El misterio de un hombre pequeñito: novela
Part 7
Los elementos subconscientes representan, dentro del individuo, las ideas de rebaño, de multitud. En una nación las capacidades directoras, los principios inteligentes y activos, están reducidos á unos cuantos cerebros: ellos marcan la orientación, el rumbo, del alma colectiva. El resto lo constituye la muchedumbre, el poder bárbaro del número; son «los ceros», los infinitos ceros, puestos á la derecha de la cifra provista de valor sustantivo. Así las imágenes y determinaciones en nuestro carácter: cada pasión, cada fanatismo, cada capricho, cada antojo detenidos un instante, como mariposa, sobre nuestras cejas; lo más inestable, lo más fugitivo y á ras de piel, por el hecho único de ser consciente, ó, lo que es igual, de vivir en la luz, supone llevar detrás, á modo de oscuro convoy, ejércitos de sensaciones y de ideas eternamente perdidas en lo tenebroso, como los cimientos bajo la tierra. En la vida moral todo es complejísimo, y lo que parecía más sencillo muéstrase luego esclavo de ramificaciones infinitas, pues cada sentimiento, como cada organismo, alimenta millones de sentimientos parasitarios que viven de él, cual los infusorios en la gota de agua. ¿Qué taumaturgo sabría dónde y cuándo comenzó á formarse el daño que, á lo largo del tiempo, ha de herirnos? ¿No es la herencia, quizás, el vehículo mejor de la muerte? Y de igual manera; ¿quién podría enumerar todos los gérmenes que justifican una lágrima ó una alegría?...
En la existencia colectiva de Puertopomares, el brujo del Paseo de los Mirlos, como muchos llamaban á don Gil Tomás, significaba la personificación ó expresión material del arcano inconsciente. Más ó menos de soslayo, su vida enigmática afectaba á la de la comunidad, porque su imagen medrosa había vibrado, siquiera un instante, en todas las memorias. Se le apreciaba, se le temía; el vulgo adivinaba en aquel cuerpecillo blandengue y en aquella cara, que no sabía reir, mociones y potencias teúrgicas de las que nadie era capaz.
Muchas veces, de noche, hallándonos en nuestra habitación sumidos apaciblemente en la lectura de un libro, experimentamos en el dorso de las manos, sobre el cuello ó á lo largo de la espalda, puntos los más agudizados de la sensibilidad tactil, un roce extraño; la presencia de algo objetivo; una emoción innegable, que positivamente viene de afuera. Sorprendidos miramos á nuestro alrededor y nada vemos, pero el débil contacto suele repetirse, distrae nuestra atención y concluye imponiéndonos la certidumbre de que no estamos solos. Imposible dudar. Alguien se ha sentado enfrente de nosotros, alguien nos mira desde la puerta que quedó entornada. ¿Quién nos acompaña? ¿Qué humanos efluvios rozan nuestra piel?... Aun la ciencia no supo decirlo: acaso almas de difuntos, vinculadas á nosotros por recuerdos de aborrecimiento ó de amistad; tal vez espíritus de personas no muertas, sino dormidas, que acuden á conocer nuestro hogar y á informarse de lo que hacemos.
Al cabo de cierto tiempo, la escuálida figurilla de don Gil, fortalecida por los casos de envolvimiento y sortilegio que se le atribuían, llegó á rendir la imaginación pública con tan vertical y absorbente tenacidad, que si alguien recibía esas, que pudieran llamarse «emociones epidérmicas de la soledad», inmediatamente se acordaba de él. Las mujeres no podían olvidarle. En el misterio de los dormitorios, era el dueño, el marido de todas, el sultán. Daba miedo. Cuando iba por la calle, su cuerpecito expandía esa emoción de oscuridad, de silencio, que dejan los entierros.
Las dos criadas, Pilar y Maximina, que compartían la intimidad del hombre pequeñito, padecían la sugestión de su rostro amarillo. Pilar era morena; Maximina, rubia. Por cobardía, más que por inclinación carnal, una tras otra le pertenecieron y continuaban bajo su dominio. Del hotelito del Paseo de los Mirlos, cuya fachada sombreaban dos copudos castaños de India, no salían casi nunca; á las ventanas, siempre celosamente cerradas, rara vez se asomaban, y, sin embargo, parecían contentas. ¿Cómo su belleza y su juventud aceptaban aquel encierro? ¿Era interesado cálculo de no separarse de don Gil, hasta su muerte, para heredarle? ¿Era amor ó sumisión carnal á su insaciable ginecomanía?
Evidentemente, en el redaño de aquella humildad había un miedo. Ni Maximina ni Pilar podían experimentar simpatía hacia el enano. Cuando éste, después de cenar, reclamaba en su alcoba la asistencia de cualquiera de ellas, la elegida le seguía sin manifiesta repugnancia, pero también sin regocijo; y apenas le dejaba dormido cuando bonitamente se escurría fuera del lecho. La idea de que don Gil Tomás era brujo y podía aojarlas, las obsesionaba, y á su lado no hubieran podido conciliar el sueño.
Además, tanto Maximina como Pilar habían comprobado que, no bien cerraba los párpados, el hombre pequeñito se quedaba frío...
VII
No eran aún las nueve cuando don Gil subía las escaleras del Casino. Teodoro, que estaba barriendo el zaguán, caminó tras él, para servirle. Iba en mangas de camisa; llevaba un plumero en el sobaco izquierdo y sobre el flaco pestorejo y á modo de bufanda, un trapo de sacudir el polvo.
--Voy con usted, don Gil--dijo--, porque supongo que querrá usted tomar algo.
--Sí; tomaré un ajenjo.
El hombre pequeñito cruzó el salón de baile, que rápidamente iba llenándose de sol, y en la galería buscó una mesa desde donde atalayar la esplendidez majestuosa del vasto panorama, verde, plata y azul. Sobre el intensísimo añil celeste, las montañas, cubiertas de tupidos bosques, se recortaban magníficamente. En la blanda lozanía vernal de la vega albeaban numerosas casitas; enfrente de la estación había detenido un tren de mercancías, y el humo de la locomotora elevábase verticalmente en la atmósfera tibia y quieta. Don Gil ocupó una silla y se quitó el sombrero, que colocó cuidadosamente en un velador próximo.
Tuvo entonces un suspiro largo, entrecortado y gozoso, de descanso. Apoyó los pies sobre el travesaño delantero de la silla y con un pañuelo enjugóse el sudor de su frente pálida. Su cabeza era tan grande para la parvedad del enlutado cuerpecito, que las orejas y los hombros casi se hallaban en la misma línea perpendicular.
Teodoro se le acercaba con el servicio del ajenjo.
--Mucho ha madrugado usted hoy, don Gil.
--Me eché á la calle muy antes de que saliera el sol. Más de tres leguas llevo andadas.
--¿De paseo, verdad?
--De paseo: ir á Torres de la Encina y volver.
--Hace usted bien; el ejercicio es el mejor médico. A don Juan Manuel también le gusta levantarse temprano. ¿No le ha visto usted hoy?
--No.
--Va mucho por ahí, porque en el término de Torres de la Encina tiene un olivar.
--A quien he saludado en el Camino Bajo de la Estación, es al señor Frasquito Miguel.
--Iría á Navahonda.
--No lo sé.
--¿Llevaba el carro?... Pues entonces iba á Navahonda, por leña. Va todas las semanas.
Don Gil aderezó su ajenjo y pidió los periódicos del día. Trájoselos Teodoro y seguidamente marchóse á proseguir el barrido y buena limpieza del local. Un gran silencio llenaba el Casino. En el ambiente blanco de la galería, el hombre pequeñito, amarillento, encogido y trajeado de negro, parecía un niño enfermo. Absorto en la lectura de _El Adelantado_, diario conservador de Salamanca, don Gil no vió á un hombre que, habiéndole observado unos instantes desde la puerta del salón, se retiró sin ruido. A intervalos prudentes el enano suspendía su lectura, empuñaba la botella del agua y vertía algo de su contenido sobre el terrón de azúcar puesto en un tenedor colocado sobre los bordes de la copa. El agua, filtrándose á través del azúcar, caía gota á gota, y abajo, en el fondo del vaso, el verdor del ajenjo insensiblemente palidecía. La figura inmóvil de don Gil daba á la sencilla operación una expresión medrosa y rara, un enigma de maleficio.
Terminada su faena, Teodoro reapareció y fué á sentarse al extremo opuesto de la galería. Encendió un cigarro. Sus ojos azules, dóciles, buenos, iban de un lado á otro, con la satisfacción de la labor realizada, y á ratos se detenían en don Gil. Desde allí sólo podía verle la mitad inferior de las piernas; el cuerpo se disimulaba tras el periódico abierto.
Teodoro pensaba:
--Verdaderamente, el pobre es muy pequeñito...
Luego, su ánimo siempre fiel al cumplimiento de sus deberes, examinaba lo hecho: la escalera y el portal ya estaban barridos; había fregado los espejos y cepillado el paño de las mesas de billar; únicamente le quedaban por sacudir la cocina y la sala de juego. Este honrado monólogo interior lo interrumpía de vez en vez don Gil, quien, para continuar leyendo, daba á _El Adelantado_ un nuevo doblez.
Entonces Teodoro volvía á decirse:
--¡Pero qué chiquito es!...
A media mañana don Gil Tomás, que había concluido de beber su ajenjo, dejó los periódicos, se puso el sombrero y se deslizó de la silla abajo. Primero apoyó en el suelo un pie, después el otro.
Teodoro también se levantó, servicial y reverente.
--¿Ya se marcha usted?
--Sí; me voy á casa. Hasta luego.
--Hasta luego ó hasta mañana.
--Adiós, Teodoro.
Salió y caminó por la calle Larga. La convicción de que era ridículo le cohibía y no miraba á nadie. Cerca de la Fonda del Toro Blanco, en el portal de la ferretería de don Isidro Peinado, vió á María Jacinta, la hija del boticario, y á otras dos muchachas. Saludólas tocándose con una mano el ala del sombrero.
--Buenos días.
--Buenos días, don Gil...
De rubor, como amapolas, se pusieron las tres.
VIII
Serían las siete de la mañana cuando en el vano de la ancha puerta, llena de sol, perfilóse la encorvada figura de Frasquito Miguel. Llevaba del ronzal una mula.
--Buenos días, don Ignacio.
--¡Hola, hombre, buenos días! ¡Adelante!
Los dos individuos que trabajaban en la fragua, interrumpieron su faena para saludar.
--Buen día nos dé Dios.
Cojeaba el señor Frasquito, cojeaba la caballería. El veterinario exclamó:
--¿Qué te trae por aquí?
--Pues, una desgracia que me sucedió ayer.
Los ojos del chalán pasearon por todas partes una mirada furtiva y segura. El local donde don Ignacio tenía su clínica era espacioso, el suelo de tierra, cubierto de boñigas y de estiércol, el techo bajo y envigado, renegrido densamente por el humo de la fragua. Al fondo, adosada al testero más oscuro, veíase una larga pesebrera: colgadas de las sucias paredes y en ringlera había abundante número de herraduras, y sobre los entrepaños de un armario, martillos, pinzas, un trabón inglés, especie de pulsera con que se sujeta á los caballos para castrarlos, una carátula almohadillada y otros enseres. En el espeso colchón de basura que cubría el pavimento y cedía muellemente bajo los pies, en la cálida y pestilente fermentación de tantos abonos corrompidos, bullía, semejante á una devoradora comezón, la inquietud sanguinaria de las garrapatas, de las hormigas y de las pulgas. Los escarabajos hacían su agosto; zumbaban las moscas y los tábanos. El ambiente conservaba el inconfundible olor áspero del casco quemado.
Don Ignacio Martínez, pequeño, sólido, esparrancado sobre el estiércol, en mangas de camisa y con ambos pulgares metidos en los bolsillos del chaleco, callaba esperando á que su interlocutor se explicase. Mascaba una tagarnina, que con un impaciente guiño de labios se trasladaba á cada momento de un lado á otro de la boca: tenía cargados de sueño los ojos, y el ancho rostro, que aun no había tenido tiempo de lavarse, macilento y de pocos amigos.
El albeitar hablaba siempre por estilo sucinto y conminatorio, y, salvo á quince ó veinte personas de calidad, tuteaba á todo el mundo. El señor Frasquito adelantóse algunos pasos y deslizando una mano bajo las crecidas haldas de su sombrero, comenzó á rascarse el cogote, como si aquella rascadura ayudase al nacimiento y composición de sus ideas.
--Pues, ya está usted viendo cómo viene la mula.
Mostraba el desdichado animal, que apenas podía moverse, el lado derecho cubierto desde el anca á la cruz, por una bermeja, cruel y ardentísima llaga. Tratábase de una horrible quemadura y con tan furiosa voracidad las llamas mordieron en la carne, que royéndola toda dejaron al aire los costillares. Según Frasquito Miguel explicó, el accidente había ocurrido en el camino de Navahonda á Puertopomares. Iba él durmiendo en lo alto de su carro cargado de leña. El tiro lo componían tres mulas; de julo llevaba un pollino. De súbito despertó medio asfixiado por densísimos remolinos de humo, sin que ni entonces ni luego pudiera comprender la causa del siniestro; el convoy ardía, crepitaba, hecho un volcán. Afortunadamente el señor Frasquito se recobró á tiempo, y con la inesperada agilidad que le dió el peligro saltó á tierra. El burro y las dos caballerías delanteras sacaron de su pánico fuerzas para romper los tirantes y ponerse en salvo; la mula zaguera, presa entre las lanzas del vehículo, no pudo imitarlas. Fué una escena terrible: el animal, hostilizado por el calor y los lampazos del incendio, realizaba esfuerzos supremos para zafarse; luego, cuando las llamas le chamuscaron los quijotes, su pánico trocóse en desesperación y locura, y tales fueron sus brincos y corcovas, que volcó el carro. De entre las varas de éste logró sacarlo Frasquito Miguel tras no pocos esfuerzos, tirándole á dos manos de la brida, y luego de cortar á cuchillo cuantos arreos y guarniciones lo sujetaban; pero á pesar de su caritativa diligencia, cuando lo consiguió ya las llamas hambrientas habían mordido mucho en él.
Pasados unos instantes de meditación, el veterinario exclamó:
--No comprendo cómo ocurrió el accidente que acabas de contarme. ¿Tú fumas?
--No, señor.
--¿Ni sueles llevar cerillas?
--Nunca. ¿A qué fin, si no fumo?... Pero, bien pudo suceder que á cualquiera de los mozos que ayudaron á cargar el carro se le cayese una caja de fósforos entre los haces de leña, inflamáronse aquellos después con el sol y la carga empezó á arder.
Calló, miró al suelo y sus labios apuntaron una sonrisa.
--Por cierto que ayer á poco de salir de casa me crucé en el Camino Bajo de la estación con don Gil, de quien tantas historias se cuentan, y me dije: «Mala sombra.» ¡Palabra de honor que lo pensé así!...
--¡Déjate de pataratas!--interrumpió Martínez con brusca exaltación y mordiéndose la uña del anular--; si hubieras ido andando, según era deber tuyo, no hay fuego; pero como queréis ir por atún y á ver al duque... ¡esas son las consecuencias! Bonito negocio has hecho: bien dicen que por un clavo se pierde una herradura.
Repuso el señor Frasquito:
--Tiene usted razón; pero es imposible preverlo todo, y, además, hay días en que la fatiga no le deja á uno ni tirar de los pies. En fin, ahora lo necesario es que la mula sane pronto.
Replicó don Ignacio:
--Sanará en seguida si cuidáis de que no la piquen las moscas. Tú mismo puedes curarla; todo se reduce á que la laves diariamente con ácido pícrico. ¿Has comprendido?
--Sí, señor.
--¿Quieres la receta por escrito?
--No, no hace falta: ¿ácido pícrico dijo usted?
--Eso es: ácido pícrico, al cincuenta por ciento. Ve á la botica de don Artemio y te servirán bien. Después del lavaje, y pasado un rato, cubres toda la quemadura con glicerina; más adelante, si la llaga sigue cicatrizándose, bastará secarla con polvos de almidón ó de arroz.
El animal, á quien el señor Frasquito tenía del cabestro, conservábase inmóvil, el ollar casi pegado al suelo, entornados los ojos, en una actitud de sufrimiento y pasividad. Martínez llegóse á él, frunciendo las cejas, y sus dedos tactaron inteligentes los bordes negruzcos de la herida; en la rojura de la llaga vaheante los costillares blanqueaban, con una blancura de risa. El bruto, como si despertase, realizó un esquince y alzó la cabeza; un extravío de cólera abrasó sus pupilas.
--No me detengo á curarlo--dijo don Ignacio--, porque dispongo de poco tiempo. Hoy cumple años Fabiana y tenemos invitados á comer, y luego baile. Además, ya sabes: ácido pícrico al cincuenta por ciento, es lo mejor...
Saludó Frasquito Miguel con humildad y agradecimiento, y volvióse hacia la calle, llevando el ramal de la mula por encima de un hombro. Dócilmente la bestia le siguió. Entonces don Ignacio se acordó de decir:
--¿Y en tu casa?
Detúvose el interpelado, escorzándose un poco para contestar, pero sin volver la cabeza:
--Bien todos, muchas gracias.
--¿Y tu mujer?
--Allí, la pobre, con los chicos; rabiando...
--¿Y Toribio?
--Por esos mundos, ganándose el pan. En Torres de la Encina, debe de hallarse ahora.
--Bueno, hombre; dales recuerdos.
--Gracias, don Ignacio, y á mandar... ¡Arre, Pascuala!... ¡Arre, Pascualita!...
Nuevamente la caballería caminó en pos de su amo. Este, con la anquilosis de sus piernecillas flacas, muy sobradas de horcajadura, su tórax ancho y aplastado, encorvado hacia adelante, y sus labios entreabiertos y como idiotas en la oscuridad cobreña del rostro, parecía sufrir un dolor de ijada. El lastimado animal apenas podía seguirle. Una tras otra, sus figuras tristes recortáronse en el rectángulo soleado de la puerta: cojeaba el hombre, cojeaba la mula. Desaparecieron...
Sobre el yunque, el martillo de la fragua volvió á cantar.
IX
Inmediatamente Martínez dirigióse al fondo de la clínica, empujó una puertecilla y salió á un patio rectangular, bastante grande, con solado de hormigón y dos testeros enverdecidos por la frondosidad invasora de una hiedra. Los otros lados, adonde abocaban las habitaciones del piso principal, estaban coronados por balcones muy saledizos, verdaderas galerías encristaladas apoyadas sobre pilares de ladrillo. Allí encontró á Fabiana, su mujer, y á su hija, ocupadas en sacudir las paredes y traer los sillones donde los concurrentes al baile de aquella noche habían de reposarse. Don Ignacio llegóse á ellas y las oprimió contra su pecho, besando á la niña y pellizcando sabrosamente á la madre en las posaderas. Después, informado de que las criadas habían sabido comprar todo lo necesario para la cena, añadió:
--¿Cuántos invitados tenemos?
--Ocho; y si llega don Niceto seremos nueve.
--Pues dispón otros tres cubiertos porque esta mañana doña Virtudes me envió recado de que vendría con sus pimpollos.
Martínez, más chiquito que su mujer, gordo, saludable, lleno de impaciencias sanguíneas, era un esposo modelo que guardaba intactas, á pesar de la costumbre, las brasas del sagrado deseo nupcial. Doña Fabiana preguntó:
--¿No tenías que ver hoy el caballo de don Juan Manuel?
--Sí, más tarde.
Charló largo rato, hallando en aquellos diálogos familiares una dulce, sencilla y confortadora alegría. Estimulado por la actividad de la madre y de la hija, cogió un martillo y, encaramándose sobre un taburete, fijó varios clavos. Acomodóse luego en una mecedora, apoyó el tarso de una pierna sobre la rodilla de la otra, se aflojó comodonamente el cinturón, dejó ir el cuerpo hacia atrás y encendió un cigarro. A sus ojos todo ofrecíase ordenado y remozado por el glacis sin rival de la limpieza: el hormigón, recién fregado, brillaba á la luz; sobre la celosa albura de las encaladas paredes, la verdosidad húmeda de la hiedra parecía mayor; desde sus jaulas, colgadas del techo de la galería, varios jilgueros y canarios trinaban en ensordecedora competencia; las mecedoras de rejilla, los veladores cubiertos por sutiles tapetes de malla y croché, y los policromos festones de papel con que el gusto sencillo de la dueña de la casa unió unas pilastras á otras, tenían en la penumbra del patio suaves ligereza y frescura.
Rato hacía que Martínez se marchó y aun la decoradora faena se prolongaba con perseverante fervor: Antoñita entraba y salía de las habitaciones contiguas, acarreando plantas y cachivaches que las ágiles y muy discretas manos de su madre distribuían luego con acierto vistoso.
Doña Fabiana Vázquez llegaba, con los treinta años, al lucido apogeo de su belleza: tenía de ébano los undosos cabellos, morenas la bien calzada frente y las carnosas mejillas, los labios creciditos y rojos, almendrados los dientes, los ojos negros y pajareros, y una evidente expresión de sanidad en toda su matronil persona. Lástima que no hubiese crecido un poco más, con lo que hubiera alcanzado á esa línea de donde arranca en las mujeres la gallardía; de lamentar también que sus brazos fuesen demasiado carnosos, y el seno con exceso turgente, y que la redonda cintura no se recogiera y anillase mejor sobre la bien soplada magnificencia de las caderas. Todo ello la obligaba á caminar con cierta lentitud y un anadeo que descubría, bajo la holgura de sus batas bermejas, la disposición maciza de las piernas. No obstante, la hermosura árabe de los ojos, la gracia traviesa de la boca y la seductora ingenuidad de sus actitudes y palabras, suplían con exceso los errores de la línea. Era buena, era simpática, emotiva, dulce; una de esas almas maternales á cuyo lado los desgraciados y los tímidos, especialmente, se encuentran bien.
Antoñita, su hija, tenía once años, el perfil delicado y los cabellos encendidos como las mazorcas. La delgadez de sus piernas y de sus brazos, y la longitud ducal de sus manos, profetizaban que iba á ser alta. En sus pupilas azules había una indecisión que las agrandaba y embellecía. Ninguno de sus progenitores, cuellicortos y redondos, influyó en la grácil y espigada complexión de la chiquilla. Antoñita parecía destinada á servir de origen ó troquel á un tipo nuevo; las razas de los Martínez y de los Vázquez habían entroncado con tal brusquedad que se anularon mutuamente, fundiéndose y como diluyéndose apasionadamente en su retoño. Antoñita era Antoñita y perdería el tiempo quien rebuscase entre sus tataradeudos paternos ó cognáticos una figura que justificase la suya ante las leyes de la herencia. ¿Se afearía más tarde? Cuando la niñez se resolviese en juventud y pues el ambiente rudo de los pueblos no favorece á las bellezas delicadas, ¿resucitaría en ella la gordura que en plena mocedad afligió á doña Fabiana? Nada parecía señalarlo así, y Antoñita marcaba en su hogar una pincelada inconfundible, noble y rara, semejante á esas plantas que alzan de pronto un penacho verde, en la aridez de un viejo murallón.
A la tarde, pasadas las siete y media, comenzaron á llegar los invitados al banquete. Don Ignacio, que estaba en la puerta de la calle tomando el fresco, les acogía con sinceras demostraciones de regocijo, dábales conversación unos instantes y les despachaba hacia dentro, diciéndoles:
--Si quieren ustedes ver á Fabiana, pueden pasar...
Ellos cruzaban la cuadra, fétida, oscurecida por el crepúsculo y cubierta de estiércol; los pies se hundían en la hedionda majada donde pululaban millares de insectos sanguinarios: por miedo á las cucarachas las mujeres se arregazaban hasta media pierna. Después, empujando la puertecilla que se abría al fondo del local, salían al patio. Allí les aguardaban doña Fabiana y su hija, muy bien peinadas, ostentosamente enjoyadas y vestidas de blanco. Un murmullo agasajador de besos, de parabienes y de risas femeninas, llenaba el silencio; un silencio grato, limpio, que olía á macetas recién regadas.
Los más puntuales en acudir á la fiesta fueron don Elías y doña Presentación, con sus hijas Raimunda y Anita; luego llegó don Artemio Morón con María Jacinta y su sobrina Flora; y tras ellos doña Evarista, la amante de don Juan Manuel Rubio, la cual, así por el honesto aislamiento de sus costumbres como por el considerable mérito político, dinero y personales simpatías, de su protector, era en todos lados bien recibida. La tertulia iba formándose en el patio, mientras llegaba la hora de cenar. Las mujeres, á quienes la conversación excita y aturde como el vino, se balanceaban en las mecedoras, abanicándose nerviosamente y charlando todas muy alto y á la vez. Don Elías y don Artemio, esquivando el ensordecedor rebullicio, comenzaron á pasearse con andar cadencioso y las manos cruzadas atrás. Discurrían ramplonamente:
--¿Se ha enterado usted del pedrisco que cayó anoche en Navahonda?