Chapter 19
--¡La caridad!--contestó el médico sonriendo con sarcasmo.--Es el medio de sostener la pobreza, de fomentarla, haciéndola eterna. Los desgraciados la odian por instinto, al recibir sus limosnas: evitan el buscarla mientras pueden, viendo en ella una institución degradante, que perpetúa su esclavitud. Ese es otro de los grandes fracasos de la moral cristiana.
Recordaba la maldición de Jesús á los ricos, su promesa de que les sería más difícil entrar en los cielos «que un camello por el agujero de una aguja». Y, sin embargo, todos los humanos, desoyendo á Jesús, reclamaban el peligro de ser ricos: todos se exponían sin miedo alguno á las llamas del infierno, por acaparar los bienes de la tierra. Los hombres, sin excepción, deseaban ejercer la caridad, tomándolo todo para sí, y no dando más que aquello que juzgaban innecesario ó que no podían guardar. La caridad no influía para nada en el progreso de los humanos: antes bien, era un obstáculo. No suprimía la esclavitud, no trocaba las formas de la propiedad, y en cambio justificaba y santificaba la división de los ricos y pobres. Los desdichados, en sus rebeliones, no se equivocaban al odiar una religión que exige al miserable que se resigne con su suerte y no reclama de los ricos más que una caridad de la que ellos son los únicos jueces, pudiendo graduarla conforme á su egoísmo. Los desesperados veían que, así como amenguaba la fe abajo, era arriba, entre los ricos, donde la religión encontraba sus defensores, á pesar de que su Dios los había maldecido.
Los privilegiados empleaban la religión como un escudo. «Nada de esperar en la tierra la justicia para todos. Estaba en manos de Dios y había que ir á la otra vida para encontrarla. Mientras tanto, el pueblo podía ser feliz en su miseria con la esperanza del paraíso después de la muerte; dulce ilusión, supremo consuelo, que los revolucionarios sin conciencia le quieren arrebatar...»
Así se expresaban los que tenían interés en que continuase en la tierra todo lo mismo, á la sombra protectora de las creencias. ¿Cómo no habían de indignarse los infelices contra una religión que les cerraba el camino de la justicia y el bienestar aquí abajo, para no darles más que la quimérica esperanza de una justicia divina que los ricos pueden sobornar con dádivas á los sacerdotes?
El cristianismo había engañado al pobre, manteniéndolo en su triste estado con la esperanza del cielo y la amenaza del infierno. Era el carcelero espiritual que sostenía durante veinte siglos el extremo de su cadena. Ya que había llegado el instante de la revuelta ¡sus y á él!... Era el enemigo secular; los demás habían crecido á su amparo... El odio á toda religión era instintivo allí donde las masas obreras despertaban. Dios era para los trabajadores el primero de los gendarmes, una especie de funcionario invisible de la burguesía, al que retribuían los ricos sus buenos servicios, levantándole viviendas, derramando el dinero á manos llenas entre los que se llamaban sus representantes...
Doña Cristina abanicábase furiosamente las mejillas enrojecidas. ¿Qué horrores iba soltando aquella voz suave é irónica que parecía acariciarla con profundos arañazos?... Ahora se arrepentía de haber provocado al impío y hacía señas á Urquiola para que no le contestase. Deseaba que se hiciera un silencio penoso, que se fuera de allí empujado por la sorda y desdeñosa hostilidad de todos. Pero el discípulo de Deusto temía aparecer vencido á los ojos de Pepita, é interrumpía al doctor con exclamaciones burlonas ó con gestos escandalizados. «Está loco: este hombre está loco.» Aprovechando una pausa de Aresti, _colocó_ la objeción que tenía preparada. Criticar era fácil. Pero ya que el doctor encontraba tan defectuosa la moral cristiana, debía decir cuál era la suya.
Aresti sonrió, mirando con lástima al joven. Era posible que no lo entendiese: aquellas cosas no las enseñaban en Deusto. Además, una moral con todos sus preceptos, no se fabrica de la noche á la mañana como un sermón de los padres de la Compañía. Bastante había hecho el pensamiento moderno en menos de un siglo; y aún estaba en la primera etapa de su marcha hacia el infinito. Pero aun así, su moral, una moral para la tierra, sin sanciones celestes, encaminada al bienestar positivo de los humanos, tenía forma.
--Yo--dijo Aresti con sencillez--adoro la Justicia Social como fin y creo en la Ciencia como medio.
Urquiola rompió á reír con una carcajada insolente. ¡La ciencia! ¡La moderna ciencia de los revolucionarios y los impíos! Ya sabía él lo que era aquello. Y la definía con arreglo al libro de un Padre famoso de la Compañía. «Cogiendo un catecismo del Padre Ripalda y escribiendo _no_ donde el catecismo dice _sí_ y _sí_ donde dice _no_, se tiene hecha y derecha toda la pretendida ciencia moderna.» Urquiola se pavoneaba con esta definición que convertía el catecismo en centro de todos los pensamientos humanos, colocando al Padre Ripalda por encima de todos los grandes hombres de la historia. Doña Cristina, creyendo que esta definición tan clara era obra de su sobrino, admiraba su talento.
Pero el abogado no se fijó en esta admiración, enardecido por la proximidad de su triunfo. Allí quería él al doctor, ¿Conque la ciencia podía servir de medio é instrumento á la moral?... En Deusto, aunque Aresti no lo creyera, también les enseñaban algo de la ciencia moderna. Levantaban nada más que una punta del velo que ocultaba este cúmulo de impiedades, para aplastarlas con el santo peso de las buenas doctrinas. Él conocía un poquito de la ciencia moderna, para apreciar su grosero materialismo, incompatible con todo ideal, é instrumento de toda desmoralización.
El hombre era una bestia para aquella ciencia. El instinto reemplazaba al alma: nada del Dios omnipotente que había formado el mundo: nada de existencia espiritual después de perecer la materia. Esta vida sólo tenía por escenario la tierra. Luego de la muerte un poco de podredumbre: polvo: nada. Como no existía otra vida, no existían castigos y todos podían hacer lo que mejor placiera á sus instintos, sin miedo á la cólera de Dios. ¡La bestia libre y sin sanción alguna! Ya que no había que temer á los castigos, ¿para qué renunciar á la satisfacción de los apetitos? ¿Por qué imponerse privaciones respetando á los semejantes?... ¡A burlarse de nuestros antecesores, unos tontos que contenían sus pasiones por la esperanza del cielo ó el miedo al infierno! Los fuertes deben aplastar á los débiles: los débiles deben apelar á la astucia y la maldad para salvarse de los fuertes. A nadie hemos pedido venir al mundo, y nadie nos exigirá cuentas cuando volvamos á confundirnos con la tierra. El vicio es lo mismo que la virtud: el crimen y la bondad valen igual: vivamos y gocemos todo lo que nos sea posible, sin escrúpulo alguno, ya que nadie nos ha de pedir cuentas.
--¿Es esta su moral, doctor--preguntaba irónicamente el abogado.--¿No es esto lo que se desprende de la ciencia moderna?...
Las dos mujeres mostraban su admiración por Urquiola con miradas de lástima al médico. Hasta Sánchez Morueta, que permanecía con la cabeza baja, como molestado por una polémica cuya intención adivinaba, levantó los ojos fijándolos con cierta extrañeza en el abogado. Aquel muchacho no se expresaba mal. Ya no le creía tan necio, y pensaba si su mujer tendría razón al elogiar sus cualidades.
Aresti acogió la sarcástica descripción de aquella sociedad sin Dios, con rostro impasible. Si la religión era un freno para los apetitos y las violencias ¿por qué la criminalidad era más frecuente en los pueblos atrasados y devotos que en aquellos otros de mayor cultura? ¿Cómo era que los mayores crímenes de la historia habían coincidido con los períodos en que el entusiasmo religioso era más ardiente?
El médico hablaba en nombre de la ciencia, para la cual la falta de moralidad y el crimen sólo son resultados de la incultura ó de una regresión parcial del cerebro. Además, ¿de dónde sacaba Urquiola que porque no existiese una sanción divina para la moral, porque el hombre no sintiera el temor á los castigos eternos, se había de entregar á la violencia atropellando á sus semejantes? El hombre de mentalidad desarrollada, sabía que aunque condenado por la naturaleza á desaparecer, no por esto desaparecería la humanidad de la que forma parte. Sólo el ser inculto y brutal, con el egoísmo de la ignorancia podía incurrir en tales crímenes. Sólo podían pensar así los pobres de inteligencia que forman la principal masa de todas las religiones; los que no ven en el mundo nada más allá de su propia individualidad egoísta; los que sólo aman la virtud como un pasaporte para entrar en la vida eterna, y sí hacen algún bien es con la idea de que giran una letra sobre el porvenir para que se la paguen con un puesto en el cielo.
Quedaban aún muchos seres de una mentalidad limitada, semejante á la de los hombres primitivos, que sólo se preocupaban de sus personas ó, cuando más, de sus familias. Cada uno de ellos concibe la vida como si su individualidad fuese el centro del universo, no interesándole más que lo que ve y lo que toca. Esos, en su egoísmo, tienen tal concepto de la importancia de su persona, que necesitan que ésta se perpetúe después de la muerte, admitiendo como indispensables los cielos y los castigos inventados por las religiones.
El hombre emancipado por la ciencia, se preocupa de la suerte de la humanidad tanto ó más que de la de su individuo. Sabe que es un componente de una familia infinita, siente la solidaridad que le liga á su especie, está seguro de que su pensamiento vivirá aún después de haberse corrompido su cerebro y no se satisface con la saciedad de sus sentidos. Tiene la inteligencia más desarrollada que los órganos animales, y sus mayores placeres residen en ella. Por lo mismo que no duda de que su organismo material ha de morir para siempre, siente la necesidad de dejar rastro de su paso por el mundo con una buena acción. En vez de querer inmortalizarse como los devotos en un bienestar celeste (deseo egoísta que ningún beneficio proporciona á los demás), desea sobre vivirse en la especie, que es eterna, procurando á ésta la parte de bienestar ó felicidad á que puede contribuir con el trabajo de su vida. ¿Qué moral más generosa?... El ensueño individual y egoísta de un cielo falso é inútil, lo sustituye el hombre moderno con el ideal colectivo, que está de acuerdo con su razón y le procura las más altas satisfacciones morales.
--Hacer el bien á los semejantes--continuó Aresti--sin esperanza de recompensa ni miedo al castigo, como lo hacemos los impíos modernos, los hombres del _materialismo_, es ser más idealista que el devoto que compra su parte de paraíso con oraciones que no remedian ningún mal de la tierra.
El doctor se exaltaba, elevando su voz, al comparar la moral de las religiones y aquella moral de los pensamientos elevados y nobles que se desarrollaba al tranquilo amparo de la ciencia. ¡Cómo poner al mismo nivel al egoísta crédulo que con unos cuantos sacrificios y mortificaciones cree comprarse una eternidad de alegría en el cielo, y al hombre moderno, que hace el bien sin creer en futuras recompensas, ni en el agradecimiento de divinos fantasmas, únicamente por la alegría de socorrer al semejante, por la solidaridad que debe existir entre todos los que tripulan el barco errante de la Tierra!... Así habían procedido siempre los grandes mártires y los genios. Era la moral de los héroes de la humanidad: en otros siglos se había mostrado aislada, pero ahora iba generalizándose, conforme agonizaban los dogmas, como una afirmación de la conciencia colectiva.
Doña Cristina y su hija miraban con extrañeza al doctor sin hacer el menor esfuerzo por comprender sus palabras. Estaba loco: todo aquello eran _filosofías alemanas_, monsergas confusas que habían inventado los impíos para ocultar su maldad, cuando tan claro y sencillo era creer en Dios y seguir lo que la Iglesia enseña. ¡Ay, si estuviera presente el Padre Paulí, que tan soberanas palizas soltaba desde el púlpito á los _filósofos_!...
Urquiola ocultó con una sonrisa de superioridad desdeñosa la turbación y desconcierto de su pensamiento ante las palabras del doctor. De aquello no le habían hablado en Deusto ni una palabra, y colérico por lo que consideraba una derrota, deseoso de salir del paso como en sus trabajos electorales, con arrogancias de valiente, lamentaba la presencia de Sánchez Morueta. De no estar el millonario, hubiera hecho la cuestión personal y en nombre de la inmortalidad del alma y de la moral cristiana, hubiese atizado unos cuantos puñetazos al impío, luciendo ante las señoras sus energías de apóstol.
Aresti, arrastrado por el entusiasmo, no podía callarse. El sofisma religioso, tolerando en la tierra la injusticia sin más consuelo que la esperanza en un mundo mejor, era demasiado grosero para las inteligencias modernas. La moral no consistía, como la proclamaba el cristianismo, en achicarse, en recogerse en sí mismo, en amputar los naturales instintos, en hacerse pequeño para pasar por el camino estrecho de la gloria celeste, sino en aceptar la vida tal como es, en amarla en toda su plenitud. La vida espiritual no era el egoísmo de un individuo, sino la comunión con las aspiraciones colectivas de la humanidad. El hombre moderno no debía perder el tiempo preguntándose sobre el origen del mal ó si la naturaleza está corrompida por el pecado: las dos grandes preocupaciones de la moral cristiana. Bastábale saber que la naturaleza, buena ó mala, se modifica ó transforma por el trabajo. Poco importaba el origen del mal: lo interesante era combatirlo y vencerlo, sin optimismos ni pesimismos, llevando como único guía el esfuerzo continuo hacia el mejoramiento.
El hombre estaba condenado á hacerlo todo por sí mismo, sin la esperanza de fantásticas protecciones. El trabajo es su ley. El oficio de ser hombre era glorioso y duro. Sólo podía contar con un apoyo: la Ciencia. El progreso de los conocimientos positivos, la industria y la evolución incesante de las sociedades, modificaban la concepción de la vida y de sus fines. El hombre moderno, valiéndose de la crítica, tenía una idea justa de los límites de sus conocimientos. Ni soberbias, ni desmayos de humildad. No pretendía conocer lo absoluto ni el origen de las cosas. ¿Pero es que las religiones las conocían tampoco? ¿Eran racionales las explicaciones de los que creían en una Providencia amparadora de la injusticia, y en un plan de creación ideado por unos hebreos nómadas é ignorantes?
En cambio, el hombre conocía mejor, gracias á la ciencia, el mundo que le rodeaba. Si no sabía la causa primera de muchos fenómenos, había descubierto y utilizado las relaciones que los ligan, y en vez de ser siervo de la naturaleza, como en los tiempos de barbarie religiosa, la tenía á sus órdenes, haciéndola trabajar para su comodidad y sustento. Ante él se abatían obstáculos que parecían eternos: la mecánica aprovechaba las fuerzas naturales; modificábase la faz de la Tierra: suprimíase el espacio al acortar las distancias, y el planeta parecía empequeñecerse, haciéndose cada vez más confortable, como una habitación dentro de la cual la humanidad encontraba satisfechas todas sus necesidades.
El hombre ya no quería fundar su moral sobre lo desconocido, sobre Dios, el fantasma bondadoso ó terrible de la infancia de la humanidad. Tampoco podía tolerar la moral cristiana, basada en la resignación y en la abstención. Esta moral no era más que un arte de mutilar la vida bajo el pretexto de guardar sus formas más altas, ó sea las espirituales.
--Hay que aceptar la vida tal como es, y vivirla toda entera--decía el médico con entusiasmo.--Nuestra moral es simple y valiente: se resigna á la compañía de los hombres, sabiendo que no existen los ángeles, y los acepta tales como son. No pasa la vida orando y contemplando lo perfecto y lo eterno, sino que arrostra el encuentro de lo malo y de lo feo y hasta los busca ya que existen, para combatirlo; y triunfar de ellos. No mira al cielo, pues sabe que no lo hay: examina la tierra que es la realidad, y en vez de tener las manos siempre juntas en el rezo, que salva el alma, empuña los rudos instrumentos de trabajo, labora, lucha, suda en su eterna batalla con el sueño por transformarlo y embellecerlo, pensando que las fatigas del presente serán buenas obras para la humanidad del porvenir. Nuestra moral tiene callos en las manos. No son, como las de la monja, blancas, suaves, con palidez de nácar, cruzadas sobre el pecho, mientras, los ojos en alto buscan á Dios.
Sánchez Morueta contemplaba con admiración á su primo. ¡Ah; su Luis! ¡Que hombre!... Su pensamiento tímido y fluctuante sentíase arrastrado por las palabras del médico. Le entusiasmaba aquella apología de la actividad universal. Él era un sacerdote privilegiado y feliz del trabajo. Explotaba su estado embrionario, y aunque los fieles clamaban contra él, queriendo arrojarlo de la iglesia obrara, le satisfacía que la ensalzasen.
La esposa apretaba los labios, palideciendo ante el desconcierto de su sobrino, el cual no podía asir muchas de las ideas del doctor. Con su instinto agresivo de mujer devota intervino en la conversación, queriendo auxiliar á Urquiola.
--No entiendo esa moral--dijo á Aresti con voz ruda.--Nada me importa: esa queda para... sabios como tú. Nosotros, los brutos, nos contentamos con el Catecismo. Pero ya que tanto te ocupas de hacer feliz á la humanidad, ¿por qué no te acuerdas de la pobre de tu mujer?...
Y hablaba con sorda cólera de la de Lizamendi, que muchas veces lloraba al visitarla, recordando el pasado. Se veía en una situación difícil, ni soltera, ni viuda; eludiendo hablar de su estado, ocultándolo casi, para que nadie pudiese creer que era ella la culpable de la separación. Y doña Cristina se indignaba al decir esto. ¡Qué había de ser ella! Tan buena, la pobrecita; tan religiosa; una alma pura de ángel...
--A eso conduce vuestra moral--añadió con dureza.--A hacer infeliz á una pobre criatura, buena como una santa.
Aresti calló. Parecía atolondrado por la injusticia del ataque. ¡Él, convertido en verdugo de un ángel! ¡Y aquel ángel era su mujer, y Cristina le echaba en cara su crimen después de haber visto la aspereza humillante con que le trataban las de Lizamendi!... Prefirió acoger en silencio el ataque, sin más protesta que un encogimiento de hombros.
Pero la de Sánchez Morueta no quería verle así. Una voz lanzada, sentía un deseo nervioso de insultarlo, de dar pretexto para un rompimiento ruidoso y que no volviese.
--Ya que no crees en nada de la religión--dijo tras una larga pausa, con una sonrisa dulce que daba miedo,--tampoco creerás en Jesús... ¿Qué es para tí nuestro divino redentor?
¡Con qué alegría habló Aresti, lentamente, con voz suave é incisiva, como si quisiera que cada palabra suya fuese una bofetada sobre aquellos ojos azules que le miraban con desprecio!...
--¿Jesús?... Fué un gran poeta de la poesía moral. Yo amo su recuerdo con la ternura de la compasión, viendo la inutilidad y el sarcasmo de su sacrificio. Sus sucesores han trastornado sus doctrinas, explicándolas y practicándolas al revés. Su asesinato fué una conspiración de las autoridades constituidas, gobernantes, ricos y sacerdotes, los mismos que hoy son sus devotos y explotan su recuerdo.
Doña Cristina púsose de pie con nervioso impulso. Había escuchado las explicaciones sobre la moral, para ella confusas, guardando cierta calma, á pesar de que adivinaba ataques al cielo y á Dios. Pero esto de ahora iba contra Jesús; y la indignaba, más aún que si hubiesen negado su existencia, aquello de llamarle poeta. ¡El hijo de Dios un poeta! Para una millonaria era este el más refinado de los insultos.
--¿Has oído, Pepe?--gritó mirando á su esposo.--¿Y tú consientes estas atrocidades en tu casa?
Los ojos tímidos de Sánchez Morueta iban de su mujer á su primo, como asustado en su interna somnolencia por el inesperado choque.
--Me voy--siguió gritando doña Cristina al ver la indecisión de su esposo.--No quiero escuchar más á este hombre.
Y dirigiéndose á Pepita, añadió:
--Niña, vámonos. Bastantes atrocidades has oído. Dale gracias á tu padre, que te permite aprender en casa cosas tan horribles.
Las dos mujeres salieron del despacho. Urquiola se levantó, dudando un momento entre seguirlas ó acometer al doctor. Aquel era el momento de presentarse como un paladín de la fe, de hacer la cuestión personal en nombre de Jesús y que se tragara el médico á puñetazos aquello de «poeta», que no le indignaba á él menos que á doña Cristina. Pero le inspiraba gran respeto la presencia del millonario, temía disgustar _al tío_ y acabó por marcharse en busca de las señoras.
Quedaron largo rato Aresti y Sánchez Morueta, con la cabeza baja, como anonadados por el incidente. El doctor fué el primero en romper el silencio.
--Pepe, adiós--dijo con voz triste, abandonando su asiento, y tendiendo una mano á su primo.--Yo no te pregunto como tu mujer «¿y tú consientes eso?» Al fin es tu esposa y con ella has de vivir.
--¡No te vayas así!--exclamó el millonario con ansiedad.--De seguro que estás enfadado; adivino que no vas á volver. No riñas conmigo: Cristina es así, ¿y qué voy yo á hacerla? Tú mismo lo has dicho. La familia... la paz de la casa... Ella es buena y me quiere: pero tiene esas ideas y á las mujeres hay que respetárselas. La verdad es que tú también has estado fuertecito...
--Adiós, Pepe--volvió á repetir el médico, abandonando aquella manaza que ahora caía débil y sin voluntad.--Que seas muy feliz.
--Pero nos veremos, ¿eh? ¿Vendrás á verme al escritorio?... Esto pasará: ya sabes que otras veces también habéis regañado...
--Adiós, adiós.
Y el doctor Aresti, sin escuchar á su primo, que le seguía formulando excusas, salió de allí, con la convicción de que dejaba muerto á sus espaldas todo su pasado; de que acababa de romperse aquel parentesco fraternal y perdía lo último que le restaba de su familia.
IX
A mediados de Agosto se inició una agitación de protesta entre los obreros de las minas.
Los contratistas de Gallarta, al reunirse por las noches con el doctor Aresti, hablaban de los síntomas de rebelión en las aldeas de la cuenca minera. En la Arboleda los peones clamaban contra las cantinas, afirmando que los capataces eran los verdaderos dueños, y que el obrero que no se surtía de víveres en ellas era despedido del trabajo. En Pucheta, que era donde vivían los más levantiscos, habían ido á navajazos un día de paga, por negarse dos trabajadores á satisfacer su deuda en la tienda de un protegido de los contratistas. Se hablaba de un gran mitin en la plaza mayor de Gallarta, al que asistirían todos los mineros para acordar la huelga, en vista de que no era admitida su petición en favor del pago semanal. Desde el kiosco que ocupaba la música los domingos, hablarían los amigos del pueblo, aquellos obreros de Bilbao emancipados del yugo de los patronos, que se dedicaban á la propaganda de las doctrinas socialistas y á la organización de las fuerzas obreras. Y mientras llegaba el momento de la rebeldía, los representantes del partido en la cuenca minera, que eran en su mayoría taberneros, derramaban en la irritada masa el consuelo del alcohol y de las teorías revolucionarias.