Part 2
La esposa de Borja, criatura dulce, que sabía mantenerse á cierta distancia de su marido, como las hembras sumisas del tiempo de las Doce Tribus, se fué de la vida poco después de haber dado á luz á Claudio. El ingeniero no supo qué hacer de su hijo único. Lo dejó en Valencia, donde había muerto la madre; pero cuando el niño tuvo seis años le pareció que debía sacarlo de este ambiente de provincia, de la sociedad silenciosa de un sacerdote ocupado siempre en el examen de papeles antiguos y de sus amas de gobierno, piadosas mujeres que únicamente le enseñaban oraciones y milagros de santos. Además, en París le era más fácil verlo, por ser dicha capital el punto de intersección de sus continuos viajes.
Claudio pasó de la calle de Caballeros, en Valencia, vía antigua de silenciosos caserones, á un hotelito de Passy, cerca del Bosque de Boulogne, con un pequeño jardín, que él juzgaba admirable porque tenía una estatua blanca vestida de musgo y media docena de árboles con los troncos igualmente forrados de verde metálico destilando humedad.
En este hotel vivía un hermano de su madre, Salomón Toledo, tenido por todos los Toledo de los diversos puertos del Mediterráneo como el loco de la familia. Los ricos comerciantes, que se repartían los negocios entre ellos con una solidaridad de tribu rapaz, mostraban desprecio y temor ante este pariente satisfecho de no ser rico y que les hablaba altivamente, no obstante sus millones.
Se había movido la vida de Claudio Borja como un péndulo entre estos dos parientes que sirvieron de límites opuestos al campo de su infancia y su juventud: el canónigo de Valencia don Baltasar y su tío Salomón, el de París. Cuando vió á éste por primera vez, aún debía ser joven. Era alto, algo cargado de espaldas, con una cabeza de judío hermoso que hacía recordar la de Cristo en las pinturas religiosas: la nariz extremadamente aguileña, la tez de un moreno pálido, la barba rizosa en doble punta, las crenchas de su cabellera brillantes, onduladas, cayendo á ambos lados de su rostro.
El tío Salomón, vestido siempre de obscuro, lleva sobre los hombros una ligera capa de caspa, y en su traje brillaban con leve reflejo grasiento solapas, mangas y rodilleras. La casa ofrecía igual aspecto de abandono. Salomón leía tanto como el canónigo de Valencia. Sus habitaciones estaban inundadas por cataratas de libros que parecían derrumbarse de los estantes, sobre mesas y sillas. Una israelita entrada en años, siempre gimiente al acordarse del sol de Tánger en los días fríos de París, era su ama de gobierno, y respetaba el sagrado revoltijo de los libros, comunicándolo á muebles, ropas y demás objetos de la casa.
La vieja Sefora persistía aún, como imagen de firmes contornos, en la memoria de Claudio. Era seca de cuerpo, con la inaudita delgadez de las mujeres judías cuando se libran de la obesidad, y llevaba siempre un pañuelo multicolor anudado sobre su cabellera de rizos menudos y apretados en forma de pasas. Aventuras y violencias de la vida africana habían introducido indudablemente en su familia algo de sangre negra. Tenía la tez de cobre, como una mulata, y esto, unido á su extrema flacura, le daba cierto aspecto de bruja á medio tostar escapada de una hoguera de la Inquisición. Claudio recordaba especialmente las palmas de sus manos de color violeta, semejantes á las de ciertos animales trepadores.
Acostumbrada á larguísimos silencios con su estudioso amo, conoció de pronto el dulce placer de la charla, pasando horas y horas con el pequeño Claudio montado en sus rodillas, comunicándole todo lo que ella había podido aprender sobre el pasado del pueblo elegido de Dios, y más aún sobre su porvenir.
Había servido en su juventud á venerables rabinos de Marruecos, grandes talmudistas, conocedores del libro santo, fuera del cual nada existe digno de respeto. Uno de ellos la había recomendado á Salomón, y admiraba no menos á éste, aunque nunca se dignó mostrarle la más pequeña chispa de su sabiduría.
--Tu tío, _goy_, es cabalista. Estudia la cábala, que es la almendra del _Talmud_. Conoce el lenguaje de los seres que no se dejan ver.
Ella le llamaba siempre _goy_ (cristiano), y no obstante la religión del pequeño, se complacía en describirle el gran triunfo del pueblo de Israel, tal como lo relataba el _Talmud_.
Para Claudio, este libro valía tanto como _Las mil y una noches_. Su imaginación de niño melancólico le hacía desear incesantemente nuevos relatos maravillosos que le alejasen por unas horas de la realidad.
Era un hambriento de cuentos, incapaz de hartura. En casa del canónigo, apenas veía al ama de gobierno sentada y haciendo calceta, ponía los codos en sus rodillas pidiendo que le relatase una vida de santo, con muchos martirios horribles aplicados por los paganos, muchas apariciones del demonio, muchos gemidos de almas en pena. En París no se cansaba de rogar á Sefora que le relatase los prodigios y las enormes fiestas de la llegada del Mesías, con la victoria final del pueblo de Dios.
Su precocidad no había dejado pasar inadvertida cierta sonrisa de conmiseración de su tío al sorprender á la vieja criada relatando estos cuentos maravillosos del _Talmud_. Luego, siendo ya hombre, se había explicado tal sonrisa. Existían dos _Talmuds_, y el más famoso, el llamado de Babilonia, era una recopilación popular, en la que habían colaborado todas las clases de la raza hebrea durante el segundo siglo del cristianismo.
Hombres eminentes, como Hillel, Akiba y otros rabinos célebres, depositaban en dicho libro pensamientos de sublime dulzura evangélica. El pueblo había incluído extravagancias y supersticiones entre sus anhelos de gloria y de triunfo. Siempre acosados y humillados, soñaban estos eternos perseguidos con los desquites de la venganza y del poder, consignándolos en las páginas del _Talmud_ entre las exageraciones de una imaginación oriental.
Claudio lamentaba que las historias de Sefora fuesen actualmente para él simples cuentos de vieja. ¡Ay, quién pudiera contárselas otra vez!... Deseaba verse siempre niño y olvidar los relatos maravillosos del día anterior para oirlos de nuevo con reforzada virginidad.
Sefora le describía á Jehovah teniendo á ambos lados sus dos animales favoritos: un cuervo y un león. Las dimensiones de este cuervo era fácil imaginarlas. Un sapo del tamaño de un pueblo de sesenta casas se veía sorbido con toda facilidad por una serpiente. Luego, el cuervo, de un solo picotazo se tragaba á ambos animales.
Cuando el león no estaba al lado del Señor, vivía en la selva de Elai, y no había nada, ni aun la misma voz de Jehovah, que pudiera compararse con su rugido. Un emperador de Roma, deseoso de conocer á este animal extraordinario, exigía á los rabinos, bajo pena de muerte, que lo trajesen á su presencia. El rabino Josuá iba á buscarlo en la mencionada selva para conducirlo á Roma. Cuando estaban á cuatrocientas millas, el león lanzó un rugido, uno nada más, pero de tal potencia, que todas las mujeres encintas abortaron y los muros de Roma se vinieron abajo. A trescientas millas volvió á rugir, y de tal modo conmovió la atmósfera, que á todos los romanos se les partieron los dientes, y el emperador cayó rodando de su trono, pidiendo á gritos que se llevasen otra vez la bestia á su guarida.
El gran placer de Jehovah era estudiar el _Talmud_ en compañía de los ángeles, y durante sus descansos llamaba á Leviatán, rey de las bestias del mar, para entretenerse jugueteando con él. Sólo la sabiduría de famosos rabinos había podido apreciar las dimensiones de dicho animal. Temiendo el Señor que se reprodujese, lo había castrado, dando muerte á la hembra y guardándola en conserva para el banquete del pueblo elegido.
Un día que el rabino Sifra viajaba por el mar, vió un pez enorme, cuya cabeza, adornada con cuernos, ostentaba en la frente este rótulo: «Soy la criatura más pequeña del Océano». No obstante tal afirmación, el rabino se dió cuenta de que medía unas trescientas leguas de largo. En esto apareció Leviatán y se tragó el inmenso animal como si fuese un gusano.
Su mirada es de un brillo irresistible, cada una de sus pupilas contiene trescientos toneles de aceite, y de él se ha dicho «sus ojos son los ventanales de la mañana». Muchas veces, los navegantes, al ver su dorso cubierto de arena, sobre la cual crecen cañaverales y árboles, lo tomaron por una isla, saltando á ella para guisar su comida; pero la bestia, al sentir el calor del fogón, se agitaba, enviando por el aire hombres, leños y calderos.
--Cuando venga el Mesías, _goy_--continuaba la vieja--, los judíos dominarán á todos los pueblos de la tierra. Su victoria resultará tan enorme, que serán precisos siete años para quemar las armas de los vencidos. Todas las riquezas del mundo vendrán á manos de los nuestros, y el tesoro del rey-Mesías será tan grande, que se necesitarán trescientas bestias de carga para llevar solamente las llaves de sus millones de arcas repletas de dinero.
Recibiría el israelita más humilde dos mil ochocientos esclavos; pero finalmente, todos los pueblos, después de su enorme derrota, abrirían los ojos, pidiendo la circuncisión y la túnica de los prosélitos, quedando el mundo entero poblado de judíos.
--Entonces, _goy_, la tierra producirá sin trabajo tortas con miel, vestidos de lana y un trigo tan hermoso, que cada uno de sus granos será tan gordo como los dos riñones del buey más grande.
Tras estos relatos del _Talmud_, producto del orgullo delirante y la sed de dominación de un pueblo atropellado durante siglos y siglos, la vieja describía el banquete de la humanidad entera para celebrar el triunfo del Mesías.
Este banquete de miles de millones de convidados se compondría de tres platos: pescado, carne y ave. El pez servido sería el famoso Leviatán. El ángel Gabriel lo pescaría clavándole un arpón en la nariz. Además, el cuerpo de su hembra estaba guardado y salado desde el principio de la creación para dicho festín.
El segundo plato lo proporcionaría Behemot, «el buey de las selvas», antiguo como el mundo, que á pesar de su ancianidad se mantiene tierno como un novillo. Todos los días devora la hierba de mil montañas, y este pasto se renueva durante la noche. Los buenos creyentes, para afirmar algo grave, juraban por «su parte del buey Behemot»; tal era su convicción de que no les faltaría un pedazo de su rica carne el día del gran banquete.
Como tercero y último plato, iba á ser servido un gallo silvestre, que, según la descripción hecha por las _Aggadas_ ó «Relatos» del _Talmud_, apoya sus patas en la tierra, mientras su cresta se pierde en las nubes.
Una vez lo vió el rabino Chanina, desde un navío, en alta mar. Sólo estaba hundido en el agua un poco más arriba de los espolones y su cabeza tocaba el cielo. Esto les hizo creer que el ave gigantesca se hallaba sobre un promontorio submarino, lo que permitiría á los viajeros aprovechar tal ocasión de bañarse sin peligro; pero una voz celeste avisó al rabino que el hacha de un carpintero había caído allí mismo siete años antes y aún no había llegado al fondo. Uno de sus huevos, al desprenderse del nido, hizo pedazos trescientos cedros gigantescos, y su yema inundó y destruyó sesenta pueblos. Cuando se le ocurre abrir sus alas, eclipsa con ellas el sol.
Antes de dar muerte á las tres bestias, el Señor las haría pelearse, para regocijo de los miles de millones de convidados. El combate de una ballena, un toro y un gallo no es espectáculo que puede verse con frecuencia.
El pan, sostén de la vida, figuraría igualmente en el gran festín de los elegidos. Las cumbres de las montañas iban á producir un trigo extraordinario, siendo cada uno de sus granos tan grande como una pareja de bueyes. Dios enviaría un viento para que separase la paja del grano, triturando éste como una muela, y sobre las laderas se esparciría, lo mismo que la nieve, la más pura de las harinas. En cuanto al vino, todos lo tendrían con profusión, tinto, clarete y blanco. Cada tonel iba á ser del tamaño de un navío, y para los postres crearía Jehovah peras y manzanas tan grandes como una medida capaz de contener setecientos veinte huevos.
Borja reconocía la influencia de Sefora en su formación interior. Tal vez debía también á su madre dicha predisposición á lo extraordinario y lo maravilloso. Ésta había atravesado la vida como pálida imagen, guardando secreto su desorden imaginativo, mientras su hermano Salomón podía expansionarlo en las lecturas de la llamada ciencia cabalística.
Durante los últimos años de su padre, Claudio volvió á España para hacer sus estudios cerca del canónigo Figueras. El ingeniero quería que su hijo fuese español y se educase en su país; luego, al ser hombre, lo enviaría á correr el mundo. Cuando quedó huérfano y hubo terminado su bachillerato, se trasladó á Madrid, cerca de su tutor Bustamante.
Como no sentía predilección por ninguna carrera y empezaba á escribir versos, dicho señor lo envió á la Universidad para que fuese abogado. En España, todo el que no sabe á qué dedicarse y muestra aficiones literarias debe hacerse abogado. Nadie puede explicar esto, pero así es.
A los veintitrés años fué Claudio licenciado en Derecho y fingió ejercitarse en las prácticas forenses como agregado al bufete del señor Bustamante. El ilustre jurisconsulto, que tenía pleitos valiosos gracias á sus influencias de antiguo ministro, nunca encontraba á Borja en su despacho; sólo lo veía en su propia casa como invitado á alguna de las comidas dadas por él en honor de personajes hispanoamericanos.
Olvidó el joven la jurisprudencia apenas terminados sus estudios universitarios, los cuales representaban para él varios años de labor monótona y desesperante. Vivía ahora dedicado á la lectura; buscaba la amistad con escritores profesionales, preocupándose únicamente del libro y del teatro; mas en la satisfacción de tales aficiones se mostraba un tanto arisco y con tendencias á la soledad. Cuando algunos escritores jóvenes, de vida menesterosa, necesitaban pedirle auxilio, tardaban á veces muchos días en dar con él. Se alejaba de Madrid para pasar varias semanas en capitales de provincia, donde no conocía á nadie. Buscaba el rancio encanto de sus callejas solitarias, con vetustos y majestuosos caserones; pasaba las horas en su catedral silenciosa, entre mendigos deformes y sucios, como los antiguos leprosos, que venían á ocupar el mismo sitio durante veinte ó treinta años junto á su portada. La cancela de ésta, al abrirse chirriando, lanzaba en la plazoleta desierta una bocanada húmeda con rumores de órgano, olor de incienso y graves cantos del capítulo reunido en el coro.
Reconocía Borja en su interior dos personalidades completamente separadas: la que todos veían y otra que sólo él podía definir. En ciertas tertulias de café, donde se hablaba á gritos de literatura y de política, lo consideraban un «muchacho simpático», de vida independiente y gran talento. Sus versos no estorbaban á los otros poetas ni podían excitar envidias. Además, por ser rico, representaba un auxilio seguro en momentos de penuria. En casa de Bustamante era, para los amigos del hombre ilustre, el futuro marido de Estelita.
Algunas madres de familia le trataban con previsora amabilidad, por si algún día, cambiando el rumbo de sus afectos, dejaba para otro mortal la dicha de ser yerno de don Arístides y volvía su predilección hacia alguna de sus propias hijas. Todas las señoritas de este pequeño mundo lo consideraban «muy distinguido» y de aspecto interesante.
Era pálido, de un rubio apagado. Sus ojos algo redondos y de distraída fijeza tenían un brillo mate y amarillento semejante al del ámbar. No obstante su bigotillo recortado á estilo británico, muchos reconocían en él cierta semejanza con algunos de los personajes pintados en el _Entierro del conde de Orgaz_. Su cabeza recordaba numerosos retratos hechos por el Greco. La herencia física de su madre había dado á este tipo moreno de hombre de Levante cierta gracia oriental, enfermiza y afinada, reflejo tal vez de su vida interior, profundamente imaginativa.
Borja no revelaba á nadie la creación incesante de episodios fantásticos que embellecía su existencia interna. Ya no tenía quien le relatase cuentos, como en su niñez; pero ahora se los contaba á sí mismo, fabricándolos nuevos, con el vigor de una fantasía incansable. Todo cuanto le rodeaba parecíale mediocre é indigno de él. Quería libertarse de tal esclavitud, y para ello se echaba á volar por todos los cielos falsos y seductores que la humanidad inventó con el deseo de hermosear la vida. Sentíase enamorado de personajes que nunca habían existido ó de los cuales no quedaba en el mundo la más mínima partícula original, tan remotos eran.
Los seres irreales, los que habían nacido de la imaginación humana, le atraían con preferencia á los personajes históricos, revestidos de materia. Durante mucho tiempo estuvo enamorado de Helena, por lo mismo que dudaba de que hubiese existido. La creía nacida de la imaginación de Homero ó de los poetas errantes que habían inventado la obra homérica. Y lo que más le encantaba de esta mujer casi irreal era que, sin haber nacido tal vez nunca, vivía miles y miles de años, hasta llegar á nuestra época, donde otro gran poeta, Gœthe, la acoplaba con Fausto, un imaginativo de anhelos insaciables y sobrehumanos, con el cual se reconocía Borja cierto parentesco.
Luego, ascendiendo en sus deseos imaginativos incapaces de hartura, como todo lo que se despega de la realidad, amó mentalmente á Venus, la más alta y compleja de las manifestaciones de la belleza.
Nunca había visto la antigüedad clásica como los otros hombres, serena, majestuosa, alegre, con una sonrisa extrahumana. A él le placía lo atormentado, los rudos contrastes, una concepción romántica de belleza y fealdad, de alegría y dolor. Sólo aceptaba los dioses clásicos, los de los primeros siglos de civilización mediterránea, cuando podía verlos deformados á través del cristal de la Edad Media. El Olimpo era más bello en plena noche, cuando el diablo tomaba asiento entre los antiguos dioses, bajo una luz humosa de cirios cristianos. El viejo Pan, con sus jocundas tropas de faunos, sólo empezaba á interesarle á partir del momento en que la superstición lo convertía en Satanás seguido de legiones de trasgos, y las antiguas bacanales campestres se transformaban en el impío aquelarre del sábado.
El dulce Virgilio de las _Geórgicas_ era durante la Edad Media un hechicero, un mago que fabricaba amuletos para librar á Nápoles de las moscas, obrando otros prodigios que siglos después hubieran resultado suficientes para hacer morir á un hombre entre llamas.
La Venus adorada por Borja no era la de los pintores clásicos, desnuda sobre las espumas mediterráneas, ó sentada en nubes blancas y duras como el mármol, bajo incesante lluvia de flores. Era la Venus que había conocido el poeta Tannhäuser, la que vivía durante la Edad Media en grutas de rosada luz ó en ásperas montañas como el Venusberg, atrayendo á los hombres con la tentación de su carne inmortal, representando la voluptuosidad y el pecado en medio de repiques de campanas, cantos graves de procesiones y la marcha convergente de ejércitos de peregrinos hacia Roma para implorar el perdón de sus culpas.
Esta Venus no se mostraba desnuda, y por debajo de su túnica griega asomaba un pie en forma de garra, tres uñas corvas con uniones membranescas, una extremidad semejante á las patas de las aves de presa, revelación de su origen infernal. Su cortejo de ninfas era en realidad una banda de brujas con músicas y cantos de aquelarre. Sistros y liras los reemplazaban con castañuelas y panderetas, instrumentos de sabático regocijo. Ciertos padres de la Iglesia no podían leer ni balbucir el nombre de Venus sin que un estremecimiento de horror los agitase de la cabeza á los pies.
Esta Venus medieval era doble. Una segunda persona se había encarnado en su belleza. Los rabinos, enterados de lo que ocurrió en el Paraíso, conocían la existencia de una mujer temible, cuya vida ha de durar tanto como el mundo. Esa mujer es Lilit.
Cuando Adán se apartó de Eva después del pecado, Lilit cohabitó con él, dando nacimiento sus cópulas malditas á todos los espíritus diabólicos, lemures, larvas y fantasmas que pueblan la tierra. Miles de años después, la inmortal Lilit fué una de las esposas favoritas del rey Salomón.
Durante largos siglos imperó sobre el mundo como gran princesa de los súcubos. Era ella la que tentaba con nacaradas desnudeces á los ascetas en sus pobres chozas del desierto; ella la que perturbaba con lúbricas pesadillas el sueño de los monjes castos; la que daba rumor de música voluptuosa al viento que sopla en las cumbres desiertas; la que ponía una ninfa de carne marfileña y velos verdes en cada fuente, una dama blanca peinándose las guedejas de oro en cada torre encantada, un gentilhombre de capa roja, penacho enhiesto y patas de macho cabrío en todo camino de la selva, para presentarse al viandante con una pluma y un pergamino en sus manos, ofreciendo amor, gloria y riqueza á cambio de una firma.
El poema dramático de Wágner, resumen de diversas leyendas nórdicas, era para Borja el alma de la Edad Media circunscrita en palabras. Nada faltaba en él: los trovadores, hambrientos de belleza, sin la cual la vida no vale la pena de ser vivida; las muchedumbres de peregrinos ansiosos de lavarse del pecado afluyendo á Roma desde los cuatro puntos del horizonte; Tannhäuser, el eterno descontento, suspirando por lo que no tiene y olvidándolo cuando lo consigue, para solicitar de nuevo lo que abandonó; Venus, la tentación, la voluptuosidad, el pecado; y el Santo Padre, sucesor omnipotente de los antiguos Césares, indignándose al saber que un mortal ha sido compañero de lecho de la terrible Lilit, reina de las abominaciones, negándose á absolver al réprobo, colocándolo con su interdicción por encima de todos los hombres, haciendo de él un ser excepcional de grandiosa y lóbrega majestad, tétricamente hermoso como el ángel caído.
¡Ay!... Borja admiraba al cantor errante, envidiando su felicidad maldita. Era un enamorado sin esperanza de Venus Lilit, que ya no se digna mostrarse á los simples mortales.
II
La viuda del «rey de los campos»
Mientras Borja condensaba en un instante toda su vida anterior, tenía los ojos fijos en la dama argentina.
Había admirado su belleza al conocerla en casa de Bustamante, pero aquí en el hotel la veía de más cerca, sin las joyas y adornos, que aquella noche daban á su hermosura un brillo deslumbrador. Recordaba aún cierto collar de diamantes que había excitado la admiración y la envidia de las otras mujeres. Ahora sólo llevaba uno de perlas, de fulgor discreto, sobre su carne que parecía tener la misma transparencia láctea. Su vestido de elegante sencillez era el único que había guardado su doncella en la maleta del automóvil, para que la señora pudiese bajar al comedor cuando pernoctaban en un hotel. Se adivinaba en toda su persona el tocado rápido de una viajera que ha llegado al caer la tarde y después del baño se acicala á toda prisa para ser vista únicamente por los otros compañeros de hospedaje y reanudar la marcha á la mañana siguiente. Olía á carne fresca recién sumergida, á jabón, á rápidas vaporizaciones de perfumes.
Claudio fué detallando con los ojos su hermosura, para explicarse la fuerza atractiva que parecía rodearla, como una aureola. Lo que inmediatamente llamaba la atención era la blancura de su tez, que hacía recordar la de la perla, la del marfil, la de todas las materias albas y luminosas que poseen un suave brillo interior. Nunca la había alterado con pinturas. Dedicaba indudablemente al mantenimiento de su belleza horas enteras, pero dicho trabajo lo disimulaba con discreta habilidad; sólo un poco de rojo en los labios, una ligerísima aureola azul en torno á los párpados, una sutil línea negra en sus comisuras.