Chapter 21
Y mezclando los gritos del país con los que habían aprendido en las plazas de toros, arrojaban más allá de la cuerda sus boinas y sus carteras, pero llamando en seguida á los chicuelos para que las recogiesen. El _Chiquito_ sonreía bajo la ovación tumultuosa de sus protectores, viendo al mismo tiempo una señal de su triunfo en el gesto taciturno y miedoso de su contrincante y en la ansiedad silenciosa de todos los del país, que apostaban por el guipuzcoano. Los dos se despojaron de boinas y alpargatas y con los pies desnudos subieron sobre las piedras, en las cuales estaban marcados los redondeles que debían perforar. El trabajo duraría dos horas: el que antes lo terminase ó llegase más adelante sería el vencedor.
Colocáronse ambos barrenadores, cada uno sobre su piedra, con las piernas juntas y los talones tocándose. Entre los pies desnudos que formaban un ángulo, subía y bajaba la barra de acero abriendo el orificio. La más leve desviación, podía herirles, destrozarles un pie, con aquel hierro movido por hercúlea fuerza. Pero no había que temer: sus brazos mostraban la regularidad de una máquina.
Cada uno de los contendientes iba escoltado por una pareja de amigos. Eran los padrinos que les asistían en la lucha. Se inclinaban y levantaban al mismo tiempo que ellos, doblándose al compás de los movimientos del perforador, sirviendo de péndulo que regulaba el vaivén del trabajo. Al mismo tiempo, excitaban al compañero con sus gritos: rugían _¡haup! ¡haup!_ al doblarse por la cintura, señalando cada golpe con esta exclamación. Los padrinos, con los brazos inactivos, pero con los pulmones cruelmente dilatados por la angustia, se cansaban más aún que el barrenador.
Los dos esperaban con las barras levantadas por encima de la cabeza. Dieron la señal los directores de la apuesta y en la plaza estalló una aclamación semejante á la que acoge la partida de los caballos en una carrera. Después se hizo el silencio. Sonaban los golpes del acero y el _¡haup! ¡haup!_ de los acompañantes con una regularidad mecánica, interrumpidos algunas veces por el _¡brrr!_ de los barrenadores, que al respirar jadeantes, parecían escupir su cólera sobre la piedra enemiga.
Aresti sintió deseos de reír, viendo cómo se doblaban aquellos monigotes humanos que seguían con sus cuerpos el esfuerzo de los contendientes, fatigándose en un trabajo inútil, para transmitirles su energía.
Transcurrieron algunos minutos. El _Chiquito_ trabajaba más aprisa que su rival. Subía y bajaba la palanca con tanta rapidez que apenas se la veía. Su cuerpo era una mancha indecisa y borrosa por el continuo movimiento; sus acompañantes no podían seguirle. Detúvose un instante y cambió de sitio, continuando su trabajo. Los mineros adivinaron que pasaba á la segunda perforación, dando por terminado el primer agujero. ¡Y su contrincante aún estaba en el mismo sitio!...
--¡Olé, _Chiquito_!--gritaron agitando sus manos cargadas de pedrería.--_¡Haup!... ¡haup!_
Y en discordante coro juntaban sus voces á las de los dos vizcaínos que servían de auxiliares á su barrenador.
La lucha se desarrollaba con la lenta y aplastante monotonía de todos los espectáculos de fuerza. Aresti, interesado por el final del combate, entretenía el aburrimiento de la espera comparando á los dos contendientes. Eran el arranque impetuoso y la destreza inteligente del nervio, luchando con la calma tenaz y la serena fuerza del músculo. El hombre-caballo frente al hombre-buey. El _Chiquito de Ciérvana_, vehemente en su trabajo, dejaba atrás al enemigo con sólo el primer arranque: el otro seguía su marcha sin darse cuenta de lo que le rodeaba, sin apresuramientos ni desmayos, como si no escuchase á los que mugían junto á su oído _¡haup! ¡haup!_ Él era quien reglamentaba los movimientos de sus padrinos, sin apresurarse ni dejarse arrastrar por ellos como lo hacía su contrincante.
En cambio, el _Chiquito_ deteníase algunas veces, lanzaba en torno una mirada satisfecha, se escupía en las manos, y agarrando de nuevo el perforador continuaba el trabajo. Su burdo contendiente aún no se había detenido una sola vez: golpeaba la piedra, con la cabeza baja, mostrando la pasividad resignada del buey que abre un surco sin fin.
Pasó una hora sin que ningún incidente alterase la marcha de la lucha. El guipuzcoano abría sus perforaciones, pasando de una á otra sin levantar la vista. El _Chiquito_ le llevaba aún un agujero de ventaja como al principio del combate. Los mineros de Bilbao continuaban en su alegría insultante. ¡Aún admitían apuestas! Ofrecían un duro por cada peseta que quisieran arriesgar en favor de aquel cuitado. Y no ocultaban su asombro cuando veían aceptadas sus proposiciones por las gentes del país. ¡Qué zonzos! ¡Y cómo iban á perder el dinero!...
La segunda hora de la lucha se desarrolló en silencio. La gente parecía anonadada por la monotonía del espectáculo. La espera interminable embotaba los sentidos, dificultando toda emoción. Por esto no hubo gritos de triunfo ni exclamaciones de protesta, cuando comenzó á iniciarse la ventaja del barrenador lento é incansable, sobre el _Chiquito_ que hacía temblar la piedra bajo el rayo de su palanca.
Aresti presentía este suceso desde mucho antes. El _Chiquito_ se detenía á descansar jadeante: ya no lanzaba ojeadas en derredor con expresión de triunfo, sino con la opacidad de la angustia. Habíanse sucedido al lado de él varias parejas de padrinos, fatigados de seguirle en el relampagueo de su trabajo; pero los que ahora le acompañaban tenían que gritar _¡haup, haup, haup!_ con más lentitud, esforzándose en vano por animarle y enardecerle, tirando de él con la palabra como si fuese una bestia cansada y vacilante que se encabritase bajo el látigo, sin poder salir de su paso.
El médico sentía angustia examinando á los dos contendientes, con la cara pálida, sudorosos, las piernas inmóviles y como petrificadas, el busto en incesante vaivén, los brazos hinchados por el esfuerzo; y recordaba á otros que habían caído en aquellas apuestas brutales, muertos como por un rayo, heridos en el corazón por el exceso de actividad.
Los mineros miraban al barrenador rústico, y después cambiaban entre sí ojeadas de asombro. ¡Pero, aquel animal, no descansaba nunca! Palidecían como si de golpe se alterase su digestión, poniéndose de pie dentro de su estómago, todas las buenas cosas traídas de Bilbao y rociadas con _Cordón Rouge_. Presentían la posibilidad de la derrota: parecían olerla en el silencio que pesaba sobre la plaza, en la misma gravedad de sus enemigos.
Algunos más enérgicos se revolvían contra la posibilidad del fracaso. ¡Venir de tan lejos, para que se burlasen de ellos unos pobretones!... Renacía su avaricia de antiguos miserables, que turbaba muchas veces con detalles de ruindad sus alardes de ostentación. Habían apostado más de ochenta mil duros, ¿é iban á dejarlos entre las uñas llenas de tierra de aquella gente? ¡Cristo! ¡Cómo se reirían de los mineros!...
Los más furiosos saltaron la cuerda, y haciendo retirarse á los acompañantes del _Chiquito_, se colocaban á ambos lados quitándose las chaquetas y las boinas. Se doblaban en incesante vaivén, á pesar de su corpulencia; mugían _¡haup, haup!_ con toda la fuerza de sus pulmones, como si con sus gritos pudieran hacer entrar más adentro la palanca del barrenador.
El _Chiquito_ cobraba nuevas fuerzas al ver junto á él á sus protectores, y partía en una carrera loca de furiosos golpes, espoleado por nerviosa energía: pero el cansancio de los músculos tornaba á imponerse, y el acero sonaba quejumbroso en la piedra, sin avanzar gran cosa.
--¡Arrea, ladrón!--mugían sus ricos padrinos--¡Fuerza... porrones! ¡Me caso con tu madre!...
Y de este modo iban intercalando en el continuo _¡haup, haup!_ toda clase de interjecciones amenazantes, de monstruosos juramentos que hacían encabritarse al barrenador como si recibiese un latigazo, para caer de nuevo en el desaliento.
Faltaban pocos minutos para terminarla apuesta. El _Chiquito_ estaba en la mitad de un agujero y aún le faltaba abrir otro. Su contendiente había comenzado el último sin apresurarse y sin descansar, lanzando en torno una mirada triste de buey fatigado que contempla el horizonte con el deseo de que se oculte pronto el sol, para volver al establo.
Los mineros ansiaban una catástrofe, un temblor del suelo, algo que les permitiese huir de allí, sin encontrarse con los ojos de aquellas gentes. El silencio con que acogían su victoria molestábales más aún que los gritos irónicos de algunos forasteros, que parodiaban la fanfarronería de los bilbaínos, ofreciendo un duro por un real, en favor del guipuzcoano.
Terminó la lucha sin la explosión de entusiasmo que esperaba Aresti. El gentío se abalanzó sobre el vencedor que miraba en torno de él con ojos de idiota y se dejaba arrastrar inerte y sin fuerzas hacia una taberna próxima.
Buscó el doctor á sus compañeros y no vió á ninguno. Habían desaparecido como evaporados por la derrota. Fuése en busca de ellos y encontró á muchos en la puerta del casino subiendo á los coches, con el deseo de huir de allí cuanto antes, como si el suelo les quemase las plantas. En el desorden de la fuga parecían marchar á tientas, sin fijarse en él.
Dentro del casino encontró al _Chiquito_ tendido en una banqueta, envuelto en una manta, sudoroso y pálido, con el aspecto de un niño poseído de terror. Frente á él, aún lanzaban sus últimas maldiciones algunos de las minas.
--¿Qué dice usted de esto, doctor?--preguntaron á Aresti con desesperación.
Y el médico sonrió, levantando los hombros. Era de esperar: habían civilizado demasiado á su ídolo: lo habían hecho conocer el champagne, le habían arrancado de su barbarie primitiva y al encontrarse con otro de su clase, recién salido de la cantera, forzosamente había de ser el vencido.
Todos ellos sentían la necesidad de insultarlo antes de irse. De buena gana hubieran golpeado aquel paquete inerte que sollozaba encogido en la banqueta. Le echaban en cara el vino y los manjares con que le habían atiborrado á todas horas.
--¿Oyes, ladrón, lo que dice el doctor? Tu afición al champagne. Estarías borracho y por eso nos has hecho perder, cochino. Ochenta mil duros, ¿te enteras, sinvergüenza? Más de ochenta mil duros hemos perdido por tu culpa.... Por allá no vuelvas: te mataremos á patadas si apareces en las minas.
Cada cual se alejaba, después de desahogar su cólera, con la precipitación loca de la fuga, sin preocuparse de los compañeros, sin acordarse de invitar al doctor, con el egoísmo de la derrota que borra toda amistad.
El infeliz barrenador, al verse solo con Aresti rompió á llorar.
--¡Don Luis! ¡Don Luis!...
Y su voz tenía el mismo acento de súplica infantil que los lamentos de los mineros cuando veían aproximarse el doctor á las camas del hospital.
Todo lo había perdido en un instante. ¡Adiós comilonas y agasajos, el trato con los ricos, todo lo que le hacía ser mirado con envidia por sus antiguos compañeros cuando se dignaba subir á las canteras acompañando á los contratistas! Era un héroe, un ídolo y volvía de pronto á ser un trabajador.... Menos aún, pues no encontraría un puesto en las minas. Si volvía allá serían capaces de matarlo: le aterraban como un remordimiento las grandes cantidades que había hecho perder á los señores.
--Me iré--gemía.--¡Cómo se burlarán ahora de mí!... Me embarcaré en el primer barco que salga para América.
Un grupo de gente del pueblo le interrumpió. Venían para llevarse al _Chiquito_: querían agasajarlo con la generosidad que da la victoria. No debía entristecerse: ya habían visto todos que era un gran barrenador. Otra vez ganaría él. Además, la cuestión había sido con aquellos señores tan fanfarrones: él no era más que un _mandado_. Su contrincante le esperaba en la taberna, para beber juntos como buenos camaradas.
Y se lo llevaron, rodeándolo respetuosamente, como un testimonio de su gloria, con los mismos honores que una bandera cogida al enemigo.
Aresti volvió á la plaza. Comenzaba á obscurecer; la gente se había esparcido por las calles inmediatas, agolpándose á las puertas de las tabernas. Los _versolaris_, cada vez más ebrios, espoleados por el gran suceso, improvisaban á rienda suelta, cantando el triunfo de los de la tierra, con alusiones á los ricos de las minas, que provocaban el regocijo de los aldeanos.
Iban alejándose en sus carreras las familias de los caseros. Los grupos de campesinos bebían el último trago con los del pueblo, antes de emprender la marcha, deseosos de relatar los incidentes de la famosa lucha durante la velada en la casería.
En la plaza sonaban el pito y el tamboril con cadencias de baile. Se había reunido toda la gente joven para celebrar la victoria con un _aurresku_, la gran danza vasca que tenía algo de rito primitivo. Un ágil bailarín que era el conductor del _aurresku_ lo iniciaba con el paso solemne de la invitación. Echaba la boina en tierra, y después de pedir la venia al alcalde que presidía el acto, se dirigía con una serie de minuciosos trenzados y saltos de extraordinaria agilidad, á invitar en el corro á la mujer que deseaba elegir como reina del baile. No había ejemplo de que ninguna hembra vasca, por alta que fuese su posición social, se negase á este honor. Aresti había visto á señoras de la rancia nobleza admitiendo el _aurresku_ con campesinos y marineros. Era una danza ceremoniosa y parca en los contactos; el hombre y la mujer apenas si en las diversas figuras se tocaban las puntas de los dedos. Ella no hacía más que completar el cuadro, mientras él, al son de las interminables escalas del pito, parecía hablar con los pies, con la mímica guerrera de los pueblos primitivos, con saltos prodigiosos y alardes inauditos de agilidad gimnástica, que recordaban á Aresti las danzas de ciertas tribus vistas por él en el Jardín de Aclimatación de París.
El público elogiaba la soltura del bailador de Azpeitia. Un viejo casero hablaba á sus amigos en vascuence á espaldas del doctor. Aquel _aurresku_ no le llamaba la atención; él los había visto danzados por reyes en los buenos tiempos de la guerra. Y recordaba cierto _aurresku_ bailado por don Carlos en Durango, en un convento de monjas, sin pecado para nadie, por ser la danza vascongada la más honesta del mundo.
Aresti, al cerrar la noche, buscó refugio en un fondín que servía de alojamiento á muchos que iban al santuario de Loyola. Él sentía también el deseo de visitar en la mañana siguiente aquel convento, como una curiosidad que le resarciría de su viaje. Después estaba seguro de encontrar en el tren de Bilbao á muchos de sus compañeros que habrían ido á pernoctar en Azcoitia, en Eibar y en otros pueblos, huyendo del lugar de la derrota.
El doctor pasó la noche en un cuarto de paredes enjalbegadas cubiertas de estampas de santos, y con un crucifijo sobre la cama. La hospedería era como una antesala del convento.
A las seis de la mañana salió del pueblo, siguiendo el camino recto que atravesaba con geométrica rigidez el valle de Loyola. Había caído durante la noche una suave lluvia de verano, refrescando los campos y limpiando de polvo los caminos. Las altas montañas estaban encaperuzadas de niebla, dejando ver en sus pendientes, por entre los rasguños del vapor, la nota blanca de los caseríos y las manchas cobrizas de los robledales. Los rebaños se esparcían por las faldas marcándose sobre el verde fondo, como enormes piedras blancas, las ovejas de gruesos vellones. A lo lejos, sonaba el chirrido de invisibles carretas.
Aresti llegó al monasterio á las siete. Su aspecto monumental y aparatoso, su fealdad solemne, contrastaban con la soledad y el silencio de los campos. Los gorriones perseguíanse en la doble escalinata de la iglesia, y revolando de ciprés en ciprés, iban á posarse sobre la estatua de mármol de San Ignacio. A ambos lados de la avenida que da acceso al monasterio, dos paseos cubiertos de plantas trepadoras, dos túneles de hojarasca, ofrecían su fresca sombra de tonos verdosos.
El doctor contempló con cierta admiración el edificio enorme y aplastante. No podía negársele carácter propio. Los jesuítas tenían un arte suyo; el de la ostentación y la carencia de gusto. No había obra arquitectónica de su propiedad que no la marcasen con su sello, como si quisieran ser conocidos de lejos.
La fachada de la iglesia, que ocupaba el centro del monasterio, era toda de piedra. Las columnas sostenían un frontón adornado con un escudo de armas gigantesco. La balaustrada se coronaba con enormes pináculos rematados por esferas. Detrás escalaba el espacio la cúpula del templo, de un gris de globo hinchado, rematada igualmente por pináculos y bolas, lo que la daba cierto aspecto de pagoda chinesca.
A ambos lados de la iglesia, extendíanse las dos alas del monasterio, de rojo ladrillo, con triple fila de ventanas: dos cuerpos de edificación, enormes, sin ningún signo religioso. El monasterio, desprovisto de la cúpula, hubiese parecido un cuartel del siglo XVIII.
A un lado extendía su corriente el río Urola, pasando bajo un puente metálico: al otro se alzaba una gran casa con soportales, de aspecto lujoso, en la que estaba el hotel para los ricos que llegaban á hacer ejercicios espirituales y no podían pernoctar en el monasterio.
Aresti entró en la iglesia: una rotonda de clara luz, cubierta de mármoles de vivos colores.¡Ah, el templo risueño y bonito! Los altares eran hermosos, como los platos montados de un banquete. Mármoles de color de caramelo, de color de miel, de suave fresa, de un verde de fruta escarchada, de una blancura tierna de merengue. Sentíase el deseo de morder aquella piedra, pulida como un espejo, que daba á los ojos una sensación de dulzura. Las imágenes eran sonrientes, charoladas y bonitas, como si hubiesen salido de un escaparate de confitería. Los segmentos de la cúpula estaban ocupados por grandes escudos de las naciones donde la Orden ignaciana había adquirido más arraigo; las _provincias_ de la Compañía, como ella las llamaba en su ensueño de dominación universal.
El doctor abandonó la iglesia después de haber distraído con su presencia á algunas señoras vestidas de negro, que rezaban arrodilladas ante el altar mayor. Debían ser huéspedas del hotel, devotas de distinción, venidas de muy lejos, para hacer los ejercicios en la casa del santo.
En el atrio, un mendigo se le aproximó, con esa solicitud de todos los parásitos que viven á la sombra de un monumento frecuentado por viajeros. De una barraca, situada junto á la escalinata, en la que se vendían fotografías y objetos piadosos, salieron corriendo dos chicuelas para ofrecerse igualmente. ¿El señor deseaba ver la casa de San Ignacio?...
Se indignó el mendigo ante esta concurrencia. ¡Largo de allí! ¿No tenían bastante con lo que robaban, vendiendo retratos y rosarios?... Y él fué quien guió al médico, por un ancho corredor que conducía á un patio descubierto. Allí estaba la portería. Tiró de una cadena, sonó una campana oculta, se abrió un ventanillio, y el mendigo, después de hablar por él, se dispuso a retirarse, extendiendo la mano para recoger unas cuantas piezas de cobre.
--Ahora mismo saldrá el hermano.
Pasó el doctor mucho tiempo en el patio, cuyas baldosas conservaban el agua de la lluvia nocturna. Todo un lado lo ocupaba la fachada de la antigua casa de San Ignacio. Al agrandarse el monasterio, había abarcado en sus nuevas construcciones al viejo castillete de Loyola, dejándolo dentro de su recinto, pegado á la nueva edificación.
La pequeña casa, que aún parecía más mezquina al ser tragada por el monasterio, resultaba lo más hermoso de toda aquella balumba de albañilería pretenciosa. Era un castillete de dos cuerpos, que revelaba el período de transición del siglo XV: la diversidad de gustos superpuestos de aquella España católica que aún tenía moros en su territorio. El cuerpo inferior, el más grande y fuerte, era de grandes bloques de pedernal labrado, con pocas ventanas, y éstas pequeñas y profundas como saeteras: una verdadera muralla para vivir á cubierto de sorpresas y asedios. El cuerpo superior era ligero, construido con ladrillos rojos, marcándose sus dos pisos con dos fajas de dibujo árabe, y en los cuatro ángulos cuatro torrecillas delgadas, cuatro minaretes, que daban al remate el aspecto de una alegre corona. Abajo estaban la sombría alarma, el perpetuo miedo á los bandos que desgarraban el país vasco, los ventanucos para dar paso al arcabuz; arriba la elegancia, copiada de los árabes; la alegría en la construcción, de un pueblo artista; las ventanas graciosas como ajimeces moriscos, para soñar en ellas á la caída de la tarde, después de haber leído un libro de caballerías.
Aresti creyó encontrar en este edificio algo de la dualidad de carácter del caballero Íñigo de Loyola en los tiempos de su juventud. Al cristalizarse sus aspiraciones, al tomar su voluntad forma definitiva, el alegre coronamiento, el castillete morisco se había convertido en humo, se había derrumbado, quedando únicamente en pie la base pétrea, sombría, con su tono lúgubre de cárcel y fortaleza al mismo tiempo.
Se abrió la portería y salió el hermano.
--¡Santos y buenos días!--dijo con voz melosa, inclinando la cabeza al mismo tiempo que levantaba los ojos para apreciar de una rápida mirada al visitante.
Era un joven que llamaba la atención por la delgadez del cuello que hacía más enorme su cráneo, y por la forma de sus orejas abiertas como abanicos, como si quisieran despegarse. Detrás de ellas la piel florecía con un sinnúmero de costras y escoriaciones, unas secas ya, otras rezumando, con una frescura que atraía á las moscas.
Era el hermano encargado de enseñar la casa del santo. Por debajo de las sotanas asomaban unas zapatillas de paño, con las que andaba sin el menor ruido: un calzado de espionaje que le permitía, como á los demás servidores del monasterio, deslizarse por los claustros silenciosos sin turbar el aislamiento de los Padres.
Atravesó el patio hablando á Aresti de las suelas de su calzado, que eran de paño y se mojaban en los charcos de la lluvia. Una mortificación más. ¡Todo sea por Dios!... Y entraron en el castillete, convertido interiormente en capilla. Allí hacían las señoras sus ejercicios no pudiendo entrar en el monasterio.
Subieron la escalera, adornada con imágenes en cada rellano, y entraron en la antigua cámara, transformada en capilla. Lo primero que llamaba la atención del visitante era la escasa elevación del techo. Podía tocarse con la mano, parecía que iba á aplastar con la pesadez de su grueso artesonado, todo cubierto de oro, con florones en sus profundos encuadramientos.
El hermano explicaba con cierto orgullo el origen de los cuadros y las telas que adornaban las paredes. Eran regalos de princesas y reinas: testimonios de agradecimiento, de las altas conciencias sometidas á la Compañía. En el fondo estaba el altar, y en su parte baja, detrás de un vidrio, admiraban los devotos un verdadero interior de museo de figuras de cera. San Ignacio tendido en una colchoneta leía un libro, vestido con gregüescos y capotillo de vueltas de velludo como un galán del teatro clásico. Una batería oculta de luces eléctricas iluminaba esta exhibición de feria.
El hermano no podía ocultar su admiración cada vez que explicaba el significado de esta parte del altar, no obstante los años que llevaba enseñándola á los forasteros. Aquella figura de cera era de don Íñigo de Loyola, cuando aún no pensaba en ser San Ignacio ni en fundar la Orden. Le representaba herido, con la pierna atravesada de un arcabuzazo en el sitio de Pamplona y leyendo la historia de la Virgen, que fué el punto de partida de su conversión.
Con voz de _cicerone_ convencido, el hermano explicaba á Aresti la historia del santo.
--Dios le llamó á su gracia cuando estaba convaleciente, y se olvidó de todo, á pesar de que era un caballero muy galán y mundano. Porque nuestro santo padre San Ignacio era militar, ¿sabe usted?... militar.