El misterio de un hombre pequeñito: novela
Part 20
--Si no me obedeces--agregó Tomás--te perderé, te pondré en manos de la justicia, les diré á los jueces que fuiste tú quien asesinó á Frasquito Miguel.
Después de un silencio, la voz remota, más terrible cuanto más remota, preguntó:
--¿Cumplirás mi mandato?
Rita se ahogaba; algo pesado, duro, frío, como una piedra, oprimía su garganta. Cuando pudo hablar:
--Sí, don Gil--murmuró.
--¿Matarás á tus hijos, Rita?
--Sí, don Gil.
--Pronto, ¿verdad?
--Sí, don Gil.
--¿Y les matarás sin que Vicente lo sepa?
--Sí, don Gil...
La imagen del hombre pequeñito desapareció. La mujerona continuó durmiendo; fué como si el cristal de alguna linterna mágica y espantosa se hubiese apagado.
XXIII
Al siguiente día y á la hora señalada, Rita y _el Charro_ acudieron al túnel. Describía éste un semicírculo que oradaba de Norte á Sur el cerro donde Puertopomares fué edificado. Correspondía la entrada meridional á la estación del ferrocarril, al sereno panorama de los vastos bosques de castañares y acebos, cuya esquiva frondosidad alejábase ondulando al compás de las montañas anebladas y pintadas de azul por la distancia; y la boca norteña, abierta á veinticinco ó treinta metros del puente tendido sobre el Malamula, á la parte más abrupta, encrespada y fragosa. Allí el viento encajonado entre altísimas laderas de granito y basalto, recogía fielmente todos los murmullos del río y de los árboles, los exaltaba en las sonoridades de las rocas, y tableteaba amenazador en la oquedad renegrida del túnel. Sus ráfagas violentísimas, cargadas de estridencias lapidarias, producían bajo la bóveda ecoica fragores idénticos á los de un tren en marcha.
Fué allí donde la mujerona y su amante se vieron, y más de una vez, engañados por los ululeos del aire, se apartaron de la vía y se estrecharon contra las paredes, tiznadas de carbón y rezumantes de agua, creyendo que el correo de Salamanca trasponía el puente.
Comenzó Vicente López la conversación exponiendo los planes que, de tiempo atrás, tenía bien madurados y dispuestos. Si ella estaba resuelta á seguirle no debían desaprovechar momento, pues todo el dinero que gastasen en el transcurso de aquellos días ociosos lo necesitarían luego para el viaje: él regresaría inmediatamente á Salamanca, para retirar los fondos que guardaba en un Banco y concluir algunos asuntos pendientes. Rita, con su hijo, iría á buscarle á La Coruña, donde embarcarían los tres para Buenos Aires.
--Cuando yo salga de Salamanca--agregó--te escribiré dos letras, diciéndotelo. Estáte prevenida porque en todo esto podemos emplear, á lo sumo, un par de semanas.
Llamó la atención de Vicente la mansa prontitud con que su amante aceptaba sus órdenes. Pensaba tener que avasallar graves resistencias y sorprendíale que los deseos de la mujerona se orientasen sin lucha tan á su talante y favor. Repentinamente la duda le mordió. Su espíritu de trujamán, educado en las lides y tretas del engaño, receló de aquella obediencia.
--¿Es que aparentas transigir--exclamó--para alejarme de tu lado sin riñas y luego hacer tu gusto?... Pues te juro que no habías de reirte de mí: por primera providencia, te quitaba el niño; después... ¡ya veríamos!...
La había cogido por los brazos rudamente, como para explicarla con la tortura de su carne la dureza y decisión de su voluntad. Rita Paredes entornó los ojos; hervía su sangre; aquellas manos crueles tenían para ella la voz de fuego del recuerdo.
--No pienso engañarte--repuso--; es que te quiero, Vicente; es que no puedo vivir sin ti; soy tu esclava; es que me dirías «ven», y te seguiría aun que tuviera que ir descalza y pisando sobre brasas...
Toda la ciega vehemencia de su temperamento criminal; todo el odio con que asistió al martirio del señor Frasquito y la perversidad de aquellas exclamaciones caritativas con que embrollaba y explicaba los lamentos de la víctima; todo el execrable horror de su alma egoísta y codiciosa, mudábanse en desapoderada locura sexual. Tremaron sus nervios; su carne lasciva, pareció quemarse, agrietarse, cual si dentro de ella hubiese un incendio; y toda su figura, alta, seca, vibrante, con su rostro lívido nimbado por el halo rútilo de sus cabellos, parecía una llama. El escenario daba al bárbaro abrazo de los amantes un misterio infernal: la enorme tiniebla del sitio, tiznado densamente por el humo de las locomotoras; los rieles bruñidos bajo el vaivén de los trenes, alejándose á ras de tierra en la oscuridad; los gemebundeos del viento; el latir de las gotas de agua desprendidas de la bóveda de la cripta, y que resonaban en el silencio como pisadas duendes...
A las siete menos minutos resonó prepotente, al lado opuesto del río, el silbido del correo que llegaba de Salamanca. Como siempre, la máquina avisaba que iba á hundirse en el monte. El convoy cruzó el puente y se lanzó jadeante por la boca del túnel. Retembló el suelo. Abermejáronse los rieles. Crepitaron los cimientos milenarios del antro con la ráfaga--hierro y fuego--del tren, y ante la linterna roja de la locomotora las tinieblas huían y los muros negros, grietosos, empapados en agua, se tiñeron de sangre. Un instante, desde la altura del ténder y en el huracán de las volutas de humo desesperadamente retorcidas, los maquinistas vislumbraron una mujer y un hombre caídos en la suciedad de hollín de una de las cunetas. No pudieron reconocerles. El tren siguió adelante. Un momento después, amparados bajo la oscuridad de la noche, Vicente y Rita, las manos y los trajes horriblemente manchados de carbón, consumado el pecado original salían del túnel como de un paraíso.
Regresó la mujerona á su casa muy tarde; para no llamar la atención de las personas que la conociesen, al separarse de Vicente había ido al río á lavarse las ropas, y en esta faena empleó cerca de una hora. Sonaban las nueve en el reloj de la iglesia cuando terminó. Su hermano, maliciando lo ocurrido, recibióla con cara y voces de vinagre. El y los niños ya habían cenado.
--¿Piensas volver á las andadas?--gritó--¡Pues no estoy dispuesto á consentirlo! Aquí se hace lo que yo mando.
Rita le miró con frío desdén.
--Esta casa--repuso--es de los dos, y en ella mandamos los dos por igual: ni tú más que yo, ni yo más que tú. Con que... ¡haya paz y callemos todos! Guárdate las uñas si no quieres que yo saque las mías...
Dicho esto con dejo reposado y bravucón, sentóse á cenar; y apenas quedó sola, su cólera se deshizo, como licuada, en una recóndita, inefable y sedante emoción amorosa. Comía maquinalmente. Las imágenes de los ardientes momentos recién vividos, producíanse con tal vigor de verdad en su espíritu, que creía pasar de nuevo por ellos. Vicente López se hallaba á su lado, reconocía diáfanamente el timbre de su voz, y con los ojos del alma veía sus gestos. Según las diversas mutaciones de aquel diálogo interior, la mujer sonreía ó su rostro se revestía de gravedad. A veces, afirmaba; á veces, parecía dudar; á intervalos, también, sentía sobre sus labios los besos y en su carne las manos violentas del _Charro_. ¡Oh! ¡Cómo había querido á aquel hombre, y cómo le quería aún!... Era el sultán, el dueño. Ella, fuerte y rebelde como un macho, é incapaz de conceder á nadie jefatura sobre su albedrío, reconocía el imperio de Vicente. Ante aquella voluntad, la suya claudicaba. Aunque la despreciase, aunque transcurriesen los años sin saber de él, para su enamorado corazón Vicente López siempre sería «el amo». Terminada su colación, la mujerona se acostó, y, de un tirón, como cuando niña, durmió toda la noche.
Este gratísimo contento duró varios días. Sentada detrás del mostrador, dejaba transcurrir las horas mirando distraídamente hacia la calle. Su espíritu no estaba allí. A ratos asociaba un nombre á las figuras que pasaban de largo ante las vidrieras del comercio, ó se detenían á examinar los escaparates.
--Ahí va don Ignacio--pensaba.
O bien:
--Es don Elías, que vuelve del Casino...
Pero estas ideas según se producían se eclipsaban, y la mujerona tornaba á inmergirse en el recuerdo de su amor, como en un baño. A su lado Toribio y Deogracias se afanaban en servir á los compradores que llegaban, registrando debajo del mostrador, subiéndose por una escalera á los entrepaños superiores de la anaquelería ó descolgando, con auxilio de una percha, los objetos suspendidos del techo.
En el ininterrumpido filar de su soliloquio, Rita Paredes fatalmente volvía una vez y otra á la misma obsesión criminal:
«A los hijos de Frasquito Miguel, necesito matarles. Lo que hice con el padre debo hacer con ellos»...
En la negrura de su discurso estas dos ideas se asociaban fuertemente; no era posible separarlas; el primer crimen explicaba el segundo y hasta lo exigía. A las empresas, para que reditúen los debidos beneficios, es necesario llevarlas á su término y rematarlas bien y sin miedo. ¿Habría conseguido algo el arquitecto que, después de construir una casa, empapelarla, solarla y estucarla, no la techase? Nada, porque un hogar sin techo no es hogar. Y, del mismo modo: ella, que asesinó al señor Frasquito para robarle y vivir cómodamente del producto de lo robado, ¿no perdería el valor ó recompensa de su trabajo si aquel dinero iban comiéndoselo poco á poco los hijos del muerto?...
Perseguida por esta decisión, cada vez más resuelta, Rita procuraba ver á los niños lo menos posible. Cuando alguno se agarraba á sus faldas, la mujerona palidecía y miraba á otro lado; la dulzura de aquellos ojos inocentes, tan candorosos, que parecían asustados, era horrible. Rita Paredes recordaba las órdenes verticales de don Gil; el hombre pequeñito razonaba bien: urgía deshacerse de aquellas criaturas que, más adelante, la importunarían. Don Gil aconsejaba: «Los abandonados sufren, los muertos no». ¡Era cierto! ¿Cómo no reconoció ella antes la certidumbre de tales palabras?... A este pensamiento servía de abono y arrimo la amenaza del brujo: «Si no me obedeces--había dicho don Gil--te llevaré á los Tribunales y los jueces sabrán que tú fuiste quien asesinó á Frasquito Miguel». Hallábase, de consiguiente, colocada en el entronque ó bifurcación de dos caminos: uno, el camino de América, de la vida libre, al lado de su hijo mayor y del único hombre que había amado; el otro era la ruta que guiaba á la perdición, al presidio, quizás á la muerte. ¿Cómo dudar entre ambos?...
La mujerona repetía:
--Esos chiquillos son una maldición para mí; ó ellos ó yo; no hay otro remedio...
Discurriendo así sentía que, hora tras hora, las fuentes, nunca muy caudalosas, de su amor maternal iban secándose, y que todo el odio que profesó al señor Frasquito resurgía ahora con fatales verdores hacia sus hijos.
Cumpliendo disposiciones de don Gil Tomás, Rita nada de esto dijo á su cómplice; el hombre pequeñito lo decretó así, tanto porque de los asuntos graves conviene hablar poco, cuanto de miedo á que López, esquivando las derivaciones ó responsabilidades criminales que tal empresa pudiera ocasionarle, desistiese de ella.
Según don Gil manifestó á Rita, la inesperada reaparición de Vicente en Puertopomares obedecía á insinuaciones suyas. Esta labor, realizada únicamente durante las horas de descanso, fué lenta. En Salamanca los asuntos de López marchaban de mal en peor; de año en año los negocios iban escaseando y las transacciones eran más difíciles. ¿Cómo vivir en un país esquilmado por el fisco y la usura, y donde todos son á vender y nadie compra?... Entonces surgió en _el Charro_ la idea de buscar fuera de su patria la fortuna. Con esta alarma interior, tan propicia á toda suerte de mudanzas, derroteros y aventuras, coincidieron las sigilosas instigaciones del hombre pequeñito. Don Gil, implacable, necesitaba destruir el hogar de los hermanos Paredes y con él la raza del señor Frasquito, pues el odio es tan recia pasión que sólo se aplaca satisfaciéndose en los hijos de la persona aborrecida. Para llevar pronto y á buen desenlace este plan, don Gil solicitó y á corto esfuerzo obtuvo la alianza del _Charro_.
Varias semanas hacía que éste, allá en la posada salmantina donde tenía su albergue, descansaba mal. Visiones deshilvanadas, heteróclitas, que huían de su memoria apenas despertaba y parecían episodios ó fragmentos de algún gran miraje interior, le desazonaban. Aunque rudo de alcances, el chalán comprendía que una grave adivinación ó presentimiento germinaba en los subsuelos de su espíritu. Como esas enfermedades que, antes de perfilarse claramente, se anuncian con erráticos y variables dolores, de igual manera aquel hondo misterio aparecía y desaparecía tras un torbellino de imágenes inconcluídas y vagabundas. Empero, por estos ocultos caminos, la revelación, laboriosamente, iba preparándose.
Una noche Vicente López soñó con su antigua amante Rita Paredes: la halló más fea, más seca, pero el dolor de sus ojos--dolor de olvido--le impresionó favorablemente. Hablaron: ella lloró mucho, le explicó sus penas, sus errores, y él concluyó acusándose de haberla abandonado. Al despertar, Vicente, dominado aún por el recuerdo de su pesadilla, estaba triste. Las noches sucesivas también soñó con Rita, y tan gayamente renacían los episodios de este viejo amor, que sintió, como un remordimiento, el haberlo perdido. ¿Por qué aquella figura, largo tiempo olvidada, resucitaba así? ¿Qué extraño poder la sacó de la sombra?...
Con zozobra, _el Charro_ pensó:
«¿Habrá muerto Rita?...»
Otra noche soñó que quien había fallecido era Frasquito Miguel, y que Rita Paredes le heredó y estaba rica. Apesar de tal cambio, la voz musitadora de las pesadillas aseguraba á Vicente que su antigua manceba no era feliz y se acordaba siempre de él. Estas figuraciones se repitieron y con los ojos del alma, el Charro vió la tienda de los hermanos Paredes, y á Rita detrás del mostrador, en la actitud grave y triste, actitud de arrepentimiento, de la mujer para quien la vida de las aventuras ha pasado. López comprendió que Rita, asomada al mostrador de su tienda, como á una ventana, le esperaba todavía. Entonces sus propósitos de expatriarse cobraron repentinos bríos, y á ellos se asociaba el deseo de conocer á su hijo. Una idea de lucro, una esperanza de negocio, ligábase solapadamente á esta resurrección sentimental; los apuros económicos con que _el Charro_ tropezaba en su oficio, el genio bondadoso de los sueños los solucionaba, con arte mágico, por las noches: Rita Paredes era rica, y todo aquel dinero, cuyo origen á él no debía importunarle, podía ser suyo.
Tanto creció esta obsesión y en tales gasas de lógica y de entrañable afecto se envolvía, que la conciencia de Vicente barajó y llegó á mezclar las imágenes de sus vigilias con las de sus sueños, explicando las unas por las otras, viviendo como si soñase y tomando sus fantasmagorías por realidades, hasta que determinó trasladarse á Puertopomares y hablar con Rita.
Cuando _el Charro_ enfrontó el comercio de los hermanos Paredes y examinó su puerta de cristales y sus dos vidrieras guarnecidas de juguetes y de ropas, no se sorprendió.
«Todo esto--pensó--lo he visto ya»...
Efectivamente, aquel momento de tiempo y de espacio que tenía delante, lo conocía por haberlo soñado muchas veces. De noche, sin duda, su alma recorrió el mismo itinerario: llegó á la Fonda del Toro Blanco, paseó la calle Larga y se detuvo emocionada, cual si acudiese á una cita, ante el bazar de los Paredes. Tampoco le sorprendieron el aspecto de las anaquelerías, repletas de géneros, ni el maniquí que arrancaba al tonto Ramitas gritos de entusiasmo, ni los objetos que, semejantes á estalactitas, pendían del techo envigado, ni la silueta de su antigua barragana, lívida y rígida, detrás del mostrador. Su conversación con ella y todo lo que luego acaeció, pareciéronle también hechos naturales; y así, cuando después de firmemente unidos y concertados regresó á Salamanca, ni un momento dudó de que Rita Paredes dejara de seguirle.
XXIV
Una tarde, de las últimas de Octubre, llegó á Puertopomares la carta donde Vicente López daba orden á su amante de ponerse en camino.
«Me voy á Coruña esta noche--decía--y en el vapor _Carolina_, que zarpa de allí el sábado próximo, retendré tres pasajes. No malgastemos tiempo. Recoge tu dinero y para no llamar la atención, sin equipaje, como si fueses á dar un paseo, te vas con el niño á la estación y subes al correo que llega ahí á las siete y cuarenta».
Firmaba _el Charro_ sólo con la inicial de su nombre; y debajo añadía previsoramente:
«Rompe este papel.»
La mujerona leyó y releyó la misiva, escrita en caracteres irregulares y grandes, y dócil al consejo de su amante la rasgó en cuatro pedazos; pero al mismo tiempo cambió de parecer, y entreabriéndose el corpiño guardóse los fragmentos en el pecho. Eran las nueve de la mañana cuando esto ocurría. Toribio no pudo sospechar nada; ni siquiera vió al cartero. Los niños estaban en el colegio. Un alegre sol de otoño llenaba la tienda, bruñía el ancho cristal de los escaparates, coloreaba las mejillas del maniquí, rielaba sobre los objetos de metal--tijeras, cortaplumas, sacacorchos, dedales, cucharas, martillos--puestos en ordenadas ringleras sobre los entrepaños de las anaquelerías. Siempre que un comprador empujaba la puerta vibraba un timbre, y su tantán jocundo, nuncio de ganancias, parecía convertirse en luz. Luego, dentro del cajón donde los Paredes iban echando el importe de la venta del día, las monedas se entrechocaban bulliciosamente y su canción parecía una risa.
A mediodía Toribio necesitó ir á la Estación, á retirar unas mercancías. Esta oportunidad la aprovechó Rita para entrar en su dormitorio y coger los billetes de Banco que escondidos tenía detrás del ropero. En seguida volvió á la tienda. La mujerona desarrollaba un plan absurdo y siniestro que su estrechez mental, empero, juzgaba perfectamente urdido: consistía en deshacerse de los tres hijos del señor Frasquito arrojándoles al paso de un tren, y huir luego con Deogracias. La miserable no vacilaba; la impunidad de su primer crimen la impelía á cometer el segundo, y hasta vislumbraba una especie de venganza, de espantoso símbolo, en que, sobre los mismos rieles donde los vástagos del señor Frasquito quedasen destrozados, huyese ella después, como por una ruta de sangre, en busca de «su hombre» y con el hijo único de «su hombre»...
El tempestuoso curso de estas cavilaciones llevó los ojos de Rita hacia el almanaque colocado junto á la puertecilla de la trastienda. Era martes, día de agorerías y maleficios.
--Martes--repitió mentalmente _la Roja_--; de aquí al sábado, hay tiempo para todo.
Un impulso ciego, una obsesión infernal, la dominaban. A la puesta del sol, Rita, que durante la tarde estuvo quejándose de dolor de cabeza, invitó á los niños á dar un paseo; aceptaron todos con alardes extremados de alborozo, y ella, cariñosa, les peinó y vistió pulcramente; en los undosos cabellos claros de María Luisa prendió un lindo lazo de seda azul, y accedió á que Paquito, el más pequeño de los tres, estrenase unos zapatitos de charol blanco. La infame cuidaba estos detalles de amor maternal que luego podían defenderla eficazmente, si, contra lo que don Gil había asegurado, necesitaba andar en dimes y diretes con la justicia. Deogracias quiso acompañar á sus hermanos; tenía celos de ellos.
--¿Voy contigo, mamá?
--No; tú te quedas al cuidado de la casa; á tu tío puede ocurrírsele salir y la tienda no debe quedarse sola.
En la calle Larga, Rita Paredes, envuelta en su mantón alfombrado, llevando de la mano á María Luisa y precedida de Pepe y de Francisco, atrajo las miradas de varias vecinas. Algunas, por donaire, la interpelaron:
--¿Va usted á poner escuela, señora Rita?
La mujerona reía con naturalidad.
--Salgo porque me conviene andar; desde esta mañana tengo una jaqueca horrible; quizás me alivie con el ejercicio y el aire.
Y añadía, designando á los niños:
--Los pobrecitos nunca salen y aprovecho la ocasión para darles un buen paseo. Ahora vamos á la Estación y, luego, si hay tiempo, llegaremos al río.
--¿Irá usted por el túnel?
--Eso pensaba.
--Tenga usted cuidado con los trenes.
--Ya lo sé; á ciertas horas no hay peligro.
Al pasar por delante de la botica, don Artemio, que había conocido á Rita cuando ésta encendía en el chopo de su casa el farol de los sucios deseos, sonrió bonachón á la mujerona y obsequió á los chiquillos con caramelos, azúcar cande y pastillas de goma. De bonísima gana hubiese tuteado á Rita, mas no lo hizo porque los ojos, rebosantes de precoz travesura, de Pepe, no cesaban de mirarle. Limitóse á exclamar:
--Mucho cambian los tiempos, Rita.
--Mucho, don Artemio.
--¿Quién iba á decírnoslo entonces, ¿verdad?... Usted, convertida en madre de familia y con una tienda; yo, hecho un carcamal. ¡Cómo ha de ser!...
La mujerona siguió adelante, enfrentó la hostería de don Valentín, y por la Glorieta del Parque tomó el camino Alto de la Estación. El sol, próximo á esconderse, iluminaba de soslayo el paisaje: la torre de la iglesia parecía de oro; los cristales de muchas ventanas rutilaban, como diamantes; una ligera bruma ascendía del valle, lleno de rumores vesperales; bajo la umbría de los árboles y entre los repechos pedregosos y oscuros, la tierra húmeda del camino tenía una amarillez de hoja seca.
Rita avanzaba sola; ante ella, alegres como gozques, corrían los niños. La mujerona iba pensando:
«Son mi maldición; son mi cadena; pero dentro de unos momentos esas cadenas quedarán rotas... y seré libre...»
Personas que volvían de la Estación, la saludaban.
--Buenas tardes, señora Rita.
--Buenas tardes...
Eran Teodoro, el camarero del Casino, y Fermín, el tartanero de la Fonda del Toro Blanco. Luego un grupo de muchachas la alcanzó: iban en él las hijas de doña Virtudes, María Jacinta y su prima Flora.
--¿De paseo, eh, señora Rita?
--De paseo, sí... para que los niños respiren un poco de aire.
--¡Muy bien, hasta luego!...
--Hasta después, adiós...
Las mozas marchaban contentas, presurosas, estremecidas por el ambiente friolero de la tarde. Se encaminaban, según costumbre, á la Estación, á ver pasar el tren. Sus siluetas gráciles, envueltas en telas claras, vibraban armoniosamente en la penumbra crepuscular; y Rita, la miserable, la incestuosa, mientras las veía alejarse, pensaba:
«Todas éstas, si hiciese falta, declararían en mi favor.»
A poco, en vez de llegar á la Estación, Rita Paredes se internó entre los árboles y por un ribazo ella y sus hijos descendieron á la vía del ferrocarril, esquiva y profunda en todo aquel paraje como una torrentera. A un lado bermejeaba la casita de ladrillos de la Estación; al otro aparecía el túnel; delante alzábase el cerro coronado por el caserío, bañado en sol, de Puertopomares; detrás, el bosque cerrado, enigmático, como la noche. Los ojos escrutadores de Rita no vieron á nadie; á su alrededor crecían el silencio, el desamparo, la frialdad, todas las incontables melancolías de la tarde muriente; á lo lejos, dispersos entre la niebla, resonaban gritos de gañanes, ladridos de mastines, vibrar de esquilas. Faltarían minutos para las siete. Acababan de encenderse las luces del andén.
La mujerona llamó á sus hijos.
--¿Queréis que atravesemos el túnel y vayamos al río?...
La proposición de penetrar en aquel orificio negro, muerto, que veían al pie de la montaña, intimidó á los niños. Su primer gesto fue de defensa. Pero en seguida cambiaron de opinión y comenzaron á palmotear. El riesgo atrae á la infancia.
--¡Sí, sí; vamos á verlo, vamos á verlo!--exclamaron á coro.