El misterio de un hombre pequeñito: novela

Part 9

Chapter 93,682 wordsPublic domain

Según adelantaba la comida, la conversación iba generalizándose y cobrando mayores vivacidad y regocijo. Los vapores sinceros del vino desnudaban los caracteres que florecían en atrevimientos y expresiones nuevas. La señora de Fernández Parreño, admirada del fértil y ameno ingenio de su esposo, reía sus donaires con una complacencia parecida á un orto de amor; doña Virtudes, ocupada siempre en corregir con fulminantes miradas los dichetes de sus hijas, no disponía de la ecuanimidad necesaria para rendirse al buen humor, y conservaba, dentro de la más impecable corrección, una actitud fiscal; María Jacinta y Flora, charlaban aparte; las hijas del médico, doña Evarista y la señora de Martínez, conversaban con gran alborozo y todas á un tiempo.

Servían el café, cuando llegaron Epifanio y Romualdo, muy currutacos, oliendo á esencias y con las solapas florecidas. Los dos eran jóvenes, delgados y de gentil presencia; usaban bigote y llevaban sombreros redondos de paja. Epifanio lucía un «completo» gris y una corbata encarnada; Romualdo vestía un traje azul marino con rayitas blancas y zapatos de piel de Rusia. Su aparición fué aplaudida y señaló el momento de dejar la mesa. Todos se levantaron; el baile iba á empezar. Cuatro músicos, sentados en un ángulo del patio, junto á la enredadera, preludiaron una mazurka. El fragor con que las sillas eran arrastradas de un lugar á otro ahogaron aquellos primeros compases. Los circunstantes iban sentándose en semicírculo y según su gusto: unos, al aire libre, entre la humedad fragante de las macetas; otros, en la galería, donde era más áspera la claridad. Y de nuevo, exasperados, enloquecidos, por la greguería de la música y de tantas voces, los jilgueros y los canarios rompieron á cantar.

Muy sensible al calor don Ignacio había resuelto ponerse en mangas de camisa. Pequeño, redondo, el rostro sudoroso, el pestorejo ancho y peludo, las piernas cortas, pero gruesas como las de Atlante, el señor Martínez dió dos recias palmadas. Sus manos cortas, cubiertas de negro vello hasta las uñas, sonaron como tablas.

--¡Señores, á bailar!...

¡Oh, y qué blandas, qué suaves, acariciadoras y alcahuetas, vibraron aquellas palabras!... Fué un soplo de paganía, un estremecimiento sabático. Epifanio ofreció su brazo á Raimunda; Romualdo dió el suyo á Micaela. La joven se levantó, el rostro bañado en felicidad y alisándose con ambas manos los cabellos. Al dejar la silla, sus caderas tuvieron un vaivén voluptuoso. Doña Virtudes la llamó y en voz muy baja, sibilante...

--Estás fuera de ti; haz el favor de comportarte decentemente...

Micaela se encogió de hombros.

--Por Dios, mamá...

Fernández Parreño quiso danzar con doña Evarista, quien se excusó finamente cimentando en su edad su negativa, y el médico invitó á Flora. Don Ignacio, contento y ágil como un muchacho, bailaba á María Jacinta; y, á pesar de su corcova, don Artemio brindó galantemente su brazo á doña Fabiana.

La corrección de don Elías y su juvenil esmero en acicalarse, impresionaron al veterinario. ¿No iba don Elías demasiado currutaco para sus años? ¡Y luego, aquella flor roja que adornaba su ojal!...

--¡A rocin viejo, cabezadas nuevas!--gritó Martínez.

Antoñita dormía acurrucada en un sillón. Doña Virtudes, doña Presentación, Anita y don Niceto, que no sabía bailar, se sentaron en grupo. Para oirse necesitaban hablar á gritos; al fin, ensordecidos por la música y el canto, cada vez más rabioso, de los pájaros, decidieron callar. Unas en pos de otras, las parejas danzantes voltijeaban infatigables, y bajo la generosidad lechosa de las luces, se multiplicaban sus perfiles. Según el trozo de patio que sirviese de fondo á las figuras, éstas perdían ó ganaban en nitidez: así, sobre las iluminadas paredes de la galería, los cuerpos de María Jacinta y de Micaela, vestidas de blanco, se emborronaban, mientras los negros cabellos de la señora de Martínez exaltaban la solemnidad de su ébano; y, por el contrario, ante la oscuridad de la hiedra, los trajes claros y los semblantes se recortaban intensamente, en tanto las cabelleras se desvanecían. La exactitud de tales contrastes podía seguirse mejor atisbando las evoluciones de Epifanio y de Romualdo: el gerente de _La Honradez_, vestido de azul, era el bailarín de la luz y de los muros encalados; Epifanio, en cambio, por lo mismo que palidecía bajo las lamparillas eléctricas, dentro de su terno gris, medraba notablemente en la penumbra de la hiedra.

A las once tocaba la fiesta á su apogeo. Habían llegado doña Quintina, una jamona, alegre y apretada de carnes, á quien don Artemio no podía mirar sin que se le encandilasen los ojos; y Luis Olmedilla, el prometido de Anita, á cuya sola presencia los labios hasta allí amustiados de la moza, recobraron su locuacidad y encendido color.

En Luis Olmedilla, bien plantado, desocupado y alegre, todas las muchachas de Puertopomares, cuál más, cuál menos, había pensado alguna vez. Socapa de estudiar Derecho vivió en Madrid varios años, y allí aprendió á tocar la guitarra y otras majezas. Aunque pobre, sus costumbres holgazanas y su mediana ilustración le separaban del bajo pueblo, en cuyo trato y comercio, no obstante, se complacía. Era faldero y amigo de trifulcas. La influencia del juez, su hermano, tras salvarle de quintas, había agravado sus fueros de perdonavidas. Desde que ahorcó los libros, vivía en la fonda del Toro Blanco y á expensas de don Valentín, y sin mejor ocupación que retozarle las criadas y beberle los mejores caldos de la bodega. Con estos y otros no menos arlequinescos pormenores que de él se contaban, las mujeres, enemigas inconscientes de la moral, se perecían por gustarle, y ello estimulaba la pasión en que la menor de las hijas del médico se derretía.

Al terminar el vals, don Artemio invitó á Olmedilla á pulsar la guitarra; aceptó en seguida el mozo, que rabiaba por coquetear y lucirse, y apenas vibró la suave pesadumbre de las primeras coplas, cuando Martínez, que con las frecuentes libaciones sentíase enternecido y más enamorado de su mujer que de costumbre, determinó obsequiar á sus invitados con unas botellas de _champagne_.

A media noche los ojos de doña Presentación y de doña Virtudes empezaron á cerrarse de sueño, pero las muchachas tenían los suyos por momentos más pajareros y luminosos. La danza pedía vino, y el vino, danza; multiplicábanse las conversaciones y las risas; los hombres hablaban á gritos y rivalizaban en decir donaires. Salieron á colación varios cuentos: don Elías refirió uno, otro don Artemio, y Luis Olmedilla empezó una historia de tan sutil y quebradiza moralidad, que María Jacinta, Flora y las señoritas de Fernández Parreño, comprendiéronse obligadas á taparse los oídos. Doña Evarista acudió en socorro de las escandalizadas doncellas.

--Luis, las atrocidades están prohibidas; hay demasiada gente...

--Pues, por eso, porque hay mucha gente, tienen mis ligerezas menos gravedad.

--¡Al contrario! Particularmente, cualquiera de nosotras oiría eso... y más. En público, no. La vergüenza femenina es un fenómeno de conjunto que sólo se produce con la aparición de una «tercera persona». Como en el Paraiso, exactamente...

Don Elías propuso un juego de prendas, pero su opinión fué rechazada. La juventud prefería bailar. Las mejillas cubiertas de mador de las muchachas ofrecían una tersura brillante y nacarina. Las hijas de Fernández Parreño, hermosas y encendidas, estaban como lujuriantes amapolas. Los rostros de Flora y de las señoritas de Castro, también ardían, y aquel aborrachado color mejoraba su belleza. En los breves instantes de silencio que dejaban las conversaciones, vibraba el nervioso abrir y cerrar de los abanicos. Hasta las ojeras profundas y los labios viciosos de María Jacinta tenían arreboles de salud.

Los músicos requerían de nuevo sus instrumentos, y Anita, que llevaba agilidades de pájaro en los pies, pidió á voces un vals. La mayoría protestó: deseaban algo más lento, más sensual...

Doña Fabiana llamó la atención de su marido.

--Me parece que ha sonado el aldabón de la puerta de la calle.

Martínez hizo un gesto de duda.

--¿A estas horas? No es probable.

Fernández Parreño ratificó lo dicho por la señora de Martínez: él también estaba cierto de que habían llamado. Don Ignacio se encogió de hombros.

--Quien sea--dijo--puede entrar, porque la puerta quedó entornada.

Acababan de ser dichas estas palabras, cuando la puertecilla que relacionaba el patio con la cuadra se abrió lentamente y, sobre su oscuridad, apareció don Gil.

La llegada insólita del hombre pequeñito y astral, determinó en todas las mujeres idéntica emoción de frío. Miráronle con miedo, con rubor; con ese rubor que hay en las pupilas de las recién casadas. De emoción María Jacinta, la favorita de don Gil, quedóse lívida. Cesaron las risas. La entrada de un Sultán en su serrallo, no produciría otro efecto. Era el amo, el Deseo, que, de noche, se hacía hombre; el íncubo...

En medio de aquel silencio repentino, silencio de sorpresa, don Gil Tomás, el hombrecito color de paja, el hombrecito que no había reído nunca, avanzó insinuando un saludo amable...

X

Pilar y Maximina charlaban en voz queda mientras cosían á la luz de la lámpara. Pilar era regordetilla y tenía los cabellos negros, crespos y lustrosos, de las cíngaras; Maximina, por el contrario, era rubia, alta, pálida y señoril. Cuando momentos antes Pilar, un poco despeinada y con ojos de tristeza, penetró en la estancia, su compañera la interrogó:

--¿Ya se ha dormido?

--Sí.

--¡Pronto le llegó el sueño esta noche!...

--Afortunadamente...

Y ya no hablaron más del hombre pequeñito. Pusiéronse ambas á zurcir porque aquella faena, dando ocupación á sus manos, distraía de soslayo su pensamiento y con la distracción iba el alivio. Todas las prendas que repasaban pertenecían á don Gil: eran calcetinitos, calzoncillitos, camisitas, elásticas, de inverosímil parvedad. En el silencio nocturno, lejos, al otro lado de la Glorieta del Parque, resonaba acompasadamente el martillo del veterinario. Vibró la voz del sereno:

--¡Las once... y nublado!

--Las once ya--repitió Pilar.

--Pues don Ignacio trabaja todavía.

--Sin duda por ser mañana jueves, día de feria.

--Es verdad.

Hablaron de las faenas menudas de la casa.

--¿Quién va á lavar esta semana?--preguntó Maximina.

--Me corresponde lavar á mí.

--¿Hay jabón?

--Me parece que no.

Se interrumpieron para contar las once campanadas del reloj del comedor; latían límpidas, argentinas, debilitadas por la distancia.

--El amo ha dicho que quiere almorzar mañana paella--continuó Maximina.

--Bueno: sacrificaremos el pollo blanco; es el más grande y el más peleador; á sus hermanos no los deja vivir.

Fuera de la casa susurraba un rumor pertinaz de marea, una inquietud de agua corriente, producida por el viento entre los árboles.

--Mañana tendremos mal tiempo--observó Pilar.

--Creo lo mismo.

Callaron las dos azafatas y á la vez levantaron la cabeza, y sus miradas quedaron fijas en un punto del muro. Inmediatamente sus ojos se buscaron.

--¿Has visto?

--Sí.

Examinaron la lámpara.

--¿Habrá sido un temblequeo de la luz?

--No, sé.

Era un vapor tenue, una especie de mancha amarilla levísima, la que un segundo--sólo un segundo--imaginaron ver resbalar por la blancura de la pared. Las pestañas, en el abrir y cerrar automático de los párpados, suelen echar sobre las pupilas una sombra así. Lo extraño, lo alarmante, fué que, simultáneamente, idéntico fenómeno se hubiese producido en las dos.

Maximina, con un movimiento nervioso, tiró su costura al suelo, como disponiéndose á huir.

--Tengo miedo--dijo--; eso es el amo, que se ha marchado.

A Pilar, las manos, de terror, se la habían puesto frías y blancas.

--¿Dices que es el amo?

--Estoy segura. Vé á ver.

--¿A dónde quieres que vaya?

--A su cuarto.

--Yo, no me atrevo.

Maximina, cuyo miedo, por instantes, se convertía en curiosidad y valor, se levantó.

--Vamos las dos.

Cogió á su compañera de un brazo, queriendo llevarla consigo. Pilar la rechazó fácilmente; su pánico habíase trocado en fuerza hercúlea.

--¡Yo, no voy... yo no me muevo de aquí!

Levantaba la voz como si, verdaderamente, se hubiesen quedado solas. Por nada se atrevería á penetrar en el dormitorio de don Gil. Maximina la miró con odio y desdén:

--¡Cobarde!... Iré yo sola.

Dirigióse hacia la habitación del enano, que estaba contigua, empujó suavemente la puerta y, sin entrar, miró. La cabeza, grande y amarilla, de don Gil, reposaba sobre las almohadas.

Pilar, reanimada por el bizarro ejemplo de su compañera, la había seguido. Preguntó:

--¿Está?...

Maximina volvió á cerrar la puerta y, muy pálida, se retiraba de puntillas.

--Sí... está...--balbuceó.

Hizo un gesto y bajando mucho la voz:

--Como estar... ¡sí que está!... Y, sin embargo, no está. ¿Tú comprendes?...

XI

La ociosidad y regocijo del vecindario puertopomarense tenían, aparte el pequeño festival organizado en la plaza, todos los domingos, á la hora de misa mayor, cuatro manifestaciones principales: el Casino, la Fonda del Toro Blanco, el café de la Amistad, vulgarmente llamado «de la Coja», por serlo su dueña, y la estación del ferrocarril. De estos lugares, los tres primeros pertenecían exclusivamente al elemento masculino; allí se congregaba para hablar de toros, de sementeras y de política; jugar al dominó ó echar un rato á carambolas. Como fatigado de la calle, el hombre, si intenta divertirse, necesita hallarse sentado y entre paredes. En cambio, la mujer, que vive recluída y en perpetua inquietud de ensueño, prefiere caminar, sentir el aletazo de las cosas que violentamente llegan y huyen, y se va á la estación.

El Casino era el lugar predilecto de lo más conspicuo y benemérito de la población; lo que constituía la nata, penacho ó cogollo de la mejor sociedad, acudía allí. El patio de la Fonda del Toro Blanco, gracias á las cortesanas marrullerías y buen unto de don Valentín, era visitado también por la gente de pro, pero señalaba, dentro de la distinción, un matiz más familiar, menos etiquetero y mirlado. Siempre que las personas de viso sentían la pereza de vestirse con toda pulcritud; cuando don Elías, por ejemplo, estaba con los pies doloridos de andar y sin ánimos para calzarse las botas nuevas; ó don Artemio se había ensuciado los puños de la camisa con el mortero y no tenía ganas de mudárselos; ó don Juan Manuel Rubio, gordo y comodón, no quería aplicarse el tormento de un cuello almidonado, iban á la fonda de Olmedilla. La concurrencia, de consiguiente, era selecta, pero mostraba en su indumentaria y actitudes cierto desaliño familiar. Se hablaba más alto y las discusiones adquirían fragosidades tempestuosas; el individuo que en el Casino le hubiese pedido á Teodoro te ó café, en el Toro Blanco, bajo el lozano dosel de la parra que cubría el patio, bebía aguardiente; los jugadores de dominó porraceaban con bullicioso ímpetu el mármol de las mesas, y á nadie le parecía mal; allí los cuellos anchos, deshilachados y cubiertos de suarda, de don Niceto, no atraían la murmuración, y don Ignacio hubiera podido quedarse impunemente en mangas de camisa.

El café de la Amistad pertenecía al pueblo. Hallábase situado en el cruce de las calles Bajada de la Fuente y Amor de Dios. Era un local amplísimo, con suelo oscuro, de madera, y paredes blancas. Las luces tremaban suciamente en la turbieza de los espejos metidos en gasas. Varias columnas de hierro aguantaban la pesadumbre del techo, que un pintor, para darle apariencias celestes, revocó de azul y adornó con una lamentable bandada de golondrinas; el guión llevaba en el pico un ramo de vid. Había tres mesas de billar, que casi nunca estaban ociosas, y ocupaban el resto del salón numerosos veladores con pies de madera y piedra de mármol. El mostrador hallábase inmediato á la puerta que conducía al interior del establecimiento, y ante un elevado estante, bien repleto de botellas polícromas y exornado en su remate por un reloj de cuco.

En el café de la Amistad no había camareros; Rosario, la dueña, servía por su mano á su clientela, y ello significaba el mejor sostén ó razón del negocio. Era una rubia de veinticuatro años, desde el amanecer muy bien peinada, empolvada y compuesta, tetuda, ancha de omoplatos y con las restantes partes de su saludable persona tentadoramente apretadas y rollizas. Para mayor provocación, siendo niña habíase roto la pierna derecha á la altura de la rodilla, y como los huesos no se soldaron bien, aquella extremidad quedó más corta, lo que la constreñía, al caminar, á mover las nalgas de un modo que suspendía la atención de los hombres. Más de un jugador de dominó, por mirárselas, se distrajo y neciamente perdió la partida.

Entre los contertulios asiduos del café de la Coja, estaba Frasquito Miguel. Iba solo y á prima noche y procuraba instalarse cerca de la puerta, con la obsesión de embriagarse y de no llamar la atención al salir. El señor Frasquito se emborrachaba con aguardiente. «Me gustan--decía--las armas blancas...» De media en media hora pedía un vaso grande, que bebía á sorbos caudales y lentos, para que el deleite de su boca sedienta fuese mayor. Durante toda la velada, su figura cetrina, inmóvil, apoyada de codos en la mesa, perfilábase sobre la blancura de la pared. No hablaba, no sonreía, y si alguien le dirigía la palabra, replicaba con monosílabos. Entre tanto, sus mejillas iban congestionándose, desmayábase su labio inferior y sus ojos mortecinos miraban idiotizados á la concurrencia. Si le invitaban á jugar una partida de naipes, se excusaba moviendo la cabeza. No sentía la necesidad inteligente de comunicarse con nadie. Su placer, el placer que llenaba gozosamente el silencio de aquellas horas, era interior, reconcentrado, hermético. El señor Frasquito pensaba en la coja; por verla cojear, el busto inclinado como en una reverencia y las caderas en alto, iba allí. Admirándola tan carnosa, tan blanca, tan limpia, tan pechugona, pensaba en su coima, la fiera mujerona, cenceña, huesuda y desapacible, y aunque hacía tiempo no ponía en ella las manos, harto recordaba la aridez de su cuerpo triste, anquiseco y hombruno. «¡Si se pareciese á «la Coja!...»--pensaba. Luego, ya tarde, llamaba á Rosario; sin mirarla, con una especie de pudor amoroso, la preguntaba el importe de su gasto, pagaba y muy erguido, rígidas las piernas, mesurado el paso, como equilibrista que avanzase por una maroma, se dirigía hacia la puerta.

Toribio Paredes, el tonelero Eustasio García, Luis Olmedilla, que gustaba de alternar con la plebe, y otros individuos sobranceros y de sueltas costumbres, frecuentaban puntualmente el café de la Amistad sólo por complacer sus ojos en la hermosura de la dueña y, particularmente, en las opulencias que su cojera, acompasadamente y tan á gusto de todos, salpresaba y ponía de manifiesto. Este brusco vaivén exasperaba la voluptuosidad colectiva: Rosario hubiese dejado de ser coja, y, como por ensalmo, habrían disminuído sus ganancias; desde el punto de vista económico, aquel «buen pie», que otros industriales la envidiaban, era precisamente su pierna rota. De todo ello estaba bien convencida la hermosa mujer, y aunque tenía un don Cuyo, de quien parecía muy enamorada, fuese por interés ó por pinturería y femenil vanidad, ó por ambas causas, complacíase en recorrer la sala, yendo de mesa en mesa y repartiendo entre su clientela palabras de agasajo y estudiadas sonrisas.

Eran muchos los mozos, trabajadores de los tejares y gañanes, que se la comían con los ojos, y este represado apetito descubríase en el ardor con que, mientras la miraban, dentro de sus alpargatas los dedos de sus pies, desnudos, se retorcían. Toribio, especialmente, perecíase por ella, y tanto creció su afición, que necesitó echarla del pecho. Su hacienda, su mano de esposo, cuanto significaba y tenía, púsolo á merced de la adorada. Rosario le escuchó indulgente y con frases cordiales le desesperanzó y persuadió de la inutilidad de sus deseos: ella tenía á quién querer, y este amor grande, amor de muchos años, excluía de su corazón cualquier otro afecto. Llegaba tarde. Entre ambos, sin embargo, podía haber amistad, una buena amistad... y no era poco. El sincero acento de sus palabras convenció á Toribio: estaba bien; nunca más, aunque llegase á centenario, volvería á importunarla con sus ruegos. No obstante, bajo la vertical decisión de la voluntad, el deseo embravecido persistía inexorable. Por adueñarse de «la Coja», Toribio Paredes hubiese llegado al crimen: rendirla, estrujarla entre sus brazos durante una noche, y luego quedarse ciego, cubrirse de lepra ó entregar la garganta al verdugo... ¿qué importa?... El, nada decía; antes le hubieran hecho picadillo, que arrancarle del cuerpo otra frase alusiva al infierno de su corazón; pero cuando veía á Rosario, decolorábanse sus labios, apretaba los dientes, y sus orejas, repentinamente blanqueadas por la emoción del deseo, parecían adherirse al cráneo como las de las fieras cuando van á reñir.

Al Casino, por las mañanas, iba poca gente; algunos jugadores de billar y nada más. A mediodía llegaban los devotos del _vermouth_: don Elías, don Isidro, don Juan Manuel, don Ignacio... Por las tardes, especialmente desde las cuatro en adelante, la afluencia de socios acrecía, y los salones ecoicos temblaban con el alboroto de las tacadas y de las apuestas. De noche, la animación era aún mayor. Los contertulios se repartían: los más jóvenes, luchaban inclinados sobre las mesas de billar; otros, acudían á la sala de juego, ó fraccionados en grupos, se abandonaban á las sorpresas del dominó ó del tute.

Entre los concurrentes más tenaces estaba don Elías, quien diariamente, á lo largo de su vida, le disputaba á don Artemio Morón el campeonato del ajedrez. Tres años hacía que, todas las noches, aquel empeñado torneo se reanudaba: ni claudicaba el médico, ni el boticario se rendía: si Fernández Parreño perdía, don Artemio le invitaba á desquitarse; si, por el contrario, el vencido y deshecho era don Artemio, don Elías se apresuraba á desafiarle nuevamente y agasajarle así con la perspectiva de una victoria.

Esta tenacidad servía de argamasa ó basamento á una tertulia formada por el juez don Niceto Olmedilla, Romualdo Pérez, Epifanio Rodríguez y don Pepe Erato, uno de los vecinos más insignificantes y más buenos de la población. Don Juan Manuel, que adoraba las ásperas emociones del «treinta y cuarenta» llegaba después, y siempre, hubiese ganado ó perdido, su hablar cultipicaño, abundante y sobrado de amables paradojas, imprimía á la conversación rumboso incremento.

Don Ignacio Martínez, favorecido por don Dimas, el médico, don Isidro Peinado y otros, constituía reunión aparte: el veterinario era vanidosillo y celoso de su personalidad, y no quería sentarse á la mesa donde otros prestigios--los de don Juan Manuel y Fernández Parreño, verbigracia--pudiesen igualar el suyo cuando no oscurecerlo. Establecida esta separación y satisfecho de su independencia y hegemonía, Martínez ya no hallaba reparo en interpelar á sus amigos de otras tertulias con razones y dichetes, y obtener así para la suya algunas migajas de la alacridad que generalmente sobraba en la del diputado.

Varias figuras, comunes á la mayoría de las ciudades pequeñas, descollaban allí.