El misterio de un hombre pequeñito: novela

Part 27

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--Nosotros nos hallábamos acostados aquí, tú á mi derecha, según estamos ahora, cuando ese hombre llegó. Le encontré un poco raro: el semblante más flaco, más amarillo; el resto del cuerpo no se distinguía bien... parecía borroso... ¿Le soñaste tú así?...

--Lo mismo--repuso doña Fabiana, persignándose--; lo mismo...

--Entró deslizándose por entre ambos batientes de la puerta...

--Eso es.

--Y avanzó por detrás de la butaca...

--Exacto.

--Hasta detenerse á los pies del lecho de la niña...

--Exacto, justo--repetía doña Fabiana que sentía helarse su carne de pavura.

Continuó don Ignacio:

--No dijo palabra don Gil, ni yo me incomodé en preguntarle á qué venía, pues en su frente, como en un libro, leí su intención. De un brinco le salí al encuentro; recuerdo que por ese lado, por la derecha, y me abalancé sobre él.

--Es verdad. Yo le había hecho señas de que se fuera, para que tú no le vieses, pero no me entendió.

--Luchando á brazo partido caimos los dos al suelo; mas él quedó debajo, y yo, teniéndole bien sujeto con mis rodillas, empecé á estrangularle. ¡Ah, qué placer, cuando le cogí por el cuello, sintieron mis manos!... El perneaba, quería morderme, luego me pareció que vidriaba los ojos...

Doña Fabiana interrumpió á su marido.

--Sí, sí... ¡qué espanto! Todo eso lo he visto yo... ¡lo juro!... lo he visto... ¡lo he visto, como si realmente hubiese sucedido!... Entonces fué cuando di un grito y la niña me despertó.

--Indudablemente--repuso don Ignacio--porque yo oí ese grito y tu figura empezó á desdibujarse hasta desaparecer.

--¿Dejaste de verme?

--Completamente; y entonces oí tu voz y desperté.

La señora de Martínez, devotamente, tornó á persignarse.

--¡Ay, Ignacio!... Tengo un miedo horrible. Yo juraría que, hace unos instantes, el alma de don Gil Tomás ha entrado aquí.

--Creo lo mismo.

--¿Estará ese hombre enamorado de mí? Hay en todo esto como una brujería.

--¡Quién sabe!... Tal vez...

No hablaron más y durmieron sosegadamente hasta el otro día.

A la mañana siguiente corrió por el pueblo la noticia de que el hombre pequeñito había muerto. Sus criadas, cuando fueron á llevarle el desayuno, le hallaron tendido en su cama, frío y blanco. Los médicos á quienes el juez, don Niceto Olmedilla, encargó reconocer el cadáver, no hallando en éste nada anormal, certificaron que don Gil había fallecido de un derrame seroso. El parte facultativo añadía que la muerte debió de ocurrir aquella madrugada, entre cuatro y cinco...

Madrid, Junio 1914.

Fin