Chapter 16
--¿Qué es el director espiritual?--continuó.--El librito lo dice claramente: «Es un segundo padre que la Iglesia os da para que dirija vuestras almas. Dejaos guiar en todo por ese fiel amigo. Si los padres se oponen á vuestro casamiento, creed que será por vuestro bien. Si os queda alguna duda sometedla á la censura prudente de vuestros confesores, y si éstos se oponen, resignaos; pues si las cosas no salen á medida de vuestros deseos es porque saldrán conforme á la voluntad de Dios que es lo que más os interesa. Eso del amor, no es más que _galantería_ mundana, inventada por poetas y novelistas defensores del pecado, que nunca puede dominar á una alma cristiana.» Ahí tienes, chiquita, todo un compendio de sabiduría que siguen los jóvenes al salir de nuestras aulas, y son felices. ¿Y esto, que respetan y acatan muchachos con más barbas que un granadero, que poseen toda la ciencia de nuestra Universidad, lo atropellas tú, muñeca ignorante? ¿Te atreves á buscar marido por tu propia cuenta y á tener amoríos, cuando hombres que ostentan títulos académicos no osan poner los ojos en una mujer sin venir aquí antes á decirme: «Padre Paulí, he pensado en Fulana ó en Zutana: ¿me conviene?» y se van tan satisfechos de los consejos del Padre, siguiéndolos fielmente?... ¡Ay, Pepita... Pepita! Bien se conoce que en tu casa falta una buena dirección á pesar de que mamá es casi una santa. Bien se ve que hay en tu familia hombres descarriados, como ese médico loco de las minas que ha hecho infeliz á su pobre mujer, y que entran allí gentes de todas clases que llevan con ellas la impiedad del siglo.
La joven sentíase anonadada, reconociendo de pronto la inmensidad de su pecado. El confesor continuó con una sonrisa dulce:
--Y ese señor ingeniero que te ha trastornado el seso, será poco más ó menos como tu tío el médico.
--¡Ay, no, Padre!--se apresuró á decir Pepita aprovechando la ocasión para defender á su novio.--es muy buen católico: me lo dijo el otro día cuando hablamos en el jardín.
--¡Hum, hum!--tosió el jesuíta--¿Dónde ha estudiado? En alguna de esas escuelas donde sólo enseñan lo que llaman ciencia y que no es más que puro materialismo, sin acordarse para nada de Dios. ¿Católico y no lo conozco?... ¿Católico joven y no viene por aquí?...
--Me prometió que vendría, Padre. Dijo que se confesaría aquí; que se inscribiría en los _Luises_, que haría todo lo que yo le mandase. Crea usted, Padre, que no es malo.
--¡Je, je!--rió maliciosamente el confesor.--No está mal la resolución. Pero nosotros, esas conversiones de última hora con vistas al matrimonio, las miramos con desconfianza: dan siempre malos resultados. El Padre Paulí es viejo y sabe mucho del mundo para que pueda engañarlo un boquirrubio de esos á la moderna. Queremos en nuestro jardín árboles que hayamos plantado nosotros, guiándolos desde que son tiernos... Y tú, hija mía, ¡con qué calor defiendes á ese hombre! Veo que el peligro era más grave de lo que creía. Si persistes en esa mala pasión, contra la voluntad de tus padres y de tu director espiritual, estás en pecado y no podré darte la absolución. ¿Entiendes?...
Tembló la joven ante esta amenaza, proferida con voz imponente.
--Pero tú eres buena--continuó el jesuíta cambiando de tono--y tú obedecerás. Mañana me envías todas las cartas que tengas de ese hombre: un paquetito á nombre mío y que lo entreguen al portero de la Residencia... Y hoy mismo, sin excusa alguna, le escribes cuatro letras á ese individuo. «Muy señor mío: por no disgustar á mis padres... ó por consejo de mi director espiritual...» en fin, tú lo escribirás bien: las mujeres, tenéis talento para esas cosas. Lo que importa es hacerle saber, de un modo que no deje lugar á dudas, que todo acabó, que ya no te acuerdas de él, que lo pasado fué una falta de la que te muestras arrepentida... ¿Estamos?
Pepita movió la cabeza afirmativamente, con los ojos llorosos, sin que adivinase el confesor si esta emoción era por la pena del rompimiento ó por el miedo que le inspiraba su pecado.
--¡Tonta! ¡tontita!--dijo para tranquilizarla.--¡Si todo esto es por tu bien!... ¿Quién es ese hombre? Un cualquiera, un ingeniero como hay tantos, un trabajador de levita, qué necesita de protectores como tu padre para ganar la comida. ¡Mire usted que estaría bien, ver á la hija de Sánchez Morueta casada con un ganapán, de esos que creen ser los hombres más útiles de nuestro siglo, porque echan rayas y manejan números! Eso de las princesas casándose con pastores, sólo se ve en las comedias. Aún es pronto para casarte: cuando llegue tu hora, obedece á tus padres, á mamá sobre todo, pues las mujeres saben más de estas cosas. Confía en el Padre Paulí, que es tu amigo, tu segundo padre, y entre todos ya verás cómo te elegimos un hombre que te hará feliz y aun elevará más tu rango en el mundo.
Calló un momento el jesuíta, como si preparase un avance decisivo.
--¡Con unos muchachos tan distinguidos y de tanto porvenir que salen de nuestra Universidad!... Una joven como tú--continuó--merece unirse con una gran fortuna ó un gran nombre. Fortuna ya la tienes, por la bondad de Dios, que ha derramado sus dones sobre tu padre. ¡Pues á casarse con un muchacho de porvenir y de talento, que sea en lo futuro un hombre de Estado, y se cubra de gloria sirviendo á Dios y á su país! Eso no es difícil encontrarlo. Ahí tienes, por ejemplo, á tu primo Urquiola.
Pepita hizo un mohín de protesta. No: ese no.
--¿Por qué no, chiquilla? ¿Tienes algo que decir de él? Es uno de los alumnos de _punta_ que han salido de nuestra Universidad. Con una docena como él, Bilbao sería nuestro por completo, y esta población aparecería como otra Covadonga, desde la cual emprenderíamos la reconquista de España encenagada en un liberalismo que es libertinaje, y olvidada de Dios... Comprendo por qué tuerces el gesto: chismes y enredos de tertulia, murmuraciones de las amigas, que por exceso de atracción en el pobre Urquiola, sólo saben hablar de él. ¡Ya las arreglaré yo á esas maldicientes!... ¿Y sabes por qué se ocupan tanto de Fermín? Porque éste no pone los ojos en ellas; porque saben que hace tiempo se siente inclinado hacia tí, con el amor honesto y respetuoso de un joven cristiano. Las que te hablan contra él, es porque te tienen envidia.
Después de este hábil halago á la vanidad de la joven, continuó con una expresión de bondad y tolerancia:
--Yo no digo que Urquiola sea un santo. Tampoco lo fué nuestro padre San Ignacio antes de que le iluminase la divina gracia. Ya ves, era militar, y con esto queda dicho todo. Tan vanidoso, tan enamorado de su persona y de gustar á las damas, que al quedarle en la pierna un hueso saliente después de ser herido en el cerco de Pamplona, se lo hizo aserrar, para que no se notase bulto alguno en las altas y elegantes botas que entonces se llamaban _botas polidas_... Urquiola es joven, y rebosa en él la energía, el exceso de expansión y de fuerza que ha puesto al servicio de Dios. Yo no digo que no cometa sus pecadillos; pero has de pensar, hija, que en el mundo no somos todos iguales, que las faltas cambian según los medios de vida de quien las realiza, y, por ejemplo, lo que es pecado en el hombre que vive tranquilamente en su casa, rodeado de su familia, á la que debe dar ejemplo, no lo es en el soldado que hace la guerra y va errante por el mundo. Eso es Fermín; un soldado, un combatiente de la buena causa, y se le deben dispensar ciertas cosas, porque las necesidades de la campaña le obligan á vivir fuera de su mundo... Pero ya verás cómo cambia, cómo sienta la cabeza el día que tenga á su lado una esposa cristiana, buena y virtuosa. ¿Sabes por qué le miran con tanto agrado tus amigas? Porque están seguras de su porvenir. Fermín será diputado en las primeras elecciones, figurará en Madrid, ¡y quien sabe á lo que puede llegar, cuando se cambie la suerte de esta nación, que seguramente se cambiará, de no olvidarnos Dios!...
Callaba Pepita, sin hacer el menor signo de aprobación ó protesta ante los palabras del jesuíta, y éste se detuvo, creyendo haber avanzado demasiado. Por aquel día bien estaba con lo dicho.
--No creas que tengo un interés especial en que sea Urquiola quien haga feliz tu vida. Tal vez tu mamá lo defienda con más tenacidad que yo, pues de su sangre es y conoce sus méritos. Por mí, si no es ese, que sea otro. De sobra los hay en la juventud brillante, esperanza de la patria y de la religión, que sale de Deusto. Lo que yo quiero es que escojas como todas las doncellas católicas y decentes, sin disgustar á tus papás y desobedecer á tu director. Tú eres de una familia cristiana y debes seguir sus costumbres. Mírate en el espejo de tus padres: se unieron con el consentimiento de sus familias, sin violencias ni disgustos y la fortuna les sonríe, y son felices, y tienen para su vejez un consuelo tan hermoso como tú, que eres buena y no querrás amargar los últimos años de su vida.
Y el confesor hablaba gravemente, sin el más leve mohín, de la felicidad conyugal de los Sánchez Morueta.
--Basta por hoy. He dicho á tu madre que vengáis por aquí con más frecuencia. Ya iremos hablando de lo que te conviene, pues tiempo tenemos de sobra. Esa almita anda algo loca y hay que tener mucho cuidado con ella. ¿Quedamos en que me enviarás esas cartas, para que nunca puedas volver á leerlas, cayendo de nuevo en el pecado?
--Sí, Padre.
--¿Escribirás hoy mismo á ese señor dando por terminadas para siempre las locuras?
--Sí, Padre.
--Muy bien: vamos á la absolución.
Y musitando sus latines, el Padre Paulí bendijo á la joven al través de la rejilla: después sacó la mano por el frente del confesonario para que se la besase. Mientras abría el ventanillo opuesto preparando una sonrisa como saludo á la nueva penitenta, Pepita fué á arrodillarse al lado de su madre.
Comulgaron tras una breve espera, después de rezar su penitencia y salieron del templo, saludando con inclinaciones de cabeza á las amigas que aún estaban arrodilladas ante los confesonarios.
El automóvil emprendió el regreso á Las Arenas siguiendo la ribera de la ría que parecía irradiar fuego bajo el torrente ardoroso del sol.
Doña Cristina sonreía al paisaje, encontrándolo más hermoso que otros días.
--¿Pero no has notado, Pepita, qué alegría da el recibir al Señor? Dí que hemos empleado bien la mañana.
Al entrar en el hotel se entristeció el rostro de la señora, como si se aproximase un peligro que quería olvidar.
Las dos mujeres se encerraron en sus habitaciones. Pepita pasó horas enteras con la pluma en la mano, mordiendo la punta nerviosamente, rompiendo pliegos sin que llegasen á satisfacerle las cartas que escribía. Por fin entregó un sobre cerrado á la _aña_ Nicanora, rogándola que aquella misma tarde fuese á los altos hornos para entregarlo á don Fernando. Todas las preguntas de la curiosa campesina fueron inútiles. La niña estaba de mal humor y no quería contestar.
Doña Cristina permaneció invisible hasta la hora de la comida. Llamó varias veces á su doncella que iba de un lado á otro, llevando dobladas sobre el brazo muchas piezas de ropa interior y varios vestidos. Toda la servidumbre cambiaba signos de asombro, como si en la casa ocurriese algo extraordinario. Doña Cristina revolvía su olvidado guardarropa.
Al bajar Pepita al comedor, enfurruñada y triste por su esfuerzo epistolar, no pudo contener la admiración, viendo á su madre.
--¡Pero, mamá! ¡Qué guapa estás! ¡Qué elegante te has puesto!...
Guapa... sí que lo estaba; con sus cabellos de oro peinados por la doncella, y una capa de menjurgos de tocador que refrescaban, con llamativa juventud, su madurez de rubia carnosa. ¿Pero... elegante?... Llevaba un traje de seda clara, con los colores algo apagados y polvorientos; una pieza magnífica que había llegado á Bilbao desde un taller de la _rue de la Paix_ cuatro años antes, cuando ella volvía ya la espalda á las vanidades del mundo.
Había engordado mucho desde entonces: la seda del pecho, cruelmente estirada, parecía próxima á estallar á impulso de los ocultos y comprimidos globos; la falda, amplia en otros tiempos, se ajustaba como un mallón sobre las caderas.
--Qué, ¿te parezco bien?--dijo la madre, pavoneándose como una niña ante la admiración de su hija, que había conocido aquella moda y al verla resucitar inesperadamente, sentía la extrañeza que causa una resurrección histórica.
Al moverse doña Cristina sonaba el subversivo _fru fru_ de sus finas ropas interiores y se esparcían en el ambiente los perfumes que se había prodigado con cierta indiscreción.
Sánchez Morueta que leía un periódico sin notar la presencia de su mujer, acabó por levantar la cabeza.
--¿Qué te parezco, Pepe?--dijo ella con una sonrisa que contrastaba con el temblor de su voz.
El millonario deslizó una rápida ojeada sobre su incitante esplendor de fruto maduro.
--No estás mal--y fijó de nuevo sus ojos en el periódico.
--Ahora voy á volver á la elegancia. Quiero gozar la vida antes de que llegue la vejez. Nuestra hija va á tener en mí una rival. ¿Qué dices á esto, Pepe?...
--Harás bien:--y siguió leyendo, sin saber lo que leía, con el pensamiento lejos, muy lejos.
La comida fué triste. El millonario había llegado de su último viaje con un gesto melancólico, que desaparecía de pronto, dando lugar á extrañas nerviosidades.
Él, que pasaba siempre por el hotel como un sonámbulo, sin reparar en los detalles de la vida doméstica ni dirigir la palabra á la servidumbre, venía regañando desde el día anterior con todos los de la casa, y bastaba una respuesta para que cerrase los puños como si fuese á golpear á todos.
Pepita también estaba triste; pero le pesaba el silencio que reinaba en el comedor y hacía preguntas á su padre sobre la vida de Biarritz, queriendo que le describiera alguna _toilette_ de las muchas que habría visto en aquella sociedad elegante.
Sánchez Morueta se esforzaba por contestar á gusto de su hija. Era la única persona ante la cual se abatía su mal humor. Hablaba con la cabeza baja, evitando mirar á su mujer, sentada enfrente. Varias veces sus ojos se habían encontrado con los de Cristina, fijos en él con una expresión desconocida. Esta caricia muda que tenía algo de súplica, le causaba por su novedad cierta molestia.
Después de comer, el millonario se entró en su despacho.
Cristina dejó pasar mucho tiempo y cuando los arpegios del piano la hicieron saber que Pepita estaba en el salón, se dirigió con paso resuelto en busca de su marido.
Tembló al dar un golpe en la puerta para anunciar su presencia. Se acordaba de los cuentos de la infancia; de aquellas niñas medrosas que iban en busca del ogro.
Al entrar en el despacho vió el gesto de asombro de Sánchez Morueta, que creía en la llamada de un criado: notó el movimiento instintivo de sus manazas, para ocultar bajo los papeles varios plieguecillos de diversos colores que releía con gesto hosco.
Aquellas cartas ella las conocía. Por una asociación de recuerdos, volvió á su memoria el «_Mon gros loup cheri_», y sin saber por qué, sintió una tentación infantil de reír ante el gigantón de aspecto imponente; de arrojarse á su cuello, repitiendo, como Dios le diera á entender, aquella frase de _cocotte_, que debía encerrar algún misterio mágico para apoderarse de los hombres.
--¿Qué quieres? ¿qué ocurre?--preguntó el marido con extrañeza.
¿Querer?... Bien se lo decían aquellos ojos agrandados por el lápiz de tocador, en los que el instinto femenil ponía el fuego que no lograba dar la pasión: los pasos felinos, de gata enardecida, con que se aproximaba entre el susurro acariciador de sus ropas interiores.
Al estar junto á él, no supo qué decir ni cómo empezar y apelando al recurso de la acción, abarcó en sus brazos de blancas carnosidades, los hombros del temido ogro.
--¡Pepe... Pepe!--murmuró con voz tenue, como un gemido dulce.
Y su boca se abrió paso entre las barbas patriarcales, con besos ardorosos.
El grande hombre vaciló un momento, atolondrado por la onda de carne femenil que caía sobre él, por el perfume incitante que le envolvía, por los labios suaves que buscaban los suyos, enredando la barba en los dientes de láctea blancura.
Pero fué la debilidad de un instante, que pasó como una ráfaga. Su mano poderosa apartó á la mujer, y ésta se sintió perdida, ante aquellos ojos fríos que parecían no verla, como si su atención, su pensamiento, su alma, pasasen por encima de ella para ir lejos, muy lejos.
Después, la voz del marido sonó en el silencio de la habitación, lacónica, triste y monótona:
--Es tarde, Cristina, es tarde.
VII
Estaba el señor Goicochea á media mañana, trabajando en su despacho contiguo al de Sánchez Morueta, cuando se incorporó en el asiento con sorpresa, viendo entrar á su principal.
Tres días antes había salido para Biarritz, manifestando á su secretario que tardaría unas dos semanas en regresar, y se presentaba inesperadamente, con una cara que daba miedo. ¿Qué negocio se le habría torcido al grande hombre, hasta el punto de hacerle perder su solemne gravedad?...
Su voz sonaba trémula y algo aflautada; una voz de ira; sus ademanes aparecían descompuestos, y lo que más asustaba al secretario, era que hablaba mucho, que había perdido su concisión característica y vacilaba envolviendo en palabras y más palabras sus tardos pensamientos.
--A ver, Goicochea; que lleven á casa el equipaje que está abajo. Avise usted por teléfono que luego iré.... No, diga usted que no voy, que no me esperen á comer. Iré á la noche. ¿Pero, qué hace usted ahí parado, mirándome como un bobo?... ¡Eh, alto! no se vaya usted tan pronto. A ver, ¡que suba el _Capi_! Llame usted á don Matías. ¡En seguida; listo!...
Goicochea salió del despacho temblando, al pensar en el día que le esperaba. Conocía el carácter de su gigante: pocas rachas, pero buenas, como él decía. Sólo muy de tarde en tarde, le había visto perder la serenidad y enfurecerse; pero guardaba un vivo recuerdo de sus arrebatos.
Cuando subió el capitán Iriondo, encontró á Sánchez Morueta paseando casi á saltos por el despacho, como una bestia enjaulada, las manos atrás y la cabeza baja. Tardó algún tiempo en ver á Iriondo, que no pasaba de la puerta.
--Pepe, ¿qué tienes?--dijo el marino con el acento afectuoso de un antiguo camarada.
--Nada: cosas mías, no te ocupes de mí.... Vas á llamar al teléfono de las minas y que busquen á mi primo Luis, que le digan que venga en seguida.
--Pero, hombre, no será tan pronto como quieres. Gallarta está lejos: él tiene sus ocupaciones...
--¡He dicho que venga en seguida!--gritó el millonario.--Dile que le necesito al momento; que estoy enfermo, que voy á morir... cualquier cosa. ¡Que venga pronto!... Y Luis vendrá, porque me quiere de veras: es mi único amigo.
--Está bien--gruñó el capitán.--Los demás somos unos perros.
Y encogiéndose de hombros salió del despacho. Sánchez Morueta siguió su paseo á grandes zancadas, con la cabeza baja, como si fuese a embestir contra los planos y modelos de buques colgados de las paredes.
De pronto se detuvo en la puerta de la habitación contigua, mirando con ojos feroces al secretario, que se había escurrido hasta su mesa para continuar el trabajo. El pobre hombre tembló al verse enfrente de su irritado principal.
--Señor Goicochea: va usted a hacerme el... pinturero favor de largarse inmediatamente. Necesito estar solo; váyase a tomar el sol, adonde le dé la gana.... ¡al capacho! pero márchese en seguida.
Miraba al secretario de tal modo, que éste creyó que iba a recibir algún golpe sí tardaba en obedecer. Y cogiendo el sombrero, salió apresuradamente.
Las oficinas parecían desiertas. Todos los empleados se encorvaban ante sus papeles, temblando al oír tras de los cortinajes aquella voz furiosa, que matizaba sus órdenes con interjecciones y juramentos verdaderamente extraños en tan grave personaje.
En el escritorio se hizo el mismo silencio de las casas donde existe un enfermo. Sánchez Morueta, después de una hora de incesantes paseos, se dejó caer en uno de los sillones ingleses, anchos y profundos, tocando antes un botón eléctrico.
Entró un ordenanza con aire azorado.
--Tráeme un café.... pero bien fuerte.
Cuando llegó el café, Sánchez Morueta fumaba un cigarro enorme, uno de los habanos que le enviaban de Cuba, elaborados directamente para él, con su nombre y su retrato en la sortija, y cuya adquisición era motivo de orgullo entre la gente menuda que laboraba en la Bolsa ó en los negocios de minas.
Transcurrió otra hora, sin que el millonario diese señales de existencia. El timbre sonó de nuevo en el silencio del escritorio y corrió el criado al despacho.
--Trae otro café.
Sánchez Morueta fumaba el tercer cigarro, á juzgar por las dos colillas arrojadas á sus pies, sobre el pavimento de madera encerada, tersa como un espejo. Los balcones estaban cerrados, tal como los había encontrado al llegar, y el ambiente se llenaba de humo, se hacía irrespirable, sin que él se diese cuenta de ello.
Mucho después de medio día, cuando los empleados se deslizaron sin ruido para ir á comer á sus casas, volvió á trotar el criado hacia el despacho, atraído por el timbre.
--Dile al capitán que suba--dijo el millonario.
--Don Matías no está, señor--contestó el criado.
Por primera vez se le ocurrió á Sánchez Morueta mirar el gran reloj de la chimenea. ¡Cómo había pasado el tiempo! Y más por la fuerza de la costumbre que por necesidad, quiso comer, ya que á aquella hora todos hacían lo mismo.
--Ve á donde el Suizo y trae la comida. Lo que te den... lo que á tí se te ocurra. Sobre todo, un buen café: no lo olvides.
Cuando volvió el criado con una gran bandeja llena de platos y coberteras brillantes, la atmósfera del despacho era más densa. El millonario seguía fumando, inmóvil en su sillón, con la vista vaga y como perdida en un punto lejano, muy lejano.
Apenas tocó los platos que el criado colocaba sobre una mesa. Bebió un poco de vino, probó la fruta y se abalanzó por fin al café, como si éste fuese su único alimento. Después hizo seña al criado para que se llevase los platos casi intactos.
--Mira, hijo mío--dijo con dulzura inesperada.--Llévate todo eso; cómetelo y que de salud te sirva.
Al quedarse solo encendió otro cigarro, adoptando en su sillón aquella inmovilidad en la que parecía soñar con los ojos abiertos.
Sánchez Morueta no supo ciertamente si llegó á dormirse. Era un sopor dulce que no le hacía perder de vista cuanto le rodeaba. Pero en esta actitud, el tiempo transcurría para él inadvertido, y sentía el bienestar del que en nada piensa.
Cuando, á la caída de la tarde, entró el doctor Aresti en el despacho, el millonario se reanimó, volviendo de un golpe á la vida.
--¡Esto es un horno!--gritó el médico,--¡Aquí no se puede respirar; qué humareda; parece un incendio!
Y se fué á los balcones, abriéndolos para que se disolviera la nube de tabaco en que se envolvía su primo.
--¿Qué pasa?--dijo Aresti cuando pudo respirar con algún desahogo.--¿Qué te ocurre, Pepe? ¿Estás enfermo? A ver esa cara...
Y después de examinar el rostro de su primo, hizo un gesto de asombro. Efectivamente; algo malo le ocurría. Parecía aviejado de un golpe en más de diez años: los pómulos salientes, los ojos hundidos, con una expresión de tristeza y desaliento. Además revelaba una gran fatiga física, como si no hubiese dormido en algunas noches.
--¡Vamos á ver; ¿qué tienes? Cuenta, hijo, cuenta.
Sánchez Morueta sintió el mismo dolor que si de pronto se abriesen en él ocultas heridas. La presencia de su primo despertaba los pensamientos dolorosos, adormecidos por la embrutecedora somnolencia.
--¡Ay, Luis!--suspiró el gigante con un acento casi infantil, cogiendo, las manos de su primo.--Mi vida terminó. Han matado todas mis ilusiones... ¡Se fueron!... ¡se fueron!
Y se abandonaba, como si quisiese caer sobre Aresti, abrumando la pequeñez del doctor con su corpachón.