El señor de Bembibre

Part 12

Chapter 124,091 wordsPublic domain

—¿Es cierto lo que cuenta don Álvaro? Porque no os habéis asustado de verle, sino de verle aquí: ¿es cierto que yo, mi hija, y todos nosotros somos juguetes de una trama infernal?

El conde, irritado ya con la ironía de don Álvaro, sintió renacer su orgullo y altanería, viéndose de esta suerte interrogado:

—De mis acciones, a nadie tengo que responder en este mundo—contestó con ceño el señor de Arganza—. En cuanto a vos, señor de Bembibre, declaro que mentís como villano y mal nacido que sois. ¿Quién sale garante de vuestras mal urdidas calumnias?

—En este sitio, yo—respondió el comendador descubriendo su venerable y arrugado rostro-; en Castilla, don Juan de Lara, y en todas partes y delante de los tribunales del rey estos papeles—añadió mostrando unos que se encerraban en una cartera.

—¡Ah, traidor!—exclamó el conde desenvainando la espada y yéndose para don Álvaro—. Aquí mismo voy a lavar mi afrenta con tu sangre. Defiéndete.

—Deteneos, conde—le replicó don Alonso metiéndose por medio—, estos caballeros están en mi casa y bajo el fuero de la hospitalidad. Además no es ésta injuria que se lave con un reto obscuro, sino que debéis pedir campo al rey en presencia de todos los ricos hombres de Castilla y limpiar vuestra honra, harto obscurecida por desgracia.

—Debéis pensar también—replicó gravemente don Álvaro—, que el presente es caso de menos valer, y que habiendo descendido con vuestro atentado a la clase de pechero, ni sois ya mi igual ni puedo medirme con vos.

—Está bien—replicó el conde—; conozco vuestro ardid, pero eso no os valdrá. ¡Ah, valerosos vasallos!—continuó volviéndose al grupo—, atadme al punto a esos embaidores como rebeldes y traidores al rey don Fernando de Castilla: señor de Bembibre, comendador Saldaña, presos sois en nombre de su autoridad.

—Ninguno de los míos se mueva—repuso don Alonso—, o le mandaré ahorcar del árbol más alto del soto.

Pero era el caso que, entre todos los circunstantes, sólo tres o cuatro eran criados del señor de Arganza; los demás pertenecían a la hueste del conde, y avezados a cumplir puntualmente toda clase de órdenes, se preparaban a obedecer también la que ahora recibían. Aunque no pasaban de una docena, parecían gente resuelta y estaban medianamente armados, de manera que guiados y acaudillados por una persona de valor como su señor, no era difícil que diesen en tierra con dos solos caballeros, anciano el uno, y el otro, aunque joven, escaso de fuerzas a juzgar por sus semblante. Estaban, además, en medio de un coto cercado de paredes y a pie, con lo cual toda huída parecía imposible, pero no por eso se mostraban dispuestos a rendirse, sin emprender una vigorosa defensa. Don Alonso, viendo la inutilidad de sus protestas, se había puesto al lado de los recién venidos con ánimo, al parecer, de ayudarles; pero desarmado como estaba, fácil hubiera sido a las gentes de su yerno apartarlo a viva fuerza del lugar del combate.

Doña Beatriz, entonces, se levantó, y poniéndose por medio de los encarnizados enemigos, dijo al conde con tranquila severidad:

—Esos caballeros son iguales a vos y ninguna autoridad podéis ejercer sobre ellos. Además, las leyes de la caballería prohiben hacer uso de la fuerza entre personas cuyos agravios tienen a Dios y a los hombres por jueces. Sed noble y confesad que un arrebato de cólera os ha sacado del camino de la cortesía.

—El rey ha mandado prender a todos los caballeros del Temple y a cuantos les prestaren ayuda, y yo, a fuer de vasallo, sólo estoy obligado a obedecerle.

—Como obedecisteis a su noble madre cuando el asunto de Monforte—exclamó el templario con amargura.

—Además, señora—prosiguió el conde, como si no hubiese sentido el tiro—, sin duda se os olvida que no estáis en vuestro lugar rogando por vuestro amante, con quien os encuentro sola y en sitios desusados.

—No es a mí a quien deshonran esas sospechas—respondió ella con dulzura—, porque sabe el cielo que ni con el pensamiento os he ofendido, sino al pecho ruin que las da calor y origen. De todas maneras, os perdono, sólo con que no hostiguéis a esos nobles caballeros.

—No os dé pena de nosotros, generosa doña Beatriz—respondió el comendador—; este debate se acabará sin sangre, y nosotros seremos los dueños de ese ruin y mal caballero.

Al acabar estas palabras hizo una señal al paje o esclavo que le acompañaba, y él, asiendo un cuerno de caza que a la espalda traía, pendiente de una bordada bandolera, lo aplicó a los labios y sacó de él tres puntos agudos y sonoros que retumbaron a lo lejos. Al instante mismo y semejante a un cercano temblor de tierra, se oyó el galope desbocado de varios caballos de guerra, y no tardó en aparecer la guardia que vimos atravesar la ribera de Bembibre detrás de nuestros caballeros. Habíanse quedado cubiertos con unos árboles y setos cerca de la reja del cercado, con orden de impedir que la cerrasen y de acudir a la primera señal. Mendo, en medio de su priesa, no pensó en atajarles la entrada, y por consiguiente ninguno de los circunstantes podía prever semejante suceso. Los hombres de armas del Temple, superiores en número, harto mejor armados que sus enemigos y montados, además, en arrogantes caballos, se mostraron a los ojos de aquellas gentes, tan de súbito, que no se les figuró sino que por una de las diabólicas artes que ejercían los caballeros, la tierra los había vomitado y una legión de espíritus malignos venía detrás de ellos en su ayuda. Dieron, pues, a correr por el bosque, con desaforados gritos, invocando todos los santos de su devoción; en cuanto al conde, no se movió, porque aunque el peligro que le amenazaba era de los inminentes después del ruin comportamiento que acababa de observar, su orgullo no pudo avenirse a la idea de la fuga. Quedóse, por lo tanto, mirando con altanería a sus enemigos, como si los papeles estuviesen trocados.

—Y ahora, don villano—le dijo Saldaña con ira—, ¿qué merced esperáis de nosotros, si no es que con una cuerda bien recia os ahorquemos de una escarpia del castillo de Ponferrada, para que aprendan los que os asemejan a respetar las leyes de la caballería?

—Eso hubiera hecho yo con vosotros, de haberos tenido entre mis manos—respondió él con frialdad—; no me quejaré de que me paguéis en mi moneda.

—Vuestra moneda no pasa entre los nobles. Id en paz, que en algo nos habemos de diferenciar—dijo don Álvaro—; pero tened entendido que si como caballero y señor independiente no he aceptado vuestro reto, me encontraréis en la demanda del Temple, porque desde mañana seré templario.

Un relámpago de feroz alegría brilló en las siniestras facciones del conde, que respondió:

—Allí nos encontraremos, y vive Dios que no os escaparéis de entre mis garras como os escapáis ahora, y que los candados que os echaré no se abrirán tan pronto como los de Tordehumos y su traidor castellano.

Con estas palabras se alejó dirigiéndoles una mirada de despecho, y sin encontrar con las de su suegro ni su esposa, que no fué poca fortuna, porque, sin duda aquel alma vil se hubiera gozado en la especie de estupor que le causó la terrible declaración de don Álvaro.

—¿Es un sueño lo que acabo de escuchar?—repuso la desdichada mirándole con ojos extraviados y con el color de la muerte en las mejillas—. ¿Vos? ¿Vos templario?

—¿Eso dudáis?—contestó él—. ¿No os lo había dicho vuestro corazón?

—¡Ah! ¿Y vuestra noble casa—repuso doña Beatriz—, y vuestro linaje esclarecido, que en vos se extingue?

—¿Y no habéis visto extinguirse otras cosas aún más nobles, más esclarecidas y más santas? ¿No habéis visto la estatua de la fe volcada de su pedestal, apagarse las estrellas y caer despeñadas del cielo, y quedarse el universo en medio de una noche profunda? Tal vez vuestros ojos no hayan sido testigos de estas escenas; pero yo las he presenciado con los de mi alma, y no los puedo apartar de ellas.

—¡Oh, sí!—replicó doña Beatriz—. Despreciadme, escarnecedme, decid que os he engañado traidoramente, arrastradme por el suelo; pero no toméis el hábito del Temple. ¿Sabéis vos las tragedias de Francia? ¿Sabéis el odio que se ha encendido contra ellos en toda la cristiandad?

—¿Qué queréis? Eso cabalmente me ha determinado a seguir su bandera. ¿Pensáis que soy yo de los que abandonan a los desgraciados?

—Está bien, heridme, heridme en el corazón con los filos de vuestras palabras: yo no me defenderé; ¡pero sed hombre, luchad con vuestro dolor y no estanquéis la sangre ilustre que corre por vuestras venas!

—Os cansáis en vano, señora; tengo empeñada mi palabra al comendador.

—Verdad es—repuso el anciano, conmovido—; pero recordad que yo no la acepté, porque la disteis en un arrebato de dolor.

—Pues ahora la ratifico. ¿Qué poder tienen para apartarme de mi propósito tan especiosos argumentos, ni qué interés puede tomarse en mi destino la poderosa condesa de Lemus?

Doña Beatriz, abrumada por tan terribles golpes, no respondió ya sino con sordos y ahogados gemidos. Don Álvaro, cuyo pecho lastimado se movía al impulso de encontradas pasiones como el mar al soplo de contrarios vientos, exclamó entonces fuera de sí, con la expresión del dolor más profundo:

—¡Beatriz! ¡Beatriz! Justificaos, decidme que no me habéis vendido: ¡mi corazón me está gritando que no habéis menester mi perdón! Corred ese velo que os presenta a mis ojos con las tintas de la maldad y la bajeza.

Adelantóse entonces el señor de Arganza con continente grave y dolorido, y preguntó a don Álvaro:

—¿No sabéis nada de las circunstancias que acompañaron las bodas de mi hija?

—No, a fe de caballero—respondió él.

Don Alonso se volvió entonces a su hija y, mirándola con una mezcla inexplicable de tristeza y de ternura, dijo a don Álvaro:

—Todo lo vais a saber.

—¡Oh, no, padre mío! Dejadle con sus juicios temerarios; tal vez se curen con el cauterio del orgullo las llagas de su alma. ¡Pensad que vais a hacerle más infeliz!

—¡El orgullo, doña Beatriz!—replicó el contristado caballero—. Mi orgullo érais vos, y mi humillación vuestra caída.

—No, hija mía—repuso don Alonso—: bien me lo predijo el santo abad de Carracedo; pero la venda no había caído hasta hoy de mis ojos. ¿Qué importa que me cubras con el manto de tu piedad, si no has de acallar por eso la voz de mi conciencia?

Entonces contó por menor a don Álvaro, y pintándose con negros colores, todas las circunstancias del sacrificio de doña Beatriz y las amenazas del abad de Carracedo, que tan tristemente comenzaban a cumplirse aquel día. La conducta del anciano había sido realmente culpable; pero el oro, la gloria y el poder del mundo juntos no le hubieran movido a entregar su hija única en los brazos de un hombre tan manchado. El noble proceder de la joven, su desinterés en cargar con tan grave culpa como la que su amante le imputaba sólo para que más fácilmente pudiera consolarse de la pérdida de su amor, creyéndola indigna de él; aquella abnegación imponderable, decimos, había acabado de desgarrar las entrañas del anciano, que terminó su relación entre lamentos terribles y golpeándose el pecho. Quedáronse todos en un profundo silencio, que duró un gran espacio, hasta que don Álvaro dijo con un profundo suspiro:

—Razón teníais, doña Beatriz, en decir que semejante declaración me haría más desdichado. Dos veces os he amado y dos os pierdo. ¡Dura es la prueba a que la providencia me sujeta! Sin embargo, el cielo sabe cuán inefable es el consuelo que recibo en veros pura y resplandeciente como el sol en mitad de su carrera. No nos volveremos a ver, pero detrás de las murallas del Temple me acordaré de vos...

Doña Beatriz rompió otra vez en amargo llanto viéndole persistir tan tenazmente en su resolución, y él añadió:

—No lloréis, porque mi intento se me logrará sin duda. Dicen que amenaza a esta milicia inminente destrucción. No lo creo, pero si así fuese, ¿cómo podréis extrañar que yo sepulte las ruinas de mi esperanza bajo estas grandes y soberbias ruinas? Y luego, ¿no sois vos harto más desgraciada que yo? Pensad en vuestros dolores, no en los míos... Adiós, no os pido que me deis a besar vuestra mano, porque es de otro dueño, pero vuestro recuerdo vivirá en mi memoria a la manera de aquellas flores misteriosas que sólo abren sus cálices por la noche sin dejar de ser por eso puras y fragantes. Adiós...

Don Alonso le hizo una señal con la mano para que acortase tan dolorosa escena.

—Sí, sí; tenéis razón. Adiós para siempre, porque jamás ¡oh, jamás volveremos a encontrarnos!

—Sí, sí—respondió ella con religiosa exaltación levantando los ojos y las manos al cielo—; ¡allí nos reuniremos sin duda!

Al acabar estas palabras se arrojó en los brazos de su padre, y don Álvaro, sin detenerse a más, montó de un brinco en su caballo y metiéndole los acicates, desapareció como un relámpago, seguido del comendador y su tropa. Cuando ya se desvaneció el ruido que hacían, doña Beatriz se enjugó los ojos, y apartándose suavemente de los brazos de su padre, se puso a mirar el semblante alterado del anciano, que clavados los ojos en el suelo y pálido como la muerte, parecía haber comprendido de una vez el horror de su obra. Conociólo su generosa hija, y acercándose a él con semblante apacible y casi risueño, le dijo:

—Vamos, señor, sosegaos. ¿Quién no ha pasado en el mundo penalidades y trabajos? ¿No sabéis que es tierra de paso y campo de destierro? El tiempo trae muchas cosas buenas consigo, y Dios nos ve sin cesar desde su trono.

—¡Ojalá que no me viera a mí!—repuso el anciano meneando la cabeza—; ¡ojalá que ni sus ojos ni los míos penetrasen en las tinieblas de mi conciencia! ¡Hija mía! ¡Hija de mi dolor! ¿Y soy yo el que te he entregado a ti, ángel de luz, en los brazos de un malvado? Sí, tú puedes estar serena, porque tu sacrificio te ensalzará a tus ojos y te dará fuerzas para todo; pero yo, miserable de mí, ¿con qué me consolaré? Yo, parricida de mi única hija, ¿cómo encontraré perdón en el tribunal del Altísimo?

—¡Qué queréis!—le dijo doña Beatriz—: ¡vos buscabáis mi felicidad y no la habéis encontrado; os engañaron como a mí!... ¡resignémonos con nuestra suerte, porque Dios es quien nos la envía!

—No, hija mía; no te esfuerces en consolarme; pero tú no serás de ese indigno; yo iré al rey, yo iré a Roma a pie con el bordón de peregrino en la mano, yo me arrojaré a las plantas del pontífice y le pediré que te vuelva tu libertad, que deshaga este nudo abominable...

—Guardáos bien de poner vuestra honra en lenguas del vulgo—repuso doña Beatriz con seriedad—. Además, padre mío, ¿de qué me serviría ya la libertad? ¿No habéis oído que pasado mañana será ya templario?

—¡Ese peso más sobre mi conciencia culpable!—exclamó el señor de Arganza, tapándose la cara con ambas manos—, ¿también se perderá por mí un caballero tan cumplido? ¡Ay, todas las aguas del Jordán no me lavarían de mi culpa!

Doña Beatriz apuró en vano por un rato todos los recursos de su ingenio y todo el tesoro de su ternura para distraer a su padre de su pesar. Por fin, ya obscurecido, volvieron los dos a casa seguidos de la pensativa Martina, que con las escenas de aquella tarde andaba muy confusa y pesarosa. Al llegar se encontraron a varios criados que venían en su busca; pues aunque el conde les había dicho que los caballeros venían de paz y que su cólera había sido injusta, añadiéndoles, además, que no perturbasen la plática de su amo, con la tardanza comenzaban a impacientarse y no quisieron aguardar a más.

El conde, por su parte, deseoso de evitar las desagradables escenas que no hubieran dejado de ocurrir con su suegro y su esposa, salió precipitadamente para Galicia, dejando al tiempo y a su hipocresía el cuidado de soldar aquella quiebra; determinación que, como presumirán nuestros lectores, no dejó de servir de infinito descanso a padre y a hija en la angustia suma que les cercaba. ¡Triste consuelo el que consiste en la ausencia de aquellas personas que, debiendo sernos caras por los lazos de la naturaleza, llegan a convertirse a nuestros ojos, por un juego cruel del destino, en objeto de desvío y de odio!

[Ilustración]

[Ilustración]

CAPÍTULO XX

Nuestros lectores nos perdonarán si les obligamos a deshacer un poco de camino para que se enteren del modo con que se prepararon y acontecieron los extraños sucesos a que acaban de asistir. Muévenos a ello, no sólo el deseo de darles a conocer esta verdadera historia, sino el justo desagravio de un caballero que, sin duda, les merecerá mala opinión, y que, sin embargo, no estaba tan desnudo de todo buen sentimiento como tal vez se figuran. Este caballero era don Juan Núñez de Lara.

Quien quiera que vea su propensión a la rebelión y desasosiego, su amistad con el infante don Juan, y su desagradecimiento a los favores y mercedes del rey, fácilmente se inclinará a creer que semejantes cualidades serían bastantes para sofocar cuantos buenos gérmenes pudiesen abrigarse en su alma; sin embargo, no era así don Juan Núñez; revoltoso, tenaz y desasosegado, no había faltado, a pesar de todo, a las leyes sagradas del honor y de la caballería. Así fué que cuando don Álvaro cayó en sus manos, ya vimos la cortesía con que comenzó a tratarle y el agasajo con que fué recibido en su castillo de Tordehumos; sobrevinieron a poco las pláticas con el infante sobre las bulas de Bonifacio, a propósito del enjuiciamiento de los templarios, y allí determinó el pérfido y antiguo maquinador a don Juan Núñez a separar de una manera o de otra a don Álvaro de la alianza de los caballeros, bien persuadidos ambos de que su causa recibiría un doloroso golpe, especialmente en el Bierzo. Bien hubiera querido el infante que el tósigo o el puñal le desembarazasen de tan terrible enemigo; pero su ligera indicación encontró tal acogida, que ya vimos a don Juan Núñez sacar la espada para dar la respuesta. Por lo tanto, hubo de recoger velas con su astucia acostumbrada, y aun así, lo único que alcanzó fué que diesen al señor de Bembibre un narcótico con el cual pasase por muerto, y que entonces lo aprisionasen estrecha y cautelosamente hasta que roto y vencido el enemigo común pudiese volver a la luz un caballero tan valeroso y afamado.

Buen cuidado tuvo el pérfido don Juan ocultarle la segunda parte de su trama infernal, pues sobrado conocía que si Lara llegaba a columbrar que se trataba de hacer violencia a una dama como doña Beatriz, al momento mismo y sin ningún género de rescate, hubiera soltado a don Álvaro para que con su espada cortase los hilos de tan vil intriga. Así, pues, con el color del público bien se decidió don Juan Núñez a una acción que tan amargos resultados debía producirle más adelante; pero, sin embargo, no se resolvió del todo sin intentar antes los medios de la persuasión, más por satisfacerse a sí propio, que con la esperanza de coger fruto. El resultado de sus esfuerzos fué el que vimos; y en la misma noche Ben Simuel preparó un filtro con que todas las funciones vitales de don Álvaro se paralizaron completamente. En tal estado entró por una puerta falsa, y desgarrando los vendajes de don Álvaro y regando la cama con sangre preparada al intento, facilitó la escena que ya presenciamos y que tanto afligió al buen Millán, desasosegando también al principio al mismo Lara con la tremenda semejanza de la muerte. Nada, pues, más natural que su resistencia a soltar el supuesto cadáver que en la noche después de sus exequias fué trasladado por don Juan y su físico a un calabozo muy hondo que caía bajo uno de los torreones angulares, el menos frecuentado del castillo. Allí le sujetaron fuertemente y le dejaron solo para que al recobrar el uso de sus sentidos no recibiese más impresiones que las que menos daño le trajesen en medio de la debilidad producida por un tan largo parasismo.

Don Álvaro volvió en sí muy lentamente, y tardó largo espacio de tiempo en conocer el estado a que le habían reducido. Vió la obscuridad que le rodeaba; pero pensó que sería de noche; pero luego al hacer un movimiento, sintió los grillos y esposas que le sujetaban pies y manos, y al punto cayó en la cuenta de su situación. Sin embargo, con la ayuda de un rayo de luz que penetraba por un angosto y altísimo respiradero abierto oblicuamente en la pared, vió que su cama era muy rica y blanda, y algunos taburetes y sitiales que había por allí esparcidos, contrastaban extrañamente con la desnudez de las paredes y la lobreguez del sitio. Sus heridas estaban vendadas con el mayor cuidado, y en un poyo cerca de la cama había preparada una copa de plata con una bebida aromática. La estrechez a que lo reducían, junto con unas atenciones tan prolijas, era una especie de contradicción propia para desconcertar una imaginación más entera y reposada que la suya.

Entonces un ruido de pasos que se sentía cerca y que parecían bajar una empinada escalera de caracol vino a sacarle de sus desvaríos. Abrieron una cerradura, descorrieron dos o tres cerrojos, y por fin entraron por la puerta dos personas, en quienes, a pesar de su debilidad, reconoció al instante a Lara y al rabino, su físico. Traía el primero en la mano una lámpara y un manojo de llaves; y el segundo una salvilla con bebidas, refrescos y algunas conservas. Don Juan entonces se acercó al prisionero con visible empacho y le dijo:

—Don Álvaro, sin duda os maravillará cuanto por vos está pasando; pero la salud de Castilla lo exige así y no me ha sido dable obrar de otra manera. Sin embargo, una sola palabra vuestra os volverá la libertad: renunciad a la alianza del Temple y sois dueño de vuestra persona. De otra suerte, no saldréis de aquí, porque sabed que estáis muerto para todo el mundo, menos para Ben Simuel y para mí.

Como don Álvaro había perdido la memoria del día anterior a causa de su debilidad, no dejó de recibir sorpresa al ver entrar a Lara y a su físico; pero entonces todo lo percibió de una sola ojeada y con aquel sacudimiento recobró parte de su energía y fortaleza. Así, pues, respondió a don Juan:

—No es este el modo de tratar a los caballeros como yo, que en todo son vuestros iguales, menos en la ventura, y mucho menos el de arrancarme un consentimiento que me deshonraría. De todo ello, don Juan Núñez, me daréis cuenta a pie o a caballo, en cuanto mi prisión se acabe.

—En eso no hay que dudar—respondió Lara con sosiego—; pero mientras tanto quisiera proceder como quien soy con vos y haceros más llevaderos los males de esta prisión, que sólo la fuerza de las circunstancias me obliga a imponeros. Dadme, pues, vuestra palabra de caballero de que no intentaréis salir de este encierro, mientras yo no os diere libertad o mientras a viva fuerza o por capitulación mía, no tomasen este castillo.

Don Álvaro se quedó pensativo un rato, al cabo del cual respondió:

—Os la doy.

Lara entonces le soltó grillos y esposas y además le entregó las llaves del calabozo diciéndole:

—En caso de asalto, tal vez no podría yo librar vuestra vida de los horrores del incendio y del pillaje: por eso pongo vuestra seguridad en vuestras manos. Por lo demás, quisiera saber si algo necesitais, para complaceros al punto.

Don Álvaro le dió las gracias, repitiendo, no obstante, su reto.

A la visita siguiente, Lara trajo sus armas al preso, diciéndole que el cerco se iba estrechando, y que si llegaban a dar el asalto, allí le dejaba con qué defenderse de los desmanes enemigos. Esta nueva prueba de confianza dejó muy obligado a don Álvaro, que por otra parte se veía regalado y agasajado de mil modos, restablecido ya de sus heridas.