Chapter 20
El _Milord_, en la tertulia de los contratistas, hablaba, con alarma, de los pinches de las minas. Aquellos diablejos que llevaban el cuchillo en la faja, y á los que no se atrevían á maltratar los peones por miedo á sus venganzas de gato, le infundían mucho miedo. Ellos eran la vanguardia ruidosa de todas las huelgas, comprometiendo á los hombres con sus audacias, haciéndolos ir más allá de lo que se proponían. Algunas veces habían osado apedrear de lejos á la guardia civil, cuando en vísperas de revuelta paseaba sus tricornios por los caminos de la montaña. Ahora, el _Milord_ hablaba con terror de frecuentes robos de dinamita en los depósitos de las canteras. Los cartuchos debían ocultarlos los pinches en previsión de lo que ocurriera. ¡Buena se iba á armar!...
Al atrevimiento de los muchachos había que añadir la cólera estrepitosa de las mujeres, que hablaban de arrojarse en fila sobre los rieles de los planos inclinados y de los ferrocarriles, impidiendo toda circulación de mineral para que se generalizase la huelga hasta la ría, y se cerrasen las fundiciones, y el puerto se llenara de buques inactivos esperando una carga que no llegaría nunca.
--Esto se pone feo, don Luis--suspiraba el admirador de Inglaterra.--Esto va á ser la muerte de las minas.
Para darse cuenta de lo crítico de la situación, bastaba ver que los peones gallegos tomaban el tren y se iban á su país. Aquellos hombres eran capaces de rebelarse por su interés personal, pero apenas presentían protestas colectivas, escapaban asustados hacia su país. Las huelgas les olían á política, á algo peligroso en que no debían mezclarse los pobres. Y avisados de la bronca que preparaban los compañeros, deslizábanse prudentemente hacia su tierra, con el propósito de volver cuando todo pasase, aprovechándose entonces de las ventajas que los otros pudieran conseguir.
--¡Pero, malditos!--exclamaba el doctor, oyendo al _Milord_ y á otros contratistas.--¿No es justo lo que piden? ¿Qué menos pueden reclamar que el cobro semanal y comprar su alimento donde mejor les convenga?...
Los contratistas torcían el gesto, excusándose en la inercia de las costumbres. Eran los señores de la villa, los mineros ricos, las empresas extranjeras, los que debían dar el ejemplo. Ellos á lo antiguo se atenían. Además, el miedo á la huelga no causaba gran impresión en el fondo de su ánimo. Por grande que fuese el paro en el trabajo, poco perderían; el mineral no iba á desaparecer en las canteras; aguardaría á que fuesen á arrancarlo, si no en un mes, al siguiente, y si no al otro. Tenían para vivir, y se rendirían antes que ellos los que necesitaban el jornal para no morirse de hambre.
El cura don Facundo se indignaba, no como contratista, sino como pastor del rebaño rebelde. No había religión, cada vez se entibiaba más la fe, y así andaba todo de perdido. La propaganda diabólica de los obreros de Bilbao había llegado hasta la gente sencilla y sufrida de la montaña.
--Ya mueren aquí las gentes sin llamarme, tan tranquilas, como si fuesen perros--exclamaba indignado.--Cada vez hay menos entierros. Ya van al cementerio sin acordarse de don Facundo, escoltados por centenares de badulaques que se pirran por molestar á la Iglesia asistiendo á eso que llaman actos civiles. Señores... ¡entierros civiles en las Encartaciones! ¿Quién podía figurarse que veríamos esto?...
Y el cura insistía en lo de los entierros, como si de todos los actos de hostilidad ó indiferencia para la religión, fuese este el más escandaloso y que más profundamente hería su pudor de sacerdote.
A pesar de la agitación obrera, los amigos de Aresti sentíanse atraídos por otro asunto, del que hablaban con gran interés en sus francachelas nocturnas.
Existía pendiente una apuesta ruidosa, en la que se interesaban todos los notables de Gallarta. El _Chiquito de Ciérvana_, el barrenador famoso, había recibido una especie de reto de un desconocido de Guipúzcoa, para que midiese sus fuerzas con él. El encuentro debía verificarse en Azpeitia, el centro de las fiestas vascas. Los ricos de allá hablaban con desprecio de las gentes de las minas, como si no fuesen capaces de tomar parte en la apuesta, presentándose en Azpeitia al lado de su barrenador.
Los contratistas de Gallarta gritaban enardecidos. ¡Vaya si irían! ¡Y menuda paliza les aguardaba á los guipuzcoanos pretenciosos! ¡Atreverse con el _Chiquito de Ciérvana_, que era la gloria más grande de las Encartaciones! Miles de duros apostarían ellos contra las pesetas que pudieran ofrecer aquellos rurales de Guipúzcoa, que vivían del miserable cultivo de la tierra. Y en sus reuniones nocturnas acordaban los detalles de la apuesta, con arreglo á lo convenido por cartas y hasta por mensajeros, con los lejanos enemigos. El próximo domingo sería la lucha en la plaza mayor de Azpeitia. Marcaban el número de perforaciones que los dos barrenadores harían en la piedra y la duración de la apuesta.
Olvidaban las minas y el malestar de los obreros, para no pensar más que en este desafío de destreza y vigor. Era la apuesta más famosa de cuantas habían concertado aquellos hombres, en su afán de arriesgar al dinero que con tanta facilidad llegaba á sus manos.
En esta lucha se interesaba el espíritu de clase y el patriotismo. Vizcaínos contra guipuzcoanos: la gente de las Encartaciones contra aquellos patanes que intentaban comparar sus burdos barrenadores de las canteras de caliza con los de las minas de hierro, que eran casi unos artistas.
Al aproximarse el día de la lucha, mostraban los contratistas los fajos de billetes de Banco, con los que habían de anonadar á los _pobres cuitados_ de Guipúzcoa. El _Chiquito de Ciérvana_ era vigilado y mimado como si fuese una tiple hermosa. No iba á las minas, y acompañaba por las noches á los contratistas, preocupándose todos ellos de lo que comía y bebía.
--¿Cómo va ese valor?--le preguntaban tentándole los brazos duros y elásticos, que parecían de acero, pasándole las manos por el pecho con una suavidad casi femenil, golpeándole el tórax y complaciéndose en su resonancia, que revelaba salud y vigor. Y el _Chiquito_ se dejaba agasajar con sonrisa de ídolo, irguiendo su pequeño cuerpo de músculos recogidos y apretados, mientras los admiradores aspiraban al examinarle el olor agrio de sus sobacos sudorosos como si fuese un grato perfume.
Ganaría, como siempre. Y mientras llegaba el domingo, con su estruendosa victoria, lo atiborraban de alimentos y le hacían beber champagne, mucho _Cordón Rouge_, como si el vino de los ricos afirmase de antemano su superioridad sobre aquel rival que sólo conocería la dulzona _sangardúa_ de sus montañas.
Los contratistas obligaron al doctor Aresti á que les acompañase á Azpeitia. Ellos no gozarían la victoria por completo de no presenciarla su ilustre amigo. Y el doctor, que habituado al afecto de aquellos admiradores rudos y entusiastas, no podía separarse de ellos, acabó por ser de la partida. En fuerza de oírles hablar de la apuesta sentía interés por ella.
Era el único que dudaba del triunfo. La gente de Azpeitia debía conocer el trabajo del _Chiquito_. Los de Gallarta, en cambio, no sabían quién era aquel contendiente desconocido. Cuando la gente de Azpeitia iniciaba el reto, estaba segura indudablemente de la superioridad de su barrenador.
Aquello parecía una encerrona: había que ser prudentes. Pero los amigos del doctor le contestaban con risas. ¿Dejarse vencer el _Chiquito_?... Y como prueba de su confianza, enseñaban de nuevo los fajos de billetes. Más de cincuenta mil duros iban á apostar entre todos, si es que los de Azpeitia tenían redaños para hacerles cara. Había que correrles, echándoles el dinero á las narices; así aprenderían á no ir otra vez con retos á los bilbaínos de las minas.
La partida, el domingo al amanecer, fué casi una espedición triunfal. El _Chiquito_ había salido el día antes con varios de sus admiradores para estar bien descansado en el momento de la apuesta. Los que llegaron después con el doctor eran los más respetables, y llevaban con ellos el convoy de la expedición, enormes cestos de fiambres encargados á los mejores restaurante de la villa, cajones de champagne, cajas de cigarros. Ellos mismos, al repasar las vituallas alababan su previsión. Sólo en Bilbao se sabía comer: lo demás era tierra de salvajes, país de pobreza donde moría uno de hambre ó de asco, aunque fuese persona de las que _tienen cartera_.
Los mineros ricos hicieron en Azpeitia una entrada de invasores. Había comenzado ya la fiesta con las apuestas de bueyes, y una muchedumbre de caseros y de gentes del pueblo se agolpaba y estrujaba en la plaza y las calles inmediatas. Aquellos hombres de largas blusas y boinas mugrientas, apoyados en fuertes garrotes, miraban con asombro, como si fuesen de una raza distinta, á los arrogantes mineros, que se llamaban á gritos y se abrían paso reclamando el auxilio del alguacil, única autoridad que guardaba el orden del inmenso concurso, sin más arma que un mimbre blanco. La gente sobria y humilde, habituada á los cultivos de escaso rendimiento de la montaña, admiraba los ternos nuevos y lustrosos de los contratistas, sus boinas flamantes, las gruesas cadenas de oro sobre el vientre y sus manos de antiguos obreros con dedos gruesos de uñas chatas, abrumados por enormes sortijas.
Eran los forasteros, los ricachos que llegaban á la fiesta llevando una verdadera fortuna en sus bolsillos. Para conocer su importancia bastaba con fijarse en las miradas que lanzaban á las gentes y las casas, con altivez de magnates que descienden á mezclarse en una diversión campestre. ¿Y entre aquellas míseras gentes estaban los que habían osado desafiarles?... _¡Pobres cuitados!_
Precedidos por el alguacil, subieron algunos de ellos á los balcones de la plaza, ocupados en su mayor parte por mujeres. Otros tomaron sitio en primera línea, junto á la cuerda que marcaba un gran rectángulo limpio de gente en medio de la plaza, como liza donde se verificaban los juegos. Allí se hacían las apuestas de última hora entre los empujones de la gente. Los caseros, apoyando sus manos en las espaldas que tenían delante, se empinaban para ver mejor. De vez en cuando un empujón formidable; una avalancha que amenazaba romper la cuerda. Pero bastaba que se levantase en alto el mimbre alguacilesco ó que se movieran las boinas rojas de la pareja de migueletes guipuzcoanos, para que al momento se iniciase un retroceso, quedando inmóvil el gentío.
Aresti, desde un balcón, veía cuatro masas obscuras de boinas, encuadrando el espacio libre, en el cual dos parejas de toros arrastraban penosamente unas piedras más grandes que las muelas de un molino, bloques enormes que al moverse dejaban detrás de ellos la tierra profundamente aplastada.
La alegría de los ejercicios físicos, el enardecimiento ruidoso de las fiestas de la tuerza, agitaba al gentío. Tiraban los bueyes penosamente, como si fuese á estallar la testuz bajo el yugo, esforzándose entre los gritos y los pinchazos de los conductores que los azuzaban coreados por sus partidarios, y cada vez que una piedra, con nervioso tirón, avanzaba algunos pasos, sonaba un clamoreo de los espectadores. Los pechos se hinchaban con angustia, como si quisieran comunicar su fuerza á las abrumadas bestias.
Era una diversión de raza primitiva, de pueblo en la infancia que aún no ha llegado á la vida del pensamiento y admira la fuerza como la más gloriosa manifestación del hombre. La dura necesidad de ganarse el pan con el trabajo físico, hacía del vigor un culto, convertía en diversión los alardes de resistencia de los más fuertes, admiraba como héroes á los grandes partidores de leña ó á los expertos barrenadores, y para dar carácter de fiesta á todos los esfuerzos del músculo en el diario trabajo, asociaba á sus juegos al buey, manso y sufrido compañero de la miseria campestre.
El doctor, ante estos placeres rudos y violentos del pueblo primitivo, recordaba las fiestas griegas, embellecidas al través de los siglos por el encanto del arte. Aquellos juegos al aire libre, sencillos y burdos, de una inmediata utilidad, recordaban involuntariamente los Juegos Olímpicos.
--Sí; se parecen--pensaba Aresti.--Pero como se asemejan el ave de corral y el águila, porque las dos se cubren de plumas.
Cansado del monótono espectáculo que ofrecían los bueyes, tirando entre el clamoreo del gentío que no se fatigaba del largo plantón, el doctor se distrajo examinando el aspecto de las casas y las personas.
Veía Azpeitia por primera vez, aquel hermoso rincón del territorio vasco, que sólo de lejos rozaba la vía férrea, y en el cual parecían haberse refugiado el espíritu y las tradiciones de la raza. Aquella tierra era la de San Ignacio. A pocos minutos, en el centro del valle, estaba Loyola con su convento inmenso, cuya fealdad de caserón-palacio tentaba la curiosidad del doctor. La sombra de la Residencia madre, de aquel edificio semejante a un cuartel, en el que se reunían los comisionados del jesuitismo, llegando de todos los puntos de la tierra, cuando había que elegir un nuevo General de la Orden, parecía proyectar su sombra sobre el valle y las montañas, formando los pobladores á su imagen.
Aresti veía en la muchedumbre muchas caras que le recordaban la faz de San Ignacio. Aquellos rasgos duros, impasibles, de helada firmeza, que se consideraban como signos característicos de una personalidad famosa, resultaban comunes á toda una raza.
El médico se fijaba igualmente en las mujeres de los balcones. Tenían las formas más pronunciadas que las hembras vizcaínas, con algo de voluptuoso y mórbido que hacía recordar el título de «Andalucía vasca», que muchos daban á Guipúzcoa; pero en su mirada había una expresión varonil y enérgica que hacía pensar en las fanáticas heroínas de la Vendée. El odio al _guiri_, al español de pantalones rojos llegado de las más lejanas provincias para expulsar al rey legítimo, pasaba como una herencia de generación en generación. Todos los hombres de edad madura que ocupaban la plaza habían vestido, seguramente, el capote de los tercios guipuzcoanos y se acordaban del monarca de las montañas, con su gran barba negra y la boina blanca sobre los ojos.
Eibar, con la muchedumbre obrera de sus fábricas de armas, liberal y poco religiosa, estaba próxima, y, sin embargo, parecía al otro extremo del mundo, como si los montes que separaban ambas poblaciones fuesen infranqueables.
Las casas de Azpeitia ostentaban en todas las puertas grandes placas del Corazón de Jesús. Era el único signo exterior de religiosidad: ni alardes de fe ni entusiasmos provocadores. Eso quedaba para los pueblos donde flaquea la devoción y la verdad divina tropieza con enemigos. En todo el valle parecía sobrevivir el espíritu religioso, tranquilo y confiado, de la Edad Media, la época que menos se preocupó de la fe, por lo mismo que aún no habían levantado la cabeza la duda y la impiedad. Mostrarse el espíritu de rebelión en una tierra que había pisado el bendito San Ignacio, era tan absurdo, tan inconcebible, que sólo el suponerlo hubiera hecho reír a aquella gente taciturna, orgullosa de haber dado al mundo un santo de fama universal.
Pasado medio día, terminaron las pruebas de los bueyes y se desparramó el gentío por la población. Lo más interesante de la fiesta, las luchas de los _aizkoralaris_ ó partidores de leña y la apuesta de los barrenadores, quedaba para la tarde.
Aresti y sus amigos comieron en el casino del pueblo, alarmando á los del país con los taponazos del champagne y la exhibición de las carteras repletas de billetes que arrojaban sobro las mesas con afectado desprecio. Llegaban nuevas gentes por todos los caminos, atraídas por la fama de la gran apuesta de la tarde. Aresti había salido a la calle huyendo de la atmósfera pesada del casino, cargada de gritos y nubes de tabaco. Veía llegar los coches llenos de gente: las carretas ocupadas por familias mientras el aldeano marchaba a la cabeza de la yunta, guiándola con su larga vara; grupos de caseros en mangas de camisa, con la chaqueta y la boina al extremo del garrote que llevaban al hombre como un fusil.
Cerca de la plaza, vió el médico que la gente se detenía ante una taberna, formando compacto grupo y mirando á lo alto. En un balcón cantaba un viejo, de tan elevada estatura, que su boina parecía tocar el alero. En la calle se había hecho espontáneamente un gran silencio, y el viejo, inmóvil y grave, seguía su canturria con cierta seriedad sacerdotal. Cuando terminó su última estrofa en vascuence, con una entonación aguda, todo el concurso prorrumpió en risotadas, que contrastaban con la gravedad del cantor. Pero aún no se había extinguido la carcajada del público, cuando sonó una nueva voz más aguda y estridente desde el balcón de otra taberna, y Aresti vió á un jayán que cantaba como si contestase al viejo, mientras éste le escuchaba sin pestañear, preparando mentalmente la contrarréplica.
El doctor conocía á aquellas gentes. Eran los _versolaris_, los trovadores éuscaros que se mostraban en todas las fiestas. La poesía florecía en las tabernas con el bullicio de la embriaguez. Eran rudos campesinos que no sabían leer, pero que mostraban cierto ingenio y una gran facilidad de improvisación. Sus versos sólo tenían de tales las rimas, con una completa ausencia de sentimiento poético. Lo que la muchedumbre admiraba en ellos era el ingenio satírico, lo grotesco del chiste y, sobre todo, la facilidad en la respuesta. En estas batallas de viva voz, un _versolari_ iniciaba el tema, seguro de que al momento surgiría la contestación de sus rivales; y así, prolongándose el razonamiento de unos á otros, agarrando cada cual el hilo de la interminable canturria donde lo abandonaba el enemigo, hacían pasar al público embobado horas enteras. Estos vagabundos se mantenían de sus versos, y en plena vida rural, llevaban la existencia independiente de fiera miseria y alegre parasitismo de los artistas de la bohemia en las grandes ciudades.
Aresti admiraba la sencilla fe de aquel pueblo niño que reía las gracias de los _versolaris_ y admiraba sus chistes inocentes, incapaces de producir la más leve impresión en un hombre de la ciudad. En esta sana alegría encontraba el médico la gravedad del hombre del campo, su alma sobria á la que basta la más insignificante broma para alegrarse. Eran espíritus nuevos, eternamente infantiles que al ponerse en movimiento divertíanse con cualquier cosa. Sabían que los _versolaris_ eran graciosos por tradición y esto bastaba para que todos rieran aun antes de comprender sus palabras.
El doctor observaba una vez más el carácter de la poesía entre los hombres del campo. La naturaleza estaba ausente casi siempre de los versos populares. Las estrofas campesinas, cantan guerras y amores, la tristeza de la partida y la alegría del retorno, celos y desesperación, ó se ejercen en la burla de los convecinos: pero nunca describen la belleza de los campos, ó la majestuosa serenidad que desciende del cielo. Viviendo en la eterna monotonía de las bellezas naturales, no ven en ellas nada de extraordinario, sintiendo con más intensidad los sucesos que tocan de cerca á sus personas. Tal vez son ciegos para la hermosura de la tierra, condenados á luchar con ella eternamente, á vencerla y violarla para sacar de sus entrañas el sustento.
Más de una hora llevaban los _versolaris_ lanzándose razonamientos de balcón á balcón. Ahora eran cuatro los contendientes y la muchedumbre volvía sus cabezas á un lado ó á otro, según el sitio de donde partía la voz. Todos los trovadores recibían como popular homenaje las carcajadas del público, pero el que parecía triunfar era un viejo desdentado y de cara maliciosa, sacristán de una anteiglesia de Vizcaya que tenía gran renombre por el atrevimiento de sus chistes. De vez en cuando algún admirador salía al balcón ofreciendo el jarro á su poeta, y éste, después de largo trago, acometía con nueva fuerza sus canturrias.
A media tarde, cuando gran parte de la plaza estaba en la sombra, corrió á ella la gente, oyendo el silbido del _chistu_, que hacía locas escalas, acompañado por el monótono baqueteo del tamboril. Los _versolaris_ se ocultaron. Iba á comenzar la parte más interesante de la fiesta.
Los mineros bilbaínos, rojos y sudorosos en su digestión de ogros, fumando como chimeneas y eructando el champagne, ocuparon los mejores sitios desafiando á todos con sus retos. ¡A ver! ¿quién quería apostar? No había que tener miedo por cantidad más ó menos: _había cartera_ de sobra para todos. Y exhibían ante la mirada atónita de los caseros, habituados á la vida sobria y humilde de la montaña, aquellas riquezas en fajos de papel mugriento. Los más acomodados del país se acercaban á ellos, aceptando sus apuestas con una sonrisa que parecía implorar perdón.
La fiesta comenzó por la lucha de los _aizkoralaris_. Habían colocado en el centro de la plaza varios troncos enormes, sujetos por palos hincados en la tierra, para que no rodasen. Sonó de nuevo el _chistu_ y el _dambolin_, y salieron los partidores de leña, llevando al hombro sus hachas relucientes. Arrojaron á un lado las boinas y alpargatas, y subiéndose sobre los troncos, comenzaron su trabajo.
Un rugido que equivalía á un aplauso, acogió sus primeros golpes. Los mineros aplaudieron con las manos, como si estuvieran en las corridas de toros de Bilbao. Protegían con su benevolencia á aquellos partidores de leña, como gente humilde que en nada podía interesarles. En las minas de Bilbao no se partían troncos: podía, pues, concederse algún mérito como leñadores á aquellos rústicos.
Las hachas subían y bajaban, abriendo profundo surco, en las muescas marcadas en los troncos. Volaban las astillas y cada vez que sonaba un golpe más fuerte, más certero, extendíase por la plaza un rumor de aprobación. El inmenso público adivinaba la marcha de los cortes sin necesidad de verlos. Habituados todos á hacer leña en el monte, conocían los diversos ruidos de las hachas como si éstas hablasen. Sabían, por el crujido de la madera, lo que faltaba á cada tronco para partirse. Alguno de los _aizkoralaris_ iba delante de los otros; les avanzaba por momentos; su corte se aproximaba rápidamente al fin: hasta que de pronto, un crujido especial, que no podía confundirse, hizo estremecer el gentío hasta los últimos límites de la plaza. Acababa de partirse un tronco. Y todos rugieron de entusiasmo, empinándose sobre la punta de los pies, queriendo pasar sobre los hombros del vecino, para saber quién era el vencedor.
Salieron los leñadores con el hacha al hombro, saltando la cuerda, confundiéndose con el gentío que comentaba los incidentes de la lucha, y otra vez sonó el pito y el tamboril, mientras las yuntas de bueyes arrastraban al centro de la plaza dos enormes piedras. Llegaba el momento emocionante, la hora del suceso que había atraído á Azpeitia tanta gente. Iba á comenzar la lucha de los barrenadores.
La muchedumbre callaba como los grandes públicos de las plazas de toros, cuando se aproxima la suerte decisiva. El tamborilero hacía sonar sus instrumentos como en un valle desierto. La gran masa hizo un paso adelante, y casi rompió la cuerda, cuando los dos barrenadores salieron al espacio libre.
Todos querían ver á los contendientes y se empujaban, ansiando pasar su mirada por encima de los hombros que tenían delante.
El barrenador guipuzcoano era un mocetón mofletudo, de ojos abobados, ruboroso y con cierto miedo, al verse objeto de todas las miradas. El _Chiquito de Ciérvana_ se pavoneaba con la palanca al hombro, presuntuoso como un torero en el redondel, como un pelotari célebre en la cancha, mirando á las mujeres que ocupaban los balcones.
--¡Olé, mi niño!--gritaban los mineros. _¡Ené el Chiquito!..._ Ahora se va á ver lo bueno de las minas. ¡Aquí _hay cartera_ para él!