Part 10
Por desgracia, todos estos argumentos que tanto peso tenían en una índole como la suya, nada tenían que ver con la elevación de sentimientos y energía de resolución que distinguía a su hija. Doña Beatriz jamás se hubiera contentado con obedecer a su esposo, porque necesitaba respetarle y estimarle, y por otra parte, su condición era de aquellas que nunca aciertan a transigir con la injusticia y luchan sin tregua hasta el último momento. Los bienes de la tierra, los incentivos de la vanidad nunca habían fascinado sus ojos; pero estas disposiciones se habían fortificado en la soledad del claustro y en medio de su atmósfera religiosa, donde todos los impulsos de aquel alma generosa habían recibido un muy subido y frío temple. No parecía sino que en el borde de la eternidad, al cual estuvo asomada, su alma se había iniciado en los misterios de la nada que forma las entrañas de las cosas terrenas, y se había adherido con más ahinco a la pasión que la llenaba, fiel trasunto del amor celeste por su pureza y sinceridad. Sin embargo, la mudanza de ideas y el nuevo giro que al parecer tomaban los pensamientos de aquella madre tan cariñosa y con tanto extremo querida, afectaban su corazón, no atreviéndose a contradecirla en medio de sus padecimientos y no cabiendo en su memoria por otra parte más imagen que la del ausente don Álvaro. Este enemigo de nueva especie, con quien tenía que combatir, era ciertamente harto más temible que los atropellos y desafueros anteriormente empleados.
Tal era la situación de la familia de Arganza, cuando una tarde de verano estaban sentadas entrambas señoras en la misma sala, y a la misma ventana en que vimos por la primera vez a don Álvaro despedirse de la señora de sus pensamientos. Doña Blanca parecía sumida en la dolorosa distracción que experimentaba después de sus accesos, recostada sin fuerzas en un gran sillón de brazos. Su hija acababa de dejar y tenía a un lado el arpa con que había procurado divertir sus pesares, y sus ojos se fijaban en aquel sol que iba a ponerse, que había alumbrado la salida de don Álvaro de aquellos umbrales y que todavía no había traído el día del consuelo. Sus pensamientos, naturalmente, volaban a los tendidos llanos de Castilla en busca de aquel joven digno de más benigno destino, cuando de repente el galope de un caballo que pasaba por debajo de la ventana las sacó de sus meditaciones. Doña Beatriz se asomó rápidamente a la ventana; pero jinete y caballo doblaban la esquina en busca de la puerta principal, y sólo pudo percibir un vislumbre que parecía traerle a la memoria una figura conocida. Al punto las herraduras sonaron en el patio, y las pisadas de un hombre armado se oyeron en la escalera, poco distante del aposento. A poco rato entró Martina precipitada, y con el semblante de un difunto, dijo como sin saber lo que decía:
—Señora, es Millán...
La misma palidez de la criada se difundió instantáneamente por las facciones de su ama que, sin embargo, respondió:
—Ya sé lo que me trae, mi corazón me lo acaba de decir; que entre al instante.—La doncella salió, y a poco rato entró Millán por la puerta en que doña Beatriz tenía clavados los ojos, que parecían saltársele de las órbitas. Doña Blanca, toda alarmada, se levantó, aunque con mucho trabajo, y fué a ponerse al lado de su hija, y Martina se quedó a la puerta enjugándose los ojos con una punta de su delantal, mientras Millán se adelantaba con pasos inciertos y turbados hasta ponerse delante de doña Beatriz. Allí quiso hablar, pero se le anudó la voz en la garganta, y así alargó, sin decir una palabra, anillo y trenza. Toda explicación era inútil, porque ambas prendas venían manchadas de sangre. Martina, entonces, rompió en sollozos, y Millán tardó poco en acompañarla. Doña Beatriz tenía fija la misma mirada desencajada y terrible en el anillo y en la trenza, hasta que por último, bajando los ojos y exhalando un suspiro histérico, dijo con voz casi tranquila:
—Dios me lo dió, Dios me lo quitó; sea por siempre bendito.
Doña Blanca, entonces, se colgó del cuello de su hija y deshecha en lágrimas le decía:
—No, hija querida, no manifiestes esa tranquilidad que me asusta más que tu misma muerte. ¡Llora, llora en los brazos de tu madre! ¡Grande es tu pérdida! ¡Mira, yo también lloro, porque yo también le amaba! ¡Ay, quién no amaba aquel alma divina encerrada en tan hermoso cuerpo!
—Sí, sí, tenéis razón—exclamó ella apartándola—; pero dejadme: ¿y cómo murió, Millán? ¿Cómo murió, te digo?
—Murió desangrado en su cama, abandonado de todos, y aun de mí—respondió el escudero con una voz apenas articulada.
Entonces fué cuando los miembros de doña Beatriz comenzaron a temblar, con una convulsión dolorosa que, por último, la privó del sentido. Largo rato tardó en volver en sí; pero los sacudimientos de su naturaleza, ya quebrantada por la anterior enfermedad, fueron menos violentos. Por fin, cuando volvió en sí, los muchos lamentos que su madre empleaba adrede para excitar sus lágrimas, y sobre todo los consuelos religiosos del abad de Carracedo, que acababa de llegar, desataron el manantial de su llanto. Esta crisis, sin embargo, no fué menos violenta que la otra, porque eran tales su congoja y sus sollozos, que muchas veces creyeron que se ahogaba. En este fatal estado pasó la noche entera y la mañana siguiente, hasta que por la tarde se levantó por fin una voraz calentura. Como quiera, a los pocos días sintió mejoría y pudo ya levantarse. Su semblante, sin embargo, comenzó a perder su frescura y a notarse en su mirada un no sé qué de encendido e inquieto. Su carácter se hizo asimismo pensativo y recogido más que nunca; su devoción tomó un giro más ardiente y apasionado; sus palabras salían bañadas de un tono particular de unción y melancolía, y aunque las escaseaba en gran manera, eran más dulces, cariñosas y consoladoras que nunca. Jamás se oía en sus labios el nombre de aquel amante adorado ni se quejaba de su desdicha; sólo Martina creía percibirle entre sueños y en el movimiento de sus labios cuando rezaba. Por lo demás, cuidaba y asistía a los enfermos del pueblo con sin igual solicitud y esmero; hacía limosnas continuas y su caridad era verdaderamente inagotable. Finalmente, la aureola que le rodeaba a los ojos de aquellas gentes sencillas, pareció santificarse e iluminarse más vivamente, y su hermosura misma, aunque ajada por la mano del dolor, parecía desprenderse de sus atractivos terrenos para adornarse con galas puramente místicas y espirituales.
El conde de Lemus con su natural discreción y tino se ausentó de Arganza en aquella época a Galicia, donde le llamaban sus cábalas y manejos, y cuando volvió al cabo de algún tiempo, su conducta fué más reservada, circunspecta y decorosa que nunca.
Cualquiera puede figurarse la acogida triste y sentida que haría el anciano maestre al escudero de su sobrino, portador de aquella dolorosísima nueva. Acababa de recibir las terribles noticias de Francia, tras de las cuales veía venir irremediablemente la ruina de su gloriosa Orden, cuando introdujeron a Millán en su aposento. Este golpe acabó con su valor, porque como noble era amante de la gloria de su linaje extinguido ya a la sazón por la muerte de aquel joven que sus manos y consejos habían formado, hasta convertirle en un dechado de nobleza y en un espejo de caballería. Aquel venerable viejo encanecido en la guerra, y famoso en la Orden por su valor y austeridad, se abandonó a los mismos extremos que pudiera una mujer, y sólo al cabo de un largo rato y como avergonzado de su debilidad recobró su superioridad sobre sí propio.
Millán, continuando en su amarga peregrinación, subió por fin al castillo de Cornatel y dió parte al comendador Saldaña de lo ocurrido. El caballero recibió la noticia con valor, pero sintió en su corazón, una pena agudísima. Don Álvaro era la única persona que había logrado insinuarse hacía mucho tiempo en aquel corazón de todo punto ocupado por el celo de su Orden y los planes de su engrandecimiento. Descansaban además en aquel mancebo bizarro y generoso gran número de sus más floridas esperanzas, y tanto en su pecho como en su entendimiento dejaba un grandísimo vacío. Quedóse pensativo por algún tiempo y por fin, como herido de una idea súbita, dijo a Millán:
—¿No has traído el cuerpo de tu señor?—Millán le contó entonces las razones y pretextos de don Juan de Lara, a los cuales no hizo Saldaña sino mover la cabeza, y por último dijo:—Aquí hay algún misterio.
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El escudero, que atentamente le escuchaba, le dijo entonces:—Cómo, señor, ¿pensaríais que no fuese cierto?—¡Cómo!, ¡cómo!—repuso el comendador, recobrándose, y luego añadió con tristeza:—Y tan cierto como es, ¡pobre mozo!
Millán, que había querido entrever una esperanza en las palabras del comendador, se convenció entonces de su locura, y despidiéndose del caballero se volvió a Bembibre. A los pocos días hizo abrir judicialmente el testamento de su señor, en que se encontró heredado en pingües tierras, viñas y prados, y asegurada su fortuna. El resto de sus bienes debía pasar al Orden del Temple, después de infinitas mandas y limosnas.
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CAPÍTULO XVII
Algunos meses se pasaron en este estado, hasta que una mañana al volver de la capilla donde largo tiempo habían estado orando, declaró doña Beatriz a su madre, con voz muy serena y entera, su voluntad de tomar el velo de las esposas del Señor, en Villabuena.
—Ya veis, madre mía—le dijo—que no es esto una determinación tomada en el arrebato de un justo dolor. Adrede he dejado pasar tantos días, durante los cuales se ha arraigado más y más en mi alma esta resolución, que por lo invariable parece venida de otro mundo mejor, ajeno a las vicisitudes y miserias del nuestro. La soledad del claustro es lo único que podrá responder a la profunda soledad que rodea mi corazón, y la inmensidad del amor divino lo único que puede llenar el vacío inconmensurable de mi alma.
Doña Blanca se quedó como herida de un rayo con una declaración que nunca había previsto, aunque no era sino muy natural, y que así daba en tierra con todas las esperanzas de su esposo y aun con las suyas propias. No obstante, disipado en parte su asombro, tuvo fuerzas bastantes para responder:
—Hija mía, los días de mi vida están contados, y no creo pienses en privarme de tus cuidados, único bálsamo que los alarga. Después de mi muerte tú consultarás con tu conciencia, y si tienes valor para acabar así con tu linaje, dejar morir en la soledad a tu anciano padre, el Señor te perdone y bendiga como te perdono y bendigo yo.
El alma de doña Beatriz, naturalmente generosa y desprendida, y a fuer de tal tanto más inclinada al sacrificio cuanto más doloroso se le presentaba, se conmovió profundamente con estas palabras, a un mismo tiempo cariñosas y sentidas. No era fácil cambiar un propósito en tantas razones fundado; pero la idea de los pesares de su madre, que en ningún tiempo había tenido para ella sino consuelos y ternura, socavaba los cimientos de su enérgica voluntad. Poco trabajo, de consiguiente, costó a doña Blanca arrancarle la promesa de que nunca durante su vida volvería a mentarle semejante resolución; no atreviéndose a pedirle que desistiese de ella absolutamente, tanto porque fiaba del tiempo y de sus esfuerzos sucesivos, cuanto porque bien se le alcanzaban los miramientos y pulso que necesitaba el carácter de su hija.
Comoquiera, a poco se había obligado ésta, porque tan tasados estaban ciertamente los días de la enferma y postrada doña Blanca, que inmediatamente cayó en cama, convertidas sus habituales dolencias en una agudísima y ejecutiva. La edad, su complexión no muy robusta, la pérdida de sus hijos y sobre todo la enfermedad y pesares de doña Beatriz, junto con la incertidumbre fatal en que la tenía sumida su anunciada vocación, habían concurrido a cortar los últimos hilos de su vida. La joven, en el extravío de su dolor, no pudo menos de atribuirse gran parte de la culpa de aquel desdichado suceso, y por primera vez comenzó a atormentar su alma el torcedor del remordimiento. Hasta el dolor de su padre parecía oprimirla con su peso; cargos desacertados sin duda, pues el término de aquella vida estaba irrevocablemente marcado, y sólo la exaltación de su sensibilidad podía pintarle como reprensible una conducta tan desinteresada y amante como la suya.
Doña Blanca, durante su enfermedad, no cesaba de dirigir a su hija miradas muy significativas y penetrantes, y de estrechar su mano. No parecía sino que, deseosa de declararle su pensamiento, se contenía por no hacer más amarga la hora de la separación, de suyo tan amarga y lastimosa. Por fin, llegando el mal a su extremidad, el abad de Carracedo, que como amigo y confesor de la familia no se había apartado de su cabecera, le administró todos los auxilios y consuelos de la religión.
Con ellos pareció cobrar ánimos la enferma y salió por fin de la noche en que todos creyeron recoger su postrer suspiro; pero su ansiedad parecía mayor. El alba de un día lluvioso y triste comenzaba ya a colorear los vidrios de colores de las ventanas, cuando doña Blanca, asiendo la mano de su hija, le dijo con voz apagada:
—Hace muchos días que está pesando sobre mí una idea de la cual podrías tu librarme, y darme una muerte descansada y dulce.
—¡Madre mía!—respondió con efusión doña Beatriz—, mi vida, mi alma entera son vuestras. ¿Qué no haré yo porque lleguéis al trono del eterno contenta de vuestra hija?
—Ya sabes—continuó la enferma—que nunca he querido violentar tus inclinaciones... ¿cómo había de intentarlo en esta hora suprema, en que la terrible eternidad me abre sus puertas? Tu voluntad es libre, libre como la de los pájaros del aire; pero tú no sabes los recelos que llevo al sepulcro sobre tu porvenir y sobre la suerte de nuestro linaje...
—Acabad, señora—contestó doña Beatriz con dolorosa resignación—; que a todo estoy dispuesta.
—Sí—respondió la madre—, pero de tu pleno y entero consentimiento... Sin embargo, si el noble conde de Lemus no fuese ya tan desagradable a tus ojos, si hubiese desarmado tu severidad como ha desarmado la mía... El cielo sabe que mi fin sería muy sosegado y dichoso. Doña Beatriz arrancó entonces un doloroso suspiro de lo íntimo de sus entrañas y dijo: «¡Venga el conde ahora mismo, y le daré mi mano en el instante, delante de vos!»
—¡No, no!—exclamaron a un tiempo, aunque con distintos acentos la enferma y el abad de Carracedo que estaba sentado al otro lado de la cama—. ¡Eso no puede ser!
Doña Beatriz sosegó a entrambos con un gesto lleno de dignidad y en seguida replicó con calma y tranquilidad:—Así será porque tal es la voluntad de mis padres, en todo acorde con la mía propia. ¿Dónde está el conde?
Don Alonso hizo seña a un paje, que inmediatamente trajo al noble huésped. El abad mientras tanto había estado hablando vivamente y con enérgicos ademanes al señor de Arganza, y por los de éste se podía venir en conocimiento de que se excusaba con el enardecido monje. El conde de Lemus se llegó mesuradamente a la presencia de doña Beatriz y de su madre.
—Una palabra, señor caballero—dijo la joven apartándole a un extremo del aposento, donde habló con él un breve instante, al cabo del cual el conde se inclinó profundamente puesta la mano en el pecho, como en señal de asentimiento. Entonces volvieron delante del lecho de doña Blanca, y la doncella, dirigiéndose al abad, le dijo:
—¿Qué dudáis, padre mío? Mi voluntad es invariable, y sólo nos falta que pronunciéis las sagradas palabras.
El abad, oyendo esto, aunque con repugnancia y con el corazón traspasado de amargura a vista de aquel tremendo sacrificio, pronunció con voz ronca la fórmula del Sacramento, y ambos esposos quedaron ligados con aquel tremendo vinculo que sólo desata la mano de la muerte.
Tales fueron las bodas de doña Beatriz, en que sirvió de altar un lecho mortuorio y de antorchas nupciales los blandones de los sepulcros. Doña Blanca murió, por fin, aquella misma tarde; de manera que las lágrimas, los lamentos y los cánticos funerales venían a ser los himnos de regocijo de aquel día. ¡Raro y discordante contraste en cualquier otra ocasión semejante, consonancia íntima y perfecta de aquel desposorio cuyos frutos de amargura y desdicha debían de ser!
Doña Beatriz, en cuanto expiró su madre, se aferró a su cuerpo con tan estrecho y convulsivo abrazo, que hubo necesidad de emplear la fuerza para separarla de aquel sitio de dolor. El abad y don Alonso se quedaron solos por un momento delante del cadáver, todavía caliente.
—¡Pobre y angelical señora! Tu ciega solicitud y extremada ternura han labrado la desdicha de tu hija única. ¡La paz sea sobre tus restos! Pero vos—añadió volviéndose al señor de Arganza con el ademán de un profeta—, vos habéis herido el árbol en la raíz, y sus ramas no abrigarán vuestra casa, ni vos os sentaréis a su sombra, ni veréis sus renuevos florecer y verdeguear en vuestros campos. La soledad os cercará en la hora de la muerte, y los sueños que ahora os fascinan serán vuestro más doloroso torcedor.
Diciendo esto se salió de la sala, dejando como aniquilado a don Alonso, que cayó sobre un sitial, hasta que el de Lemus, echándole de menos, vino a sacarle de su abatimiento. Llevóselo en seguida, y dos o tres doncellas y un sacerdote entraron a velar el cadáver de aquella cuya grandeza y riquezas cabían ya en la estrechez y miseria del sepulcro.
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CAPÍTULO XVIII
Por tan extraños caminos el alma generosa y esforzada de doña Beatriz vino a sucumbir bajo el peso de su misma abnegación y a sacrificar el corto reposo que le brindaba el porvenir a una expiación soñada. Con tan raro concierto y eslabonamiento de circunstancias, a cuál más desdichadas, uno por uno se disiparon tantos sueños de ventura como habían mecido su florida primavera, y al despertar se encontró la esposa de un hombre cuya perversidad y vileza todavía estaban por manifestarse en su infernal desnudez. Los días de su gloria habían pasado y la corona se había caído de su cabeza; pero todavía le quedaba un consuelo en medio de tantos males, y era la esperanza de bajar temprano al sepulcro a reunirse con el verdadero esposo que había elegido en su juventud, y cuyos recuerdos por dondequiera la acompañaban, como la columna de fuego que guiaba a los israelitas por el desierto en mitad de la noche. Nadie mejor que ella sabía que las fuentes de la vida comenzaban a cegarse en su pecho con las arenas de la soledad y del desconsuelo, y que aquel alma impetuosa y ardiente, que sin cesar luchaba por romper su cárcel, acabaría, no muy tarde, por levantar el vuelo desde ella. Sus noches, desde la enfermedad de Villabuena, eran inquietas, y los sucesos posteriores habían aumentado su ansiedad y desasosiego. La muerte de su madre acababa de cerrar el círculo de soledad y desamparo en que empezaba a verse aprisionada, y estremecida su complexión con tantos golpes y trastornos, su respiración comenzaba a ser anhelosa; palpitaba a veces con violencia su corazón y sólo un torrente de lágrimas podía hacer cesar la opresión que sentía en aquellos momentos; otras veces sentía correr un fuego abrasador por sus venas y latir con violencia y por largo tiempo el pulso, exaltándose, al propio tiempo, su imaginación o cayendo en una especie de estupor que duraba a menudo muchas horas. Aquel cuerpo noble y bien formado, dechado de tantas gracias y cifra de tantas perfecciones, hacía tiempo que iba perdiendo la morbidez de sus formas y las alegres tintas de la salud. Las facciones se adelgazaban insensiblemente; el color pálido de la cara se hacía más notable por el subido carmín que coloreaba una pequeña parte de las mejillas; los ojos aumentaban en aquella clase de brillantez que pinta aun a los menos conocedores, que padecen el cuerpo y el espíritu a un tiempo mismo; y a estas señales físicas de un profundo padecimiento interior, se agregaba aquel paso rápido de la exaltación en las ideas y sentimientos, al desaliento y la melancolía, que indica tan claramente la unión íntima del cuerpo y del espíritu.
El otoño había sucedido a las galas de la primavera y a las canículas del verano, y tendía ya su manto de diversos colores por entre las arboledas, montes y viñedos del Bierzo. Comenzaban a volar las hojas de los árboles; las golondrinas se juntaban para buscar otras regiones más templadas y las cigüeñas, describiendo círculos alrededor de las torres en que habían hecho su nido, se preparaban también para su viaje. El cielo estaba cubierto de nubes pardas y delgadas, por medio de las cuales se abría paso de cuando en cuando un rayo de sol, tibio y descolorido. Las primeras lluvias de la estación que ya habían caído, amontonaban en el horizonte celajes espesos y pesados, que adelgazados a veces por el viento y esparcidos entre las grietas de los peñascos y por la cresta de las montañas, figuraban otros tantos cendales y plumas abandonados por los genios del aire en medio de su rápida carrera. Los ríos iban ya un poco turbios e hinchados, los pajarillos volaban de un árbol a otro sin soltar sus trinos armoniosos, y las ovejas corrían por las laderas y por los prados recién despojados de su hierba, balando ronca y tristemente. La naturaleza entera parecía despedirse del tiempo alegre y prepararse para los largos y obscuros lutos del invierno.
Las tres de la tarde serían, cuando en uno de estos días dos caballeros, armados de punta en blanco, descendían del puerto de Manzanal y entraban en la ribera frondosa de Bembibre. Llevaban calada entrambos la celada y sólo les seguía un escudero de facciones atezadas y cabello ensortijado. El uno de ellos, que parecía el más joven, llevaba una armadura negra, el escudo sin divisa y casco negro, también coronado de un penacho muy hermoso del mismo color, cuyas plumas tremolaban airosamente a merced del viento. Mucho debía importarle que no le conociesen, cuando bajo semejante disfraz se encubría. El otro, que por su cuerpo ligeramente encorvado y por la menor soltura de sus movimientos parecía un poco más anciano, era, sin duda, un templario, pues llevaba la cruz encarnada en el manto blanco y en el escudo los dos caballeros montados en un mismo caballo, que eran las armas de la Orden. A bastante distancia de estos dos personajes caminaban como hasta quince o veinte hombres de armas también con las divisas del Temple.
Era aquel día el que la Iglesia destina para la conmemoración de los difuntos, y las campanas de todos los pueblos llamaban a vísperas a sus moradores para orar por las almas de los suyos. Las mujeres acudían a la iglesia cubiertas con sus mantillas de bayeta negra, llevando cada una en su canasto de mimbres la acostumbrada ofrenda del pan y las velas de cera amarilla. Los hombres, envueltos en sendas y cumplidas capas, acudían también silenciosos y graves a la religiosa ceremonia.
Como en el Bierzo está y estuvo siempre muy diseminada la población, la proximidad de las aldeas hace que sus campanas se oigan distintamente de unas a otras. La hora de la oración que sorprende al cazador en algún pico elevado y solitario tiene un encanto y solemnidad indefinible, porque los diversos sonidos, cercanos y vivos los unos, confusos y apagados los otros, imperceptibles y vagos los más remotos, derramándose por entre las sombras del crepúsculo y por el silencio de los valles, recorren un diapasón infinito y melancólico, y llenan el alma de emociones desconocidas.