El misterio de un hombre pequeñito: novela
Part 14
Toribio fué quien halló el trozo de leña, largo como de un metro, recto y macizo, que necesitaban, y con él regresaron ambos á la cocina. Tenían trastornada la color de los rostros; el frío de la cruda emoción que les dominaba, unido al de la noche, les hacía temblar. El bujero miró al reloj de pesas que latía en un ángulo de la estancia: iban á ser las once.
--A las doce--dijo--la primera parte de la faena debe estar concluída.
Descolgó una hachuela corta y bien afilada, con la que certeramente empezó á modelar el tarugo, dejándole en uno de sus extremos todo su volumen, y reduciendo y adelgazando el opuesto de modo de poder empuñarlo fácilmente. Pronto el zoquete, que era de encina, quedó transformado en maza; un enorme as de bastos parecía. Satisfecho, Toribio lo agarró por su parte flaca y levantándolo en alto hízolo girar sobre su cabeza. Las virutas que arrancó de él, Rita había tenido la asotilada precaución de arrojarlas al fuego, y así, cuando la faena concluyó, el suelo estaba limpio. Toribio preguntó:
--¿Quedó bien cerrada la puerta de la calle?
Rita fué á asesorarse. Efectivamente los dos cerrojos que la defendían estaban echados, y para que nadie, desde fuera, pudiese espiarles, la mujerona tapó con una miga de pan el hueco de la cerradura.
Entonces _los Rojos_ volvieron al patio. El propósito de desherrar la mula ofrecía dificultades y hasta peligros, tanto por la arisca condición del animal como porque necesitaban maniobrar á oscuras y callando.
--¿Por qué no desherramos al burro?--insinuó la mujer.
Y él, imperativo:
--No; tú, cállate; yo sé lo que digo: la mula es mejor.
Penetraron bajo el cobertizo de la cuadra. Toribio marchaba delante; llevaba en la mano unas tenazas de las que usan los veterinarios en su oficio; se acercó á la mula y comenzó á acariciarla el cuello y las ancas. Procuró dar á su voz, destemplada por la vesánica tensión de sus nervios, una inflexión dulce:
--Pascuala, Pascualita... ¿qué tiene Pascualita?...
El bruto, cuya alborotadiza condición había empeorado desde que estuvo en riesgo de quemarse, amusgaba las orejas y miraba á su amo con ojos brillantes de recelo. Toribio le echó por la cabeza un acial que sujetó á una argolla. Rita se había quedado un poco atrás.
--Yo no veo nada--dijo--; preciso será traer luz.
El consintió. Marchóse la mujerona y tardó bastante en traer bajo el delantal un farolillo de aceite que puso en el suelo y tras unos serones, para amortiguar su claridad. Sobre el estiércol, un temeroso enjambre de arañas, garrapatas, escarabajos, cucarachas y hormigas, huía de la luz. La mula comenzó á titubear los secos cuadriles con inquietud.
--Tú la levantas una de las patas--ordenó Toribio--y la sujetas bien; no tengas miedo.
--¿Y por qué no la desherramos una mano? Es más fácil.
--Es más fácil, pero luego sería peor; yo me entiendo. ¡Anda!
Ella, que no medía toda la sutilidad infernal del plan que su hermano iba devanando, repuso:
--También podríamos clavar en la maza una herradura nueva, pues que todas, nuevas y viejas, son del mismo tamaño, y ahorraríamos tiempo y faena. ¿No te parece?...
El vaciló, vencido momentáneamente por la lógica de aquella sencilla observación. Añadió, Rita:
--Así concluiríamos antes.
Pero al momento Paredes se rehizo y su reacción tuvo la violencia de una fe inquebrantable.
--¡No... no! ¡De ninguna manera! ¡Lo haremos todo según me lo ha dicho don Gil!...
La intervención bruja del hombre pequeñito en el curso de aquel drama, decidió á Rita. Sin decir palabra cogió un trozo de cuerda que, dispuesto en forma de nudo corredizo, enlazó á la pata derecha de la mula. Asustada ésta empezó á moverse, piafando y dando furiosos tirones del acial. Fue preciso dejarla. Toribio, de nuevo, empezó á tranquilizarla con la voz:
--Pascualita... Pascuala... rica; no tengas miedo...
Cuando la comprendieron más sosegada, Rita volvió á trabarla de la pata, que levantó y sujetó debajo de su brazo derecho, de modo que la rótula ó babilla quedaba detrás y á la altura de su hombro. Sobre su muslo, y vuelto hacia arriba, descansaba el casco. La mujerona, de espaldas á la bestia, resistía vigorosamente sus impacientes sacudidas; con el esfuerzo sus manos hombrunas estaban rojas y crispadas.
Hábilmente Toribio Paredes procedió á quitar la herradura. Con las tenazas agarraba bien la cabeza del clavo, tiraba hacia abajo y lo extraía con un chirrido breve.
--Fíjate--dijo á su hermana--en que falta un clavo aquí, á la izquierda.
--Bueno...
--Acuérdate de cual es, luego, para dejar el hueco.
--Bien, bien...
Mataron la luz y regresaron á la cocina. Arrodillado en el suelo, Toribio procedió á clavar la herradura en la parte más gruesa del zoquete y de modo que la lumbre quedase hacia abajo, para que la huella, del mazazo revistiera todas las apariencias de una coz. Asimismo tuvo la precaución de no poner el clavo que echó de menos al desherrar la mula. Juzgando su obra bien concluída, murmuró:
--Estamos listos.
Miró el reloj; las doce y media eran pasadas. Casi de un brinco púsose en pie:
--Vamos...
Su figura crecida y angulosa, y su brazo derecha armado y desnudo hasta el codo, rimaban siniestramente. Avanzó algunos pasos y se detuvo:
--Lleva una toalla para taparle la boca, si gritase...
XVI
Rato hacía que Frasquito Miguel, recobrado de su desmayo, pugnaba por levantarse. Su conciencia había encendido todas las luces y sostenía un pavoroso monólogo. Recordaba los incidentes que concitaron contra él los desatados furores de sus familiares, la homicida vehemencia de Toribio al apuñearle y patearle, y la terrible hipocresía de su hermana. Aquellas frases, cariñosas, aquellas exclamaciones de misericordia y emoción gritadas por la mujerona para que los vecinos que hubiesen oído los lamentos del supliciado los atribuyesen, no á un castigo, sino á una cura dolorosa, empavorecían al señor Frasquito. Acababa de comprender á los Paredes capaces de todo, hasta del crimen, y así, no obstante la coyuntura de postración y flaqueza en que le habían dejado, á todo trance quería huir. Sentíase inerme, débil como un niño, y á merced de dos fieras.
--Les estorbo--pensó--; quieren acabar conmigo, para robarme...
El silencio de la habitación, la blancura de los muros, el frío de la almohada que mojaron la sangre de sus heridas y el sudor de sus ansias, hasta la misma luz apacible del quinqué sin pantalla, acrecentaban su terror. Levantando la cabeza procuró espiar los ruidos de la casa. Oyó en el patio murmullo de conversaciones y de golpes; en la cuadra, los animales parecían inquietos. Después hubo un silencio; luego reconoció los pasos de Rita y de su hermano que iban y venían. Tuvo el señor Frasquito la visión neta, horrible, de que estaban abriendo una zanja para enterrarle.
--Temen que mañana les acuse, y piensan hacerme desaparecer...
Esta idea acució sus deseos de fuga: por la ventana enrejada no era posible escapar; de consiguiente, había de salir á la calle por la puerta, aprovechando un descuido de los que, indudablemente, le vigilaban. Merced á un titánico esfuerzo consiguió incorporarse; la cama producíale espanto; que le matasen, bueno, pero hallándose él de pie; acostado, no.
En aquel momento, por dos veces, chirrió la cerradura y abrióse la puerta. Los hermanos Paredes entraron. Toribio iba delante y con los brazos cruzados atrás, como si ocultase algo. Rita llevaba al hombro una toalla. Aquel trapo blanco asocióse instantáneamente en el espíritu del señor Frasquito á una idea de crimen, á una visión de sangre derramada, de sangre suya, que sería necesario limpiar. El desdichado quiso defenderse. No pudo. Sin decirle palabra, Rita brincó sobre él y, cubriéndole la boca con la toalla, plegada en forma de zurriago, le sujetó fuertemente. Luego, tirando de ambos extremos de la mordaza, como de una brida, sacó á la víctima arrastras del lecho. Cayó Frasquito Miguel pecho arriba, los brazos inertes, las flacas piernas extendidas y lacias.
Toribio entonces, parado delante de él, inclinado el cuerpo en la actitud reverente de los segadores, por dos veces bajó y subió la maza que esgrimía á dos manos sobre la cabeza del caído: aseguraba el golpe. Rita, arrodillada junto á Frasquito para impedirle todo movimiento, volvía la cara esquivando las probables y nauseabundas salpicaduras del sacrificio. Toribio, de pronto, se decidió á herir; un estremecimiento asesino sacudió su cuerpo; al unísono sus músculos enjutos vibraron; la contracción de los maseteros apretó convulsivamente sus mandíbulas y desnudó los dientes; puso las piernas en flexión, sus lomos tremaron, sus manos crispáronse frenéticas sobre la empuñadura de la maza que descendió irresistible, semejante á un martillo de fragua. La muerte del señor Frasquito fue instantánea; el porrazo le deshizo el ojo y el pómulo izquierdo, y revuelta con la sangre la materia encefálica comenzó á salir. Sobre el arco superciliar horriblemente hundido, los hombros de la herradura grabaron un medio círculo que primero fue rojo y luego negro.
--Vamos con él--masculló Toribio--, vamos pronto, antes de que se manche más el suelo...
--Pero hay que vestirle--observó Rita.
--¿Para qué? No hace falta. Mejor está así.
Le cogió por los sobacos y ella de los pies, y salieron de la habitación; pesaba muy poco; su rota cabeza pendía hacia atrás; llevaba los brazos extendidos y las manos inertes rozaban el suelo; el muerto cuerpo unas veces se encogía y otras se estiraba, según los que le llevaban se acercasen entre sí más ó menos. De este modo el fúnebre convoy llegó á la cuadra. El cadáver, sin otra ropa que una camiseta y el calzoncillo, y con los pies desnudos, fue depositado sobre el estiércol. Inmediatamente los Paredes regresaron á la cocina: ella, á encender nuevamente el farolillo; él, á quitar la herradura de la maza y reponerla en su sitio. Aquel agitadísimo trajín les tenía desemblantados y con las sienes empapadas en frío sudor. Toribio miró al reloj y sorprendióle que aun faltasen minutos para la una; los instantes que siguieron al asesinato del señor Frasquito habían tenido en su espíritu inacabable duración; él hubiese jurado que estaba amaneciendo.
Los dos criminales volvieron á la cuadra, dejaron la luz donde antes y procedieron á reherrar la mula. Esta vez trabajaban con más desembarazo y diligencia, porque la decisión que les impelía era mayor. Rita sujetaba al animal, y Toribio manejaba el martillo con raro tino; los martillazos sonaban poco; los redoblones, enderezados previamente, entraban sin dificultad en sus claveras. De pronto, la lividez _del Rojo_ aumentó; su hermana creyó que iba á perder los sentidos; el miserable palidecía de miedo; recordaba que la herradura tenía todos sus redoblones, menos uno, y no sabía cuál.
--El primero de la izquierda--repuso Rita.
--¿Estás segura?--balbuceó él--Fíjate bien: hay que dejar la clavera libre; de lo contrario, podría descubrirle el engaño. Fíjate. Nos va en ello la vida...
Pero la mujerona no titubeaba:
--Sé lo que digo; el clavo que faltaba era el primero del hombro izquierdo; corresponde á la izquierda tuya... ¿no comprendes?...
El rememoraba la escena del desherraje, y cómo puso en la maza la herradura. Al fin, las imágenes emborronadas se diafanizaron; vió limpio y alentó satisfecho; aquel último detalle le aseguraba la inmunidad.
--¡Tenías razón!--exclamó.
En un santiamén la operación quedó concluída.
Después cogieron el cuerpo de Frasquito y lo acostaron boca arriba, junto á las patas traseras de la mula. La obsesión de Toribio Paredes era poder justificar, ante el público, las magulladuras que sus manos y sus pies iracundos causaron en la víctima; para esto era indispensable que la mula patease bien sobre el cadáver. Con su cuchillo Toribio empezó á hostigar á la bestia en los hijares. Rita presenciaba el odioso drama sin quitar los ojos del muerto, cuya cabeza, amoratada, comenzaba á hincharse horriblemente. Paredes continuaba acosando al animal, que volvía la cabeza para mirar á Frasquito Miguel, á quien demasiado conocía. Extrañaba, sin embargo, su actitud y su inmovilidad, y acrecentándose esta extrañeza pronto se exacerbó y fué pavura. Quiso huir y, tropezando con la pesebrera, ladeó el cuerpo; retrocedió luego y pisó el cadáver; sus cascos hundiéronse muchas veces en el pecho y en el vientre del muerto. Por la boca lívida, desquijarada, del señor Frasquito, manaba un hilo de sangre negra.
Toribio murmuró:
--Todo ha salido bien; ahora, vámonos á dormir.
De súbito, hizo un gesto alegre; el gesto del pintor que ha visto una pincelada maestra, y añadió:
--Espera aquí...
Marchóse para traer la botella del aguardiente, cuyo contenido derramó en el suelo; la botella, casi vacía, la dejó cerca del cadáver. Este ardid induciría á las gentes á creer que el señor Frasquito, cuando la mula le mató, estaba borracho. Después, siempre medio á oscuras y con gran sigilo, abrieron un hoyo en el patio para esconder la maza; disimularon la tierra removida bajo un montón de palos, ladrillos y trozos de cascote; después borraron escrupulosamente las manchas de sangre diseminadas por el dormitorio y en la cocina, y según fregaban iban restañando la humedad de lo limpiado. Últimamente pisaban sobre aquellas señales de pulcritud que dejó la aljofifa, ensuciándolas de modo que no se conociesen. En seguida se lavaron las manos, deteniéndose en quitarse los bordes rojos de las uñas. Terminada, en fin, la operación, mal concluída casi siempre, de desvanecer esos incontables rastros que el criminal va olvidando tras sí, los Paredes se retiraron á sus alcobas respectivas. Los niños dormían sosegadamente. En el recogimiento de la casa, el drama parecía no haber dejado huella.
Antes de separarse, Toribio cogió á su hermana por un brazo, atenaceándoselo como si aquel dolor contribuyese á grabar sus palabras en el remiso discernimiento de la mujerona.
--Mañana--dijo--, apenas te levantes, sales al patio, ¿entiendes?... sales al patio, entras en la cuadra é inmediatamente empiezas á gritar y á pedir socorro de manera que todos los vecinos te oigan.
Ella hizo con la cabeza un signo negativo. El inquirió:
--¿Por qué?
Tenía su insistencia una vehemencia de amenaza. Rita continuaba negando. Ahora, después de cometido el crimen, la horrorizaba la idea de ver á la luz del sol la cabeza violácea y tumefacta, del señor Frasquito. Seguramente no podría resistir tan espantosa emoción.
--Es mejor--se atrevió á decir--que te levantes tú primero.
--¿Para qué?
--Tengo miedo...
--¡Qué miedo ni qué porra!--masculló el pañero--¡Te mato como á él si no haces lo que mando! Siempre, en todas las casas, las mujeres son las que más madrugan. Por eso mañana, como de costumbre, te levantas la primera. Luego, á tus voces, saldré yo.
No replicó la mujerona, y se separaron. Ya acostados, las horas transcurrían sin que ni ella ni él pudiesen dormir. La hiperestesia de sus nervios daba mayor sonoridad á todos los ruidos. El murmullo del río parecía más fuerte. Empezaron á cantar los gallos. En el silencio, cada vez que oían removerse á la mula, pensaban en el cadáver tirado sobre el estiércol, magullado bárbaramente bajo las patas del arisco animal. Rita, lívida de terror, se tapaba la cabeza con las mantas.
Pero amaneció y con la llegada de la luz solar, de la luz franca, rotunda y enemigas de fantasmas, de la luz que nunca tuvo miedo, los dos hermanos recobraron su serenidad.
Ya dueña de sí la mujerona, á la hora de costumbre, brincó del lecho, fue al patio y apenas entró en la cuadra prorrumpió en estridentes y atronadores alaridos. Sus estentóreos gritos desgarraban el azul.
--¡Frasquito Miguel!... ¡Frasquito Miguel!... ¡Frasquito de mi alma!... ¡Virgen Santísima... mi Frasquito ha muerto!... ¡Socorro, socorro!... ¡¡Socorro!!...
Desmelenada, los brazos en alto, al aire los senos, trastornados los ojos, escapó hacia la calle, solitaria y bañada ufanamente en el claror blanco de la mañana. Allí sus voces y aspavientos redoblaron.
--¡A mi Frasquito le han matado! ¡Han matado á mi Frasquito Miguel!... ¡Socorro!... ¡Socorro!... ¡Han matado á mi Frasquito Miguel!...
Casi á la vez varias puertas se abrieron; tras los cristales de las ventanas aparecían semblantes curiosos y atónitos, ojos deslumbrados, cargados aún de sueño. Mujeres y hombres, á medio vestir, todos compadecidos y solícitos, salieron á la calle en tropel y rodearon á Rita.
--¿Qué pasa, qué sucede?--preguntaban.
Ella no respondía y desparramaba sus miradas á un lado y á otro, como si la desesperación la enloqueciese. Ninguna actriz, ni aun la más ilustre, hubiese podido representar mejor su papel. ¿De dónde aquella mala hembra, inculta y torpe, podía sacar tan perfectos recursos? ¿Qué increíble inspiración de comedianta se los dictaba? El sol doraba sus cabellos enmarañados. Sobre su pecho árido, bajo la chambra entreabierta, los senos flácidos colgaban tristes y parecían resbalar como lágrimas. Su elevada estatura sobresalía en medio del grupo de curiosos. Fuera de sí, comenzó á mesarse los cabellos, á torturarse los brazos, y llegó á morderse los labios tan sinceramente que la sangre brotó.
En aquel momento, desnudo de medio cuerpo arriba, descalzo y ajustándose los calzones, apareció Toribio.
--¿Qué sucede--decía--, qué sucede?...
Su cabeza roja y minúscula estaba nimbada de espanto. También el miserable era un soberbio actor. La mujerona le abrazó llorando.
--Frasquito ha muerto... ha muerto...
--¿Cómo?... ¿Que ha muerto Frasquito?
--Sí... le ha matado la mula...
Toribio ensanchaba los ojos; no comprendía; su frente demudada tenía la blancura del papel.
--¿La mula le ha matado?... ¡No es posible!...
--Sí, le ha matado. En la cuadra está... yo le he visto..., le he visto... ¡le he visto!...
Gradualmente bajaba la voz y se inclinaba hacia el suelo, enarcando las cejas horrorizadas, cual si aun tuviese el cadáver delante. Toribio corrió hacia la casa, todos le imitaron y en nervioso tropel llegaron al patio. Rita, á quien las mujeres sostenían porque estuvo á punto de sufrir una congoja, tambaleándose les siguió también. Sus hijos, despertados por el tumulto, acudieron á ella; los mayores, adivinando una desgracia, se agarraron á sus faldas, llorando.
--Mamá... ¿qué ha sucedido?... ¿Por qué lloras, mamá?
Rita les miraba sin responder; hipaba y tenía en la lividez de sus mejillas dos manchitas rojas. Sus ojos carecían absolutamente de expresión; diríase que el miedo y el dolor habían limpiado su espíritu de ideas, de recuerdos y hasta de palabras. Una vecina se apresuró, con franqueza brutal, á informar á los niños de su infortunio.
--Es que vuestro padre ha muerto; ya lo sabéis. Ahora, marcharos, por ahí...
Los muchachos, á coro, rompieron á llorar.
En el patio los vecinos se detuvieron; eran muchos y á cada momento, en grupos, llegaban más; apenas podían rebullirse. Los que primero acudieron permanecían inmóviles ante el cobertizo de la cuadra, contenidos por un sentimiento de terror, y con sus espaldas resistían el avance de los que estaban detrás y para ver se ponían de puntillas. Únicamente Toribio Paredes tuvo valor para arrojarse sobre el cadáver de su cuñado y sacarle de entre las patas del animal. La mula, asustada por la presencia de tanta gente, volvía la cabeza donde sus ojos negrísimos fulgían de espanto. El cuerpo del señor Frasquito quedó tendido pecho arriba, la cabeza hacia el muro y mostrando así las plantas, endurecidas por el trabajo, de sus pies.
Abriéndose camino por entre la concurrencia, Rita se acercaba; la sangre que manaba de su labio mordido, la había manchado el corpiño; su menton rojo formaba con la amarillez hipocrática de los pómulos y de la frente, una disonancia de pesadilla. Al ver el cadáver empezó á gritar:
--¡Frasquito de mi alma, Frasquito de mi alma!...
Demostró perder el conocimiento. Cayó hacia atrás, rígida, y su cabeza pequeña rebotó contra el suelo. Varias personas caritativas la empuñaron por los brazos y arrastras la llevaron hacia el interior de la casa. Las mujeres gritaban:
--¡Dadla á oler un pañuelo empapado en vinagre!
Y otras:
--¡Mejor es ponerla una llave sobre el corazón!...
--También es bueno tirarla del dedo mayor, de la mano izquierda...
Los chiquillos contemplaban á su padre, fluctuando entre la pena, el cariño filial y el miedo supersticioso que les inspiraba aquel cuerpo rígido. Solamente Deogracias se atrevió á arrodillarse delante de él.
Los circunstantes no cesaban de hablar; charlaban todos á la vez esforzándose en explicarse mutuamente aquella desgracia. Sin atreverse á tocar al difunto, muchos le reconocían la cabeza, donde debió de recibir, según todas las apariencias acreditaban, el golpe que le quitó la vida. La sucinta indumentaria del cadáver y la posición en que fue encontrado, decían que el señor Frasquito hubo de levantarse de noche para ir á la cuadra, y al pasar junto á la muía, ésta le dió una coz.
Una vecina manifestó que la víspera, á última hora de la tarde, había oído quejarse desesperadamente al señor Frasquito, y á Rita prodigarle frases de maternal consuelo. Y agregó:
--Yo pasaba por la calle y me detuve á escuchar. Desde luego supuse que al pobrecillo estarían curándole.
Toribio Paredes ratificó las palabras de aquella mujer. Su cuñado, que estaba enfermo de gota, se había agravado y fué necesario friccionarle el vientre y las rodillas con alcohol; aquel masaje le produjo dolores desacostumbrados y le arrancó ayes terribles.
Con notable naturalidad añadió:
--Esta madrugada, entre sueños, me pareció oir ruido en la cocina; pensé que era mi hermana y ni siquiera abrí los ojos; pero debía de ser él, que iba á la cuadra.
Nadie dudaba; las explicaciones aportadas por unos y otros, parecían á todos muy concertadas y en su punto. Pero, ¿qué pudo ir á buscar á la caballeriza, á tales horas, el señor Frasquito?
--Yo creía--insinuó un vecino--que el pobre, reumático como estaba, no podía moverse.
Toribio replicó:
--No; mi cuñado caminaba mal; andaba con trabajo, agarrándose á las paredes, como los niños pequeños, pero andaba...
--¿Y qué supone usted que fuese á hacer en la cuadra?...
El pañero se encogía de hombros; sus ojos divagaban; todas sus actitudes eran las del individuo que naufraga en un mar de conjeturas y vacilaciones. Largo rato, desoyendo la garrulería de tantos diálogos, permaneció absorto. Hubo momentos en los cuales pareció que, no obstante su entereza, iba á llorar. Pasados unos minutos, Toribio juzgó llegada la ocasión de fijarse en la botella del aguardiente, que, por una casualidad favorable, la mula había roto. Cogió uno de los añicos, el más grande, y con aire inquisitivo se lo acercó á la nariz.
--Esto--dijo--huele á aguardiente.
Los que le oyeron, repitieron preguntando:
--¿Huele á aguardiente?...
--Sí...
Su cara se iluminó.
--¡Ya sé, ya me explico lo sucedido!...