El papa del mar

Part 4

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Debieron ser los primitivos Salcedo gente ruda y buena, de sentimientos caballerescos, mucho honor, mucha religión y pocos cuidados higiénicos. Ella había visto aún de niña cómo hombres y mujeres vivían en las estancias lo mismo que el soldado en plena guerra. Las nubes de mosquitos y otras plagas sanguinarias hacían oportuno el mantenimiento de una costra de grasa sobre la epidermis. Tal vez á causa de esto los nietos de los millonarios que habían obtenido su riqueza en la Pampa llegaban á los más complicados refinamientos en el cuidado de sus personas. Era una compensación de familia.

Rosaura dedicaba tres ó cuatro horas matinales al cultivo de su belleza corporal. Diariamente pasaban ante su lecho masagistas, esculpidoras de la carne, cuidadoras de las manos y los pies, directoras de Institutos de Belleza, que decían poseer valiosos secretos para el mantenimiento de una frescura primaveral en las partes del cuerpo ocultas bajo el vestido pero que se dejan adivinar por sus contornos.

Fué en Madrid donde estuvo más tiempo. Don Arístides Bustamante, que había conocido á la rica argentina en Biarritz, creyó un deber patriótico el acapararla, siendo su guía en los museos y en las excursiones á las ciudades históricas más próximas. Lo mismo hacía con todos los personajes llegados de América, célebres por los cargos políticos que habían desempeñado en su país ó dignos de atención por sus apellidos y su riqueza.

Abominando de la vida política á causa de la ingratitud de sus amigos, había buscado el iberoamericanismo como fresco bosquecillo de refugio, en el que podía respirar ampliamente su vanidad. Era el grave abogado de abundancia verbal, monocorde é inagotable como un arroyo lóbrego, que al dedicarse á la política, ya algo maduro, llega á ser ministro una sola vez. Pasaba las tardes en la Cámara de Diputados, siendo de los primeros que, al pronunciar un discurso algún personaje importante, llegaba á él con la mano tendida, diciendo: «Ha estado usted muy bien de palabra.» Y le parecía que no era posible formular un elogio mayor.

El jefe de su partido, después de hacerlo ministro una vez, ya no había pensado más en él, como si con ello hubiese pagado una deuda y se considerase libre de nuevos compromisos. Bustamante no olvidaba con la misma facilidad este suceso, que parecía haber partido su existencia en dos secciones, una de sombra y otra de luz, como la cumbre de una montaña divide dos vertientes. La historia propia, la de su patria, la de los otros pueblos, la vida entera de la humanidad, todo lo contemplaba partido por el meridiano de su ministerio. Cuando le hablaban de un suceso en España ó en el Japón, decía luego de reflexionar: «Eso ocurrió antes de mi subida al poder», ó «Recuerdo que fué después de haber sido yo ministro». Hasta la literatura la dividía con arreglo á tan memorable suceso, y la fecha de la aparición de un libro ó del estreno de una obra teatral la fijaba según los años transcurridos antes ó después.

Nunca había estado en América; mas luego de hablar con varios presidentes de repúblicas pequeñas expulsados por una revolución y numerosos diplomáticos que habían solicitado su cargo para vivir en Europa, lejos del amado país, se creía de una competencia indiscutible para razonar sobre los acontecimientos y problemas iberoamericanos.

Iba almacenando en su memoria las crónicas domésticas de las familias más ricas y notables de toda la América «hispanoparlante», como él decía; llevaba la cuenta de matrimonios, enfermedades y muertes; gozaba intenso deleite detrás de su máscara grave cuando alguien recién llegado de allá le contaba, bajo promesa de secreto, sucesos ó escándalos molestos para otros compatriotas que habían pasado por aquel mismo salón unos meses antes. Creía en el talento político y la inspiración poética de todos los personajes, generales ó doctores, que desde la frontera de Texas al cabo de Hornos se carteaban con el ilustre presidente de la «Fraternidad Hispanoamericana». Con esto cumplía un deber de hombre bien nacido, pues los otros, á su vez, lo consideraban uno de los personajes españoles más eminentes.

--Nuestro porvenir está en América--decía el ex ministro á todas horas, pensando que tal afirmación consolidaba su propia importancia.

Nunca había podido adivinar Borja el carácter de dicho porvenir. No era económico, pues á la modesta producción española le resultaba imposible abastecer los mercados de diez y nueve naciones. Político tampoco. Nadie podía soñar en una reconquista de las antiguas colonias. El solemne personaje no daba explicaciones y seguía repitiendo con la voz misteriosa de un oráculo: «Nuestro porvenir está en América.»

A la millonaria argentina la recibió y agasajó con una generosidad egoísta. Era la reina de Saba, bella y deslumbrante, que venía del país de las riquezas á saludar al Salomón del hispanoamericanismo. La «Fraternidad» presidida por él dedicó á la rica señora una de sus comidas mensuales, con guitarreos, cantos andaluces, bailes de diversas provincias y zambra final de parejas gitanas.

Luego, en una comida más íntima, en casa del señor Bustamante, se habían visto por primera vez Rosaura y «el caballero Tannhäuser». Y ahora, transcurridos dos años, volvían á encontrarse inesperadamente en un hotel de Aviñón.

Borja hacía esfuerzos mentales para seguir recordando todo lo oído por él, fragmentariamente, sobre la vida de esta mujer. Alguien había sonreído con malicia al hablar de ella y de un tal Urdaneta, personaje también americano que residía casi siempre en París. Tal vez Bustamante había dicho esto. Bien podía ser otro, pues la señora de Pineda era un tema de conversación, á causa de su riqueza, su hermosura y su elegante fausto, para todas las gentes de lengua española que pasaban por París. Algo más había oído; algo que no podía recordar, pero seguramente interesante...

Le fué imposible seguir rebuscando en su memoria. Ella le hablaba, insistiendo en su pregunta al verle distraído. Y se dió cuenta de que esta pregunta era una consecuencia de lo que él había dicho maquinalmente, mientras su imaginación se hallaba ocupada en resucitar el pasado.

La dama quería saber cómo se le había ocurrido escribir un libro, un poema en prosa, sobre don Pedro de Luna, el Papa español de Aviñón.

Borja tuvo que volver á remontar el curso de su propia historia. Se vió de pequeño, cuando vivía en Valencia al lado del canónigo Figueras. El ama del sacerdote le llevaba á oir misa en la inmediata parroquia de San Nicolás. Mientras permanecía de rodillas, su mirada, después de vagar sobre imágenes y altares cubiertos de oro, iba á posarse en un retrato oval del papa Calixto III, vestido de rojo, con un becoquín de púrpura ribeteado de armiño cubriendo su cabeza.

Se había llamado Borja, lo mismo que él, y empezó de simple beneficiado en esta iglesia. El pequeño no podía explicarse cómo un clérigo de una parroquia de Valencia había emprendido el viaje á Roma para llegar á ser Papa en su ancianidad. Además, dejaba abierto el camino del Pontificado á un sobrino suyo, el famoso Rodrigo de Borja (Alejandro VI, tercer Papa español), padre de una numerosa familia que italianizó su apellido, convirtiéndolo en Borgia.

Esta inexplicable ascensión de Alfonso de Borja, el clérigo de la parroquia de San Nicolás, aún parecía inaudita después de cinco siglos. La vieja ama del canónigo explicaba al niño que un hombre puede llegar á serlo todo, cuando tiene fe en Dios y concentra sus fuerzas en un deseo. El Pontífice representado en el cuadro oval había repetido desde su infancia: «Yo seré Papa, yo seré Papa»... y lo había sido. Su historia portentosa dejaba un refrán en la vida valenciana, que decía traducido al castellano: «Si quieres ser Papa, métetelo en la cabeza.»

Al ser hombre, sintió Claudio Borja la curiosidad de conocer el verdadero motivo histórico de esta carrera que le parecía inexplicable, y sus rebuscas sobre el primer Borgia le hicieron encontrarse con don Pedro de Luna, enorme como un coloso tallado en el bloque de una montaña.

La viuda de Pineda le escuchó con interés. En un salón de su casa de París, en una terraza de su «villa» en la Costa Azul, habría encontrado fastidiosas estas explicaciones del joven Tannhäuser: ¡pero en el ambiente de Aviñón, ciudad que había atravesado siempre con lamentable prisa, proponiéndose volver á ella para vivir unos cuantos días junto á sus murallas atractivamente «románticas»!...

De pronto le inspiraron envidia aquellos viajeros, inmóviles en sus asientos, escuchando la música ó conversando sordamente, en espera de la hora de acostarse, para visitar al otro día el castillo de los Papas, los baluartes de la ciudad, el «puente roto» sobre el Ródano.

--Es vergonzoso--dijo--que yo no conozca Aviñón después de haber pasado tantas veces por él. Una mañana me detuve para visitar el palacio de los Papas. Iba con Urda... con un amigo mío; pero nos cansamos de ver tantos salones sin muebles, de escuchar al guía, y nos fuimos... Con usted es diferente. Usted explica muy bien las cosas. Además, ese Santo Padre que á usted le entusiasma, también empieza á interesarme mucho. Siempre me han gustado las gentes de carácter fuerte, los hombres de voluntad que saben lo que quieren y lo quieren de veras.

Prometió ir al día siguiente con Borja á conocer el palacio fortificado de los Pontífices. Tal vez en la misma tarde continuaría su viaje. Lo mismo podría prolongar este descanso dos ó tres días más. Su doncella y su chófer estaban acostumbrados á las irregularidades y caprichos de su manera de viajar.

Nada tenía que hacer en la Costa Azul; nadie la esperaba. Había llegado la primavera, y las gentes que pasan el invierno junto al Mediterráneo se hallaban ya lejos. Borja expresó con timidez una duda que venía preocupándole desde mucho antes:

--Sí que parece extraordinario que una señora como usted vuelva en esta época á la Costa Azul, cuando todos los de su clase se han marchado. Sólo por un motivo importante y urgente...

Rosaura le miró como si quisiera sondear su pensamiento. Luego dijo con afectada simplicidad:

--He querido olvidar la vida de París, no ver gente, pasar las horas sin pensar en nada, mirando al Mediterráneo.

Y sin percatarse de la incoherencia entre este deseo y su nueva afirmación, añadió:

--Estaba en París demasiado sola... Me aburría.

III

La gran cautividad de Babilonia

Siguiendo las indicaciones de su acompañante, Rosaura echó la cabeza atrás para abarcar con su vista la altura del monumento.

Un lado de la plaza estaba ocupado por una construcción enorme, robusta, asentada sobre el suelo con majestuosa pesadez, dejando adivinar la amplitud extraordinaria de sus muros. Todo era en este palacio-castillo de forma rectangular, de líneas rígidas, con esquinas que habían sido verticales y aparecían ahora dentelladas por las roeduras del tiempo ó las huellas de los proyectiles de piedra que arrojaron las bombardas durante los sitios.

La arquitectura civil de la Edad Media no había producido en el interior de las ciudades nada semejante. Su masa formidable ocupaba una superficie de más de seis mil metros cuadrados, con muros macizos y desnudos, verdaderos muros de fortaleza, sin las rasgaduras luminosas y coloreadas de los ventanales con vidrios. Las cortinas de piedra tendidas de una torre á otra tenían arcos prolongadísimos que empezaban á ras del suelo, remontándose audazmente hasta cerca de los matacanes y las almenas. Pero dichos arcos, estrechos como un hierro de lanza, los cegaba un segundo muro. Eran obras salientes de refuerzo, pilares unidos por ojivas, que parecían añadir nueva robustez al palacio-fortaleza. El sol y la atmósfera habían teñido de suave rojo muros, almenas y torres.

--Es el color de Aviñón--dijo Borja--; el color de sus templos, murallas y puentes, de todo lo que en esta tierra fué construído con piedra. Parece reflejar una interminable puesta de sol; recuerda el tono de las hojas otoñales.

Luego llamó la atención de su acompañante sobre la amplitud de la plaza, obra de don Pedro de Luna. Durante cuatro años y medio se había defendido en este palacio con su pequeña guarnición de españoles, y al triunfar por algún tiempo, hizo destruir los edificios inmediatos, como si presintiese los nuevos asedios á que iban á someterle sus enemigos.

Las casas actuales eran posteriores al reinado de los Papas de Aviñón, vistosos palacios del Renacimiento, construídos por los legados que enviaba Roma para gobernar la ciudad. A un lado de la plaza, junto á la colina sobre el Ródano, llamada el peñasco de Doms, estaba la catedral, con su campanario rematado por una imagen cubierta de oro; torre posterior á la que aprovecharon los enemigos del papa Luna para batir el palacio vecino con sus bombardas.

Otra vez la viuda argentina y su acompañante volvieron á fijar sus ojos en la extensa fachada del castillo. No era posible mirar otra cosa. Su enormidad parecía absorber todos los edificios próximos. La catedral de Doms, que no era grande, se achicaba aún más pegada al palacio. Rosaura lo admiró como si lo viese por primera vez. Le parecía más gigantesco estando al lado de Claudio Borja, «que sabía explicar muy bien las cosas».

--Yo he leído un poco--dijo con modestia--; lo que puede leer una mujer de mi clase: libros de entretenimiento aconsejados por la moda, «zonceras» casi siempre, lo reconozco. Muchas veces, al pasar por aquí, se me ha ocurrido la misma pregunta: «¿Por qué hubo Papas en Aviñón?...» Va usted á burlarse de mi ignorancia y de que no haya hecho el menor esfuerzo por esclarecerla. Usted se irá convenciendo, amigo Borja, de que acompaña á una mujer indigna de su sabiduría.

Claudio rió de esta hipócrita y sonriente humildad, apresurándose á disculparla. La misma pregunta se hacían muchos al hablar de Aviñón y muy pocos procuraban conocer el motivo de tal hecho histórico.

--El mundo no era entonces como ahora--siguió diciendo--; no existía Francia en su forma actual; tampoco existía España; y en cuanto á Italia, no era más que un conglomerado de pequeños Estados en incesante ebullición. Príncipes y barones feudales vivían de las rapiñas de una continua guerra. El Papa, señor de grandes territorios en torno á Roma, se veía despojado de ellos por las familias nobles y belicosas del país.

Mientras el Santo Padre era venerado por el resto de la cristiandad, los romanos sólo veían en él á un señor como los otros, obedeciéndole si era poderoso, menospreciándolo cuando un pequeño soberano lograba vencerle. Familiarizados con los Papas por haberlos visto simples hombres antes de su elevación, no parecían temer gran cosa los rayos de sus excomuniones.

La ciudad de Roma era uno de los lugares más inseguros de la tierra. En sus calles se batían casi á diario las bandas de los Orsini y los Colonna, familias rivales, en eterna disputa por la posesión de la antigua urbe, majestuosa como un cementerio, casi despoblada, con más ruinas que edificios enteros. A veces los dos grupos rivales pactaban momentáneo acuerdo para imponer duras humillaciones á un tercer contendiente, que era el Papa. No había altura en el campo romano que no estuviese ocupada por un castillo de barón bandolero. Atravesar las cercanías de Roma en el siglo XIV para ver al Pontífice resultaba tan peligroso como ir hasta Jerusalén en busca del Santo Sepulcro. Los peregrinos eran asaltados y robados por las bandas feudales, quedando muchas veces prisioneros hasta que llegaba el rescate exigido por el señor.

Dentro de la capital del orbe cristiano se vivía como en una selva, entre emboscadas y astucias mortales, con las armas en la mano á todas horas y la casa bien cerrada. Los de un bando tenían su fortaleza en el castillo de San Angelo; los otros se habían atrincherado en el Capitolio.

Estas guerras interminables destruían los majestuosos recuerdos de la antigua civilización romana, con una barbarie mayor que la de las invasiones venidas del Norte. Los barones echaban abajo arcos de triunfo, termas, columnatas de los palacios de los Césares, para construirse torres y casas almenadas en las callejuelas de la Roma medieval. Los capiteles de marmórea hojarasca, las lápidas cubiertas de inscripciones, los fragmentos de estatuas, todo servía de sillares para estas fortalezas urbanas.

Aparecían los Papas ante el resto de la cristiandad como si viviesen en Roma, pero sólo estaban dentro de ella cortas temporadas, durante las grandes ceremonias que hacían necesaria su presencia, ó en momentos de tregua, cuando las dos facciones, por cansancio, deponían las armas. Consideraban más prudente instalarse en el castillo de alguno de sus sobrinos, que la influencia papal había convertido en gran señor, ó en pequeñas ciudades agradecidas al Santo Padre por la enorme muchedumbre de viajeros que atraían su presencia. Aún perduraba en Italia la separación entre güelfos y gibelinos, aceptando una parte del país con malicioso regocijo todos los infortunios que pudiera sufrir el Papa. Uno de los más enérgicos, al que suponían por su tenaz voluntad ser de remoto origen español, Bonifacio VIII, se veía insultado y hasta abofeteado en su propio castillo de Anagni á causa del abandono en que lo dejaron sus compatriotas.

Defendiendo los derechos de la Iglesia, emprendía una guerra tenaz contra Felipe el Hermoso, rey de Francia. En vano lo excomulgaba, atrayendo sobre su cabeza las iras del cielo. El monarca tenía á su lado como ministro un jurisconsulto de Tolosa, Guillermo de Nogaret, meridional que por su audacia aparece en la Historia como un precursor de Dantón y otros personajes de la Revolución francesa.

Nogaret tomaba la ofensiva, pasando á Italia como representante de su rey, y auxiliado por los Colonna, tenaces enemigos del Pontífice, asaltaba con sus bandas la ciudad de Anagni, sorprendiendo á Bonifacio VIII en su castillo. El pueblo encontró muy interesante ver al Santo Padre tratado como un soberano cualquiera, y favoreció con su indiferencia esta invasión del retiro papal. En vano el enérgico Pontífice pretendió intimidar á los invasores recibiéndolos con la tiara puesta y sus vestiduras de gran ceremonia. Nogaret, que era un «patarin», nieto de albigenses de Tolosa perseguidos cien años antes por la Inquisición papal, se dió el gusto de insultar á un Pontífice cara á cara. Uno de los Colonna, perseguido cruelmente por Bonifacio hasta el punto de verse esclavo de los corsarios mahometanos, lo abofeteó con su guantelete de acero.

Murió el Papa de cólera y vergüenza; su carácter enérgico no pudo sobrellevar tal humillación. Hubo que nombrarle sucesor en medio de la anarquía italiana, y los cardenales designaron á Beltrán de Got, prelado francés, arzobispo de Burdeos, el primero de los Papas de Aviñón.

--Antes de él, que tomó el nombre de Clemente V--dijo Borja--, habían existido otros Papas también de origen francés. Pero lo raro del caso fué que el arzobispo de Burdeos dependía del rey de Inglaterra, no del monarca de Francia. Usted sabrá indudablemente que Francia estaba dividida entonces y los ingleses ocupaban una parte considerable de su suelo, manteniendo la guerra llamada de los Cien Años. Esta guerra, que durante tres cuartos de siglo fué de un resultado incierto, sólo se decidió con la aparición é intervención de la extraordinaria Juana de Arco.

Borja fué describiendo á su acompañante la vida azarosa de este primer Papa, que nunca vivió en Roma. A su coronación, en Lyón, asistían los reyes de Francia, de Aragón y de Mallorca. Felipe el Hermoso y el duque de Bretaña llevaban las bridas del caballo papal. Tal era la concurrencia, que un muro viejo cargado de espectadores se derrumbó, matando al duque de Bretaña y á uno de los hermanos del Papa.

El audaz Nogaret procuró explotar la fuerza de la Iglesia en beneficio de su rey al ver establecido al Papa en una ciudad de Francia. Quería apoderarse de los bienes de los templarios, y para ello necesitaba el apoyo del Pontífice. Éste, no queriendo legitimar tal injusticia, huyó á su diócesis de Burdeos. Pero allí quedaba bajo el dominio del rey de Inglaterra, que procuró también explotar su presencia.

Clemente V, gravemente enfermo, tuvo que volver un año después á los Estados del rey de Francia, lo que le hizo ceder á las pretensiones de Nogaret, ansioso de remediar los apuros del erario real confiscando los tesoros de los templarios. Poseían éstos ricos establecimientos en Oriente y Occidente; eran los banqueros universales de pueblos y reyes. Al fin se vió obligado á autorizar la persecución y supresión de dicha orden, y para no vivir más tiempo bajo la influencia de Felipe y su consejero, pensó en el condado Venaissino, que pertenecía á la Iglesia desde un siglo antes por cesión de los condes de Tolosa, y en cuyo límite estaba la ciudad de Aviñón. Carpentras, capital del condado, era pequeña comparada con dicha ciudad junto al caudaloso y navegable Ródano, y fué á instalarse en un convento de dominicos, construído sobre una isla frente á Aviñón.

Este alojamiento lo consideraba circunstancial. Su deseo era volver á Roma; pero los desórdenes de la urbe cristiana, cada vez mayores, hacían imposible el viaje. Muy al contrario; los cardenales italianos que habían quedado allá vinieron poco á poco á establecerse en torno al Papa, considerando más tranquila y segura la vida en Aviñón. Muchos celebraron en estilo poético la suerte de que los Pontífices hubiesen heredado el condado Venaissino. De este modo «la barca de San Pedro podía amarrar tranquilamente, después de tantas tempestades, al abrigo de un peñasco sobre el Ródano».

Al morir Clemente V, los cardenales elegían al obispo de Aviñón, que tomó el nombre de Juan XXII. Éste continuó habitando como Papa su palacio episcopal, pero cada año se veía más lejana la posibilidad de que la Santa Sede pudiese volver á Roma, viviendo en ella tranquilamente. A partir del segundo Papa, empezaron las construcciones parciales que habían de formar más adelante el imponente conjunto del palacio de Aviñón. Dicho palacio tuvo que ser al mismo tiempo una fortaleza. Resultaba insegura la vida en aquellos siglos y los Papas no se veían á cubierto del peligro general. La guerra de los Cien Años tenía largas treguas que obligaban á licenciar las tropas mercenarias, costosas de mantener, y estas bandas de guerreros á sueldo, al verse sin ocupación, se dedicaban al bandidaje, saqueando poblaciones, exigiendo tributos á los pequeños soberanos.

Los mismos Papas que hacían una fortaleza de su vivienda levantaron alrededor de Aviñón sus hermosos baluartes, útiles para aquella época, graciosos ahora y de aspecto frágil como un juguete.

--El más célebre--continuó Borja--por su magnificencia fué Clemente VI, cuarto Papa de Aviñón, llamado por algunos «el trovador con tiara». Era un noble del Mediodía de Francia, que imponía respeto por su natural majestad y sus gustos de príncipe letrado. «Mis antecesores no supieron ser Papas», decía este gran señor.

Borja se imaginaba cómo debió ser el castillo en tiempos de Clemente VI. Ahora sólo quedaba la osamenta, la piedra enrojecida de sus fachadas y la piedra blanca de sus vastos salones, con sólo algunos fragmentos de pinturas que equivalían á piltrafas de la antigua carne, jugosa y multicolor.

Se había acostumbrado la mayor parte de la cristiandad á ver los Papas instalados junto al Ródano. Este retiro circunstancial adquiría cada año un carácter más estable. Los cardenales agrandaban los caserones de Aviñón que les ofrecía el Pontífice con el título de «libreas», convirtiéndolos en palacios suntuosos. La ciudad parecía nadar en oleadas de dinero.