El misterio de un hombre pequeñito: novela

Part 13

Chapter 133,838 wordsPublic domain

El recuerdo del enano volvía á estremecerla, y se tapó los ojos.

--¡Qué miedo! No quisiera acordarme... ¡Qué miedo!...

Y seguidamente, cambiando de tono:

--¿A ti no te duele el corazón?

--Nunca.

--¿No estás enfermo de nada?

El afirmó petulante.

--Tengo una salud de toro. ¿No lo sabes?...

Bromearon y rieron mucho. Ella, sin embargo, de cuándo en cuándo se quedaba triste y le miraba con aterradas pupilas. Las terribles palabras agoreras de don Gil, martirizaban su memoria: «Manuel Peinado morirá esta noche, á la una en punto...»

Interrogó supersticiosa:

--¿Te irás temprano?

--No, como siempre. ¿A qué viene eso?

--No sé; pero... tengo miedo. Presiento algo malo. Es mejor que te marches.

El la oprimió contra su pecho, y habiendo sido muy feliz, abandonóse al quebranto del deseo cumplido y cerró los párpados. Su respiración tornóse tranquila. Doña Elvira le llamó suplicante:

--Tengo miedo; abre los ojos, Manuel... ¿Oyes?... Abre los ojos. Cuando los cierras me parece que me quedo sola.

Peinado hizo un ademán de impaciencia:

--Déjame, mujer; déjame dormir. Estoy cansado.

Pero ella, por momentos más inquieta, le daba golpecitos en las mejillas para despabilarle, y con los dedos suavemente trataba de obligarle á levantar los párpados.

--No te dejo dormir; necesito verte los ojos... Si no quieres hablar, no hables, pero necesito verte los ojos.

No contestó él, ni por su semblante pasó gesto alguno. De pronto ella sintió que los brazos con que su amante la tenía sujeta, se aflojaban. Doña Elvira exclamó, conteniendo un grito:

--¡Manuel!...

Peinado no respondió; tenía los labios entreabiertos y por su cara acababa de extenderse una rara palidez. La joven repitió:

--Manuel...

Se incorporó y le palpó la frente; bajo su mano aquella carne, por instantes, parecía enfriarse. La cabeza de Manuel Peinado, perdiendo el equilibrio, resbaló inerte por la almohada. Doña Elvira, fuera de sí, le auscultó el pecho; el corazón no latía; le buscó los pulsos y no los halló. Rápidamente, los brazos, el cuello, la cara de aquel hombre, iban helándose. La joven cruzó las manos, como si rezase. Dentro de ella una voz murmuraba:

«Ha muerto... Está muerto...»

Sin hablar, con una extraña energía, brincó al suelo, se envolvió en una bata y salió al gabinete, donde una luz había quedado ardiendo. Sobre la chimenea, dentro de un fanal, brillaba un viejo reloj de bronce, estilo Imperio, y en el silencio aquel reloj, parado desde tiempo inmemorial, vibró una vez. Las manecillas, sin embargo, señalaban otra hora. Devorada por el enigma, doña Elvira, en vez de huir, se precipitó hacia él, para convencerse de si andaba. Pero nada oyó; el reloj, como siempre, permanecía callado, inmóvil, semejante á un muerto. Nadie penetraría su misterio; nadie sabría por qué cantó su campana.

Escapó doña Elvira de la habitación; más que su miedo al cadáver la impulsaba el deseo de poner su reputación al abrigo de murmuraciones. Era necesario desvanecer el rastro de su delito, evitar el escándalo, salvarse. Llegó al aposento donde sus azafatas dormían, y yendo desatentada de un lecho á otro, las despertó:

--Margarita... Lorenza... Margarita... pronto...

En un santiamén estuvieron en pie y medio vestidas.

--¿Qué sucede?...

--Venid conmigo, venid...

Asustadas y restregándose los ojos, siguieron á su ama.

--¿Qué sucede?

--Silencio; hablad bajo...

--¿Se ha puesto enfermo don Manuel?

--No sé; quizás esté difunto; no sé. Tenéis que ayudarme á sacarle de aquí.

Lorenza y Margarita, con ese valor peculiar de las mujeres en los grandes peligros, replicaron:

--Lo que usted disponga, eso haremos.

Entre las tres vistieron al muerto, y, casi arrastras, le llevaron al jardín. Después, bajo el pavor de la noche sin luna, todas, en grupo, caminaron jadeantes largo rato por la carretera. Era una visión bíblica; la visión del Santo Entierro. A lo lejos los perros aullaban.

A la mañana siguiente, á menos de un kilómetro de Puertopomares, unos arrieros encontraron el cadáver de Manuel Peinado al pie de un árbol. Y meses después la opinión pública comenzó á decir que no fué en medio del campo, sino en la alcoba y en la cama misma de doña Elvira, donde falleció, y que su muerte la había vaticinado don Gil Tomás.

XV

Hacía mucho tiempo, cerca de un año, que los Paredes, obligados por su codicia y los consejos infames de don Gil, decidieron asesinar á Frasquito Miguel. Pero, ¿á qué sutilísimo ardid recurrir para que su homicidio no dejase acusadores vestigios? Matar al pobre paralítico, indefenso y confiado, no ofrecía dificultad ni riesgo; lo peligroso empezaba más tarde. El vecindario preguntaría por él. ¿Cómo justificar su desaparición? ¿Dónde inhumar el cadáver?...

Casi á diario, en voz muy baja, mientras comían, Toribio y su hermana hablaban de esto: era un propósito que volvía á ellos cotidianamente con la oscuridad de los crepúsculos, y que sus espíritus, tan aireados y sueltos de intenciones como herméticos de mollera, no sabían llevar á termino.

Empeoraba la criminal disposición de sus ánimos la enfermedad del señor Frasquito, de día en día más inútil. Apenas salía del lecho, y cuando lo dejaba era aprovechando los momentos en que Rita y Toribio se hallaban ausentes: entonces, arrastrando los torpes pies, apoyándose en los muebles, dedicábase á buscar la botella del aguardiente, y aunque sus familiares la escondían, su instinto zahorí de borracho siempre daba con ella, unas veces en la cocina, otras en el arcón de la ropa, ó en la cuadra, bajo el pienso de las pesebreras. La empuñaba y alborozadamente se la ponía en los labios: bebía con sed febril, bebía con rabia; aquel alcohol era el olvido, la paz, un alto en el dolor de sus huesos torturados. Luego, si podía, regresaba á su cuarto; pero, generalmente, le hallaban en el suelo, caído en la doble inmovilidad de la embriaguez y de la anquilosis. Sin esto era necesario tomarle en brazos á cada momento, ora para vestirle, ya para incorporarle en la cama y darle de comer; y como los colchones estaban siempre empapados en orines, el aposento adquirió una pestilencia nauseabunda. Aquel hedor, aquella miseria, aquella lenta pudrición, exasperaban á los Paredes; cuidaban del enfermo, pero bajo su aparente misericordia, sólo había asco y rencor. ¡Si se muriese! ¡Si una mañana, al entrar en su cuarto, le hallasen frío!... Este deseo infundía á todos sus ademanes una cruel aspereza, y cuando vestían al señor Frasquito ó le sentaban en una silla mientras le aderezaban y mullían el lecho, hacíanlo violentamente, á tirones y á golpes, con la torva esperanza de que estos malos tratos algo habían de contribuir á acortarle la vida. Frasquito Miguel, comprendiendo la inhumana crueldad de aquella familia pegadiza y de aluvión, dolíase amargamente de su mala fortuna, y á veces su pena era tan grande que se afeminaba y resolvía en llanto copiosísimo. A intervalos, según el hipar de su congoja se lo permitía, les improperaba:

--¡Asesinos... ladrones!... ¡Si tenéis peores entrañas que las fieras!... ¡Leche de tigres debió de daros á mamar vuestra madre!...

Ellos, por no oirle y perder la paciencia y con ésta el miedo á la justicia, salíanse de la habitación. La ira extendía por sus rostros el livor trágico, y sus ojos brillaban aceradamente. Temblaban, sin color, los labios.

--¿Eh?--rezongaban--¿qué te parece? ¡Vamos! ¡Que es muy duro dejarse insultar así!...

Una noche Toribio Paredes volvió á su casa de negrisimo humor; había perdido al tute, en el café de la Coja, ocho pesetas. Sin saludar á nadie, los ojos bajos, la estrecha frente cubierta de sombras de amenaza, tiró el sombrero á un rincón, y acercando con el pie un taburete á la mesa, se dispuso á cenar. Los niños, sentados enfrente de él, medrosos y hambrientos, le observaban. Rita había traído una cazuela abastada de un bien oliente guiso de carne, patatas y arroz. Toribio se sirvió una generosa ración, porque en él la cólera no excluía el apetito, y empezó á comer. No se acordó de los muchachos. Estos, sintiéndose olvidados, no sabían qué hacer. Francisco, el más pequeño, empezó á golpear temerariamente con su cuchara en su plato. Deogracias, María Luisa y Pepe, observaban una actitud neutral. De pronto Deogracias, el mayor, adoptó una resolución: levantóse y empuñó el cucharón, pero al retirarlo de la cazuela, como lo sacase muy colmado, volcó un poco de salsa sobre el pan. Furioso su tío le dió una bofetada que le tiró de la silla. Empezó á dolerse el muchacho con lastimeros ayes, boca arriba, según cayó, y las manos puestas en los riñones, ni más ni menos que si se los hubiera roto; y María Luisa, que era muy traviesa y aborrecía á Deogracias por primogénito, empezó á reir; con cuya discordancia Toribio Paredes se exasperó de modo que comenzó á repartir puñetazos y coces entre los chiquillos; los cuatro, revueltos como guiñapos, rodaron por el suelo.

El señor Frasquito, sentado á duras penas en su camastro, denostó agriamente á Rita que se le acercaba á darle de comer.

--¿Pero no oyes lo que el animal de tu hermano está haciendo con los niños? ¿Por qué les pega?

La mujerona se alzó de hombros. En aquel momento no se acordaba de Deogracias, el preferido, sino de los otros, los hijos de Frasquito, á quienes aborrecía casi tanto como á su padre.

--¡Mira--repuso--qué bien!... ¡Si acabase con todos!...

El enfermo no contestó; no podía apartar su atención de lo que sucedía en el comedor; la cólera, la espantosa cólera inútil de los paralíticos, le trastornaba el rostro en ráfagas alternativamente lívidas y rojas. Empezó á gritar:

--¡Toribio!... ¡Ladrón, más que ladrón!... ¡Déjales!... ¡Deja á los muchachos ó te doy un tiro!...

Rita procuró acallarle presentándole el plato de la comida.

--Vamos, toma y cállate ya...

Frasquito Miguel siguió vociferando:

--¡Toribio!... ¡Canalla!... ¡Asesino! ¡Maldito sea tu corazón! ¡Malditas tu sangre y la leche que te dieron á beber, y la luz que te entra por los ojos!... ¿Quieres no pegarle más á los niños?... ¡Así te quedes ciego... así el pan que comes, en la boca se te vuelva gusanos!...

Los insultos, gárrulos, sucios y coloristas, manaban de sus labios trémulos á borbollones, como el agua de una atarjea. En el aposento contiguo, los ruegos, gritos y sollozos de la chiquillería vapuleada, retumbaban desoladores.

--¡Tío, por Dios, por amor de Dios, no me pegue usted más!... ¡No me pegue usted más!...

Y el estrépito de las sillas removidas, de los golpes y de los cuerpos que huían, se entrechocaban y caían al suelo, daba una impresión de lucha. ¿Hasta cuándo iba á durar el tormento? El señor Frasquito, á pesar de sus dolores, intentó levantarse. Bramaba de coraje. Quería buscar su revólver.

--A ese miserable--repetía--le mato; ahora mismo le mato; no espero más: ¡Le mato!...

Su barragana, asiéndole por un brazo, le detuvo:

--Pero, ¿á dónde vas tú, semicadáver? ¿A dónde vas tú?... Toma, come y calla...

Le presentaba el plato. Pero el señor Frasquito, con un gesto soberbio, arrebatándoselo de las manos, lo estrelló contra el suelo. Las salpicaduras del caldo denso y oscuro del guisote, pintaron un ancho borrón sobre la pared encalada. Entonces fué Rita, la mujerona de los ojos pequeños y bermejos y de la boca saliente como hocico de lobo, la que, tremante de furor, empezó á gritar:

--¡Canalla, marrano, grandísimo cochino!... Después que no se puede aguantar la peste que echas!... ¡Cabrón!... ¿Así agradeces el pan que te damos, sin merecerlo, y cuanto estamos haciendo por ti?... ¡Si debíamos quemarte los ojos!...

El señor Frasquito pugnaba por levantarse, luchando con Rita que le tenía asido por los hombros. Aquellos esfuerzos y el daño que mutuamente se causaban enardecieron á los dos. Ella descargó sobre el enfermo varias bofetadas, á las que Frasquito contestó magullándola la nariz de un seguro y rectilíneo puñetazo.

--¿Creías que no podía defenderme?--barbotaba el pañero--; pues vas á echar los sesos por los oídos.

Y como la tuviese bien sujeta con una mano, con la otra la dió varios certeros golpes en el vientre y en los senos. Inclinada según estaba sobre el lecho, Rita comenzó á sangrar. Su valor flaqueaba.

En tan crítica sazón Toribio apareció; llegaba furioso. Así, al ver la escena, no se detuvo á inquerir sus motivos, ni siquiera á librar pacíficamente á su hermana, sino que, abalanzándose sobre Frasquito, comenzó á apuñearle con todas sus fuerzas, que eran muy grandes. Una idea absorbente, inexorable, la idea de matar, que tanto tiempo había acariciado su obtuso cerebro, en aquel decisivo momento frutecía y á la par le nublaba la conciencia y los ojos. A cada nuevo golpe de sus brazos, cuyo vigor cuadruplicaba el frenesí bárbaro de la cólera, Toribio Paredes murmuraba, los labios espumeantes:

--Toma... toma... toma...

El señor Frasquito, derribado pecho arriba, no se defendía; su rostro se amorataba y la almohada donde yacía su molida y ensangrentada cabeza, iba tiñéndose de púrpura. A los golpes salvajes de su cuñado, el infeliz respondía con ayes desgarradores. Rita permanecía suspensa, lívida, los brazos recogidos, las nudosas manos crispadas sobre su cabeza minúscula, de cabellos bermejos y alisados. Su voluntad desfalleció. Acababa de ver pasar la tragedia; comprendía que iba á cometerse un crimen, que nadie podría evitarlo, que la última hora del señor Frasquito había sonado. Entonces sintió miedo, frío; miedo á que las gentes que transitaban por la calle oyesen los lamentos del supliciado, y por ellos viniesen en averiguación y conocimiento de lo que sucedía; y entonces, en un repentino alarde de refinadísima hipocresía, empezó á gritar con compasivo y maternal acento:

--¡Vamos, Frasquito Miguel, no te quejes así, que eso no es nada! ¡No te apures, hijo mío, no te apures, pobrecito, ten paciencia, que el dolor te pasará pronto... ¡Déjate dar la untura!... ¡Déjate dar la untura, hombre!... ¡Aguanta un poco!...

Cegado por la cólera, Toribio Paredes, de súbito, ya no se satisfizo con golpear: quiso asesinar, destruir, cerrar aquellos ojos que le miraban á la vez empavorecidos y rencorosos, ahogar el treno de aquella boca que empezaba á torcer el dolor. Entonces se palpó los bolsillos, buscando un arma, y como no la hallase miró á su alrededor con una doble expresión de rabia y de loca angustia: necesitaba un puñal, un martillo, una hacha, una piedra... algo que le preparase á la muerte un fácil camino. Rita entendió á su hermano, pero no pudo auxiliarle; su cerebro estaba vacío y el terror se agarraba á sus pies como un grillete. Este diálogo brevísimo, diálogo sin palabras, duró el relámpago de una mirada. Toribio iba á coger al señor Frasquito por el cuello, que bríos sobrados tenía para arrancarle así, con las manos, su miserable vida; pero según se disponía á ello, recordó que la extrangulación deja señales precisas en la víctima, y el temor á la justicia le detuvo. Por su alma truculenta las ideas galopaban sin brida, y de refilón, en meditaciones breves como fracciones de segundo, la razón iba midiéndolas todas. Al fin, de un salto, trepó á la cama, y, cual si pisase uvas en un lagar, comenzó á patear sobre el derrengado cuerpo de su enemigo.

--¡Socorro!... ¡Que me matan!... ¡No puedo más!... ¡Me matan!... ¡Socorro!...--imploraba el infeliz.

A sus voces, Rita, que había cerrado la puerta del dormitorio temerosa de que los niños se asomasen á ella, respondía con otras mayores, de gran zalamería y piedad:

--¡Frasquito, no te pongas así!... ¡Ten paciencia..., ten paciencia!... ¡Ya verás cómo, con lo que estamos haciéndote, pasado un ratito no te duele nada!...

Sus palabras disimulaban una ironía horrible. Toribio, enloquecido, convulso, semejante á los brujos que danzaban en la epilepsia de los aquelarres medioevales ahincaba sus pies en las entrañas del caído. Un quinqué de petróleo, puesto sobre una cómoda, alumbraba la inaudita escena, y su luz arrojaba contra las paredes las extrañas contorsiones del asesino: las sombras de aquellas piernas inquietas y de aquellos brazos que alternativamente se abrían y cerraban para mantener el equilibrio del cuerpo, corrían por el suelo ó escalaban los muros como arañas. El lecho, que era endeble y de hierro, gemía bajo tan fiero trajín, y las doradas perinolas de sus pilares tintineaban marcando un ritmo. Era un cuadro de pesadilla.

--¡Que me matan!... No puedo más... me matan... ¡Socorro!...

Gemía desmayadamente el señor Frasquito. Y á la vez, consolando su pena, Rita gritaba:

--¡Eso no es nada, pobrecito! Ten valor... ¡Ya verás cómo luego te quedas dormido!...

La voz de la víctima, rápidamente, iba debilitándose, alejándose. Luego, por obra de los golpes que había recibido en el vientre, su boca se llenó de sangre. Desesperado movió la cabeza á un lado y otro, batallando contra la asfixia que la hemorragia le causaba, y sus palabras dejaron de ser inteligibles. Entre sus dientes su lengua se retorcía. De pronto, aquel barboteo cesó también y las manos se crisparon agoreras sobre las mantas. El señor Frasquito acababa de perder el conocimiento.

En el silencio que se produjo los dos hermanos miráronse aterrados. La mujerona susurró:

--Ya está.

Pensaba que Frasquito Miguel había muerto. Toribio saltó de la cama al suelo, y el ruido que produjeron sus pies al caer, le asustó. Llevóse un índice á los labios, significando á Rita que callase, y unos momentos permanecieron así, los ojos muy abiertos, atentos á los menores ruidos. En la calle vibraron los pasos de un transeunte; iban acercándose. Cuando sonaron al otro lado del muro, delante de la ventana, los Paredes experimentaron un nuevo acceso de terror; recelaban que aquel viandante, por las rendijas de los batientes, pudiese verles. Pero los pasos se alejaron isócronos, amortiguándose en la distancia. Luego, nada; el silencio otra vez; y en el silencio el lejano murmurio de las aguas del río. Rita hizo un gesto negativo.

--No es nadie...

Toribio acercó su cabeza lívida al rostro ensangrentado, horriblemente amoratado y torcido, del señor Frasquito, y así permaneció hasta convencerse de que respiraba. Su hermana interrogó ansiosa:

--¿Ha muerto?

Toribio repuso incorporándose:

--No; respira...

Esta idea les serenó, produciéndoles un brusco é inefable contentamiento; fué una calma parecida á la que los marinos obtienen vertiendo aceite sobre las olas aborrascadas. Todavía no eran criminales, todavía la ley podía indultarles. Pero esta noción consoladora duró un instante.

--Hay que rematarle--dijo Toribio.

Ella afirmó con la cabeza; él agregó:

--Porque si no le rematamos, nos acusará y somos perdidos.

--Es verdad.

--Empezamos á comernos el melón, y debemos concluirlo...

La idea imperiosa, apremiante, de borrar su mala acción, la idea que enloquece á los criminales y les obliga á las crueldades peores, se aferraba á sus frentes estrechas.

Quedáronse unos minutos inmóviles delante del lecho, las miradas fijas en la víctima, prontos á lanzarse sobre ella para detener en su garganta el menor quejido. El quinqué, sin pantalla, ardía serenamente. Ahora, con el reposo de los cuerpos, las sombras habían desaparecido, y en la habitación de paredes encaladas todo era blanco.

--Si le matamos antes de que despierte--balbuceó Rita--de aquí al amanecer podemos abrir un hoyo en el patio y enterrarle...

Sus ojos pequeños y rojizos, que el cansancio de la emoción había hundido en el fondo de sus cuencas, se volvieron hacia Frasquito. Hubo en ella como una piedad.

--Quién sabe--dijo--si no tendremos que rematarle; acaso se muera él solo...

Paredes tuvo un corajoso ademán de impaciencia.

--Pero si ahogarle ahora, como se ahoga un pollo, es lo de menos. Lo grave es la segunda parte. ¿Dónde escondemos el cadáver? En el patio no puede ser, ¿no comprendes?

--Tienes razón...

--Sacarle de aquí tampoco es difícil: le metemos en un saco, le ponemos á lomos de la mula... ¡y andando! Luego, á dos ó tres leguas, en lo más cerrado de la sierra, se le deja. Pero es que su desaparición picará la curiosidad de los vecinos, que nos preguntarían por él y llegarían á sospechar de nosotros. ¡Si fuese antes, que salía solo á vender!... Pero se trata de un hombre paralítico, que no iba por su pie á ninguna parte.

Demudado el semblante, los ojos idiotizados por el terror y fijos en el herido, la mujerona repetía:

--Es verdad... es verdad...

Era el negro laberinto, el terrible callejón sin escape, donde los muertos encierran, acosan y pierden á los vivos. Transcurridos unos instantes, los labios blancos de Toribio temblaron y su cara resplandeció en una histérica contracción de júbilo. Retrocedió varios pasos, cruzando las manos sobre el pecho, alebrándose como el cazador que acecha ó que busca una pista en el suelo.

--Ya sé--musitó--, ya sé...

Sacudió á su hermana por una muñeca y señalando al señor Frasquito con el ademán:

--Vámonos... ven... antes de que vuelva en sí. Ya sé lo que debemos hacer con él; me lo dijo don Gil anoche...

Uno tras otro, andando de puntillas, salieron del aposento, cuya puerta suavemente cerraron y aseguraron con llave. Luego, para cerciorarse de que Frasquito Miguel no les había oído marchar, Toribio atisbó por el hueco de la cerradura el interior de la habitación, silenciosa y bañada en luz blanca.

--Acuesta á los niños--murmuró.

Con el sueño del hambre y el rudo molimiento de la azotaina recibida, los cuatro chiquillos dormían profundamente: Deogracias, sobre un banco; los otros en el suelo, á la hila de los muros. En un santiamén y con mayor suavidad que nunca, para no despertarles, la mujerona fué trasladándoles á sus camas, donde les dejó vestidos, y hasta besó á Paquito, el más chiquitín, que al sentirse removido entreabrió los párpados. Inmediatamente, con un andar rápido de furia, volvió al lado de su hermano. Este comenzó á hablarla al oído y con nerviosa vehemencia; su boca, alargada por la emoción, parecía un hocico.

--Ahora mismo vamos á coger un trozo de madera, de aquellos que empleamos como vigas para techar la cuadra, y lo tallamos en forma de maza... ¿Comprendes?...

Rita Paredes, la nariz aguileña, los fieros ojos parpadeantes y bruñidos, los pómulos lívidos más salientes que nunca, aprobó:

--Sí... ¿y qué?

--Lo soñé anoche--prosiguió Toribio--, me lo dijo don Gil, y cuando él hablaba, yo le oía y veía según ahora mismo te oigo y te veo á ti.

La mujerona, hipnotizada, frunciendo los párpados como quien en la oscuridad de una noche sin luna vislumbra un camino, repitió:

--Sí, sí...

Continuó el bujero:

--Luego le quitamos á la mula una herradura y la clavamos en la parte más gruesa de la maza, que así preparada nos servirá de rompecabezas. Con ella, de un solo golpe, le parto yo la frente á Frasquito, y la gente, cuando vea la herida, pensará que se trata de una coz.

Su rostro anguloso resplandecía con la fiebre de una espantosa inspiración. A descompuestas zancadas dirigióse hacia el patio.

--Ven... ¡pronto!...

A pesar de no haberle comprendido bien, su hermana le siguió. A oscuras, para no atraer la atención chismera de los vecinos, salieron al patio, sobre el cual el cielo estrellado vertía un casi imperceptible claror. Los muros blanqueaban en la sombra borrosamente. A la izquierda, la puerta del almacén aparecía cerrada; á la derecha, bajo la techumbre de la cuadra, los animales, medio dormidos, piafaban y sacudían sus cabezales. Al fondo, un mogote de retamas, tablas y trozos de viejos horcones, destinados al fuego, levantaban una mancha informe en la limpieza de la pared. Allí los dos hermanos inclinados hacia adelante, como sobre un rastrojo, empezaron á buscar. Rita era la más impaciente; casi sin interrupción, no bien sus ávidas manos tropezaban un zoquete, interrogaba.

--¿Sirve este?

Toribio, tasándolo con una mirada, repetía lacónico.

--No.

--¿Y este?

--Tampoco.

Ella volvía á preguntar:

--¿Y este?

Tenía la obsesión de que el señor Frasquito iba á levantarse, y á cada momento alzaba la cabeza creyendo oir su voz que pedía socorro en la calle.