El misterio de un hombre pequeñito: novela

Part 15

Chapter 153,777 wordsPublic domain

Como todos sabían, el señor Frasquito se emborrachaba; bebía sin freno, hasta caer. Diferentes veces se había levantado á media noche para beberse el vino ó el aguardiente ó el coñac, que hubiere en la despensa. Tanto Rita como su hermano, por consejo del médico procuraban que el enfermo no ingiriese ni un sorbo de alcohol. Para conseguirlo, todas las noches ocultaban las botellas del aguardiente y del vino, unas veces debajo de la cómoda, otras en la caballeriza, entre la paja de los pesebres. Este último lugar, como más distante, era indudablemente el más seguro. Pero Frasquito Miguel, á quien su pasión inspiraba adivinaciones extraordinarias, poco á poco, en fuerza de registrar todos los rincones de la casa, descubrió también aquellos escondrijos. Toribio relacionaba unos hechos á otros. Evidentemente su cuñado, que con el masaje de aquella tarde había sufrido mucho, llegada la noche experimentó, más intensamente que nunca, el deseo de beber, para adormecerse y descansar. Con este propósito registraría la casa, y no hallando lo que quería fué á buscarlo á la cuadra. Frasquito Miguel, aunque muy torpe de piernas, siempre realizaba estas excursiones á oscuras, por miedo á ser visto. El desdichado se acercaría al pesebre y cogió la botella; quizás allí mismo, en pie, poniéndosela sobre los labios, agotó su contenido, lo que turbándole la cabeza empeoró la inseguridad de sus movimientos. Luego, al retirarse, tropezaría entre el estiércol, para no caer se agarraría á la mula, y ésta, que era muy espantadiza, le dió una coz que Frasquito, por su desgracia, recibió en la frente...

Toribio se interrumpió; en aquel momento la Pascuala movía la cabeza para mirarle, y el miserable, que con tanta habilidad y discreción iba desenredando su mentira, palideció: tuvo miedo, un miedo supersticioso; se acordó de aquella burra que habla en la Biblia, y creyó que la bestia, testigo único de su crimen, iba á desmentirle.

Los circunstantes, que habían seguido atentamente las explicaciones del bujero, las hallaron muy lógicas. Ni un instante la sospecha de un asesinato removió sus cerebros ingenuos. Ahora, que conocían las causas del drama, la muerte del señor Frasquito les parecía menos triste. Alguien dijo, con mal encubierta ironía.

--En fin, si cuando el pobre recibió la coz estaba ya borracho... ¡tanto mejor!... porque sufriría menos...

Estas palabras inspiraron al auditorio ideas optimistas; los semblantes se aclararon y hubo en ellos un temblor de hilaridad.

A poco llegó el Juzgado, compuesto del señor juez, el señor secretario y tres alguaciles.

Don Niceto Olmedilla, después de tomar á los presentes declaraciones minuciosas, ordenó el levantamiento del cadáver. Casi á la vez aparecieron don Isidro, el alcalde, Fernández Parreño, don Dimas Narro y el veterinario. Don Elías supo lo ocurrido en la botica; á don Ignacio fueron á decírselo á su casa. Entonces don Niceto, para esquivar trámites y ganar tiempo, refirióles cómo había sucedido la desgracia, y les invitó á reconocer el cadáver y añadir sus dictámenes á las diligencias sumariales que habían de incoarse. Ellos asintieron. Los alguaciles, unas veces con palabras corteses, otras á empellones, despejaron el patio de curiosos. Luego trajeron una mesa, sobre la cual depositaron al muerto. Toribio, á cada momento, escupía y se llevaba las manos á los ojos.

--Yo le quería mucho--balbuceaba--yo le quería mucho. Me había acostumbrado á él. ¡Era muy bueno!...

Todos, advirtiendo sus esfuerzos para contener el llanto, le compadecían, admiraban su buen corazón y sentían hacia él una simpatía nueva. Refiriéndose á su cuñado, el bujero preguntó:

--¿Debo desnudarle?

Don Niceto repuso:

--No lo creo necesario; pero eso los señores peritos han de decirlo.

Alrededor de la mesa, el juez, el secretario del Juzgado, don Isidro, Martínez, Fernández Parreño, don Dimas y Toribio Paredes, se agrupaban vibrantes de interés y de emoción. En don Ignacio la idea de alternar mano á mano con dos médicos en una cuestión profesional, producíale cierta escondida vanidad. El cuerpo del señor Frasquito fué colocado en actitud supina, y como no cabía en la mesa, sus piernas, ya rígidas, quedaron en el aire.

Los peritos examinaron primero la cabeza, tumefacta, monstruosa, descompuesta por la hinchazón que siguió al golpe. La sangre se había coagulado, deteniendo con su sequedad la salida de la sustancia cerebral. Sobre el pómulo izquierdo aparecía clara, terminante, la huella curva de la herradura. Los bordes del hierro habían grabado un perfil inconfundible. Todos callaban consternados.

--¡Qué golpe!--exclamó don Dimas.

No pudo contener un gesto de repugnancia. Don Ignacio añadió:

--La coz que, como ve usted, está ligeramente inclinada hacia afuera, debe habérsela dado el animal con la pata derecha.

La cabeza pálida y mal afeitada de don Niceto asintió. En el medio círculo de la herradura, las señales más hondas que dejaron los clavos atestiguaban la formidable violencia de la percusión. Fernández Parreño empezó á contarlos.

--¡Aquí falta uno!

Repuso Martínez:

--Es cierto: pues por ese detalle sabremos si la coz fué dada con la pata derecha, según yo creo, ó con la izquierda. Veámoslo.

Toribio luchaba por no dejar traslucir su alegría. ¡Qué certeramente supo disponer todos los detalles! Al cabo, la prueba inconcusa, irrebatible, que había de ponerle á salvo de sospechas, estaba allí. Acercóse á la mula con muchas precauciones. Pascuala empezó á encabritarse; en su oscuro instinto la escena de aquella noche parecía haber dejado un terror.

--¡Qué mala bestia!--repetía Martínez--; cuando se quemó hubieran hecho ustedes muy bien en darla un tiro.

Con astucia, para aumentar la fuerza de aquella comprobación decisiva, Toribio levantó primero la pata izquierda del animal. Sobre el acero, bruñido por el uso, de la herradura, los circunstantes contaron los clavos: estaban todos.

--Lo que yo dije--exclamó Martínez satisfecho--la coz ha sido dada con la otra pata. Ande usted, Toribio: cerciorémonos de una vez.

El bujero obedeció. Efectivamente, allí faltaba un clavo.

--¿Ven ustedes?--insistió Martínez triunfante--fué con la pata derecha.

Examinando de cerca el casco homicida, comprobaron que todo él estaba manchado de sangre. Volvieron al lado del cadáver. En los sitios más profundos de la herida, los ojos sagaces de don Ignacio descubrieron partículas de estiércol.

--¡Qué atrocidad!--repetían los médicos--; ¡qué fuerza la de ese animal!...

Despojaron al difunto de sus vestidos, manchados de basura y de sangre. Todo el cuerpo que, durante horas, pateó la mula, hallábase horriblemente mutilado: el vientre aparecía inflado por unas partes y por otras deshecho; las costillas, rotas, habían desgarrado la carne y blanqueaban sobre la piel, ennegrecida por la sangre seca. Hubo en todos los allí presentes un movimiento de asco.

Don Niceto se volvió hacia Toribio y, á la vez compadecido y grave, le estrechó la mano. Después aludió al cadáver.

--Echenle ustedes una sábana por encima, y el entierro cuanto antes sea, mejor.

Cuando el Juzgado se retiraba, Olmedilla vió á Rita, á quién varias mujeres fortalecían con tisanas y discretos consejos, y quiso tomarla declaración. La mujerona lentamente y entre visajes de pena y espanto, ratificó cuanto su hermano había dicho, y apenas terminó de hablar cerró los ojos y dejó ir la cabeza hacia atrás, inerte y fría como si de nuevo hubiese perdido los sentidos.

Durante la tarde los Paredes observaron idéntica actitud de dolor. No almorzaron y la debilidad les enflaquecía el rostro. Ella parecía idiotizada; dejaba transcurrir largos intervalos con los ojos inmóviles y no respondía á las reflexiones consoladoras de sus vecinas. Algunas de éstas procuraban soliviar tanta pena examinando el acelerado fin del señor Frasquito desde un punto de vista práctico. Se trataba de un organismo arruinado, de un pobre hombre incapaz de ganarse el pan. ¿Qué hubiesen adelantado con tenerle en una cama durante años y años? Indudablemente su muerte, aparte el natural dolor de perderle, constituía un bien para todos; Dios sabe siempre darle á sus hijos lo que más les conviene...

A estas juiciosas y pacifistas vulgaridades, la mujerona respondía con exclamaciones de emocionante sinceridad. Suspiraba, desplomaba los hombros.

--¡Estaba tan hecha á él!--decía--; ¡era tan trabajador, tan bueno!...

Toribio, sentado en un rincón, los codos en las rodillas y la pequeña cabeza oculta entre las manos, demostraba también su tribulación con frecuentes y acongojados suspirones. Unicamente al anochecer, cediendo á amistosas invitaciones, fué á la taberna, donde volvió á explicar la fiera muerte de su cuñado y las circunstancias que, á su juicio, debieron de rodearla.

Al día siguiente, muy temprano, dieron tierra á los restos del señor Frasquito. Componía el acompañamiento una veintena de personas. El ataud iba llevado á hombros de Toribio Paredes y de tres vecinos de buena voluntad. Cuando éstos se cansaban otros les sustituían, pues para tan cristiano empleo brazos misericordiosos no faltaban, honrándose con ello. _El Rojo_ era quien más resistía, y á todos sorprendía su fortaleza, nacida evidentemente de su cariño al difunto. Bajaba el luctuoso cortejo por el camino Alto de la Estación, y Toribio, ya fatigado, acababa de ceder su puesto á un amigo, cuando vió á don Gil Tomás que, pausadamente, regresaba al pueblo. La presencia del hombre pequeñito, en aquellas circunstancias, emocionó y acobardó á Paredes. Creeríase que el brujo madrugaba para asistir á su obra. En el júbilo rosa y azul de la mañana, y sobre la gran franja gris, llena de luz, de la carretera, su cuerpo minúsculo, vestido de negro, echaba un borroncillo impertinente. Toribio sintió que toda su sangre, hecha hielo, le subía á la garganta y luego le tamborileaba en las sienes. No obstante rehízose pronto y saludó, concediendo á la mayor categoría social de Tomás el respeto debido.

--Buenos días, don Gil.

--Buenos días, Toribio.

Ante el féretro el hombre pequeñito se había descubierto. Su rostro, de color de miel, no delataba emoción ninguna. Evidentemente no sabía quién iba allí. Sus ojos, sus labios, estaban tranquilos. Sobre su frontal lívido y bombeado, el sombrero, demasiado prieto, dibujó un jabeque rojo.

«¡Luego no se acuerda de lo que me dijo noches atrás!...»--pensaba Paredes.

Y á continuación:

«Y, si no se acuerda, ¿cómo está aquí él, que se levanta siempre tarde?...»

Don Gil le interpeló:

--¿Quién ha muerto?

Con voz casi imperceptible, el bujero repuso:

--Mi cuñado.

--¿Su cuñado?... ¿El señor Frasquito?

--Sí, señor.

--¡Oh!... ¡Qué sorpresa!... ¿Cuándo?...

--Anteanoche. Ayer, por la mañana, le encontramos muerto en la cuadra. La mula que tenemos le había matado de una coz.

Se interrumpió bruscamente; parecíale estar diciendo palabras ociosas. ¿No era don Gil su cómplice?

--Pero, ¿es cierto que no sabía usted nada?--agregó.

--Nada, se lo aseguro; no había oído decir nada... ¡Qué desgracia!...

Estaba conmovido. No obstante, casi al mismo tiempo, su compasión se trocó en curiosidad; pero en una curiosidad tan viva, tan impaciente, tan retozona y llena de preguntas, que parecía una alegría. ¿Cómo brotó en su alma aquella suave alacridad?...

--Cuénteme, amigo Toribio--exclamó--, cuénteme cómo esa espantosa desgracia ha sucedido.

--¿Cómo? Muy sencillo; verá usted...

Estirando las piernecillas cuanto podía, para no rezagarse, el hombre pequeñito siguió al muerto.

XVII

Teodoro entreabrió la ventana.

--¿Está bien así, don Juan Manuel?

El diputado aprobó con un gesto. Había pedido la botella del ron y llevaba trasegado de su contenido cerca de la mitad. Sus amigos decían que don Juan Manuel iba aficionándose á la bebida con exceso. Ello perjudicaba á su talento y le quitaba elocuencia en las Cortes. Había engruesado notablemente, y sus mejillas se acaloraban con facilidad. Nunca, sin embargo, su carácter revelóse más expansivo, más fecundo en dicacidades y agudezas; y en sus ojos zarcos, saltones, acuosos, acostumbrados á entornarse voluptuosamente, titilaba una luz optimista.

Aquella tarde de Abril el calor apretaba y la atmósfera del Casino, llena de humo y de sol, llegó á ser irrespirable. Don Juan Manuel, sofocado en el espacio, breve para su vientre, que separaba el diván de la mesa, ordenó á Teodoro abrir la ventana más próxima, y una corriente de aire cruzó el salón como una ráfaga de salud.

Componían la tertulia del diputado, Fernández Parreño, don Niceto y don Luis Olmedilla, don José Erato y don Artemio. Acababan de terminar su partida de tresillo y los lances del juego, por lo mismo que les interesaron y sacudieron mucho, les habían fatigado. Al recogerse en sí todos halláronse amustiados y sin ideas; cesó con el trajín de los naipes el regocijo de la reunión; el tedio de la ociosidad, el tormento sigiloso, mil veces renovado, de no saber á dónde ir, renacía. Antes de marcharse á cenar aun necesitaban esperar, cuando menos, una hora. ¿Qué hacer hasta entonces?... Y á esta pregunta, en cada alma, respondía el silencio.

Todos habían cambiado de actitud y miraban hacia los balcones, invadidos de cruda claridad. El Casino, á la sazón, estaba callado. Unicamente resonaban las voces de Romualdo y de otros dos individuos que jugaban al billar.

Don Juan Manuel Rubio sacó su petaca y ofreció tabaco á la reunión; todos aceptaron, menos don Niceto.

--Gracias, don Juan; ya sabe usted que no fumo ni bebo alcoholes más que de noche.

La observación era rigurosamente cierta; el juez no bebía ni fumaba mientras el sol alumbrase el horizonte. ¿Por qué alterar aquella costumbre de tantos años? El diputado no insistió.

Dijo don Artemio:

--¿Saben ustedes que el veterinario se ha comprado una corbata?

--Yo, sí--repuso don Elías.

--Yo, también--agregó Luis--; una corbata encarnada...

--La misma; ¿le han visto ustedes?

--No le he visto--replicó Olmedilla--, pero me la dijeron hoy, á medio día, en el Café de la Coja.

--Yo lo supe anoche--añadió el médico--, me lo contaron en la fonda.

--Se la habrá comprado su mujer, ¿verdad?

--No lo creo; su mujer tiene mejor gusto.

De unos labios á otros, en el curso de aquellos dos días la corbata de don Ignacio Martínez había estremecido la opinión.

El sustantivo «fonda», dicho por Fernández Parreño, trajo á la distraída memoria del señor Erato, un recuerdo.

--Diga usted, don Luis, ¿es cierto que esta mañana, un comisionista alemán, dió un escándalo en el Toro Blanco?...

La pregunta interesó mucho á los circunstantes, que ignoraban el hecho.

Luis Olmedilla, siempre presumido y valentón, repuso irguiéndose en su asiento y entornando los ojos con aire jaque:

--Hombre... tanto como un escándalo, no señor; porque si mi hermano Valentín es como es, un manso y lo aguanta, yo, no lo aguanto. Lo que hubo fueron palabras gruesas, pero no conmigo, que yo, en aquel momento, no estaba allí. El hecho es muy sencillo. Ese comisionista alemán vino esta mañana de Salamanca, en el primer tren, y apenas llegó á la fonda, pidió un baño. La criada que sirve en el piso principal y se expresa muy bien porque está acostumbrada á tratar con buena gente, le manifestó que en casa no había baño, pero que podía buscarle un barreño si, por casualidad, necesitaba lavarse los pies. ¡Me parece que la mujer no dijo ningún disparate!...

Todos asintieron. Parsimoniosamente, escuchándose un poco, Luis Olmedilla continuó:

--¡Pues, para qué quiso oir más el alemán!... Empezó á decir que él no necesitaba lavarse los pies, porque los llevaba siempre muy limpios; que los necesitados de limpieza somos nosotros, los españoles; que si pedía un baño era por gusto, porque en su país la gente, según parece, se baña todos los días. ¡Ganas de presumir, claro es!... Como hablaba á voces y manoteando, la muchacha se asustó y fué á llamar á su ama, porque Valentín estaba en la peluquería, afeitándose. Mi cuñada procuró apaciguar al alemán diciéndole que ni en Puertopomares, ni en otros pueblos de más categoría, las fondas tienen cuarto de baño, por la sencilla razón de que nadie se baña, y mucho manos ahora, en primavera, lo que no impide que gocemos de buena salud. Eso fué todo. Pero como el extranjero gritaba y decía en su lengua palabras incomprensibles, los criados pensaron que les estaba insultando, y á no llegar mi hermano nadie sabe lo que hubiese sucedido.

Exceptuando don Juan Manuel, que se reservó su opinión, todos los circunstantes, incluso Fernández Parreño, declaráronse en contra del alemán. El médico afirmó que los baños, fuera de los meses de Junio, Julio y Agosto, constituyen un reverendo disparate. ¿A quién, que no esté loco, se le ocurre bañarse, por ejemplo, en Abril?...

Luis Olmedilla dijo que su hermano, sin embargo, para complacer á los extranjeros, pensaba instalar una ducha. ¡Lástima de dinero!

--Dile á Valentín--exclamó el boticario--que si las pesetas le hacen cosquillas las emplee en ensancharnos el saloncito de tresillo, y se lo agradeceremos todos.

Don Juan Manuel preguntó á don Niceto el resultado de la querella que don Arístides, propietario del tejar _La Honradez_, tenía entablada contra Juanito, _el Manchego_.

--Hoy se ha celebrado el juicio--repuso el juez--, pero no hubo sentencia porque las circunstancias en que el demandante apoya su denuncia no están bien probadas. Ya le conocemos; por pleitear pleitearía con un árbol. Dice don Arístides que á una yegua inglesa, muy buena, que tiene, la acaballó un potro de Juanito _el Manchego_ hallándose la yegua sudada; que _el Manchego_ la echó el potro para dañarla, pues, según parece, él y don Arístides se llevan mal, y la yegua hubo de asustarse y con la impresión se la cortó el sudor y desde entonces está enferma. Por daños y perjuicios pide seis mil pesetas. Claro es que Juanito se defiende diciendo que si la yegua se escapó y vino á buscar al potro, ó si éste rompió el acial y se fué en busca de la yegua, él no tiene culpa, pues son accidentes inevitables y fortuitos. También asegura que la yegua no está enferma de pasmo, sino de alguna mala hierba que ha comido. Martínez, como perito, habrá de decirlo.

Este diálogo trajo al espíritu de Fernández Parreño el recuerdo de las dos potrancas que aquel año deseaba llevar á la cubrición. Don Juan Manuel poseía en su finca «La Evarista», así llamada para rendir público testimonio de adhesión y fineza hacia Evarista Garrido, su amante y heredera, una excelente monta con magníficos caballos padres y burros garañones andaluces de lozana estampa y extremado poder, que anualmente, desde que comenzaba la cubrición á primeros de Marzo, hasta fines de Junio, allá por San Juan, producíanle muy generosos rendimientos.

--¿Cuándo quiere usted que lleve las potras á cubrir?--preguntó don Elías.

--Cuando usted guste. ¿Están en sazón?

--Desde hace tres días. Pero, ya sabe usted que, por ser mis yeguas primerizas, tengo derecho á elegir semental...

Mientras se servía otra copa de ron, don Juan Manuel tuvo un gesto de desprendimiento y elegancia.

--Le asiste á usted, amigo don Elías, efectivamente, ese derecho de elección; pero aunque así no fuese, por ser usted quien es y por nuestra buena amistad, en mis tierras de ese y de cuantos fueros y pragmáticas necesite puede usar.

Agradeció Fernández Parreño tan generoso ofrecimiento, y prometió enviar al día siguiente las dos potrancas á la parada. Convenía aprovechar la bonanza del tiempo, pues la experiencia habíale demostrado que los días nublados no son propicios á la cubrición.

--¿Usted irá?--preguntó el diputado.

--Seguramente.

--Si quiere usted, puedo llevarle en mi tartanita; iríamos juntos y le enseñaría el último garañón que he comprado. ¡Merece verse!...

Esta conversación, tanto por la misma salsa picante de su asunto, como por el interés que estos episodios de la existencia rústica inspiran á cuantas personas viven del campo ó muy cerca de él, apasionó á los circunstantes. Para los vecinos de las aldeas, la noticia de un pedrisco, la época de la jifería, el júbilo verde de los bancales enlucidos con los primeros brotes de la cosecha próxima, la preñez de las ovejas ó el alumbramiento de una vaca, revistieron siempre importancia excepcional.

Don Elías explicó las condiciones de sus yeguas, su complexión, su edad y el empleo que daría á las crías. En relación con todo esto, quería para la potranca negra á «Temerario», garañón alazán; y, para la potranca rodada, á «Pensativo», soberbio ejemplar de ruchos cordobeses.

Don Juan Manuel sonreía petulante.

--Este doctor sabe escojer. Si entendiese de medicina como de animales, podíamos cerrar el cementerio.

El ejemplo de Fernández Parreño suscitó en los oyentes ideas de codicia. Don Artemio Morón tenía una pollina joven, ociosa desde hacía dos años. Don Niceto habló de su yegua.

--Pues anímense ustedes--exclamó el diputado--y vénganse mañana temprano con nosotros. Pasaremos un buen rato. Además, ahora la cubrición está en su apogeo, y á ustedes les conviene que la monta se realice antes de que los machos empiecen á cansarse.

Por burla, Luis Olmedilla dijo que aquella invitación se la dictaba á don Juan Manuel el interés. Cobraba el diputado las cubriciones á setenta y aun á ochenta reales, y como á su acaballadero acudían todas las yeguas y pollinas de los alrededores, las ganancias de la faena reproductora alcanzaban á mucho. Así, la parada de La Evarista constituía una especie de mancebía, de la que don Juan Manuel Rubio era amo y alcahuete. El dudoso gusto de la broma no hizo mella en aquél, que la arrostró bravamente, salpresándola con atrevidos donaires y uniendo sus risas á las de todos.

A la hora de cenar la reunión se disolvió, marchándose cada cual á su casa, pero prometiendo volver á entrevistarse luego en el Casino, para determinar bien el sitio y momento en que á la siguiente mañana habían de reunirse.

De esto trataban á última hora, cuando don Gil Tomás, que después de pasar la velada en un ángulo del salón y leyendo periódicos, se restituía á su domicilio, se acercó á la tertulia.

--Buenas noches, señores...

--Buenas noches, don Gil.

Hicieron ademán de brindarle una silla.

--Muchas gracias. Voy ya de retirada.

Bajo la claridad de las lámparas y entre la blancura del mármol de las mesas, parecía un pelele con su cabeza de amarillez azafranosa y su cuerpo de hombros caídos y estrechos. Fernández Parreño le explicó de qué se trataba y don Gil mostróse propicio á conocer lo que, por falta de ocasión, nunca había visto, mas no consintió en que nadie se molestase yéndole á buscar. El, con mucho gusto, concurriría puntualmente adonde le dijesen. Discutieron el sitio mejor para citarse: unos proponían el Casino, otros la farmacia. Al cabo quedó concertado que don Juan Manuel iría, en su coche, á recoger al médico, que don Niceto y su hermano saldrían por su camino y á la hora que les pareciese, y que don Artemio aguardaría á don Gil en la botica, pero maniobrando todos activamente de manera de reunirse en La Evarista entre ocho y nueve de la mañana. En esta conformidad se separaron.

El acaballadero de La Evarista hallábase á poco más de tres kilómetros de la población, inmediato al camino de Puertopomares á Torres de la Encina, y en el hondón formado por dos alcores sembrados de olivos. Era un vasto corralón circuído por densas acitaras de mampostería, altas como de dos metros, donde se apoyaba un cobertizo bajo del cual los gañanes ponían las carretas y otros aperos de labranza al resguardo de la lluvia. Junto á una piedra redonda, de las empleadas en las aceñas, y que con industria fué convertida en pesebre, relinchaba furioso el caballo «catador», destinado únicamente á examinar si las hembras que iban llegando estaban ó no en sazón de ser cubiertas. El pobre animal, los ojos alocados, los belfos espumeantes, erizada la crín, trepidante de un furor genésico exacerbado á cada nueva cata y siempre insatisfecho, atabaleaba el suelo y corajudo se mordía los ijares.