El señor de Bembibre

Part 15

Chapter 154,140 wordsPublic domain

—¡Ay Millán de mi alma—exclamó Martina saliéndole al encuentro apresurada—, y qué cosas han pasado desde que te fuiste! ¡Vamos, aún no se me ha quitado el temblor del cuerpo, ni he dormido una hora de seguido y doña Beatriz, la cuitada! ¡No sé qué me da en el corazón cuando pienso en ella!

—Pero, mujer, ¿qué es lo que ha sucedido?—preguntó el mozo un poco azorado.

—¡Ahí es nada!—contestó ella no poco satisfecha, en medio de sus recuerdos de pavor, de contar un cuento tan maravilloso—; tu amo ha parecido por aquí.

—¡Jesucristo! ¡Virgen santísima de la Encina!—exclamó el escudero santiguándose—: ¿ha venido a pedir algunas misas y sufragios? Pues mira, según lo bueno que era, no creí yo que fuese al purgatorio, sino al cielo en derechura.

—A pedir sufragios y oraciones, ¿eh?—contestó la aldeana—: ¡que si quieres! ha venido en cuerpo y alma a reclamar la mano y palabra de doña Beatriz.

—Martina—contestó el escudero, mirándola de hito en hito—, ¿qué te pasa, muchacha? ¿Te han dado algún bebedizo y estás endiablada? ¿En cuerpo y alma dices, y lo dejé yo enterrado en Tordehumos? Por cierto que me hubiera traído su cuerpo si no fuese por aquel testarudo de don Juan Núñez; vaya, vaya, que si me lo dijera Mendo, al instante le preguntara si venía de la bodega.

—Eso no va conmigo, señor galán—respondió la muchacha un poco amostazada—, porque no lo cato.

—No, mujer; ¿quién había de decirlo de ti?—repuso Millán cortésmente—; la lengua le cortaría yo al que lo dijese.

—Sea como quiera—contestó ella—lo que te digo es que yo y Mendo y mi amo, y el alhaja del conde y todos, en fin, hemos visto y oído a don Álvaro junto al nogal del arroyo; por más señas que venía con el comendador Saldaña, el alcaide de Cornatel.

—¡Virgen purísima!—exclamó Millán cruzando las manos y mirando al cielo—¡conque vive mi señor, el mejor de los amos, el caballero más bizarro de España! ¿Dónde está, Martina? ¿dónde está? ¡que aunque sea al cabo del mundo iré en busca suya!

—¡Pues—repuso la muchacha tristemente—y siendo como eres un señor, vamos al decir, te vas a quedar como antes y nuestra boda Dios sabe para cuándo será!

—En verdad que tienes razón—contestó él en el mismo tono—; ¡y yo que había arrendado tan bien el prado de Ygüeña al tío Manolón y había comprado unas vacas que daba gusto verlas! Pero ¿qué le hemos de hacer?—añadió después de un rato de silencio—; ¿no me he de alegrar yo por eso de la vuelta de mi amo? Váyanse muy enhoramala todos los prados del Bierzo y todas las vacas del mundo, y viva mi don Álvaro, que es primero. Martina—le dijo después con seriedad—, ya sabes que primero es la obligación que la devoción, y por eso yo, aunque me corría priesa, bien lo sabe Dios, nunca quise que dejaras a doña Beatriz... Pero válgame Dios—exclamó como sorprendido—, ¡y yo que no me había acordado de ella! Y ¿qué ha dicho la infeliz? ¿qué es de ella?

Martina entonces le contó llorosa todo lo acaecido, narración que dejó confuso y turbado al pobre Millán con la perfidia del conde y lo negro de la trama en que su amo se había visto envuelto.

—Y ahora—concluyó diciendo la muchacha—el viejo anda por los rincones llora que llora y zumba que zumba, y la señora, como es natural, más afligida que nunca; pero como ni uno ni otro quieren darse a entender su sentimiento, andan los dos por ver quién engaña a quién, sin lograrlo ninguno; porque a lo mejor cuando se encuentran sus miradas echan a llorar como dos perdidos. Si te he de decir la verdad, no sé quién me causa más lástima.

—¡Vaya por Dios!—respondió Millán con un suspiro—; pero y mi amo ¿dónde pára, porque yo no he oído nada por el camino?

Martina, que sabía muy bien lo poco devoto que su amante era del Temple, gracias a la superstición común, había esquivado en la narración el punto de la determinación de don Álvaro; pero como ya no era posible ocultarlo, tuvo que decírselo.

—¡Dios de mi alma!—exclamó el mozo consternado—, ¿no valía más que de veras hubiera muerto, que no guardarle para la hoguera con todos esos desdichados descomulgados por el papa? No, pues en eso perdóneme; si él quiere perder su alma yo estoy bien avenido con la mía, y no será el hijo de mi madre quien se quede a servirle para que después le tengan a uno por nigromante y hechicero.

—¿Sabes lo que digo, Millán?—repuso la muchacha—. Es que debe haber mucha mentira en eso de los templarios, porque cuando se ha entrado en la Orden un señor tan cristiano y principal como tu amo, se me hace muy cuesta arriba creer esas cosas de magia y de herejía que dicen.

—¿Qué sabes tú?—respondió él con un poco de aspereza—; don Álvaro está desconocido desde sus malhadados amores y es capaz de hacer cualquiera cosa de desesperado. En fin, yo allá voy, porque a eso estoy obligado, pero quedarme con él mucho lo dificulto. ¡Ojalá que no le hubiera comido el pan ni me hubiese sacado medio ahogado del Boeza!... ¡Malhaya tu venta!—añadió mirando con ceño a su futura—; que por tus cosas no estamos ya casados en paz y en gracia de Dios y libres de semejantes aprietos, en vez de que así Dios sabe lo que será de nosotros.

—Pero, hombre—repuso ella con dulzura—, ¿qué querías que hiciera estando doña Beatriz así?

—Sí, sí—contestó él como distraído—: no me hagas caso, porque no sé lo que me digo... ¡Qué demonio de hombre; haberse metido templario!... ¡Pero, en fin, yo allá voy y sea lo que Dios quiera! Adiós, Martina.

Y dándola un abrazo bajó presuroso la escalera sin aguardar a más: montó en su jaco y tan de priesa cabalgó, que en poco más de una hora estaba en Ponferrada. La resolución que tan terminantemente anunció en el principio, y durante su enfado, de no servir a don Álvaro, según hemos visto, se iba debilitando poco a poco, y a medida que se acercaba a la bailía se iba deshaciendo como la nieve de las sierras al sol de Mayo. El buen Millán era de una índole excelente y luego los hábitos de amor y de fidelidad hacia don Álvaro se confundían en su imaginación con los recuerdos de sus primeros años, porque se había criado en su castillo y sido el compañero de su infancia. Las hidalgas prendas de don Álvaro, la largueza con que en su testamento había atendido a su suerte y las desdichas que habían formado el tejido de sus jóvenes años eran otros tantos eslabones que le unían a él. Así fué que cuando llegó al castillo, su determinación se la había llevado el viento y sólo pensó en asistir y servir a su antiguo dueño mientras durasen aquellos tiempos revueltos, a despecho de supersticiones, recelos y antipatías de toda clase. Muy de estimar era este sacrificio en un hombre preocupado con las groseras creencias de la época, y que, de consiguiente, sólo a costa de un terrible esfuerzo podía determinarse a saltar por todo.

Por mucha que fuese su priesa, se dirigió antes a la celda del maestre, que le recibió con su bondad acostumbrada, y que deseoso de proporcionar a su sobrino una sorpresa con que pudiese dar vado en cierto modo a sus sentimientos oprimidos, le condujo inmediatamente a su aposento.

—Aquí os traigo, sobrino, un conocido antiguo—le dijo al entrar—, con cuya vista presumo que os alegraréis.

—Ese será mi fiel Millán—repuso al punto don Álvaro—: ¿qué otra persona se había de acordar de mí en el mundo?

Millán entonces, sin poderse contener, salió de detrás del maestre, que ocupaba la puerta, y corrió desalado a arrojarse a los pies de su señor, abrazando sus rodillas y prorrumpiendo en lágrimas y sollozos que no le dejaban articular palabra. Don Rodrigo se ausentó entonces, y don Álvaro, enternecido, pero reprimiéndose, sin embargo, porque no acostumbraba a mostrar delante de sus criados ningún género de transporte, le dijo levantándole:

—No así, pobre Millán, sino en mis brazos; vamos, abrázame, hombre... en cuanto vine pregunté por ti; ¿qué es de tu persona? ¿Por dónde andabas?

—Pero, señor, ¿es posible—exclamó el escudero—que después de lloraros por muerto os encuentro ahora en ese hábito?

—Nunca le tuviste gran afición—contestó el caballero procurando sonreirse—, pero ahora que le visto yo fuerza será que le mires con mejores ojos, siquiera por amor del que fué tu amo.

—¡Cómo es eso del que fué mi amo!—le interrumpió el escudero como con enojo-: mi amo sois ahora como antes, y lo seréis mientras yo viva.

—No, Millán—respondió don Álvaro con reposo—; yo ya no tengo voluntad sino la del maestre mi tío y sus delegados. Los bienes que te dejaba en mi testamento como galardón de tu fidelidad ya no te pertenecen en rigor por haber salido falsa mi muerte; pero yo intercederé con mi tío para que te los dejen, porque en realidad yo estoy muerto para el mundo y quiero regalarte esa memoria.

—Señor—contestó el escudero sin dejarle pasar más adelante—, yo para nada necesito esos bienes estando con vos; pero si por vos mismo no podéis admitirme a vuestro servicio, yo iré a pedírselo de rodillas al maestre vuestro tío, y no me levantaré hasta que me lo conceda.

—No, Millán—respondió don Álvaro—, yo sé que tú tienes otras esperanzas mejores que las de venir a servir a un templario en medio de los peligros que cercan esta noble Orden. Todavía tienes una madre anciana y a más a Martina, con lo cual vivirás tranquilo y con toda aquella ventura que puedes juiciosamente apetecer en esta vida.

—En cuanto a mi madre—replicó el escudero—bastaba el que os abandonase para granjearme su maldición; pero por lo que hace a Martina, que tenga paciencia y me espere, que yo también la he esperado a ella. Además, que no creáis que por eso se enoje, porque la pobrecilla os quiere bien y...

Don Álvaro, temblando que no añadiese alguna otra cosa que no deseaba oir, se apresuró a atajarle, diciéndole que su resolución estaba tomada y que no quería envolver a nadie en las desgracias que pudieran sobrevenirle. Con esto se entabló una disputa de generosidad entre amo y mozo, firme aquél en su propósito y éste no menos aferrado en su voluntad; disputa que dirimió el maestre haciendo ver a su sobrino la poca cordura que había en desechar un corazón tan generoso en circunstancias como aquellas. Con esto quedó Millán instalado en sus antiguas funciones, y don Rodrigo, así por recompensar su lealtad, como por complacer a su sobrino, confirmó la donación hecha en el testamento para que no tuviera que arrepentirse nunca el buen Millán de su desprendimiento.

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CAPÍTULO XXIV

Las diferencias del rey con don Juan Núñez de Lara se compusieron por fin más a placer de aquel orgulloso rico hombre que a medida del decoro real, porque el poder de don Fernando, quebrantado con lo largo del sitio de Tordehumos y enflaquecido además con la defección de varios señores y la retirada de otros, no era bastante ya a postrar aquel soberbio vasallo. Asentáronse, pues, las condiciones y tratos dictados por la ocasión; volvió don Juan de Lara a su mayordomazgo; conservó a Moya y Cañete y demás pueblos que tenía, y el rey hubo de restituirle su gracia. ¡Notable mengua la de la corona!; pero que sin embargo no dejaba de tener sus ventajas, porque además de ser prudente transigir con la necesidad, al cabo le quedaban al rey las manos sueltas y desembarazado el ánimo para dar cima al negocio de los templarios, que, según se veía, no podía allanarse sino por la fuerza de las armas. Sin duda los cimientos de la Orden estaban minados y vacilantes en la opinión, pero aquel cuerpo robusto se sostenía, así y todo, por la enérgica cohesión de sus partes, por sus recuerdos de gloria y por el miedo que a todos inspiraba su poder, única verdadera causa de su ruina.

No se negaban los caballeros a comparecer en juicio, delante de los prelados españoles, ni menos declinaban su jurisdicción; pero alegando las torpes calumnias que contra ellos se derramaban entre el vulgo, los asesinatos de Francia y toda aquella inaudita persecución, protestaban que no se entregarían indefensos en manos de sus enemigos, y que en sus castillos y conventos aguardarían la sentencia de los obispos y la definitiva resolución del Papa. Por lo demás, blasonaban de leales y obedientes, aseguraban con el mayor empeño que sólo su defensa les movía, y con su conducta firme y prudente parecían poner de manifiesto, a los ojos de la muchedumbre, la falsedad de los cargos, junto con su firme resolución de defender su honor y su existencia hasta el último trance.

De toda la gente que con tanta flojedad y desvío sirvió a don Fernando en la demanda de Tordehumos, no encontró a nadie remiso ni desmayado: tal era la codicia que en todos los corazones despertaban los opimos despojos del Temple. Fácil le fué, por lo tanto, juntar una hueste numerosa y lucida, aunque no sobrada ciertamente para trance tan difícil, y de nuevo comenzó el estruendo de la guerra a resonar por toda la España; porque como el empeño era igual en Aragón, por ambas partes, adondequiera alcanzaban los aprestos y disposiciones. Sólo el rey de Portugal permanecía en lo exterior, frío espectador de la contienda, si bien en su ánimo estaba inclinadísimo a la religión del Temple, y aun empleaba buenos oficios con el Sumo Pontífice para apartar de su cabeza la tormenta fatal que desde los más remotos ángulos de Europa venía a amontonarse sobre ella. Este rey sabio, más de lo que parecía consentir aquella época ignorante y ruda para desconocer la grosera trama en que estribaba la persecución de la Orden, y no menos caballero que discreto, sentía que tal fuese el premio de tantas glorias, honores y triunfos, cuando aquellos brazos invencibles tenían aún en la Península enemigos en quien continuar la gloriosa cruzada española de siete siglos. Así, pues, tanto en Aragón como en Castilla, estaban pendientes los ánimos de aquella lucha fatal, cuyo término y desastres no era muy fácil prever, porque si de una parte peleaba el número y la fuerza, militaban en la otra la inteligencia de la guerra, la disciplina y la clase de los combatientes, cualidades de gran precio en medio del desbarajuste de la época.

El señor de Arganza, como Merino Mayor que era del Bierzo, recibió la orden de alistar inmediatamente los ballesteros y gente de armas que pudiese, e ir a juntarse en los confines de Galicia con los escuadrones de su yerno el de Lemus. Honra era ésta de que con gusto infinito se hubiera excusado, a no mediar su hidalguía, porque merced a los desengaños y pesares que sufría, semejante empresa iba presentándose a sus ojos con sus verdaderas formas y colores. Su enemistad con el Temple, falta de pábulo hacía algún tiempo, se había amortiguado poco a poco, y la conducta de Saldaña y de don Álvaro en los sotos de su palacio, junto con el decoro y caballerosidad, que no había dejado de guardar con él el maestre don Rodrigo, a pesar de sus desvíos, habían acabado de debilitarla. Sus sueños de ambición, por otra parte, iban revistiéndose de tristísimos colores delante de la realidad inexorable que de bulto le mostraba la perfidia negra del conde, y la triste cuanto abundante cosecha de tribulaciones y angustias que había sembrado para su hija. Y por colmo de desventura, ahora le llamaba la suerte a pelear con el único hombre que había conquistado y merecido aquel corazón de ángel, y cuya imagen probablemente estaba esculpida en él a despecho de todo. Aquejábanle, además, embarazos domésticos, pues conocía la ruindad del conde, que desde su ausencia, ni por cortesía había enviado satisfacción, mensaje ni escrito alguno; no le parecía justo llevarle su esposa, y por otra parte no era decoroso ni prudente dejar a doña Beatriz expuesta a los azares y contratiempos de una guerra que con tales visos de sangrienta y dudosa se mostraba. Perplejo y confuso, en medio de tantos inconvenientes, hubo de consultar con doña Beatriz, que, como prevenida por su discreción y tristeza, manifestó poca sorpresa, y menos dudas ni tropiezos.

—Padre mío—le respondió—, no os inquietéis por mí, pues ya sabéis que es patrimonio de la desdicha estar segura y defendida en todas partes. Guárdense los dichosos en buen hora, que a mí me guarda mi estrella. Sin embargo, como en tales ocasiones no hay sagrado sino al pie de los altares, me encerraré en Villabuena mientras dure la guerra entre nosotros.

—¿En Villabuena, Beatriz?—respondió el viejo—. ¿Y podrás resistir las memorias que aquellos lugares despertarán en tu corazón?

Sonrióse ella melancólicamente, y contestó a su padre con dulzura:

—No fueron los peores de mi vida los días que pasé a la sombra de sus claustros y arboledas. ¡Ojalá que mudando de lugares se mudase también de pensamientos!, pero entonces el hombre sería dueño de sus penas y el cielo no le probaría en la escuela de la adversidad. Llevadme, pues, a Villabuena, donde ya sabéis que me quieren bien, y caminad a la guerra sin zozobras y sin cuidados, pues allí quedo tranquila y segura. Una cosa, sin embargo, quisiera encomendaros—añadió con una inflexión de voz que revelaba con harta claridad lo que en su interior estaba pasando—. Ya sabéis que entre los que vais a combatir como enemigos, hay una persona a quien hemos hecho mucho mal. También sabéis que la serpiente de la calumnia lo está envolviendo en sus anillos ponzoñosos... Mirad por él y procurad, si no remediar, aliviar, por lo menos, los dolores que por nuestra culpa sufre.

—No por la tuya, ángel de Dios—replicó el anciano—, sino por la mía. ¡Quiera el cielo perdonarme! Siempre le había agradecido la cuna ilustre en que nací y las riquezas de que me rodeó desde la niñez; pero ahora, con el pie dentro del sepulcro, reconozco lo funesto del don, y muchas veces me he dicho en mis desvelos nocturnos: «¡cuánto más dichosa hubiera sido mi hija con nacer en una cabaña de estos valles!...» En fin, hija mía, tus deseos serán cumplidos, y yo procederé como quien soy: ¡ojalá que mis ojos hubieran estado siempre tan abiertos como ahora!

Después de esta breve conversación quedó determinado el viaje a Villabuena, que se verificó a los dos o tres días. No hacía muchos meses que el rigor paternal había conducido allí a doña Beatriz. Su madre quedaba sumida en el llanto; ella se veía desterrada de la casa paterna y apartada de don Álvaro; pero la esperanza la alentaba, el valor la sostenía, un germen de vida y de hermosura, al parecer inagotable, realzaba las gracias de su cuerpo, y, por último, una primavera llena de pompa y lozanía parecía acompañar con su verdor el verdor y frescura de sus sentimientos y presagiarle una existencia próspera y floreciente. ¡Miserable instabilidad la de las cosas humanas! En tan corto espacio de tiempo aquella madre cariñosa había pasado a las regiones de la eternidad; su valor no había alcanzado a defenderla contra la mano de hierro del destino; su libertad había caído en holocausto de su generosidad delante de un hombre manchado de delitos; su salud se había consumido, disipándose su hermosura; don Álvaro había salido del sepulcro sólo para morir de nuevo y para siempre a los ojos de su esperanza, y, por último, en vez de aquellas arboledas frondosas, de tantos trinos de pajarillos y de las auras suaves de mayo, los vientos del invierno silbaban tristemente entre los desnudos ramos de los árboles; los arroyos estaban aprisionados con cadenas de hielo, y sólo algunas aves acuáticas pasaban silenciosas sobre sus cabezas o graznando ásperamente a descomunal altura. ¡Dolorosa consonancia de una naturaleza amortecida y yerta con un corazón desnudo de alegría y vacío del perfume de la esperanza!

La cabalgata se componía de las mismas personas que la otra vez; pero ya fuese que la disposición de ánimo de los señores se pegase a los criados, ya que lo pantanoso del camino y lo frío y destemplado de la estación les hiciese atender a sus cabalgaduras y les quitase todo deseo de hablar, el resultado fué que durante el viaje apenas se les oyó una palabra. El mismo Mendo, cuyos instintos torpes y groseros solían alejarle de ciertas emociones, propias tan sólo de organizaciones más delicadas, parecía mustio y apesadumbrado en aquella ocasión. Sin duda, el pobre palafrenero iba cayendo en la cuenta de que por muy conde y muy señor que fuese el de Lemus, no llegaba a juntar otras cosas que no hacen menos falta, como la hombría de bien y la bondad del carácter. Acostumbrado a ver en sus amos entrambas cualidades, y aún muchas más, el cuitado Mendo las creía anejas a toda nobleza y poderío, y ahora, desengañado ya en fuerza de reflexiones y evidencias, se le oyó exclamar más de una vez desde la aventura del soto, provocada por su imprudencia:—¡Qué demonio de hombre!... ¡Tan señor y tan pícaro!... ¡Quién lo hubiera creído con tanto oro y unos vestidos tan ricos!... ¡Vaya una grandeza bien empleada!... ¡Y yo, necio de mí, que lo prefería al valeroso don Álvaro! ¡Vamos, vamos! ¡No me lo pida Dios en cuenta, que no hará, sin duda, porque está visto que soy un podenco y sólo sirvo para tratar con caballos!...—Con semejantes desahogos probaba el buen caballerizo, si no su agudeza, por lo menos su buen corazón, y, sin duda, todos ellos sonaban entre sus dientes cuando tan mohino caminaba para Villabuena. En cuanto a Nuño y Martina, sobrado enterados estaban de los incidentes de aquel terrible drama para no tomarse en él un vivísimo interés.

Al cabo de dos o tres horas de caminar, llegaron por fin al monasterio, donde las religiosas, ya prevenidas, estaban esperando en comunidad a una tan principal señora, que por otra parte para todas había sido una hermana en su poco distante hospedaje en aquella santa casa. Todo estaba en el mismo orden y animado por el mismo espíritu de pureza y de modestia: igual expresión en los semblantes, igual tranquilidad en las miradas, igual serenidad y compostura en los modales: sólo en doña Beatriz había mudanza. Las monjas, que habían esperado encontrarla restituída a su primera robustez y lozanía, de todo punto recobrada de los pasados males y llena de contento con su ilustre esposo, se pasmaron de ver su extenuación, sus miradas a un tiempo lánguidas y penetrantes, la flacura de su cuerpo, y al escuchar, sobre todo, el metal de su voz en que vibraba un no sé qué de profundo y melancólico que las penetraba como de angustia. Ajenas la mayor parte de aquellas cándidas mujeres a las tempestades del corazón y a las amargas experiencias del mundo, se perdían en conjeturas sobre las causas de aquel súbito y lastimoso cambio en una persona a quien la suerte había mirado desde el nacer con ojos, en su entender, benignos. Como doña Beatriz no había exhalado una queja durante su reclusión en el monasterio, creían que su amor a la soledad y sus frecuentes distracciones provenían de la natural tendencia de su carácter y de su sensibilidad delicada, pero no de su alma profundamente ulcerada. Sólo la abadesa, algo más versada en los dolores del corazón y en los desengaños de la vida, conoció el estado de aquella criatura que tan de cerca le tocaba. El encuentro de tía y sobrina fué triste y aflictivo, como era de suponer, pues con él se renovó la memoria de la reciente pérdida de doña Blanca; pero doña Beatriz vertió sin embargo pocas lágrimas. Aquel noble carácter cada día se reconcentraba un poco más, semejante a las flores que al aproximarse la noche cierran su cáliz y recogen sus hojas. Eran además sus males de los que sólo la mano de la religión puede sanar, y con aquella noble altivez y pudor que sienten siempre las almas elevadas, procuraba retirarlos de los ojos del vulgo y presentarlos solamente a la vista del dispensador del bien. Comoquiera, este sosiego aparente acababa de devanar el seso de las pobres monjas, que no acertaban a componer con él las visibles huellas del pesar que en su semblante se descubrían.