viva, ágil y suelta: su cuerpo enjuto, su fisonomía atezada y seca, porque su vida dura de cazadores y pastores les sujetaba a todas las asperezas e inclemencias de su clima; y las armas que usaban eran un gran cuchillo de monte a la cinta y su ballesta, en la cual eran muy certeros y temibles. Pudiérase decir de los unos que componían la infantería de línea de aquel pequeño ejército, y de los otros, que eran los flanqueadores y tropas ligeras a quienes por lo fragoso del país debería caber la mayor gloria y peligro de la demanda, que no dejaba de ofrecerlo grave.
Toda esta gente acampó a la falda del antiguo monte _Meduleum_, tan celebrado por su extraordinaria abundancia de criaderos de oro durante la dominación romana en la península Ibérica. Esta montaña, horadada y minada por todas partes, ofrece un aspecto peregrino y fantástico por los profundos desgarrones y barrancos de barro encarnado que se han ido formando con el sucesivo hundimiento de las galerías subterráneas y la acción de las aguas invernizas, y que la cruzan en direcciones inciertas y tortuosas. Está vestida de castaños bravos y matas de roble, y coronada aquí y allá de picachos rojizos y de un tono bastante crudo, que dice muy bien con lo extravagante y caprichoso de sus figuras. Su extraordinaria elevación y los infinitos montones de cantos negruzcos y musgosos que se extienden a su pie, resíduo de las inmensas excavaciones romanas, acaba de revestir aquel paisaje de un aire particular de grandeza y extrañeza, que causa en el ánimo una emoción misteriosa. De las galerías se conservan enteros muchos trozos que asoman sus bocas negras en la mitad de aquellos inaccesibles derrumbaderos y dan la última pincelada a aquel cuadro en que la magnificencia de la naturaleza y el poder de los siglos campean sobre las ruinas de la codicia humana y sobre la vanidad de sus recuerdos. Al pie de la montaña está fundada la aldea de las _Médulas_, poco considerable en el día, pero que en la época de que hablamos era mucho más pobre y ruin todavía. Aquí asentó el conde sus reales rodeado del trozo más florido y mejor armado de su gente, y la que no pudo ampararse de las pocas chozas que allí había, se repartió por las minas y cuevas para buscar un abrigo contra la intemperie de la estación. La caballería se ladeó hacia la izquierda y se extendió por las orillas del lago de Carracedo, que le brindaban abundosos pastos y forrajes. De esta suerte repartidos, púsose el sol turbio y triste de diciembre, y estableciendo sus guardias y precaviéndose, como lo pedía la vecindad de un enemigo audaz y temible, aguardaron alrededor de sus hogueras la venida del nuevo día.
Amaneció éste, y al punto los clarines, gaitas y tamboriles saludaron sus primeros resplandores. Los relinchos de los caballos a la orilla del lago, los ecos de los groseros instrumentos, las voces de mando y los romances guerreros de aquellas alegres y animadas tropas, resonaban con extraordinario ruido entre aquellas breñas y precipicios, y los corzos y jabalíes huían asustados por las laderas con terribles saltos y bufidos. Semejante estruendo y algarabía formaba raro contraste con el reposo y silencio del castillo, cuyos caballeros, inmóviles como estatuas, reflejaban en sus bruñidas armaduras los tempranos rayos del sol. El ronco murmullo que se oyó entre ellos fué el de los salmos y oraciones matutinas que entonaron a media voz, de rodillas, con la cabeza descubierta, las lanzas y espadas inclinadas al suelo, y el rostro vuelto hacia el oriente. Concluído este acto religioso tornaron a su silencio y recogimiento ordinario, aguardando en actitud briosa la llegada del enemigo, que de momento a momento se acercaba, a juzgar por la distinción y claridad con que se oían sus instrumentos músicos. Don Álvaro pidió licencia para batir y registrar el campo, pero el comendador no se la otorgó, resuelto, a pesar de su ardimiento y cólera, a no romper él primero las hostilidades, conforme a lo acordado entre los templarios españoles; y temeroso por otra parte de que don Álvaro, sin escuchar más voz que la de su resentimiento, no se empeñase temerariamente. Otro caballero de más edad salió a la descubierta, y después de reconocer bien al enemigo y haber escaramuzado ligeramente con sus corredores, se volvió a dar cuenta a Saldaña de su expedición.
Mientras tanto las cejas de los montes vecinos se fueron coronando de montañeses que no cesaban en sus rústicas tonadas. Los gallegos se extendieron por la ladera más suave que se extiende hacia Bermés; y la caballería, a quien por la naturaleza del terreno y la clase del ataque no podía caberle gran parte de peligro ni gloria, se estacionó en la reducida llanura que corona la cuesta de Río Ferreiros, ocupando el camino único de Cornatel y cortando toda comunicación con Ponferrada. El conde apareció poco después, seguido de los hidalgos de su casa, montado en un soberbio caballo castaño de guerra, con riendas y arreos de seda azul, cuajados de plata, que el fogoso animal salpicaba de espuma a cada movimiento de cabeza. La armadura era del mismo color y adornos con una banda encarnada que la atravesaba, y el casco dorado remataba con hermoso penacho de plumas blancas y tendidas que se movían al leve soplo del viento. Venía, en suma, gallardamente ataviado en medio de su lucido cortejo, y su hueste entera le saludó con vivas y aclamaciones y con las sonatas más expresivas que melodiosas de sus gaitas y tamboriles. Saludó él también graciosamente con su espada, volviéndose hacia todas partes, y en seguida se puso a reconocer la posición con aquel ojo militar y certero que en muchas guerras le había granjeado fama de diestro y experimentado caudillo. Bajó paso a paso la cuesta de Río Ferreiros, cruzó el riachuelo entonces hinchado por las lluvias, y presto se convenció de que por aquella parte el castillo era inexpugnable, porque la naturaleza se había empeñado en fortificarle con horrorosos precipicios. Para mayor seguridad, sin embargo, situó un destacamento de caballería en el vecino pueblo de Santalla, con lo cual aseguraba de todo punto el camino de Ponferrada. Subió en seguida de nuevo el recuesto, y entonces decidió hacer su embestida por el lado de poniente y mediodía, donde la fortaleza presenta dos frentes regulares, pero defendidos entonces cuidadosamente con una fortísima muralla y un foso muy hondo.
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Por respeto a los usos de la guerra, envió antes de comenzar el ataque un pliego a los sitiados comunicándoles las órdenes que tenía del rey, e intimándoles la rendición con amenazas y arrogancias empleadas adrede para exacerbarlos y empeorar su causa con la resistencia. Saldaña contestó, según era de esperar, que ninguna autoridad reconocía en el monarca de Castilla, como miembros que eran de una Orden religiosa sólo dependiente del papa; que de las órdenes de Su Santidad sólo obedecían la que les mandaba comparecer en juicio, pero no la que les desposeía de sus bienes y medios de defensa antes de juzgarlos, pues claro estaba que la había arrancado la violencia del rey de Francia; y, finalmente, que no habiéndose purgado el conde de la ruindad de Tordehumos, cometida en la persona de don Álvaro Yáñez, le advertía que no tratarían con él de igual a igual, y que a cuantos mensajeros enviase los recibiría como a espías de un capitán de bandoleros, y los ahorcaría de la almena más alta. Aunque el conde se esperaba semejante respuesta, los términos de menosprecio y denuesto en que estaba concebida, le hicieron rechinar los dientes de ira y le robaron el color de la cara. Lo peor del caso era que su conciencia le repetía punto por punto las injurias del comendador, y que con enemigo tan implacable y fiero no valían desdenes ni altanerías.
Comoquiera, pasado el primer impulso volvieron sus ordinarias y habituales disposiciones a su natural corriente, y, por último, se alegró ferozmente de aquel desafío a muerte, en que la superioridad numérica de sus tropas y el apoyo del rey, del pontífice y de toda la cristiandad parecían prometerle que llevaría lo mejor. Había recibido con siniestra alegría la nueva de la profesión de don Álvaro, porque de esta suerte él mismo se prendía en las redes que acabarían por perderle. Así, pues, gozoso de contar como por suyos a dos tan aborrecidos enemigos, se apresuró a trazar aquel mismo día las trincheras y señalar los puestos y cuerpos de guardia con gran tino y habilidad, para apretar aquel baluarte en que tan grandes esperanzas tenía puestas la Orden. En realidad, para cercar un castillo por su misma situación aislado, pocas fuerzas eran necesarias; para apoderarse de él era para lo que ocurrían inmensas dificultades.
Los gallegos comenzaron al punto a abrir las trincheras, y los montañeses de Cabrera, bajando de las crestas de la montaña que cae al mediodía del castillo, y amparándose de los matorrales y peñascos, protegían sus trabajos con una nube de flechas dirigidas con gran puntería. Acaudillábalos un hidalgo de aquel país, llamado Cosme Andrade, arquero y ballestero muy afamado, y la distribución y colocación que les dió fué muy atinada; pues apenas asomaba un sitiado le alcanzaba al punto una flecha. De ellos, algunos peor armados, cayeron pasados en claro y otros malheridos; pero los caballeros, con sus armaduras damasquinas, de finísima forja, nada tenían que temer de aquellas armas lanzadas a cierta distancia, y, sobre todo, mal templadas para atravesar sus petos y espaldares. En cambio, los ballesteros del castillo, cuando alguno de los enemigos se descubría, al punto lo convertían en blanco, y como no siempre los matorrales y retamas los escondían del todo, y por otra parte sus enormes coletos de destazado no los resguardaban bien, venía a resultar, como era natural, que recibían más daño. De todas maneras sus disparos incomodaban extraordinariamente a los del castillo, y a su sombra seguían las obras del cerco.
Todo aquel día corrió de este modo, sin que los caballeros hiciesen salidas ni ningún género de demostración hostil, y entrambos bandos pasaron la noche en sus respectivos puestos. Cornatel, envuelto en el silencio y las tinieblas, formaba vivo contraste con el campo del de Lemus, resplandeciente con un sinnúmero de hogueras en que asaban cuartos de vaca y trozos de venado como en los tiempos de Homero, y poblado de un murmullo semejante al de una inmensa colmena. El conde descansó poco en toda aquella noche y continuamente se le veía pasar de un corro a otro, como animando y prometiendo recompensas a sus gentes. Brillaban sus armas a la luz de las hogueras y su penacho blanco se revestía de un color rojizo, mientras agitado por un viento recio que se había levantado, flotaba semejante a un fuego fatuo en la cimera de su yelmo. Por lo demás, tantas lumbres encendidas por la ladera del monte arriba y cuyas llamas, ora vivas y resplandecientes, ora turbias y obscuras, según la humedad o sequedad del combustible, oscilaban a merced del viento con mil formas caprichosas, llenando el aire con los fantásticos festones del humo que despedían, formaban un espectáculo sumamente vistoso y sorprendente. La principal ardía delante de la tienda del conde, sobre la cual estaba enarbolada la bandera de los Castros, que también azotaban las ráfagas nocturnas, silbando por entre las rocas y árboles. Una porción de mujeres que habían seguido a sus padres, maridos, amantes o hermanos a aquella expedición, vestidas las unas con una saya blanca, un dengue encarnado al pecho y un pañuelo blanco a la cabeza, o con rodados obscuros, dengues y jubones del mismo color y un tocado de pieles negras, según eran de Galicia o de Cabrera, y una gran parte de ellas jóvenes y agraciadas, acababan de completar aquel cuadro, bullendo y agitándose por todas partes. A cierta hora, sin embargo, cesó todo movimiento, si no es el de los centinelas que se paseaban cerca del fuego, y un ruido acompasado como de martillazos con que algo se clavaba.
Saldaña, que con su vista de águila había seguido todo aquel día los pasos del enemigo, adivinando sus intenciones como si fuesen las suyas propias, estaba entonces en uno de los más altos torreones del castillo, acompañado del señor de Bembibre, no menos ocupado que él en observarlo todo atentamente.