El misterio de un hombre pequeñito: novela
Part 26
Asomóse á un balcón y llamó á sus criadas, que platicaban en la calle con unos vecinos á quienes había alarmado la llegada del juez. Obedientes á la voz del amo las dos muchachas acudieron, y don Gil díjolas brevemente lo que debían hacer durante su ausencia. Pidió luego le colocasen en un maletín sus enseres de tocador, y sin otras dilaciones, marchando entre don Niceto y su secretario, y, seguido por los alguaciles, salió á la calle. Noticiosas de su detención muchas personas le miraban con recelo y asombro. En la Glorieta del Parque, delante del Parador del Sol y á la entrada de la calle Larga, la gente se detenía para verle pasar.
Con este nuevo aliño de brujería y ocultismo, tan del gusto popular, el interés de la causa aumentó. Los nuevos interrogatorios á que el fiscal sometió á los acusados, y los tenaces y enardecidos careos de éstos con el hombre pequeñito, tenían una orientación cabalística, un aroma de otra vida, que exasperaban la curiosidad.
XXXIII
La presencia de don Gil en la Sala donde se celebraba la vista, produjo, así en el público como en las personas del Tribunal, emoción fortísima. Jueces, letrados, periodistas, ujieres, todos admiraban la minúscula figura de aquel hombrecito sobre quien, á porfía, los tres procesados declinaban las peores responsabilidades. También advirtieron la expresión cerrada, preocupadora, de su rostro amarillo.
Don Gil Tomás afrontó aquel momento con bizarría. Traspuso sereno la barandilla que limitaba el espacio destinado al público, y subió los dos peldaños que facilitaban el acceso al estrado. La inverosímil pequeñez de su cuerpecillo, vestido de negro, la brevedad infantil de sus manos y de sus pies, y más aún la quietud de su cabeza, lívida y grave, dábanle las apariencias de un muñeco. Hubo un largo murmullo. Don Gil miró á su alrededor. Todo era rojo: la alfombra, el papel que revestía los altos muros, el dosel que daba á la mesa del Tribunal severo paramento, el ovalado respaldo de los sillones donde, semejantes á hojas otoñales, amarilleaban de vejez y fastidio las caras de los jueces. Suelo, paredes, muebles, naufragaban en la misma ola púrpura; un miraje alucinante, sanguinario, enloquecedor, sobre el cual las cabezas de los magistrados flotaban exangües y como truncas...
Después de responder á las generales de la ley, don Gil esperó cruzado de brazos. Iban á carearle con Rita. Su aspecto, su respiración, la mirada límpida de sus ojos, decían su inocencia. Apareció la mujerona. Desde el primer instante el fiscal encauzó el interrogatorio diestramente y sin divagaciones.
--Como usted sabe--empezó diciendo el representante de la ley--, aquí se han lanzado contra usted acusaciones gravísimas. Dos de los tres individuos complicados en el asesinato de Frasquito Miguel, dicen ser usted quien, con razones y consejos, excitando en ellos unas veces la codicia y otras su odio al difunto, les determinó y condujo al crimen. ¿Es cierto?
--No, señor. Todas esas aseveraciones son absurdas, y tomarlas en consideración me parece ridículo.
La réplica ardorosa y cortante, de don Gil, tuvo la virtud de endurecer un poco las cejas del señor fiscal.
--No debe el testigo--dijo--discutir los medios de que el Tribunal se sirve para esclarecer la verdad de los hechos. Nadie ha solicitado su opinión acerca de esto. Limítese, por consiguiente, á contestar.
Don Gil se inclinó, demostrando acatamiento y reverencia. Continuó el fiscal.
--¿Conocía el testigo al difunto Frasquito Miguel?
--Sí, señor.
--¿Desde hace mucho tiempo?
--Desde hace ocho ó nueve años. No sabría precisar ahora cuántos.
--¿Fueron ustedes muy amigos?
--No, señor. Nos saludábamos en la calle y nada más. Puedo decir que sólo le conocía de vista, como conozco á todos los vecinos del pueblo.
--¿No alimentaba usted contra él ningún motivo de resentimiento?
--Absolutamente ninguno.
--¿Los padres de usted conocieron al interfecto?
--Lo ignoro. Supongo que no.
--¿Dónde estaba usted la noche de autos?...
--En mi casa, probablemente, porque casi nunca salgo á la calle después de cenar.
--¿Qué impresión le produjo la muerte del señor Frasquito?
--Una impresión de piedad. Le creía un hombre inofensivo y bueno. Recuerdo que al siguiente día tropecé con su entierro y me uní á su comitiva.
--¿Por qué?...
Esta pregunta, que en otra ocasión cualquiera habría parecido ociosa, interesó á la Sala. También sorprendió á don Gil, que se alzó de hombros.
--Porque sí--repuso. Su voz era tranquila.
El fiscal continuó:
--No comprendo entonces la participación activísima que Rita Paredes y su hermano le atribuyen á usted en el asesinato del señor Frasquito. Ambos afirman que tan coautor como ellos es usted de esa muerte.
--Tampoco yo lo comprendo, señor fiscal.
--¿Frecuentaba usted el trato de Rita?
--No. Con quien he hablado algunas veces es con su hermano. A ella la conocía de vista, sabía su historia y nada más.
El fiscal invitó á Rita Paredes á levantarse.
--¿Es cierto--preguntó--como diferentes veces ha manifestado usted, que el testigo la indujo á matar á Frasquito Miguel?
--Sí, señor.
--Hable usted.
Con leal vehemencia, la mujerona dirigió sus miradas y sus ademanes hacia el hombre pequeñito. Un gran cimiento de lógica, un fondo de verdad, de sinceridad, daba maravillosa trabazón á sus palabras, al parecer incoherentes. Don Gil la convenció de que debía asesinar al señor Frasquito, la dijo dónde éste guardaba sus ahorros y la aseguró que de aquel crímen la Justicia nunca sabría nada. Agregó.
--No había noche en que don Gil ó su alma... ¡ó lo que fuese!... no compareciese en la alcoba donde mi hermano y yo dormíamos, y unas veces á él, otras á mí, siempre nos decía lo mismo: «Que Frasquito Miguel no servía para nada, y que si le matábamos podíamos tener dinero y ser dichosos...»
Las palabras de la mujerona indignaron al hombre pequeñito, que empezó á gritar:
--¡Esa criatura está loca! ¡Sus palabras carecen de sindéresis!... Pero, ¿no lo comprende así la Sala?
Rita le increpó con una cólera que el respeto de las frases no bastaba á encubrir:
--No, señor, no estoy loca. Cuento lo sucedido. Yo desconozco los motivos que usted tendría para odiar á Frasquito Miguel y desearle la muerte; pero lo cierto es que eran muy raras las noches que usted dejaba transcurrir si recomendarnos que le matásemos.
--¡Falta usted á la verdad! Usted y yo no hemos hablado nunca: ni despiertos, ni dormidos, ni de ninguna forma.
--¿Que no, señor don Gil?
--No, señora.
--¿Y de la hecatombe del túnel, no tiene usted la culpa?
--¿Yo?... ¿Yo?...
--¿Usted no me ordenó que, antes de irme con Vicente López, matase á mis hijos, pues de no hacerlo diría usted á la Justicia que entre mi hermano y yo asesinamos á Frasquito Miguel?
A estas acusaciones replicaba don Gil Tomás con negativas rotundas y llevándose escandalizado entrambas manos á la cabeza. Cuanto Rita decía, punto por punto lo negaba el enano. Ni una sola vez consiguieron ponerse de acuerdo, y el careo, por tanto, á pesar de la excelente discreción y pericia del fiscal, no trajo luz ninguna al sumario.
Otro tanto sucedió en el careo verificado al día siguiente entre el hombre pequeñito y Toribio Paredes, lo que restó algún interés á la vista. Toribio exponía lo sucedido y explicaba la complicidad de don Gil en términos idénticos á los empleados por su hermana. Asimismo don Gil se obstinaba en una negativa intransigente, total y sin resquicios. El público empezaba á aburrirse.
En cambio, la declaración de Vicente López trajo una variante muy amena. Al ver á don Gil, _el Charro_ tuvo un ademán de asombro; después aquella sorpresa fué convirtiéndose en miedo y supersticioso terror. Temblaba su voz ligeramente. Sus pesadillas acababan de objetivarse y de hacerse carne; carne real, viva...
--Con este hombre--dijo--yo he hablado en sueños muchas veces.
Las palabras de Vicente López causaron enorme emoción: eran sencillas, reveladoras, implacables. El fiscal preguntó á Vicente:
--¿Reconoce usted bien al testigo?
--Perfectamente, señor fiscal.
--¿Y por la voz, le hubiese usted reconocido también?
--No lo creo: ya sabe usted que en las pesadillas la voz de las personas que hablan con nosotros vibra en nuestro interior y no en nuestros oídos; quiero decir, que no suena realmente.
Las declaraciones de Vicente López y de los hermanos Paredes, ajustándose y completándose admirablemente unas á otras, constituían un terrible bloque acusador para don Gil. Indudablemente en los oscuros entresijos de aquel asunto había un secreto telepático. Si Toribio y Rita hubiesen acusado á don Gil desde el primer momento, hubiera podido creerse en un complot tramado por ambos para suavizar la gravedad de los cargos dirigidos contra ellos. Pero aquel rumbo que las indagaciones judiciales tomaron por los trigales del misterio, surgía de pronto, cuando los procesados llevaban más de veinte días de rigurosa incomunicación.
Las primeras frases en que Rita Paredes se acordó de presentar á don Gil como coautor del asesinato de Frasquito Miguel y de sus tres hijos, parecieron bañar en una nueva luz la conciencia de los otros dos acusados. Espontáneamente y con el franco ímpetu que inspira la verdad, Toribio y Vicente renunciaron á las posiciones en que precavidamente se habían encastillado: Toribio aceptó la parte de culpa que le correspondía en el crimen, y _el Charro_ vió surgir del olvidado horizonte de sus recuerdos la imágen de un hombrecillo que, usando palabras insinuantes de amorosa emoción y melancolía, le aconsejaba buscar á Rita. La armonía de estas declaraciones era rotunda. Entre las de Toribio y su hermana, especialmente, ni una vaguedad, ni una contradicción, ni siquiera una leve discrepancia. En sus espíritus, la impresión de aquellos sueños criminales subsistía intacta. Ambos, por igual, habían experimentado las influencias telepáticas de don Gil, los dos evocaban con exactitud abrumadora, casi documental, el modo cómo aquellas alucinaciones nocturnas se producían, las palabras del sugestionador, su rostro, su traje, sus actitudes, el silencio con que se presentaba y se iba. Al par de Toribio, Rita citaba momentos, miradas, fechas y otros detalles terminantes.
Era imposible que los hermanos Paredes se hubiesen aunado para mantener semejante patraña; esto requería una memoria, un vigor de entendimiento y una sagacidad para la mentira, de que tanto ella como él, eran absolutamente incapaces. Por consiguiente, no se trataba de nada inventado: sus confesiones envolvían un misterio real, acaso un arcano problema científico. A saber: ¿Pueden los espíritus separarse de sus cuerpos durante el sueño? Y en caso afirmativo: ¿Pueden las almas conversar unas con otras y sugestionarse al extremo de realizar despiertas lo que determinaron hacer hallándose dormidas?... Para mayor asombro, las últimas declaraciones de Vicente López ratificaban las de los Paredes, y eran como una firma más estampada al pie de aquella especie de alegato en favor de la existencia de un mundo invisible.
Pero estas arriesgadas presunciones fracasaban ante los ademanes y las miradas, de vertical inocencia, de don Gil. El hombre pequeñito no sabía nada, no comprendía nada, de cuanto le decían. Todas aquellas imputaciones parecíanle calumnias odiosas, tretas abominables inventadas por la astucia de los criminales y que la incultura colectiva acogía con regocijo insano. Él apenas había tratado al señor Frasquito; él apenas salía á la calle de noche; su vida era transparente; vida sin viajes, sin recobecos, sin negocios, deslizada pacíficamente bajo las miradas de sus vecinos. ¿Quién podía reprocharle ninguna mala acción? ¿A quién había engañado? ¿Con quién había reñido? Para honrarle ¿no estaba allí su historia límpida, clara, impoluta, semejante á un cristal bañado en sol?...
Don Gil no mentía, y como las agitaciones de su vida nocturna huían de su espíritu con la vigilia, este olvido daba á sus protestas un acento irresistible de verdad. Si fuertes y leales eran las acusaciones que contra él dirigían los procesados, no eran menos enérgicos los gestos y las frases con que el hombrecillo se defendía; y esta indomable sinceridad hacíase temblor colérico en sus manos y fuego vengativo en sus ojos. Escuchando desapasionadamente á unos y otros, la Sala llegó á convencerse de que nadie mentía. Eran francos los hermanos Paredes, lo era Vicente López, lo era también don Gil. Mas, ¿cómo vincular la vida real á la fantástica? ¿Cómo conceder capacidad criminal y, de consiguiente, valimiento jurídico, á un sueño? Los Paredes y Vicente López aseguraban haber soñado muchas veces con don Gil, pero éste lo negaba. La certidumbre de tales pesadillas era indudable, y no obstante don Gil podía ser ajeno á ellas. Los fisiólogos no han conseguido medir aún el alcance de los sueños. Pudo la voluntad de don Gil presentarse una vez y muchas á los acusados y ejercer presión en ellos; pudieron éstos asimismo, soñar con don Gil, en cuyo caso la imagen del hombre pequeñito cesaba de tener sustantividad objetiva para ser un producto ó visión de la fantasía de los durmientes. Y en esta enmarañada selva de suposiciones gratuitas y resbaladizas apariencias, ¿dónde hallar la verdad?...
Al cabo, con muy sano acuerdo, los señores jueces decidieron atenerse á los hechos comprobados y renunciar á toda laya de pesquisiciones metafísicas; y pues la presencia de don Gil tuvo la virtud de arrancar á Toribio Paredes la confesión de su crimen, no quisieron obtener más de él y restituyeron al hombre pequeñito su libertad.
No obstante, estos interrogatorios y careos dejaron una estela fatal para el enano. Sus discusiones con Vicente López y los Paredes ante la Mesa del Tribunal, y los formidables cargos lanzados contra él, ratificaron en el vecindario de Puertopomares la antigua creencia de que don Gil Tomás, si no capacidades de hechicero, precisamente, tenía, cuando menos, ciertos dones extraños, poderes telepaticos, virtudes hipnóticas, que le permitian ejercer, á distancia, influencia sobre las personas. La opinión elogiaba la hábil cautela con que la Audiencia salmantina desdeñó el aura de brujería en que los tres acusados trataron de envolver al hombrecillo, pero reservábase el derecho de seguir creyéndole un empecatado y temible jorguín.
Como el tonto Ramitas que, de año en año, arrastraba por las calles su gruñido idiota, don Gil llegó á ser un tipo representativo. Ramitas personificaba la ignorancia ambiente; don Gil, la incultura, gofería y atraso de todos. En su cuerpecillo los fanatismos religiosos peores, las supersticiones, la fe en la virtud de las cosas ocultas, cristalizaron.
También parecía tener el rostro de la Muerte.
A nuestro alrededor, día y noche, en todos nuestros actos, en todas las conversaciones, en el agua demasiado fría que bebimos á destiempo, en el rayo de sol que calentó demasiado nuestra nuca, en el negocio que emprendemos, acecha la muerte. Su imperio aciago nos rodea. Es horrible considerar que la casa donde moriremos seguramente ya está edificada, que hay una escalera cuyos peldaños bajaremos en hombros, que la madera de nuestro ataúd existe ya. «¿Cuál es esa casa?--pensamos--¿Qué árbol, entre los millares de árboles que vi cruzando un bosque en tren, dará la madera de mi ataúd? ¿Qué sastre hará mi último vestido? ¿Cuáles serán el último teatro, la última ciudad, el último paisaje, que miren mis ojos? Y, de cuantas manos estrecharon la mía, ¿cuál cerrará mis párpados?»... Estas ideas el pueblo las asociaba al hominicaco del Paseo de los Mirlos. Don Gil Tomás, con su actitud, que destilaba silencio, y sus labios sin risas, debía de poseer la clave de tan terribles preguntas.
Prodújose contra él una reacción bárbara. Los vecinos más pacíficos pedían su destierro. En una taberna de la Puerta del Acoso, varios gitanos habían jurado matarle. Los hombres, que conocían por sus mujeres las grandes venturas nocturnas del enano, tenían celos de él. Los labriegos le hacían responsable de los pedriscos, de las escarchas y de los animales perdidos. Un rehalero aseguraba que una noche de tormenta, á la hora cabalística de las doce, vió á don Gil rondando la majada, y habiéndole arrojado con certera puntería una piedra, instantáneamente cesó de verle, de donde dedujo que no era su cuerpo mortal, sino su espíritu, el que por allí andaba.
La historia tenebrosa del hombrecito color de limón, florecía de nuevo en las tertulias del Toro Blanco y del Casino, y en los corrillos de la Glorieta. Don Ignacio Martínez, que nunca había hablado de la noche en que su mujer, sonámbula, quiso ir á buscarle á casa de don Gil, apremiado por la curiosidad de sus amigos, que tenían noticias de aquel suceso por Fermín, lo describió circunstanciadamente, y su narración produjo emociones rayanas en el terror cerval.
--Ahora comprenderán ustedes--decía el veterinario--por qué al leer que los hermanos Paredes acusaban á ese hombre de la muerte del señor Frasquito, tiré el periódico. Tuve miedo, lo confieso, un miedo que era frío y me llegaba á los tuétanos; miedo á lo sobrenatural, á los muertos... ¡no sé!...
A granel iban acumulándose contra don Gil Tomás recuerdos y detalles. La memoria benedictina de unos, la imaginación hiperbólica de otros y la ignorancia y malevolencia de todos, realizaban este infame milagro. Se recordaron el accidente que privó de la vida á Eustasio, el tonelero; la pesadilla profética de Ursula Izquierdo; el fin de Manuel Ayala, muerto en riña al día siguiente de tener una disputa con don Gil; el fallecimiento repentino de Juanita, la hija del carpintero Wenceslao; y los últimos momentos de Manolo Peinado, expirando en el silencio de una cita. Hasta las buenas acciones de don Gil, consistentes en señalar á las personas de su agrado qué asuntos debían emprender ó de cuáles les convenía guardarse, se revolvían en contra suya.
Acobardado por la hostilidad del ambiente, el hombre pequeñito se refugió en su casa, de la que salía apenas. Una tarde dos mujeres, que volvían de lavar, le encontraron tendido sin conocimiento entre unos matorrales, cerca del Malamula, y compadecidas de él le condujeron á su domicilio. Mientras le llevaban, reían y decían maliciosos donaires. ¡Pesaba tan poco!...
Meses tardó don Gil en reponerse de sus heridas. Durante este tiempo nadie se interesó por su salud. Luego se supo que fueron Luis Olmedilla, recién casado con Anita Fernández Parreño, y Romualdo Pérez, los autores de tan gentil paliza.
XXXIV
Llegada la noche, que era fría, y no bien terminaron de cenar, don Ignacio y su mujer se acostaron. Serían las nueve.
--¿Quién ha preguntado por mí esta tarde?--decía Martínez--; ¿Vino el jardinero? ¿Envió don Valentín las veinte pesetas que me debe?...
Doña Fabiana contestaba brevemente, los negros ojos medio cerrados. Tenía sueño. Entre el blanco embozo de las mantas y la escrupulosa albura de las almohadas, aparecían las cabezas del matrimonio: ella, saludable, carrilluda, opulenta, el hermoso rostro enmarcado por el ébano regio de sus cabellos; él, moreno, atlético, bigotudo, con algunos hilos de plata en el pelo áspero, cortado al rape sobre la frente estrecha, plana y llena de impulsos. Cerca del amplio tálamo y dentro de una camita muy linda y compuesta bajo un transparente balanquino de gasa azul, dormía Antoñita.
Gradualmente el interrogatorio de don Ignacio iba apaciguándose. También él tenía sueño y tiró á un rincón el chicote que estaba fumando. Doña Fabiana bostezó.
--¿Dormimos?--dijo.
--Bueno.
--Hasta mañana, entonces.
--Hasta mañana...
Cambiaron un beso. Ella dió media vuelta, buscando una actitud cómoda, y sus macizas caderas levantaron en el centro de la cama una hinchazón apetecible. Don Ignacio echó fuera del embozo un brazo faunesco, velloso y cobrizo, y apagó la luz. Por los resquicios de una ventana la claridad rubia de la luna tendía en la oscuridad del dormitorio hilos fantasmales. Aún doña Fabiana, la lengua entorpecida por el sueño, interrogó:
--¿A qué hora he de llamarte?
--A las siete, en punto.
Silencio. Casi inmediatamente los dos empezaron á roncar. Transcurrió mucho tiempo. Los gallos habían cantado ya varias veces. Eran más de las cuatro. De súbito, en la quietud del caserón, la voz atiplada de la niña vibró imperiosa, apremiante; su acento expresaba terror:
--¡Mamá... mamá!...
En el lecho de sus padres, sus oídos, hiperestesiados por el miedo, percibían balbuceos de angustia y rebullos extraños de lucha. Volvió á llamar:
--¡Mamá!... ¡Mamá!...
--¿Qué?... Voy...
Respondía doña Fabiana entre dientes. Antonia repitió incorporándose y con la garganta llena de lágrimas:
--¡¡Mamá!!...
La señora de Martínez despertó; respiraba difícilmente y tenía la frente y el cuello bañados en copiosísimo sudor.
--¿Qué es?--exclamó extendiendo una mano hasta palpar á su hija--; ¿qué es?... ¿Sucede algo?
Y la niña:
--¿Por qué gritabas, mamá? Me has asustado; ahora siento mucho miedo.
--¿He gritado, dices?...
--Sí; diste un grito horrible. ¿Soñabas?
Tardó en responder.
--Sí, creo que sí...
--¿En qué soñabas?
--No sé, no me acuerdo. Ea, duerme.
Destosió, se frotó los ojos, procurando entrar en posesión de sí misma. Antoñita decía bien: había soñado. Tenía los brazos cruzados fuertemente sobre el pecho, lo que produce pesadillas.
--Sí--repitió--estaba soñando... ¡Gracias á Dios, todo es mentira!...
Don Ignacio también comenzó á removerse; forcejeaba y por entre sus dientes se escapaban palabras inarticuladas y resoplidos de coraje. A su vez, doña Fabiana tuvo miedo de aquella voz que parecía venir de otra vida. Encendió luz.
--¡Ignacio!...
Volvióse hacia él, tocándole en la cara nerviosamente.
--¡Ignacio!... ¿No oyes?... ¡Ignacio!... ¡Ignacio!...
Antoñita, de rodillas en su cama, los brazos extendidos y suplicantes, las cejas llenas de aflicción, repetía:
--¿Qué tiene papá?... ¿Qué le sucede?...
El veterinario tardó en recobrarse. Al cabo abrió los párpados, y había en su rostro la angustia del náufrago que vuelve á flor de agua tras de una larga inmersión. Estaba fatigadísimo y alentaba con trabajo; la violencia de las palpitaciones de su corazón le sofocaban. Sus manos, apretadas una contra otra, parecían oprimir algo...
Doña Fabiana repetía:
--Ignacio, tienes una pesadilla... ¿Oyes?... Tienen una pesadilla... ¡Despierta!...
Suspiró el señor Martínez y demostró haber hallado su conciencia.
--¡Sí...--dijo--qué horror!... Es verdad... ¡Estaba soñando!...
La voz de la niña vibraba implorante y llorosa:
--No sueñes, papá; me das miedo.
--No, hija mía...
--Me das mucho miedo; me parece que te has muerto y después de morirte hablas.
--Tranquilízate: es que me había acostado del lado izquierdo. ¡Ya todo pasó!... Ea, duerme. Hasta mañana.
Antoñita se acostó, hundió en las blanduras de la almohada su cabecita rubia y, ganada por el grato calorcillo del lecho, tornó á dormirse. Doña Fabiana apagó la luz. Hubo un largo silencio. Luego, muy quedamente, llamó don Ignacio.
--Fabiana...
--¿Qué?
--¿Tienes sueño?
--No. Habla bajo, no despierte la niña.
--Oye...
Ella, despacio, muy despacio, para no hacer ruido, volvióse de cara á su marido. Agradecíale aquel ratito de conversación, pues tenía miedo. Le abrazó bajo la suave tibieza de las mantas. El prosiguió, hablando casi con el aliento:
--Acabo de pasar un rato malísimo. ¿Sabes lo que soñaba?... Pues que don Gil Tomás, enamorado de ti y creyéndome ausente, había entrado en este cuarto á seducirte.
Precipitadamente doña Fabiana hubo de meterse un trozo de sábana en la boca para sofocar un grito.
--¡Ignacio!--balbuceó la mujer, empavorecida--Ignacio... ¿Qué es esto?... Yo he soñado lo mismo.
El señor Martínez empezó á temblar.
--¿Es posible?
--Sí.
En un reloj lontano sonaron las cinco. El veterinario sintió que algo viscoso, frío, como una mano muerta, recorría su espalda. Efectivamente, había en aquella coincidencia un soplo sobrenatural, un estremecimiento de otra vida. Prosiguió: