El misterio de un hombre pequeñito: novela
Part 6
Favorecido por el misoginismo de los mozos, tiempo brevísimo necesitó el enano para imponer su extraño amor á cuantas mujeres bonitas veía, y era tal la diligencia de sus propósitos, que en una misma noche, según luego se supo, asaltó varias alcobas. Mancebas suyas fueron Anita y Raimunda, hijas del médico don Elías Fernández Parreño; doña Evarista Garrido, la protegida de don Juan Manuel Rubio; Micaela y Enriqueta, hijas de la austera y severísima señora doña Virtudes, viuda de Castro, á quien también, á pesar de sus años y sólo quizás por humorismo y donaire, visitó el íncubo; Rosario, la coja rubia, dueña del café de «La Amistad», y otras muchas. Ricas, como doña Quintina, ó plebeyas y cargadas de hijos, como Aurora, la mujer de Eustasio, el tonelero, á todas se atrevía y su apasionado celo á hermosas y á feas alcanzaba y beneficiaba por igual. Su salacidad siempre encendida y casi ubicua, ni siquiera perdonó á la viuda de Guijosa, doña Amelia Ruiz, la mujer más gorda de Puertopomares. Esta perenne donación de amor era como una galantería, acaso como una caridad, que don Gil derramaba muníficamente. Su gusto, no obstante, tenía distinciones y preferencias; especies de hostales donde, en aquel larguísimo viaje hacia Citeres, su deseo se complacía con satisfacción y reposo mayores: tales, María Jacinta, de veinte años, hija única de don Artemio Morón, el boticario, y su prima Flora. La primera, especialmente, hallóse durante varios meses tan acosada, tan furiosamente sujeta y poseída, que perdió el apetito, cubriéronse sus ojos de sombras violetas y dió en enflaquecer de manera que todos juzgaron comprometida su salud.
Ninguna de estas vergonzosas intimidades cayó en los libérrimos campos de la pública murmuración hasta pasado cierto tiempo, pues las muchachas, aun las más solicitadas por don Gil, absteníanse celosamente de declararlas. Al cabo, las luces de la santa verdad resplandecieron, aunque siguiendo los marañosos caminos á que la hipocresía las obligaba. Fueron Micaela de Castro y María Jacinta Morón, las que antes hablaron: Micaela refirió á su hermana la esclavitud sexual á que el enano del Paseo de los Mirlos la tenía sujeta; lo propio hizo María Jacinta con su prima Florita. Tanto ésta como Enriqueta conocían por personal experiencia el sabor, simultáneamente regalado y acerbo, de tales posesiones, lo que no las impidió admirarse y aun ruborizarse taimadamente de cuanto oían, cual si nada supiesen; pero, por lo mismo que ambas tuvieron la voluntad necesaria para callar sus vergüenzas, faltólas tiempo y virtud para encubrir las ajenas, y así fueron sus labios los primeros en divulgar el goloso secreto de don Gil.
Con el mayor sigilo y bajo juramento de no comunicárselo á nadie, Enriqueta de Castro decía á sus amigas:
--¿Sabéis lo que me ha confesado mi hermana?...
Florita, por su lado, hacía lo mismo:
--¿Queréis saber por qué está quedándose tan anémica María Jacinta?
Estas indiscreciones provocaban otras de análoga índole y atrevimiento. En los pueblos pequeños todo se descubre y conoce, cual si hasta los muros más densos tuvieran la diafanidad del cristal. Doña Quintina sabía por Raimunda, la primogénita de Fernández Parreño, que á su hermana Anita la visitaba don Gil, y á doña Evarista la había informado doña Fabiana, la mujer de Martínez, el veterinario, que á idénticos peligros hallábase expuesta la mirlada castidad de doña Virtudes; esto último se averiguó por una indiscreción del cura don Martín, pues la tribulación y el pánico que la excelente señora tenía á morir en pecado mortal eran tales, que atropellando toda guisa de femeniles miramientos llevó su cuita al confesionario...
En mucho tiempo las amigas íntimas no supieron hablar de otro asunto, aunque conservando siempre el hipócrita cuidado de referir á una tercera persona sus particulares sensaciones. Su voraz curiosidad removía hasta los detalles más arriesgados, enardecíanse sus imaginaciones y la evocación de sus lupercales solitarias derramaban por sus ojos desfallecimientos de harén. Aquellas cabezas femeninas, unas rubias y ondulantes, otras negras y lisas, apretujándose para charlar en voz baja con el interés acre de las conversaciones prohibidas, componían ramilletes de flores extrañas sobre las cuales el recuerdo de don Gil zumbaba semejante á un moscardón cabalístico.
VI
¿Cuántos hechos similares fueron necesarios para que el vulgo reconociese que una especie de mortal maleficio iba unido á la presencia de aquel hombre pequeño y amarillo?... Muchos debieron ser, pues el distraído espíritu popular no se fija y concreta sin una abundante síntesis de fenómenos iguales: de suerte que cuando la opinión comenzó á decir que don Gil era brujo, fué porque de súbito creyó ver en él numerosísimos rasgos y momentos que lo atestiguaban así.
Dos episodios verdaderamente impresionantes, acaecidos casi á continuación el uno del otro, y que dictados parecían por un mismo criterio de venganza, sirvieron de coyuntura ó motivo para que este supersticioso juicio se afirmase.
A los tres años de vivir don Gil en Puertopomares, tuvo la desgracia de enamorarse de Ursula Izquierdo, sobrina del rico hacendado don Rogelio Pérez Izquierdo, y una de las muchachas más lindas de la provincia. Tan urgentes, tan cegadores, fueron los deseos que su buen palmito y mucho donaire atizaron en don Gil, que no pudo éste retenerlos ocultos, y así, desoyendo las voces de su modestia, aventuróse á dejar que la cuita de su corazón le subiese á los labios festar (?) su cuita poniendo en los labios su corazón. Como era de suponer, conocidas las mezquinas trazas del galán, aquel amor no obtuvo correspondencia, y don Gil sintió germinar en sus profundos, hacia la ingrata, un rencor infinito.
Transcurrieron varios meses. Una mañana Ursula Izquierdo se levantó muy triste. Sus padres la acosaban á preguntas impresionados por aquella lividez.
--¿Qué tienes?...
--Nada; pena... ¡Nada!...
A la hora del almuerzo no quiso comer. Tenía frío, calor y, sobre todo, miedo... un miedo horrible á algo que, según ella, estaba á su lado y nadie veía. Por la tarde, en una tertulia de amigas íntimas, declaró la razón de su angustia. Pesaba sobre ella la sugestión de una pesadilla vitanda. Había soñado hallarse en un jardín con varias muchachas; todas reían, danzaban y estaban muy alegres, cuando por entre las hiedras de un cenador apareció la Muerte, embozada en un peplo blanquísimo y con las apariencias esqueléticas que le atribuyen los pintores. La Fría quedóse observando atentamente á las jóvenes, como si buscase entre ellas una víctima; todas habíanse vuelto de espaldas y procuraban esconder su rostro en el seno de una compañera. Cesaron las risas y un soplo helado atravesó el jardín; amortiguóse la luz en el espacio; palidecieron las rosas. La Muerte continuaba mirando, adelantaba el cuello y su frontal amarillo brillaba siniestro bajo la claridad de la tarde; sin duda quería ver...
A su lado, de improviso, surgió don Gil Tomás, vestido de negro y llevando sobre sus hombros tallados en forma de acento circunflejo, la enormidad de su cara color de limón. El hombre pequeñito mostrábase aliado de la Lívida; hasta la protegía.
--¿Qué quieres?--la preguntó.
Repuso la Muerte:
--No hallo lo que busco.
Y don Gil:
--Yo sé á quién buscas. ¿Era á ésta?...
Adelantóse hacia Ursula Izquierdo. La joven esperimentó una angustia indecible; quiso gritar y los músculos de su garganta, pasmados y mudos, no la obedecieron; castañetearon sus dientes; sus sienes humedeciéronse con el mador de las agonías. Procuró entonces ovillarse más, acuclillarse mejor, tapándose con las haldas de sus compañeras. Pero el enano no la perdonaba: le oyó acercarse y sintió en la nuca el contacto de su mano fría y parva.
--No te escondas--dijo don Gil--, es á ti, á quien busca la Muerte.
Tiró de ella con fuerza, obligándola á levantarse, y como Ursula, aun á despecho de su voluntad, alzase los ojos para mirar, recibió en ellos el maleficio que irradiaban las cuencas vacías de la Flaca y el desencanto nevado de su risa.
--¿Era ésta tu elegida?--insistió don Gil.
La Muerte repuso, sin aproximarse:
--Esa es.
Volvióse el hombre pequeñito hacia la víctima:
--Ya lo sabes; ahora te advierto que, para arreglar los asuntos de tu conciencia y despedirte de los tuyos, dispones de tres días.
Con esto desvanecióse la pesadilla, y la descripción que de ella hizo Ursula á sus amigas no las impresionó mayormente. La alucinación, sin duda, era interesante, estaba desenvuelta con lógica y testimoniaba el odio que roía el hermético corazón del enano; ¿pero cuántas extravagancias peores disponen y trenzan á cada instante los espíritus absurdos del sueño?... Ursula Izquierdo, sin embargo, no podía hurtarse á la emoción de una escena que vió y oyó y estremeció su ánimo, con el vigor de la verdad. Su pesadilla ocurrió en la noche de un jueves, y la joven, aunque aparentaba haberla olvidado, iba contando uno á uno los momentos de aquellos tres días que don Gil puso de término á su vida. El sábado despertóse muy contenta y por la tarde asistió á un bautizo. El lunes, sorprendidos sus familiares de no verla levantada á la hora de costumbre, fueron á su dormitorio y la encontraron muerta. El cuerpo estaba ya rígido, y la serenidad del semblante revelaba que en sus postrimeros instantes no hubo dolor. Entonces fué cuando el ensueño de Ursula Izquierdo se divulgó: las mujeres se lo referían sintiendo frío en la espalda, y cuando se tropezaban con el hombre pequeñito en la calle, se signaban, ó miraban á otra parte, esquivando la _jettatura_ ó mal hechizo de sus pupilas color de cobre, ó procuraban agarrarse á una reja, para con el contacto del hierro evitar el aojo.
El otro hecho que ayudó á consolidar el tablado de nigromancia ó brujería en que don Gil Tomás iba colocándose, ofreció también significativa originalidad.
A pesar de la templanza que don Gil ponía en todas sus palabras y acciones, y del retraimiento y silencio en que su timidez gustaba recatarse, no faltó quien, intemperante y mal educado, le buscase camorra. Iba el hombre pequeñito por la calle Larga, en dirección al Casino. Al enfrentar la casa Correos, como fuese distraído, tropezó con un borrico bien cargado de cazuelas, botijos, pucheros, macetas y otros cachivaches quebradizos y de mucho bulto; asustóse el animal, acaso más que de la fortaleza del encontrón, que no pudo ser grande dado el poco peso de don Gil, de la extravagante figura de éste, y metiéndose alborotadamente en la acera y aculándose contra la pared rompió varios cacharros. Pateaba el bruto sobre los añicos, y con el ruido más se empavorecía y mayores eran los destrozos que sus esguinces y corcovas producían en la ancheta. El hombre pequeñito, avergonzado de su mala obra, no sabía qué hacer. En estas apareció el dueño del burro, quien trabándolo por el ronzal y administrándole algunos puntapiés en los hijares, fácilmente lo redujo á obediencia y quietud. Luego, ya enfurecido, revolvióse contra don Gil, insultándole y propasándose á tirarle de los cabezones. Varias personas, testigos de la escena, intervinieron, librándole de tanta humillación. El hombre pequeñito, convencido de su debilidad, no había intentado defenderse; ni siquiera habló; pero su ira, su rencor, su impotencia, le subieron al rostro como una ola lívida. Sus labios, sus ojos, hasta sus cejas, emborronáronse en la misma nube blanca; su biliosa amarillez hízose nieve; estaba horrible, epiléptico, fantasmal, y los transeuntes mirábanle asustados: hallaban imposible que aquel hombre, en cuya cabeza no parecía haber quedado ni una gota de sangre, estuviese vivo.
El amo del pollino se llamaba Manuel Ayala, y vivía con su mujer y cuatro hijos en una casuca de la Bajada de la Fuente. Al volver por la noche á su domicilio, refirió su disgusto con don Gil, y los incidentes del lance sirvieron, durante la colación, de asunto de plática. La mujer, no obstante, reía poco; estaba preocupada; á ella, aquel hombrecito descolorido y minúsculo la inspiraba miedo.
--Hiciste mal en provocarle--murmuró--; porque, según dicen, ese don Gil es brujo.
Noches después, Manuel Ayala se acostó recomendando mucho á su mujer que le despertase temprano, pues á las cinco de la mañana pensaba marcharse á Candelario, donde había feria. Pero, aunque dormilón, no necesitó que al otro día nadie le vocease ni rebullese, porque él mismo, expontáneamente, se levantó el primero. Y como su cónyuge se maravillase de verle tan despavilado, Ayala repuso:
--¿Y á que no sabes tú quién me ha despertado?... Pues, don Gil Tomás.
Palideció la mujer y él agregó, un tanto sorprendido de la coincidencia:
--Yo dormía profundamente... ¡como que del lado que caí anoche he amanecido hoy!... Cuando, de pronto, aparece don Gil, pero tranquilo, como si nada molesto hubiese pasado entrambos, y me dice: «Manuel, que tu mujer se ha dormido y son las cuatro y media. ¿No tenías que ir á Candelario?...» El pasmo de verle así, á dos pasos de mi cama, según estoy viéndote á ti ahora, me despertó. Me tiro al suelo, miro el reloj... y, exacto: las cuatro y media. ¿Tú lo comprendes?...
Tras un breve silencio, la esposa murmuró profética:
--Yo, en tu lugar, no iba á Candelario.
No prestó atención Manuel Ayala á estas palabras, concluyó de vestirse, aparejó el burro y fuese despidiéndose de los suyos hasta la noche. Alegre y por su pie se marchó, y muerto y atravesado en una caballería le volvieron al tramontar del sol, que en dura pelea un gitano, á quien acaso ayudaba el maleficio de don Gil, de una fiera cuchillada le partió el corazón.
De estos y otros parecidos sucesos que, apenas averiguados, iban con velocidad eléctrica de hogar en hogar, derivóse el taladrante prestigio fascinador de don Gil. Como su poder alcanzase á todos los vecinos, llegó á ser para la vida colectiva de Puertopomares como una argamasa de superstición y de dolor. Los hombres recelaban de él y la mayoría de las mujeres, que de noche sintieron sobre sus flancos el contacto de sus brazos raquíticos, le estaban sometidas por la horrible voluptuosidad del miedo y del asco.
¿Cómo explicar el origen de los ensueños plenamente y de un modo que por igual complazca á la ciencia y á la fantasía? ¿Cómo desenmarañar los linderos que separan la vida orgánica, de aquellos miríficos donde campea la conciencia?...
Para el materialismo, la actividad mental es una secreción encefálica; para el espiritualismo, el alma y el cuerpo son entidades rotundamente diferentes y hasta antagónicas, pero entre las cuales, y mientras dura el fenómeno de la vida, persisten relaciones análogas á las del jinete con su caballo, ó á las del inquilino con la casa que habita. Si la casa se derrumba, el inquilino se va; si el caballo fatigado se niega á seguir andando, el jinete desmonta y continúa solo su camino; cuando el cuerpo, sujeto á todas las lacerías y dolamas de la arcilla cobarde, envejece y retorna á la interminable pudrición de la tierra, el espíritu abre hacia la increada luz sus alas inmortales.
Pero, así como la primera de estas escuelas filosóficas deja inexplicadas las maravillas de la telepatía, los presentimientos, los sueños proféticos, las visiones á distancia y otras sutiles y multiplicadas emociones que nos rozan á cada paso como ráfagas tenues ó sigilosos latidos de un mundo que procura revelarse á nosotros, de igual modo la segunda carece de verdadera trabazón científica: pues si la materia se divorciase de la fuerza, se dividiría y subdividiría más allá del átomo; su disgregación sería infinita; y entre tanto la fuerza, por sí sola, la fuerza aislada, la fuerza «pura», ¿cómo ejercitaría su actividad si sus mismas limpieza y abstracción la incapacitaban para todo contacto físico?...
De ello dedúcese, que preferible sería colocarse en un sincretista término medio, y adoptar un criterio que hermanase esas dos orientaciones seculares del pensamiento. A saber: despojar al espíritu de sus cualidades de indivisibilidad y perpetuidad, y considerarlo como una función ó producto de la materia; pero, al mismo tiempo, atribuirle una substancia más delicada, inteligente y sutil, que la puesta al alcance de nuestros sentidos; algo, no bien estudiado aún, que participe por igual de los elementos físico y moral, y asegure, si no la inmortalidad, al menos una limitada continuación ó persistencia de la conciencia después de la muerte.
Únicamente aceptando esta hipótesis podría aclararse el enigma de los sueños, cuya pavorosa preeminencia campea en la historia de las civilizaciones antiguas y en los textos sagrados.
Para los médicos, los diversos estados del ensueño responden á ideas-imágenes producidas por cerebraciones inconscientes. Fisiólogos esclarecidos aseguran que nunca, ni aun en las horas de reposo profundo, el cerebro descansa completamente; la sangre, si bien con muchísima mayor lentitud que durante la vigilia, continúa circulando por él, lo que mantiene alerta el dinamismo de algunas células y de consiguiente cierto tragín mental. Cuando esta actividad nerviosa es muy pequeña, sus imágenes son inconexas, rudimentarias y reflejan una actitud ó momento puramente físico. Ejemplo: el brazo que un individuo, al dormirse, dejó doblado sobre su pecho, puede sugerirle después la alucinación de ir subiendo una montaña y de hallarse fatigadísimo; la persona que se acostó sedienta, no es difícil que sueñe naufragios ó imagine estar bañándose en un río; una hiperestesia hepática determinará en el sujeto ideas truculentas...
Estos casos, por sus inconexiones y su frecuencia casi cotidiana, constituyen los «estados inferiores» del sueño. Mas hay otros en que es el alma quien toma todas las iniciativas, y á veces su alboroto es tan intenso, tan radiante, que bajo su acción el dormido habla, improvisa versos y traduce libros impresos en extraños idiomas, con una rapidez y una luminosidad intelectual de que él mismo luego se pasma y admira. Tal sucede con cuantos fenómenos abarcan los interesantes capítulos del sonambulismo y de la epilepsia. A juicio de unos profesores, el sonámbulo «ve» los objetos: la puerta que se dispone á abrir, los peldaños de la escalera que bajará después; y, si le hablan, «oirá» efectivamente las palabras que tamborilearon sobre sus tímpanos y responderá á ellas. Según otros, el sensorio del sonámbulo permanece apagado y á oscuras, y, de consiguiente, su alma no «siente», sino que «recuerda», por cuanto lo que parecía sensación es obra ó fenómeno de memoria.
¿Cuál de ambas hipótesis se avecina más á la verdad?... Probablemente ésta no fraterniza con ninguna de ellas, y así, uniéndose las dos, acaso dieran la solución del misterio, porque la naturaleza esencialmente armónica, comprensiva y sintética, aborrece la estridente grosería de los radicalismos. Sin duda el sonámbulo percibe directamente la realidad objetiva, al propio tiempo que su bien despabilada energía interior rememora, imagina, discurre y apetece, exactamente como en la vigilia, pues entre todos los momentos de su alucinación hay un nexo lógico. ¿Qué importa que al despertar el individuo no recuerde nada de lo que dijo ó hizo mientras dormía? ¿Bastará esto á denegar la certidumbre de esa vida cerebral devanada bajo el misterio de la noche y á la cual el reposo del cuerpo confiere la inmóvil majestad de la muerte?...
A tan sutiles honduras psicológicas urgía acogerse para explicar la bien delineada separación entre la carne y el alma de don Gil, y aquella increíble y jocunda autonomía de su voluntad.
El hombre pequeñito no era sonámbulo; su cuerpo enano jamás salió de su hotelito del Paseo de los Mirlos, ni siquiera de su alcoba; pero, en cambio, su espíritu bordonero y licencioso, condenado parecía á la sed de Tántalo.
Esta aptitud giróvaga obra fué indudablemente de una larguísima gestación, y no comenzó á manifestarse hasta que motivos especiales de despecho y venganza, sacudiéndole terriblemente, lleváronle á disponer el temprano fin de Ursula Izquierdo y de Manuel Ayala. Desde aquel momento su alma adquirió una independencia casi absoluta, una elasticidad vencedora de cuantos obstáculos la separaban del mundo objetivo, y entonces se hizo íncubo y aclaró las sombras que tantos años ocultaron el asesinato del infortunado don Alonso. Despierto, don Gil Tomás no sabía nada, no se acordaba de nada, y su cuerpo amarillo vejetaba pacíficamente en la paz lugareña; pero, apenas dormido, su imaginación recobraba las riendas de sus desbocados apetitos, y furores corsarios de venganza y lujuria le escandecían. En la misma noche el vampiro visitaba á María Jacinta, su favorita; á Enriqueta de Castro, otra de sus predilectas, y á tres ó cuatro mozas más; y luego iba á casa de los Paredes, en quienes acuciaba, por diferentes medios, su todavía vago deseo de asesinar y robar al señor Frasquito. Para esto don Gil, que conocía las orzas verdes que el antiguo contrabandista ocultaba bajo la raigambre del chopo, le hablaba á Toribio de ellas continuamente, y así exacerbaba su codicia; á su hermana también la enaltecía la magnitud de tales tesoros, y describíala los aburrimientos de su vida, que pudiendo ser divertidísima era abominable por la blandura y apagamiento de su voluntad. Finalmente, y reconociendo la necesidad de buscarse un aliado, plantábase en Salamanca y en el domicilio de Vicente López, á quien hablaba de volver á reunirse con Rita, y de la cuantiosa fortuna que ésta iba á heredar.
La influencia de don Gil debilitábase mucho con la vigilia, pero nunca llegaba á perderse completamente. Al abrir los ojos á la luz de la mañana, algunas personas, en particular las mujeres, recordaban bien su ensueño de la víspera; otras lo recomponían borrosamente; otras, en fin, no hubiesen podido afirmar si soñaron ó no; pero, aun en éstas, las emociones de la olvidada pesadilla jamás fracasaban del todo, é iban á sumarse á ese légamo de celebraciones imprecisas, de deseos fracasados, de ideas deshechas, donde el sentido íntimo hunde sus raíces.
El mundo psíquico de cada hombre tiene profundidades incalculables, y así, lo que le sucede al individuo con el diccionario de su idioma nativo, del que sólo conoce un exiguo número de palabras, le acontece, pero en una proporción infinitamente mayor, con su vida mental. ¿Cuántos fenómenos ocurren dentro y fuera de nosotros que no vemos? Palabras y melodías, que llegaron á los oídos y no los conmovieron; tonalidades, panoramas, puestas de sol, que resbalaron inadvertidas sobre las pupilas; rebabas de deseos, de imágenes, de entusiasmos, de recuerdos, que un instante vibraron en el espíritu, pero de modo tan somero que la conciencia no los advirtió. ¿Acaso esto no rellena y colma las tres cuartas partes de nuestra zona ética? De donde dedúcese que la notoria poquedad y miopía del sentido íntimo acorta, en más de la mitad, la angustiosa rapidez de nuestra vida, pues á las horas que descuida durmiendo deben añadirse los millares de momentos por entre los cuales, sin sospecharlo, va filando el espíritu.