El misterio de un hombre pequeñito: novela
Part 22
A hora muy avanzada de la noche, Teodoro, el camarero, acercóse corriendo á don Juan Manuel y á don Elías para decirles que don Niceto subía las escaleras del Casino. El juez entró en el salón. Su figurilla esmirriada y mal vestida, su rostro ojeroso y sin afeitar, su pescuezo flaco asomando por un cuello poco limpio y demasiado ancho, expresaban fatiga. Al verle, todos se levantaron, y saliéndole al encuentro le agasajaron con palabras afectuosas y cordiales golpecitos en la espalda. Don Juan Manuel le echó un brazo por el hombro, y le ofreció un lugar á su lado, en el diván. Don Niceto, poseído de su importancia y satisfecho de aquellas demostraciones de simpatía, entornaba los ojos.
--El día de hoy--declaró--no lo olvidaré nunca: ha sido la jornada más terrible, más llena de emociones, de mi carrera.
Ante las preguntas vehementísimas de sus amigos, adoptó una actitud reservada: no podía hablar, no debía hablar; el asunto que iba á ventilarse revestía caracteres de gravedad y trascendencia excepcionales.
--Se trata--añadió--de un antiguo error judicial. Yo, lo confieso, fuí entonces el primer engañado. Nos aguardan sorpresas inauditas, sorpresas terribles, sorpresas de folletín. ¡Ya lo verán ustedes!... De no reducirse todo á la declaración sin sentido de una loca, en el proceso que va á incoarse danzarán varias personas: usted el primero, don Ignacio; y usted también, don Elías...
Con estas palabras, casi amenazadoras, exacerbóse de manera tal la curiosidad de unos y otros, y tan desaforada avalancha de preguntas cayó sobre la exigua y alimonada cabeza de Olmedilla, que éste accedió á descorrer un poquito el velo del misterio.
Aquel medio día, hallándose almorzando, recibió don Niceto una carta suscrita por Rita Paredes, donde ésta manifestaba que, espontáneamente y para aligerar su alma de remordimientos, declarábase responsable única de la muerte de sus tres hijos, y coautores, ella y su hermano, de la de Frasquito Miguel; añadiendo que el móvil de este crimen fué el robo, y que la maza con que asesinaron al señor Frasquito había sido enterrada en el patio de la llamada «casa del chopo».
--Se conoce--prosiguió el juez--que Rita escribió su carta en un rapto de fiebre ó de sonambulismo, y luego, sin darse cuenta, fue á echarla á Correos, donde esta mañana temprano, según he oído decir, varios vecinos la encontraron alelada y casi encueros. Tan pronto recibí esa carta que, por sus terribles acusaciones, más que obra de un vivo parece dictada por el espíritu vengativo de un muerto, me personé, acompañado de mi secretario y de dos números de la Guardia civil, en casa de los Paredes, y á quemarropa, para estimar mejor el efecto de mis palabras, les notifiqué su detención. La impresión que en uno y otro hermano causó la noticia, corroboró plenamente la sospecha que la misiva reveladora, apenas la leí, me produjo. Evidentemente me hallaba sobre la pista de un crimen. Al recibir mi orden, Rita, que en aquel momento salía de la trastienda, no mudó de color; parecía aguardarme y bajó los párpados resignadamente. Toribio, en cambio, se quedó lívido, con una lividez tal, que desvaneció en la blancura del rostro la línea de los labios. Esto, tratándose de un trujamán tan valentón y experimentado como él, significa mucho. ¡Si le hubiesen ustedes visto!... Se le afiló la nariz, se le hundieron los ojos; hízose penosa su respiración; no podía echar el habla del cuerpo. Adelantándome á la posibilidad de que, transcurrido el primer momento de pánico, sus nervios tuviesen una reacción furiosa, mandé que le atasen las manos. No opuso resistencia, y su mansedumbre constituye, á mi juicio, un nuevo indicio de culpabilidad. Mientras le amarraban, murmuró:
«¿Por qué me prenden? Yo no he hecho daño á nadie».
Le atajé:
«Si es usted ó no responsable de algo malo, lo sabremos más tarde. Yo, por el momento, cumplo un deber deteniéndole á usted.»
Rita se limitó á decir:
«¿Y mi hijo?... ¿Qué será de él?...»
Como comprenderán ustedes, su pregunta es muy elocuente, pues descubre la seguridad que Rita Paredes tiene de no ver á su hijo nunca más. Esa interrogación envuelve un adiós, una despedida.
Yo la contesté:
«No la inquiete la suerte del niño. Yo me encargo de él. Deogracias permanecerá en mi casa todo el tiempo preciso.»
Enternecida me alargó una mano, que, como es natural, rehusé. Entonces murmuró:
«Gracias, don Niceto; muchas gracias. Ya no tengo miedo.»
Olmedilla apuró su café, que se había quedado frío. Después, engreído, apersonado, enigmático, se puso de pie; era el protagonista, el dueño, casi omnímodo, del drama policíaco que iba á desarrollarse. Con la importancia que tan extraordinaria situación le confería, su alfeñicada figurilla parecía más noble y más alta.
Don Juan Manuel intentó dirigirle una nueva pregunta, pero antes de que la primera palabra subiese á sus labios, don Niceto le atajó con un ademán. Había recobrado su aspecto impenetrable, severo, casi hostil, de hombre en quien la sociedad resignó la administración de los castigos.
--No pretendan ustedes saber más--dijo--; sería inútil. Todas las habitaciones del domicilio de los Paredes han quedado cerradas y selladas. Mañana tomaré minuciosa declaración á los detenidos y seguidamente comenzaré á instruir las diligencias preliminares. Luego... ¡ya veremos qué resulta!...
Dicho esto saludó y se fué, orondo, inquieto y ufano á la vez, como un autor en vísperas de un gran estreno.
Don Elías, don Juan Manuel, don Artemio y don Ignacio, prolongaron su tertulia hasta muy tarde. En resumen, hallábanse tan descaminados y á oscuras como antes. La inverosímil confesión de la mujerona no echaba sobre el misterio luz ninguna. ¿Cómo Rita, que, mal ó bien, á través de sus años de miseria siempre cuidó de sus hijos, hubiera querido, precisamente cuando sus negocios marchaban mejor, desembarazarse de ellos? Lo que no hizo de moza perdida, ¿iba á hacerlo en los umbrales de una vejez laboriosa y honesta? Y, sobre todo, ¿dónde estaba la causa razonada, el motivo lógico, de tan abominable crimen?... En cuanto á que el señor Frasquito muriese de un mazazo en la cabeza, ¿quién admitiría semejante patraña? ¿No se comprobó entonces que el pañero falleció de la coz que le dió una mula? Don Elías, don Ignacio Martínez y los dos médicos titulares que reconocieron el cadáver, ¿no vieron en éste dibujada claramente la herradura del animal?...
Discutidos estos extremos, convinieron todos en que la carta de Rita Paredes era, sencillamente, la obra de una perturbada, y de consiguiente que don Niceto, poniendo bajo hierros á los hermanos Paredes sin más razones ni otros indicios que los apuntados, había procedido con notoria y punible ligereza.
Rozados en su vanidad profesional, Fernández Parreño y don Ignacio Martínez afirmaban que el dictamen por ellos suscrito respecto al accidente que privó de vida al señor Frasquito, era rigurosamente cierto. De lo que examinaron y juzgaron por sus propios ojos, no podían dudar. Don Ignacio recordaba la forma, dimensiones y aspecto de la herida, como si acabase de verla. A don Elías sucedíale lo mismo. Para mayor demostración, ambos estaban seguros de que en la señal que sobre la frente de la víctima dejó la herradura, faltaba la huella de un clavo.
--Aquel, precisamente--añadió Martínez--que faltaba en la pata derecha del animal.
Las razones aportadas por el veterinario y el médico, resplandecían incontrovertibles; don Juan Manuel y don Artemio lo reconocieron y demostraban su asentimiento con leales movimientos de cabeza y de párpados.
--Pues si la historia del asesinato de Frasquito Miguel es mentira--exclamó don Elías--, ¿por qué no sería mentira también el asesinato de los niños en el túnel?... Yo pienso, señores, que nuestro amigo don Niceto se ha puesto en ridículo. El prurito de figurar, el deseo de que los diarios de Salamanca hablen de él, le llevan demasiado lejos. Rita Paredes es una loca; una pobre loca cuya manía consiste en creerse criminal, como otras se dicen reinas ó actrices ó millonarias. Y, si no... ¡al tiempo!...
--Estamos de acuerdo--interrumpió Martínez--; don Niceto quiere lucirse y se precipita: «aun no ensillamos y ya cabalgamos». De ahí nace su ofuscación.
Este criterio mantenido por los prohombres del Casino fué, durante la mañana del día siguiente, el de todo el vecindario, y tantos detalles aportaban unos y otros en favor de los Paredes, que hasta el mismo don Valentín, que asistía á las discusiones de sus clientes, llegó á temer que Niceto, mareado por repentinas ansias de notoriedad, hubiese cometido una gravísima equivocación.
Así la sorpresa de todos fué mayor cuando, á la sobretarde, corrió la noticia de que Rita Paredes había ratificado y ampliado ante el juez las declaraciones de su carta, añadiendo pormenores que no daban lugar á vacilación ninguna; y, finalmente, que el Juzgado se presentó en la «casa del chopo», habitada á la sazón por unos trajinantes riojanos, y que en el patio, y en el lugar mismo señalado por Rita, había aparecido una maza, como de tres palmos de longitud, cuya parte más voluminosa conservaba la señal evidente de un herradura.
El vecindario tornó á estremecerse; el alma sencilla y violenta de las muchedumbres, se enardecía, vibraba de emoción, temblaba de cólera. Cada sexo dirigía su odio contra uno de los asesinos: los hombres aborrecían á Toribio; las mujeres á Rita. Ahora todos se explicaban el rápido encumbramiento de los dos hermanos: su bazar de la calle Larga, era fruto de un crimen; las telas, los juguetes, que allí vendían, destilaban sangre. Evidentemente Toribio era un miserable, digno de la horca; pero Rita le aventajaba en perfidia. ¡Matar así, en su propio lecho y á mansalva, al hombre con quien había vivido tantos años, y asesinar luego á los hijos de sus entrañas tirándoles, en racimo, bajo las ruedas de un tren!... ¿Es posible que haya madres capaces de dar lecciones de ferocidad á las hienas?...
Poseída de belicosa excitación, la gente preguntaba:
--¿Y Toribio? ¿Qué dice Toribio?... ¿Ha confesado algo?...
Estas interrogaciones iban y venían desde el Casino á la Fonda del Toro Blanco, y desde allí al Café de la Coja. En la botica, en el taller de don Ignacio, en la Estación, nadie hablaba de otro asunto. Delante de los comercios de la calle Larga, no bien se reunían tres personas, la obsesionadora y terrible actualidad renacía. Según las últimas referencias, el buhonero no había declarado nada; á las palabras de don Niceto opuso un inquebrantable silencio; pero, según decían, terminado el interrogatorio hubieron de esposarle porque, en un acceso de furiosa locura, intentó degollarse con un cristal.
Estas noticias, más que sabidas, adivinadas, venteadas por el instinto de la multitud, exasperaban la atención general. A prima noche, los comentarios que revolaban de corrillo en tertulia desde los paradores y tabernas de la Glorieta del Parque á las casucas de la Puerta del Acoso, arreciaron al extremo de revestir formas hostiles. Una veintena de mujeres y hombres se habían congregado delante de Correos y miraban hacia el bazar de los Paredes. Aquel grupo exaltado rumiaba una venganza.
De pronto, una voz turbia y gangosa, la voz del tonto Ramitas, gritó:
--¡Vamos á quemar la casa!...
Instantáneamente todos se aprestaron á cumplir aquella iniciativa. De un zaguán sacaron un jergón, que varias mujeres rociaron de petróleo. Segundos después aquel montón de paja ardía, y sus llamas, disciplinadas por el viento, iluminaron trágicamente la calle oscura. Lampazos infernales de oro y púrpura corrieron por las fachadas de los edificios. La multitud gesticulaba, rugía, satisfecha de su obra. El escándalo se convertía en motín. Las puertas de la tienda empezaron á arder. Entonces varios empleados de Correos acudieron resueltos á conjurar el daño. Entre ellos y los incendiarios hubo una corta y sañuda rebatiña, insultos, golpes; al cabo, la oportuna intervención de dos guardias, que llegaban sable en mano, dispersó á los revoltosos. El fuego quedó extinguido. Luego los alborotadores, siguiendo rumbos diferentes, tornaron á reunirse delante de la cárcel, contra cuyas ventanas arrojaron muchas piedras. Las mujeres prorrumpían en gritos ensordecedores de amenaza. La indignación popular no cedía, y en tan críticos momentos los muros de la prisión fueron para los dos acusados, más que castigo, garantía y defensa. Finalmente, el cansancio de todos, antes que las frases sincretistas de don Isidro, el alcalde, devolvió al vecindario su sosiego. Hasta los menos razonables se apaciguaron. Renació el silencio. Aquella noche, en la muda tiniebla de la calle Larga, el frontis del comercio «Paredes, Hermanos», horriblemente chamuscado por el incendio, tenía una expresión de cosa abandonada, trágica y maldita.
XXVII
El proceso que el Juzgado de Puertopomares había empezado á incoar para esclarecer la muerte de Frasquito Miguel y la de sus hijos, duró cinco ó seis semanas, durante las cuales el vecindario conoció una vida de emoción completamente nueva para él. Iban los ánimos de sorpresa en sorpresa, y tanto menudearon los sobresaltos, que determinaron en la multitud una nerviosidad enfermiza. A esta exaltación contribuían los diarios salmantinos, que, bajo el epígrafe «El crimen de Puertopomares», insertaban informaciones prolijas del suceso. El escándalo rebasó los límites modestos de la provincia y llegó á Madrid; una revista cortesana, de gran circulación, publicó los retratos de los hermanos Paredes y del «digno juez que instruía la causa», lo que dió á éste envidiable importancia. En pocos días don Niceto Olmedilla había adelgazado; su perfil de convaleciente empeoró; parecía más pequeño, más descolorido; las gentes, por burla, empezaban á encontrarle ciertas semejanzas con don Gil; en realidad, el pobre hombre, tanto por pundonor profesional como por vanidad y ansias de exhibición, había trabajado mucho.
El proceso, merced á las rotundas explicaciones de Rita, derivaba derechamente hacia el final. La mujerona acusaba sin miramientos, y su palabra era hilo de oro, rayo admirable de luz á través de las tinieblas que, sobre la prudencia de los culpables, fueron acumulando el tiempo y el olvido. Vencido, trastornado, por las declaraciones de su hermana, Toribio confesó también. En el momento de hacerlo, su semblante se descompuso cual si la fiera lucha que se libraba en su interior le destrozase el pecho. Para tranquilizarle le ofrecieron un vaso de agua con coñac, que el miserable bebió con avidez. Don Niceto, paternal y severo, le decía:
--Hable usted, Toribio; es lo mejor. La Justicia, el día de la sentencia, teniendo presente la franqueza de usted, le será más benigna.
Estas palabras, de firmeza y dulzura, fueron muy comentadas luego y nimbaron la figura de don Niceto de prestigio. El buhonero, al fin, engañado ó abúlico, habló, y sus declaraciones añadieron á la escena del asesinato nuevas y espantosas sombras. Aclarado este punto, procedióse á la exhumación del cadáver del señor Frasquito, pero el examen pericial no dió resultado, por hallarse aquel en completo estado de descomposición. Don Elías, don Ignacio, don Isidro Peinado y otras muchas personas, fueron llamadas á declarar, y sobre las mesas del Juzgado las resmas de papel de oficio iban amontonándose. Agobiado por tan ruda labor, don Niceto ni tenía ganas de comer ni dormía á derechas. Empero su actividad no declinaba. Resuelto á sujetar bien todos los cabos de la maraña, envió un exhorto á la Audiencia de La Coruña pidiendo la detención de Vicente López, y éste fué preso. Ello aportó al escándalo un inesperado interés, y la figura de aquel hombre, autor moral quizás del asesinato de los hijos de Rita, echó sobre la desalmada madre mayores tinieblas.
La vista de la causa debía celebrarse meses después en Salamanca, y allí, de consiguiente, era indispensable trasladar á los Paredes. Su conducción, desde la cárcel de Puertopomares á la Estación del ferrocarril, ofrecía serias dificultades, porque el vecindario seguramente intentaría agredirles. Comprendiéndolo así don Niceto y no disponiendo de las fuerzas necesarias para domeñar un conflicto de orden público, pidió á sus compañeros los jueces de Campanario, Cantagallos, Torres de la Encina y La Olla, le enviasen toda la Guardia civil que tuvieran, y de este modo, entre individuos de «la benemérita» y municipales, formó un pelotón de quince hombres.
Los presos debían ser sacados de la cárcel al filo de la media noche y con todo sigilo; mas no faltó quien lo supiese, y la noticia, volando eléctricamente de unos en otros, puso en belicosa conmoción al vecindario. A la hora señalada, por todas partes un extraño y amenazador murmullo de pasos, rompió el silencio. Misteriosamente las ventanas se iluminaban; una especie de temblor estremecía las casas: era que sus habitantes, informados de lo que iba á suceder, dejaban el lecho para vestirse y salir. Las puertas se abrían con chirriar impaciente de cerraduras, y en el rectángulo negro de los zaguanes aparecían hombres provistos de garrotes y embozados en mantas. Pocos minutos bastaron para que más de doscientas personas se congregasen ante la plazoleta, pedregosa y herbada como un solar, que enfrontaba la cárcel, cuya puerta custodiaban dos guardias civiles: sus tricornios charolados, el correaje amarillo de su armamento y los cañones de sus mausers, lucían marciales en la oscuridad.
Al fondo de la plazuela la muchedumbre se arremolinaba y el murmullo de los diálogos se convertía en rugido. Algunas piedras, disparadas al azar, chocaron contra el frontis de la cárcel. Estos preludios de batalla enardecieron los ánimos. Voces varoniles, voces de gesta, gritaban:
--¡Hay que arrastrarles! ¡No tenemos vergüenza si les dejamos salir vivos de aquí!...
Y las pedradas volvían á sonar, ahora una, luego otra, como granizos escapados de una tempestad en formación.
Intimidado por la desafiadora actitud del pueblo, don Niceto mandó recado á su hermano Valentín de que le enviase el coche. Era una vieja tartanilla, con ventanas de bulliciosos cristales y muelles lastimeros, que dos caballejos, uno rucio y otro blanco, arrastraban. Al ver llegar el vehículo la irritación de la multitud aumentó. Los manifestantes silbaban y arrojaban piedras. Un nutrido grupo de mujeres, entre las que iba el tonto Ramitas, se puso al frente de los amotinados: casi todas eran vecinas de la Puerta del Acoso, hembras de armas tomar, familiarizadas con la sucia historia de «la casa del chopo». Sus pelambreras hirsutas, sus bocas improperadoras, sus brazos nervudos hechos á pelear con la tierra, agitándose furibundos, imponían miedo. Todas, á coro, voceaban:
--¡Que no se escapen! ¡Desenganchar los caballos!...
Avanzaban provocativas, seguras de que los mausers no harían fuego contra ellas. Animados por su ejemplo los hombres las siguieron.
En aquel instante la puerta de la cárcel se abrió y surgió don Niceto seguido de varios guardias civiles. A la luz débil de los faroles, la figura minúscula y asustada del juez parecía una mancha amarilla. Luego, entre bayonetas, salieron Rita y Toribio Paredes. La muchedumbre, á quien la presencia del juez durante segundos impuso respeto, reconoció á los criminales. La furia volvió á los corazones. En los espíritus las ideas de justicia y venganza se confundían. Las mujeres se desgañitaban:
--¡Mueran los asesinos!... ¡Mueran los asesinos!...
Llovieron las piedras y un guardia, herido en la cara, vaciló y fué retirado á la enfermería.
--¡Mueran los asesinos!--repetía la turba ganando terreno.
Los hermanos Paredes subieron al coche y tras ellos don Niceto Olmedilla, medroso, pero esclavo de su deber, y dos municipales. Los caballos partieron al paso. Alrededor del vehículo, firmes, estoicos, con ganas de tirar sobre el populacho, los guardias avanzaron. A intervalos, desde el pescante, Fermín, el mayoral, arengaba á los amotinados:
--¡Animales, no tiréis!... ¿No veis que vamos aquí nosotros y no tenemos culpa de nada?...
En pocos instantes los cristales de la tartana quedaron hechos añicos, y heridos, aunque ligeramente, las cinco personas que iban en ella. Rita lloraba; su hermano, callado, lívido, sin mover ni siquiera los párpados, parecía una estatua. En medio de aquel espantoso griterío recorrió el convoy toda la calle Larga. Fermín, que tenía magullado el cuerpo á pedradas, optó por ovillarse en el suelo del pescante; los guardias, perdida la paciencia, se defendían á culatazos; varios paisanos resultaron contusos. Al pasar por delante de la fonda, don Valentín, don Elías, don Juan Manuel, don Artemio, don Isidro, el alcalde y otras personas de significación, salieron valerosamente á la calle, exhortando á las turbas á retirarse, pero viéndose amenazados desistieron de su empeño. Por segundos la furia popular crecía. Algunas mujeres llegaron á querer detener el coche agarrándose á las ruedas. Un vecino de la calle del Sacramento trató de asestarle á Toribio una cuchillada en la espalda.
Cuando los fugitivos llegaron á la Glorieta del Parque Fermín fustigó vigorosamente á los caballos, que partieron al galope, mientras los guardias, desplegados en ala, resistían el choque de los acosadores. En la refriega, sostenida cuerpo á cuerpo, uno de los guardias recibió un navajazo en el vientre. Sus compañeros entonces, á quemarropa, hicieron fuego, y dos paisanos se desplomaron moribundos. A la desbandada las turbas huyeron.
De este modo, dejando tras sí un reguero de sangre, salieron los hermanos Paredes de Puertomares.
XXVIII
Consumada su venganza, don Gil, que vivía completamente ajeno á las peripecias de su vida nocturna, experimentó un bienestar inesperado. Nunca, desde la muerte del señor Frasquito, había sentido mayor plétora de salud. Dormía nueve horas, tenía ganas de pasear, de ir al Casino y hasta sus labios hubieron una vez un conato ó intento de sonrisa. Era una satisfacción íntima, analéptica, remozadora, que el hombre pequeñito no sabía á qué ocultos motivos referir.
«Estoy contento--solía decirse--; estoy muy contento, y, sin embargo, nada bueno me ha sucedido»...
Durante años, semejante á un escultor, su alma misteriosa había preparado y burilado su venganza. El deseo de castigar el asesinato de su padre, dió perseverancias sobrehumanas á su voluntad: él indujo á Frasquito Miguel á echarse en los brazos de Rita; él dispuso su muerte y la de sus hijos. Del odiado gorgotero no quedaría nada, ni aun la amante, que, según cábalas y previsiones de don Gil, en plazo no lejano rendiría su cabeza al verdugo. Realizado su plan, el brujo cruzóse de brazos, cansado y orondo.
Estas vacaciones proporcionaron á su alma un mayor enardecimiento amoroso, y, sobre todo, efervorizaron temerariamente aquel deseo que le empujaba hacia doña Fabiana. Como hombre que de todos los placeres terrenales sólo apetece uno, don Gil, en sueños, meditaba:
«No me importaría morir si esa mujer fuese mía... siquiera una vez...»
Mas, ¿cómo separarla de su marido? ¿Cómo preparar á su virtud una emboscada cierta?... Esto suponía que la señora de Martínez estuviese dormida y despierto don Ignacio, pues alejados entonces por el abismo que separa la vigilia del sueño, el veterinario no podría socorrer á su esposa. Desgraciadamente para don Gil, doña Fabiana se acostaba siempre después de su marido.
Una noche, alrededor de las diez, Fermín dormitaba en el zaguán de la Fonda del Toro Blanco, sentado en una silla, cuando la voz y la presencia de don Gil le despertaron. El hominicaco, evitando asustarle, le llamaba suavemente:
--Fermín..., Fermín...
Era un bisbiseo leve y blando. Abrió el tartanero los ojos, y reconociendo á su interlocutor, se levantó solícito.
--Mande usted, don Gil...
--Vengo á decirte que luego, á las doce en punto, estés con tu coche delante del portal de don Ignacio.
--Muy bien, don Gil.
--Procura ser exacto.
--¿Es que el señor Martínez va de viaje?