El misterio de un hombre pequeñito: novela

Part 11

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A sus preguntas respondió Maximina con perfecta seguridad y negativamente. A la una de la madrugada, hora en que Paredes, guiándose por aquélla en que despertó de su pesadilla, decía haber visto al hombre pequeñito en la calle Larga, don Gil hallábase acostado y apaciblemente dormido.

--Anoche, precisamente--agregó la azafata--, el amo no salió; estuvo leyendo un rato, de sobremesa, y se acostó temprano.

--¿A qué hora?

--Serían las diez.

Por la mezquina frente de Toribio cruzaron, casi á la vez, una vacilación y una malicia.

--¿Y cómo sabes que á la una don Gil dormía?...

Maximina titubeó, no queriendo decir la verdad, demasiado áspera para confiada así, á tenazón, en oídos amantes. Mintió un poquito.

--Porque cuando Pilar y yo nos retirábamos á nuestra alcoba, fuí á la del amo á informarme de si necesitaba algo, y le oí roncar.

Toribio no preguntó más. El sincronismo de su pesadilla con el sueño de don Gil, demostrábale que podía ser, efectivamente, el alma del enano, y no la obsesión de su recuerdo, lo que tantas noches iba á turbarle. Así convencido, despidióse de su coima hasta la madrugada, y por la tarde, como se dirigiese al Café de la Coja, la muñidora casualidad púsole frente á frente de don Gil.

Según costumbre, el hombre pequeñito iba solo y despacio, vestido de negro, casi inmóviles los brazos colgantes, los menudos pies descubriéndose y ocultándose, al andar, bajo las perneras, el hongo de duro fieltro echado hacia atrás, vencido por la exuberancia del frontal bombeado y amarillo. Toribio experimentó un vehemente deseo de hablarle, de acercarse un poco al misterio, interrogándole habilidosamente. La hora y la soledad del sitio le eran propicios; don Gil, además, no le negaba á nadie su saludo. Las diferencias, sin embargo, de educación, abolengo y riqueza, que entre ambos había, represaban al pañero. Al cabo, el venenoso aguijón de la curiosidad, el bien justificado ahinco de saber por qué don Gil solicitaba el inmediato exterminio del señor Frasquito, vencieron su reserva. Con pretexto de ofrecerle unas mercaderías recién llegadas, le abordó: hízolo cohibido y destocándose torpemente, mientras con un pie se rascaba la corva de la pierna que le servía de apoyo.

El hombre pequeñito correspondió al ofrecimiento de Paredes con frases sucintas y urbanas, asegurándole que, por el momento, nada apetecía. Preguntóle luego por su familia, cuyo requerimiento permitió á Toribio llevar el diálogo á donde lo reclamaba su interés.

Rita y sus hijos marchaban regularmente; quien estaba muy mal era Frasquito. Hipócrita y sagaz, para mejor asegurarse del odio de don Gil hacia el enfermo, Toribio arqueó las cejas, suspiró tan ruidosamente como si fuera á rompérsele el pecho, y dió otras muestras de atroz pesadumbre.

--El pobrecito--dijo--empeora de día en día. Le agarró el reuma y tomóle tal cariño que no quiere dejarle. ¡Con la voluntad de mi cuñado para el trabajo! Porque Frasquito tendrá sus defectos, pero á buscavidas pocos le ganan. Yo le compadezco. ¡Lo que rabiará viéndose imposibilitado de acompañarme! El infeliz sufre en sus huesos que, según dice, le duelen como si fueran á partírsele y sufre en su carácter, que jamás supo estarse quieto.

Don Gil recomendó á su interlocutor los salicilatos. Sonrió Toribio.

--¿Usted sabe las pesetas que llevo gastadas en salicilatos? Don Artemio puede decirlo mejor que yo.

--¿Y el yoduro?...

--Igual.

--Creo que el yoduro realiza milagros...

--No importa, señor Tomás. En este caso lo peor no es la enfermedad; lo peor es que mi cuñado tiene una debilidad: la bebida. Ya se lo habrán dicho... Yo calculo que bebe, sólo de aguardiente, de dos cuartillos y medio á tres cuartillos diarios. Y el alcohol es muy malo para los reumáticos.

Aunque el pañero orientaba sus investigaciones por diferentes caminos, nada observó en don Gil adverso al señor Frasquito; antes sus palabras y miradas decían su deseo sincero, cordial, de verle pronto remediado para servicio y contento de los suyos.

«No le odia»--pensaba Toribio.

Ya se despedía don Gil, cuando Paredes abordó bruscamente el secreto que le obsesionaba. Ladino comenzó á reir, dando tiempo á que su buen humor sirviese de exordio ó preparación á sus palabras. Luego mostróse obligado á razonar su hilaridad.

--Me reía de los disparates que se sueñan...

Interrumpióse avizorando la emoción que hubiesen determinado estas palabras. El hombre pequeñito le miraba impasible y su mirar expectante equivalía á una declaración de inocencia.

--Figúrese usted, don Gil--prosiguió--que anoche, á poco de acostarme, las doce y media ó la una de la madrugada serían, soñé con usted. Le vi entrar en mi cuarto, sentarse á los pies de mi cama y decirme como si estuviese usted muy informado de cuanto mi cuñado, con su enfermedad y sus borracheras, me hace sufrir: «¿Por qué no le matas?...» Yo le respondí: «Don Gil, siendo usted tan cristiano viejo, ¿cómo me aconseja una atrocidad así?...» Y usted: «Por tu bien: yo te aseguro que si matases al señor Frasquito nadie lo sabría.»

Aun puso el hermano de Rita á estas explicaciones nuevas añadiduras y apostillas, y según hablaba, el semblante alimonado del hombre pequeñito iba avasallando su imaginación: otra vez padecía el imperio jorguín de sus pupilas cobreñas, de sus labios, rojos y herméticos, que nunca habían reído, y el asco y miedoso poder de toda su exigua persona; y tan idénticos eran aquel don Gil Tomás que tenía delante y el don Gil de sus pesadillas, que unos momentos ambas imágenes se ayuntaron y superpusieron, y creyó soñar.

Nada, sin embargo, sacó Toribio en limpio de sus diestras trapacerías y embozadas pesquisas, pues los ojos de su interlocutor no delataron la menor turbación; antes expresaban la desgana con que don Gil, cediendo sólo á dictados de su buena crianza y comedimiento, aveníase á escuchar tan necias historias. Era, pues, indudable, que de cuanto concernía á la vida noctámbula de su espíritu, el enano del Paseo de los Mirlos estaba inocente.

XIII

En efecto, era así. El hombre pequeñito observaba la existencia recogida que sus rentas le permitían, al par que el aislamiento más compatible con la ridícula insignificancia de su persona. Durante las horas diurnas era un normal, lívido y grave, á quien la fecunda murmuración pueblerina nada concreto podía reprochar. Su vida extraordinaria empezaba de noche, con el sueño. Entonces su alma huía alborozada, como estudiante que corre al baile, y su ginecomanía ejercitábase insaciable en diversas alcobas.

Semejante á Don Juan, aquel hombre pequeñito tenía un fuerte cariño, una de esas hondas pasiones que, completando los espíritus, los saturan y aquietan; y luego, ora por ironía, ya por mera curiosidad y desocupación espiritual, varios amoríos ó caprichos con que se distraía y aliviaba de las crueles pesadumbres de aquel otro gran sentimiento no correspondido.

En todo tiempo los fenómenos misteriosos del sueño interesaron al vulgo y á los sabios. La India, la Persia, el Egipto, los hebreos más tarde, los temibles arúspices de Grecia y de Roma, concedieron igualmente á los ensueños la virtud profética; y la Edad Media repite esta creencia. La madre de Confucio se siente embarazada en sueños por un rayo de sol, y de preñez tan extraordinaria nace el reformador del pueblo chino; Baltasar recibe, mientras duerme, la revelación de que su imperio ha concluído; José explica á Faraón el sueño de las siete vacas flacas y de las siete vacas gordas; Bruto, apenas cierra los párpados, oye la voz de su destino; una vieja sueña que Julio César morirá asesinado y cuando le ve dirigirse al Senado se prosterna ante él y besándole la toga se lo advierte; á Fernando IV de Aragón, las sombras de los nobles Carvajales, á quienes mandó despeñar, se le aparecieron para anunciarle su próximo fin; á Enrique IV, una gitana le dijo que moriría asesinado, sentencia que días después ejecutaba Ravaillac...

Estas y otras muchas alucinaciones proféticas, sumadas á los extraordinarios fenómenos telepáticos que estudia la fisiología actual y á los maravillosos adelantos de la química y de la física, inducen á suponer una vida subconsciente, exclusivamente espiritual, que alterna con la de las horas de vigilia y se desenvuelve paralelamente á ella. La verdad exterior, el mundo sensible, resplandecen ante el sujeto y bañan en luz la periferia ó corteza de su espíritu. Esta parte iluminada, muy pequeña ciertamente, constituye algo somero, liviano, epidérmico: son las sensaciones del momento, los gestos últimos de la voluntad, los recuerdos más flamantes, las ideas, cábalas, inclinaciones y fantasías más nuevas. Tales elementos son conscientes y el individuo ha de ellos conocimiento pleno. Pero esto, que aparenta ser todo el espíritu, es, en realidad, la cascara del espíritu. Como el sol, que únicamente alumbra la superficie del Océano, de parecida manera la conciencia sólo ilumina la envoltura ó parte exterior del yo íntimo: el resto, cuanto el hombre ha vivido, todos los enormes almacenes de su experiencia y de su memoria, sus estudios, sus creencias, sus pasiones, abonos poderosos de su carácter, yacen silenciosos, quietos, perdidos en la caudal tiniebla de lo olvidado. No obstante ellos, desde la oscuridad, gobiernan al individuo y alimentan su ánimo, como las savias de la tierra nutren al árbol. El sujeto que siente bullir á su alrededor la vida del momento, no suele percatarse de esos influjos interiores á los que, fatalmente, obedece. Lo inconsciente es lo pasado, ¿y no tiene cada hombre el timón de su vida en su pasado?...

Con el sueño, este mundo pretérito, reducido y acorralado en lo más arcano por el vigor absorbente de las sensaciones, recobra su preeminencia y explica la nitidez, frescura y lozanía, que ofrecen en las pesadillas los recuerdos, y las extraordinarias capacidades de inducción de ciertos temperamentos para discernir rectamente lo peligroso de lo favorable y adentrarse en lo futuro. Es un estado de alma más comprensivo que el de la vigilia y, por lo mismo, capaz de mayores visiones y de síntesis más fuertes. Nada sobrehumano existe en él. Sus apariencias maravillosas no son reflejo de ningún poder oculto, diabólico ó divino, ajeno al hombre, sino eterizada frutación nacida de los hondos entresijos y preciosísimas enjundias de su propia alma.

Claro es que el mecanismo fisiológico del sueño modifica directamente tan delicado desdoblamiento espiritual. La llegada de aquel es motivada por una disminución ó aquietamiento paulatino de la circulación cerebral. En este caso, más que en otro alguno, los sistemas vascular y nervioso se influyen mutuamente: la escasez de sangre acarrea un reposo mental, y á su vez éste, pacificando su dinamismo, reclama menos la colaboración fecundante de aquélla. El sueño tuvo siempre las mejillas pálidas. Conforme la dulce catalepsia se avecina, el corazón y la respiración van tranquilizándose y la temperatura general del cuerpo decrece. El individuo siente disminuir su personalidad: ha cerrado los párpados; los ruidos exteriores parecen, por instantes, llegar á él de más lejos; lentamente sus pies, sus manos, su mandíbula, que entreabre la fatiga, dejan de pertenecerle. Si en tal momento le preguntasen su nombre, dónde está, qué piensa hacer al día siguiente, tardaría en responder. Su conciencia, cada vez más pequeña, es como fruta que fuera secándose, hasta aquel segundo en que vencida la luz pensante para extinguirse lanza un resplandor, igual á la última contorsión de una flama de aceite en la tiniebla de una alcoba. Después el sueño, imagen de la Muerte, caricatura de la Nada...

Este descaecimiento fisiológico señala en la vida espiritual dos momentos. El alma, que no es una fuerza pura y sí una especie de entelequia material, y de consiguiente mortal, aunque menos tangible y grosera que la puesta al alcance de los sentidos, vive dentro del cerebro como un telegrafista en su oficina: mientras ésta funcione, mientras sus hilos vibren recibiendo las comunicaciones del exterior, aunque sean escasas, el empleado no debe marcharse. Así el espíritu, que en tanto la carne duerme no halla ocasión de emanciparse completamente, pues raras veces el descanso de aquélla es absoluto. Por mucho que la eficacia circulatoria haya disminuído, casi siempre subsiste la necesaria para mantener en vago alerta los centros de la memoria, de la imaginación, del entendimiento y aun de la voluntad. Entumecidas las células cerebrales, funcionan torpemente, pero no callan, y los esfuerzos del espíritu por reducirlas á silencio ó despabilarlas de una vez, fracasan: son como teclas de un piano roto, sobre las cuales los dedos del ejecutante más hábil se crisparán en vano. Requeridos por aquél, los recuerdos acuden á medio vestir, descoloridos, emborronados; la fantasía, coja también, los sopla y retuerce, y con tantos añicos de imágenes traza ideaciones bárbaras. De esto proviene la horrorosa teratología de los sueños.

En las ensoñaciones cotidianas y vulgares, acuérdese ó no el individuo al despertar de lo que soñó, el espíritu nunca consigue separarse totalmente del cuerpo, y su vida, de consiguiente, queda circunscripta á la rememoración ó rumiación de sus propias ideas; y si algo extraordinario concibe ó le sucede, no es porque salga á buscarlo, sino merced á la presencia de alguna otra alma amiga ó rival, que le visite, pues él se halla en la situación de un prisionero asomado al ventanuco de su celda. Unicamente cuando el cerebro apaga todas sus luces, en los sueños profundos, en la catalepsia, remedo solemne de la muerte, y también en el sonambulismo, parodia admirable de la vida, el espíritu queda libre y dueño de acudir al sabat.

Tal era la rara disposición psíquica de don Gil, y lo que le permitía vivir una vida intensa y aparte. Poco á poco su alma, demasiado fuerte para su cuerpecillo, había ido independizándose, y apenas el cansancio físico lo postraba, desataba sus ligaduras y, como esencia que se evapora, huía de él. Lo que al principio era casualidad y suponía trabajo, hízose luego fácil costumbre. Entonces todas las imágenes de su mundo íntimo resucitaban; sus fervores y apetitos se desentumecían; era alegre, enamorado, violento, emprendedor, audaz. Esta diligencia, que en ocasiones arrastró al cuerpo y sonámbulo lo llevó por las calles, sólo podía ejercitarse en las personas dormidas y duraba hasta el amanecer. Con el canto de los primeros gallos, todo concluía. Don Gil, en realidad, únicamente estaba despierto de noche. De día, que parecía despierto, estaba dormido.

El número de sus queridas era considerable; nunca bajaba de ocho ó diez y á todas su salacidad entretenía con igual devoción.

A doña Amelia la frecuentaba por humorismo y afición graciosa á lo extravagante. También la quería por misericordia, condolido de verla tan obesa.

Mucho tiempo hacía que la viuda de Guijosa, tanto por pereza como por desilusión y empacho de todo, ni usaba corsé, ni salía á la calle.

En la juventud de esta mujer se escondía una historia. Doña Amelia, antes de casarse, tuvo un amante. Era un prestidigitador genovés, aventurero y galán, que llegó á Puertopomares con una compañía de acróbatas. Alucinada, en un rapto de locura la moza se dió á él. Fué algo irresistible y fulminante, como una caída á plomo. Durante varios días los enamorados se reunieron en una casa de las afueras, á la terminación del Paseo de los Mirlos. Mediaba el invierno y la celeridad de los crepúsculos favorecía las entrevistas. Cierta tarde, en que nevaba mucho, la joven, volviendo de una cita, resbaló y se quebró una pierna. Con el dolor perdió los sentidos, y cuando brazos piadosos la recogieron del suelo y transportaron á su casa, unas cartas que llevaba dentro del corsé descubrieron su pecado. En el pueblo decían que su madre falleció del disgusto.

También Amelia sufrió mucho; el hueso roto no acababa de soldarse; sobrevinieron complicaciones y los médicos juzgaron necesario cortar la pierna. Convaleciente todavía fué recluída, por decisión de su padre, en un convento de monjas capuchinas, de Salamanca. Allí permaneció dos años. Ya huérfana regresó á Puertopomares, y al poco tiempo un labrador rico, llamado Guijosa, desoyendo consejos malsanos, la tomó por esposa. Ella supo agradecer esta generosidad: amaba á su marido y llegó á quererle entrañablemente: era buena, fiel, económica, alegre y dócil. Vivía para él y había en este caudal derramamiento de ternura, como un deseo de borrar el pasado. La opinión, empero, nunca llegó á indultarla completamente, y cuando los vecinos que la conocieron soltera, oían resonar en las desiertas calles, ó en la iglesia, su pierna de palo, se acordaban del prestidigitador genovés. A lo largo de los años, la nieve producía en ellos igual evocación.

--Una nevada como ésta--decían--cayó la tarde en que Amelia, la mujer de Guijosa, se rompió la pierna.

Y, sonriendo, contaban las historia.

El temprano fallecimiento de Guijosa, llenó de lutos el corazón de doña Amelia, y como no tenía hijos, su pena fué mayor. No salía ni siquiera á misa; no hablaba con nadie. Hízose silencio su dolor, y su pesadumbre y su quietud se resolvieron en obesidad. Comenzó á engordar y en menos de un año su antigua belleza rubia, que fue grande y picante, se arruinó. Creció la carne alrededor de los ojos, los carrillos se hincharon, la línea, antes grácil, de la garganta, naufragó en la flacidez de una papada bovina; desvanecióse el cuello y la cabeza quedó asentada sobre la convexidad rojiza, siempre sudorosa, de la espalda. Los brazos rollizos, el pechazo abultadísimo y temblón, el vientre pomposo como una cúpula, las caderas enormes, los muslos semejantes á troncos de un viejo bosque sagrado, componían un bloque recio y amorfo. Cuando se quedaba dormida en su sillón, las babas que hilo á hilo fluían de la rota granada de su boca, anegaban la hendidura profunda de los senos. Doña Amelia, á los treinta y cinco años, llegó á pesar ciento sesenta kilos, y de tan infortunada manera habíase desenvuelto su carnaza, que, cuando quiso salir del aposento donde á raíz de la muerte de Guijosa permaneció encerrada varios meses, no cupo por la puerta. Sus familiares, para libertarla, decidieron arrancar los batientes y aun demoler el tabique, si era necesario; mas ella no lo consintió, recelando las habladurías irónicas del público, y sostenida también por la secreta esperanza de adelgazar.

Doña Amelia pasaba las tardes en su balcón, sentada de espaldas á la calle. Un día vió al hombre pequeñito, don Gil la miró y aquella noche soñó con él. Fué una alucinación libertina de la que la viuda de Guijosa, cuyos nervios olvidaron el amor hacía tiempo, despertó avergonzada. ¿Cómo pudo producirse tan goloso quebranto? Y sus mejillas honestas se acaloraban cual si alguien la hubiese sorprendido desnuda. Sin embargo, la dulce ensoñación se repitió otra y muchas veces; y no merced á esas ideaciones difíciles que la lujuria de las personas dormidas compone, sino del modo más hacedero y corriente. Era ella que, obligada por la sofocante opresión de su obesidad, dormía pecho arriba, y don Gil que aparecía de pronto y, como esposo, sin otros requerimientos, avisos ni preámbulos, se acostaba á su lado. Doña Amelia veía su cabeza lívida junto á la suya, y su alucinación era tan precisa que reiteradamente llegó á sentir á la altura de sus rodillas, el contacto de los pies, generalmente fríos, del enano. Habiéndose habituado á estas visitas, llegó á desearlas. La noche en que don Gil no se presentaba, la viuda de Guijosa dormía mal y á la mañana siguiente estaba triste.

Otro de los hogares predilectos de don Gil Tomás, era el de doña Virtudes. Conoció á sus hijas Enriqueta y Micaela en el bautizo de un niño de don Valentín, habló con ellas y aquel diálogo le encendió el espíritu y sirvió de simiente á su amoroso antojo. Efectivamente había motivos para que la casita limpia y recogida del callejón del Misionero brindase á su laboriosa curiosidad puntos de vista interesantes.

Una honda tristeza--tristeza de almas--llenaba aquel hogar. Esta emoción fluía del carácter y austero empaque de su dueña. Como su cuerpo, alto, rectilíneo y avellanado, era su espíritu, y así su gravedad no significaba dulzura, cordialidad y templada melancolía, sino concisión, acritud, cortesía fingida y hostil. ¡Doña Virtudes! Jamás en nadie rimaron tan bien el carácter y el nombre. Cuantas personas la conocieron joven, aseguraban que la viuda del notario Castro siempre había sido igual. Todo en ella, por tanto, era lógica, consecuencia y armonía. Si nunca faltó á sus deberes conyugales, ni descuidó sus hijos ni su hacienda, tampoco en ningún momento rompieron la anquilosis de su alma, ni la gracia de una frivolidad ni la poesía de un capricho. Era limpia hasta la exageración, económica al extremo de vivir más cerca de la pobreza que de la confortable holgura que sus rentas la permitían, ordenada y minuciosa con un acompasamiento cotidiano y sin misericordia. Bajo su aspecto tranquilo doña Virtudes, que dió á su vida el isocronismo de un aparato de relojería, era una pobre mujer enormemente desgraciada. Su desgracia provenía de que no amaba; doña Virtudes no quería, no sabía querer; sus buenas acciones y el cariño que, sinceramente, pensaba dedicar á sus hijas y á otras personas, eran otros tantos reflejos ó variantes de la absorbente y acendradísima devoción que se profesaba á sí misma. Por eso cuanto la circuía sufría la aridez lapidaria de su voluntad, la dureza fiscal de su corazón que envejeció sin conocer las mieles inefables de la transigencia, del olvido y de la risa. Aquella honda tristeza que irradiaba su alma, como castigo y maldición del cielo á su alma volvía.

Tenía la viuda de Castro un perro pequeñín, al que con sus habilísimas manos fabricó una capa ó chaleco de paño negro adornado por un cordoncillo rojo; lo único que no le puso á tan pintoresca prenda, acaso por falta de tela á propósito, fueron bolsillos. El pobre «Tarara», que así se llamaba el can, era esclavo de aquella prenda ridícula que le endosaban todas las mañanas para mayor pulcritud y ornato de la casa, y tal vez por un alarde de honestidad. Ya vestido, «Tarara» no debía rascarse, ni echarse á dormir, como no fuese en la yacija que la previsión de su ama le tenía dispuesta debajo del fregadero, ni revolcarse entre la hierba del jardín. Tampoco podía ladrar ni brincar sin exponerse á severísimos latigazos. Correrías y distracciones de otra índole, ni por pienso. El desdén que á doña Virtudes la inspiraban los hombres, quería que «Tarara» lo aplicase á las perras. De tanta castidad y de tan riguroso encierro, el animalito enfermó; no acababa de morirse, pero nunca tenía salud: llevaba el rabo caído, los ojos mustios y en los días húmedos su cuerpo miserable se agitaba con el temblor de la perlesía. A los ocho años aun guardaba intacto su recato: era, dentro de su noble raza, una especie de San Luis Gonzaga, dicho sea sin resquicio de burla y estimando igualmente las buenas cualidades que tuviese el santo y que tuviera el perro.

Este régimen inflexible que afligía á «Tarara», alcanzaba á cuantos animales, chicos y grandes, vivían con él. Bajo la sedante penumbra conventual de las habitaciones, los pájaros cantaban á horas fijas y siempre á media voz. En la huerta, las gallinas y las palomas también estaban alicaídas. Los conejos, habituados á una alimentación absolutamente reglamentada, habían acompasado sus movimientos y expansiones. Hasta el pececillo que nadaba dentro de un globo de cristal, sobre la mesa del comedor, parecía aburrirse.