El misterio de un hombre pequeñito: novela

Part 21

Chapter 213,693 wordsPublic domain

El túnel era una especie de «coco» para los muchachos de Puertopomares; cuando salían al campo todos recibían de sus madres idéntica recomendación: «No entréis en el túnel, no os acerquéis al túnel...» Como si en aquel agujero, por donde únicamente las máquinas se atrevían á pasar, se hospedase la muerte. Por lo mismo, la ilusión vanidosa de describirlo al día siguiente, en el colegio, enardeció á los chiquillos. Al amparo de su madre nada malo les sucedería; desde el momento en que ésta, tan regañona y dispuesta siempre á contrariar sus gustos, les había dicho: «Vamos por el túnel», es que podían ir. Además, no temían á los trenes; temían á la oscuridad, al silencio de la tierra; y ellos sabían que el silencio no mata y que al otro lado de la montaña volvía á haber luz.

Discurriendo así penetraron bajo la bóveda del antro, fuerte, imponente, como la arcada de un viejo templo. Cogidos de las manos Pepe y Francisco iban de vanguardia; María Luisa caminaba agarrada á las faldas de su madre, primero con una manecita, después con las dos. Lo misterioso del lugar, el latir de las gotas de agua, la tiniebla creciente y el ruido de sus pasos bajo la resonante oquedad de la bóveda, impresionaron y deprimieron el optimismo de los niños, que hablaban alto y se esforzaban en reir, para quitarse el miedo. A cada momento se detenían á mirar hacia atrás, y el semicírculo, bañado en claridad, de la entrada del túnel, les confortaba. Poco á poco, según decrecía la luz, la verbosidad de todos iba menguando; en sus labios el pánico helaba las palabras, y cuando callaban el trajín de sus piececitos sobre la arena les parecía más grande y temeroso. Ya, apenas se veían unos á otros. Paquito, el más chico, experimentó una fuerte congoja; sus piernecillas se agarrotaban.

--Mamá... mamá...--balbuceó.

Su madre repuso:

--Adelante, no tengáis miedo, que voy yo aquí.

Paquito demostró resignarse. Después fué Pepe, el mayor, quien sintiendo en su mano temblar y helarse la de su hermanito, pidió auxilio:

--Mamá, tengo miedo...

Replicó ella con aspereza:

--¡Vamos! Tener miedo... ¡Un hombre! ¿No te da vergüenza? Seguid, seguid adelante, que falta poco.

En aquellos momentos la expresión de Rita Paredes, fatal y vengativa como Medea, era espantosa. Horribles visajes, que la oscuridad impedía ver, desfiguraban su rostro huesudo, torcían sus labios, abrasaban en cólera sus ojos fríos. La miserable pensaba en el tren que, de un instante á otro, debía llegar; según sus cálculos estaba ya muy próximo y esperaba oir su silbido como un grito de alianza. Sus instintos sanguinarios comenzaban á desatarse. Había entrado en el túnel resuelta á salir libre de él, y nada torcería su propósito. Si el tren se retrasaba, ella era capaz de coger á los tres niños y, entre sus brazos y contra su corazón, retenerles á la fuerza, hasta que la muerte pasase.

Continuaron todos andando. Algunos metros más allá la galería se curvaba, y de súbito la oscuridad fué completa. María Luisa rompió á llorar.

--¡Tengo miedo, mamá!... ¡Mamaíta!... ¡Madrecita de mi alma!... ¡Tengo mucho miedo!...

Había en la voz implorante de la niña como un presentimiento de lo que iba á ocurrir. Rita sintió que Pepe y Francisco, á quienes apenas veía, se agarraban empavorecidos á sus rodillas. Entonces la mujerona consideró que aquel paraje fuese quizás el mejor para realizar su intento, y poniendose en cuclillas, de espaldas contra el muro, recogió entre sus brazos á los tres niños. Ante ella, á menos de un metro, los rieles griseaban vagamente. Los muchachos temblaban de frío, de miedo, bajo el enigma de la enorme tiniebla. Apenas podían hablar. Al cabo, Pepe preguntó:

--¿A qué esperamos aquí, mamá?

--A que pase el tren.

--¿Por qué no seguimos? ¿No es mejor seguir?...

--No; porque más adelante el camino se estrecha mucho.

Transcurridos unos instantes habló Paquito:

--Mamá... mamá...

--¿Qué?

--¿Tardará mucho el tren?

--No; tardará poco...

Rita, sin querer, apretaba los dientes.

María Luisa, aliviada en su cuita al sentir sobre las mejillas el calor del pecho materno, había interrumpido su llanto. Los tres hermanos, consolados repentinamente, parecían tranquilos. Francisco volvió á interrogar:

--Mamá... ¿tardará mucho el tren?...

--No, vendrá pronto.

--Bueno...

Aturdida por la oscuridad, María Luisa había perdido la noción del tiempo.

--Cuando salgamos de aquí--dijo--ya será de noche.

Volvieron á callar, penetrados, entumecidos, por la tiniebla húmeda del antro. De pronto, lejos, resonó un silbido agudísimo, y el fragor creciente de algo pesado y tremendo pobló la bóveda de medrosos rumores. Era el correo de Salamanca. Rita, siempre en cuclillas, levantaba la cabeza, los ojos fijos, desorbitados. El tren trasponía el puente con jadeos espantosos. Volvió á silbar; iba á meterse en el túnel. Los niños temblaban, se encogían, mudos de pavor. Unicamente José pudo gritar:

--¡Mamá!... ¡Madrecita!...

Sus brazos buscaban el cuello de la mujerona. Esta, fuera de sí, los labios espumeantes, le mordió en la cara con tal furia, que el muchacho, de miedo y de dolor, perdió los sentidos. En el fondo fuliginoso apareció la roja luz de la locomotora; sobre la inmensidad negra el convoy, negro también, no se distinguía aún. Hubo un tableteo horrísono, una agitación de caos, una especie de epilepsia telúrica: temblaba el suelo, trepidaban, con ensordecedores gemebundeos, los muros; pareció resquebrajarse y saltar en añicos la montaña.

La infanticida entonces, epiléptica y terrible, comenzó á gritar:

--¡Socorro!... ¡¡Socorro!!...

Y empuñando á sus hijos, á los tres, simultáneamente, revueltos unos con otros, les precipitó sobre la vía.

Pasaba el tren, y los cuerpecillos cayeron bajo el espanto de las ruedas. De rodillas, los brazos en alto, en previsión de que algún viajero pudiese reconocerla, la mujerona continuaba pidiendo:

--¡Socorro!... ¡¡Socorro!!...

Luego, sin mantón, los cabellos despeinados, tiznadas las manos, Rita Paredes escapaba del túnel, por el lado del río. Momentos después, su figura seca, alta, desgarbada, recorría la calle Larga. Los vecinos la miraban atónitos. Rita tenía la expresión idiota; sus brazos gesticulaban sin concierto; erraban sus miradas; parecía loca...

Varios transeúntes la detuvieron:

--¿Qué la sucede á usted? ¿Por qué va usted así?...

Ella había vuelto á encontrar aquel gesto, aquel admirable gesto de estupidez y de dolor, con que una mañana estuvo contemplando el cadáver del señor Frasquito.

--Los he perdido--sollozaba--los he perdido...

--¿A quién ha perdido usted, Rita?...

--A mis hijos...

Y seguía adelante, hacia su casa. Sus labios, sin color, repetían automáticamente:

--He perdido á mis hijos... he perdido á mis hijos...

A su alrededor el número de curiosos aumentaba. Todos, ávidos de saber y compasivos, se estrechaban contra ella. El ruido de tantas pisadas llenó la calle, y la noticia de que acababa de ocurrir una desgracia penetró en los hogares. En las ventanas y las puertas asomaron rostros interrogantes. Don Artemio y don Juan Manuel, que salían del Casino, se acercaron á la mujerona.

--¿Qué dice usted, Rita? ¿Se ha vuelto usted loca? ¿Ha perdido usted á sus hijos?... ¡No es posible!...

--Sí; á los tres.

--¿Cómo?... ¿Ahora?

--Sí... ahora...

--¿Dónde?

--Abajo... allí...

Con un gesto, señalaba hacia la tierra.

--Los he perdido abajo, en el túnel; abajo... los ha matado el tren.

XXV

En los tres días consecutivos á la catástrofe del túnel, el bazar «Paredes, Hermanos», permaneció cerrado. Toribio, que ignoraba la horrible verdad de lo acaecido, estaba furioso, aunque secretamente se felicitase de haberse aligerado así, tan de cuajo, de los gastos anejos á la crianza y educación de tres niños pequeños. Molestaban, sin embargo, á su egoísmo, las visitas al Juzgado, adonde fué varias veces á declarar; los gastos del entierro, al que asistieron en conmovedora manifestación de duelo y simpatía todos los parvulillos de Puertopomares; la expectación de que era objeto y la avidez con que la pública curiosidad le pedía nuevos detalles del truculento lance; y, finalmente, el dinero que le obligaba á perder la inexorable obstinación de Rita en no abrir la tienda.

Considerando esto, el antiguo buhonero prorrumpía en maldiciones terribles y descargaba sobre las mesas del Toro Blanco puñetazos furibundos.

--Esa mujer--aludía á su hermana--tiene menos discernimiento que un asno; ¿cómo si no hubiese cometido la animalada de meterse en el túnel con los niños justamente minutos antes de pasar el tren?... ¿No merece, por imbécil, que la tundan á palos?...

Aun reconociendo la justicia de los lamentos y razones de Toribio, la opinión general compadecía á la madre. El inaudito dolor que pesaba sobre ella, determinó en su favor una cristiana y unánime corriente de cariño. Cuantas personas la vieron la tarde del suceso, describían emocionadas el amor y el esmero con que llevaba á sus hijos de paseo. Repetían sus palabras:

«Los pobrecitos--había dicho Rita--no salen nunca y necesitan tomar un poco de aire».

La curiosidad y fisgona destreza de las vecinas, supo percatarse hasta de los menores detalles. Recordaban, verbigracia, que Paquito iba con zapatitos flamantes de charol blanco, y que María Luisa llevaba en los cabellos una cinta azul. Tampoco olvidaron que Rita se quejaba de dolor de cabeza. Don Artemio Morón, con la vanidad del hombre que vivió unos segundos cerca de la tragedia de que se habla, no cesaba de repetir á cuantas personas llegaban á la botica:

--Por aquí pasaron los cuatro; yo, casualmente, acababa de asomarme á la puerta y estuve charlando con Rita. A los muchachos les llené los bolsillos de golosinas; iban contentísimos.

_La Roja_, entre tanto, permanecía recluída en su casa; ni siquiera salía de su habitación. No hablaba. Apenas probaba alimento. Sus ojos pequeños y azules, de un azul gris, tenían una fijeza imbécil. El rostro anguloso, descolorido, cobarde, expresaba la angustia de la bestia que se siente morir.

Al día siguiente del crimen la mujerona pensaba fugarse á Salamanca, para desde allí ir á reunirse con Vicente en La Coruña: pero no bien el asesinato se consumó, experimentó una dispersión total de ideas, un desastre y absoluto aniquilamiento de propósitos. Como por arte de brujería, toda su desorbitada y caliente vida interior desapareció. Acaso el esfuerzo que hizo para arrojar á sus hijos bajo las ruedas del tren, agotó las energías feroces de su voluntad; acaso las almas de los niños sacrificados y la de su padre, el señor Frasquito, sugestionaban á la criminal y la producían aquel invencible desfallecimiento; quizás también el espíritu del hombre pequeñito, satisfecha su venganza, había renunciado á seguir protegiendo á su cómplice.

Ello fué que, de repente, la mujerona hallóse desposeída del propio dominio y como desterrada de sí misma. Oía menos, veía menos y sus manos perdieron la noción justa de los objetos y de las distancias. Una temerosa quietud, un hondísimo silencio de tumba, parecía desprenderse de su alma y cubrirla bajo un nimbo aciago. Quería moverse y cual si entre el espíritu y el cuerpo toda comunicación se hubiese interrumpido, los músculos manteníanse ociosos. Sabía que Vicente López la esperaba, y no podía correr á buscarle: una fuerza suprema, un obstáculo invencible, atravesado delante de ella como un muro, la detenía. En tan rigurosa soledad, el tiempo adquiría proporciones absurdas: una hora equivalía á un mes, y de este modo, en las nieblas idiotas de su razón, Rita pensaba que, desde que salió del túnel, habían transcurrido muchos años. A intervalos, la miserable experimentaba una sensación de vacío; la emoción de que alguien acababa de marcharse de su lado de puntillas. Entonces pensaba:

«¿Por qué don Gil no vendrá á verme?...»

La idea, por momentos más firme, de que el hombre pequeñito había desertado, acrecentaba sus zozobras, y llegó á sentir el miedo, un miedo que era hielo, del criminal que huyese, cubierto de sangre, por un camino.

El jueves de aquella misma semana recibió una carta del _Charro_, fechada en La Coruña, y al día siguiente, otra, concisa, imperativa, apremiante como un telegrama. Decía:

«Ya no podemos embarcar en el _Carolina_, que sale de aquí mañana. ¿Qué sucede? ¿Por qué no vienes? ¿Te has arrepentido? ¿Es que ya no me quieres?...»

Estas misivas sorprendieron un poco á Rita. Con asombro y pena se cercioró de que el nombre de Vicente López no suscitaba en ella ninguna emoción simpática. No recomponía bien la significación de aquel hombre en su vida; ni siquiera estaba cierta de haberle amado. ¡Vicente López... el padre de Deogracias!... ¿Y qué?... Además, ¡aquel pasado se hallaba tan lejos!... Como por un cristal la luz, así la imagen del _Charro_ cruzó por su alma sin detenerse. ¡Vicente!... ¿Para qué molestarse en unir su porvenir al suyo, si comprendía que siempre, mientras viviese, estaría triste? Y no porque se arrepintiese de lo hecho; es que no deseaba nada, es que todo, de pronto, la parecía igual.

--¡Vicente!--murmuraba Rita buscando en las vaguedades de su desorganizada memoria--; ¡Vicente!... ¡Es raro!... ¿Por qué estoy así? ¡No me acuerdo bien de él!

Otra razón, de índole muy distinta, agravaba su marasmo: era la seguridad de que su vitando crimen no quedaría impune, de que se hallaba perdida irremisiblemente, porque la justicia, de un momento á otro, iba á saberlo todo. Invadíala entonces una laxitud sobrehumana, un deseo miserable de entregarse, de caer de rodillas. Tal vez, confesándose, echaría fuera de sí aquella inquietud.

Pensaba:

«¡Hablar!... ¡Eso quizás fuese lo mejor!...»

En estas incertidumbres perdió dos semanas. Vicente López había dejado de escribir. El comercio «Paredes, Hermanos» volvió á abrirse, y Toribio, detrás del mostrador, recobró su vida.

Un día, casi de madrugada, varios tenderos de la calle Larga vieron pasar á Rita, en dirección á Correos, con una carta en la mano. Iba descalza y á medio vestir; con una colcha se abrigaba los hombros; sus cabellos bermejos y revueltos la cubrían los ojos; unos ojos estáticos, inexpresivos, de sonámbula. Algunos la llamaron:

--¡Señora Rita!... ¡Señora Rita!...

Pero ella caminaba impasible, la mirada en alto, como si la calle estuviese vacía. Cuando llegó á la Casa-Correos, sin vacilar, echó la carta al buzón. En aquel instante, una vecina que corría tras ella la tocó en el hombro:

--Señora Rita...

La mujerona volvió la cabeza, pareció examinar á quien le hablaba y no contestó. Tenía la actitud de un demente. Su interlocutora, un poco asustada, repitió:

--Señora Rita...

Otros transeuntes se habían acercado. Los ojos de la mujerona empezaban á parpadear y adquirían expresión. Al cabo, tras algunas degluciones penosas, pudo responder:

--¿Qué?...

Su voz sonaba raramente. La preguntaron:

--¿Está usted dormida?

--¿Dormida?--repitió.

--Sí; está usted dormida. ¿Por qué ha salido usted á la calle en ese traje?

--¿Yo?... ¿En la calle?... ¿Qué calle?...

El número de curiosos aumentaba. Rita Paredes entreabrió la colcha con que se envolvía. Bruscos estremecimientos de asombro, de susto, pasaban intermitentes y rápidos, como ráfagas nerviosas, por su rostro.

--Rita--la decían--, Rita...

--¿Qué?... ¿Quién me llama?...

De pronto sus miradas tuvieron fijeza y expresión; renació la conciencia. Vióse medio desnuda y en la calle, y su terror fué inmenso, como el de una bruja sorprendida por el sol antes de volver del aquelarre. Empezó á tiritar.

--¿Cómo me hallo aquí?... ¿Cómo he venido hasta aquí?...

Estaba repugnante, sabática, con su pelambrera rojiza, mezquina y salpicada de cabellos blancos; sus ojuelos de lobo, amustiados por el miedo entre la miseria de los párpados sin pestañas; la piel seca, rugosa, vieja, sobre la dureza saliente de los pómulos; el semblante espectral, amarillo como el releje de sus dientes. Un transeunte caritativo la puso su bufanda alrededor del cuello, y unas vecinas, no teniendo á mano nada mejor, la cubrieron las piernas con una cortina. Temblaba de frío en medio del grupo, compasivo y fisgón; Rita Paredes, enjuta, gigantesca y vestida de manera tan desusada, parecía un espantapájaros. Todos murmuraban:

--Ha perdido la razón. Está loca. ¡Pobre mujer!...

La noticia corría de puerta en puerta, y su virtud expansiva era tal, que cuando llegaba á la Puerta del Acoso ya se sabía también en la Glorieta del Parque. El boticario y don Valentín, en cuanto tuvieron de ella conocimiento, salieron á buscar detalles. Un muchacho había ido á despertar á Toribio. Rita, entretanto, permanecía de pie, apoyada contra la pared de la Casa-Correos.

--¿Por qué estoy aquí?--balbuceaba--¿Qué vine á hacer aquí?...

Fruncía las cejas y, á ratos, con sus dedos esqueléticos, de uñas agudas, se palpaba la frente, como buscando en ella un recuerdo.

--¿Qué vine á hacer aquí?...

Sin embargo, no quería marcharse; esperaba algo.

La mujer que primero la vió, dijo:

--Usted, hace un momento, salió de su casa para echar una carta al buzón.

Rita, murmuró:

--¿Una carta?

--Sí, señora. La llevaba usted en la mano y la depositó usted ahí.

Señaló con un gesto al buzón; Rita siguió aquel movimiento; después se miró los dedos. Su interlocutora explicó á los circunstantes:

--¡Pobre mujer! Está buscando la carta. No sabe lo que hizo de ella...

En seguida, dirigiéndose á Rita:

--La carta la puso usted ahí. ¿Comprende? Ahí...

La mujerona volvió á mirar al buzón, que era la máscara, en mármol, de un león con la boca abierta. Aquella imagen mordía en su memoria y la despabilaba. Lentamente sus ideas iban aclarándose, y este amanecer interior hacía filar por su rostro una sucesión interminable de penumbras, muecas y rapidísimos temblores. Sentíase perdida, arrastrada, hacia un abismo.

--¿A quién escribió usted?--la preguntaron.

--No sé.

--¿Cómo? ¿Ha olvidado usted el nombre de la persona á quien ha escrito?

Rita movía la cabeza afirmativamente. La expresión de sus ojuelos era mortecina, idiota; en ellos, no obstante, fulguraba el esfuerzo, el torturador trajín, de la evocación. La imagen de Vicente López cruzó su memoria. Vaciló unos segundos y luego:

--No... no es á él--balbuceó--á quien he escrito...

Después:

--Ya me acuerdo... es verdad... ya me acuerdo...

Muchas caras se adelantaron hacia ella, curiosas.

--¿Sabe usted para quién era la carta?

--Sí.

--¿Se acuerda usted de la persona?

--Sí; he escrito al juez.

Estas palabras sibilinas, que parecían envolver un enigma, produjeron en el auditorio acre emoción.

--¿Ha escrito usted al juez?

--Sí.

--¿A don Niceto?

--Sí...

--¿Y para qué ha escrito usted al juez, Rita?...

--Para... para decirle... para decirle...

No concluyó. Acababa de recobrar la razón y al comprenderse perdida, lanzó un grito, un horrísono grito, y cayó de bruces contra el suelo. Su cabeza lívida, al rebotar contra las piedras, se magulló y cubrió de sangre.

XXVI

Semejante á un temblor de tierra, aquella noche rodó por las tertulias del Casino, del Toro Blanco y del Café de la Coja, la noticia de que don Niceto, acompañado de su secretario y de dos números de la Guardia civil, había procedido á la detención de los hermanos Paredes y que éstos hallábanse presos é incomunicados en los sótanos de la cárcel.

Suceso tan inverosímil puso en nerviosa conmoción al vecindario. Muchos curiosos fueron á la tienda de los supuestos detenidos, en busca de informes, pero la encontraron cerrada, y esta clausura acrecentó la general espectación. Todos acudieron entonces á la fonda, y don Valentín se halló acosado y vencido á preguntas. Don Juan Manuel Rubio, don Elías, don Artemio, don Ignacio y otras personas, le cercaron.

--¿Qué sabe usted?... ¿Y Niceto?... ¿Dónde está Niceto?...

Desgraciadamente ni don Valentín ni sus hijas podían contestar á nada, porque nada sabían. Desde la víspera, don Valentín no veía á su hermano. Asimismo, cual si les hubiera tragado la tierra, el secretario del Ayuntamiento y los dos guardias que dieron escolta al juez habían desaparecido. Según en los períodos febriles la sangre se precipita con mayor ímpetu por las arterias, de igual modo, en las crisis colectivas las muchedumbres adquieren un dinamismo violento y morboso. Por las callejas de Puertopomares, impelidos por la calentura de la curiosidad, agitados, insomnes, alegres, los vecinos corrían á caza de detalles.

Como don Niceto no había ido á cenar á su casa ni estaba en el Juzgado, ni era fácil, de consiguiente, dar con él, Rubio, Fernández Parreño, don Artemio y el veterinario, resueltos á salir de dudas, se personaron en la cárcel.

Esta, que fué construída aprovechando los restos de un torreón centenario, era una casuca alta, estrecha y de paredes circulares. Las gloriosas saeteras fueron rasgadas y convertidas en ventanas guarnecidas de espesos hierros. La puerta, que acaso en otros tiempos lo fué de algún patio de armas, mostrábase en un plano inferior al de la calle y como aplastada bajo la pesantez de un arco granítico.

Respondiendo á los clamorosos aldabonazos que en ella dieron el médico y sus acompañantes, un ventanuco, defendido también por densos hierros, se abrió misterioso. Desde el interior oscuro una voz preguntó:

--¿Quién va?...

En ella don Elías adivinó á Luis, el carcelero.

--Yo soy, Luis, abre.

El interpelado, á su vez, reconoció al médico; su acento tornóse más humilde; era el acento del hombre que desea servir; pero en aquella misma melosidad presintió Fernández Parreño una negativa.

--Dispense usted, don Elías; no puedo complacerle. He recibido orden de no abrir á nadie.

Fernández Parreño, usando de esa llaneza con que en los pueblos, donde todos se conocen, se tratan los asuntos más reservados, replicó:

--Abre, hombre; esa orden, por severa que sea, no reza conmigo, ni alcanza á las personas que me acompañan.

Luis se excusó:

--Imposible, don Elías: la orden que me han dado es terminante.

Don Juan Manuel quiso utilizar su influencia de diputado.

--¡Déjate de bobadas, Luis! Si don Niceto te reprendiese por haberle desobedecido, le dices que me lo cuente á mí. ¡Abre!...

Su acento era decisivo, conminatorio. Pero la voz dócil no cedía:

--Lo siento, don Juan Manuel; perdóneme usted. Tengo orden absoluta de no recibir á nadie.

--Pero, al menos--interrumpió don Artemio--podrás responder á una pregunta.

--Según...

--Necesitamos saber si es cierto que los hermanos Paredes están aquí.

Luis no contestó. Vacilaba.

--¿También te han prohibido decir lo que ya se murmura en todo el pueblo?--agregó el boticario exaltándose.

La voz, replicó:

--Sí, señor; pero no pretendan ustedes saber más: los hermanos Paredes están aquí desde esta tarde.

Tras estas palabras, dichas con una dulcedumbre que no excluía cierta sequedad, se cerró el ventanillo, y del viejo portalón carcelario pareció desprenderse, semejante á un aroma, un hondo silencio.

Derrotados los indiscretos visitantes regresaron al Casino. Eran las once. Para distraerse organizaron una partida de tresillo. Después llegó Romualdo Pérez que se sentó aparte. El gerente de _La Honradez_ se había casado hacía dos meses con Micaela, y estaba en vísperas de ser padre. Don Elías le preguntó por su mujer, á quien el embarazo mortificaba.

--La pobre sigue mal--repuso Romualdo--; los vómitos no la dejan. Creo que debía usted ir á darla un vistazo.

El boticario invitó á Romualdo á jugar al dominó. Pérez aceptó. Durante largo tiempo alimentó una sorda cólera contra don Artemio, por ser éste quien descubrió y divulgó el secreto de sus relaciones con Micaela; pero luego el matrimonio había esclarecido aquellas nubes, y el viejo rencor quedó olvidado.