El misterio de un hombre pequeñito: novela

Part 17

Chapter 173,722 wordsPublic domain

--¿Y por qué no te dabas á mí?

Y doña Fabiana, suspirando:

--Porque me daba usted mucho miedo.

Su pavor, efectivamente, en aquellos instantes, no tenía límites: un pavor que era asco; un asco que era, á su vez, violento deseo de entrega y capitulación. Luego, sin haber seguido camino ninguno, hallóse en su cama, los brazos arriba y atrás, bajo la nuca, el bello cuerpo á merced del íncubo, por momentos más exaltado y apremiante. Con los ojos del espíritu veía á su derecha á Antoñita dormida, y á su izquierda á don Ignacio, dormido también. Mirándole, pensó:

--Se ha ido; su alma se ha ido; si estuviese aquí me salvaría...

Y según en la complejidad incalculable de la vida mental los pensamientos más antagónicos coexisten ó turnan en el gobierno del ánimo, así la atribulada señora quería que su marido oportunamente acudiese á salvarla del adulterio, como deseaba que la hórrida violación se consumase. Después sintió sobre la encendida fresa de sus labios entreabiertos por la congoja de su corazón, los labios de don Gil. Sus mejillas recibieron el roce de su aliento inflamado. En sus senos, duros y erectos, no obstante las fatigas de la maternidad, en sus senos de pagana turgencia, los dedos del íncubo se crisparon. Experimentó entonces una repugnancia mayor; aquellas manecitas frías, alimonadas, suaves, blandas, de una blandura cartilaginosa, produjéronle la aversión que inspira el contacto de un reptil. Y, sin embargo, su voluptuosa enervación iba en aumento: la sintió en su vientre, sobre sus flancos; una especie de ardientísimo vapor la envolvía; todo su cuerpo temblaba cual si una corriente eléctrica lo sacudiese...

De súbito las imágenes se emborronaron, desaparecieron; fue como un choque. Doña Fabiana lanzó un grito, entreabrió los párpados y hallóse al lado de don Ignacio. Asustada, se estrechó contra él. El veterinario despertó.

--Estás soñando--dijo--; ¿verdad?... Estabas soñando...

Ella temblaba aún bajo el recuerdo vitando de su pesadilla.

--¿De dónde vienes?--preguntó.

--¿Cómo, de dónde vengo?... ¡Despierta, mujer!... ¿Acaso me he movido de aquí?...

Y, recogiendo sus ideas:

--Yo, en este momento, también soñaba. Me hallaba en La Evarista examinando unos machos de que don Juan Manuel me habló anoche. ¿Sabes quién me acompañaba?... El boticario. Nos habíamos enredado en una discusión. Don Artemio sostenía que uno de aquellos animales tenía muermo; yo decía que no. En éstas tuve el presentimiento de que iba á sucederte una desgracia; me pareció que gritabas... y eché á correr. Fué cuando desperté.

Doña Fabiana, temblando, murmuró:

--Abrázame...

Cuando se sintió bien sujeta entre los brazos musculosos y peludos de Martínez, le refirió su pesadilla, aunque guardándose de decir las dulces ansias porque ella misma, á pesar de su recato y de la poco amable figura de don Gil, había pasado. Describió la escena con todo el acre relieve de que su fantasía, caldeada aún por la violencia de las imágenes, era capaz. Explicó cómo el hombre pequeñito la interpeló desde la calle, cómo llegó á deslizarse en su lecho, cómo la besó, cómo sus manos de enano la palparon...

Sin advertirlo, ponía en la rememoración de estos detalles una minuciosidad malsana. No obstante tratarse de un sueño, don Ignacio sintió su tempestuoso corazón hincharse de celos.

--¿Quieres no contar más desatinos?--exclamó--, porque mañana, si me tropiezo con don Gil y me acuerdo de lo que acabas de decirme, no respondo de darle una pateadura.

XX

Frustrada aquella ocasión de victoria, el alma del hombre pequeñito comenzó á recocerse en nuevas y violentísimas llamas de deseo. Así, aquel año, la primavera encendió en las mozas de Puertopomares--ellas atribuían el fenómeno á la primavera--inquietudes extraordinarias. La obesa doña Amelia gozó de turbaciones desconocidas y tuvo sofocos y palpitaciones de corazón: las hijas de Fernández Parreño y las de doña Virtudes, perdieron con la serenidad casta de sus noches, la alegría rosada de sus mejillas. Daño análogo marchitaba á las niñas de don Valentín. En la mayoría de las mujeres, aun de las casadas, los hombres advirtieron una gran laxitud de ademanes: hablaban y reían menos que antes, y cuando por las tardes iban á la estación, á ver el tren, caminaban más despacio.

--Siempre en esta época--pensaban los padres--la clorósis y la anemia hacen estragos en las muchachas.

Don Elías, poco inclinado á remover la parte moral de sus enfermos, atribuía sus enervamientos á atonía circulatoria ó á pereza estomacal, y recetaba hierro á todo pasto, y don Artemio agotaba las emulsiones, las kolas y los glicero-fosfatos de su botica.

En sus conversaciones más íntimas, las doncellas solían confiarse aquellos ensueños de los cuales todas conservaban impresión ingrata. Ellas sabían que el esposo de tales nupcias era don Gil, porque á intervalos, á través de las nebulosidades de la pesadilla, alcanzaban á vislumbrar su rostro amarillo como la corteza de las naranjas que empiezan á secarse; pero ordinariamente el íncubo adoptaba, al presentarse, las máscaras más horripilantes y absurdas: tan pronto era una vieja leprosa, como un sapo, como una araña de patas aterciopeladas, ó una serpiente de verdosos anillos, ó un animal con cabeza de macho cabrío y cuerpo de gusano, largo, silencioso, que se arrastraba por el suelo semejante á la cola de un vestido de baile.

De estas nauseabundas apariencias el hombre pequeñito no tenía culpa; antes bien, de hallarse capacitado para adoptar forma á su gusto, seguramente hubiese escogido la de un elegante y jarifo mancebo, por ese naturalísimo prurito de agradar común á todas las personas, sin excepción de sexo, edad ni social categoría. No estando en sus facultades hacerlo, mostrábase según la ciega y cruel naturaleza le hizo: pajizo, ridículo, insignificante, esquelético y frío, como un niño enfermo de consunción. Lo que después sucedía era que las muchachas á quienes acosaba, por obra de la imperfección con que trabajan los centros cerebrales durante el sueño, no conseguían distinguir claramente la figura del íncubo, y la entremezclaban con las imágenes que, por una ú otra razón, más las hubiesen impresionado en el curso del día.

Por las tardes, en el aislamiento conventual de la rebotica, mientras hacían labores, cortaban una blusa ó se probaban un vestido, María Jacinta, la hija de don Artemio, su prima Florita, y las dos amigas de su mayor intimidad, Anita Fernández Parreño y Micaela, la primogénita de doña Virtudes, se decían sus terrores nocturnos. Instaladas en sillitas bajas ante la ventana y entre la alegría de los cuévanos rebosantes de ropa y de los bastidores donde el trajín de las agujas iba pintando flores y caprichos, el abundante y sigiloso cuchicheo de las vírgenes levantaba un murmullo de oración. Las cabezas pelinegras ó rubias, adornadas con lacitos de colores, se agrupaban ó separaban según crecía ó menguaba el deshonesto interés de las confesiones. Las nucas blancas, las nucas por cuya piel, en el eléctrico tremar de los nervios, corren los estremecimientos de la voluptuosidad, se ofrecían tentadoras bajo la luz. Anita había dicho á su padre que dormía muy mal, pero sin declararle la causa de su inquietud, y exclamaba riendo:

--¡Me ha recetado un purgante!...

Micaela, que era muy devota, solía persignarse escuchando los secretos de sus amigas. La frecuencia de aquellas apariciones significaba para su misticismo una amenaza del infierno.

--Estamos embrujadas--repetía--: yo creo que debemos confesárselo todo al cura y pedirle que nos exorcise.

Estas palabras causaron impresión.

--Yo--dijo Flora--desde hoy prometo regar mi cama con agua bendita.

--Yo--agregó Anita--no volveré á quitarme los escapularios, y de aquí en adelante dormiré con los brazos en cruz.

Micaela insistía:

--Hay que decírselo al cura; creedme: debemos decírselo toda al cura...

Sus palabras devotas producían momentáneamente una emoción grave. Luego esta seriedad se desvanecía, se aclaraban las frentes y los labios rompían á reir. A coro, entre carcajadas, todas exclamaban:

--Pero, ¿quién tendrá la desvergüenza de confesar esos desatinos?...

Micaela empezó á describir su última pesadilla.

--Soñé que en mi cama había muchos caracoles... ¡Muchos!... Yo los sentía voltijear á mi alrededor y algunos me rozaban con sus cuernecillos. Aquellos bichos gelatinosos me producían un asco horrible...

Flora interrumpió el relato con una observación:

--Esos caracoles ¿estaban encima ó debajo de las mantas?...

--Debajo; ¿no digo que me hacían cosquillas en la piel?... Y, sin embargo, los veía. Repentinamente todos se convirtieron en un solo caracol; un caracol enorme, del tamaño de un gato; yo no quería mirarlo porque sabía que era la cabeza de don Gil. Aquel bicho empezó á colocarse sobre mí. Para defenderme, me puse de lado, pero él dió la vuelta. Caminaba rampando como si fuese por un muro, y según avanzaba iba creciendo. Lo sentía en mi vientre, y llegó á cubrirme desde las rodillas á la garganta. Al principio era frío, luego quemaba... Yo no podía gritar... Reconocía hallarme soñando y quería despertar, y al mismo tiempo deseaba seguir hasta el final del sueño... Aquello era bueno y era horrible á la vez...

Concluyó:

--La explicación de mi pesadilla está en que la víspera mi hermana y yo fuimos á la huerta de don Arístides á coger caracoles.

Como el hombre pequeñito se ofrecía, generalmente, á sus concubinas, era en forma de araña. María Jacinta casi siempre le veía así. Flora y Micaela experimentaban con frecuencia angustias semejantes. Muchas veces, sin perder la idea de su personalidad, sin olvidarse de su nombre, soñaban que eran moscas. ¡Qué alegría, qué turbulencia, qué dulce locura! Volaban sobre las flores, trepaban á los árboles, se bañaban en sol. De pronto, al realizar una pirueta, caían en una red de araña. Los terribles hilos de traición pintados de violeta, de anaranjado, de azul, de verde, por la luz, se enredaban á sus miembros. Luchando por desasirse un temblor de afrodisia las turbaba. La araña, oculta hasta entonces, las acometía sanguinaria. Era don Gil. La red felona se hacía lecho. Ellas, sin comprender nada, volvían á ser mujeres. En parte estas alucinaciones provenían del crecido número de arañas que había en el camino de la Estación. Entre los huecos de las piedras ó al abrigo de las raices de los viejos árboles, abundaban las tarántulas. Las muchachas que, por las tardes, iban á ver pasar el correo, solían detenerse á mirarlas. La ferocidad de la araña, su nerviosidad vibrante, su actitud de emboscada, su inmovilidad absoluta, llena, sin embargo, de vibraciones de impaciencia, interesaban á las mujeres. Con avidez y espanto las mocitas se detenían á examinarlas; el horror, el asco, la voluptuosidad insana de lo feo, el acre magnetismo de lo viscoso, de lo sucio, las retenía allí. Pensaban en el suplicio de los bichos que murieron agarrotados entre los filamentos de aquellas redes arteras. El miedo de que el insecto pudiese picarlas un dedo, lo sentían como un golpe en la nuca: no era precisamente miedo á la picadura, menos dolorosa que el lancetazo de un mosquito, ni al veneno, que destila al morder la tarántula; sino á su aspecto, á las patas que circundan su caparazón, á toda su horrible fealdad brincando, de súbito... Estos instantes de observación morbosa eran cortos; las arañas, sintiéndose expiadas, con un movimiento rapidísimo desaparecían en sus escondites; el cubil de la pequeña fiera quedaba vacío, negro, amenazador, y las mujeres se iban llevándose en la memoria la figura del animal. Por la noche aquellas arañas, lujuriosas y sádicas, tenían la cara de don Gil.

Este recuerdo añadió nuevas palideces al semblante, cera y violeta, de María Jacinta. La hija de don Artemio cruzó las manos con devoción y susto.

--Creo--dijo--que estoy embrujada. Don Gil es malo, es un espíritu de las tinieblas. Mi padre, que no peca de beato, habla de esto muchas veces. Yo opino como Micaela: aunque pasemos un rato de vergüenza, debemos confesárselo todo al cura.

Calló y quedóse triste, apagada, muda, como un líquido que, estando hirviendo, fuese retirado de la lumbre. Tenía miedo. A través de los siglos los misterios eleusíacos del alma femenina, las inquietudes, mitad religiosas, mitad sexuales, de la mujer abandonada en la soledad de su hogar á las tentaciones del Diablo, se repetían. La mujer, que adora el pecado, se abraza, sin embargo, á la Iglesia. En vano quiere ser casta; inútilmente levanta alrededor de su virginidad votos y rejas, y fortalece su ascetismo con el miedo á las hogueras infernales. La naturaleza prolífica, enemiga de la esterilidad, avasalla los más fuertes juramentos; bajo el pie desnudo de María, la serpiente inmortal silba de deseo.

Flora, María Jacinta, Micaela y Anita, discutieron qué cura recibiría más benévolamente sus confesiones.

--Don Leopoldo--dijo la hija de Fernández Parreño--es demasiado joven.

--Y don Emilio--agregó Flora--tiene muy mal genio.

Todas recordaban los odios bíblicos, las improperaciones virulentas con que algunos domingos tronaba, desde el púlpito, la exaltada inspiración de don Emilio. Reconocieron al fin que, para lance tan íntimo y desusado, nadie mejor que don Antolín, el cura más viejo de Puertopomares. Entre el lino de sus cabellos abullonados sobre las sienes como los de un anciano abate, sus orejas, ventanas de perdón abiertas siempre á las confesiones del pecado, sabían escuchar resignadamente. Una observación picaresca de Anita hizo prorrumpir en carcajadas á sus amigas. Por enfriado y hecho á oir desatinos que don Antolín estuviese, ¿podría resistir, cuatro veces seguidas, la historia de la araña?...

Solamente María Jacinta, cuyas alucinaciones nocturnas llegaron, por su repetición y frecuencia, á ser dolorosas, no reía. En la soledad de su dormitorio la pobre niña se extenuaba; alrededor de su lecho la clorosis, la ninfomanía, la neurastenia, la tisis, la locura, parecían repetir, cogidas de las manos, un aquelarre mortal. Aquella araña la bebía la sangre: el contacto aterciopelado y húmedo de su cuerpo lo sentía entre los muslos y sobre el vientre, y sus patas tamborileaban sobre sus flancos. Una noche en que quiso mirarla, el miedo casi la privó de conocimiento. La araña negra, de un negro musgoso, tenía la cara amarilla de don Gil, y la actitud reconcentrada, expectante y terrible, de las tarántulas que acechaban entre las piedras del camino de la Estación. Desde entonces, María Jacinta se abandonaba á ella cerrando los ojos. No quería irritar á la fiera, cuyo aliento subía, como un vaho de horno, hasta su garganta. La crisis voluptuosa hízose calambre y tortura. El vampiro, inmóvil sobre su víctima, clavaba en ella un extraño aguijón.

Pensando en su desgracia la hija de don Artemio se afligió hasta echarse á llorar. Sus amigas también se habían quedado tristes. Aquellos amores solitarios dejaban en todas una ingrata laxitud, una especie de humillación ó de redolor moral, parecido á un remordimiento. Cuando se quejaban ante el médico de sus mejillas sin color, de sus sueños agitados, de la facilidad ridícula que tenían para convertir en risa el llanto y viceversa, de sus pies que se enfriaban repentinamente, de sus palpitaciones cardíacas y de otros síntomas de histeria, don Elías las miraba entre burlón y compasivo. Ellas se indignaban. ¡Si hubieran podido hablarle de la araña!... A sus preguntas Fernández Parreño contestaba siempre del mismo modo trivial: todo aquello desaparecería cuando se casasen. ¡Siempre el matrimonio! El matrimonio erigido en panacea de la mujer, en mixtura para aliviar los dolores de su cuerpo y de su alma, defender su honestidad y asegurar su vida; el matrimonio, que unas veces será rango social, y otras medicina y otras ilusión... Sin duda don Elías acertaba; evidentemente nada mejor que un esposo para conjurar el sortilegio vitando de la araña negra. ¡Pero si en Puertopomares nadie se casaba! ¡Si entre tanto mozo soltero eran contados los que manifestaban vocación de marido!... De todo esto se aprovechaba infamemente don Gil y las mujeres habrían de satisfacerse con él de grado ó por fuerza. Don Gil era el señor, el sultán. El misoginismo cobarde de la mayoría aseguraba su imperio y dictadura.

Dos hechos removieron aquel verano la atención dormida del vecindario, y arrojaron una alegría en las soporíferas tertulias del Casino, del Café de la Coja y de la Fonda del Toro Blanco. Uno de ellos fué la probada intimidad de las relaciones de Romualdo Pérez con la hija mayor de doña Virtudes; el otro, la trágica muerte del señor Eustasio, el tonelero.

Micaela, efectivamente, cansada de vivir bajo la dominación del hombre pequeñito, decidió conceder á su novio la sabrosas preeminencias de amante: vería ella entonces cuál de ambos maridos era más fuerte.

El primero en percatarse de este secreto y divulgarlo, fué don Artemio Morón, que continuaba siendo el vecino más madrugador de Puertopomares. Los conspicuos del Casino, especialmente, saborearon y relamieron la noticia como un caramelo. El boticario les explicó su descubrimiento. De tiempo atrás espiaba á Romualdo, y su olfato, en asuntos de este jaez, era muy fino. Varias noches consecutivas él y Romualdo salieron juntos, y en llegando al callejón del Misionero, se separaban: Pérez íbase á charlar con su novia, y don Artemio seguía hacia su farmacia. Aquel noviazgo no era un misterio para nadie: cuantas personas transitaban á media noche por la calle Larga, estaban acostumbradas á percibir en la oscuridad la silueta del galán agarrado y como pegado á una de las rejas de la «Casa-Cuartel» de doña Virtudes.

El azar puso á Morón sobre la verdadera pista de lo que, sin motivo y sólo por holganza mental, tan ahincadamente codiciaba saber.

Una madrugada, el sereno del callejón del Misionero, á la hora de retirarse, fué á la farmacia á comprar un sinapismo para su mujer, que tenía dolor de costado. Estremecido por un presentimiento, don Artemio le preguntó por Romualdo. El sereno le había visto aquella noche, como otras muchas, en la reja de su novia.

--Por cierto--dijo deslizando en su observación un poco de malicia--que no sé el camino que luego habrá seguido para ir á su casa.

Morón aseguró que por la calle Larga no había pasado. Precisamente aquella mañana abrió su farmacia más temprano que nunca, y no se había movido de la puerta. La idea de que Romualdo hubiese allanado la severísima «Casa-Cuartel» de la viuda de Castro, le sacudió y fué á recogerse alegremente en su corazón. Inmediatamente determinó comprobar su sospecha; pero no para indignarse contra las malas costumbres y retirar á la descarriada Micaela su estimación, sino para regodearse con la salpimienta y buena gracia de la aventura, y referirla á sus amigos.

Noche tras noche don Artemio espió á Romualdo, y su animoso afán traía tal regocijo á su espíritu, que daba por bien perdidas sus horas mejores de sueño. Con la topografía del sitio ocupado por la casa de doña Virtudes, había compuesto don Artemio una especie de inexorable silogismo; y era: que si el callejón del Misionero constituía un tránsito ó pasadizo cerrado entre la calle Larga y la del Sacramento, quien entrase en él, de no salir por una esquina había de hacerlo por la otra, como algún zaguán misericordioso no le acogiera y ocultase.

La labor del viejo Morón fué ruda. Según costumbre, procuraba salir del Casino con Romualdo, despedíase de éste frente al callejón del Misionero, y continuaba su ruta. A veces los huéspedes de la Fonda del Toro Blanco le veían llegar, abrir la puerta de su farmacia y asegurarla después con llaves y cerrojos.

--Deben de ser las doce--pensaban.

Y aquel fragor de hierros parecía arrojar un nuevo silencio sobre la vecina Glorieta del Parque. Transcurridas dos horas, don Artemio reaparecía, calzado con sigilosas alpargatas, y liviano como una sombra deslizábase por la acera más oscura; su perfil fugitivo desvanecíase á intervalos bajo las sombras oblicuas de los viejos balcones volados y los frontis salientes. En la esquina del callejón del Misionero se detenía, y asomando un ojo nada más, miraba hacia el fondo pendiente y oscuro del pasadizo. La silueta de Romualdo, en pie y como cosido á la reja de sus amores, producíale indecible consuelo. El cuchicheo de los novios llegaba á él como un murmullo de fontana. Todo el pueblo, bañado en luna, dormía; y en su quietud, la canción del río, el silbido lejano de un tren, el grito vigilante de un sereno que cantaba una hora. La casa de doña Virtudes ocupaba el comedio de la callejuela; por esta circunstancia Morón sabía que Romualdo no podía sorprenderle, pues si enderezaba sus pisos hacia donde él acechaba, tiempo sobrado tenía de alejarse lo suficiente para no ser visto.

Pegado á la esquina que le servía de observatorio, el farmacéutico únicamente sacaba fuera de ella, y á intervalos, la mitad del rostro. Así, aterido bajo los rigores del relente, perdió varias noches. Al cabo, logró su objeto. Una madrugada, ya muy tarde, al hundir su mirada en las oscuridades profundas del callejón, advirtió que Romualdo no estaba. ¿Era posible? Para desvanecer dudas, dirigióse hacia la calle del Sacramento. Allí, sentado en el quicio de una puerta, encontró al sereno, quien demostró pasmarse mucho de ver á don Artemio en alpargatas y á tales horas.

--¿Ha pasado por aquí Romualdo?--preguntó Morón.

--No, señor; no es hora todavía; se retira siempre más tarde.

El boticario, alto y flaco, con su joroba y su cabeza cubierta por una boina, se frotaba las manos alborozadamente. Ya el misterio era suyo. Si Romualdo había desaparecido del callejón del Misionero sin salir de él ni por la calle Larga ni por la del Sacramento, claro es que se hallaba en casa de doña Virtudes.

Don Artemio concluyó declarando el júbilo que le producía el esclarecimiento de aquel enredo.

--Es indispensable--prosiguió--que esta misma noche los naipes queden boca arriba. ¡Nada de tapujos! Me revientan los hipócritas. Quien la hace, que la pague. ¿Cuándo dejas tú el servicio?

Repuso el sereno que á las cinco; pero que las últimas horas de la madrugada solía pasarlas durmiendo en un zaguán.

--Pues hoy no se duerme--ordenó el boticario, cuyo acento fluctuaba entre el tono amistoso y el dominador que le daban su edad, su profesión y su autoridad en el Ayuntamiento--; hoy no se duerme. ¿Entiendes bien? Necesitamos cazar á ese hombre. A las cinco, si no le has visto, le esperas; no te importe que sean las seis, ni las siete. La cuestión es cogerle. Cuando pase, le das los «buenos días» y nada más; con eso tiene bastante. Yo, en la otra esquina, haré lo mismo.

No le fué difícil á Morón captarse la alianza del sereno, que para las acciones villanas más que para las nobles, las gentes se conciertan en seguida, y ya puestos de acuerdo los dos hombres montaron una celosa guardia. Mientras duró el acecho, ninguno tuvo frío, ni sueño. Desde su observatorio, don Artemio veía brillar en el término más hondo del callejón el farol del sereno; como éste vislumbraba, en la esquina de la calle Larga, el perfil alerta del boticario. Varias veces los gallos cantaron. Palidecían las estrellas. Iba invadiendo el firmamento un claror indeciso, una blancura indefinible de plata. En el reloj de la torre de la iglesia, en aquella torre donde el tiempo, al pasar, parecía enredarse, sonaron las tres... las tres y media...