El misterio de un hombre pequeñito: novela
Part 10
Don Ignacio, por ejemplo, era ese individuo que en los casinos de todos los pueblos lee la prensa en voz alta. Adquirió este hábito á poco de terminar su carrera, porque, según decía, con el mucho estudiar se le había fatigado el cerebro y de resultas dispersado y tullido la atención, de manera que no acertaba á comprender claramente lo que leía si al mismo tiempo que por los ojos las palabras impresas no iban metiéndosele en el alma por los oídos. Un sentido ayudaba al otro. El público había aceptado aquella costumbre. A veces, si alguien, acuciado por el interés de algún acontecimiento taurino, ó de cualquier incidente parlamentario ruidoso, proponía: «Veamos lo que dice el periódico». Sus oyentes le contestaban enseguida: «¿Qué prisa hay? Esperemos á que venga don Ignacio; él lo leerá». Tácitamente no reconocían otro lector: en sus labios las noticias tenían mejor aderezo; estaban habituados á sus ademanes, á su manera de frasear, á sus apostillas un poco anárquicas. De bonísimo grado Martínez ejercitaba aquel cargo honorífico. Fiado en la adhesión incondicional de su auditorio, apenas llegaba al Casino desdoblaba la prensa, venida de Salamanca ó de Madrid, instalábase debajo de una luz y poníase á leer de modo que todos le oyesen. Era un lector constante, entusiasta y gratuito, cuya voz dura y violenta, como su carácter, llenaba el salón. Egoístamente, sin curarse de nadie, don Ignacio leía el artículo «de fondo», los telegramas, la crónica negra, la sección de teatros... Los circunstantes le atendían unas veces, otras no; generalmente sólo le escuchaban el tiempo que Teodoro tardaba en traerles la caja del dominó ó la del ajedrez; luego se abismaban en el juego y olvidados de Martínez disputaban y reían. Don Ignacio, sin embargo, continuaba leyendo: primero, leía para todos; después para Teodoro, que sentado á su lado y codicioso de saber lo que acaecía en el mundo, miraba al albeitar como á un oráculo; pero estas devociones siempre eran cortas, porque sus obligaciones de camarero le obligaban á ir incesantemente de un sitio á otro. Entonces don Ignacio, impertérrito, sin curarse ya de nadie, continuaba leyendo para sí mismo, y la obstinada fe que en ello ponía era la del estudiante que, en víspera de examen, estuviera aprendiéndose una página de memoria.
Diversos concurrentes al Casino se particularizaban y distinguían por otros rasgos ó costumbres especiales.
Así don Artemio Morón era el individuo más madrugador de Puertopomares y, por lo mismo, el mejor informado de cuantos enredijos amenizaban la vida secreta del vecindario. Fuese invierno ó verano, apenas empezaba á clarear, su alto perfil, zancudo y jiboso, destacábase en la puerta de la farmacia: esparrancado, las manos metidas en las faltriqueras del pantalón, la inquisitiva mirada puesta en las calles mojadas aún de rocío. Desde su observatorio atalayaba un buen trozo de la calle Larga, casi toda la Glorieta del Parque y las primeras casas del umbroso Paseo de los Mirlos. Sin su implacable curiosidad, despabilada no bien amanecía, muchos pecados hubiesen quedado ocultos. Morón, que veía salir muy de mañana á don Juan Manuel del domicilio de doña Evarista, llevaba cuenta de las noches que el diputado distraía en casa de su amiga, avizoraba también á cuantos mozos volvían de pernoctar en el burdel de la Casilda, y si pasaba algún tipo desconocido, de su traza y del rumbo que llevase deducía quién fuese. En años anteriores, la virtud, muy propensa á quebrarse, de doña Amparito, la esposa de don Pepe Erato, proporcionó al boticario golosos atisbos, y no era lo peor que descubriese la falta, sino el criminal regocijo que ponía en contarla. Por él, finalmente, se supo que á horas avanzadas de la noche Romualdo rondaba las rejas de doña Virtudes, y que en aquella donde Micaela asomaba la gentil travesura de su rostro, el joven gerente de _La Honradez_ se agarraba y cosía.
Los matuteros, y más aún los amantes clandestinos, recelaban la centinela inexorable de don Artemio. A la hora del alba, la de más hondo y sabroso dormir, todas las mujeres que sufrían la angustia de alguna pasión prohibida, removían al amante feliz y cansado. Con zarandeos y palabras de alerta, espantaban su modorra.
--Levántate--decían--y vete, antes de que don Artemio abra la botica.
Bajo el recuerdo de aquel nombre, ellos obedecían asustados, como huyen los malos intentos ante la razón. En la vida de Puertopomares, don Artemio, vigilante y acusador, simbolizaba la conciencia.
Don José Erato, en punto á vigilancia, era el reverso de don Artemio. Por no fiscalizar lo que á su alrededor sucedía, ni siquiera en la vida de su mujer se entrometió nunca, y así fueron de libérrimas las costumbres de doña Amparito. Don Pepe, aunque de familia acomodada, no pudo seguir ninguna carrera porque «se dormía» leyendo. Todo lo contrario de Martínez. Los médicos, achacando aquella modorra á una lesión cerebral, le prohibieron el estudio. Vivía, pues, de sus rentas que, si bien modestas, bastaban á sus necesidades, y el dulce sueño que le causaban los libros, cerrándole también bondadosamente los párpados para ciertas vergüenzas de su existencia conyugal, mantuvo la dulce ecuanimidad de su espíritu. Los mejor pensados aseguraban que don Pepe, aislado realmente de todo por esa conflagración de silencio y de sombras que el mundo teje alrededor de los maridos engañados, no sospechó jamás los platos de adulterio que á espaldas suyas se guisaban; pero otros, le suponían al corriente de todo, añadiendo que era tal el imperio de doña Amparito sobre su esposo, y tan fuerte el amor de éste hacia ella, que por no perderla renunciaba á sus fueros de marido y su pasión resolvíase en cobarde humildad.
Al fin estos errores juveniles pasaron. Hacía tiempo que los dos eran viejos: ella tenía cincuenta años, él rondaba ya los sesenta. Vivían en una casita de su propiedad situada en el Camino Alto de la estación, y, diariamente, al declinar el sol, sus vecinos les veían asomados, entre floridas macetas, á una ventana del piso bajo. Algunos saludaban:
--Buenas tardes, doña Amparo y don José.
--Buenas tardes...
El padecía del estómago y su semblante descolorido expresaba tristeza; doña Amparito, en cambio, era alegre y sus ojos derramaban desenfado y salud. No obstante, sus dos figuras rimaban bien; se completaban. Don Pepe, que seguramente conocía todo el ridículo de su historia, nunca se había quejado: era bueno, dulce, afable, paternal, indulgente; un espíritu ecléctico, de limpia raigambre cristiana; un evangélico sin hiel y sin rencor, que, convencido de la feroz tiranía que sobre ciertos temperamentos ejerce el deseo, pasó su mansa existencia «haciéndose cargo». Por lo mismo doña Amparito, ya en los umbrales de la ancianidad, comenzó á quererle. Menos aquél, todos los hombres á quienes neciamente se dió la habian olvidado. Entonces su ánimo tornóse hacia el pobre compañero sumiso, de manos frías y cabellos blancos, que siempre perdonó; y, por ensalmo, su desprecio hacia él evolucionó y fué simpatía, y la aburrida costumbre de vivir juntos, poco á poco floreció en rosas de agradecimiento y de suave amor. Contribuyó á esta reconciliación sin palabras, obra de arte del tiempo, la pérdida de un hijo que, suicidándose á los veinte años por una mujer, debió de enseñarles á entrambos el hondo horror de las pasiones fuertes. Esto abrevió el otoño sentimental de doña Amparito; dentro de su cuerpo, todavía garrido, su alma flaqueaba y se cubría de arrugas, y cuando hastiada, revolvió los andariegos ojos hacia don Pepe, acaso se maravilló de hallarse tan cerca de él y de quererle tanto. Fatalmente su cansado corazón y la moral se ponían de acuerdo.
Acerca de este arrepentimiento, tan dulce quizás por ser tan tardío, tuvo don Juan Manuel una frase volteriana:
--Ha vuelto á el--dijo--á esa edad en que la virtud deja de ser para nosotros un estorbo.
Así era, en efecto. ¡Pobre don Pepe! Pero, después de la virtud que nace del amor, la nacida del desengaño y de la fatiga, ¿no es la más segura?...
La Fonda del Toro Blanco tenía sobre el Casino la indiscutible ventaja de que en ella se podía comer. Según la estación, el público se congregaba en el comedor ó al aire libre, que para tales y aun mayores esparcimientos ofrecía la casa comodidades y anchura. Durante la estación estival las mesas de billar y tresillo eran sacadas al patio que, en testimonio y alabanza de su frescura y sanidad, los concurrentes llamaban «la playa». Era un amplio espacio cuadrangular enlosado de mármol y circuído en lo alto por una galería que sustentaban columnas de hierro. Una vieja parra muy umbrosa y lozana, le servía de dosel y las luces eléctricas distribuídas equilibradamente entre la fronda, daban á las hojas más próximas alegrías de corindón. En el nimbo plata de cada lamparilla, las arañas, silenciosas, tejían su traición. A un lado, negra, redonda, la boca de un viejo pozo de musgoso brocal, refrescaba el ambiente con su aliento húmedo. Aquel pozo tenía una historia: á su abismo, Luis Olmedilla, una noche, había querido tirar á una criada.
En invierno la tertulia se trasladaba al comedor, vastísimo local con suelo de madera, paredes estucadas y cinco ó más ventanas á una huerta. La única singularidad digna de recordación que allí había, era el retrato de don Valentín con que el testero principal del salón se adornaba. Cuando algún forastero, curioso, inquería el origen de aquella obra de arte, don Valentín Olmedilla, como hombre que tiene clasificada la gloria entre las mayores pequeñeces humanas, modestamente bajaba los ojos. En esta actitud, que evocaba una historia, había un remordimiento: él, tan bueno siempre, tan blando para sus clientes morosos, tan desprendido, una vez fué cruel con un desdichado pintor vagabundo que le adeudaba dos meses de pupilaje; la trampa del artista ascendía á doscientas pesetas.
--Pues si no tiene usted dinero--había dicho don Valentín--va usted á pagarme haciéndome un retrato.
Y como era compasivo, añadió:
--Los días que emplee usted en concluirlo puede vivirlos aquí; no le costarán nada.
Valido de esta autorización misericordiosa el pintor no se dió prisa en pagar. Invocando ambagiosas razones de luz, sólo trabajaba por las tardes, durante una ó dos horas: la señora de Olmedilla, sus hijas, Serafina y Mercedes, y Dominga, la sobrina de don Valentín, agrupadas tras él, sonrientes, suspensas y calladas, maravillábanse al ver cómo la figura del amo de la casa iba surgiendo lentamente. Don Valentín era pequeño, viejo y feo, pero en sus ojos había una expresión de bondad que pronto se mudaba en simpatía, ganadora de voluntades. Este gesto dócil y servicial lo recogió bien el pintor, dando con él mérito á su obra. Don Valentín aparecía retratado hasta algo más abajo de las rodillas y en actitud de caminar; vestido de negro, el rostro amable, ligeramente perfilado y levantado, el bigote bien puesto, una servilleta al hombro y un plato de langostinos en la mano. Aquella servilleta blanquísima, signo de servidumbre, y aquellas pupilas acogedoras, determinaban, á la vez, la psicología y la figura del hostelero: más que una cabeza, el pintor había compuesto una biografía.
Satisfechísimo de aquel retrato que había de sobrevivirle y le aseguraba una especie de pequeña inmortalidad, don Valentín dispuso colocarlo en el comedor, sobre el aparato del teléfono. Era un medio infalible de exhibición. Durante el día, á las horas de comer, y por las noches, cuando mayor era la afluencia de parroquianos, si repicaba el timbre telefónico, las miradas todas convergían hacia él y, de consiguiente, tropezaban con el retrato del dueño de la casa; la cabeza perfilada y en alto, el semblante risueño, presentando con gracia, solicitud y desenvoltura, un plato de langostinos. Aquel timbre vibrando bajo las rodillas de don Valentín, era, por efecto de una sencilla asociación de ideas, la voz del amo.
La urbanidad y paciencia de Olmedilla, su conciliadora maestría en el dificilísimo arte de sufrir exigencias, licenciar rencillas, olvidar indiscreciones y llevarlo todo por caminos de paz, mantenía floreciente la popularidad del Toro Blanco. Era una fonda grande, económica, limpia y bien situada, que todos los viajantes de comercio conocían. En tiempo de feria, cuantos toreros y comediantes llegaban á Puertopomares, se alojaban allí.
El isocronismo de la existencia pueblerina imponía á las tertulias del Toro Blanco, como á las del Casino y á las otras más plebeyas, del Café de la Coja, igual sello de aburrimiento. En la identidad y vulgaridad de los días, las imaginaciones se apagaban y el fastidio servía de sedante á los nervios. La paz ambiente quitaba á las almas su fluidez y las saturaba de suave modorra. Con la carencia de emociones, las inteligencias se adormilaban y su propia inacción las entumecía. Como jamás sucedía nada original, digno verdaderamente de mención, los espíritus no podían rebasar su nivel, ni sentir la divina espuela de la inquietud, y dedicábanse á comentar lo insignificante, lo cotidiano, adobándolo, vistiéndolo y aderezándolo de mil prolijas maneras. Así, la muerte de un vecino, con ser accidente poco agradable, distraía lisonjeramente la atención pública: ver al finado en su caja, informarse de cómo lo habían vestido y de las personas que acudieron á velar el cadáver, constituía, efectivamente, un pequeño espectáculo, un asunto de conversación con cuyos detalles los desocupados, luego, se relamerían de gusto.
Don Juan Manuel Rubio, á fuer de espíritu cultivado y forastero, era la única persona que con la independencia de sus costumbres, pasquinadas y donaires, remozaba las tertulias. Su generosidad sabía mostrarse á tiempo y algunas noches invitaba á don Elías, al boticario, al juez y á otras personas de su afecto y confianza, á cenar en casa de doña Evarista; quien tanto por bien aprendida urbanidad, como por deseo de complacer al diputado, rivalizaba con él en la tarea de obsequiar á sus huéspedes. Con estos agasajos el cacique daba riendas prudentes á su humor juvenil y divirtiéndose alimentaba su influencia política.
Fuera de sus quehaceres cotidianos los hombres no tenían otras distracciones: los plebeyos, el Café de la Coja; los señores, el Casino, la Fonda del Toro Blanco ó los ágapes familiares de don Juan Manuel; y á intervalos largos, y antes por manifestarse rumbosos que por deseos leales de divertirse, una escapatoria de cuatro ó cinco días á Salamanca ó á Madrid. Luego, á la quieta charca del fastidio aldeaniego otra vez, á embaucar á los amigos refiriéndoles con exagerados aditamentos lo hecho ó dándoles también por sucedido lo que acaso ni siquiera intentaron hacer; á criticar, á mentir, á ver egoístamente secarse la bonitura de las vírgenes en el suplicio de una eterna espera.
No todo reposaba, sin embargo, en la población. Bajo aquellas techumbres pardas, de anchos aleros y empinado caballete, tras aquellas ventanas herméticas, las imaginaciones femeninas llameaban y en su mismo aislamiento se consumían cual lámparas votivas. Esta doncella borda, otra recose las ropas que va sacando de un cuévano, aquella estudia nerviosamente su lección de piano; y mientras, á intervalos, todas recuerdan que, un poco más tarde, será hora de reunirse para ir á ver el tren. Como en todos los pueblos, en Puertopomares, durante los meses vernales y de estío, y aun en los comienzos del otoño, el andén era el Casino de las mujeres.
De cuantos trenes cruzaban por allí, el más interesante era el correo. El expreso huía de largo, y su afán parecia implicar un desdén; los mixtos llegaban á horas intempestivas y arrastrando vagones cerrados, y sin inexpresión. El correo, que conducía siempre muchos viajeros y pasaba á las siete y minutos de la tarde, era el mejor. Las hermanas Fernández Parreño, las hijas de doña Virtudes, María Jacinta y su prima Flora, todas las muchachas, se citaban diariamente para salir á recibirlo. Buscábanse unas veces en casa del médico, otras delante de la botica ó en la Glorieta del Parque, bajo los árboles, y vestidas de gayos colores y algunas con flores en la cabeza, acudían á la estación. Marchaban en pequeños grupos y cogidas del brazo hacia el llano. Sus caderas retozonas movíanse á compás, y el murmurio de sus risas y de su frívolo charlar flotaba tras ellas semejante á un polvillo juvenil. El viejo camino que empapó sangre de romanos y de moros, el legendario camino, triste como una arruga de la tierra, se alegraba con el rumor y la inquietud de tantas haldas.
Abajo, en la planicie, vibraba de regocijo el minúsculo andén: las mozas conversaban en alta voz, formaban corros bullangueros ó se paseaban. Un gran zumbido de colmena llenaba la estación. ¿Por qué tanta alegría? Había en este regocijo inclasificable una emoción de ensueño, un nervioso deseo de romancescas sorpresas, hiladas, bordadas, durante horas interminables de soledad. El tren que esperaban impacientes, como á un Rey Mago, jamás faltó á la cita. Un silbido lanzado tras un boscaje de castaños lo anunciaba, y de súbito aparecía negro, fragoroso y humeante. Pasaba la máquina jadeando, chorreando agua hirviendo; rechinaban sus frenos y, cual por ensalmo, deteníase el convoy. Las ventanillas de los vagones se llenaban de caras curiosas; algunos viajeros requebraban á las vírgenes lugareñas que les miraban sonriendo, á la vez, alegres y tristes, sin saber por qué. Una voz gritaba:
--¡Puertopomares... un minuto!...
Silencio. Inmediatamente sonaban tres campanadas y el tren seguía, disminuyendo en la distancia crepuscular hasta perderse bajo el túnel. Las muchachas, contentas como si volviesen de hablar con un novio, emprendían cuesta arriba el retorno al pueblo. Raimunda y Anita, las de los cabellos rubios, y María Jacinta la del rostro sin color, y Micaela y Enriqueta, las de las caderas y hombros estatuarios, acariciaban el mismo pensamiento:
«Mañana lo veremos también...»
Y no pedían más.
La felicidad constituye algo tan fortísimo, supereminente y precioso, que la partícula más nimia caída de su divino manto, puede hacer al hombre dichoso; en lo cual se parece á la belleza, cuyas migajas son de tan egregia condición, que la menor de todas bastaría á la inmortalidad de un artista. Y así, con «aquel minuto» que el correo hizo alto ante el andén, cuantas doncellas acudieron á recibirlo se juzgaban pagadas. Aguardar, durante veinticuatro horas, la llegada de un minuto, ¿no será espera excesiva?... Acaso no, pues es tan intensa y deliciosa la fragancia de ese instante, que impregna de su aroma todo el día. Más aún: no había de llegar, y el regocijo con que los corazones se prepararon á recibirlo bastaría á hacerlos dichosos. Imagen de la humana felicidad es ese tren que todas las mozas lugareñas aguardan. ¿No son también las almas como estaciones por donde el convoy de la ilusión ha de pasar?... Y si pasó, en efecto, y un instante se detuvo, ¿quién será tan ambicioso ó insensato que se crea defraudado?... Además: ¿no hubo y seguirá habiendo, millares de seres que murieron felices precisamente porque murieron esperándole?...
El correo se detendría más de un minuto, y perdería algo de su interés; la dicha se retardaría unos segundos más en el corazón, y tal vez pareciese menos apetecible. Las mujeres adoran los trenes porque son bellos, y lo son, porque apenas llegan, se van, y lo que se va es recuerdo... ¡y sólo el recuerdo, por ser tristeza, es poesía!...
Como en el tren, en la vida nada es definitivo, nada cristaliza, todo sirve de pretexto para ir adelante. Esta expresión de la eterna mudanza y de la universal melancolía, la adivinaban las vírgenes de Puertopomares, quienes, sin motivo concreto, al dejar la estación, sentían de pronto ganas de llorar.
XII
La tragedia que por las noches, á vuelta de numerosos y crueles ensueños, iba devanándose en la casa del chopo, continuaba su curso.
Tan fuerte y constante era la sugestión de don Gil sobre los hermanos Paredes, que estos empezaron á confundir las fantasías de sus horas de descanso con las pertinaces y homicidas meditaciones de sus vigilias, hasta no saber distinguir entre lo soñado y lo mucho malo que discurrían con los ojos abiertos. El propósito de deshacerse del señor Frasquito ofrecíase á la estrechez de sus magines por momentos más llano, razonado y viable. Unas veces suponían que la constancia de tal obsesión motivaba las pesadillas con que el hombre pequeñito les atormentaba, cual si éstas no fuesen más que simulación ó resultado de aquélla; otras admitían la existencia objetiva del alma de don Gil, creían que, efectivamente, el espíritu del enano iba á visitarles y, de consiguiente, que, cuanto sus oscuros cerebros maquinasen despiertos, era reflejo, comentario ó consecuencia naturales de lo que aquél les hubiese dicho en el terrible hilar de sus noches. La idea criminal no cejaba. Rita, en su casa, mientras cosía, ó junto al fogón, ó delante del lavadero, conforme sus manos nervudas manejaban las ropas chorreantes de agua enjabonada, retorciéndolas como si fuesen cuellos, repetía abstraída:
«Hay que matarle...»
A lo largo de los caminos á Toribio Paredes, en tanto seguía el paso lento de sus mulas cargadas, sucedíale lo propio.
«Hay que matar á Frasquito»--pensaba.
Era un imperativo que ya resonaba dentro de él, bajo su cráneo, cual eco ó voz de su cerebro; ora vibraba á su lado, junto á sus oídos, bisbisado por la platicadora brisa. Menudearon tanto las visitas de don Gil Tomás, que perdieron su misterio amedrentador y llegaron á ser familiares. Muchas veces, desde sus camas respectivas, los dos hermanos hablaban de don Gil, que aparecíase á ellos no bien sus espíritus conciliaban el sueño. En el silencio de las alcobas, separadas por un sutil tabique, todo vibraba claramente.
--Rita--murmuraba Toribio.
--¿Qué?
--¿Me oyes bien?
--Te oigo.
--¡Si supieses lo que me ha dicho!...
Ella se incorporaba suavemente, para no despertar al señor Frasquito que dormía á su lado; estiraba el cuello y en la oscuridad, la fiebre de escuchar, contraía sus labios.
--¿Qué ha sido?... dí...
Pero Toribio callaba siempre. Eran tan horrorosos sus pensamientos, que el concertarlos y reducirlos á palabras ponía espanto en su corazón.
Sólo es secreto lo que nunca bajó de la frente á la boca. Fiel á este criterio, el bujero musitaba evasivas.
--Es largo de contar; ya lo sabrás mañana.
Con esta suprema taimería de mostrarle al hombre la ruta del crimen lucrativa y expedita, al par que acrecentaba en la mujer la codicia y los deseos de independencia, don Gil iba acercándose poco á poco al desenlace de su venganza.
Una tarde Toribio Paredes, volviendo de la estación, tropezóse en la Glorieta del Parque con Maximina, la más joven de las dos criadas que servían á don Gil. Contaría veinte años. Era rubia, de buen talle, pulcra en el vestir y muy alindada de manos y de rostro. Hacía tiempo que el _Rojo_ clavó en ella la intención, y aunque feo y talludo consiguió llevar sus afanes tan adelante, que, ni aun casándose, hubiera podido ir más lejos. El descubrimiento y divulgación de esta historia se debió á don Artemio, quien, una madrugada, mucho antes de que asomase el sol, desde la puerta de su farmacia vió á Toribio salir furtivamente del domicilio de don Gil y alejarse volviendo la cabeza, mientras Maximina le sonreía desde una ventana.
En medio de la Glorieta, bajo las miradas de los transeuntes y con estudiada llaneza amistosa, Paredes interpeló á la muchacha. La noche antes había soñado con don Gil, y tuvo su alucinación una evidencia tan avasalladora, un relieve tan manifiesto y al alcance de sus ojos y de sus manos, que al desvanecerse dudó de si fuese el espíritu de don Gil ó el mismísimo don Gil, en carne mortal, quien durante largo rato estuvo al pie de su cama entreteniéndole con terribles propósitos. El bujero quería cotejar horas para salir de dudas; necesitaba saber si había soñado ó si, efectivamente, había visto...