El misterio de un hombre pequeñito: novela

Part 24

Chapter 243,766 wordsPublic domain

Chancero y buen conversador, el diputado, amigo siempre, como un filósofo epicúreo, de la moza temprana y del vino añejo, sustentaba afirmaciones que, si no convencer, al menos suspendían y regocijaban amenamente á la reunión. Don Juan Manuel, que probaba su fino ingenio dialéctico cultivando la paradoja, era bueno y alegre porque sabía perdonar, y perdonaba fácilmente porque todo le parecía bien. Había una lógica fuerte, una perfecta unisonancia, entre su modo de expresarse y su historia; sus palabras y sus acciones iban paralelamente; el optimismo fragante de su corazón perfumaba su discurso, y recíprocamente, su lógica daba á sus costumbres aplomo simpático. Alto, grueso, carirredondo, los ojos saltones y brillantes, los labios fáciles á la dicacidad y á la risa, todo armonizaba en él; el dichete agudo, lo subrayaba la línea oronda del abdomen.

En las discusiones que emprendía contra todos, don Juan Manuel, solterón y sin hijos, representaba la extrema izquierda: la inconstancia, el olvido, la indulgencia frívola, el perdón hacia cuanto siempre se creyó imperdonable.

--Creemos--decía--que en moral hemos llegado á la perfección, que son inamovibles los fundamentos que dimos á las nociones de «deber» y «bondad», y reconocemos, sin embargo, que la historia, la arqueología, la medicina, la biología, la mecánica y la estadística, continúan progresando. ¿No existe entre ambas afirmaciones contradicción?... Yo creo que sí; pues si la moral constituye el cogollo ó sumidad del humano saber, y, por lo mismo, la síntesis, resultado ó abreviatura de todas las ciencias, mientras éstas no lleguen á los límites, lejanos todavía, de lo cognoscible, la última palabra de la ética no podrá ser escrita. Nosotros no sabemos aún, definitivamente, dónde está la virtud. La humanidad evoluciona, investiga, se renueva y su inquietud, de día en día, abre nuevos cauces. Lo que aplaudimos hoy, acaso nos indigne mañana. La moral no vive sola, la moral no se inventa, sino que paulatinamente va formándose en los talleres, en las fábricas, en los laboratorios, según las necesidades materiales y el nivel cultural de cada época. La aparición de un fósil desconocido, el descubrimiento de una fibrilla nerviosa, influyen en ella. La ética, señores, es el aroma de muchas rosas enormes que aun están abriéndose...

Don Juan Manuel Rubio, que allá, en Madrid, bajo la rotonda ecoica del Parlamento, raras veces se atrevía á hablar, entre un grupo de amigos era un terrible polemista. A don Ignacio le indignaban tanta palabrería, tanto argumento desorbitado y capcioso.

--De modo--replicaba el veterinario, que, para discutir, necesitaba objetivar las ideas--que si un marido descubre la infidelidad de su compañera debe estarse quietecito hasta que las ciencias le aconsejen lo que debe hacer...

--Perfectamente; y mientras el consejo llega ó nó puede perdonarla y seguir á su lado, ó separarse de ella. Todo menos creerse autorizado á asesinar cobardemente á una pobre mujer que, después de amarle... y acaso sin dejar de amarle... amó á otro.

--¿Usted lo haría, usted perdonaría?

--Sin vacilar.

--¡Bah!... Usted habla así porque es soltero.

--Y si me hubiese casado pensaría lo mismo. Además, ¿no lo estoy?... Evarista, con quien tengo relaciones hace doce ó trece años, como ustedes saben, es para mí una esposa. Yo, al menos, me fastidio á su lado como si fuese mi mujer. Pues mi gran satisfacción consiste en saber que Evarista me quiere «porque sí», y no me engaña porque me respeta lo suficiente para no engañarme, no porque carezca en su casa de completa libertad. Esta alegre confianza mía los celosos la ignoran. Un celoso debe pensar que la fidelidad de su mujer no es legítimo amor, sino miedo. Creer en la virtud de la esposa constantemente encerrada y vigilada, es una fe tan absurda como la del director de presidio que creyese que sus reclusos no se fugaban por no separarse de él. En cambio, yo, estoy tranquilo: la mujer que, como Evarista, tiene abiertas de par en par las puertas de su jaula, si no se marcha es porque no quiere irse...

Don Juan Manuel disertó amenamente acerca del amor y del modo, un poco libertino, que él tenía de sentirlo.

--Para ser muy amados por las mujeres, no necesitamos amarlas con sinceridad, pero sí aparentar ó fingir magistralmente que las amamos; pues las pobrecitas son tan humildes en el apetecer ó tan esquisitamente frívolas, que se contentan y satisfacen con la ficción. Cabalmente porque nunca las quise mucho, fué por lo que ellas, casi todas, me quisieron bastante. Ustedes acaso crean advertir disonancias entre mis teorías y mis costumbres. Yo, verbigracia, defiendo el olvido, la renovación frecuente de nuestros horizontes sentimentales; y, sin embargo, quiero á Evarista y probablemente no me separaré de ella. Es cierto. Pero conviene consignar aquí que á todas las pasiones de mi vida, aun á las mayores, fué ligada siempre una abundante dosis de pereza. Yo no suelo serles fiel á las mujeres por cariño; mi constancia no es constancia legítima, si no abandono; y, aunque sin gusto, por abandono sigo á su lado, como frecuentemente hallándonos encamados, tenemos sed, y no nos levantamos á beber por no molestarnos en cambiar de actitud. ¡Anomalía extraña! La costumbre, que mata al amor, es, no obstante, lo que mejor conserva y defiende las apariencias del amor.

Fernández Parreño aprovechó la pausa que en este momento de su discurso hizo el diputado, para sentar la opinión de que don Juan Manuel, ó por pereza, como él creía, ó por nobleza, gratitud y perseverancia de corazón, si llegara á casarse sería un marido modelo.

Don Juan Manuel sonrió y movió la cabeza, en señal de duda.

--No sé, mi querido amigo--repuso--; no sé qué decirle, pues tengo poquísima confianza en mí. Sucede con los amores lo que con las citas. Si una persona nos cita en la calle, procuramos ser puntuales. «No es correcto hacerla esperar al aire libre»--pensamos--. Lo mismo ocurre en los amores ilegales. En cambio, dentro del matrimonio, por mucho que nos retrasemos, siempre acudiremos á tiempo. Nuestra esposa no nos aguarda en la calle; mientras llegamos, puede tocar el piano, comer, acostarse. El matrimonio, disponiendo de todas las horas de nuestra vida, equivale á una cita en un lugar cerrado; y creo que en esas entrevistas tan cómodas, nunca sería exacto...

Se interrumpió, tuvo una sonrisita desdeñosa, aplastó lentamente la blanca ceniza de su cigarro contra el borde de su taza de café:

--Muchas veces me aseguraron que yo no he amado porque nunca sentí celos. ¡Pobres cerebros pequeños, cerebros oscuros!... A veces les compadezco, á ratos les execro. Ellos ignoran que yo sufro más que nadie de ese mal, porque mi ambicioso corazón tiene celos simultáneamente de millares de mujeres, de todas esas mujeres hermosas, elegantes, ricas, que llenan los teatros de Madrid y no son mias.

Hizo un mohín irónico.

--Claro es que de tan descosida afición amorosa un hombre discreto se alivia fácilmente. Eso hago yo. Todos, en alguna ocasión, nos hemos dirigido la siguiente pregunta: «¿A quién pertenecen esas mujeres tan bellas que vemos en la calle? ¿A qué venturoso galán rindieron la intimidad perfumada de sus noches?...» Pero no debemos desesperarnos, pues igual interrogación se propondrán los dueños de tales hermosuras con respecto de nuestras esposas. Es la triste condición humana; basta que una cosa no sea nuestra para que nos parezca mejor. El deseo no se detuvo nunca; no bien llega y alcanza, cuando se fastidia de haber triunfado y reanuda su marcha. Dos sentidos le guían y ayudan en su camino: la vista y el tacto. Pero diríase que aquella tiene vergüenza de que su aliado, mucho más tardo y grosero, la empareje; y así, apenas nuestras manos se apoderan de una mujer, cuando ya los ojos, eternamente ingratos y peregrinos, miran á otra. Ello me anima á dar á ustedes el siguiente consejo: cuando alguien desee mucho á una mujer casada y cegado por su deseo se torture y piense que únicamente á su lado sería feliz, acuérdese de que, junto á ella, su esposo, más de una noche, se aburrirá horrorosamente. Esta reflexión ha de producirle gran alivio...

Como el despabilado conversar del diputado sobrepujase el nivel intelectual de la tertulia, en cuanto don Juan Manuel calló la conversación siguió rumbos más fáciles.

Don Isidro dijo que por la tarde él y su cuñado salieron á dar un paseo, y que estuvieron divirtiéndose en tirar piedras contra un poste del telégrafo.

--En ese mismo poste--agregó--, siendo yo niño, grabé con un cortaplumas las iniciales de mi nombre; hoy las busqué y allí están todavía.

Estas palabras vulgares y tristes, como mojadas en la infinita tristeza del vivir pueblerino, arrancó un suspiro á don Artemio. También suspiró don Elías. Las cosas quedan, los hombres se van pronto; hasta lo más pequeño durará más que ellos.

Hablaron de dos turistas ingleses, padre é hijo, que llegaron al pueblo la víspera, procedentes de Madrid, y continuaban su viaje á Salamanca al día siguiente.

--Entre ayer y hoy--exclamó don Artemio--han recorrido, no sólo la población, sino todos los alrededores. Nadie como los ingleses para aprovechar el tiempo. Estuvieron primero en la Glorieta del Parque bebiendo cerveza á la puerta del parador del Sol, y retrataron á unos trajinantes gitanos que estaban allí con sus caballerías. Después, por el Paseo de los Mirlos, bajaron al río y visitaron la fábrica de tejidos de Pepe González.

Don Isidro, que aborrecía á González por rivalidades de oficio, tuvo una mueca desdeñosa.

--¿Y quién les llevó á casa de González?--interrumpió.

--No lo sé.

--Siempre sería el mentecato de su sobrino Juan, el marido de _la Manca_...

Don Isidro miró á los circunstantes con el aire jaque y satisfecho del hombre acostumbrado á acertar.

--Lo comprendí--agregó--en cuanto dijo usted que esos forasteros habían estado refrescando en el parador del Sol; porque Juan, el de _la Manca_, no sale de allí. Ya saben ustedes que la mujer de Juan lo es también de Felipe Ortiz, el dueño del parador. ¡Esposa de la mano izquierda, se entiende! ¡No tiene otra!...

Celoso del honor que la visita de los ingleses hubiese podido dar á González, su enemigo, añadió:

--¡Pues, valiente telar han ido á enseñarles! Apuesto la cabeza á que no hay trabajando allí ni cincuenta obreros. ¡Si les hubiesen llevado á la hilandería de mi suegro!...

--También la visitaron--repuso el boticario--; y retrataron á todo el personal. Después repasaron el río y triscando como cabras subieron hasta el cementerio y recorrieron todas las callejuelas del barrio pobre. De la Puerta del Acoso obtuvieron varias fotografías; decían que la piedra nobiliaria con que el arco se adorna, es de gran mérito. En seguida pidieron autorización para visitar el cuartel; estuvieron en la torre y bajaron á los calabozos del castillo por un pozo que hace muchos años, lo menos treinta, estaba cerrado. También celebraron con entusiasmo los frescos de la bóveda de la enfermería. Pero lo que más les ha gustado, según don Valentín, es el balcón de la calle Amor de Dios.

--¿El de casa de doña Francisca?--preguntó Martínez.

--Eso es. ¿Lo sabía usted?

--Me lo dijeron anoche.

--¿Sí?... ¿Dónde?

--En la peluquería de Lucas. Puertopomares no es Madrid, ni siquiera Salamanca; aquí en seguida se sabe todo.

Comentaron abundantemente cuanto los forasteros habían hecho y dicho. No llevaban sortijas, ni en sus corbatas alfileres costosos; pero la excelente calidad de sus trajes, y su modo imperativo y desembarazado de mirar, de hablar, de moverse, descubrían el rango de sus personas. Los dos se parecían extraordinariamente; eran altos, musculosos, sueltos de movimientos y rubios; caminaban á zancadas largas y usaban monóculo. Lo que más pasmaba á la reunión era la actividad infatigable de aquellos trotatierras.

--De ayer á hoy--observó don Artemio--han cambiado de calzado lo menos cinco veces.

Agotado el tema, don Dimas interpeló á su colega don Elías.

--¡Me debe usted una merienda!...

Entre risas, explicó lo ocurrido. Acababa de sentarse á tomar un piscolabis, cuando se produjo en la calle un alboroto.

--Tiré la servilleta y corrí al balcón á informarme de lo que sucedía; era la jaca de nuestro amigo Fernández Parreño, que no quería andar. El animal reculaba y se metía en la acera. Al fin, el hombre que lo llevaba consiguió dominarlo. Pero cuando yo volví á la mesa me encontré con que el gato se había llevado mi merienda.

--Al taller fueron á decirme--exclamó don Ignacio--que en la calle Larga se espantó esta tarde un caballo, pero ignoraba que fuese el de don Elías.

Y agregó doctoral, dirigiéndose al médico:

--Le advierto á usted que esa jaca está medio loca y antes de un año será preciso matarla. Si halla usted ocasión de venderla, hágalo. Es un buen consejo.

Don Juan Manuel preguntó al veterinario lo que convendría hacer con los bueyes que tenía enfermos. El señor Martínez hizo un ademán impaciente.

--Esos animales--replicó con hostil vivacidad--están tuberculosos. Ya se lo he dicho á usted. Yo no me equivoco. Usted cree que la inflamación de la articulación fémororrotuliana es producida por un exceso de trabajo... ¡Pues, no señor! Usted, para curarlos, habrá empleado vesicantes... ó les habrá aplicado inyecciones de adrenalina, ¿verdad?

--Justamente.

--¿Y no ha conseguido usted nada?

--Hasta ahora, nada.

--¡Es claro! Porque esa inflamación de la sinovial no proviene de ningún esfuerzo, ni es de origen artrítico, sino de origen tuberculoso. Esos bueyes, vuelvo á repetir, no le sirven á usted y debe usted matarlos cuanto antes para evitar el contagio de la enfermedad.

--Mañana mismo pasarán á mejor vida--repuso tranquilamente don Juan Manuel.

Con esta promesa, que era una satisfacción y tributo rendidos á la practica, saber y buena amistad, del señor Martínez, éste se dió por contento, y suavizó su humor.

Don Artemio pensaba castrar una vaca que dos semanas antes compró en Candelario.

--¿Tiene furor uterino?--interrogó don Ignacio.--Entonces, es lo mejor que puede usted hacer; porque, estirpándola los ovarios, rendirá mucha más leche. Transcurridos dos ó tres años, quedará inútil, ya lo sabe usted; pero entonces puede usted engordarla para el matadero y cobrar por ella lo que haya podido costarle ó más...

--Necesito castrar un potro--dijo don Elías.

--Cuando usted guste.

--Esta semana. Todavía es añal.

--Mejor. Así la operación ofrece menos peligros. Después, el tratamiento es sencillo. Se reduce á lavar bien la herida con agua sublimada ó fenicada, y á tener al animal, durante los ocho primeros días, atado corto al pesebre, para que no se eche.

De pronto el señor Martínez se revolvió contra el boticario; su belicosa voluntad acababa de sentir una crisis de cólera.

--¡Ahora que me acuerdo!... Usted, en lo sucesivo ha de hacernos el favor de no meterse á recetar. Usted no es quién, para recetar. Yo hablo muy claro. Usted, si quiere cumplir su obligación, ha de limitarse á servir las recetas que le lleven.

La acometida fué tan á quemarropa, que don Artemio, á pesar de su flema, se ruborizó.

--¡Caramba..., don Ignacio!... Usted es un salvaje. ¿A qué viene eso?...

--Bien lo sabe usted. Ya se ha puesto usted colorado: «quien del alacrán está picado, la sombra le espanta».

--Repito que no le entiendo á usted. ¿A qué responde ese exabrupto?

--Viene á cuento--replicó el señor Martínez clavando sus ojos tempestuosos en los del boticario--de que muchas personas, unas del pueblo, otras del campo, van á la farmacia de usted y, para ahorrarse el dinero del médico ó del veterinario, le consultan las dolencias que ellos, ó sus animales, padecen. Y usted... ¡claro!... les atiende; y si había de cobrar por las medicinas dos, verbigracia, cobra dos y cuartillo, sin advertir que, aquí, en Puertopomares, hay ocho médicos y dos veterinarios, y ninguno, que yo sepa, vive de sus rentas. A usted hay que hablarle así, porque «el buey ruin en cuerno crece»...

Aunque acobardado por la marcial actitud de Martínez, el boticario se creyó obligado á oponer un alarde rotundo y viril á la acusación de que era objeto. La presencia de dos médicos en la tertulia acrecentaba la gravedad y ridiculez de su situación. Apretó bien los puños bajo la mesa. Los circunstantes le miraban, exigiendo de él una bizarría. Hasta don Juan Manuel, se había quedado grave.

--¿Y eso lo dice usted en serio?--interrogó don Artemio, templándose para la pelea.

--En serio, sí, señor. Yo soy así. Yo hablo siempre en serio y digo las verdades en la cara.

--Pues... ¡miente usted!...

--¿Que yo miento?... ¿Ha dicho usted que yo miento?...

Levantóse con una agilidad de mono, y cogiendo su silla por el respaldo y esgrimiéndola á manera de maza, la descargó sobre la cabeza del boticario. Resonó un crac, angustioso, y el frontal shackespeano, mondo y turgente, de don Artemio, tiñóse de sangre. El agredido vaciló, pero recobrándose quiso arremeter á su rival, cuando éste, poniéndole los puños unas veces en el pecho y otras en el rostro, le desconcertó y zarandeó hasta dar con él de lomos en el suelo. Alzáronse todos, acudiendo á represar con manos y razones la desbridada furia de don Ignacio, quien, ronco de coraje y fuera de sí, pretendía subirse encima del caído y patearle y exprimirle como á uva en lagar.--«¡Al capón que se hace gallo, azotallo!»--gritaba el albeitar, que, ni aun en tan dramático momento, perdía su culto á los refranes.

Don Juan Manuel, don Isidro, Teodoro y otras personas que habían acudido al ruido de la trifulca, rodearon á Martínez, llevándole, casi á rastras, al hueco de un balcón. Fernández Parreño y don Dimas favorecían á Morón, ayudándole á enmendar el desorden de su traje y á limpiárselo con una servilleta. Había en su solicitud una especie de solidaridad, una protesta tácita contra la baratería del agresor. Muy pálido, la voz agitada aún por el miedo y la fatiga, el boticario balbuceaba:

--¡Farsante!... ¡Calumniador!... ¡Decir que yo receto!...

En medio de su tribulación el pobre hombre, con su elevada estatura, su joroba y sus piernas flacas y largas, estaba grotesco. Automáticamente se palpaba la frente con un pañuelo, y al ver que éste se cubría de púrpura, volvía á restañarse la herida. Entre su enorme cráneo rojo y sus barbas rucias, cortadas en punta, sus mejillas tenían una lividez cadavérica y sus amedrentados ojos parecían mayores. Todo su corpachón, débil y cobarde, temblaba.

--¡Decir que yo receto!... ¡Embustero!... ¡Y acometerme hallándome desprevenido!... ¡Claro es que esto no queda así!... ¡Yo sabré lo que debo hacer!...

Dolíase en voz baja y sin usar palabras ofensivas, porque, á través de la distancia y de las personas que le defendían, las venenosas pupilas de Martínez le buscaban furibundas y se clavaban en él como saetas.

Trémulo de cólera, con algo de jabalí acosado, en la expresión de los enrojecidos ojos, don Ignacio repetía:

--Ese viejo usurero vive porque están ustedes aquí. Pero yo, un día, le mato; le abro la cabeza de un garrotazo...

También se revolvió lesivo contra una observación de don Juan Manuel.

--¡No, señor!--gritó--yo no soy un intemperante; yo soy un hombre que dice en voz alta lo que piensan muchos. ¡Ni más ni menos! Los ocho médicos de Puertopomares saben, lo mismo que yo, que ese hombre nos roba; pero ellos se callan y yo no puedo callarme...; ¡ó no me da la gana de callarme!... ¡Bastante prudente he sido!... Este escándalo debí darlo hace tiempo...

Como la furia del señor Martínez no amainaba, don Dimas y don Isidro decidieron llevarse á don Artemio del Casino. El boticario, que esperaba una ocasión discreta para poner pies en polvorosa, agradeció sinceramente aquella intervención, y lanzando á su contrario una mirada de desafío, insinuó hacia la puerta del salón una retirada elegante. Salió con andar lento y ajustándose bien el sombrero sobre sus melenas despeinadas. En medio de su espalda, señalando la cresta más saliente de su joroba, griseaba una mancha de polvo.

Don Ignacio le gritó implacable:

--¡Ya nos veremos!...

Al mismo tiempo que golpeándose, por dos veces, el antebrazo izquierdo con la mano derecha, ponía á su advertencia un comentario obsceno.

Cuando don Artemio se marchó, el señor Martínez, y cuantos con él estaban, volvieron á sentarse. Los ánimos se apaciguaban. La opinión, que hasta allí habíase mostrado indecisa, reaccionó en favor del veterinario. La mayoría admiraba la crudeza de sus palabras y la excelente puntería y diligencia de sus puños. Reconocían que el silletazo que derribó á don Artemio fué magistral. Verdaderamente, don Ignacio estuvo muy bien, y Fernández Parreño le testimonió su adhesión dándole palmaditas en el hombro. Empezaron los comentarios, adversos todos para don Artemio, y con ellos las risas. Un ambiente cruel y cobarde rodeaba al vencedor y le tributaba pleitesía.

Don Juan Manuel lanzó una carcajada.

--Realmente, hasta que no le he visto á usted boxear, amigo Martínez, no comprendía yo que se le pudiesen dar á un hombre tantas bofetadas en tan poco tiempo...

XXXI

--Advierto desde hace tiempo--había dicho don Valentín--que don Ignacio no se muerde más que las uñas de los dedos pulgares...

La observación era rigurosamente cierta. Varios meses hacía que el señor Martínez, apenas se hallaba solo, empezaba á comerse vorazmente las uñas de sus pulgares, y este rasgo de autopofagia acusaba en él una impaciente y colérica preocupación. Su inquietud provenía de la noche en que doña Fabiana se levantó sonámbula para ir á casa del hombre amarillo y pequeñito. Consideradas separadamente, ni la pesadilla de su mujer, ni la de Fermín, el tartanero, revestian verdadera importancia, pues son frecuentes los ensueños que sugestionan á las personas dormidas al extremo de obligarlas á la acción. Lo inexplicable eran el sincronismo y la absoluta concordancia de ambos fenómenos. Don Gil había dicho al tartanero:

«A las doce en punto estarás con tu coche delante de la puerta de don Ignacio.»

Y á doña Fabiana:

«Su marido está enfermo. Vaya usted á verle. Fermín la llevará á usted...»

El veterinario se recomía los sesos escudriñando los vínculos que pudiera haber entre estas alucinaciones, y aunque materialista acérrimo y refractario, de consiguiente, á admitir que las almas campasen solas, bien echaba de ver que el fondo de aquel asunto escapaba á toda cábala científica. Allí había un secreto, un enigma, demasiado complejo para achacarlo á la casualidad. De esto don Ignacio no hablaba con nadie; el recelo de parecer asustadizo y de que las gentes empezasen á decir que don Gil Tomás gustaba de doña Fabiana, le contenían. Su reserva y las supersticiosas tribulaciones de su mujer, agravaban su preocupación. Como él, doña Fabiana advertía á su alrededor, especialmente de noche, un peligro; la presencia de algo invisible y fuerte que la espiaba. En otra ocasión, Martínez hubiese achacado aquel sobresalto á un principio de neurastenia; pero, contra esta suposición tranquilizadora, alzábase el recuerdo de aquella cita inexplicable, tendida, como un lazo, á la virtud de su mujer.

--¿Tú no crees--preguntaba Martínez á doña Fabiana--que don Gil esté enamorado de ti?

--No lo creo.

--Una noche, sin embargo, soñaste con él; quería abrazarte; tú me lo dijiste.

--¿Qué importa? Eso no vale ni significa nada. Todos los sueños son tonterías.

Don Ignacio desconfiaba; temía que su mujer, conociendo las violencias de su carácter, no quisiera confesarle la verdad; pero ella juraba no ocultarle nada, y tal acento de convicción y nobleza tenían sus palabras, que el veterinario se tranquilizaba. Doña Fabiana era sincera; el hito del misterio, por consiguiente, estaba en otra parte.