El misterio de un hombre pequeñito: novela

Part 3

Chapter 33,776 wordsPublic domain

--Hace usted mal en eso; vea usted: mi reloj, con respecto al de don Elías, también atrasa, y no lo toco. Para conservar nuestros relojes, al revés que para conservar á nuestras mujeres, debemos tocarlos lo menos posible. ¡Por algo ellas, en nuestra vida, fueron siempre el desorden!...

Al salir del Casino vieron pasar al otro lado de la plaza, bajo la umbría de los soportales, un hombre silencioso, pequeñito, intensamente amarillo; un hombrecito, de color de miel, vestido de negro.

Martínez exclamó dirigiéndose al médico:

--Ahí va don Gil Tomás. Tenía usted razón. Deben ser, efectivamente, las siete en punto.

III

Los dos hermanos comieron en silencio, irritados por la ausencia de Frasquito Miguel, quien, según costumbre, volvería borracho. Terminada la cena, Rita Paredes levantó el mantel, y, á falta de café, Toribio dióle un largo tiento al porrón del vino, la rapada cabeza echada hacia atrás y los ojos puestos en las vigas del techo. Luego, mientras con una mano dejaba suavemente el porrón en el suelo, con el dorso de la otra se restregó y secó los labios. Cuarentón ya, mostraba el pelo canoso, el rostro rasurado, flaco y de líneas salientes, los ojos carniceros, redondos y de color almagre, la boca fina y oscura, circundada por manojos de pliegues sutiles. Era sobrado de estatura y cenceño, con esa flexibilidad y aridez de carnes que da á sus habitantes el solar castellano. Hablaba poco y mirando al suelo. Tenía algo de mastín. Una vieja cicatriz endurecíale el rostro. Levantóse, y acercándose á una ventana examinó el cielo, estrellado, límpido, transparente, después del furibundo aguacero de aquella tarde. Bostezó malhumorado.

--Buenas noches.

--¿Ya vas á dormir?

--Necesito madrugar. Mañana hay mucha faena. A las cinco me llamas.

Fatigadamente, los brazos caídos, el paso largo, grave el rostro, desapareció en la oscuridad de un aposento inmediato.

Rita, con notables disposición y rapidez, sacudió el mantel bajo la campana del hogar, fregó los platos, enlució los cubiertos, y lo sobrante del guisote familiar lo colocó en un pucherito junto al rescoldo, para que Frasquito Miguel lo encontrase caliente. Sentóse después á coser, y sobre la blancura de las ropas sus manos morenas, flacas y de articulaciones nudosas, tenían una impaciencia agresiva. La herencia había dejado en ambos hermanos una notoria comunidad de rasgos. Como los ojos de Toribio, los de Rita abríanse pequeños y bermejos, y sus labios delgados, circuídos de pequeñas arrugas, adquirían al cerrarse, expresión cruel. Era alta, enjuta, y de apariencias varoniles. Sus treinta y cinco años, los trabajos, la miseria y la epiléptica violencia de sus instintos, habían destruído en ella las blandas curvas de la femineidad; y coronando aquel corpachón anguloso de hombre, una cabeza pequeña, de perfil corvo, de mejillas pecosas, de cabellos rútilos y lisos, recogidos atrás. En el pueblo á los Paredes les llamaban _los Rojos_, y sus costumbres y combativas apariencias les hacían temibles.

La mujerona suspendió su labor para escuchar al sereno, que cantaba una hora: las diez: pero inmediatamente reanudó el trabajo, y había en su diligencia una especie de cólera. Todo á su alrededor era silencio; únicamente fuera, en la paz nocturnal, el Malamula, hinchado por el copiosísimo llanto de las montañas y de las nubes, gemía clamoroso.

Varios años hacía que Rita habitaba aquella casuca de planta baja, construída entre los cimientos de un baluarte, sobre la pendiente del río y en la línea de ruinas que deslindan y separan el barrio pobre del resto de la población. Fuese á vivir allí poco antes de que su amante Vicente López, apodado _el Charro_, á quien conoció en un lupanar de Cáceres, la abandonase para irse á Salamanca con otra mujer. De aquel amor, que fué muy grande, le quedó á Rita un hijo. Viéndose sola abrió un tabernucho al amparo del cual recobró sus hábitos de manceba. Este tráfico, durante las semanas que tardó su cuerpo en ser conocido, produjo dinero; luego, no.

Por entonces llegó casualmente á Puertopomares Toribio, que ejercía de pueblo en pueblo el oficio de bujero. Años hacía que los dos hermanos no se abrazaban, y su asombro rivalizó con el contento de volver á verse. Ni una carta se habían escrito en todo aquel tiempo. Se separaron casi niños y el azar tornaba á reunirles cuando ambos llevaban sobre la frente el dolor de las primeras canas. En la historia de Toribio había inconexiones, paréntesis misteriosos, que Rita, necesitadísima también de indulgencia, no intentó esclarecer. A los diecisiete años Toribio Paredes se alistó voluntario para la guerra de Cuba y asistió á la acción de Peralejo, donde fué herido. Le licenciaron. En la Habana, primero, y luego en otras ciudades de la Isla, ejerció diversos empleos. Estuvo en Puerto Rico y en Méjico. Después regresó á España y en Cádiz, á los pocos días de desembarcar, hirió mortalmente al dueño de un garito. En la pelea no hubo traición, pero la justicia sentenció al homicida á ocho años de presidio. En el de Ceuta expió su condena. Al salir dedicóse sucesivamente, como en Cuba, á distintos oficios. Cuando llegaba ocasión, ejercía el suyo primitivo, de carpintero; después, vendió baratijas por las ferias, fué leñador, aplicóse al chalaneo y á la recova y montó un Tío-Vivo. Finalmente deshízose de él y recobró su profesión de gorgotero ó bujero, cuyo ejercicio reclamaba pocos desembolsos y hallábase muy en armonía con sus inclinaciones vagabundas.

A las confesiones de Toribio correspondió Rita con las suyas. Habló de su primer amante, el amo de una fábrica de corsés, donde ella trabajaba. Al conocer su embarazo el burlador la despidió. ¡Miserable! Poco después, cayó enferma. Hubiera muerto de hambre en mitad de la calle, si no la llevan al hospital. Allí dió á luz y el niño fué á la Cuna. No había vuelto á saber de él. Después entró á servir en una casa de donde la echaron cuando supieron su aventura con el dueño de la fábrica de corsés. Una vecina les fué á sus amos con el soplo. Al verse de nuevo sin albergue, rostro á rostro con la miseria, la mujerona pensó: «Esta noche yo como y duermo bajo techado». Y esperó á que su delatora, cuyo domicilio conocía, saliese á la calle. La sangre que encerró á Toribio en Ceuta, hervía en ella. No tenía armas, pero tampoco las necesitaba; sus dientes y sus uñas bastaban á su cólera. Fué una escena horrible. Rita cayó sobre su presa, la tiró al suelo y teniéndola sujeta bajo las rodillas comenzó á despedazarla; matarla hubiera sido poco. A puñados la mesaba el pelo, y á mordiscos la arrancó una oreja y la desfiguró bárbaramente la nariz y las cejas; el labio inferior de la víctima desapareció, y como nadie pudo hallarlo, los testigos de la pelea supusieron que la agresora, en un rapto de antropofagia, se lo había tragado. Rita Paredes fué condenada á tres años de reclusión en el penal de Alcalá. Allí riñó con otra reclusa, á quien maltrató ferozmente, y por ello sufrió dos años más de encierro. Desde Alcalá se trasladó á Madrid, donde una alcahueta que andaba en peligrosas cuentas con la justicia, por corrupción de menores, la propuso ir á Cáceres...

Al llegar á este capítulo, el más sucio, quizás, de su negra historia, la mujerona vacilaba: también en su vida, como en la de su hermano, del monstruoso ayuntamiento de la ignorancia con el infortunio, nacieron páginas tiznadas, abyecciones inconfesables. Ninguno de los dos tenían qué recriminarse; del mismo vientre nacieron, y á su tiempo ambos rodaron hacia el dolor; si ella se había prostituído, él había robado; los dos malditos, los dos iguales.

Finalmente, Rita explicó sus relaciones con _el Charro_, y cómo éste la abandonó y no se preocupaba de su hijo, que ya tenía cinco años.

--Podías quedarte aquí, conmigo--añadió--; estando juntos viviríamos mejor.

Toribio aprobó; rato hacía que en aquello mismo estaba él pensando. A pesar de haber permanecido alejados tanto tiempo el uno del otro, volvían á sentirse muy cerca, muy identificados por el misterio augusto de la raza, y tan unidos en sus pensamientos, codicias y deseos, como si nunca se hubiesen separado. La miseria eneanchó y afirmó la obra de la herencia: ella fué mala por las razones mismas que él no pudo ser bueno; causas análogas les pusieron lejos de la ley; de una parte el hambre, de otra, el instinto; y así, al término de varios años, perdonáronse mutuamente sus yerros, maravillados de comprenderse tan bien y de seguir tan juntos.

Toribio relató á su hermana la constitución íntima de sus negocios: él, que continuaba en la pobreza, había llegado á Puertopomares con su socio capitalista; un tal Frasquito Miguel, andaluz, de quien no le convenía separarse. Como Paredes, Frasquito Miguel tenía una historia nebulosa. En Madrid, siendo mozo, ejerció la profesión de trapero. Más adelante, de acuerdo con otros individuos, abrió una carnicería destinada á sucursal ó principal despacho de un matadero clandestino. Las ganancias comenzaron siendo excelentes, pero el asunto no tardó en echarlo á perder la policía; fué un mal negocio que dió con sus iniciadores en la cárcel. Al recobrar la libertad Frasquito Miguel trasladóse á Málaga, y en arriscados lances de contrabando vió medrar su hacienda. Otras oscuridades y lagunas había en su vida. Él y Toribio se conocieron en la feria de Badajoz, y aparejados desde hacía dos años por el interés, más que por la simpatía, operaban juntos: unas veces vendían paños, otras, juguetes y baratijas de similor. Dónde guardaba el señor Frasquito los fondos de la sociedad, arcano fué que Toribio Paredes no consiguió esclarecer nunca; pero era lo cierto que el antiguo trapero siempre llevaba consigo los billetes de Banco necesarios para no dejar perder ningún buen negocio. Tras una lucrativa excursión por diferentes pueblos de la serranía salmantina, llegaron ambos á Puertopomares y en la Fonda del Toro Blanco pidieron dos habitaciones, pues Frasquito quería absolutamente dormir solo.

--Son datos en que debes fijarte--decía el narrador á su hermana.

Mientras Toribio Paredes hablaba, ella mirábale fijamente, y sus ojos, rodeados de pestañas bermejas, se abrían y cerraban, revelando con aquel seguido guiñar un agudo esfuerzo de comprensión. En sus labios, finos y oscuros, la codicia acababa de dibujar un gesto de sed.

Toribio concluyó:

--Los días que estemos aquí, Frasquito puede pasarlos con nosotros; ó, al menos, almorzar y cenar en nuestra compañía. ¿No te parece? Tú, procura esmerarte en la comida. El es buena persona y solterón... y con el tiempo... ¡quién sabe!... llevándonos todos bien...

Sus cábalas fueron cumpliéndose una á una. Frasquito, receloso al principio, acabó enamorándose de Rita. De estas relaciones nació un niño, á quién bautizaron con el nombre de José y los apellidos de su madre, pues el señor Frasquito, cauto siempre y amigo de andar con los ojos bien puestos en el porvenir, no quiso precipitarse á reconocerle. Aquel muchacho añadió nuevos vínculos á los lazos de interés y amistad que unían á los dos hombres, y así decidieron establecerse juntos. Frasquito hubiera preferido vivir aparte con su mujer; pero tan irreductible oposición halló en ésta y en su hermano, que desistió. Ya reunidos todos, acordaron recogerle un poco las riendas á la vida y aquietarse, y hacer de Puertopomares una especie de centro de residencia ó de «cuartel general», de donde saldrían á recorrer, periódicamente, los otros pueblos de la provincia.

La casuca que cobijó los amores de Rita con el Charro y que ella transformó luego en taberna y disimulada mancebía, el señor Frasquito Miguel y su cuñado, dando muestras de su mucha industria, la aderezaron, ensancharon y dispusieron de manera que sirviese de vivienda y de almacén. Para hallarse más separados y con mayor honestidad, levantaron un tabique que hizo de la cocina primitiva dos habitaciones; la despensa, que era espaciosa, después de bien enjalbegada y solada, sirvió de dormitorio, y cuando quedaron celosamente revistas y tapadas las goteras del pajar, éste ofreció á su vez condiciones excelentes de seguridad.

Pero las principales reformas se verificaron en el corral, que hasta entonces sólo aprovechó para gallinero y pudridero de basuras. Allí un viejo chopo levantaba, muy por encima de los bardales, la gracia verde de su copa recogida, sensible al viento. Este árbol fué en tiempos atrás como un gesto de orgía, como una cimera ó penacho de escándalo, alzado sobre la vulgaridad de la humilde vivienda. La casa de Rita, la barragana de tantos, se distinguía y señalaba entre todas por aquel chopo esbelto. Era su reclamo, su anuncio, su clarín. Desde muy lejos se divisaba. La gente rústica que se acercaba á Puertopomares por el lado opuesto del río, lo conocía bien; los mozos se lo mostraban unos á otros, extendiendo un brazo:

--Es allí...--decían.

Y hasta hubo quien aseguraba que Rita, muy avisadamente, llegó á adornarlo en las noches sabatinas con farolillos de colores, y cómo tales luces, balanceándose en la oscuridad á impulsos del aire, ejercían sobre los hombres, á una distancia de varios kilómetros, irresistible atracción. Apropósito de aquel árbol popular y de las trazas hombrunas de su dueña, alguien había dicho: «Eres, Rita, como el chopo: alta y grande, pero de mala sombra». La frase gustó y vivió muchos años.

Toribio y Frasquito talaron aquel chopo lupanario, igualaron y limpiaron el suelo, y luego, utilizando como paredes maestras los dos acirates más largos del corralón, improvisaron á la izquierda un amplio departamento de mampostería, seco, claro y sólido, bueno para depósito de mercaderías; y á la derecha, un soportal ó cobertizo de tejas, sostenido por pilares de ladrillo, destinado á caballeriza.

Asombraban por igual, la previsora astucia, la alegre voluntad y la rapidez con que los dos hombres realizaron tan ardua tarea, y el feliz remate que dieron á todo. En su mañera traza y ágil disposición claramente echábase de ver la complejidad pícara de sus vidas. Ningún oficio les era extraño: lo mismo aplomaban una pared, que techaban una habitación, ó disponían los batientes de una puerta, modelaban á yunque y martillo una reja, componían una cerradura, herraban un caballo ó compraban animales que sabían vender luego á mejor precio. Este abigarramiento de aptitudes resplandecía también en la diversidad plateresca de su industria. Con todo traficaban. Los objetos de quincalla, los racimos de zapatos y las pirámides de sombreros y otros artículos de poco peso, eran subidos al desván; lo mejor, lo más caro, los paños, mantas, tapetes y piezas de ropa blanca, ocupaban el nuevo almacén, con su suelo de ladrillo aislado de la humedad por una capa de carbón. Una yegua y una mula, servíanles para transportar sus mercancías. A veces salían de Puertopomares al despuntar la aurora, otras á prima noche, según la estación y la longitud del itinerario que hubiesen de recorrer; generalmente estas expediciones eran fructuosas, y al término de ellas el señor Frasquito y Toribio reaparecían con las caballerías muy aligeradas y en el rostro reflejado el codicioso contento de los buenos negocios.

Tan activo tráfico duró varios años, en los cuales Frasquito Miguel y su coima hubieron dos hijos más: María Luisa y Francisco. No obstante estas novedades, la disposición sentimental de aquellas tres personas nada había variado. La sonriente bonanza de sus negocios les enriquecía sin acercarles. Rita y Toribio Paredes continuaban estrechamente unidos por sus instintos de crueldad y de rapiña: la homogeneidad de los ambientes donde desenvolvieron sus vidas les impidió diversificarse: una y otro eran egoístas, violentos y sórdidos, cual si sobre ellos gravitase una herencia de rapacidad y bandolerismo. Entre ambos hermanos, Frasquito Miguel, á pesar de sus tres hijos, de su labor inteligente y del dinero con que porfiadas veces coadyuvó al bienestar común, siempre sería un advenedizo, un extraño, casi un enemigo. El, receloso y astuto, debía de comprenderlo así y sentir la traición que le acechaba, por cuanto constantemente de todos se retraía y guardaba un poco.

Los vecinos del barrio, que recordaban el licencioso comercio á que Rita se había dedicado, demostraban á los Paredes cierta hostilidad. Ateniéndose á la indudable semejanza habida entre cada individuo y las personas de su afecto y predilección, razonaban que Toribio sería, en punto á rigidez de costumbres, como su hermana, y que Frasquito Miguel tampoco debía de tener muy severa moral cuando tan bien hallado parecía en aquel ambiente. La figura hombruna de Rita, el semblante frío y torvo del bujero, y la cara cetrina, cazurra, llena de vulpejerías y disimulos, de Frasquito, afirmaban esta creencia y ensombrecían el lar. El famoso chopo del corralón, cuyo perfil fálico recordaba á los mozos del campo el misterio de Eléusis, había desaparecido, pero su leyenda golosa perduraba. La casa de los Paredes, llamada por muchos «la casa del chopo», donde, según los viejos, quince ó veinte años antes, fué asesinado un hombre, parecía irradiar una pavura carcelaria, un enigma de antro. La honesta labor á que sus actuales moradores se aplicaban, no lograba purificarla; las aguas lustrales del trabajo corrían sin conseguir llevarse de aquellos muros el olor del burdel. La fachada, á pesar de su blancura reverberante y de sus dos balcones cargados de bien florecidas macetas, era triste; las mujeres que deseaban hablar con Rita ó comprar algo, raras veces se decidían á trasponer el quicio de la puerta, colocada medio metro bajo el nivel de la calle, y si alguna pareja de la Guardia civil pasaba por allí, nunca lo hacía sin inmergir una mirada fiscal en el zaguán húmedo, lóbrego y sumido, como una vieja boca. El vecindario siempre esperaba una emoción: que á los Paredes, verbigracia, les llevasen presos. Realmente, el aspecto y la historia de la casa y los tricornios de la Guardia civil, rimaban muy bien.

Al término de algunos años, los graves achaques del señor Frasquito contribuyeron á ensanchar la distancia que le separaba de Rita y de su hermano. Agravóse el frío de aquellas relaciones preparadas por la codicia y el cálculo. El antiguo trapero, que ya contaba más de cincuenta años, enfermó de reuma: comenzó á padecer en las articulaciones dolores agudísimos; se le inflamaron las rodillas, retorciéronsele y trastornáronsele como sarmientos los dedos de las manos, y vióse obligado á renunciar, casi completamente, al trabajo. Aquel invierno Toribio Paredes salió solo á vender; su cuñado, medio paralítico, quedábase en casa y á intervalos los gritos que así la cólera de su inutilidad como el mucho sufrir de sus huesos, por igual le arrancaban, rompían lúgubremente la paz de la calle.

El desvalimiento del señor Frasquito, que, con la enfermedad, en pocos meses parecía haber envejecido varios años, empeoró su situación moral. Rita, que no había olvidado á Vicente López, ni podía hablar de él sin verter lágrimas, y acaso por obra de los poéticos mirajes del tiempo le amaba más que nunca, empezó á aborrecer á Frasquito. Al principio de sus relaciones, le aceptó con gusto, por codicia; luego le fué indiferente; después esta indiferencia amistosa perdió cuanto pudiese haber de simpatía, se enfrió y fué desdén; últimamente, el desdén se mudó en desprecio y el desprecio en odio. La antigua ramera comenzó á sentir hacia su último amante, feo, viejo y tullido, inutilizado para el amor y el trabajo, un aborrecimiento de fiera. Aquel ex hombre, á quien muchas mañanas era necesario vestir y dar de comer, porque sus brazos anquilosados y trémulos no le obedecían, era una carga. ¿Qué necesidad tenía ella de ir por el mundo con tan terrible cruz acuestas? A veces una voz noble, voz generosa de caridad, dictaba á su conciencia palabras de Evangelio; pero inmediatamente el egoísmo y la sordidez tronaban con espantoso griterío. ¿Qué hubiese hecho el señor Frasquito á ser ella la inútil? Probablemente echarla á la calle, ó marcharse, y si la suerte permitió que el enfermo fuese él, ¿por qué no imitarle dejándole?...

De sus cuatro hijos á la mujerona sólo la interesaba realmente Deogracias, el primero, en quien revivía la figura del Charro. Los hijos de Frasquito, Pepe, María Luisa y Francisco, la servían únicamente de estorbo y para exacerbar su odio hacia el padre. De esto hablaban frecuentemente ambos hermanos, y por igual reconocían la utilidad de deshacerse de aquel perdulario y de los chiquillos que trajo al mundo; pero al llegar á cierto extremo difícil de su conversación, los dos callaban apenados porque en la realidad los hechos no se sucedan y devanen con la facilidad que en el pensamiento, y el recuerdo de la justicia, unido á las torvas memorias de sus años carcelarios, dejaba en sus almas oscuras un frío.

El motivo principal del acerbo rencor que los Paredes alimentaban contra Frasquito, era la rapacidad, el cuidado avaro, la esmeradísima avidez, la habilidad omnisciente, con que el enfermo sabía esconder su dinero. ¿Dónde lo guardaba? ¿A qué prodigios de escamoteo, á qué recursos de nigromante apelaba para ocultarlo de manera tan maravillosa que su desaparición no dejase rastro?...

Antes de afincarse en Puertopomares Toribio creyó siempre que su socio depositaba sus ahorros en algún Banco de Salamanca, de Badajoz ó de Madrid, y únicamente llevaba consigo las seis ó siete mil pesetas indispensables á las modestas transacciones de su negocio. Cuando ya todos vivieron juntos, Rita, para comprobar aquella suposición, dedicóse á leer cuantas cartas el señor Frasquito recibía: á tal fin las colocaba unos instantes sobre la boca de una olla donde hubiese agua hirviendo, y el vapor desprendía la nema del sobre tan limpiamente, que luego de repegada era imposible conocer la traición. Este acecho, minucioso y perseverante, de varios meses, demostró que el pañero no mantenía relaciones con ninguna casa de banca, ni recibía otra correspondencia que las de los fabricantes ó almacenistas al por mayor, de quienes él y Toribio se proveían; de donde los hermanos Paredes concluyeron que, según una rancia costumbre española, heredada quizás de los judíos y de los árabes, Frasquito Miguel debía de recatar sus ganancias en una ó varias orzas escondidas, probablemente, á muchos metros bajo tierra.

Esta segunda parte de la cuestión fué también objeto de investigaciones y atisbos prolijos. Durante sus excursiones por diversos lugares y villas, Toribio, que jamás perdía de vista á su adjunto, y de noche utilizaba múltiples é ingeniosos ardides para saber si salía de su habitación, llegó á convencerse de que Frasquito no tenía fuera de Puertopomares ningún tapujo, ni sitio, encrucijada ó mesón, que le mereciesen preferencia. Luego, si no en el campo, era en su propia casa donde el ladino viejo escondía «su tesoro»; que á tan preeminente y codiciable categoría remontaba la imaginación de los Paredes la fortuna de aquél.

Relacionando diversos datos y pormenores cazados hábilmente en el transcurso de dos ó tres años, la mujerona y su hermano dedujeron que el señor Frasquito tenía soterrado su dinero en el corralón, bajo la raigambre del chopo desaparecido; y confirmaba esta sospecha la frecuencia con que iba al retrete, situado al fondo del patio, y su empeño en ocuparse de la limpieza de las caballerizas y pesebreras, cual si por todos los medios procurara no alejarse de aquel sitio. Esta pista enardeció la codicia de los Paredes, y agravó su avariento sobresalto la consideración de que las orzas ó pucheros donde Frasquito Miguel fué servido de meter sus ahorros, empujados por las raíces, vivas aún, del árbol, iban hundiéndose más y más, de suerte que si transcurría mucho tiempo llegaría á ser muy difícil dar con ellas.