Chapter 18
--Todos se van, Luis. Ese muchacho era otro de mis afectos. Se hace el vacío alrededor de mí... Y ahora, al volver á mi hogar, la frialdad de la casa de huéspedes, la ausencia del cariño.
--No, Pepe--dijo al doctor.--Tengo la certeza de que ahora encontrarás allí lo que en otro tiempo deseaste. Tu mujer de seguro que te espera.
--¿Y tú? ¿Me abandonarás también tú?...
--Yo nunca--dijo Aresti.--Pero de poco puedo servirte. Soy un hombre, y lo que tú necesitas, no está á mi alcance el dártelo. La alegría de tu vida sólo puedes encontrarla en tu casa... Ahora... lo que yo no sé aún es á qué precio vas á pagarla.
VIII
El grande hombre estaba enfermo. Había transcurrido cerca de un mes sin que Aresti fuese á verle, pues no quería despertar con su presencia los recuerdos del millonario.
De vez en cuando, llegaban á él vagas noticias del estado de Sánchez Morueta por los contratistas de las minas. Don José no iba al escritorio; don José estaba enfermo en su palacio de Las Arenas. No era caso de gravedad: inapetencia, cansancio. Quería abarcar demasiado y los negocios minaban su salud.
--Es la crisis que él temía--pensó el médico.--Pero cuando no me llama sus razones tendrá... Debe haber cambiado mucho aquella casa.
Y seguía en Gallarta, con el propósito de no visitar á su primo hasta que éste le llamase.
Un día, en Bilbao, se encontró en el Arenal con el capitán Iriondo. El marino se extrañaba de que Aresti no hubiese visitado á su primo.
--No es que yo crea que va á morir--dijo el capitán--pero muchacho, anda muy malucho. No sé qué mala mosca le ha picado de algún tiempo á esta parte. No come, está tristón, pasa el día sentado, dejándose cuidar por su mujer y su hija como si fuese un niño. En fin, que no es ni sombra de lo que fué. Y eso que aquella casa ha cambiado mucho. Doña Cristina parece otra; nunca la he visto tan alegre.
Y describía á la esposa de su amigo hermoseada por una nueva juventud, yendo por la casa con aire altivo, como si hasta entonces no se hubiera considerado con verdadera autoridad para dirigirla; vistiendo con tanta elegancia como su hija; olvidada ya de aquellos trajes obscuros que la daban el aspecto de una beata.
Cuidaba y mimaba á su marido con gran cariño y él la seguía en sus idas y venidas por las habitaciones, con unos ojazos que revelaban la ternura del agradecimiento.
En fin, querido _planeta_--continuó el capitán--que parecen unos novios. No sé qué diablos habrán andado en esto, pero los dos son otros, completamente.
Aresti sonreía.
--¿Entonces--preguntó--la casa de mi primo será un nido de amor?
--Hombre, yo te diré--repuso el capitán con cierta vacilación.--Me gusta que estén así, tan amartelados, pero no me place todo lo que allí veo. Por ejemplo, tienes á todas horas metido en el hotel al fantasmón de Urquiola, que se pavonea por los salones como si ya fuese el amo. Doña Cristina no hace nada sin consultárselo. Además, ¿te acuerdas de Nicanora, el _aña_? Pues la han enviado á su pueblo con todo lo necesario para comprarse unos terruños y un par de vacas. Me han dicho que la echó doña Cristina, después de una escena algo fuerte... Pepita parece embobada ante Urquiola. Tal vez no le tenga gran voluntad, pero la mamá los aproxima, y ya verás como esto acaba en boda. Ese cachorro de Deusto tal vez sea mi jefe. ¡Cristo! ¡Y para esto me expuse á que me rompieran la cabeza cuando al sitio!...
--Y Pepe ¿qué dice?...
--Pepe no tiene voluntad. Habla menos que nunca, y á todo lo que ordena su mujer contesta que sí con la cabeza. Por dentro tal vez pensará otras cosas, pero no se atreve á contradecir á su Cristina, á darla un disgusto, metiendo en cintura á ese atrevidillo... Yo creo que debías ir á verle.
--¿Yo?... No me ha llamado. Además, no me tienta ese cuadro de familia: allí no hago yo falta.
--Sí, hombre, debes ir. Pepe desea verte: siempre que voy me pregunta por tí. No te llama... ¿qué sé yo por qué? Tal vez por no contrariar á su mujer. Puede que algunas veces haya tenido el llamamiento en la punta de la lengua y no se atreva... Ya sabes que el _Capi_ es muy franco. Allí no te quieren: te tienen miedo. Hasta creo que el oficioso Urquiola ha metido en la casa á un médico de su cuerda. Pero el pobre Pepe piensa en tí. Ve á verlo y le darás un alegrón. ¡Valiente cosa te importa la mala cara que pueda hacerte tu parienta!...
Aresti pareció encabritarse oyendo esto. ¿Conque tenían á su primo en una especie de secuestro manso, para que no le viera, y llamaban á otro médico como si él hubiese muerto?... Pues allá se iba al instante. Sentía curiosidad por ver de cerca la nueva dicha del millonario. Al mismo tiempo le regocijaba pensar en el mal gesto que pondrían aquellas gentes ante su presencia inesperada. ¡Caería en Las Arenas como una bomba. ¡Je, je, je! Y riendo se despidió del capitán, para subir en el tranvía.
Cuando á media tarde entró en el hotel de Sánchez Morueta, encontró en un salón á su prima y su sobrina con el imprescindible Urquiola.
Antes de entrar, mientras le anunciaba una doncella, oyó un rumor de voces, hablando con apresuramiento, y después un ruido de pasos y de faldas en fuga.
--¡No quiero verle!--gritó una voz sofocada que el médico creyó reconocer.
Al entrar en la habitación notó algo que denunciaba aquella fuga misteriosa. El gesto con que le recibió su prima, le dió á entender lo inoportuno de su llegada.
El doctor pensó que las que habían huido para evitarse su presencia eran las de Lizamendi. Aquella voz que protestaba era, sin duda, la de su mujer.
La entrevista fué glacial, sin que la esposa del millonario hiciese el menor esfuerzo por disimular la antipatía que le inspiraba el médico. Sus ojos azules le miraban con fijeza desdeñosa. ¿A qué se presentaba allí? ¿Quién le había llamado? Doña Cristina se sentía ahora dueña absoluta del suelo que pisaba. Ella á un lado con los suyos, y el médico á otro. Era un extraño odioso: la sangre de nada valía cuando las almas se separaban para siempre.
Pero el doctor despreció esta hostilidad. Hablaba como si no se diera cuenta de la sonrisilla insolente del abogado de Deusto; del gesto asombrado y medroso con que le contemplaba su sobrina como si fuese un aparecido.
Aresti quiso ver á Morueta, y doña Cristina miró con inquietud á una puerta inmediata, como temiendo que el doctor llegase á pasarla.
--No sé si podrás verle--dijo con los labios apretados.--Está delicado: no gusta de recibir visitas.
--¡Bah! Los médicos entramos donde hay enfermos...
Y sin esperar el permiso de la señora, púsose de pie y se dirigió á la puerta que comunicaba el salón con el despacho del millonario.
Al levantarse el tapiz, Sánchez Morueta dió un grito de alegría, reconociendo á su primo.
--¡Luis! ¡Luisito!...
Y le tendió las manos sin abandonar el sillón. Aresti le abrazó. Realmente, el grande hombre no gozaba de buena salud. Había adelgazado mucho, su barba era casi blanca, los ojos los tenía hundidos, y en su rostro enjuto se marcaban los pómulos con agudas aristas, pareciendo la nariz más grande y pesada.
Estaba leyendo un pequeño libro, y pasado el primer momento de expansión se apresuró á ocultarlo en uno de sus bolsillos, como si temiese que Aresti leyera la cubierta del volumen.
Doña Cristina siguió al médico, quedando de pie cerca de los dos hombres, con ceño imponente, vigilando sus expansiones fraternales.
Aresti se hacía explicar todos los síntomas de la enfermedad. Conocía aquello: no era más que un trastorno moral que se reflejaba en el organismo. Calma y dulzura era lo que necesitaba.
--¡Un trastorno moral! Eso es--dijo la señora con voz áspera.--Siempre que hablases con tanta verdad. Pepe vivía demasiado... agitado. Por fortuna, está en buenas manos y curará. La calma y la dulzura ya sabe él cómo se adquieren.
Y á continuación, para cortar la entrevista, recordó á su marido la conveniencia de hablar poco, de no cansarse, de estar solo.
--¡Pero, si es Luis!--dijo el gigantón sin atreverse á mirar á su esposa.--¡Si con este tengo el mayor gusto en hablar! ¡Si deseaba mucho que viniese!... Ya ves, es el último que queda de mi familia. Somos como hermanos.
Y su acento humilde parecía excusarse de este cariño, pedir perdón á la esposa por un afecto superior á su voluntad. Se notaba en él la abdicación del marido que vuelve hacia su mujer con el peso de una falta y teme á cada momento que le recuerde su pasado.
Apareció Pepita en la puerta haciendo señas misteriosas á su madre y ésta la siguió fuera del despacho. Indudablemente, se marchaban las de Lizamendi, aprovechando la ausencia de Aresti y querían despedirse de las señoras.
Al quedar solos los dos hombres, el medicó se aproximo á su primo. Les dejarían solos muy poco tiempo y deseaba enterarse de la verdadera situación del millonario. ¿Cómo vivía en su casa? ¿Era feliz?...
Sánchez Morueta sólo supo hablar de su mujer.
--Es un ángel... un verdadero ángel. Debías ver cómo me cuida, de qué cariño me rodea. Conserva su geniecillo dominador; pero no es más que deseo de aislarme, de tenerme siempre cerca de sus faldas. Soy otro hombre, Luis. Esta tranquilidad no tiene precio. Estoy como el que descansa después de una marcha forzada; no me atrevo á moverme.
Pero, á pesar de su dicha, mostraba gran timidez, como si adivinase la fragilidad de aquella paz que le envolvía, y temiese romperla con el más leve movimiento.
--¿Y _aquello_?--preguntó misteriosamente el doctor.--¿Se olvidó ya por completo?...
El hombrón palideció como si despertase junto á un peligro é hizo un movimiento con sus manazas pretendiendo apartar en el espacio las palabras de su primo. No debía recordarle _aquello_: le causaba vergüenza y repugnancia.
Ya no pudieron hablar más. Entró doña Cristina, pero esta vez seguida de su hija y Urquiola. Después de despedir á las amigas, se trasladaban al despacho para sentarse en torno de Sánchez Morueta, interponiéndose entre él y el doctor, como si quisieran evitar todo contacto entre ambos primos.
Debía ser esta irrupción obra de doña Cristina, dispuesta á hacer comprender rudamente al médico su deseo de cerrarle para siempre las puertas de la casa. Aresti veía los ojos de los tres, fijos en él, como si le dijeran: «¿Qué haces aquí? Vete: tú no eres de los nuestros.»
El millonario acogía con una sonrisa la solicitud con que se aproximaban á él, y le rodeaban como si temieran que escapase. Miraba á su primo con satisfacción. ¡Cómo le querían! ¿eh? ¡Cómo sentían la necesidad de no dejarlo solo, resarciéndole de la antigua frialdad! ¡Oh, la familia!...
Hasta á Urquiola alcanzaba su gratitud. No podía permanecer indiferente con aquel muchachón que le llamaba tío á boca llena, extendiendo á él su lejano parentesco con la señora. Además le protegía en sus deseos de enfermo. Cuando doña Cristina, atendiendo las indicaciones del médico, le ocultaba los cigarros, Urquiola buscábalos, y, echando á broma la prohibición, obsequiaba al tío.
Aresti sonreía ante la solicitud de acólito respetuoso con que mimaba á Sánchez Morueta, adivinando sus antojos de enfermo; la rapidez con que le ofrecía una cerilla, apenas se apagaba entre sus débiles dedos el cigarro con que le había alegrado poco antes.
Doña Cristina miraba al joven, que parecía indeciso, no sabiendo cómo iniciar la realización de algo que había prometido. Al fijarse Urquiola en el libro que asomaba á un bolsillo del millonario, habló del mérito de la obra.
--¿Le gusta á usted, tío? ¿Verdad que es muy _profunda_? Pues el segundo tomo todavía es mejor.
Y antes de que el tío pudiera contestar, Urquiola se dirigió á Aresti, como si sólo por él hubiese hablado del libro. Era una de las obras más notables que se habían publicado en el siglo: las «_Respuestas á las objeciones más comunes contra la religión_» del Padre Segundo Franco, un jesuíta italiano, de inmenso talento. En este libro se echaban por tierra todas las mentiras de los enemigos del catolicismo; su falsa ciencia, que no es más que soberbia, sus embustes contra la Inquisición y contra todos los grandes hechos de la Fe, que se presentan como crímenes. Al que lo leía no le quedaba otro remedio que convertirse. Todo lo de la Iglesia quedaba justificado claramente en sus páginas, con esa fuerza de razonamiento que sólo poseen los Padres de la Compañía. El que aún estaba en el error era porque no conocía el libro.
--Usted debía leerlo, doctor--dijo con impertinencia el abogado de Deusto.
Aresti conocía la obra. Recordaba haber hojeado, cuando vivía en casa de las de Lizamendi, aquel solemne monumento de la estolidez, en el que se probaban los mayores absurdos con argumentos al alcance de cualquier vieja devota. El importuno consejo de Urquiola le irritó:
--Joven--dijo con gravedad desdeñosa,--hace muchos años que leo lo que mejor me parece, sin necesidad de consejero.
Sánchez Morueta bajaba la cabeza para no encontrar la mirada de su primo, como si le avergonzase el descubrimiento del libro.
Pasaron en silencio un largo rato. Doña Cristina y su sobrino seguían mirándose. Parecían dispuestos á hostilizar al doctor, á exasperarle, buscando un rompimiento para que no volviese más a la casa. La señora animaba al joven con sus ojos para que entablase una discusión con el médico.
Urquiola habló de la gran peregrinación á la Virgen de Begoña, que preparaban todas las personas decentes de Bilbao para el mes de Septiembre. Mucho había costado de organizar, pero sería una fiesta tan hermosa como la de la Coronación; un alarde de la Vizcaya religiosa y honrada que quería ser libre y volver á sus antiguos tiempos de grandeza.
Aresti se había impuesto la prudencia, adivinando las intenciones de sus enemigos; pero sentía agitarse su carácter batallador y rebelde ante el abogado, cuyas palabras le irritaban.
--¿Y qué tiempos fueron esos?--preguntó irónicamente.
Urquiola, dichoso por poder mostrar ante Pepita y su madre aquella oratoria ruidosa que tantos éxitos le había valido en los ejercicios literarios de Deusto, acometió impetuosamente. ¡Parecía imposible que un vizcaíno hiciese tal pregunta! ¿Qué tiempos habían de ser? Los del Señorío; cuando Vizcaya era independiente y estaba gobernada por los _Jaunes_ prudentes y valerosos; cuando la mala peste del _maketismo_ no había aún invadido la santa tierra del árbol de Guernica; cuando los vascos en Padura, en Gordexola y en Otxandino hacían morder el polvo á los españoles, del mismo modo que siglos después, en nuestra época, sus descendientes habían derrotado á los _guiris_ y los _ches_ de pantalones rojos que enviaba España para acabar con los últimos restos de sus libertades.
Aresti sonrió con desprecio. ¡Ya habían salido Padura y las otras dos batallas contra los castellanos! Dichoso país aquel, tan falto de historia que tenía que inventarla, dando la importancia de glorias nacionales á tres miserables combates de horda, allá en los tiempos de Mari-Castaña; tres contiendas á peñazos, golpes de cachiporra y de hacha, un poco mayores nada más que cualquier riña de romería.
--No: Vizcaya no tiene apenas historia--continuó el doctor,--y por esto posee la energía de los pueblos jóvenes. Su grandeza empieza ahora; sólo que los enemigos de lo moderno no lo ven. Su gloria es reciente y está en la ría, en el puerto, en las ruinas y las fábricas, en los buques que pasean por todos los mares la bandera de su matrícula, en el esfuerzo colosal de dos generaciones que han trastornado la naturaleza para explotarla. Los vizcaínos que en otros tiempos iban en sus barquitos á la pesca de la ballena, valen más, para mí, que todos esos héroes cabelludos y zafios que en Padura gritaban _¡sabelian, sabelian sarrtu!_ avisándose que debían herir con sus chuzos á los españoles en el vientre. Este es un país que no ha dado en los tiempos pasados más que obispos y marinos. Ahora despuntan los únicos hombres notables que puede producir esta raza con sus especiales condiciones. ¿Ve usted ahí á mi primo que no sueña con la gloria histórica, ni se preocupa de lo que pensarán de él en el porvenir? Pues es el verdadero héroe, el paladín moderno. Ha hecho él más por la gloria de Vizcaya con sus empresas industriales, que todos aquellos _Jaunes_, sucios, barbudos y llenos de costras.
Urquiola calló, desconcertado ante este elogio á su querido tío, temiendo que el millonario tomase la menor respuesta como un atentado á la gloria de su nombre. Pero doña Cristina vino en su auxilio para que la discusión no quedase ahogada.
--No te esfuerces, Fermín. Al doctor le importan poco las santas tradiciones de Vizcaya. Lo que á él le molesta es ver á todo un pueblo rendir homenaje á nuestra santa Patrona, en la que él no cree.
Aresti se encogió de hombros. No le molestaba ninguna de aquellas fiestas: eran para él espectáculos curiosos, en los que estudiaba el afán por lo extraordinario, por las protecciones ocultas que experimentan la debilidad y la ignorancia. Él daba su verdadero valor á la manifestación del próximo mes de Septiembre. Lo religioso era en ella lo de menos. La gran masa inconsciente subiría al monte Artagán, con el deseo egoísta de ganarse el agradecimiento de la Virgen: pero la dirección la llevarían los que soñaban con la independencia vasca, y los jesuítas, que insistían en sus alardes, temiendo la propaganda social de las minas y el espíritu antirreligioso de los trabajadores de la villa.
Al oír mentar á los jesuítas, Urquiola dió un respingo en su asiento. Ahora se sentía en terreno fuerte: era como si atacasen á su familia. Y miró á las dos mujeres, como invitándolas á que presenciasen el gran vapuleo que iba á dar al impío... ¿Qué tenía que decir de los jesuítas? Eran unos sacerdotes sabios, prudentes y buenos, que se sacrificaban por dirigir á las gentes hacia la virtud. Ellos, siguiendo al glorioso San Ignacio, habían contenido la infernal propaganda de Lutero, atajando la revolución religiosa, prestando á los pueblos latinos la gran merced de evitarles este contagio. Eran el brazo derecho del Papa; los que mantenían en toda su pureza el catolicismo. ¿Y sabios?... Él mismo conocía en Deusto á un Padre que hablaba cinco idiomas...
Aresti le interrumpió:
--Yo conozco empleados de hoteles que poseen más lenguas y sin embargo, el mundo ingrato no ensalza su sabiduría.
Urquiola, herido por este sarcasmo, hizo un movimiento como si fuese á caer sobre el doctor, pero se repuso inmediatamente. Él estaba allí como apóstol: quería aplastar al impío, de cuya ciencia hablaban con respeto muchos tontos. Y continuó su apología del jesuitismo, hablando de su fundación, como si fuese un punto de partida para la humanidad. Ya conocía él todas las calumnias lanzadas contra la orden. ¡Mentiras de la masonería, que temblaba de cólera y miedo ante los hijos de San Ignacio! Se hablaba de la rapacidad de los jesuítas, de su codicia, de su afán por atesorar dinero. Embustes de los impíos y de ciertas órdenes religiosas, roídas por la envidia, que no reparaban que al herir á los ignacianos socavaban el más fuerte cimiento del catolicismo. ¡A ver! ¿dónde estaban esos tesoros? ¿Quién los había visto?... Y aunque los tuvieran, ¿qué? Como decía muy bien un Padre de la Compañía en uno de sus libros, el mundo nada perdía con que fuesen ricos, pues dedicaban su dinero á la instrucción levantando Colegios y Universidades. También les echaban en cara el que sólo buscasen el trato con los ricos y los poderosos, educando únicamente á los jóvenes de nacimiento distinguido. ¿Y qué se probaba con esto?... La igualdad es un mito de los impíos; hasta en el cielo hay jerarquías y los Padres se dedicaban al cultivo de los de arriba, de los que por su nacimiento ó su fortuna estaban destinados á ser pastores de hombres, dejando la gran masa que ellos no podían evangelizar, al cuidado de los sacerdotes del clero bajo. Agarrándose al tronco estaban seguros de poseer las ramas: educando á los privilegiados en el santo temor de Dios, mantenían el espíritu religioso en las instituciones directoras, en los legisladores, los magistrados, los militares, afirmando el porvenir más sólidamente que si buscaban al populacho ignorante y tornadizo, siempre dispuesto á dejarse engañar por absurdas propagandas...
¡Ah, el populacho! ¡Con qué asco hablaba Urquiola de la masa sin voluntad que se dejaba arrastrar por falsos sabios, de pretendida ciencia! Se indignaba pensando en la ceguera de aquel rebaño, que en los conflictos de la miseria se revolvía contra los sacerdotes y especialmente contra los jesuítas. Si surgía una huelga, apedreaban los conventos de la Orden; si al ir en manifestación por la calle veían á un cura, lo silbaban y lo perseguían; en sus mitins, cuando querían insultar á uno de sus opresores, le llamaban jesuíta. ¿Qué daño podían hacer los Padres á toda aquella gente que pedía aumento de jornal ó menos horas de trabajo? No tenían minas ni fábricas, no eran dueños de empresas industriales, no explotaban al trabajador, ¿por qué, pues, iban contra ellos? ¿No era natural que dejasen en paz á los sacerdotes y se lanzaran únicamente contra los ricos? ¿A qué mezclar la religión en las cuestiones del trabajo?...
Y el abogado miraba á Aresti con superioridad, seguro de haberle aplastado con estos argumentos aprendidos en Deusto, sin reparar en que, por defender á sus maestros, atacaba á Sánchez Morueta.
El doctor sentíase irritado por el aire de triunfador que tomaba el joven ante las dos mujeres, las cuales parecían admiradas de sus palabras. Arrojó de su ánimo todo escrúpulo de prudencia, sintió el deseo de escandalizar á su devota prima, de exponer sus ideas sin consideración alguna, cerrándose para siempre las puertas de aquella casa. ¡Le querían echar, pero él se iría antes!... Y habló con una calma, con una suavidad en la voz, que contrastaba con la audacia de su pensamiento.
A él no le extrañaba que el ejército de la miseria, en sus protestas y rebeldías, se dirigiese contra los sacerdotes ignacianos, á pesar de que éstos no tomaban parte directa en las empresas industriales. Eran los directores y los educadores de los ricos. Ellos daban forma á la clase superior; la moldeaban á su gusto. Los tiros de los desesperados, no iban, pues, mal dirigidos. Parecían en el primer momento caprichosos y locos, errando á la ventura, pero en realidad herían al verdadero enemigo. Los desheredados, los infelices adivinaban con el instinto de la desesperación dónde estaba la causa de sus males. La sociedad tenía por base la moral cristiana, una moral que en tiempos remotos podía ser oportuna, pero que había fracasado al contacto de la vida moderna.
El hombre de hoy debe ocuparse de hacer su trabajo sobre la tierra, de modificar incesantemente el ambiente natural y social en que vive; y el cristiano no da importancia á una sociedad por la que pasa transitoriamente y cuyos intereses no deben preocuparle, pues su verdadera vida está más allá de la muerte. Veinte siglos lleva de experiencia la moral cristiana y ha dado de sí todo lo que tiene dentro. Su fracaso es visible por todas partes. Desconoce la justicia en la tierra, dejándola para el cielo; pasa indiferente ante el derecho de los oprimidos, queriendo consolarlos con la esperanza de que en otra vida que nadie ha visto, encontrarán satisfacción á sus dolores. Su única fórmula clara es la de la fraternidad universal; «ama á tu prójimo como á tí mismo», y sin embargo, transige con la guerra, bendice al fuerte, declara que el hombre es por naturaleza malo y corrompido, que únicamente se purifica cuando Dios le concede su gracia, y si no la tiene, si vive fuera de la comunidad santa, es el hijo del pecado, el ser diabólico al que hay que perseguir y exterminar.
Urquiola y doña Cristina se miraban escandalizados.
--¿Y la caridad?--gritó el abogado. ¿Y la sublime caridad de la moral cristiana?