Part 5
Pocas veces se vieron tan ricos los Papas. Algunos de ellos, hábiles administradores, habían organizado los ingresos de la Iglesia, obligando á clérigos y obispos á enviar puntualmente su tributo. Aviñón pertenecía ya á los Papas. Al principio fué propiedad de la famosa reina Juana de Nápoles, la mujer más elegante, más graciosa en palabras y ademanes, y de costumbres más disolutas que se encuentra en la historia de aquellos siglos. Cambió varias veces de esposo. Casada con Andrés de Hungría, fué asesinado éste por un amante de ella. Luis, rey de Hungría, marchó contra Juana para vengar la muerte de su hermano y al mismo tiempo con el propósito de hacerse dueño de Nápoles. Juana, que era también condesa de Provenza, huyó á esta tierra, como si buscase el amparo espiritual de los Papas, instalados en su ciudad de Aviñón. En vista de que el rey húngaro pedía su castigo á Clemente VI, compareció Juana ante el Pontífice rodeado de toda su corte.
--Yo me he imaginado muchas veces la escena--dijo Borja--; esta mujer, seductora por su hermosura, por su lujo y hasta por sus pecados y aventuras, presentándose ante un Padre Santo artista y ante sus cardenales, muchos de ellos ordenados de diácono solamente, y que llevaban una vida de príncipes... Pero esto lo verá usted mejor cuando estemos en el gran salón de Audiencia. La reina Juana, instruída y de fácil palabra, se enseñoreó al momento de la asamblea. Igual habría convencido de su inocencia á una reunión de verdaderos ascetas, aunque fuese autora de crímenes mayores. Los napolitanos, irritados por las demasías del invasor, pidieron á Juana que reconquistase su trono, y como necesitaba dinero para reclutar soldados mercenarios y alquilar galeras en Marsella, vendió Aviñón á los Papas en ochenta mil florines, suma que equivaldría hoy á unos cuatro millones de francos... pero en oro.
Pintores italianos y franceses cubrían de frescos los muros de las salas pontificias. Talleres de orfebres cincelaban sin descanso objetos de culto, recamados de piedras preciosas, ú objetos de uso personal para los Papas. Los muros de piedra desaparecían bajo vistosos tapices. El sacro tesoro de Roma--urnas preciosas conteniendo reliquias, ropas de altar, imágenes áureas--había sido traído á Aviñón, por creerlo aquí más seguro. Dentro de la fortaleza crecía un jardín con fuentes de mármol, paseos cubiertos y fingidas perspectivas para agrandar su tamaño. La curiosidad de estos Pontífices meridionales había reunido en jaulas todas las bestias raras que se conocían entonces: leones, tigres, dromedarios, avestruces, osos.
El generoso Clemente VI adquiría con tal abundancia las ropas primorosamente bordadas, los tapices, los muebles, que muchos de tales encargos, después de ser admirados en el momento de su llegada, quedaban recluídos por falta de sitio en los desvanes del palacio. Los Papas sucesivos mantuvieron su lujo con las magnificencias que había olvidado el Pontífice gran señor.
Desde las terrazas almenadas podían ver todos ellos el crecimiento de su ciudad de Aviñón. El recinto amurallado comprendía, además del caserío, vastos jardines adosados á los conventos, cada vez más numerosos, y á los palacios de los cardenales en incesante desdoble. Más de cien torres se elevaban sobre los tejados.
Abajo, en las callejuelas estrechas, bullía á todas horas un pueblo súbitamente enriquecido y orgulloso de la inesperada importancia de Aviñón, centro del mundo. Uno de sus barrios era todo de posadas. Llegaban clérigos y laicos de remotas naciones. En sus plazas sonaban todas las lenguas de Europa. La muchedumbre, además de recibir el dinero de los fieles, gozaba las delicias de un continuo espectáculo, siendo su existencia semejante á la del antiguo populacho romano.
Unas veces llegaba una peregrinación procedente de países lejanos: hombres y mujeres cubiertos de polvo, asombrando al vulgo con el exotismo de sus trajes, rostros y voces. En otras ocasiones se presentaba un rey con su cortejo, ó el mismo emperador del Sacro Romano Imperio, ganoso de visitar al Padre Santo en su nueva capital. Y desfilaban jinetes vestidos de hierro, sobre caballos encaparazonados y engualdrapados con blindajes de escamas, cual si fuesen bestias mitológicas. Las puntas de sus lanzas rozaban los balconajes extremadamente salientes, prolongación de cada vivienda sobre la húmeda calle siempre en fresca penumbra. El metal vibrante de las trompetas buscaba en lo alto el metal volteador de las campanas. En muchas ocasiones, rey ó emperador recibía la Rosa de Oro, regalo del Papa, y era costumbre que el soberano pasease á caballo por las calles de Aviñón mostrando al pueblo la joya en su diestra. Los monarcas cristianos, cuando alcanzaban un triunfo sobre los enemigos de Dios, enviaban sus despojos á Aviñón como un presente.
Un día sus vecinos vieron pasar cien moros á pie, con alquiceles blancos, llevando de la diestra cien caballos andaluces cargados de armas y de joyas. El rey de Castilla, después de su victoria del Salado sobre los sarracenos, enviaba al Papa del Ródano una parte de su botín. En otra ocasión contemplaron una embajada del Gran Kan de la Tartaria, cuyos enviados provocaban sus risas á causa de sus mantos y turbantes.
Las damas de Aviñón obtenían una celebridad universal por su lujo costoso y sus artes de tocador para aumentar la belleza. Algunos cardenales italianos y franceses, que nunca creían llegado el momento de ordenarse sacerdotes, rivalizaban en amoríos con los señores laicos del país Venaissino ó con los hombres de armas del Pontífice, los cuales obedecían al jefe militar del condado (casi siempre pariente del Papa), que tenía el título de «Rector».
--Entonces aún estaba entero el famoso puente sobre el Ródano. Ahora sólo le quedan cuatro arcos de los diez y ocho que tuvo cuando lo fabricó San Benezet, un pastorcito que, según la leyenda, soñó desde pequeño con la construcción de este puente colosal, apoyado en las islas del Ródano para llegar hasta Villeneuve, ciudad fronteriza, en la orilla perteneciente á Francia. De sol á sol el pueblo aviñonés bailaba la farandola al son de pitos y tamboriles, en las islas verdes, bajo la sombra de sus audaces arcos. Todo el mundo conoce la canción antigua «_Sous le pont d’Avignon, l’on y dance tout en rond_...»
También era continuo el espectáculo en las estrechas calles de la ciudad. Desfilaban procesiones de frailes vistiendo diversos hábitos. Orquestas numerosas acompañaban á los cantores de la corte pontificia. La ciudad atraía á todos los músicos de aquel tiempo. Ser cantor ó instrumentista del Papa de Aviñón representaba un certificado de valor internacional. Los devotos se aglomeraban en las plazas para escuchar á predicadores famosos venidos de todas partes; tan estrecho resultaba el ámbito de los templos.
En esta ciudad de verdes alrededores la vida sólo era molesta cuando soplaba el mistral. Petrarca se lamentó muchas veces de este viento frío y huracanado. Las gentes de su época inventaron un refrán en latín de la Edad Media, exagerando los desórdenes climatéricos de Avenio, antiguo nombre de Aviñón: «_Avenio ventosa, cum vento fastidiosa, sine vento venenosa._»
Una calamidad mayor que el mistral hizo repetidas apariciones en el curso del siglo XIV, la peste, tan mortífera y repetida, que mereció el título histórico de «la Gran Peste», exterminando, según los cronistas de entonces, la tercera parte de la población de Europa. No sólo se ensañó en la corte papal. Italia vió sus ciudades casi desiertas. En Florencia la mortandad fué inaudita, y Boccacio, el futuro canónigo, para entretener á las damas y los caballeros refugiados como él en un jardín aislado, compuso las alegres novelas de su _Decamerón_.
La ciudad de «las tres llaves» (la del cielo, la de la tierra y la del infierno), atributos pontificios que figuraban en el escudo aviñonés, volvía á reanudar su existencia amplia y ostentosa apenas se alejaba dicha calamidad.
El populacho iba ricamente vestido con los despojos de la corte papal. La servidumbre del palacio y la de los cardenales reflejaban en su indumento el lujo de sus señores. La gran ostentación de los personajes de la corte eran las peleterías preciosas.
--Pontífices y cardenales aparecen en los retratos con las esclavinas guarnecidas de marta. Los Papas, cuando no llevan la tiara, van tocados con un becoquín de púrpura que adornan igualmente bandas de armiño.
Su mesa era bárbara, como la de todos los grandes señores de aquella época, pero con una abundancia que exigía enormes gastos. Las bodegas pontificales de Aviñón adquirían renombre. En la orilla del Ródano, al pie de un castillo, poseían las generosas viñas de «Château-neuf-du-Pape», cuyo vino es todavía famoso. Los colectores de los impuestos, cuando salían á cobrarlos por las diócesis, llevaban el encargo de remitir al intendente papal los mejores productos de cada país para embellecimiento de su mesa.
--La cocina de entonces tenía especialidades que ahora nos parecen repugnantes. Los colectores de Bretaña y otras regiones del Océano enviaban pedazos de ballena, cetáceo que abundaba mucho en el golfo de Gascuña y el Cantábrico. La ballena era entonces plato muy apreciado hasta en las mesas reales. Otras veces remitían peces del Atlántico, distintos á los del Mediterráneo. Nada significaba la duración del viaje y las malas condiciones del transporte. El paladar estaba habituado al sabor y el olor de una pesca extraída quince días antes. De aquí el empleo del limón para refrescar momentáneamente este alimento algo corrupto, uso que por rutina ha llegado hasta nosotros, empleándolo sin objeto en los peces frescos.
Una gran masa de desterrados políticos ansiosos de justicia aumentaba el vecindario de Aviñón. Como no existían casas bastantes para dicha afluencia internacional, ocupaban los pueblos inmediatos, y en días de fiesta venían á engrosar la muchedumbre de sus calles. Los más eran italianos, antiguos güelfos que buscaban el amparo del Papa, ó gibelinos á los que perseguían nuevas facciones, empujándolos hacia la Santa Sede, cuya influencia habían combatido.
--Hijo de uno de estos proscritos fué Petrarca, cuyo recuerdo va usted á encontrar por todas partes: en el palacio, en las calles de Aviñón, en la célebre fontana de Vaucluse. ¿Usted no conoce Vaucluse?... Debe hacer este pequeño viaje. La fuente del poeta es tan célebre como el Papado aviñonés.
El joven italiano, venido á Aviñón cuando todavía era niño, desarrollaba las primeras ramas de su gloria al abrigo del Pontificado del Ródano, viviendo de sus liberalidades ó insultándole al mismo tiempo porque difería su vuelta á Roma. Como había recibido órdenes menores, aceptaba de los Papas ricos beneficios y canonicatos, sin pensar nunca en ocupar dichos cargos.
--La vida eclesiástica de entonces era muy diferente á la que ahora conocemos. Los más de los cardenales no pasaban de ser simples diáconos, librándose con ello de las obligaciones del sacerdocio: decir misa, leer diariamente su breviario, etc. De este modo podían entregarse por completo á sus asuntos políticos ó mundanos. Muchos Pontífices se ordenaban de sacerdote al día siguiente de su proclamación y cantaban misa por primera vez.
Italia, que había repelido á los Papas con sus desórdenes y revueltas, ansiaba ahora hacerlos volver, por una conveniencia egoísta. El dinero de la cristiandad había cambiado de rumbo. Ya no iba á Roma, y chorreaba más abundante que nunca sobre la ciudad de Aviñón.
Al ser proclamado el magnífico Clemente VI, una delegación del pueblo de Roma venía á saludarle. Petrarca, residente en Aviñón, se agregaba á ella, y esto le hacía contraer amistad con uno de los diputados, joven de palabra ardorosa, gran imaginación y una audacia sin límites, llamado Cola di Rienzo, hijo de un tabernero.
El «Papa trovador» se dió cuenta de los servicios que podía prestar este tribuno á los Pontífices en la desordenada Roma, y le confirió un título honorífico. Tal vez las palabras de Clemente VI le impulsaron á realizar el gran ensueño de su existencia.
De vuelta á su ciudad, oprimida por el bandidaje feudal, organizó una conspiración, apoderándose del Capitolio con el apoyo del pueblo y del legado del Papa. Rienzo, constante lector de la historia antigua, se proclamó «tribuno de la Sacra República Romana, por la voluntad del muy clemente Jesucristo». Hizo cosas buenas, expulsando á los magnates, venciendo á los barones bandidos, restableciendo el orden después de tantos años de anarquía. El Papa, desde Aviñón, sostuvo su autoridad. Petrarca, entusiasmado por tal resurgimiento de la Roma antigua, dirigió al tribuno su célebre canción «_Spirto gentil_».
Mas el héroe, excesivamente imaginativo, creía en la importancia sobrenatural de su persona, y se entregó á desórdenes y extravagancias que disminuyeron su prestigio. Dió consejos á todos los soberanos de la tierra como si fuesen inferiores á él; ordenó á las ciudades italianas, con menosprecio de su independencia, que acudiesen á Roma para cimentar una alianza; exigió continuos impuestos para sostener sus tropas y costear fiestas enormes organizadas por su fantasía teatral. El hijo del tabernero se bañó públicamente en una vasija de bronce que pasaba por ser el baño del emperador Constantino, y á continuación se hizo armar caballero con exagerada pompa.
Creyéndose invencible, habló al Papa como á un igual, despreciando su apoyo, y Clemente VI lo abandonó. Lo mismo hicieron las ciudades de Italia, celosas de su poder é irritadas de su orgullo. El pueblo acabó por atacarle, y tuvo que huir, refugiándose en Praga, cerca del emperador Carlos IV, el cual lo entregó al Papa, que le había declarado «sedicioso y herético».
--En una torre de este palacio donde vamos á entrar, cree el vulgo, equivocadamente, que permaneció el tribuno preso durante varios años. Lo indiscutible es que Rienzo vivió cautivo hasta la muerte de Clemente VI. El gran Papa había perdido su fe en este orador de voluntad cambiante y ambiciones inseguras. Hasta se cree que lo hubiese ahorcado de no intervenir Petrarca, muy apreciado por él como poeta.
Inocencio VI, al sucederle, fijó su atención en Rienzo, que se consumía olvidado en un calabozo. Fué un español quien hizo pensar al nuevo Pontífice en el ex tribuno. Los pequeños soberanos de Italia y sus turbulentas ciudades habían aprovechado la ausencia de los Papas para roer la tierra de sus Estados. Apenas mantenían aquéllos una autoridad sobre Roma, más nominal que efectiva. Los cardenales hablaban de reconquistar con las armas los bienes de la Santa Sede; pero ni ellos ni los Pontífices eran hombres para conseguirlo.
Uno de los cardenales extranjeros residentes en Aviñón se comprometió á devolver á la Iglesia su patrimonio terrenal, creando un ejército en Italia y poniéndose á su frente: el español Carrillo de Albornoz, que en su juventud había sido hombre de guerra. Como arzobispo de Toledo siguió al monarca de Castilla contra los moros, batiéndose cuerpo á cuerpo en la batalla del Salado, donde salvó personalmente la vida de su rey, dándole tal hazaña enorme influencia en la corte. Huyendo luego de las persecuciones de don Pedro el Cruel, heredero del reino, se refugió en la corte de Aviñón, cerca del brillante Clemente VI, quien le hizo cardenal.
Albornoz, gran conocedor de los hombres, hábil para explotar sus virtudes ó sus defectos, pidió que el olvidado Rienzo fuese sacado de su encierro y le siguiera á Roma con el título de senador. Mientras él combatía á los tiranuelos de Italia, Rienzo, apoyándose en el pueblo romano, reanudó su lucha contra los barones que desolaban el país, obteniendo varios triunfos. Mas el ídolo popular estaba quebrantado por su primera caída. Una parte de Roma protestó de sus leyes severas y sus gastos fastuosos. Los Colonna aprovecharon tal descontento para sublevarse contra el dictador, y éste, sorprendido, intentó huir del Capitolio, pero sus mismos partidarios al reconocerle lo mataron, y el inconstante populacho arrastró su cadáver, quemándolo después y aventando sus cenizas.
Hábil capitán y político, continuó Albornoz su guerra de conquista, apoderándose de todas las ciudades pertenecientes al Papado; unas por asedio y asalto, otras por negociaciones felizmente conducidas. Desde Bolonia, su residencia predilecta, dirigió esta campaña, cuyo éxito le fué creando numerosos enemigos en la corte pontificia. Bajo la influencia de cardenales envidiosos, Inocencio VI estorbó sus triunfos con recomendaciones inoportunas y fatales.
El ingrato Pontífice llegó un día á insinuar dudas sobre la probidad con que Albornoz había manejado los dineros de la guerra, y le pidió cuentas. El cardenal de Toledo envió á Aviñón como respuesta una carreta tirada por bueyes, llena de cerrojos, candados y cadenas de las ciudades conquistadas: «Éstas son mis cuentas, Padre Santo.»
Al morir en Bolonia, dejaba establecido y dotado el famoso Colegio Español de dicha ciudad, y su entierro resultó algo nunca visto. Jamás príncipe ni Pontífice alguno fué llevado á la tumba con pompa tan grandiosa. Sus restos viajaron de Bolonia á España siempre en hombros y á pequeñas jornadas. Esta conducción fúnebre duró meses. Todo convento encontrado al paso designaba un grupo de monjes para que se uniese á la comitiva. Cuando el cadáver llegó á Toledo, en cuya catedral iba á ser enterrado, el cortejo fúnebre constaba de miles y miles de religiosos, todos llevando cirios encendidos; un verdadero ejército que estremecía el aire con sus estrofas funerarias. Cuantos bienes dejó libres el cardenal español los consumió este viaje extraordinario hacia su tumba.
La reconquista de los Estados papales había aumentado las quejas y peticiones de los italianos. El pueblo de Roma, arrepentido de sus revueltas que repelieron á los Papas é indignado al ver cómo el dinero de los fieles lo disfrutaba otra ciudad, extremó sus peticiones para que la Santa Sede abandonase las orillas del Ródano, volviendo á las del Tíber.
Dicha propaganda encontró el más elocuente é infatigable de sus apóstoles dentro de la misma corte pontificia. Era Petrarca.
Cardenales de vida suntuosa, funcionarios pontificios de alegres costumbres, le tenían por amigo y protegido, haciéndolo partícipe de las dulzuras y abundancias de su existencia. Esto no le impedía escribir contra las venalidades é impurezas del Pontificado de Aviñón, como si la vida de los Papas residentes en Roma hubiese sido más ejemplar. La disolución de las costumbres, mal común de aquella época, hacía quejarse á los ascetas y los prelados virtuosos, pidiendo una severa reforma eclesiástica.
Encontró Petrarca una imagen que hizo circular por el mundo, entusiasmando con ella á sus compatriotas. La Iglesia vivía esclava, lo mismo que el pueblo judío en tiempos de Nabucodonosor.
El Pontificado de Aviñón era «la gran cautividad de Babilonia».
IV
El castillo de los Papas
Subieron los peldaños algo roídos de una escalinata de piedra, atravesaron el arco profundo de la puerta principal, y otra más pequeña abierta á su derecha les dió acceso á un vasto salón con muros de sillería y techo abovedado que aún conservaba restos de viejas pinturas. Era el antiguo cuerpo de guardia del palacio, ahora antesala para los visitantes. Una mujer detrás de un mostrador ofrecía tarjetas postales, fotograbados, volúmenes históricos, la pequeña é inevitable biblioteca que existe á la entrada de todo monumento.
Lentamente se fué amalgamando el grupo de curiosos venidos de diversas partes de la tierra para visitar la antigua residencia de los Papas. La bella criolla reconoció á muchos compañeros de hotel, vistos en la noche anterior. Poco después entraron algunas norteamericanas jóvenes, tal vez estudiantas que hacían una excursión por Europa; varios matrimonios franceses, gentes del Mediodía, admirando con patriótica vanidad las enormes dimensiones de este castillo tan celebrado por los poetas provenzales; dos sacerdotes protestantes, con plastrón negro cubriendo su camisa y una Guía abierta entre sus manos como si fuese un libro de oraciones; un _gentleman_ atlético, de cara redonda y afeitada, mirando ávidamente á todos lados en busca del extraordinario espectáculo que esperaba de esta visita, y un cura italiano, flacucho, de nariz picuda, cuyo perfil, según Borja, recordaba el del Dante, pero á través de un espejo deformatorio.
--Va usted á ver, querida señora, algo tan digno de interés como la antigua morada de los Papas: el guía que la muestra.
Y señaló discretamente á un hombre con kepis negro ribeteado de rojo y un bastoncito en su diestra, que permanecía sentado junto á la entrada del cuerpo de guardia. Tenía el aspecto de un trabajador que reposa y siente al mismo tiempo perturbado su descanso por la certeza de que muy pronto tendrá que reanudar su actividad.
Rosaura lo reconoció. Era el mismo que la había guiado en su incompleta visita al palacio. Su charla tuvo la culpa de que renunciase al resto de dicha visita.
--¡Pero si es un hombre insustituíble!...--protestó Claudio sonriendo--. Muchas veces juzgamos á las personas equivocadamente por el estado de nuestro humor. Tal vez hoy le parezca más grata su compañía.
Saludó de lejos al empleado, y éste, después de contestar quitándose el kepis, fijó su atención en la dama elegante que acompañaba al español. Era un meridional, de cabeza y bigote canos, enjuto de carnes, con una sonrisa mixta de bondad y de burla.
--Óigalo bien--continuó Borja--. Es un poeta, algo desorientado y de primaria instrucción, pero indudablemente un poeta á su modo. Su padre fué modesto «felibre» de los de Mistral; un obrero de la poesía. Usted sabe que «felibre» es el nombre de los poetas provenzales. El hijo, al desempeñar su empleo, procura ser el alma parlante de estas piedras. Yo he venido repetidas veces, sólo por oirle.
Viendo el guía que los visitantes ya no compraban más postales ni cuadernos de grabados, se levantó del poyo estirando perezosamente sus brazos.
--Por aquí, señoras y señores.
Se había transfigurado. Dos veces por la mañana y dos por la tarde conducía á los forasteros á través de patios, escaleras y salones, enseñándoles este castillo, que era para él algo así como el Partenón de la Provenza. Sabía de memoria lo que era conveniente decir en cada rincón y ante cada piedra; mas ciertos días, en mitad de sus recitaciones maquinales, le acometía un irresistible deseo de improvisar, é iba añadiendo repentinos bordados de su imaginación á la pieza de tela pálida y monótona desenrollada ordinariamente.
Marchó hacia el gran patio del palacio con alegre petulancia, moviendo su bastoncito, canturreando entre dientes. Iniciaba sus funciones lo mismo que los cómicos viejos, que tosen de fatiga detrás de los bastidores y al salir ante el público se sienten remozados por una heroica juventud.
En mitad del patio agrupó en torno á él sus heterogéneos oyentes, empezando la declaración diaria. Unos le conocían de fama, por informes de viajeros anteriores, otros presentían algo extraordinario en este hablador sonriente que saludaba á las señoras con movimientos de rancia cortesía. Señaló las particularidades de las bóvedas de la entrada, todas de rara labor, explicando á continuación cómo era el palacio exteriormente en sus primeros tiempos. Las casas tocaban casi sus muros. Un circuito de estrechas callejuelas lo separaban sólo del resto de la ciudad. Fué el último Papa de Aviñón quien arrasó estas construcciones, para que el palacio pudiera defenderse mejor en caso de asedio, y obra suya era también la vasta plaza abierta ante la fachada principal.
--He nombrado, señoras y señores, á Benedicto XIII, el gran papa Luna, compatriota de algunas personas aquí presentes.