Chapter 22
Y esta palabra tomaba en boca del lego un tono de admiración y respeto. El pobre hombre, canijo y encogido, adoraba la fuerza, la arrogancia, los uniformes vistosos, y al recordar que el iniciador de la Orden había sido soldado, sonreía con cierta malicia, como si pensase en los devaneos y buenas fortunas de los hombres de guerra, de las cuales alguna habría tocado al santo, cuando aún no pensaba en serlo. Le llenaba de orgullo la nobleza y el carácter caballeresco de la juventud del fundador, pensando en las otras Ordenes, que no tenían entre sus iniciadores más que eremitas miserables, santos piojosos, salidos de las últimas capas sociales.
Mientras hablaba el hermano, el doctor, mirando el monigote de cera, tendido en la colchoneta, pensaba en el hombre sombrío, en el vasco de carácter complicado, que llenó el mundo con su nombre, siendo cada período de su vida una contradicción violenta. Primero, el soldado presuntuoso y elegante, martirizando y amputando su cuerpo por parecer bello, y perder la rudeza propia de su país. Después, al convencerse de que en la vida mundana sus triunfos han terminado, el fanatismo de la raza que surge con toda la fuerza de una voluntad poderosa.... Entonces le trastorna la locura de la santidad: es humilde y fiero al mismo tiempo, se convierte en matón de la Virgen, queriendo dar de puñaladas á un morisco que blasfema de ella, y poco después se deja apedrear por los chicuelos de Salamanca, que le toman por un demente, viendo sus piadosas extravagancias, remedo de las de San Francisco de Asís. Pero la dulzura poética del solitario de la Umbría, su santidad soñadora, no cabe en el carácter positivo y práctico de un vasco. Ya que se dedica á Dios, ha de ser con un objeto terrenal e inmediato. Bueno es ser santo, pero debe servir para algo que se vea y se toque. Los instintos de hombre de pelea renacen en él. Ve que la Iglesia combatida por la protesta luterana necesita un fuerte auxilio, y lleva á la religión la disciplina del campamento, fundando, no una Orden, sino una Compañía, organizando un ejército negro que ofrece á los Papas, formando los soldados en el molde de su férrea voluntad, sin afectos de familia, sin pensamiento propio, con la rigidez de los autómatas, con esa insensibilidad que hace invencible. El asceta se convierte en caudillo y en esta tercera parte de su vida, el vagabundo apedreado por la chiquillería, toma aires de vice-papa, se hace llamar general por los suyos, reside en Roma entre los príncipes, interviniendo en las complicadas intrigas europeas, y muere satisfecho de su poder y de haber salvado momentáneamente al catolicismo conservándole los pueblos latinos.
Aresti admiraba á Íñigo de Loyola como un ejemplar acabado de su raza, incapaz de ilusionarse por largo tiempo en cosas inmateriales, sacando instintivamente el poder y la riqueza de la santidad ascética, por la que habían pasado tantos otros con el cuerpo atormentado por la penitencia, comidos de parásitos, sin otra fortuna que la soga ceñida á los riñones.
Había sido un admirable comerciante de la religión: un talento práctico surgido á tiempo para salvar la tienda de Roma amenazada de quiebra, ordenando sus negocios, dándoles nuevo rumbo y fundando su Compañía, aquel disciplinado cuerpo de comisionistas del catolicismo que viajaban por toda la tierra, explotando las pasiones y las debilidades humanas, para la mayor gloria de su Dios.
El hermano sacó al médico de su ensimismamiento, enseñándole la parte superior del altar. En un relicario de oro estaba el corazón del santo. Era lo único que allí conservaban del fundador. El cuerpo, como sabía todo el mundo, estaba depositado en el _Jesu_ de Roma.
--Sí: lo conozco. Lo he visto--dijo Aresti.
Sin saber por qué, sintió la necesidad de deslumbrar con un embuste al simple lego, el cual parecía convencido de que la humanidad entera se interesaba por las cosas de la Orden, sin que ni un solo hombre ignorase dónde estaba el cuerpo de San Ignacio.
--¡Ah! ¡El señor ha estado en Roma!--exclamó el hermano mirándolo con cierta admiración, como si de repente creciese ante sus ojos.
--Sí--dijo Aresti sintiendo de nuevo la necesidad de mentir, para que le admirase aquel pobre hombre.--Estuve cuando la última peregrinación.
El hermano modificó sus palabras y gestos. Ya no era Aresti para él uno de tantos viajeros de los que llegaban atraídos por la curiosidad; muchos de ellos, extranjeros herejes, procedentes de países que despreciaban á la Compañía. Era uno de la familia, casi podía considerarse como de la casa; y el hermano mostró empeño en enseñárselo todo minuciosamente, desbordándose en palabras, con la locuacidad del que pasa mucho tiempo condenado al silencio.
Se detuvo en una puertecita inmediata al altar, inclinándose para ceder el paso á aquel señor tan simpático. Era una pequeña habitación, sin otro adorno que un retablo.
--Aquí estaba enfermo nuestro santo fundador,--dijo con voz meliflua--y aquí fué su conversión. Pidió á la familia un libro de caballerías para entretenerse, pero como Dios tenía puestos sus ojos en él, hizo que nadie encontrase libros de tal clase y eso que abundaban en la casa. Entonces leyó una historia de la Virgen é inmediatamente sintióse tocado por la gracia y decidió dedicarse á la vida santa, renunciando al mundo.
Después, el lego buscó en la pared, señalando una grieta que la cruzaba.
--Mire usted esto, caballero. Por fuera aún se ve mejor; llega hasta el suelo partiendo las piedras del muro.... Esta grieta la hizo el diablo. En el mismo momento que el santo decidió dedicarse á Dios, tembló el suelo y se estremeció toda la casa, quedando esta abertura como recuerdo. Era el demonio que acogía de este modo la resolución del santo.
--Sería de rabia--dijo Aresti con gravedad imperturbable.
--De rabia y de miedo--contestó el hermano con modestia.--Tal vez el maligno tembló, adivinando que el santo iba á fundar nuestra Orden.
Pasaron á otra habitación en el extremo opuesto de la capilla. Cada vez que el lego veíase ante el altar, caía de rodillas, causando la admiración del médico, por el gesto con que rezaba su corta oración. El cuerpo quedaba recto, con las manos cruzadas sobre el pecho, mientras el cuello se prolongaba hacia adelante, como el pescuezo de una jirafa que quisiera tocar el cielo.
--En esta habitación--dijo el lego--nació nuestro santo fundador. Aquí tuvo también el hermano Garrido su revelación portentosa. Usted habrá oído hablar de ella....
Pero viendo que el señor permanecía impasible, dijo con cierta impaciencia:
--Pero usted sí que sabrá quién era el hermano Garrido.
--¡Oh! mucho--dijo Aresti, que oía por primera vez este nombre.
--Ya esperaba yo--continuó el lego--que un señor como usted conocería al hermano Garrido. Los padres de Roma piensan canonizarlo apenas pase el tiempo preciso.
Y hablaba con entusiasmo de este hermano, como si fuese una celebridad universal, bastando citar su nombre para que todos repitiesen sus glorias. En aquel mismo cuarto, estando en éxtasis el hermano Garrido, se le había presentado la Virgen anunciándole con veintidós meses de anticipación, el asalto de los conventos y la degollación de los frailes, en los primeros años del reinado de Isabel II.
--Entonces--dijo Aresti--los padres de la Compañía, avisados con tiempo no serían víctimas de las turbas.
--A algunos mataron en el Colegio Imperial de Madrid--contestó el lego.--El hermano Garrido era modesto, y se calló la revelación, no haciéndola pública hasta después que llegó aquí la noticia de los asesinatos.... Era muy humilde el hermano Garrido. Por esto será algún día un santo más de nuestra Orden.
Había terminado la visita á la casa de San Ignacio. De un momento á otro llegarían las señoras para hacer sus ejercicios en la capilla. Pero el hermano sentía cierta pena por separarse tan pronto de aquel señor devoto que le escuchaba sin pestañear como si le admirase.
--¿Quiere usted ver el monasterio?--le preguntó.
Esta invitación no la hacía á todos los visitantes: pero con él era distinto; él había ido á Roma en peregrinación y había visto el cuerpo de San Ignacio. Pasaron del castillejo al monasterio por una galería cubierta, en la que trabajaban varios obreros con pantalones y blusas del mismo azul celeste que el manto de la Virgen. Eran hermanos jóvenes que trabajaban de carpinteros y albañiles; mocetones de la montaña que deseaban emanciparse del terruño, prestando sus brazos á la Compañía para el trabajo reposado y lento de las casas de religión; libres ya de la lucha por la vida, y teniendo de antemano asegurada la salvación eterna, sólo con obedecer ciegamente á los superiores.
--¿Quiere usted subir á la biblioteca?--preguntó el hermano.--Tiene poco que ver: todo en ella es antiguo.
--Lo antiguo era lo mejor--dijo Aresti con gravedad.
--Usted está en lo cierto. ¡Ay, si todo el mundo pensase tan sanamente como usted! No como la gente de ahora que sólo lee novelas y libros malos contra la religión.
La biblioteca estaba en el último piso; una gran sala, por cuyas ventanas entraba á raudales la luz del sol, viéndose desde ellas los montes inmediatos, verdes y limpios de niebla. Unos cuantos cuerpos de la estantería contenían diversas ediciones de clásicos griegos y latinos, encuadernados en pergamino. Otros guardaban los autores teológicos, y el resto estaba ocupado por todos los libros escritos en favor y defensa de la Compañía de Jesús. Aresti leía con curiosidad los nombres de aquellos autores que le eran desconocidos y á los cuales atribuía el hermano una fama universal. Realmente, era todo antiguo en aquella biblioteca: olía á sepultura.
Descendieron á los claustros. El médico temía encontrarse con algún Padre que le conociera por haber estado en Bilbao. Pero á aquella hora los sacerdotes estaban en sus celdas, y por los claustros únicamente pasaban algunos legos sin sotana, con aire apresurado, deslizándose sin ruido sobre sus zapatillas silenciosas. En la antesala del refectorio varios hermanos viejos limpiaban vasos y botellas en una fuente de mármol obscuro, que arrojaba cuatro chorros de agua.
Aresti, solicitado por el lego, entró en una celda de las que servían de alojamiento á los seglares durante los diez días que duraban los ejercicios.
--Pobrecito--decía el hermano enseñándola,--pero decentito y limpio. Aquí vienen toda clase de personas; banqueros, generales... hasta ministros. Y viven tan ricamente y son felices en esta pobreza mientras curiosean su alma.
El doctor examinaba el cuarto, de alto techo y desahogadas proporciones. Junto á la ventana, una mesa con dos sillas de paja. La cama de hierro se ocultaba tras un tabique bajo, con una cortinilla roja en la puerta.
Los claustros estaban adornados con antiguos retratos faltos de valor artístico, pero de cierto interés histórico. Eran los Padres más famosos de la Compañía por las aventuras y peligros de su existencia; los propagandistas del jesuitismo que se habían esparcido por la tierra en la primera expansión de la Orden recién fundada, ocultando su carácter y sus fines, amoldándose á los gustos y costumbres de los países donde se establecieron. Los había con grandes barbas, recios capotes, altas botas y gorro de piel, relatando la leyenda al pie del retrato, sus viajes por el Norte de las Rusias, sus arriesgadas expediciones en países de hielo. Otros vestían la bota floreada de la aristocracia china: habían sido mandarines, llegando á aconsejar á individuos de la dinastía Celeste. Y además de estos arriesgados viajeros, felices en sus aventuras, figuraban los mártires, los que habían perecido bajo las flechas de los tártaros ó los sables de los japoneses. El Asia, con sus enormes imperios catalépticos é insensibles, había tentado á aquellos propagandistas de la autoridad y de la vida automática y sumisa.
Aresti vió todo el resto del monasterio: el refectorio, con su púlpito para la lectura; la capilla, en la que hacían los hombres sus ejercicios espirituales, colocando los Padres á la puerta una bandeja para que los jóvenes depositasen en un papel cerrado sus peticiones á la Virgen; la cocina, donde los hermanos guisanderos le explicaron los tres platos sólidos que correspondían á los individuos en cada comida: el salón acristalado, en el cual fumaban sacerdotes y seglares un cigarrillo único, pues en el resto del monasterio, aunque el fumar no estaba prohibido, era mal visto por los superiores.
--Queda la huerta. ¿Quiere usted verla?--dijo el hermano con el deseo de prolongar algunos minutos más el trato con aquel señor que le escuchaba con tanta atención.
Salieron á una huerta cerrada por un alto muro de piedra. En el fondo había una pequeña granja con sus vacas y cerdos, de los que hablaba el hermano con tierna admiración. Los pájaros turbaban el silencio monástico de aquellos campos, revoloteando en torno de los árboles frutales.
Un seglar iba con un libro en la mano por el mismo camino que seguían ellos. Era la única persona que paseaba por la huerta.
Aresti lo vió de espaldas y aceleró el paso como sí le acometiese de pronto una duda y quisiera salir de ella.
--Es un señor muy rico, ¡muy rico!--dijo el hermano, adivinando su curiosidad.--Está haciendo los ejercicios seis días. Creo que es de Bilbao y que le llaman...
Pero antes de que el lego dijera el nombre, el seglar se volvió oyendo el ruido de los pasos.
--¡Pepe!...--gritó el doctor.
La sorpresa no le permitió decir más al reconocer á Sánchez Morueta.
--¡Luis!... ¡Primo!...--exclamó éste no menos sorprendido.
Pero, pasada la primera impresión, hizo un movimiento de molestia semejante al del que duerme y se ve bruscamente despertado.
El hermano, á impulsos de su meliflua cortesía, siguió andando para detenerse á alguna distancia de los dos hombres. Le inspiraba profundo respeto aquel devoto al que trataban con gran deferencia todos los Padres, permitiéndole fumar en su cuarto y bajar á la huerta á todas horas, con otros privilegios no menos importantes que sólo se concedían á muy contadas personas. El visitante que él acompañaba también adquiría una importancia inmensa ante sus ojos, por tratarse tan afectuosamente con el personaje.
Los dos hombres quedaron mirándose en silencio largo rato.
--¿Tú aquí?...
Y Aresti encerraba en esta exclamación toda la fuerza de su asombro.
Sánchez Morueta sonrió de un modo que su primo no había visto nunca en él. Era una expresión de resignada modestia, de decaimiento de la voluntad. Hablaba sencillamente, como si no hubiese ocurrido nada de extraordinario desde la última vez que se habían visto.
Cristina y la niña le acompañaban en los ejercicios. Muchas familias de lo mejor de Bilbao estaban en Loyola con el mismo fin: las señoras en el hotel: los hombres en las celdas del monasterio. Ya llevaba allí seis días y le faltaban cuatro.
--¿Y estás bien? ¿Te gusta esta vida?
--Sí--contestó el millonario con sencillez.--Me sienta perfectamente: no tienes más que mirarme.
Sánchez Morueta parecía repuesto de su crisis. Nada quedaba en él del enfermo que había visto Aresti en su última visita á Las Arenas. Su mirada era tranquila, con una fijeza serena: el color sanguíneo de sus primeros tiempos de luchador había vuelto á animar su rostro.
El médico le escuchaba con asombro enumerar las ocupaciones de su vida en aquella casa: todas con arreglo á la distribución del tiempo marcada por el director de sus ejercicios. Se levantaba á las cinco y media de la mañana; á las seis bajaba á la capilla, leyendo durante media hora aquel libro que le acompañaba siempre: después meditaba una hora, oía misa y tomaba el desayuno, descansando hasta las diez ó paseando por la tranquila huerta que los buenos padres ponían á su disposición. Meditaba de nuevo hasta mediodía en su celda, recibiendo la visita de su director, rezaba el Vía Crucis en los claustros, comía á la una descansando de nuevo hasta las cuatro, y á esta hora bajaba á la capilla para escuchar las pláticas con los otros compañeros de ejercicios. A las siete era la estación al Santísimo Sacramento, después el Rosario, los dolores y gozos de San José y el examen de conciencia de todo lo hecho durante el día: á las nueve la cena y á las diez se acostaba.
Él, que en el mundo podía dar órdenes á miles de seres, gozaba la extraña dulzura de ser mandado, de sentir sobre su voluntad otra que era superior y la dominaba. La celda pobre y la comida vulgar en el refectorio, le parecían de una voluptuosidad extraña después de tantos años de bienestar fastuoso y refinado en su palacio de Las Arenas. Los primeros días habían sido duros para él, pero ahora paladeaba la dulzura de no ser nada, de verse guiado, anulando su voluntad, empequeñeciéndose, pensando á todas horas en la muerte para convencerse de la humana insignificancia.
El mundo al que había de volver le parecía lejano, muy lejano. Aquel Bilbao, del que era rey, estaba sin duda en otro planeta con sus agitaciones de lucro, con sus fiebres de egoísmo, de las que no llegaba nada, absolutamente nada, á aquel tranquilo rincón.
--Estoy bien, Luis: mejor que nunca. La satisfacción que adivino en mi mujer y mi hija, me llena de alegría. Tengo la certeza de que al salir de aquí nos querremos más; que constituiremos una verdadera familia cristiana, como dice....
Se detuvo como avergonzado de soltar ante Luis el nombre en que pensaba. Pero se arrepintió de su duda como de un pecado, y añadió con energía, queriendo imponer su convicción:
--Los jesuítas no son malos como yo creía torpemente. Debes salir de tu error, Luis. Son unas excelentes personas: unos santos. ¡Ay, si tú los tratases!
Después habló de Urquiola, que les había acompañado á los ejercicios, pero había tenido que salir el día antes para Bilbao, llamado por el Padre Paulí; de la tranquilidad de aquella vida, sin agitaciones cerebrales, y sin ambición, que tanto contrastaba con su existencia de Bilbao.
--Creo, Luis, que si no tuviese á mi mujer y mi hija, aquí me quedaría para siempre. Esta es la verdadera vida. La de fuera ya sabes lo que es: penas y maldiciones.
Aresti le escuchaba silencioso, mirándolo fijamente, sin pestañear, como en presencia de un enfermo; de «un caso interesante».
--¿Y qué es eso que llevas ahí?--dijo de pronto, agarrando el libro que su primo conservaba cerrado en una mano.
Le bastó una ojeada para conocer el pequeño volumen encuadernado en pasta, con una impresión gruesa y vulgar de libro devoto. Era los _Ejercicios espirituales de San Ignacio_, explicados por el Padre Claret, el famoso arzobispo de Trajanópolis, que tanto había influido sobre los últimos años del reinado de Isabel II.
Aresti conocía el libro. Muchas veces lo había encontrado sobre su mesa cuando vivía con su mujer. Recordaba su estilo de piadosa belicosidad, hablando de las dos banderas: «la una de Cristo Señor Nuestro, sumo capitán; la otra de Lucifer, mortal enemigo de nuestra naturaleza humana.» San Ignacio y el Padre Claret llegaban á la elocuencia más conmovedora al describir el infierno. El fuego de aquel lugar de maldición era tan intenso, «que una sola centella reducía á polvo una piedra de molino; si caía sobre un globo de bronce lo derretía al punto, como si fuese de cera, y si en un lago reducido á hielo, lo hacía hervir en un instante.» Los condenados sentían este fuego en el cerebro, los dientes, lengua, garganta, hígado, pulmón, entrañas, vientre, corazón, venas, nervios, huesos, médula de éstos, sangre y hasta en las potencias del alma», y después de la horripilante enumeración, San Ignacio preguntaba al alma del pecador con quién deseaba irse, si con Dios ó con el Demonio. ¡Ah, mísero Luzbel; ridículo pazguato que ofrecía con torpe malicia las cortas felicidades de la tierra á cambio de una eternidad de tan horrible fuego! La respuesta no era dudosa. Con Dios se iban las almas después de los santos ejercicios.
Sánchez Morueta hablaba de éstos. Los primeros días estaban dedicados á meditar sobre el pecado mortal, la muerte y el infierno. Después se meditaba con ayuda de aquel libro sobre la gloria eterna y la misericordia de Dios.
--¿Pero tú crees en todas esas cosas del infierno y la gloria, tan vulgares, tan groseras como las pinta ese libro?
La firme mirada de Aresti turbó á su primo.
--Como creer... no puedo afirmarlo rotundamente. Me asaltan dudas, y me callo por no molestar á mi director. Pero todo esto me causa cierto bienestar. Lo absurdo me entretiene, me deleita, me vuelve á la tranquilidad de la niñez. Creo algunas veces que aun me mecen susurrándome cuentos al oído.
El médico sonreía, y Sánchez Morueta se apresuró á añadir:
--Pero me siento más feliz, más tranquilo que antes. Además, en estas meditaciones hay algo que me impresiona profundamente y que ni tú ni nadie podéis negar: la Muerte. Nos hacemos viejos, Luis, y ella llega y no valen para ablandarla riquezas ni ruegos. Desde que nada ansío, y no encuentro ante mí nada que conquistar, la tengo mucho miedo.
Y el terror á lo desconocido, á la muerte inevitable, á la eterna sombra, se manifestaba en el rostro del millonario con un gesto desesperado.
Aresti recordaba la página de la Muerte en el libro de San Ignacio, una página de brutal realismo, que hacía temblar á los hombres y llorar de horror á las mujeres. «Mirad lo que pasa en aquel cuerpo: antes hermoso é idolatrado, ya muerto: ya está sepultado, ya cayó.... Luego, se le acercan los moscones, escarabajos, sapos y sabandijas, y se saborean y complacen en el mal olor que despide y en la podre que empieza á manar; también se acercan los ratones, taladran sus vestidos ó mortaja; se enredan entre el cabello, entran en la boca y empiezan á comer la lengua, salen luego y registran todo el cuerpo entre carne y vestido. Mientras tanto, la putrefacción se va aumentando: ya se ve pulular una grande muchedumbre de gusanos que van comiendo la carne del vientre, de la cara y de todo el cuerpo: ya se concluyó la comida: ya los gusanos mueren de hambre, dejando allí unos huesos negruzcos y descarnados, que con el tiempo se calcinarán y convertirán en polvo. Acuérdate, hombre, que eres polvo y en polvo te has de volver, en cuanto al cuerpo, pues eres hombre de humo ó tierra.»
--¡Lee esto! ¡lee esto!--decía el millonario abriendo el libro por aquella misma página que tenía señalada, como si fuese su obsesión.--¡La Muerte!--murmuraba luego.--Se habla de ella muchas veces, pero sin pensar en lo que realmente es, sin pararse á mirarla de cerca.... ¡Qué horrible! Luchar toda la vida para dar gusto á la carne, para preparar el pasto del gusano....
Después, en voz baja, dijo al doctor:
--Debe existir algo después de la muerte. No sé ciertamente si será lo que aquí dicen ó lo que digan en otra parte. ¿Pero qué pierdo yo con creer á ojos cerrados? Por lo pronto, gano la tranquilidad de la casa, y bueno es, por si hay algo más allá, ir preparado á todo, sin miedo á engaños.
Aresti sonrió con lástima, ante aquel espíritu comercial, que examinaba la vida futura con el mismo egoísmo que si apreciase las probabilidades de un negocio.
Ahora sí que le decía adiós para siempre. Su primo estaba bien agarrado, por el egoísmo y el miedo á la muerte, las dos flaquezas de los felices.
--Debías quedarte aquí, Luis: venir alguna vez. Los Padres son gente simpática. ¿Qué perderías con ello? Aunque no creyeses en todo, podías callarte y ser feliz. ¿Qué sacas de tanto estudio? ¿Estás seguro de que todo lo que tú crees es verdad? ¿Y si después de morir te encontrases con la inmensa equivocación de que hay algo?...
El doctor le estrechó la mano con frialdad, convencido de que se separaban para siempre, de que en adelante se mirarían con extrañeza, como si fuesen otros hombres.
Y Aresti salió de la huerta, precedido por el hermano, que ahora callaba y parecía tener prisa en sacarle del monasterio, como si hubiese escuchado de lejos parte de la conversación.
Antes de salir, aún se volvió para ver á su primo, que le seguía con los ojos y parecía decirle: