El misterio de un hombre pequeñito: novela

Part 18

Chapter 183,763 wordsPublic domain

A las cuatro y minutos, en el hondo sosiego del callejón vibró, casi imperceptible, el ruido de una cerradura, y en la puerta de la casa de doña Virtudes apareció Romualdo. El galán iba á seguir su camino de siempre, pero al ver al sereno plantado en la calle del Sacramento volvió sobre sus pasos. Su andar tenía una ligereza de fuga. Don Artemio, en lugar de ocultarse, decidió esperarle, cachazudamente recostado detrás de la esquina. Al doblar ésta y encontrarse con el boticario, Romualdo tembló. Imposible retroceder; había caído en la trampa. El mozo quiso disimular su ira con palabras de chanza y salutación.

--Bien se madruga, don Artemio.

--Es verdad; pero hoy á usted tampoco se le han pegado al cuerpo las sábanas.

--Hasta mañana, don Artemio.

--Hasta mañana, Romualdo.

El boticario volvió á su farmacia reventando de risa. «Sabe que yo lo sé todo y va hecho un tigre»--pensaba.

Romualdo dejó transcurrir varios días sin ir al Casino, ni á la Fonda del Toro Blanco. Corrió la noticia de que se hallaba enfermo. Cuando reapareció, Morón, Fernández Parreño, don Juan Manuel, don Isidro Peinado, don Niceto... cuantos á costa de su aventura más habían reído, le preguntaron con evidente cariño y ceremonia por su salud, y no volvieron á mirarle en toda la noche.

El interés de este lance palideció á la semana siguiente con el trágico fin del señor Eustasio García, el tonelero de la calle Arcos de la Cárcel. A su muerte, por un azar que no pasó inadvertido á los glosadores del suceso, iba ligado fatídicamente el nombre de don Gil.

El señor Eustasio era uno de los tipos más notables, simpáticos, alegres, laboriosos y aficionados á repartir limosnas, del pueblo. No creía en los mendigos de oficio, pues más trabajo cuesta extender la mano que cerrarla bien sobre el mango de una herramienta para ganarse el pan sin humillaciones. De aquí, su inagotable caridad.

--El que pordiosea--decía--es porque no puede hacer otra cosa...

Cuando alguien iba á su casa preguntando por él, la cara de la mujer que tenía establecido en el zaguán un despacho de bebidas, resplandecía con una sonrisita de satisfacción.

--¿El señor Eustasio?... Sí, aquí es: al otro lado del patio.

Y aquella sonrisa, era como un recuerdo cariñoso ofrendado al inquilino más antiguo y mejor de la finca.

El señor Eustasio, siempre en mangas de camisa, alto, barrigudo y contento dentro de sus holgados calzones de pana y sobre la ufanía resonante de sus zapatones claveteados, trabajaba y cantaba todo el día, á la intemperie, bajo el retal de cielo, unas veces riente y azul, otras plomizo y lluvioso, del patio. Estaba casado y tenía cinco hijos, el mayor de diez años. Aquella chiquillería constituía la obsesión torturadora, y también el esperanzado regocijo, del tonelero. Ciertamente necesitaba atrafagarse mucho para mantener á tantos; pero luego, cuando hasta los más pequeñines estuviesen criados, ¡qué paz interior, qué regocijo, qué noble orgullo patriarcal sentiría viendo asegurada su raza!... Por eso la actividad clamorosa de su martillo no cesaba nunca; aquel rudo batanear parecía la voz de la casa, una voz saludable y fecunda. Apenas el barril estaba concluído, el señor Eustasio, de un puntapié, lo enviaba rodando, al otro extremo del patio. El barril giraba, alejándose con balanceos graciosos. ¡Qué bonitos eran aquellos toneles, qué elegantes, qué sólidos!... Sus movimientos tenían un regocijo especial; un regocijo de hombre gordo... ¡Verdaderamente en pocas capitales de provincia se fabricaban otros iguales!...

Pensando así el señor Eustasio, satisfecho de su obra y vanidoso como un artista, se esparrancaba, echaba la cabeza hacia atrás y encendía una pipa.

¿Por qué aquel hombre excelente, dulce, incapaz de matar un gorrión, sentía una afición tartarinesca á las armas de fuego? ¿Era esto una previsión discreta? ¿Era un atavismo, ó una vanidad parecida á la de los niños cuando sus madres, en carnaval, les visten de soldados?... Lo cierto es que, como otros hombres tienen un bastón, una sortija ó un perro, el señor Eustasio tenía un revólver. Para justificar este capricho bélico el tonelero solía decir:

--Conviene vivir prevenidos. En los pueblos, más aún que en las ciudades grandes, ningún hombre honrado debe salir á la calle con las manos vacías.

Aquel revólver era la ventana romántica por donde su dueño, pacífico, metódico y abrumado de trabajo y de familia, se asomaba á las regiones de lo novelesco y hazañoso. El individuo que tiene un revólver puede, en caso necesario, llegar á ser un héroe. Así, cuando se encargaba un pantalón, lo primero que el señor Eustasio pedía al sastre era un bolsillo atrás, sobre las caderas.

--Porque yo--decía--siempre voy armado.

Aquel chisme pesado é inútil le molestaba bastante, mas no por ello dejaba de llevarlo consigo á todas partes. Algunas veces salía de su casa y, al doblar la primera esquina, lo echaba de menos. Entonces, apresuradamente, desandaba el camino. Su mujer le preguntaba:

--¿Se te ha olvidado algo?

Y él respondía, un poco misterioso:

--Sí; el revólver...

Aquel viejo revólver, grande, negro, colgado de un clavo á la cabecera del lecho marital, infundía á los niños un temor religioso.

--¡El revólver de papá!...--decían.

Lo miraban, sí, pero á distancia y respetuosamente; ninguno se atrevía á tocarlo; el trueno de pólvora de sus entrañas, les empavorecía; allí dormía la muerte; desde que nacieron estaban viéndolo y, sin embargo, no habían llegado á familiarizarse con él. La esposa también lo respetaba. Era una especie de dios penate, á la vez bondadoso y terrible, que defendía el hogar y velaba por la salud de todos.

Transcurrieron los años: cinco, ocho, diez...; y llegó la catástrofe con la fuerza inexorable de lo preestablecido.

Una tarde, el tonelero, como siempre, trabajaba en el patio; sus manos iban y volvían diligentes por la panza pulida del barril que estaba construyendo; el atabaleo fecundo y saludable de su martillo rompía ufanamente la quietud de la casa. De pronto, al agacharse, resbaló y cayó al suelo, disparósele el revólver y el infeliz recibió de abajo arriba, en el pecho, un balazo mortal. ¡Revólver maldito! ¿Por qué lo compraría el señor Eustasio? ¿Por qué, para morir así, lo llevó con dolor de sus riñones tantos años consigo?...

La muerte del barrilero preocupó mucho á la opinión. El señor Eustasio no tenía enemigos. Era laborioso, honrado, servicial, caritativo; y luego, ¡aquel hogar sin defensor, aquellos cinco hijos sin padre!... Varios centenares de personas acudieron á su entierro y para socorrer á la viuda el diputado don Juan Manuel Rubio encabezó con veinte duros una suscripción cuya suma total ascendió pronto á un millar de pesetas.

El perito armero llamado por don Niceto para examinar el revólver del señor Eustasio, certificó que tenía el seguro roto. Durante algunas semanas este suceso sirvió de asunto á todas las conversaciones. Era deplorable, también era cómico, el fin de aquel hombre pacífico empeñado en no separarse, ni aun en su casa, de un revólver que, la única vez que disparó, fué contra su amo.

Alguien dijo que, días antes de ocurrir la desgracia, el tonelero tuvo un disgusto con don Gil Tomás, á propósito de dos barriles que éste le había encargado. La cuestión, según sus comentaristas, fué bastante seria; el señor Eustasio, á pesar de su bonísimo carácter, creyendo atropellados sus intereses llegó á amenazar al hombre pequeñito, y á no impedírselo las criadas de éste, le hubiese golpeado. Por referirse al solitario del Paseo de los Mirlos, esta historia ó conseja interesó grandemente al vecindario, y de unos en otros, con las alas sigilosas de la superstición, dió la vuelta al pueblo en seguida. En el Casino, en el Café de la Coja, en la Fonda del Toro Blanco, en los comercios prósperos de la calle Larga, como en los oscuros atajos, rincones y marañosos pasadizos inmediatos á la Puerta del Acoso, nobles y plebeyos glosaron largamente el lance. Los más viejos recordaban el sueño fatal de Ursula Izquierdo, y la muerte del cosario Manuel Ayala.

Estas evocaciones contribuyeron á reforzar las sombras de brujería con que, desde antiguo, la certera imaginación popular rodeaba la enmelada y tacaña figura de don Gil. En su rostro sin risas, con sus ojos fríos y su piel de color de luna, acechaba el misterio. Cuando iba por la calle, tal vez porque sus pies diminutos fuesen demasiado livianos, le circundaba una sensación de silencio; aquel silencio le seguía y le anunciaba; era un halo de enigma extendido á su alrededor. ¿De qué fuerzas teúrgicas, de qué recursos hechiceros y terribles dispondría aquel hombrecito para vengarse?... Las mujeres, que conocían bien sus perversidades, aseguraban en la mesa familiar que don Gil, de noche, vivía una existencia intensa y aparte. Las esposas hablaban á sus maridos de las posesiones disparatadas á que el enano las sometía, y éstos la comentaban después entre sí. Los hombres llegaron á mirarle como á un rival. Un odio criminal germinó contra él. Era el brujo aliado del Diablo; el hierofante árbitro de todos los recursos de la lecanomancia y de la brizomancia; el íncubo sádico para quien ningún cuerpo de mujer bonita guardaba secretos; el vampiro que marchitaba en las mejillas de las vírgenes las rosas de la salud, mordisqueaba sus senos y las enseñaba las láminas lascivas del Libro del Pecado; el iniciador astuto por quien las niñas permitían á los muchachos que, jugando, las cogían del talle, á deslizar sus manos más abajo...

Cuando don Artemio supo el disgusto habido entre don Gil y el señor Eustasio, su alma impresionable también cayó del lado de la superstición.

--¡Ahora me explico su muerte!--exclamó.

Estas palabras, dichas por un hombre de ciencia, delante de ocho ó diez personas, tuvieron la virtud terrible de una sentencia. Había que matar á don Gil; ó, cuando menos, obligarle á salir del pueblo.

XXI

Más de un año necesitaron los Paredes para decidirse á buscar el tesoro que, según creencia suya, el señor Frasquito dejó escondido bajo las raíces del chopo. En sus frentes criminales, en sus cráneos pequeños, puntiagudos y rojos, reinaba la prudencia. La fortuna les causaba miedo; el brillo petulante del dinero podía delatarles; ellos habían oído decir muchas veces que ningún asesinato queda impune, pues siempre, tarde ó temprano, la casualidad descubre el rastro de todos los crímenes, cual si los muertos, valiéndose de recursos sobrehumanos, volviesen del otro mundo á contarles la verdad á los vivos y á pedirles justicia.

Enfrenados por este recelo, durante meses no se apartaron en un ápice de su existencia ordinaria. Según costumbre y acaso con mayor tesón que antes, Rita cuidaba del hogar y de los niños, y Toribio todas las madrugadas, apenas despuntaba el día, aparejaba el burro, cargábalo bien de paños, mantas y percales, y salía á recorrer los pueblos comarcanos. Su itinerario variaba según la estación: unas veces iba á Nava de Pomares, otras á Torres de la Encina, ó á La Olla; otras á Candelario, donde el dinero corría abundante desde Noviembre á Febrero, meses destinados á la matanza. Por todos aquellos alrededores la figura crecida y enjuta de Toribio Paredes, con su paso largo y su cabeza minúscula y bermeja, era popular. Sin embargo, nadie le quería. A pesar de su cuidado en mostrarse amable, sus ojos buidos y sus pómulos salientes y pecosos, irradiaban frialdad. Su mandíbula descarnada era cruel; sus manos huesudas, cubiertas por un vello azafranado, escondían una amenaza. Daba la sensación de un hombre que huye. En el campo, al cruzarse con él las mozas apretaban el paso; tenían miedo á su mirada tenaz, á su boca recogida y sedienta. Algo extraño, una especie de invisible sombra, parecía marchar á su lado por los caminos.

Nunca fué simpático Toribio Paredes. Años atrás los suburbanos de la Puerta del Acoso, habíanle tildado secretamente de mantener relaciones con Rita. Nadie se sorprendió. Eran los tiempos en que la mujerona, de noche, ponía un farol en la sumidad del chopo del patio. Lujuriosos, abyectos, tiranizados por la más repugnante animalidad, los dos hermanos se buscaron. Su pasión maldita tuvo refinamientos abominables; se emborrachaban y su satiriasis urdía escenas brutales. La murmuración decía que una tarde, en el bosque, Rita se abalanzó sobre una zagala, sujetándola por detrás mientras Toribio la violaba.

La aparición de Frasquito Miguel desvaneció aquellas nubes incestuosas; Toribio recobró su puesto de hermano; el farol del chopo no volvió á encenderse; nacieron Pepe, María Luisa y Francisco, y en las ventanas de la antigua mancebía hubo ropas infantiles tendidas á secar. Ante la puerta, ahora cerrada, los romeros del deseo pasaban de largo.

Muerto Frasquito, la gente reverdeció la historia incestuosa de los Paredes. Nada, sin embargo, parecía acusarles. Eran laboriosos y callados, y mostrábanse tristes, más tristes que nunca, como si el dramático fin del señor Frasquito hubiese dejado en ambos un dolor sin consuelo. Las vecinas estaban al corriente de todo, y, á su pesar, sus deducciones eran favorables á los hermanos. Toribio tenía su alcoba; Rita dormía en otra habitación con los niños. La mujerona ya no se perfumaba con agua de Colonia, ni se apretaba el corsé como antes. El pañero, después de cenar iba un rato al Café de la Coja, pero se retiraba temprano; no bebía ni jugaba; también había renunciado á su enredo con Maximina, la criada de don Gil. Sus ademanes adquirieron, casi de súbito, una laxitud de fatiga. En poco tiempo se avejentó. Muchas noches, al volver á su casa, mientras abría la puerta de la calle, los vecinos le oían suspirar...

Abroquelados en esta actitud de prudencia y de melancolía, los dos hermanos dejaban transcurrir el tiempo; el tiempo, tan pronto enemigo como aliado del hombre, que indistintamente se lleva las cosas buenas y las malas. A lo largo de los meses, Rita y Toribio espiaban la ocasión de cobrar su crimen, pero el miedo á delatarse les entumecía la voluntad y paralizaba indefinidamente su acción. Dentro de sus conciencias tenebrosas, una voz cobarde murmuraba invariable:

«Todavía es pronto...»

Y esta observación, que no subía á sus labios, producía en sus carnes la sensación del hielo.

Tanto ella como él tenían determinado, no bien desenterrasen el tesoro, trasladarse á otra calle mejor, donde establecerían un comercio. Mientras, su temor á infundir sospechas les vedó alterar en nada la disposición de su casa; los muebles ocupaban los lugares de costumbre, y en la mesa el sitio del señor Frasquito continuaba vacío, como esperándole. Esta quietud triste parecía una ofrenda dedicada al muerto.

A Toribio, sin embargo, le molestaba un retrato de Frasquito Miguel que había sobre la cómoda, en la misma alcoba donde le mataron. La fotografía, hecha en Salamanca muchos años atrás, empezaba á palidecer. Siempre que Paredes entraba en la habitación, los ojos del retrato, misteriosamente, le salían al encuentro. A Rita también la preocupaba aquella imagen cubierta de tristeza por la acción decolorante de la humedad y de la luz. Un día la mujerona agarró impetuosamente la cartulina, regresó con ella al comedor, y allí, á la vista de su hermano, la partió en cuatro pedazos.

--¡Así habremos desterrado la mala sombra!--exclamó.

Y tiró los añicos sobre la mesa. Su propósito, no obstante, falló. En uno de aquellos trozos la cara de Frasquito Miguel se había librado intacta. Toribio, con miedo, con rabia, cogió el pedazo y lo rompió en dos; pero, al quebrarse el cartón, fué de manera que también esta vez la cabeza se salvó. ¿Por qué es tan difícil romper un retrato? ¿Por qué tienen todas las fotografías, especialmente las de los muertos, algo metafísico que las defiende?... Los dedos de Toribio desmenuzaron la imagen: borráronse la nariz y la boca; luego la frente; sólo los ojos, resignados, tristes, acusadores, resistían aún, salvándose como de milagro, de unos pedazos en otros, y siempre por pequeños que éstos fuesen, cabían los dos. Toribio llegó á morderlos. Al cabo, desaparecieron también.

El trabajo que hubieron en destruir aquel retrato contribuyó á acobardarles y atardar la fecha de buscar el tesoro. Los dos miserables sentíanse espiados, oprimidos, por algo invisible. Tenían miedo á moverse. A todas horas parecíales que una pupila ardiente, asomada á las cerraduras, les vigilaba. Tampoco se atrevían á hablar, cual si detrás de cada puerta acechase el oído de un policía.

En diferentes ocasiones Toribio manifestó á sus vecinos deseos de vaciar y solar el patio. Según él, hallábase en malísimas condiciones, porque la tierra se reblandecía con las lluvias y esta humedad dificultaba la buena conservación de las mercaderías en el almacén. Todas las personas á quienes explicaba su propósito, lo aprobaban. Una mañana se detuvieron ante la casa de _los Rojos_, dos chirriones cargados de ladrillos, que fueron transportados al fondo del corral. Allí, hacinados contra el muro, permanecieron ociosos mucho tiempo, tanto, que con la llegada de la buena estación los más expuestos á la intemperie comenzaron á cubrirse de verdina. Los vecinos, conocedores de la diligencia y resuelta voluntad para el trabajo del pañero, se asombraban de que no diese pronto empleo á aquellos materiales. Rita le disculpaba diciendo que la operación era grave, pues necesitaban arrancar las raíces del chopo, porque luego, con la humedad, podían hincharse y romper el piso; además, Toribio, desde la muerte de Frasquito Miguel, á quien quiso mucho, ya no era el mismo; sin duda, la pena acansina y muda el carácter más que los años. Toribio, que antes andaba diariamente tres y cuatro leguas sin fatiga, ahora, cuando volvía de vender, ni alientos para cenar le quedaban. El buhonero, con la misantropía de su actitud, procuraba corroborar estas palabras indultadoras. Chuzón y ladino, buscaba que las gentes fuesen habituándose á la idea de que el patio, tarde ó temprano, había de solarse, para que así no se sorprendiesen de verlo una mañana desmenuzado y removido.

Al fin, sosegados un poco todos los escrúpulos y resquemores de su prudencia, los dos hermanos decidiéronse á exhumar aquellas tres orzas, repletas de oro, en las que tantas veces, ya despiertos, ya dormidos, habían pensado.

Resueltos á tentar la aventura, sus codiciosas voluntades recobraron sus fueros y halláronse repentinamente en posesión de abundantes energías. Instintivos, violentos, unilaterales en el desarrollo de sus capacidades interiores, el rasgo culminante de sus caracteres era la acción.

La noche que eligieron para la faena, no había luna. Temerosos de que alguien, desde algún postigo ó buharda distantes, pudiera observarles, pensaban trabajar sin luz; con el vago claror estelar tendrían suficiente, y adonde los ojos no alcanzasen llegaría la sutileza tactil de sus manos y de sus pies descalzos; que á esto redúcense muchas veces los medios de conocimiento que ayudan al minero en la tiniebla del filón.

A Rita, como á Toribio, el hombre pequeñito les había dicho:

«La orza más grande se halla al término del patio, no lejos del pozo. Allí es, de consiguiente, donde debéis empezar á cavar.»

La operación, digna de cíclopes, fué desde el primer momento dura y angustiosa. Tanto la misma rudeza del trabajo, como el miedo á la maliciosa atención del vecindario, sembraban en el espíritu de ambos hermanos zozobras y quebrantos mortales. Finaba Mayo, y no obstante la templanza del ambiente la mujerona y el pañero tenían los rostros cubiertos de sudor; sus cabellos de rútilo se adherían á sus frentes encendidas por el esfuerzo; sobre sus lomos el cansancio corría hecho agua. Toribio, que empezó á trabajar en mangas de camisa, no tardó en desnudarse de medio cuerpo arriba, y bajo el impreciso resplandor astral su torso blanco, de musculatura ágil, enjuta y tremante, se removía con flexibilidades tigrescas.

En dos horas de faena, la zanja que iban abriendo alcanzó cerca de tres metros de largo por uno de profundidad. No habían perdido el tiempo. Pero el suelo era calizo, duro, compacto, y las viejas raíces, torcidas y nudosas, arracimándose aquí y allá, como disciplinas, daban á la tierra increíble y desesperante cohesión. Peleaba el hombre con ella sin desmayos, bien esparrancado, apretados los dientes, la nariz dilatada, las manos rabiosamente crispadas sobre el mango del azadón. Levantaba la herramienta en el aire y luego la hundía, con todo el fervoroso empuje de sus lomos y de sus brazos, en el suelo hostil, y apenas la arrancaba cuando tornaba á izarla sobre su cabeza. El azadón, agudo, bruñido, dotado de una expresión hambrienta, semejante á un colmillo de acero, mordía la tierra, destrizándola. En el silencio, sus percusiones resonaban acompasadas, inquietantes, profundas, y parecían venir de abajo como un temblor sísmico.

La mujerona, acurrucada cerca de su hermano, le favorecía unas veces apartando y recogiendo con sus propias manos la tierra, otras esgrimiendo una pala. A media noche, Toribio, extenuado de cuerpo, desalentado de espíritu, tiró el azadón y dejóse caer sobre un borde de la zanja. Sudaba de tal modo, que Rita acudió á secarle con sus faldas el cuerpo y el rostro, y luego le echó una chaqueta por los hombros. El buhonero no podía más; la sospecha de que las orzas, soñadas tantas veces, no existían, acababa de quitarle los últimos alientos; como herida del rayo, su voluntad quedó ovillada, pulverizada, muerta.

--Creo--suspiró--que estamos perdiendo el tiempo.

Rita, en cuclillas á su lado, murmuró:

--Pero si «él» lo ha dicho.

Se refería á don Gil.

--Sí--repuso Paredes;--«él» lo dijo; pero, ya ves...

Rita, suavemente, le reprochó su cobardía. Si se tratase de un sueño, de un sueño sólo, ella desconfiaría. Pero la pesadilla del tesoro escondido por Frasquito habíase repetido muchas, muchísimas veces, y siempre con idéntico acopio de indicaciones y detalles. Eran tres orzas de tamaños diferentes; ambos las habían visto, y describían su forma y color del mismo modo. ¿No bastaba esto? Además, don Gil, que con tan resuelta decisión les hablaba de aquella fortuna, ¿qué empeño tendría en engañarles?... ¡No, ella era terca! Para convencerse de que debajo de aquella tierra no había nada, necesitaba vaciar todo el patio, arrancar una á una todas las raíces, y en esta faena emplearía una noche, dos, tres, cuantas fuesen precisas. ¿No serían ellos capaces de cavar tan hondo como cavó Frasquito Miguel?

Con estas razones, las fuerzas de la esperanza tornaron al corazón de Toribio Paredes; la quimera volvió á pasar ante sus ojos deslumbrante. Levantóse resuelto, tiró al suelo la chaqueta que le abrigaba, y empuñó el azadón. La mujerona asió la pala. A veces la punta de aquél mordía con estridencia acre la dureza de una raíz, otras se clavaba hasta la cruz en el suelo mollar; mientras, la lengua brillante de la pala, empujada por el pie de Rita, recogía con agrio chirrido la tierra arenosa. Así, callados y como á porfía, continuaron los dos.

De pronto recibieron una emoción alegre, vivaz y penetrante, que, suspendiéndoles el aliento y paralizándoles el corazón, á durar algo más hubiérase convertido en mortal congoja y desmayo. En un plano muy superior al del fondo de la zanja acababan de ver la panza de una orza. Milagrosamente el diente del azadón, al pasar impetuoso junto á ella, no la rompió. Su cuerpo esférico, lucio, hinchado probablemente de oro, asomaba orondo en la pared del tajo, y era grande y verde, según Toribio y Rita la vieron en sueños.

--Mírala--balbuceó la mujerona conteniendo un grito.

Y su hermano, temblando, repitió:

--Mírala...