El misterio de un hombre pequeñito: novela
Part 16
Los caballos y pollinos sementales estaban aparte, en lugar bien cerrado y separados unos de otros, porque el aislamiento, según el experimentado saber de don Juan Manuel, aviva en los machos el deseo reproductor. Así, cada garañón ocupaba un departamento, una especie de celda, de la que salía para cumplir la función sexual y á la que era restituído inmediatamente después. En aquel pequeño local cubierto de estiércol y flanqueado por los cuartos donde los sementales esperaban, atronaba la polifonía de los graves rebuznos, la estridencia bélica de los relinchos, el golpear de los aciales sacudidos, la temible impaciencia con que los brutos rijosos pateaban el suelo. A veces, un semental, de un par de coces, abría la puerta de su encierro, haciendo saltar la cerradura.
Don Gil Tomás y el boticario, que salieron de Puertopomares á paso de tropa, alcanzaron en el camino á don Niceto Olmedilla y á su hermano. Don Artemio llevaba á su pollina del ronzal; el juez, más comodón, había recorrido el trayecto montado en su yegua. Continuaron andando los cuatro, y á poco se reunieron con Fernández Parreño y don Juan Manuel que les esperaban á la entrada de La Evarista porque el coche no podía seguir adelante. Ya juntos, prosiguieron la ruta á pie, entre la alegría de los olivos y de los campos donde empezaban á lozanear los primeros brotes de la cosecha próxima. Un zagalillo, que llevaba del ramal á las dos potrancas del médico, les precedía. El cielo era azul, tibio el aire; las glebas, que paralelamente levantó el arado, rojeaban bajo el sol. Un júbilo afrodisíaco, excitador, un saludable aroma de sarpullos tempranos y de savias y resinas nupciales, saturaba el paisaje.
Interesó la atención de don Gil el que, tanto la burra del boticario como la yegua de don Niceto, ya cerca de la parada empezasen á dar muestras de contento y, sin que nadie las estimulase á ello, se pusieran al trote.
--Es que adivinan á dónde vamos--decía don Artemio riendo--; vea usted, en cambio, las dos potrancas de don Elías: como son doncellas no malician nada.
En las inmediaciones del acaballadero había bastante rebullicio. Mujeres y zagales acudían allí, como á una fiesta dionisiaca, llevando del ronzal á las hembras en quienes la rigurosa ley de la reproducción había de cumplirse. Los animales, alborozados, brincaban delante de sus dueños. Novias parecían. Era un cuadro pagano donde, á la picardía de las escenas, aunábase la avaricia campesina, el codicioso deseo de que las hembras quedasen fecundadas.
Ya en el acaballadero, los hombres franqueaban la puerta del corralón; las mozas, vacilando entre su femenil recato y su vicioso prurito de ver, no entraban, pero se encaramaban á los muros y sentadas sobre el cobertizo, destacaban sus rostros traviesos, llenos de risas, del gran fondo alegre del cielo y del campo. Don Gil, curioso y lascivo, lo observaba todo.
A recibir á don Juan Manuel acudió Luciano, el encargado de la parada. Venía en mangas de camisa y llevaba chaleco y calzones de pana. Era viejo, recio y alto. Una boina negra cubría su cráneo rapado y de líneas seguras. Sus ojos pequeños y sin luz, y sus labios, renegridos por el tabaco, daban al rostro afeitado una expresión bestial. Saludó:
--Buenos días, don Juan Manuel y la compaña...
Luciano informó á su amo de cómo aquellas últimas mañanas habían sido de trabajo incesante. Designó con un gesto á las yeguas que esperaban en el corral. Llevaba despachadas otras ocho, y aunque tenía cuidado de no debilitar á los sementales dándoles á comer hierba fresca, no comprendía cómo éstos podían resistir tanto trabajo.
Preguntó don Juan Manuel si «Temerario» y «Pensativo» se hallaban bien dispuestos, y como las respuestas de Luciano fuesen afirmativas, don Elías no disimuló su contento.
--Si todo sale bien--dijo--le haré á usted un buen regalo.
Luciano, sonriendo, prometió esmerarse, tanto por respeto y cariño á don Juan Manuel, como por corresponder á las dadivosas intenciones del médico.
--Ya sabrá usted--repuso--que tiene derecho á que cada una de sus yeguas sea cubierta catorce veces, distribuidas en la siguiente forma. Después de los cinco ayuntamientos primeros, las dejaremos descansar nueve días; luego, con intervalos de veinticuatro horas, recibirán otros cuatro; nueve días después, tres más, y, finalmente, transcurrida una semana, otros dos...
Al saber que don Elías quería para su yegua negra al alazán «Temerario», y para la rodada á «Pensativo», Luciano movió la cabeza y su semblante se nubló. A despecho de su rusticidad, parecía un bonzo, uno de aquellos sacerdotes antiguos, crueles y sensuales, cuyas preces poseían el don terrible de hacer correr ó de secar las fuentes del deseo.
--Veremos--exclamó--; no crean ustedes que los animales me obedecen siempre. Los animales, con perdón sea dicho, tienen sus preferencias, como las personas. Los caballos gustan de unas yeguas más que de otras, y á las yeguas las sucede lo propio. Lo mismo ocurre con los burros: el asno que haya tenido comercio con una yegua, es muy difícil que luego acepte á una pollina.
Mientras Luciano disertaba, don Gil, Luis Olmedilla y don Artemio, que á pesar de sus años y de su jorobada figura se perecía por las faldas, observaban descocadamente á las mozas. Ellas, avergonzadas de la curiosidad que las había llevado allí, enrojecían, y, para disimular su turbación, volvíanse de espaldas y miraban al campo.
La faena de la cubrición fué rápida. Desatado el potro «catador», abalanzóse sobre las yeguas que le ofrecían; pero apenas sujetaba á una entre sus patas, Luciano, tirándole violentamente del ronzal, lo derribaba al suelo. De este modo el animal se ayuntó con todas, pero con una rapidez que, por no satisfacerlas, las dejaba en la mejor disposición y apetito. Inmediatamente las hembras fueron llevadas al departamento donde los garañones, que habían olfateado el banquete sexual, relinchaban glotones, y allí las ataron las patas, para que no coceasen. Los sementales, al salir de su departamento, apenas veían la yegua que les estaba destinada, apasionadamente arremetían con ella. El médico, el boticario, don Gil, don Niceto Olmedilla, su hermano y don Juan Manuel, presenciaban la escena conturbados por la mirada dulce, sumisa, perfectamente femenina, de las hembras. Una vaga inquietad genésica les removía. Unicamente Luciano, los calzones sujetos por una faja negra, la boina echada sobre el cogote, al aire los antebrazos velludos, presidía los ayuntamientos ordenándolos con castidad perfecta.
Cuando don Juan Manuel y sus amigos salieron de la parada, el hombre pequeñito iba densamente pálido. Varias mozas, que en sueños le tuvieron entre los brazos, sintieron deslizarse por su carne supersticiosa un calofrío de miedo.
Ya iban llegando á la población, cuando don Gil se despidió de sus acompañantes invocando un quehacer perentorio, y por un atajo caminó hacia su casa. Su presencia por aquellos andurriales llamó la atención. Algunos hombres le saludaron respetuosamente, con ese acatamiento que en los pueblos, más que en las ciudades, inspiran los ricos; los ojos de las mujeres le seguían largo rato, inquietos y atentos, como si vieran alejarse un peligro; únicamente los muchachos, hallándole pequeño, casi de su tamaño, le miraban de igual á igual.
XVIII
Poseía don Artemio, si no el don precioso, por lo llano, de la simpatía, los recursos, no menos envidiables de parecer útil y de inspirar confianza. Su corcova, el poco garbo de sus piernas, la severidad de su barba rucia y de su calva de color pergamino, y cierta adustez en la mirada y en la voz, pormenores eran que infundían respeto y hasta temor en las gentes sencillas.
Muchos rústicos comarcanos, tanto por motivos de economía como porque la ciencia de don Artemio les mereciese verdadero crédito, le preferían al médico ó al albeitar, y muy de mañana iban á consultarle so pretexto de comprar cinco céntimos de vaselina ó una botella de agua purgante. El farmacéutico poseía un memorión formidable y conocía palmo á palmo todas las villas de en seis leguas á la redonda. Esto le daba gran prestigio. Además tuteaba á sus clientes en señal de dominio, ciencia y señorío, y tenía el llamado «ojo clínico», es decir: la intuición del médico, el presentimiento de las enfermedades, orientación ó guía suprema del arte de curar.
Morón recibía á su parroquia en la puerta de la botica. Allí empezaba la consulta. Metido en una especie de bata ó cubrepolvo de crudillo que le alcanzaba á los pies, las manos en las faltriqueras del pantalón y un gorro de terciopelo morado sobre la nuca, don Artemio correspondía al saludo humilde de sus visitantes con una interrogación:
--¿Tú eres de Navahonda, verdad?
--Sí, señor.
Había una breve pausa. Morón inquiría, hilvanaba recuerdos...
--¿Eres de Navahonda ó de Torres de la Encina?
--Verá usted: soy de Torres de la Encina, pero vivo en Navahonda.
Don Artemio dejaba escapar un gruñido.
--¡Ya me parecía!... Bueno; al boticario debe decírsele siempre la verdad. ¿Qué te trae por aquí?...
El páparo vacilaba, no sabía reducir su idea á palabras.
--Verá usted...
Se rascaba las corvas, la cabeza, hacía con las cejas extraños visajes. Morón iba en su auxilio.
--Tú tienes calenturas.
--Sí, señor...
--Digieres mal y por las noches, en cuanto te acuestas, las sienes te echan fuego.
--Sí, señor...
--Te duelen las articulaciones, ¡todas las articulaciones!
--Sí, señor, y después...
--No digas más: sé lo que tienes. Ahora, en Navahonda, hay muchas fiebres. Entra.
Generalmente la conversación terminaba allí mismo, delante del mostrador, con una caja de sellos de quinina ó una poción de agua purgante, que don Artemio vendía añadiendo por la consulta, al valor de la droga, un modesto cinco por ciento. En los casos de mayor gravedad, Morón llevaba á sus enfermos á la rebotica, donde, tendiéndoles en un sofá, les reconocía. Estos manejos y diversos específicos compuestos por él mismo para curar los males de estómago y de garganta, engordar ó enflaquecer á voluntad, limpiar y conservar el cabello, quitar el dolor de muelas, combatir las lombrices y la anemia, y otras drogas, tinturas, zarzaparrillas y ungüentos de las más diversas y pintorescas aplicaciones, remozaban de año en año su popularidad y producíanle notables rendimientos.
En verano, al anochecer, sus amigos reuníanse á charlar delante de la botica. Los diálogos se aderezaban con murmuraciones y cuentos de subido color. Algunas veces, después de cenar, Luis Olmedilla llevaba á la reunión la alegría de su guitarra, y la tertulia entonces se prolongaba hasta tarde. El sitio era muy á propósito para gozar del fresco, porque allí la calle Larga se ensanchaba y los árboles de la vecina Glorieta del Parque diluían en la atmósfera una humedad de jardín. Don Valentín llegó á sentir celos de aquellas reuniones, rivales de las del Toro Blanco.
Una noche, alguien habló de brujas, y este asunto, al que el silencio aldeano fué siempre propicio, recordó á la reunión la muerte súbita acaecida días atrás en una casa de la calle Pozo de Don Ramiro. Desde el primer momento, por instinto, la imaginación popular había venteado en el hecho aquél, empero su sencillez aparente, un enigma de maleficio. Fué á la hora del yantar. Wenceslao, el carpintero, su mujer y sus tres hijas, ya mozas, acababan de sentarse á la mesa. Todos los operarios del taller se habían marchado, y á excepción del comedor, el resto de la casa hallábase á obscuras. Un incidente trivial preparó al drama el camino. En la mesa no había servilletas.
--Yo iré á buscarlas--dijo Juanita, la hija menor.
Se levantó y salió al pasillo. Su madre, como si hubiese tenido un mal presentimiento, exclamó:
--Ya sabes que las servilletas están en el arcón, á la derecha. ¡No vayas á tropezar! ¡Enciende una luz!
La muchacha repuso:
--No hace falta.
A la vez su padre y sus hermanas dejaron de comer; adoptaron una actitud expectante; parecían temer algo: un peligro. Oyeron los pasos de Juanita que se alejaba en la oscuridad. Wenceslao iba á seguirla y, sin saber por qué, no lo hizo. Un chirrido de goznes indicó que Juana había llegado al gabinete y empujaba la puerta. Coincidiendo con este ruido resonaron un grito, un horrible grito, y la percusión de un cuerpo contra el suelo.
La madre, de un salto, se puso en pie, los cabellos erizados:
--¡Mi hija!...
Salieron todos al pasillo y avanzaron atropellándose, removidos por sacudidas de venganza y de miedo. Wenceslao iba delante y sus manos buscaban febriles en la tiniebla de la pared las llaves de la luz. Juanita yacía sobre el pavimento, y la opinión aseguraba que la chiquilla había muerto de miedo.
--Los doctores Narro y Fernández Parreño--dijo Erato--hicieron la autopsia del cadáver, y han certificado que la hija de Wenceslao tenía una angina de pecho.
Los circunstantes callaban. Todos, cual más cual menos, presentían un misterio. La causa «inmediata» de aquella muerte sería la angina de que hablaban los médicos. Pero, ¿por qué el mal hirió á la víctima precisamente cuando ésta se hallaba sola? ¿Por qué no lo hizo un minuto antes ó un minuto después? ¿Detrás de la causa más próxima y visible no habría otra?
De esta opinión participaba el boticario.
--¡Déjenme ustedes de anginas!--exclamó--; en la vida ocurren sucesos inexplicables; cosas que vienen de la sombra; cosas que hacen los muertos. La hija de Wenceslao murió de un susto; créanme ustedes; murió de miedo, porque al abrir la puerta de la habitación vió algo...
Y, bajando la voz, como para contar una picardía:
--Hay fenómenos raros, tan raros, que obra parecen de aojo y milagro.
Miró á su alrededor, y con la mano hizo á los presentes señal de acercarse.
--Ya conocéis á Epifanio Rodríguez. Es un muchacho sencillo y buenazo á carta cabal, pero, como diría Martínez, un tanto arrimado á la cola. Sacándole del estanco, no sirve para nada. Hace dos ó tres mañanas vino á contarme su desgracia; al pobre se le ahoga con un hilo, y el caso no es para menos. Epifanio tiene relaciones con una vecinita de la calle del Sacramento.
Un indiscreto atajó al narrador.
--¿La hija de López?
--¿Qué López?
--Teobaldo López, el notario.
--Precisamente; pero no es hija, sino sobrina. Pues, Epifanio, que quizás no pensaba casarse con ella, quería... lo que todos, y la muchacha, que es un poco loquilla, accedió. Entonces concertaron que él fuese á verla una tarde, á las seis, hora en que Teobaldo está en el Casino. Como supondrán ustedes, Epifanio no faltó á la cita.
Hubo sonrisas y maliciosos comentarios:
--¡Cómo que la chiquilla es preciosa!
--¡Tiene un cuerpo!
--¿El cuerpo?... ¿Y los ojos?... ¿Dónde me deja usted los ojos?
Prosiguió don Artemio:
--Pues ninguno de esos aperitivos, capaces de despertarle y aderezarle el paladar á un difunto, sirvieron. Cuando Epifanio entraba en la calle del Sacramento se cruzó con don Gil, á quien saludó, y en el acto, sin razón, tuvo miedo... ¿Comprenden ustedes?... Miedo de no poder conseguir su deseo. Así fué. La preocupación heló su carne y le inutilizó, pero tan completamente que los azahares de la moza nunca, como en aquella ocasión, estuvieron más seguros. Y no fué ésto lo peor; sino que la desairadísima escena se repitió varias veces, porque Epifanio no podía echar de su ánimo la imagen de don Gil. Cuando el pobre muchacho acudió á pedirme socorro contra su repentina debilidad, parecía loco; tan pronto hablaba de suicidarse, tan pronto quería asesinar á don Gil; ¡daba lástima! Es un caso de sugestión muy raro, por su persistencia. Yo le recomendé que procurase distraerse, tranquilizarse, sujetar y disciplinar sus nervios; pero él decía: «No puedo, don Artemio; todo eso que usted aconseja me lo he repetido yo mil veces, y no puedo; ¡no puedo!...» Y seguramente no ha pasado de ahí, porque ahora, según cuentan, quiere casarse.
Los circunstantes guardaron silencio. Reflexionaban. Inconscientemente hallaban una concatenación secreta, una relación manida y oscura, entre el fracaso de Epifanio y la muerte de Juanita, la hija de Wenceslao. El boticario tuvo para aquel estado de opinión, una afirmación categórica:
--Señores, yo creo en los embrujamientos. Lo que ahora llamamos telepatía ó sugestión, es lo que en la Edad Media se denominaba mal de ojo. Sólo las palabras han variado: en el fondo, el terrible misterio es el mismo.
XIX
Desde el asesinato de Frasquito Miguel, el solitario del Paseo de los Mirlos se hallaba mejor. Sin conocer el motivo de aquél íntimo y seguro bienestar experimentaba ese regocijo, esos deseos de cantar y de moverse, que inspira la realización cercana de una esperanza. Los vecinos observaron que las persianas, obstinadamente cerradas durante años, del hotelito de don Gil Tomás, eran abiertas muchas mañanas, y que el hombre pequeñito salía á los balcones á gozar del sol. Su cabezota de color de miel, con el menton apoyado sobre el barandaje, inspiraba risas.
Don Gil, sorprendido de su propia alegría, se preguntaba:
--¿Por qué estoy contento?...
Pero las pesquisas que discretamente realizaba en la oscuridad de su mundo interior eran infructuosas. Repartido, como andaba su ánimo entre el sueño y la vigilia, las impresiones de ésta resonaban en aquél de idéntica manera á como sus ensoñaciones se proyectaban sobre su vida real, y así, el júbilo confortador de que se reconocía acompañado era la satisfacción subconsciente de la cruelísima venganza que, hallándose dormido, tomó en la persona del señor Frasquito. El regocijo, de consiguiente, que le poseía y le sacaba á los balcones de su casa en las mañanas de buen sol, era un perfume de homicidio, una especie de olor á sangre.
Esta satisfacción, asesorada y ratificada por el arribo de la primavera, exacerbó la ginecomanía de don Gil. Jamás su actividad nocturna fué mayor; como lámpara milagrosa su impulso lascivo se encendía no bien cerraba los párpados y alerta continuaba hasta el amanecer; las jocundas savias vernales eran fuego en sus venas.
A desencerrar su lujuria cooperaba asimismo su insatisfecha pasión por doña Fabiana. La suave complacencia que, hallándose despierto, le producían el sortilegio acariciador de su voz, el reposo cálido y negro de sus ojos aterciopelados, las provocativas exuberancias de su matronil, hermosura y cierta tristeza otoñal que infundía á sus movimientos una dejadez de aristocracia, se exasperaba con el sueño y convertíanse en furibundo frenesí. Pero, ¿cómo alcanzarla si el marido, desconfiado y hostil, estaba allí siempre?...
Sólo una vez el hombre pequeñito casi llegó al sabrosísimo término de su afán.
Generalmente Martínez no soñaba; fatigado su espíritu, de la diaria labor, no se alejaba del cuerpo y permanecía acurrucado bajo las mantas del lecho conyugal. Pero aquella noche don Gil acertó á presentarse en la alcoba del veterinario en ocasión que el alma de éste hallábase en el acaballadero de La Evarista, examinando unos burros enfermos de que don Juan Manuel le había hablado la víspera. Tan dichoso azar suspendió al enano y le tuvo irresoluto unos instantes, pues como el mucho peligro las felicidades extremas suelen acobardar á los hombres; y fueron aquellos segundos desperdiciados, precisamente, los que para la victoria necesitó después...
El íncubo examinó la disposición y moblaje del aposento: en el lecho de bronceados pilares y entre la limpieza de las almohadas y del embozo, las cabezas de doña Fabiana y de don Ignacio descansaban: la de ella, apacible, pálida, como nimbada de luz lunar; la de Martínez, cetrina, ancha, peluda, cubiertos los carrillos por una densa barba mal afeitada y fuerte. Antoñita dormía en su cuna de barrotes dorados. Alrededor de la estancia, un armario ropero, las sillas de madera sin pintar y asiento de anea, la cómoda con su espejo y sus floreros, y otros enseres antiguos y sencillos peculiares de las casas lugareñas. El ambiente era tibio. Por las rendijas de la ventana filtrábase, semejante á una humareda, un ligerísimo claror estelar. El lejano murmurio del río parecía agrandarse en los ángulos de la callada y cerrada habitación.
Vibrante de deseo, avanzó don Gil; su alma rijosa temblaba, se retorcía, como aquellas larvas infernales que rodeaban el lecho de Paracelso, y su influencia magnética turbó á doña Fabiana. La excelente señora, en cuyas alucinaciones nocturnas nunca hubo voluptuosidad, empezó á soñar. Era un hilvanamiento de escenas absurdo, pero fácil, rápido, sabrosamente ilógico, como el de las películas cinematográficas. Doña Fabiana gozaba de esa levedad física, de esa suave y vagarosa multiplicación de imágenes con que la morfina y el opio, los divinos emisarios de la otra vida, eternizan su imperio. Según en las comedias de magia acontece, alrededor de la durmiente todo era posible.
Hallábase doña Fabiana asomada á un balcón de su casa, cuando por la parte más alta de la calle apareció don Gil: veía su cara de color de fideo, sus manecitas enanas, que marcaban el ritmo del cuerpo al andar, su figurilla vestida de negro y la línea blanca de los calcetines entre los zapatos y las perneras, algo cortas, del pantalón. Por lo parvo, por lo ruin, parecía un humillo que saliese del suelo. La calle mostrábase desierta, muda, vacía, con esa total soledad que las pesadillas dan á sus paisajes. Todas las ventanas, todas las puertas, estaban cerradas, y por añadidura comprendíase que tras ellas no había nadie. Las casas, más que realidades tangibles, parecían imágenes sin expresión, imágenes muertas, grotescas, pintadas sobre un lienzo que cubriese cielo y tierra. La naturaleza, de súbito, se había inmovilizado; los objetos perdieron su relieve y todo, por arte de ensalmo, hízose trapo y silencio. Doña Fabiana reconocía la calle Larga, la Fonda del Toro Blanco, la Glorieta del Parque, los primeros árboles del Paseo de los Mirlos, y, sin embargo, comprendía que todo, á pesar de no haber cambiado, era diferente. La incontrovertible evidencia de este contrasentido, llenaba su ánimo de estupor.
--En Puertopomares no hay nadie--pensó--; no queda nadie, más que don Gil Tomás.
El hombre pequeñito era lo único vivo. Entonces tuvo miedo de hallarse con él, y su congoja crecía según don Gil iba acercándose. Dentro de la atribulada conciencia de doña Fabiana, una voz musitó.
--Estás tan sola porque tu marido se ha marchado. Si él estuviese aquí, las calles te parecería que rebosaban gente. Las personas que nos aman son las únicas que, verdaderamente, nos hacen compañía.
Don Gil habíase detenido debajo del balcón.
--¿Subo?...--preguntó.
Y cambiando seguidamente su interrogación en afirmación inflexible y tranquila, repitió:
--Subo.
En la amarillez asiática de su rostro, sus ojos, también amarillos, adquirieron la inmovilidad y la frialdad del cristal, y refulgían como topacios.
Al mismo tiempo la esposa de Martínez advirtió que, sin graduaciones ni matices, su miedo transmutábase en suavísimo quebranto sexual. Adivinóse codiciada, sintió el calor del deseo que iba á pasar sobre su carne como una llamarada, y sus flancos tremaron lascivos. Su alma, honesta hasta entonces, conoció la lujuria; y contribuía á la exaltación de este pecaminoso desmayo, el horror, mezclado de asco, que el enfermizo color y la enana ridiculez del hominicaco la producían.
Don Gil cruzaba la calle. Doña Fabiana, inclinándose un poco sobre la barandilla del balcón, murmuró:
--No puede usted subir.
Don Gil Tomás levantó la cabeza.
--¿Por qué?
--La niña está durmiendo y si le ve á usted se asustará.
--La niña--repuso el íncubo--no oirá nada.
Ella hubiera podido defenderse cerrando la puerta de la habitación, pero no lo hizo. Tenía miedo, un miedo intenso que helaba sus huesos, y á la vez un inmenso afán de ser poseída. Por su sangre, los diablos incendiarios y libertinos de la juventud y de la primavera, corrían como centauros. De pronto, el hombre pequeñito estuvo á su lado. La tuteaba.
--Te quiero; hace mucho tiempo que te quiero. ¿No lo sabías?
Ella replicó:
--Sí, lo sabía.