El misterio de un hombre pequeñito: novela
Part 23
--Lo ignoro. Sólo te encargo que acudas donde digo á la primera campanada de las doce.
--Pierda usted cuidado; y, por lo que después pueda suceder, voy á echarles á los caballos un pienso.
En tanto hablaba, el tartanero miraba con cierto asombro á su interlocutor: parecíale más diminuto, más amarillo, que otras veces; como si fuese la imagen de don Gil y no su persona, en carne mortal, la que tenía delante.
Fuese el enano y Fermín, malhumorado y soñoliento, empezó á renegar de su raída fortuna. Pedro, el cocinero de la fonda, quiso saber el motivo de aquel enojo.
--¡Una friolera!--replicó Fermín--A los pobres todo nos sale del revés. Hoy pensaba acostarme en seguida, porque esta mañana me levanté cuando aun había estrellas, y acaban de decirme que vaya á media noche con la tartana á casa de don Ignacio.
--¿Para qué?
--No sé; me pareció imprudente preguntarlo.
--¿Cuándo te lo han dicho?
--Ahora mismo.
--¿Ahora mismo?... ¿Quién trajo el recado?
--Don Gil.
Pedro se asombró y, sin transición, su pasmo convirtióse en desdén y risa.
--¡Chico!... ¡Tú andas mal de la cabeza! Eso que cuentas lo has soñado. ¡Si hace quince ó veinte minutos que yo estoy ahí, en la puerta, y no he visto á nadie!...
--¿A don Gil Tomás, tampoco?
--Tampoco; no, señor...
Fermín se alzó de hombros:
--¡Déjame de historias! El dormido ó el borracho serás tú. ¿O es que yo no conozco á las personas ni entiendo lo que veo?... Don Gil Tomás ha estado aquí, hablando conmigo...
Incrédulo y alegre, Pedro prorrumpió en carcajadas:
--¡Tú has bebido, Fermín!... ¡Tú estás peneque, Fermín!...
El tartanero, furioso, le volvió la espalda y se marchó rezongando injurias.
XXIX
Hacía rato que el sereno de la calle Larga cantó las once y media. Puertopomares reposaba en el crespón fresco, lleno de enigma, de una noche sin luna. Las pisadas de los trasnochadores resonaban en el silencio limpiamente; sus sombras se alargaban oscilantes bajo la luz de los faroles.
Doña Fabiana que, contra su costumbre, se había acostado temprano, creyó despertar y abrió los ojos. En pie, delante de ella, vió á don Gil. A la hermosa mujer no la extrañó que el hombre pequeñito hubiese penetrado hasta allí y á tales horas. Sin sobresalto, le preguntó:
--¿Ocurre algo, don Gil?...
--Sí, señora; su esposo se halla en mi casa y desea verla á usted.
Presa de repentino pánico, doña Fabiana miró hacia atrás, buscando en la cama á don Ignacio, y no le halló.
--¿Cómo; está enfermo mi marido?...
Don Gil hizo con la cabeza un gesto ambiguo, á la vez que se llevaba un índice á los labios. Sus ojos de color de cobre, sus ojos muertos, fríos, sin expresión, como los de los peces, señalaban hacia la niña.
--¡Chist!... hable usted bajo--musitó--; Antoñita podría despertar.
Doña Fabiana repuso, sollozante:
--Confiéseme usted la verdad, don Gil: ¿está enfermo Ignacio?...
Con la curiosidad de saber adelantó un poco el cuerpo, y los encajes de su camisa de dormir se entreabrieron un instante sobre el opulento tesoro del seno. Las mejillas de don Gil, temblaron.
--Don Ignacio--dijo--está un poco enfermo. Vaya usted á verle cuanto antes. Fermín la llevará á usted en su coche; le avisé hace un rato y está ahí...
Quiso retirarse. Ella se incorporó, bebiéndose las lágrimas:
--Espere usted, don Gil; espere usted; nos iremos juntos.
El hombre pequeñito hizo un ademán negativo, de silencio y misterio.
--No--dijo--no; yo saldré antes.
Y, mirando á la niña:
--No haga usted ruido...
Desapareció fantasmal. Inmediatamente doña Fabiana saltó del lecho, halló á tientas sus zapatillas, arropóse en una bata, se echó por los hombros un mantón y, á oscuras, buscó la salida del dormitorio. Iba ahogándose, como si una mano de gigante la oprimiese el corazón; pero el temor de despertar á Antoñita, la impedía llorar. Rápidamente cruzó el patio y empujó la puerta del taller. Sus pies se hundieron en el estiércol cálido.
En aquel instante don Ignacio, obedeciendo á un presentimiento indefinible, salía de su despacho. Durante varias horas estuvo examinando en sus libros de estudio el tratamiento de una operación que á la mañana siguiente debía realizar. Había trabajado férvidamente, sin que ni su voluntad ni su atención desmayasen un punto; apenas el interés de lo que estudiaba le permitió fumar. Y empero, de pronto, sin motivo, experimentaba un desasosiego íntimo, un deseo invencible de salir fuera de la habitación donde se hallaba. De un salto se levantó y abrió la puerta. La luz encendida sobre la mesa del despacho atravesó la longitud del taller pintando en la suciedad del suelo un rectángulo blanco. Martínez miró á todas partes; olfateaba un peligro. Cuando vió á Fabiana, un calofrío nervioso sacudió su carne. ¿A dónde iba su mujer? Avanzó hacia ella.
--¿Qué buscas aquí?...
Doña Fabiana demostró no reparar en él; sus grandes ojos negros estaban inmóviles; parecían mirar á lo lejos. Comprendió, sin embargo, lo que la preguntaban, y repuso acorde:
--Voy á la calle; que no se despierte la niña...
Entendió don Ignacio que su mujer se hallaba sonámbula, y la habló dulcemente.
--¿Vas á la calle?
--Voy á casa de don Gil.
--¿A casa de don Gil? ¿Para qué?...
--Porque mi marido está allí; está enfermo; don Gil ha venido á decírmelo. ¡Dios mío!... ¡Dios mío!...
Hablaba con don Ignacio sin verle, cual si la voz del albeitar naciera y resonase dentro de ella misma. Su actitud rígida, hierática, era la del éxtasis. Intentó avanzar. Delicadamente Martínez la detuvo por un brazo.
--Tu Ignacio está bueno y sano.
--¡No! ¿Cómo? No es verdad. Está enfermo. Me lo ha dicho don Gil.
--Don Gil no ha podido decirte nada. Tu marido soy yo; estás en tu casa, hablando con él. Mírame, mírame á la cara...
La cogió por la barbilla, procurando que detuviese en él los ojos.
--¡Mírame!...
Aquel contacto, un poco brusco, porque las manos de Martínez hasta cuando acariciaban eran impacientes, comenzó á desvanecer el sonambulismo de doña Fabiana. Su alucinación flaqueaba, perdía color, se desleía en la realidad como en un vaso de agua un pedazo de azúcar. Sin embargo, aun tuvo fuerzas para repetir:
--Don Gil me lo ha dicho... me lo ha dicho...
Don Ignacio agarró á su mujer por los hombros, y sacudiéndola de delante á atrás:
--Despierta, Fabiana, despierta. Estás soñando. ¡Oye!...
--¿Estoy soñando, verdad?
--Sí, sí. ¡Oyeme!...
--¿Verdad?... Estoy soñando...
Su voz adquiría una inflexión alegre de alivio y esperanza. Al cabo, de súbito, sus pupilas adquirieron movilidad; su rostro, hasta entonces impasible, como el de las estatuas, se contrajo, vivió; la emoción arreboló ligeramente el mármol de las mejillas. Miró en torno suyo con espanto: reconoció el local, reconoció á don Ignacio...
--¿Cómo estoy aquí?...
--Venías soñando--repuso Martínez.
Ella respiró mejor y abrazó á su marido. Sentía tranquilizarse la angustia y fatiga de su corazón.
--He tenido una pesadilla horrible--murmuró--; don Gil vino á decirme que te habías puesto enfermo en su casa...
Empezó á temblar. A su nerviosidad se añadía el frío que recogió al cruzar el patio. Sus piernas, sin medias, tiritaban; castañeteaba los dientes; se cruzó de brazos para abrigarse el pecho, mientras sus manos yertas buscaban la tibieza suave de las axilas.
Don Ignacio, diligente y con una emoción donde á la inclinación sexual del marido se mezclaba un afecto casto de padre, arropó á su mujer en la manta que él tenía en su despacho para abrigarse las piernas, y llevándola cogida por el talle y bien apretada contra el calor de su cuerpo, la ayudó á repasar el patio.
Apenas en su dormitorio, doña Fabiana se zambulló en el lecho. No se atrevía á moverse; el contacta frígido de las sábanas la causaba horror.
--Acuéstate--dijo á don Ignacio--; ya es muy tarde.
--Estoy concluyendo de tomar unas notas--repuso él.
--Déjalas para mañana. Ven. Si me quedo sola tengo miedo de que vuelva don Gil.
Don Ignacio, resistía, esclavo de su deber.
--Lo que traigo entre manos no admite espera. Pero no te apures: acabo en seguida; antes de quince minutos...
Para consolarla la palpó por encima de las mantas, y sobre los labios y en las mejillas la dió muchos besos.
Dos aldabonazos resonaron en la puerta de la calle.
--Han llamado--exclamó doña Fabiana palideciendo.
Don Ignacio advirtió su miedo y replicó zumbón:
--¿Si será don Gil?...
Absorta, ella repitió:
--¡Si será don Gil!...
Y hubo en su acento tal misterio que, bien á su pesar, Martínez sintió descender un estremecimiento de terror por su espalda.
--Veamos--dijo recobrándose--quién puede llamar á estas horas.
Sacó del cajón de la mesilla de noche su revólver y salió al patio. Dos veces, sin motivo, miró hacia atrás. Una inquietud supersticiosa le envolvía. Parecíale que á su lado, silenciosamente, como sobre unos pies de terciopelo, caminaba una sombra.
Al abrir la puerta el veterinario se encontró con Fermín. También reconoció el coche, cuyas luces de aceite abrillantaban los secos cuadriles de los caballos. El tartanero se destocó, respetuoso.
--Buenas noches, don Ignacio.
--Hola, Fermín. ¿Qué hay?...
--Nada, don Ignacio; dispense usted si llamándole le he molestado...
--No, hombre.
--Pero, yo me dije: «No sea que don Ignacio no me haya sentido llegar». ¡Pues, desde las doce estoy aquí!...
--No... no te había oído--repuso Martínez con aire maquinal.
--Pues... ¡no tenga usted prisa! Acabe usted lo que esté haciendo con todo sosiego; yo aquí le aguardo.
Don Ignacio no comprendía.
--¿Pero, tú qué buscas?... ¿Tú qué necesitas ó qué quieres?...
Estas preguntas, formuladas con cierta destemplanza colérica, llenaron de estupefacción el semblante carrilludo y cetrino de Fermín.
--¡Yo no quiero ni busco nada, don Ignacio!...
--¿Entonces, qué?... ¿A qué has venido?
--Yo he venido cumpliendo el recado que me dieron.
--¿Un recado? ¿Te han dado á ti un recado?
--Sí, señor.
--¿De parte de quién? ¡Que me maten si entiendo!
--¡Qué gracia! ¡De parte de usted!...
--¡De parte mía!...
Don Ignacio sintió en todo su cuerpo un frío intenso, sutil, que llegaba á sus huesos y él atribuyó á la corriente de aire establecida entre la calle y el patio. Para guardarse de ella salió á la acera, cerrando tras sí la puerta. En las palabras del tartanero Martínez empezaba á vislumbrar un misterio inexplicable, una sombra bruja.
--Dí, Fermín: ¿cuándo te llevaron ese recado?
--Poco después de las diez. Estaba yo en el portal de la Fonda, sentado así, en semejante posición, el respaldo de la silla apoyado contra la pared. Por más señas, que acababa de quedarme dormido, cuando apareció don Gil Tomás y me dijo: «Fermín: vengo á decirte que luego, á las doce en punto, estés con el coche en casa de don Ignacio».
Al oir el nombre del enano, Martínez se desemblantó y turbó hasta la lividez. Fermín lo advirtió.
--Pero, ¿no es verdad?
--No, no es verdad--repitió Martínez--; yo no he visto á don Gil.
De pronto, rehaciéndose, porque su animosa voluntad se doblegaba trabajosamente al miedo:
--Pero, ¿tú has hablado con don Gil?
--Sí, señor.
--¿Tú estás seguro de haber hablado con él?
--Sí, señor... ¡ya lo creo!... Tan cierto estoy de eso como de que tengo que morir. Es más: yo le pregunté, un tanto extrañado del aviso: «¿Es que el señor Martínez va de viaje?...» A lo que respondió: «No sé; pero procura acudir puntualmente adonde te he dicho»...
Fermín se dió una palmada en la frente; acababa de recordar las palabras de Pedro.
--¿Lo habré soñado?--exclamó.
Refirió la escena detalladamente y cómo después que don Gil Tomás se hubo marchado, al lamentarse él de tener que enganchar los caballos, Pedro, el cocinero, empezó á embromarle, asegurándole que aquello eran invenciones suyas, puesto que el hombre pequeñito no había estado allí.
--¿Si lo habré soñado?--repetía Fermín--; diga usted, don Ignacio, ¿seré yo sonámbulo? Porque es muy extraño que, hallándome dormido y Pedro despierto, y muy cerca el uno del otro, yo viese á don Gil y mi compañero no le viese. ¿Habrá escondido en alguna brujería?...
El veterinario no contestó. Fermín se signó cristianamente y prosiguió hablando, porque esto le aliviaba de su emoción. Don Ignacio pensaba:
«El hecho de que este mastuerzo haya soñado con don Gil, y de que la intensidad de la alucinación haya determinado en él una crisis de sonambulismo, no me extraña. Pero, ¿y Fabiana? ¿Cómo Fabiana ha soñado también con él?...»
A este pensamiento sucedió otro:
«Evidentemente hay una relación entre ambos sueños: el de Fermín casi explica el de Fabiana; diríase que se trata de un rapto. ¿Estará don Gil enamorado de mi mujer?...»
Preguntó:
--¿Y no te dijo don Gil á dónde habías de ir después?
--No, señor; y si me lo dijo... ¡no lo recuerdo!
Continuó devanándose los sesos por explicarse la ocurrido, hasta que don Ignacio, con el pensamiento de que su mujer estaba aguardándole, le interrumpió:
--Bueno, Fermín: no caviles más en eso porque vas á perder el juicio. Todo ha sido un sueño. ¡Ea, hasta mañana!...
Fermín saludó:
--Será como usted dice, don Ignacio: lo habré soñado. Buenas noches... y dispensar...
Subió al pescante, requirió las riendas y la tartana, oscilando sobre el pavimento desigual, se alejó lentamente. Una estela de silencio quedaba tras ella.
Don Ignacio entró en su casa y cerró la puerta. Tenía frío. Miró á su alrededor. La lámpara del despacho recortaba en el suelo un largo rectángulo luminoso; sobre los muros renegridos las herraduras, puestas en ordenadas ringleras, brillaban como cráneos. Martínez volvió á preguntarse:
«¿Cómo ha venido el coche? ¿Por qué Fabiana quería marcharse?... ¿Qué misterio se esconde en todo esto?...»
Sobre sus mejillas, curtidas por el sol, sus barbas mal afeitadas se erizaron. No veía á nadie y estaba cierto, sin embargo, de no hallarse solo. Tembló. Fue aquella la primera vez que don Ignacio, recio de músculos y arrebatado de corazón, sintió el miedo.
XXX
Las últimas semanas de aquel invierno iban desfalleciendo apacibles en la misma suave sinfonía, glauca y oro, del paisaje y del sol. La temperatura era agradable. A intervalos cerrábase el horizonte y caía una grupada que mojando los edificios los oscurecía, lavaba las calles pendientes y gorgoteaba risueña en los alcorques; pero, luego, el cielo parecía más límpido y más alto, y mayor la luz. En los árboles, desnudos aún, la mirada zahorí de los agricultores atisbaba, sin embargo, indicios de una pronta resurrección; en los troncos advertíanse manchitas verdes, diminutas como lunares, que con la bonanza del tiempo se convertirían en sarpullos, y el color negro de las ramas escuetas era menos rotundo. Los montes, quemados por la escarcha, ofrecían en sus laderas grandes extensiones desprovistas de tierra vegetal, que de noche blanqueaban espectrales como osamentas. En la sierra y en el valle, á falta de otros colores más blandos y alegres, el paisaje se cubría de tonos violentos. En las torrenteras, lo que no era piedra simulaba metal; al lado del cobre, el basalto; junto al brochazo caliente del ocre, el negro rebruñido del azabache; sobre un estrato de plata, uno de plomo, y luego otro, profundo, tenebroso, como una veta de carbón, y más arriba preduzcos enormes vestidos de cinabrio; todas las muecas, en fin, del mundo inorgánico, toda la policromía adusta, llena de severa aridez, de la química mineral, toda la gama multicolor de los sulfuros y de los sulfatos, del granito y del plomo, del cuarzo y del yeso, del feldespato y de la arcilla. Y sobre aquel panorama, cuyo acorde predominante ó fundamental eran el negro, el berilo y el añil muy oscuro, la crestería cana de la sierra; y encima el espacio azul, de un azul pálido, frío, triste, como un convaleciente...
En toda aquella época del año, desde primeros de Noviembre á mediados de Marzo, la voz del Malamula parecía más fuerte, y el paisaje cobraba resonancias poderosas. Desprovisto de herbazales el valle, sin frondosidad el bosque, muertos los matorrales bajo el abrazo de la escarcha, limpios los gollizos y los tajos serrinos de plantas rampantes, de líquenes y hasta de musgo, el silbido de los trenes y las voces de la tempestad, no hallando blanduras sobre que apagarse desmayadamente y como entre terciopelos, repercutían mejor. Era la sonoridad de una casa de donde se hubiesen llevado las cortinas y las alfombras.
Los rigores atmosféricos fomentaban la vida del Casino. Todo, dentro de sus paredes, seguía igual. El tiempo, el terrible anarquizante que á las almas, como á los edificios, lleva siempre principios de disgregación, olvido y renovamiento, cambiando allí de táctica, sirvió de argamasa, y con ungüento de rutina, más coercitivo que el cemento romano, aseguró la marcha de aquel sedentario organismo. Teodoro, tras un noviazgo de veinte años, casó con Dominga, la sobrina de don Valentín; pero como sus economías no le bastaban á establecerse, seguía desempeñando sus funciones de camarero con aquella discreción que estereotipó en su semblante triste y flaco--semblante de dispéptico--una sonrisa servicial. Entre los parroquianos más antiguos notábanse algunas deserciones. Ejemplos: Romualdo Pérez, cuyo humor parecía haberse anubarrado con las cargas matrimoniales, y sólo iba al Casino los domingos y fiestas de guardar; y Luis Olmedilla, que corregido de sus libertinas mañas y formalmente enamorado de Anita Fernández Parreño, apenas salía á la calle de noche. También su hermano don Niceto, el juez, y don Pepe Erato, valetudinario y amenazado de parálisis, observaban vida muy apartada.
En cambio, la tertulia de don Juan Manuel Rubio, don Elías, don Isidro Peinado, el ferretero de la calle Larga, don Ignacio Martínez y don Artemio, continuaba inmutable. A ella habíanse agregado otros elementos: tales don Dimas Narro, médico joven y de mérito, que en breve tiempo supo ganarse una clientela; y don Belisario López, el dueño de la imprenta. Pero estas voluntades, advenedizas ó forasteras, no aportaron al espíritu arcaico de la reunión ninguna ráfaga pinturera ó extravagante. Todos hablaban de lo mismo. Eran siempre los hechos cotidianos y vulgares, explicados de igual manera y con idénticas palabras triviales. Por obra de la desocupación y del fastidio, lo más baladí se glosaba hasta la saciedad y era durante días motivo de conversación.
La vejez que las ruinas del viejo castillo infundió á los edificios, trascendió á los caracteres. En aquel ambiente inmóvil todo era ruin y oscuro; todo rimaba: la avaricia de don Artemio y los crímenes de Rita, el misoginismo de los hombres y las orgías de don Gil, la idiotez de Ramitas y la chismorrería, pobreza y falta de aseo, de la comunidad. El alma de Puertopomares era llana, supersticiosa, triste; alma de Castilla, sin ecos ni colores.
Unicamente los jueves, días de mercado, traían al Casino cierto regocijo. El resultado de las transacciones realizadas por la mañana, bajo los árboles de la Glorieta del Parque, se apreciaba allí perfectamente.
El dinero estimulaba la codicia de todos. Los jueves, por la noche, la raqueta del banquero sonaba más.
A don Juan Manuel y á don Elías les gustaba jugar, especialmente al primero, de quien se decía que en el Casino de Madrid llegó á perder cincuenta mil pesetas de una asentada. Era un jugador elegante, lleno siempre de buen humor, al que las zancadillas de la mala fortuna no entristecían. Don Artemio también solía arriesgar algún dinerillo al vaivén cauteloso de los naipes; la maravillosa mesa verde le fascinaba y producíale cosquilleos recónditos; su circulación se aceleraba; pero como era muy avaro, jugaba poco. Sus ganancias, como sus pérdidas, nunca excedieron de un duro. Todo lo contrario de don Ignacio Martínez. El albeitar era un jugador tempestuoso: si ganaba, como si perdía, doblaba las posturas; en ambos casos su codicia y su violento carácter se desataban. El banquero le miraba siempre con recelo: don Ignacio, anchicorto, rollizo y resoplante, le hostilizaba con miradas, con gruñidos, con los crugidos de la silla que ocupaba y donde se rebullía como si le pinchasen alfileres. Fuésele la suerte propicia ó adversa, el señor Martínez simbolizaba el descontento, el desasosiego, la rebelión.
Aquella noche, después de jugar un rato, la mayoría del público regresó al salón del tresillo. A cada momento la puertecilla, disimulada tras un espejo, del «cuarto verde», se abría y aparecían más socios. Displicentes ocupaban las mesas. Sonaban palmadas. Teodoro corría solícito, de un lado á otro.
Don Juan Manuel Rubio examinó su cartera: había perdido cien pesetas.
--De las cuales--contestó don Elías--han llegado á mis manos la mitad, justamente. He ganado diez duros.
Don Artemio Morón no había cobrado ni perdido, y estaba contento. Con lo que se divirtió tenía bastante. Don Isidro y don Dimas también perdieron, en su refriega con la suerte, algunos reales.
--Entonces--exclamó don Elías liberalmente--invito á ustedes. El dinero del juego es alegre. Llamen á Teodoro y pidan lo que gusten.
El diálogo recayó sobre las operaciones realizadas aquel día en el mercado. La arroba de carne de cerdo se había vendido á setenta reales, y á veinte pesetas la de vaca. Hubo vaca de veinticinco arrobas, y marranos de doce. Don Juan Manuel hacía signos de asentimiento; él tenía en «La Evarista» varios cerdos que seguramente pesaban bastante más; lo lamentable era la epidemia de erisipela, ó mal rojo, que aquel año afligía á los puercos.
--A don Ignacio le he hablado de esto diferentes veces, y no hace caso. No sé qué le sucede; ¿no le encuentran ustedes distraído?...
--Pues, en su negocio--repuso don Isidro--, no debe de irle mal. Tiene todo el trabajo que quiere.
--Yo creo que bebe--insinuó malévolamente don Artemio, bajando la voz.
Todos callaron y miraron hacia la sala de juego, de donde en aquel instante salía Martínez. Don Ignacio, el paso firme, se acercó á la tertulia y cogiendo una silla dejóse caer en ella con ímpetu. Su semblante moreno, ancho y peludo, y sus ojos negros, más enardecidos que nunca bajo la fosquedad de las cejas, rebosaban despecho. Había perdido cuarenta y dos pesetas. A última hora necesitaba un cuatro de bastos para desquitarse, y el banquero tiró una sota...
--¡De bonísima gana--exclamó--le hubiese dado un puñetazo en la cabeza!... ¡Así!...
Y su brazo corto y musculoso se encogía, se estiraba, describiendo la trayectoria del golpe.
Las crisis de mal humor del veterinario producían en don Juan Manuel reacciones placenteras; lo que en don Ignacio era cólera, minutos después en el diputado se hacía risa. Aquellos dos caracteres, igualmente fuertes, se equilibraban: la hilaridad del uno daba la medida de la furia del otro; si éste se deprimía aquél se exaltaba, y de su constante oposición derivábase una atmósfera espiritual muy grata.
El señor Martínez aquella noche estaba de malísimo temple porque el forjador de su taller se le había marchado á Salamanca, y no tenía con quién reemplazarle. Era un buen obrero, voluntarioso para el trabajo y de pocas palabras.
--Por lo mismo--agregó--, cuando esta mañana, de repente, me dijo que se iba, no sé cómo no le di con el martillo.
Los circunstantes permanecieron serios; se colocaban en el lugar del señor Martínez y comprendían su contrariedad, y el perjuicio que aquel accidente le irrogaba. Únicamente don Juan Manuel se echó á reir.
--¡Este don Ignacio tiene para todos los males la misma receta! Que está jugando y el banquero le tira una sota... ¡Puñetazo al banquero! Que se le va un empleado y no tiene con quién sustituirle... ¡Puñetazo al empleado! ¿Pero usted cree que las voluntades se arreglan á golpes, como las herraduras? «A caballo corredor, cabestro corto», amigo Martínez.
--En muchos casos, sí, señor.
--Pero en otros muchos casos, no, señor; y en todos es preferible pecar de tímido que de bárbaro. «Burrilla mansa, á su madre y á la ajena mama»... ¡Y no me guarde rencor porque cite refranes de los que á usted le gustan!...