El misterio de un hombre pequeñito: novela

Part 8

Chapter 83,722 wordsPublic domain

--Esta tarde me lo dijeron.

Don Elías miró al espacio, aljofarado de estrellas parpadeantes.

--Como no llueva pronto, pero recio, una cantidad de agua que valga la pena, vamos á tener mucha miseria este año.

El recuerdo de sus obligaciones profesionales le arrancó un suspiro.

--Yo debía haber ido esta tarde á casa de la viuda de Guijosa; pero las niñas se empeñaron en que las trajese aquí...

--¿Cómo sigue doña Amelia?

--Peor, siempre peor; cada día más gorda, hasta que la grasa la ahogue. Morirá del corazón.

--Diga usted--interrumpió el farmacéutico--¿es cierto que no puede salir de la habitación donde está?

--Ciertísimo. Hace años, á raíz del fallecimiento de Guijosa, la pobre mujer se metió en su casa, y como las pesadumbres lo mismo se convierten en tejido adiposo que nos enflaquecen y dejan en los santos huesos, á ella el dolor la dió por engordar, y cuando á instancias mías determinó hacer un poco de ejercicio, tenía las nalgas y el vientre tan enormes, que ni de perfil cabía por las puertas. Actualmente mide cincuenta centímetros de cuello. ¡Un monstruo! El caso de doña Amelia á un extranjero le parecería inverosímil, pero á nosotros no debe asombrarnos: ya sabe usted que nuestras mujeres cifran la mitad de su virtud en las tres negaciones siguientes: no lavarse, no apretarse el corsé y no poner los pies en la calle.

La brusquedad de sus propias palabras enardeció á Fernández Parreño. El diálogo adquirió un sesgo social. Don Elías comenzó á perorar cálidamente contra el quietismo de la intelectualidad hispana y á buscar el origen de todos los males nacionales en el abandono de las escuelas. Nación donde la enseñanza no es obligatoria, nación perdida. Don Artemio hacía signos de asentimiento. El médico prosiguió:

--Aquí malgastamos la vida protestando, sin advertir que las costumbres no se destruyen con palabras bonitas. La semana anterior, por ejemplo, hubo en Salamanca una importante reunión «contra la blasfemia»: se pronunciaron discursos frondosos, se lucieron varios oradores, muchas señoras se darían el gustazo de estrenar sombrero, y al cabo todos salieron del mitin como fueron á él; es decir: convencidos de que no se debe blasfemar. Indudablemente esta es también la opinión de todos los carreteros de España, aunque jamás se les haya ocurrido protestar de su mala lengua. ¡Sí, ya lo saben! Ofender á los santos no está bien... Sin embargo, ¡no quiera usted oir lo que dirán por esos caminos apenas se les atasque el carro ó las mulas no tiren como deben!... Y es porque el hábito execrable de blasfemar y de emporcar nuestras conversaciones con palabras soeces, nace en la escuela. Las costumbres se corrigen implantando otras, no con bambollas retóricas; la destrucción es buena á condición de edificar inmediatamente, porque la Naturaleza tiene horror al vacío; y tales evoluciones sólo se obtienen con el favor del tiempo y dragando en los estratos más arcanos del alma nacional.

Muy satisfecho de la callada atención del boticario, Fernández Parreño continuó:

--¡Guerra á la blasfemia, sí, señor! ¡Guerra también á toda clase de feas interjecciones, especialmente á nuestra puerca, innoble, fementida y abominable costumbre de citar á cada momento los órganos genitales, para vergüenza de nuestras mujeres, escándalo de extranjeros y mengua y baldón de la española cortesía!... Luchemos contra ese fango que, antes de macular los labios ensució los pensamientos. Pero esto no se obtiene con discursos musicales, sino con buenos colegios de primera enseñanza. Un maestro deja en el espíritu colectivo más hondo surco que cien oradores. Eduquemos al pueblo. Educar es refinar el entendimiento, ponerle guiones á la voluntad, darle elegancias á la conciencia. El hombre «elegante por dentro», aunque carezca de ideas religiosas no blasfema, pues el torpe juramento repugna á su gusto delicado; ni incurre en otros delitos de grosería, porque la cultura así enfrena los ademanes del cuerpo, como las ideas y propósitos, ademanes del alma. Según desaparecieron el miriñaque y el calzón corto, así desaparecerá la blasfemia; pero, más adelante: cuando un juramento produzca en nuestros oídos el efecto de una disonancia.

Don Artemio interrumpió al médico:

--A propósito: ¿conoce usted al maestro de Cantagallos?

--¿Don Joaquín Blanco?... ¡Mucho!

--Ayer, precisamente, sus dos hijas mayores se fueron á Madrid con idea de ponerse á servir. Las pobrecillas, en su casa, pasaban días enteros sin comer.

Don Elías lanzó una interjección que desentonaba bastante con sus conceptos relativos á la limpieza del lenguaje:

--¿Ve usted?--exclamó--; ¿cómo vamos á lamentarnos de que blasfemen los carreteros de un país cuyos maestros tienen hijas fregando platos?...

La llegada de la señora viuda de Castro, con sus dos hijas, atajó la peroración de don Elías. Era doña Virtudes una mujer cincuentona, alta y cenceña de cuerpo, y muy chupada y cetrina de rostro. Vestía de negro en toda estación, más que por reverencia al perdido esposo por melancolía y sequedad de carácter, y bajo el luto de su cofia la blancura triste de sus cabellos parecía mayor. Sobre la delgadez de los labios herméticos, la nariz larga, fina y severa, daba á sus menores palabras irrevocable autoridad. El mirar buído de sus ojos simiescos, pequeños y muy juntos, se resistía difícilmente. Delante de ella, ataviadas de blanco, como potros llevados de la brida, caminaban Micaela y Enriqueta.

Adelantáronse doña Fabiana y Antoñita á recibirlas, y entre cordiales aspavientos de amistad fueron besándolas en las mejillas. Doña Virtudes las besó también, dió su flaca mano á la esposa y á las hijas de Fernández Parreño, á María Jacinta y á Flora, y ofreció á doña Evarista un saludo imperceptible.

Don Artemio y don Elías reanudaron sus paseos; las mujeres, cumpliendo dictados de la edad, se fraccionaron en dos grupos: doña Fabiana, doña Presentación y la señora viuda de Castro, á un lado; en el otro, doña Evarista y la gente joven. Las muchachas reían y se sacudían las faldas.

--¿Verdad que hay muchas pulgas?--preguntaba María Jacinta.

--Muchísimas.

--Yo tengo una metida entre los dedos del pie izquierdo. La maldita trae hambre atrasada, ¡porque está dándose un banquete!... Seguramente las hemos recogido al entrar, de entre el estiércol.

Un ademán algo deshonesto de Micaela, abrasó en relámpagos de ira las pupilas negrísimas de doña Virtudes.

--¡Niña!

--¿Qué, mamá?

--¿Qué gestos son esos, en una casa extraña?

--¡Ay, no es nada!... ¿Quiere usted callarse?... ¡Que me pican mucho las pulgas!...

Doña Fabiana sonreía indulgente, segura de que las muchachas no exageraban. Había, efectivamente, muchas pulgas; al pobre Ignacio le traían martirizado, especialmente de noche; pero, ¿cómo acabar con ellas?

--¡Yo no resisto más!--exclamó Raimunda levantándose.

Corrieron todas en tropel hacia un aposento paredaño del comedor, cuya puerta cerraron. Se las oyó retozar y reir. El semblante cetrino de doña Virtudes expresaba acre contrariedad. Cuando las muchachas reaparecieron, doña Fabiana hizo girar las llaves de la luz eléctrica y el patio se iluminó. Algunas lamparillas oportunamente distribuídas entre la lozana fronda de la hiedra, dieron á la escena vistosidad teatral. En la galería, sobre la blancura de la pared, cobraron poderoso relieve los cromos clavados por don Ignacio; las pilastras arrojaron contra el muro largas sombras decorativas, y en la inquietud de las livianas mecedoras los cuerpos femeninos, vestidos de blanco, de rosa, de azul, adquirieron una ligereza nueva. Despabilados por el regocijo de las luces y la copiosa verbosidad y ornitológica algarabía de las mujeres, los pájaros rompieron á cantar.

Don Elías y el boticario se acercaron á la dueña de la casa.

--¿A quien esperamos?--preguntó Morón.

--A don Niceto.

La señora de Martínez llamó á su hija.

--Ve á buscar á papá; dile que estamos aguardándole.

Creyóse obligada á explicar la ausencia, un tanto descortés, de su marido, y agregó:

--Ignacio, si le dan conversación, es capaz de charlar tres días seguidos. No sabe despedir á nadie.

En aquel momento aparecieron Martínez y el juez municipal. Esta fué la señal para trasladarse al comedor. Por consideración y respeto á las señoras, don Ignacio, que tenía la costumbre de ir siempre en mangas de camisa, fué á vestirse una americanilla de alpaca. Alrededor de la mesa el avisado consejo de doña Fabiana distribuyó á los invitados, según su edad, con lo que se formaron dos grupos á los cuales parecía separar el gran frutero, cargado de bruñidas manzanas y aterciopelados melocotones, que adornaba el centro del mantel. La esposa de Martínez, como motivo que era de la fiesta, y más aún por sus pocos años y juvenil ufanía de carácter, ocupó, entre las muchachas, la cabecera principal de la mesa: á su derecha estaban su hija, María Jacinta y Flora; á su izquierda, doña Evarista, Raimunda y Anita. A continuación de Flora y de Anita, respectivamente, se colocaron don Artemio y el médico; al lado de éste, don Niceto, y luego las señoras de mayor gravedad y empaque: doña Presentación y doña Virtudes. Entre ambas, llenando con su pequeña, alborotada y robusta persona, la cabecera opuesta, se sentó don Ignacio.

Empezó la comida: las muchachas se obsequiaban con anchoas, pepinillos y rajitas de salchichón, y la fuga de una aceituna que rodó por el mantel, como huyendo del tenedor de María Jacinta, suscitó grandes risas. Los platos, de dorada cenefa, rielaban á la luz. El vino ponía en la transparencia de las copas su encendida alegría. Dos azafatas, con alpargatas blancas y limpios delantales, cuidaban diligentes del servicio.

El regocijo consiguiente al buen comer y al ameno charlar, iba alterando la expresión de los rostros. En las mejillas, perversamente descoloridas, de María Jacinta, comenzaba á extenderse una leve evaporación rosa, y en sus ojos garzos chispeaba á intervalos un fulgor. A Flora, más gruesa que su prima, el calor de las libaciones la había abultado y acarminado los labios, por cuanto su fuerte dentadura parecía más blanca. A Antoñita su madre la prohibió beber más. Anita y su hermana también estaban muy contentas, y entre la rubicundez ondulante de sus cabellos y la albura de las blusas estiradas sobre la juvenil plenitud de los senos, sus semblantes redondos, ligeramente oscurecidos por el sol, triunfaban con caliente y saludable lozanía. Eran las dos de buena estatura, sólidas y esbeltas á la vez, y sus caderas turgentes sobresalían y se desbordaban de las sillas como en una provocación carnal. La belleza treintañal de doña Evarista era menos petulante, menos ostentosa, como dulzurada por la suave fatiga de la experiencia, pero sus actitudes y ademanes tenían una corrección urbana por todo extremo educada y simpática. La señora de Martínez parlaba con todas y sus ojos negros, blandos y cálidos, sus magníficos ojos de terciopelo y azabache, iban amorosamente de unas en otras.

Fernández Parreño, á quien la pulcritud de su bigote blanco, su miopía y el brillo prócer de sus gafas de oro, daban cierta elegancia, presidía la conversación secundado por el juez. Don Ignacio le replicaba y casi siempre para contradecirle. Doña Presentación, gorda, sencilla y de buen color, y doña Virtudes, cetrina y adusta, se limitaban á oir. Don Artemio también hablaba poco.

Había en esta segunda mitad de la mesa una especie de sombra; cual si la lámpara, no obstante hallarse suspendida en el comedio de la estancia, alumbrase en aquella parte un poco menos. Era una oscuridad triste, emanada, tanto del silencio y mayor edad y compostura de las personas, como del severo color de sus vestidos.

Fernández Parreño, cuyas disposiciones satíricas necesitaban una víctima, complacíase en hacer hito ó blanco de sus burlas al boticario, mientras don Ignacio recogía una á una aquellas ironías y exornadas con nuevos aditamentos y donaires tornaba á echarlas sobre el mantel. De este modo la conversación, salvo ligeros comentarios de la gente joven, describía una especie de triángulo en el cual cuanto don Elías iba diciendo rebotaba en don Artemio y era inmediatamente glosado y soplado por Martínez.

Acodado familiarmente en la mesa, distraído y buenazo, el farmacéutico oponía á las mordacidades y venenosos dichetes de su amigo una sonrisa imperturbable. Tenía cincuenta años, había enviudado siendo mozo aún y como, acaso por pereza, no quiso volver á casarse, la costumbre de vivir solo contribuyó á ratificar la significación tímida y ausente de sus actitudes. En don Artemio, por excepción la conciencia acompañaba al cuerpo; ó, lo que es igual: rarísimas veces movíase y hablaba conforme á lo que sus sentidos iban diciéndole, lo cual le daba un gesto cómico de constante indecisión. Las largas dimensiones de sus piernas y brazos, bien claramente revelaban la buena lozanía de sus años adolescentes, pero una caída, partiéndole la espina dorsal á la altura de los omoplatos, dejó en su espalda una caricaturesca joroba. Roto ya el equilibrio entre las extremidades y el busto, lo único recomendable de su persona era la cabeza, monda y circundada por una noble guedeja blanca; y en ella, los ojos grandes, la nariz fuerte y de varonil volumen, y el moreno rostro solemnizado por una barba oriental, cuadrada y abundante.

Y no era este desconcierto de huesos el menor daño que afligía al boticario, aunque él así lo creyese, sino que con la joroba física salióle otra muy gravísima corcova en el alma, y fué la de la tacañería. Sus muchas relaciones y la respetabilidad de su oficio favorecieron grandemente el desapoderado incremento de esta inclinación. Como conocía á todos los modestos propietarios de la comarca y estaba al tanto de sus apuros, solía facilitarles dinero mediante hipotecas terribles. Cumplido el plazo señalado para el reintegro ó devolución de la suma prestada, don Artemio procedía á raja tabla y gozosamente al embargo de los bienes hipotecados, y por este cobarde y criminal procedimiento cuadruplicó sus heredades. Pocos años le bastaron para enriquecerse. En Puertopomares la gente á la vez le quería y le odiaba, pues mientras unos decían horrores de él, otros aseguraban que, fuera de su ominosa fiebre de acaparar dinero, era un hombre discreto y de campechano y bonísimo trato. Los que le conocieron mozo, aseguraban que antaño no era así.

--A no haberse jorobado--decían--hoy no sería usurero.

Para Fernández Parreño, que solía abrazarle pensando en que los corcovados evitan la mala sombra, don Artemio Morón, con su gran cabeza sakespeana calva y barbuda, puesta sobre la ridiculez de su joroba, era un símbolo: el símbolo exacto de la Vida, donde el sainete y la tragedia, lo grave y lo ridículo, lo más noble y preexcelente y lo más ruin, marcharon siempre unidos.

La cena iba transcurriendo apaciblemente. Las muchachas empezaban á dolerse de la exigua representación que el elemento masculino tenía allí; Raimunda lamentábase de la ausencia de Epifanio, su novio, y Anita preguntó á don Niceto por su hermano Luis. Micaela también echaba de menos á Romualdo. Doña Fabiana las tranquilizó; aludió á su marido con un gesto.

--Nosotros--dijo--hubiésemos querido invitarles á comer; pero, como veis, la mesa es pequeña para tantas personas. Nadie, sin embargo, pase apuros, porque esos señores están invitados y á la hora del baile les tendremos aquí.

Raimunda, la primogénita de los Fernández Parreño, cuchicheaba con doña Evarista.

--¿Ya no le pican á usted las pulgas?

--Martirizada me traen, hija mía.

--Yo tengo una terrible aquí debajo... ¿usted comprende?... La pícara pudo irse á otro sitio, pero sin duda tenía mucha hambre y eligió el plato mayor y mejor servido...

La protegida de don Juan Manuel reía oyendo estas ligerezas, y la hilaridad humedecía voluptuosamente sus bellos ojos.

Adelantando un poco el busto la señora de Martínez inquirió la causa de aquel regocijo.

--¿Qué dice Raimunda?

--Nos quejamos de las pulgas.

Idéntico daño afligía á María Jacinta y á Flora, y esto acuciaba en todas el deseo de bailar. Informado de lo que sucedía, Fernández Parreño improvisó un elogio del mosquito.

Según don Elías, el mosquito posée cualidades estéticas que le hacen infinitamente superior á la pulga: es artista porque habiendo sabido hermanar el hambre con la música, adorna sus picotazos cantando, y á semejanza de las mariposas ama la luz y frecuentemente en ella perece; y también porque su voracidad es menos cruel y su caza menos fatigosa. A un mosquito se le inutiliza delicadamente, sin más que quemarle las alas con un fósforo; mientras á las pulgas es necesario descender á buscarlas en los escondrijos del traje ó del lecho donde se ocultan. Además, la pulga es esencialmente sanguinaria; muchas veces pica sin apetito, sólo por el gusto de fastidiar al hombre y robarle la sangre. Si estamos de visita, nos devorará el cuello; si vamos de paseo, se nos meterá dentro de una bota. ¿Sabe nadie las ideas de desesperación y hasta de suicidio que pueden inspirarnos las agresiones de una pulga escondida debajo de nuestro sombrero?...

Como lograse terminar su disertación con notable fortuna, don Elías, excitado al calor de sus propias agudezas, comenzó á probar nuevamente la buena paciencia de don Artemio.

Morón vivía á la entrada de la Glorieta del Parque, frontero á la Fonda del Toro Blanco, y, según Fernández Parreño, la distancia que separaba la botica del Casino servía á don Artemio para someter á cálculos, casi matemáticos, los grados de afecto que cada uno de sus amigos le dedicaba.

--¡No haya cuidado--aseguraba el médico--que este hombre por nadie se moleste! En cambio, halla natural que todos se incomoden y molesten por él. ¿Es cierto no?...

El interpelado sonreía modesto, ocultando la satisfacción de verse comentado y objeto de la curiosidad general. Aquel discreteo, no obstante su rápida trivialidad, equivalía á un polvillo de éxito, á un rocío de gloria, que cayese sobre él.

Las festeras palabras de don Elías eran recibidas con francos borbollones de hilaridad porque apostillaban hechos menudos y conocidos. A don Artemio Morón, verbigracia, le gustaba muchísimo charlar. Sincretista y desocupado, amaba la conversación por ella misma, por «su ruido», que no por estudiosa curiosidad espiritual ó inteligente prurito de discutir. Así, ni la alcurnia mental de su interlocutor ni el asunto del diálogo, le interesaban mayormente. ¿Se comentaban las últimas corridas de toros? Bueno. ¿Hablaban de política? Adelante. ¿Debía charlar de agricultura y quejarse del tiempo? Muy bien. Todos los asuntos parecíanle igualmente oportunos para no dejar á su lengua ni á sus oídos en la ociosidad.

Con este cuidado don Artemio, que iba todas las noches al Casino, procuraba no salir nunca solo de allí. Si á la hora de él marcharse sus contertulios hallábanse enzarzados en alguna partida de ajedrez, de tresillo ó de dominó, atardaba su retirada para esperarles. Ellos, conociéndole, se hacían los remolones. Les aburría. El boticario, parsimonioso en sus actitudes, amén de caminar muy despacio, tenía la molestísima costumbre de pararse al hablar. Mientras oía andaba, pero no bien abría la boca se detenía, cual si los dinamismos de sus labios y de sus pies fueran rivales.

--A propósito de eso que ha contado usted--decía--voy á referirle lo siguiente...

Y se paraba. Replicaba su acompañante, que sabedor de sus tretas procuraba llevar las riendas del diálogo; pero había de tenerlas muy cogidas, pues Morón se las quitaba en seguida, y como hallaba especial contento en escucharse no era fácil arrebatárselas después.

A esta lentitud y aburrida templanza de ademanes, añadía el hábito de ir subrayando sus palabras con líneas que la contera de su bastón trazaba sobre la acera ó en la fachada de las casas.

--La liebre--explicaba--se había escondido aquí, bajo unas matas; yo venía por acá. Al ver al animal mis perros describieron un semicírculo en esta forma...

Todo lo corpóreo, lo susceptible de expresión gráfica, le obsesionaba; don Artemio no sabía zurcir dos ideas si á medida que germinaban en su caletre no las pintaba.

--El toro estaba allí; el picador se acercaba por este lado... ¿Comprende usted?...

Mientras la contera infatigable de su bastón peregrinaba sobre las losas del pavimento; ora trazando una recta, ya una curva graciosa, ó golpeándolas sonoramente, para mejor imbuir en el ánimo del oyente la convicción de que determinado objeto ó persona ocupaba un sitio fijo, preciso, rotundo. Comprender bien á don Artemio suponía, por tanto, escucharle á pie quieto y sin apartar de su bastón los ojos.

Todo esto daba tan fastidiosa monotonía á su trato, que sus amigos del Casino le huían. Algunos, sin embargo, solían acompañarle, ó por desocupación y deseo moceril de trasnochar, ó porque sus domicilios se hallasen en el mismo rumbo ó dirección de la botica.

Las personas de quienes don Artemio recibía tan meritísimos testimonios de paciencia y afecto, eran el gerente de _La Honradez_, don Romualdo Pérez; Epifanio Rodríguez, estanquillero y corresponsal de periódicos; don Valentín Olmedilla, dueño de la fonda del Toro Blanco, y don Gil Tomás. A todos ellos teníales clasificados según el tiempo que le daban escolta, y establecía relaciones directas entre la amistad de sus acompañantes y la longitud del camino. A más camino, mayor amistad. Así, el peor de ellos era Epifanio, quien, so pretexto de madrugar, le dejaba en la Bajada de la Fuente, á cincuenta pasos mal contados del Casino. Romualdo, que nunca se acostaba sin echar un vistazo á las severísimas rejas de doña Virtudes, le acompañaba hasta el callejón del Misionero. De allí á la farmacia la distancia era breve. Unicamente su vecino don Valentín y don Gil Tomás, que necesitaba cruzar la Glorieta del Parque para entrarse en el Paseo de los Mirlos, iban con él hasta su casa.

--El refinado egoísmo de don Artemio--decía don Elías--tiene clasificados á sus amigos en tres grupos: malos, medianos y excelentes.

Para excitar la hilaridad del mujerío, parodiaba con su cuchillo, sobre el mantel, los geroglíficos que el boticario hacía en las aceras con su bastón.

--Supongamos--continuó--que se trata de un termómetro inventado por Morón para medir la temperatura afectiva ó sentimental de sus conocidos. La ampolla ó depósito del aparato lo constituye el Casino; la columna termométrica es la calle Larga, eje máximo ó espina dorsal del pueblo que va, como todos sabemos, desde el Casino á la Glorieta del Parque; y el mercurio que sube y baja por el tubo capilar, las personas de quiénes don Artemio se acompaña egoístamente y con el exclusivo objeto de no aburrirse. El cero, en esta rara escala del calor amistoso, lo señala, por ejemplo, la Bajada de la Fuente, donde le deja Epifanio. ¿No es eso?... Los veinte grados, podemos calcular que corresponden al callejón del Misionero, por donde Romualdo ha de pasar todas las noches; y, solamente, don Valentín, don Gil y algún otro, llegan á la Glorieta del Parque, que representa los cien grados, la ebullición, la muerte de todos los gérmenes ingratos, la exaltación ó frenesí de la amistad. Anoche, alrededor de las doce, le vi á usted acarreando por la columna mercurial á don Juan Manuel. ¿Consiguió usted que subiera mucho?...

Fernández Parreño miraba á doña Evarista, que lucía risueñamente el prodigio blanco de su dentadura. Don Artemio siguió la broma.

--No crea usted--repuso--que la temperatura afectuosa sube en don Juan Manuel fácilmente.

--¿Pasó de la Bajada de la Fuente?

--¡Eso, sí! Podemos decir que conseguí hacerle «romper el hielo»; pero se quedó á la altura de Correos: no fué mucho; algo equivalente á diez ó doce grados...