El misterio de un hombre pequeñito: novela

Part 19

Chapter 193,762 wordsPublic domain

Ciertamente, para esconder su tesoro el señor Frasquito no se había molestado mucho, pues lo dejó á medio metro bajo el nivel del suelo, sabedor de que nada guarda ni aleja tanto las cosas como la ignorancia del sitio donde están. La orza yacía entre un puñado de raíces, lacias, retorcidas, semejantes á las patas de un pulpo; y aquellas raíces eran como los dedos de una mano fantástica que bruscamente saliese de la tierra á ofrecer á los dos asesinos la fortuna.

Toribio dejó el azadón y, arañando en la tierra y rompiendo las raíces que habían tejido alrededor de su presa una especie de red, cobró la vasija, que pesaba muy poco. Esto le contrarió y nubó el rostro de densa palidez.

--¿Está vacía?--balbuceó Rita.

--Parece que sí...

La contemplaba con expresión idiota. Después la sacudió en el aire, acercándosela al oído, para escuchar; dentro de ella percibió un rumor vagaroso, un tenue roce de papeles. Rita, avisada y siempre optimista, dedujo inmediatamente que el capital del difunto Frasquito estaba en billetes de Banco. Tras una breve deliberación acordaron cerciorarse de lo que la orza contenía, y remitir la busca de las otras dos á la noche siguiente. Así lo hicieron, y volviendo la tierra á la zanja y apretándola luego con los pies para disimular un poco lo hecho, regresaron á la casa. Las tres de la madrugada eran pasadas y los gallos volvían á cantar. Toribio no quiso perder tiempo en vestirse; no tenía frío, ni siquiera percatábase del dolor de sus brazos entumecidos por el relente. Una fiebre de oro abrasaba su sangre.

Sobre la mesa del comedor, bajo la luz rojiza del quinqué, los Paredes rompieron la orza, cuya boca había sido cuidadosamente lacrada. La vasija contenía doce mil reales justos en billetes de veinticinco, cincuenta y cien pesetas. La mujerona, que presenció impávida el asesinato de Frasquito, ahora, con el júbilo de su codicia, sentía sus piernas desfallecer y tuvo que sentarse. Toribio, inmóvil, encueros de cintura arriba, con su cráneo bermejo y puntiagudo y sus manos trémulas de sordidez, estaba repugnante. Los dos hermanos no se cansaban de palpar aquellos billetes: unas veces los cogían á puñados, por la satisfacción de sentir sus manos llenas de oro; otras los acariciaban y desarrugaban delicadamente entre sus dedos, ó acercándolos al quinqué los examinaban al traslúz, cerciorándose de que todos eran legítimos. Luego procedieron á dividirse las ganancias; á cada uno de ellos correspondían mil quinientas pesetas.

--Es tonto andar en particiones--dijo Toribio--pues que hemos de seguir viviendo juntos.

--No importa--objetó Rita;--con el dinero no se juega, por aquello de que «cuenta y razón conservan amistad». Además, que, si como tenemos pensado, abrimos una tienda, haciendo ahora lo que yo digo, cada cual sabrá exactamente cuánto aportó al negocio.

Transigió Toribio, y ya el reparto iba á quedar hecho, cuando la dudosa validez de un billete de cincuenta pesetas suscitó entre ambos hermanos una disputa.

--¡Es falso!--exclamó Rita;--¿no conoces la moneda, ó quieres engañarme? Sobre todo, si te gusta, quédate con el y dame otro.

El gorgotero estaba cierto de que el billete era bueno. Sin embargo, las aseveraciones de la mujerona llevaron la indecisión á su ánimo.

--No seas imbécil--dijo--si todos son iguales. ¿No ves que todos son iguales?

--Pues no quiero ese. Cámbiamelo.

Ninguno cedía, y llegaron á mirarse con ojos de amenaza. Para solucionar amigablemente la cuestión, Toribio propuso recurrir á la suerte. Aunque de mal talante la mujerona accedió, y él lanzó al aire una moneda, exclamando:

--¡Cruz!...

La moneda tintineó alborozadamente contra la mesa.

--Cara--murmuró Rita riendo;--me alegro; has perdido.

Su hermano, rezongando una interjección, recogió el billete sospechoso, y seguros ambos de que los niños no habían despertado, se fueron á dormir.

A la noche siguiente, ya mejor orientados, reanudaron sus pesquisas, cuyo fruto fué el hallazgo de dos vasijas más, una con cuatrocientos y otra con ciento veinte duros, que, sumados á los seiscientos de la primera orza, arrojaban un total de cinco mil seiscientas pesetas. Conseguido esto ya no buscaron más. Estaban satisfechos. El hombre pequeñito no había mentido.

Disimulados y suspicaces, perseguidos continuamente por el temor á ser descubiertos, aquella misma mañana los Paredes emprendieron la faena de solar el patio. Dos días tardaron en concluirla, y al colocar sobre aquella tierra el último ladrillo, experimentaron un inefable bienestar. Por las noches, disponían tranquilamente los horizontes de su porvenir. Nadie debía extrañarse de que dejasen «la casa del chopo», foco para ellos, desde la muerte de Frasquito Miguel, de negros recuerdos. En cuanto al nuevo local que buscasen, estaban de acuerdo en elegirlo amplio y céntrico. Rita había visto un cuarto, bueno para almacén, en la Glorieta del Parque, contiguo á la Fonda del Toro Blanco. Toribio, calculador y reflexivo, rechazó aquella proposición: él conocía un local mucho mejor en la calle Larga, la más frecuentada de Puertopomares y, por lo mismo, la más comercial. Tenía tres huecos ó puertas, de las cuales dos, revestidas de cristales, servirían de escaparates. Era espacioso, con habitaciones cómodas, sótanos ventilados y secos, muy idóneos para guardar mercancías, y un patio, solado de cemento, que, en caso de necesidad, podía ser fácilmente techado.

La mujerona, que tenía gran fe en las iniciativas de su hermano, se dejó convencer, y de allí á pocos días Toribio Paredes se entrevistó con el propietario de la nueva finca, la que, previos los obligados regateos, tomó en arrendamiento por cincuenta pesetas mensuales.

Desde entonces, al antiguo gorgotero nadie volvió á encontrarle por los caminos. La vida regalona de aquellos últimos meses había aristocratizado sus gustos y enfriado su devoción al trabajo. Las gentes hallaban la explicación de esta bonanza en la muerte del señor Frasquito.

--El pobre hombre--decían--, con sus borracheras, traía arruinada á su familia; Dios hizo bien en llevársele...

Una tarde el comercio de Toribio, situado en el promedio de la calle Larga, casi enfrente de la Casa Correos, abrió sus puertas al público. Hubo música, para mayor lujo y animación de la fiesta, y _los Rojos_ obsequiaron á sus amigos con dulces secos, licores y cerveza.

Sobre el frontis del establecimiento un gran rótulo declaraba, en caracteres negros: «Paredes, Hermanos». Y explicando estas palabras, que parecían la consagración de dos existencias dedicadas al trabajo, y en letras más pequeñas: «Mercería. Juguetería. Mantas». Las estridencias broncíneas de la murga duraron hasta media noche, y dieron ocasión para que mozas y mozos bailasen. En la oscuridad de la calle las luces del flamante bazar proyectaban un gran resplandor blanco. Los socios del Casino, al pasar por allí, deteníanse á ver el alegre rebullicio. La chiquillería, codiciosa de juguetes, se apretujaba contra los escaparates. Las mujeres, desde la acera, á través de los cristales, observaban atentamente la limpieza, capacidad y buena disposición de la tienda. En una de las vidrieras había un maniquí de mujer. Sus ojos negrísimos, entornados voluptuosamente, y su boquirrita color de sangre, sugestionaban la atención de los hombres. Era guapa y miraba al suelo como avergonzada. Tenía los blanquísimos brazos al aire, y las pantorrillas de impecable perfil vestidas con medias transparentes de seda. Los páparos sonreían glotones ante aquella figura que estaba en pantalones y lucía un corsé rojo muy largo.

--¡Si respirase!--pensaban.

Al fondo del local, y de un extremo á otro, estaban las anaquelerías, que alcanzaban al techo, y donde todo aparecía cuidadosamente ordenado. Los artículos más diversos fraternizaban allí. Pendientes de perchas había boinas, sombreros, mantas de cama y viaje, zamarras, bufandas, tapetes de mesa, cortinas y otros efectos. Los percales, las panas, las piezas de jerga, vicuña y cheviot, yacían superpuestas en los entrepaños laterales. Del techo colgaban racimos de muñecas, cromos de colores arlequinescos metidos en marcos dorados, cubos, jarros, palanganeros, sierras, haces de martillos y muchos enseres más de ferretería. La quincalla y la mercería ocupaban anaqueles especiales: sobre cajitas de cartón ó cosidos á pequeños envoltorios de papel azul, las muestras de botones, de dedales, de tijeras, de sacacorchos, de tenedores y cucharas, clavos y tornillos, limas y alicates, barrenas y escoplos, brillaban con petulante júbilo bajo la luz. Tras el mostrador, los hermanos Paredes sonreían obsequiosos á sus parroquianos, y con su amabilidad parecían rogarles que, en lo sucesivo, no se olvidasen de ir á comprar allí. Los invitados mostrábanse contentos. Ya nadie recordaba los antecedentes oscuros del buhonero, ni la licenciosa juventud de su hermana; su rápido advenimiento á la fortuna, prueba inconcusa de su afición al trabajo, sorprendiendo al pueblo había sido para ellos una especie de agua lustral.

Transcurrió otro año y los negocios de la razón comercial «Paredes, Hermanos», se desenvolvían prósperamente. Deogracias, el primogénito de la mujerona, ayudaba á su madre y á su tío en el servicio de la tienda. Pepe, el segundón, iba al colegio, y su figurilla enclenque, cetrina y juiciosa, empezaba á recordar la de su padre, el difunto señor Frasquito. Rita, con su actividad incansable y su vigor hombruno, tenía tiempo para atender así al gobierno y limpieza de la casa, como al negocio. Toribio, menos codicioso, se permitía cotidianamente algunas horas de suave holganza. Después de cenar íbase á jugar al dominó á la Fonda del Toro Blanco, centro predilecto de la mesocracia; ó al Café de la Coja, la hermosa Rosario, cuyas carnes exuberantes y lascivos anadeos, siempre tenían la virtud de encandilarle los ojos. Estaba más grueso y la redondez incipiente de su abdomen, al obligarle á retreparse un poco, daba engreimiento á su persona. Del pasado los hermanos Paredes no hablaban casi nunca, y menos del crimen que les había llevado á tan envidiable situación. Todo aquello, en la torva anquilosis de sus conciencias, parecíales lontano y natural. Tampoco comentaban la intervención que en el asesinato de Frasquito Miguel tuvo don Gil, ni la incondicional alianza y resuelto favor del hombre pequeñito. Ambos reconocíanse amados y protegidos misteriosamente por él, y nunca sus espíritus tardos, incapaces de una introinspección inteligente, detuviéronse á existimar la razón de aquel enigma. ¿Ni para qué, si á su juicio, los acontecimientos, por el mero hecho de haber derivado en el curso del tiempo, perdieron toda su importancia?...

XXII

Una noche, de vuelta del café, Toribio entró en el dormitorio de su hermana.

--¿A que no sabes--dijo--con quién he estado hablando hace un momento?... ¡No puedes figurártelo!...

Hizo ella un signo negativo. Paredes, el rostro un poco demudado, agregó:

--Voy á decírtelo porque, aunque estuvieses pensando en ello dos meses seguidos, no lo adivinarías: con Vicente López.

La mujerona se incorporó en el lecho, removida hasta los tuétanos por una emoción que así era de agudísimo pasmo, como de alegría. El terrible amor de su juventud, la pasión furibunda en que su carne se requemó como sobre brasas, resucitaba ante ella.

--¡Vicente!... ¿Te preguntó por mí?

--Apenas me vió.

Parecía contrariado; sin duda recelaba que el súbito advenimiento del _Charro_ fuese á trastornar el lozano curso de sus negocios. Agregó:

--Se hospeda en casa de don Valentín. Yo pasaba por delante de la fonda, cuando veo en la puerta un hombre alto, grueso, afeitado, un poco canoso... y me digo: «¡Si parece Vicente López!...» Y en esto, él que se viene á mí, exclamando: «¿Toribio, no me conoces?...» Con que nos abrazamos y charlamos un rato. Llegó hoy, á mediodía, de Salamanca. Mañana vendrá á verte.

Rita callaba. Paredes se retiró á su habitación, se desnudó y mató la luz. Transcurridos unos minutos y como buscando una contestación al hilo de sus malas cavilaciones, exclamó:

--Supongo que ahora, con los cuarenta años que tienes sobre el lomo, no volverás á enamorarte de él, ¿verdad?

La mujerona no contestó. Añadió el buhonero:

--¡Tendría gracia!... Además, si ese hombre viene á buscarte, no será por tu cara, sino por tu dinero, pues quien te dejó de moza, hallándote vieja no va á cargar contigo. ¿Oyes?... Andate con cuidado. Yo conozco á Vicente. Es un sinvergüenza. Te lo advierto á tiempo para que luego no vayamos á tener disgustos.

La idea de que la imprevista reaparición del _Charro_, con sus antiguos fueros de amante y de padre, pudiese nublar la serenidad de su vida, levantaba olas de odio en su impulsivo corazón.

--Y aunque esta casa sea tuya y mía--continuó--, yo soy el hombre, y no consiento que ningún otro hombre usurpe, ni siquiera menoscabe, mis derechos.

Sus instintos homicidas despertaban. Aludió á Frasquito:

--Tú ya sabes cómo soy: que no venga Vicente con monsergas ni bravatas porque le hago lo que al otro.

A estas palabras de amenaza la mujerona tampoco respondió. De dichosa, sentíase fuera de sí. Ni un instante se acordó de sus hijos. Su alegría era indiferencia, olvido de los ingratos quehaceres cotidianos, deseo de revivir los años líricos de la mocedad.

«Voy á verle»--pensaba.

Y luego:

«¿Cómo me encontrará?... Y él... ¿habrá cambiado mucho?...»

Amanecía cuando Rita se levantó. No había dormido y, sin embargo, no estaba cansada. Más ágil que nunca, en un santiamén barrió la tienda y dispuso el desayuno. Desde sus camas, los niños se asombraron de oirla cantar.

La entrevista que los dos antiguos amantes celebraron por la tarde, en la tienda, empezó desabridamente. Cohibidos ante la actitud atisbadora de Toribio y por los ocho ó nueve años que vivieron ajenos el uno al otro, no acertaban á zurcir bien la conversación. Los hermanos Paredes permanecían detrás del mostrador. Vicente se había sentado en un taburete. El y Rita se miraban con desconfianza, con pena; sobre todo, con pena, cual si en aquel momento, lleno de evocaciones, echasen de menos el tiempo que estuvieron separados. A grandes rasgos, deseaban explicarse las cumbres ó hechos más eminentes de sus historias respectivas.

--Frasquito Miguel, murió--dijo Rita.

--Ya lo sé.

--¿Cómo lo supiste?

--Por un vecino de Puertopomares, que fué á Salamanca. Conque, apenas me dieron la noticia, pensé: «Pues voy á verles á Rita y á su hermano, por si se acuerdan de mí».

Agradeció Toribio la fineza de aquellas palabras con un leve movimiento de cabeza. Vicente López continuó:

--¿Te dejó muchos hijos Frasquito?

--Tres.

--¡Tres!... ¡Vaya por Dios! Ya son bastantes.

--Dos varones y una hembra.

Vicente repitió, apagando la voz, como si dialogase consigo mismo:

--¡Ya son bastantes!...

Transcurridos unos segundos, agregó:

--Nuestro Deogracias estará hecho un hombrecito.

La mujerona suspiró:

--Tú lo has dicho: un hombre.

Asomóse á la puerta de la trastienda y con voz mordicante, destemplada por la emoción, llamó:

--¡Deogracias!... ¡Deogracias!...

Acudió el muchacho. Era ágil, simpático y tenía el perfil aguileño y la color broncinea de su padre.

--Ese señor--dijo Rita--, quiere darte un beso. Ve...

El chiquillo brincó el mostrador y con amable desenfado se acercó á Vicente. Éste le colocó entre sus rodillas y rodeándole el talle con un brazo le cubrió de sonoros besos las mejillas y la frente. Según le tenía así, recostado contra su pecho, preguntó.

--¿Sabe quién soy yo?...

La madre hizo un gesto negativo, cuyo elocuente misterio el niño, por la posición en que se hallaba, no pudo ver. Vicente López parecía sinceramente emocionado:

--¡Pobrecito!--exclamó--tal vez, por ahora, sea mejor así.

_El Charro_ explicó á sus amigos la marcha de sus negocios. Como siempre, continuaba dedicándose á la compra y reventa de animales, pero este tráfico, cada vez estaba peor; las ferias, de año en año, iban desanimándose; escaseaba el dinero y la emigración acarreaba, camino de América, lo mejor de cada pueblo. Suspiró. Realmente, no podía quejarse de la fortuna; trabajaba bastante y había tenido la discreción de no casarse. Sin embargo, él necesitaba y merecía más; hasta entonces había vivido al día, pero el hombre, en cuanto pasa la cuarentena, debe preocuparse de su porvenir.

--Más de una vez--agregó--he determinado marcharme á la Argentina; pero, lo que sucede; ya sabéis: la patria siempre tira de uno, y, por indiferentes que seamos, á última hora nos falta la decisión de irnos.

Rita no le quitaba ojo; hallábale buen mozo todavía y quedamente, en su alma, los viejos recuerdos iban cubriéndose de nuevos verdores. ¡Le había querido tanto! Al eco de la voz adorada sentía renacer lances y mirajes insensatos de pasión. Sus manos, especialmente, sus manos de chalán, fuertes y velludas, que tantas veces cayeron sobre ella iracundas, la producían singular emoción. En los ojos grises de la mujerona, el pasado, convertido bruscamente en deseo carnal, encendió una luz; su alma vehemente, su alma criminal, parecía alebrarse y ondular de lujuria, como una pantera.

A cada momento la puerta del comercio se abría y entraba un comprador; Rita ó su hermano le atendían y apenas se iba, López reanudaba su plática. Toribio comenzaba á aburrirse de aquella visita cuya finalidad le inquietaba. A la sobretarde, no pudiendo contener su impaciencia, alegó un pretexto para irse á la calle. Dió la mano á Vicente.

--¿Cuándo piensas volver á Salamanca?

--A punto fijo, no lo sé; ello depende de la resolución, más ó menos pronta, de los asuntos que aquí me han traído; de todos modos, nunca será antes de cuatro ó cinco días.

--Entonces, ya nos veremos; y si vas esta noche al Café de la Coja, de nueve en adelante, allí estoy.

No bien Toribio Paredes salió, _el Charro_, casi de un salto, se acercó al mostrador, y cogiendo á Rita por los hombros la atrajo hacia sí y en los labios y en los ojos la dió muchos y ardorosos besos.

--¡Te quiero!--balbuceaba--¡Si ni un sólo día dejé de acordarme de ti, y ahora, que vuelvo á verte, pienso quererte más que nunca!...

Agradecida, dócil, trémula de emoción, la mujerona no respondió, pero sus párpados se enrojecieron y mojaron en llanto. Prosiguió Vicente, con miedo y prisa:

--Necesito hablarte despacio. Quiero que volvamos á vivir juntos; á mi hijo yo debo criarle.

Sobrecogida por estas declaraciones, Rita se había echado hacia atrás y miraba á su antiguo dueño con ojos relucientes de asombro y de alegría. ¿No deliraba? ¿Era Vicente, por quien tanto había llorado, el que hablaba así?...

Tras una pausa, aquél añadió:

--Si quieres nos casamos, ¿oyes?... Lo pasado, pasado... ¡y nos casamos!... A Toribio no se lo he dicho, pero yo pienso irme á América contigo y con nuestro Deogracias.

Hizo una transición.

--¿De quién es esta tienda?

--Mía y de mi hermano.

--¿La pusísteis á medias?

--Sí, á medias; porque yo, para que lo sepas, tenía un dinero...

El amor dispone del don precioso de infantilizar á los adultos, especialmente á las mujeres. Una jamona, en cuanto se enamora, se vuelve niña. Bajo la mirada zahorí de Vicente, Rita Paredes balbuceaba, se embrollaba, dominada por un repentino deseo de decir la verdad. Afortunadamente _el Charro_ la interrumpió:

--No necesito saber cómo ganaste ese dinero ó quién te lo dió; supongo que sería el señor Frasquito. Ya te dije que lo pasado queda atrás y no debe tocarse. ¿A cuánto asciende ese dinero?

--A dos mil ochocientas pesetas.

--¿Nada más?

--Nada más. ¿Por qué?...

Su voz fue suplicante; imploraba perdón. Súbitamente, ante el hombre amado, había sentido el remordimiento de ser tan pobre.

--¿Y en esa cantidad--prosiguió él--incluyes los géneros que hay en la tienda?

--Sí, todo...

Por sus cejas, violentamente contraídas hacia arriba, pasó una terrible ansiedad. Vicente hizo una mueca de disgusto.

--¡Es poco dinero!... ¡Muy poco dinero!...

Luego, con repentina decisión:

--¡No importa! Con eso y lo mío, tenemos bastante. Iremos á América. Yo no me separo más del chiquillo.

Entre dientes, con humildad de esclava, la mujerona interrogó:

--¿Y mis otros tres hijos?

La respuesta del chalán fue categórica, terminante, como un hachazo.

--¡Ah! ¡Esos no vienen con nosotros! ¡De ninguna manera! ¡Esos se quedan aquí, con su tío!... Comprende que entre nosotros no debe existir nada que nos recuerde lo que yo he sido y lo que tú hayas podido ser.

Aun hablaron más, pero como no les pareciese bastante, para comunicarse con mayor espacio y reposo, acordaron reunirse al día siguiente, á la hora del anochecer, dentro del túnel, por la parte más inmediata al río.

Aquella noche, en sueños, la mujerona habló con don Gil. Dormía tranquilamente cuando comenzó á sentir una inquietud semejante á la producida por el inmediato arribo de una visita; al mismo tiempo vislumbraba dentro de sí una especie de resplandor tenue. Sin lograrlo, varias veces quiso abrir sus párpados soñolientos; al conseguirlo, en pie delante de su cama vió al hombre pequeñito. No le distinguía aún y sabía, sin embargo, que estaba allí. Parecióle más descolorido y minúsculo que otras veces. Un diálogo breve se entabló: imperioso y dictatorial por parte de él; suave, humilde, lleno de condescendencias y vasallaje, por parte de ella.

--Ya sé que Vicente López ha venido á verte.

--Sí, señor.

--Le mandé yo venir.

--¡Ah! No me dijo nada.

--Es que no lo sabe: él cree haber venido por su gusto, pero fue porque yo lo dispuse así.

Rita asintió. ¿Cómo discutir las palabras de su bienhechor? El rostro del hominicaco aparecía ante ella pálido, indeciso, emborronado, al igual de esas viejas fotografías roídas por la luz. Un claror alechigado le envolvía. No pestañeaba. Sus labios, como los labios de las caretas, no se movían al hablar. Prosiguió:

--Vicente López, á quien tanto has amado, quiere llevaros, á ti y á su hijo, á América.

--Sí, señor don Gil.

--Es preciso que le obedezcas. ¿Le obedecerás?

--Sí, don Gil.

--No te ocupes de la tienda: con el dinero que él tiene y los billetes que tú guardas detrás del ropero, lleváis lo necesario para el viaje.

--Bueno, don Gil; lo que usted disponga.

La mujerona experimentó un terror frío, tan agudo, que heló á sus huesos. Por obra de un inexplicable fenómeno telepático, Rita iba adelantándose al pensamiento de su interlocutor de modo que éste aun no articulaba una frase cuando ella, misteriosamente, ya la había oído. Rita sintió que sobre las cabezas inocentes de Pepe, María Luisa y Francisco, el hombre pequeñito echaba una sentencia terrible, y las palabras del enano tenían para ella la fuerza apremiante y sin evasivas, de la fatalidad.

--Para seguir á Vicente--habló don Gil--abandonarás á los tres hijos de Frasquito Miguel. ¿Lo harás?...

Dentro de la madre algo sobrehumano se atrevió á protestar, aunque tímidamente.

--¿Y no les veré ya nunca?

--Nunca.

La torturada gimió, doblegándose; su rebeldía expiró bajo la orden inflexible.

--Bien, don Gil.

Volvió á temblar; el acento sibilino del brujo se debilitaba, parecía venir de lo arcano; su turbia imagen no se había movido de allí, y su voz, sin embargo, llegaba de muy lejos, del horizonte, del fondo de la tierra. Los labios inmóviles dispusieron:

--A tus hijos no les dejarás. Es mejor que les mates.

Sollozó la mujerona, y no contestó.

--Yo odiaba á Frasquito Miguel--prosiguió don Gil Tomás--y mi odio no se satisface con su muerte: quiero secar también esos tres retoños de aquel árbol maldito. Además, es mejor matar que abandonar, porque los abandonados sufren, mientras los muertos no sólo no sufren si no que descansan. Rita, ¿obedecerás?...

Ella gimoteaba y se removía convulsivamente. Un instante creyó soñar, pensó que se había acostado del lado izquierdo y que con ambas manos se oprimía el corazón. Pero esta sospecha menos duró que un relámpago. No soñaba, no: el hombre pequeñito, inexorable, inquisidor, continuaba allí.