El intruso

Chapter 12

Chapter 123,904 wordsPublic domain

El ingeniero mostraba con orgullo la gran sala de los motores, que aprovechaban el gas de la hulla, al que antes no se daba aplicación. Aquello era obra suya y proporcionaba á la casa, sin nuevos gastos, una fuerza de más de dos mil caballos. Después venían los hornos para hacer el cok, que extraían del carbón, el alquitrán y el amoníaco.

Luego pasaron por el desembarcadero de la hulla. Un vapor de la casa estaba atracado á la riba, tan hondo por el descenso de la marea, que sólo se le veían la chimenea y los mástiles. En aquélla destacábanse pintadas de rojo las enormes iniciales entrelazadas de Sánchez Morueta. La grúa del descargador avanzaba su inmenso brazo de hierro sobre el agua. El tanque, que contenía una tonelada de combustible, salía de las entrañas del barco, se remontaba hasta la punta del puente aéreo y, deslizándose con incesante chirrido, entraba tierra adentro para vomitar su contenido en una de las varias montañas de hulla que se interponían entre aquella parte del establecimiento y la ría. Otro vapor con bandera inglesa, estaba inmóvil, un poco más allá, hundido hasta la línea de flotación, esperando su turno para descargar.

--Consumimos mil toneladas diarias--decía el ingeniero con orgullo.--Necesitamos más de un barco cada veinticuatro horas.

Después, enseñó al doctor el triturador del carbón, donde trabajaban las mujeres entre una nube de polvillo que las cubría la cara, dándolas un aspecto de grotesca miseria, con la boca llorosa y los ojos enrojecidos, en medio de su máscara negra.

Los grandes talleres, para la reparación de las maquinarias de la casa y construcción de máquinas nuevas, puentes y hasta barcos, no atrajeron la curiosidad del doctor.

--Conozco esto--dijo Aresti.--Lo he visto muchas veces fuera de aquí. Lo que á mí me interesa es la especialidad de la casa, la base de vuestra industria: ver como se convierte el mineral en acero. Y señalaba los altos hornos, las robustas torres gemelas, unidas por el ascensor que subía hasta sus bocas las cargas de mineral y de combustible. Un calor de volcán envolvió á los dos hombres al aproximarse á los altos hornos. Marchaban por plataformas de tierra refractaria, surcadas con una regularidad geométrica por pequeñas zanjas que servían de moldes al mineral en fusión. Por este cuadriculado del suelo corría el hierro líquido al salir de los hornos, tomando la forma de lingotes. La tierra ardía, obligando al doctor á mover continuamente los pies. Los gruesos muros de los hornos irradiaban un calor sofocante que abrasaba la piel. El ingeniero, habituado á esta temperatura, describía con gran calma la función de los altos hornos.

Cada uno de ellos quedaba cargado con tres mil kilos de mineral, mil quinientos de cok y quinientos de caliza. La carga entraba por arriba en los tubos gigantescos, y lentamente, en el incendio de sus entrañas, formábase el metal que descendía por su peso hasta salir por la base de las torres. Día y noche ardían los altos hornos: el enfriamiento era su muerte. Calentarlos y ponerlos en disposición de funcionar, costaba una fortuna. Si se apagaban había que derribarlos y hacerlos nuevos: asunto de medio millón.

Un descuido en el trabajo, una huelga, podía costar la existencia á aquellos gigantes de la industria, que sólo vivían ardiendo y tragando combustible á todas horas. Cuando surgía una huelga en la montaña y los ferrocarriles paralizados no acarreaban mineral, había que echarles carbón lo mismo que si funcionasen. Aquellos enormes tubos de piedra, con su aspecto de grosera pesadez, eran delicados como juguetes de la industria, y podían inutilizarse al menor descuido.

Mientras el ingeniero detallaba sus explicaciones, el médico, asombrado por la enorme mole de las dos torres ardientes que parecían servir de pilares al firmamento, pensaba en el culto del fuego, en la adoración de las razas antiguas al gran elemento creador y destructor, en los ídolos ígneos que cocían dentro de su vientre, en repugnante holocausto, las víctimas humanas.

--Ahora van á sangrar--dijo Sanabre, señalando á un obrero viejo que hurgaba con una palanca en la boca del horno cubierta de tierra refractaria.

Se abrió un pequeño agujero en la base de una de las torres y apareció un punto de luz deslumbradora, una estrella roja de agudos rayos que herían la vista. Se fué agrandando, y un arroyo rojo obscuro, como de sangre de toro, corrió por la tierra con un chisporroteo ruidoso.

--¿Eso es el hierro?--preguntó Aresti.

--No: es escoria. El hierro vendrá después.

El médico respiraba con dificultad. La tarde de primavera era calurosa. Al lado de aquellos infiernos de la industria, la vida era imposible. Se enrojecían los ojos; parecía que las pestañas iban á consumirse, secábase la piel sintiéndose en cada poro una aguja ardiente, y los pies movíanse inquietos, agitando las caldeadas suelas de los zapatos.

Aresti admiraba á los trabajadores, que estaban allí como en su casa, habituados á una temperatura asfixiante, moviéndose como salamandras entre arroyos de fuego, enjutos, ennegrecidos cual momias, como si el incendio hubiese absorbido sus músculos, dejándoles el esqueleto y la piel. Iban casi desnudos, con largos mandiles de cuero sobre el cuerpo cobrizo, como esclavos egipcios ocupados en un rito misterioso. El calor les hacía exponer sus miembros al chisporroteo del hierro, que volaba en partículas de ardiente arañazo. Algunos mostraban las cicatrices de horrorosas quemaduras.

Sanabre señaló la boca del horno. Iba á comenzar la colada. No era una estrella lo que se abría en la tierra refractaria: era una gran hostia de fuego, un sol de color de cereza, con ondulaciones verdes, que abrasaba los ojos hasta cegarlos. El hierro descendía por la canal, esparciéndose en espesa ondulación en las cuadrículas del suelo. Aresti creyó morir de asfixia. El chisporroteo del metal al ponerse en contacto con la atmósfera, poblaba el espacio de puntos de luz, de llamas rotas en infinitos fragmentos. Eran mariposas azules y doradas que revoloteaban vertiginosamente con alas de vibrantes puntas; mosquitos verdosos que zumbaban un instante, desvaneciéndose para dejar paso á otros y otros, en interminable enjambre. El hierro era de un rosa intenso al salir del horno con ruidosas gárgaras; rodaba por las canales con la torpeza del barro, enrojeciéndose como sangre coagulada, y al quedar inmóvil en los moldes, se cubría de un polvo blanco, la escarcha del enfriamiento.

El médico no podía seguir junto al horno, y tiraba de Sanabre.

--Vámonos, ingeniero del demonio. Esto es para morir.

Aun vieron como, cambiando de dirección la canal del horno, arrojaba su chorro de fuego sobre un gran tanque montado en una vagoneta. Era el caldo para los convertidores. Aquel mineral iba directamente á transformarse en acero. Silbó la locomotora, pequeña como un juguete, salió á toda velocidad por debajo de los cobertizos inmediatos, arrastrando el enorme tanque, en cuyos bordes se agitaba el líquido rojo, siguiendo el traqueteo de las ruedas.

Aresti, casi cegado por tanto resplandor, tomó la mano del ingeniero.

--¡Guíame, Virgilio!--dijo riendo.--Yo voy como el poeta de los infiernos: cuida de que no nos quememos.

Y avanzaba por la plataforma inmediata á los altos hornos, saltando los arroyos de metal en ebullición. Cada vez que pasaba por encima de una de las zanjas, una bocanada de fuego subía por sus piernas hasta la cruz de los pantalones.

--¡Por fin!... Aquí se respira--dijo el doctor al descender de la meseta donde sangraba el mineral, poniendo los pies en tierra firme.

Pasó un buen rato limpiándose el sudor y haciéndose aire con el pañuelo.

--Parece mentira, Fernandito--dijo con su acento zumbón--que viviendo aquí tengas ánimo para pensar en amores. Yo soñaría con un botijo grande, inmenso cual una de esas torres, lleno de agua fresca como la nieve.

--Pues aún nos queda por ver otro infierno: sólo que este es más _pintoresco_.

Y el ingeniero guió al doctor hacia el taller de los convertidores. Eran enormes campanas colocadas casi al ras de la techumbre, en espacios abiertos, para que esparciesen sus chorros de chispas. Los encargados de voltearlas cuando lo exigían las operaciones de la carga, llegaban hasta ellas por unas pasarelas de acero.

Sanabre se entusiasmaba hablando del convertidor de Bessemer; el gran descubrimiento industrial que había abaratado el acero, enriqueciendo á Bilbao al mismo tiempo, pues exigía minerales sin fósforo, como los de las montañas vizcaínas. Antes del invento, el acero se fabricaba en los hornos antiguos por medio del puldeo, un procedimiento más lento y más caro; pero ahora todo el metal para vías férreas, que era el de más salida, lo fabricaban con rapidez vertiginosa. Y el ingeniero describía, con un arrobamiento de devoto, las funciones del admirable convertidor, que simplificaba la industria. El hierro era purificado dentro de él por una gigantesca corriente de aire que inutilizaba el carbono, el silicio y el manganeso: así se formaba el acero. No era de clase tan superior como el Siemens, por ejemplo, pero servía perfectamente para los rieles de los caminos de hierro; la gran necesidad de la vida moderna.

Aresti apenas le oía, aturdido como estaba por la grandeza del espectáculo. Era un rugido inmenso que conmovía la techumbre del taller, y hacía temblar la tierra: un escape de fuerzas y de fuego por la boca del convertidor, á impulsos de la corriente de aire comprimido que venía del vecino edificio, donde estaban las grandes máquinas inyectadoras. El metal en ebullición arrojaba por la boca superior de la campana un torbellino de chispas, un ramillete de fuego. ¡Pero qué chispas! ¡qué fuego! Era aquello tan grande, tan inconmensurable, que Aresti recordaba, como un juego sin importancia, la salida del metal de los altos hornos.

Soplaba la campana su ensordecedor rugido y subía recto por el espacio un surtidor que se abría en lo alto como una palmera roja, esparciendo plumas de luz, hojas azules, anaranjadas, de un rosa blanquecino, descendiendo después para apagarse antes de llegar al suelo. De vez en cuando, la campana era volteada por ocultos obreros, y se cerraba su chorro luminoso; pero de nuevo tornaba el cono hacia arriba y surgía el chorro con mayor rugido, con tonos azulados que iban pasando por todos los colores del iris. Fuera del taller aún era de día. El sol, en el ocaso, iluminaba el suelo, más allá de los cobertizos; pero los ojos, deslumbrados por este resplandor de incendio, lo veían todo negro, como si hubiese llegado la noche.

El acero líquido caía en moldes de forma cónica. Una grúa movía los moldes, volteándolos cuando el acero se solidificaba; y aparecía el lingote cónico, en forma de pan de azúcar, de un blanco rosa, como si fuese de hielo con una luz interior, esparciéndose las cenizas de su enfriamiento al abandonar la envoltura. Cada lingote era depositado en un carrito, del que tiraban dos obreros, y avanzaba lentamente hacia los hornos de laminación, solemnemente luminoso, de un brillo divino, como si fuese un ídolo arrastrado por sus fieles.

Aresti ya no sentía el asfixiante calor. Le entusiasmaba la original belleza del espectáculo. Allí quería ver él á ciertas gentes que sólo aspiraban la poesía en el polvo de lo antiguo, negando toda sensación artística á los descubrimientos modernos. Ningún poeta había dado una impresión de grandeza como la que se experimentaba ante aquel invento industrial. El infierno imaginado por el vate florentino resultaba un juego de chicuelos. No era preciso emprender un largo viaje para admirar el Vesubio. ¿Qué volcán más hermoso que aquél? Los hombres, al amparo de la ciencia, hacían poesía sin saberlo; la poesía viril, la de las fuerzas de la naturaleza.

Y así seguía el doctor, desbordando su admiración en entusiásticas palabras ante el mugidor ramillete de fuego. La vista de los obreros que manejaban los bloques incandescentes y los arrastraban fuera del taller, pareció volverle á la realidad. Saltaban en torno de ellos las moléculas del acero ígneo, como moscardones de mortal picadura. Llevaban los pies cubiertos de trapos, y tenían que sacudirlos con frecuencia para librarse de las mordeduras del metal. Pasaban por entre los lingotes al rojo blanco con la tranquilidad de la costumbre. El más ligero roce con aquellos infernales panes de azúcar, convertía instantáneamente la carne en humo, dejando el hueso al descubierto. Podían matar á un hombre con su contacto, sin dejar en el ambiente más que un leve hedor de chamusquina, un poco de vapor: después, nada.... Y los conos diabólicos atraían con su luz y su blancura, confundiendo las distancias, como si gozasen de movimiento y vida y se metieran ellos mismos carne adentro, evaporándola.

Aresti pasó al taller de laminar: iba atolondrado por el ruido y el calor. Había perdido el instinto de la conservación en aquel mundo de incendios y de fuerzas ensordecedoras. Sentía caprichos de niño, una tendencia á acariciar aquellos bloques tan refulgentes, tan bonitos, con su blancura sonrosada, que podían comerse su mano con sólo el roce.

Pasaban los lingotes por un nuevo calentamiento en los hornos y al salir de ellos caían en el tren de laminar, una serie de cilindros que los torturaban, los aplastaban, adelgazándolos en infinita prolongación. Los obreros, casi desnudos, con enormes tenazas, manejaban y volteaban los lingotes por entre los cilindros, que se movían lentamente. La masa de acero enrojecida, pasaba arrastrándose junto á sus pies, como una bestia traidora. Marchaba hacia ellos queriendo lamerlos con su lengua de muerte, pero en el momento en que iba á tocarles, un hábil golpe de las tenazas la arrojaba entre los cilindros de donde salía por el extremo opuesto, para volver á entrar, siempre cambiando de forma. Avanzaba el lingote desde la boca del horno cabeceando, como un animal rojo, ventrudo y torpe; lanzaba un rugido al sentirse agarrado y surgía por el lado opuesto convertido en una viga de fuego, corta y encorvada: y en sucesivos pases adelgazábase, se estiraba con ruidosos quejidos, como protestando de la dolorosa dislocación, hasta que, por fin, no era más que una cinta incandescente que tomaba la forma del riel.

El médico, una vez satisfecha su curiosidad, miraba á los obreros negros y recocidos por aquella temperatura de infierno, atolondrados por el ruido ensordecedor, sudando copiosamente, teniendo que remover pesadísimas masas en una atmósfera que apenas permitía la respiración. Aresti comprendía ahora la injusticia con que había censurado muchas veces el alcoholismo de aquellas pobres gentes. Pensaba en lo que haría él, de verse condenado por la fatalidad social á aquella labor que embotaba los sentidos y parecía evaporar el cerebro en un ambiente de fuego. Una sed eterna, semejante á la de los condenados, martirizaba á aquellos infelices. ¡Qué otro placer al salir de allí, que la paz y la sombra de la taberna, con el vaso delante que daba una alegría momentánea, engañando al hombre con ficticias fuerzas para seguir aquella vida de salamandra!...

El médico pasó de largo ante los hornos de puldeo, y al salir al aire libre se detuvo jadeante, con la curiosidad harto satisfecha. A lo lejos veíanse ondular como lombrices rojas, bajo extensos cobertizos, interminables cintas de acero. Allí estaba la fabricación del alambre. El ingeniero hablaba de lo _curiosa_ que era esta manipulación, pero Aresti no quiso seguirle.

--Ya he visto bastante--dijo con acento de cansancio.--Esto es un gran espectáculo... para el invierno.

Allí, á cielo raso, oyendo de lejos el estrépito de las máquinas, viendo cruzado el espacio por las columnas de humo de las chimeneas, gozaban los dos de la frescura del crepúsculo.

--Es una vida dura--dijo el doctor, que seguía pensando en los obreros del fuego.--Me dirán que este trabajo horrible es una consecuencia de los progresos de la industria y que hay que respetarlo en bien de la civilización. Conforme: pero el infeliz que ha de ganarse el pan de este modo, bien puede quejarse de su perra suerte, si es que le queda cerebro para pensar.... ¡Y aun se extrañan algunos de que esta pobre gente no se muestre contenta, y crea que el mundo está mal arreglado y no es un modelo de dulzura!

Sanabre aprobaba las palabras del doctor. Él, podía apreciar á todas horas la dureza de aquel trabajo, sentía una conmiseración infinita por los obreros, cerrando los ojos ante sus defectos. Él era _algo socialista_; pero sólo con el doctor Aresti se atrevía á hacer tal confesión.

--Lo más amargo de la miseria de estas gentes--dijo el médico--no consiste sólo en las privaciones que sufren y la rudeza con que ganan el pan. Está en el ambiente desmoralizador que les rodea.

Y Aresti describía el sufrimiento psicológico que había sorprendido en todo ejército obrero acantonado en torno de Bilbao, en las minas y las fábricas. Los peones de las canteras vivían como bestias, ¿pero acaso comían y dormían mejor los labriegos del interior de España? Para muchos, la vida de las minas hasta constituía un mejoramiento de su bienestar, comparada con la existencia mísera de bestias desamparadas que llevaban en sus terruños los años de sequía y mala cosecha. En las fábricas eran los jornales superiores á los del resto de la península y no se sufrían los grandes paros á que se veía obligada la industria pobre y vacilante de otras ciudades. Y sin embargo, en las minas y en las fábricas todo el que trabajaba sentía un sordo rencor, una ira reconcentrada, un anhelo irritado de justicia, como si á todas horas fuesen víctimas de un robo audaz, de un despojo inhumano. Era el malestar moral, la protesta contra los caprichos de la Fortuna que acababa de pasar por allí, á la vista de todos, tocando á algunos y volviendo la espalda á los demás.

El explotador de la mina había sido jornalero al lado de muchos que ahora eran sus peones; al dueño de la fábrica lo habían conocido los trabajadores casi tan pobre como ellos. Las riquezas eran recientes; las habían visto formarse los mismos que sufrían su servidumbre. El bracero que en su país miraba con tradicional respeto á los que eran dueños de la tierra por el nacimiento y la herencia, se revolvía aquí con audacia revolucionaria contra el compañero enriquecido. El obrero industrial, habituado á sufrir en otras partes la tiranía de las sociedades anónimas, monstruos acéfalos de la industria, irritábase á cada momento contra el gran patrono de reciente formación.

Todos habían presenciado el despertar de la riqueza; habían tomado parte en él; era cosa suya; y más que la miseria, les atormentaba el sufrimiento moral de la desigualdad, la decepción de haber vivido en medio de una racha loca de la Suerte sin aprovecharse de ella. Era el malestar de todas las aglomeraciones humanas de formación reciente; de las ciudades nuevas y las comarcas mineras que empiezan su vida; la comparación eterna entre la propia miseria y la fortuna loca y caprichosa que empuja á los otros; la convicción del fracaso, más viva y dolorosa, ante las rápidas elevaciones presenciadas todos los días, la tristeza por el bien ajeno, que amarga el pan, agria el vino y hace soñar en venganzas colectivas, viendo un robo en cada paso hacia adelante que da el afortunado.

El ingeniero reconocía la certeza de las observaciones del doctor. La situación de aquella gente era mala: su mejoramiento con las huelgas y los aumentos de jornal, era de un efecto momentáneo. Él creía, como Aresti, que aquel malestar sólo tenía un arreglo; cambiar la organización del mundo y proclamar la Justicia Social como única religión y única ley, suprimiendo la caridad que no es más que una hipocresía que coloca la máscara de la dulzura sobre las crueldades del presente. Pero aparte del malestar general que reinaba en todo el mundo, reconocía también aquel otro especialísimo descubierto por el doctor; el de los despechados, que veían enriquecerse á sus compañeros de miseria, ascender velozmente, mientras ellos continuaban en la miseria.

Los dos hombres iban con lento paso hacia la puerta de salida, en la penumbra del crepúsculo, á través de las líneas férreas, subiendo y bajando los terraplenes del inmenso establecimiento industrial.

--Lo que me irrita--dijo el doctor--en todas estas grandes fortunas que se forman de la noche á la mañana, es su ineficacia, su infecundidad para el bien de las gentes. Ya sabes que yo soy enemigo de la riqueza individual, pero, ¡qué demonio! hay que reconocer que en otros países hace algún bien y sirve para algo. En los Estados Unidos, por ejemplo, esos tíos que atraen el dinero á sus manos, con una buena suerte escandalosa é indecente, y que mueren dejando centenares de millones, tienen, al menos, la discreción de hacerse perdonar con obras útiles. El uno funda una universidad, el otro un museo, el de más allá una biblioteca; todos dejan algo que sirve para la emancipación y perfeccionamiento de aquellos á quienes explotaron durante su vida. Pero aquí el rico se guarda el dinero y cuando siente la comezón de perpetuar su nombre, construye un convento ó funda una capilla. Si se preocupa del porvenir es para que en lo futuro continúe la imbecilidad del presente.... Ya sabes cómo defino yo al rico de esta tierra, con gran escándalo del vulgo, que me cree loco. «Un señor que pasa su vida haciendo al obrero toda clase de charranadas para llevar mucho dinero á su mujer... y que su mujer se lo dé al jesuíta....» Aún quedan algunos potentados como mi primo que se defienden: pero, créeme: si aquí no viene una revolución, esto será otro Paraguay: aquí todos trabajamos, sin saberlo, para el jesuíta.

Estaban cerca de la puerta, cuando Aresti se detuvo para protestar de nuevo contra su tierra.

--Además, me indignaba la tristeza de este país. Cuando Bilbao era una villa comercial y de obscura vida, tengo la certeza de que la gente se divertía mejor. Ahora, con la riqueza, es un convento. En el mundo todos se alegran cuando la fortuna les entra por las puertas. Las ciudades mineras, con su aglomeración de gentes diversas y sus fortunas improvisadas son, como los puertos famosos, grandes centros internacionales de diversiones, de vida atropellada y alegre. Hasta los bandoleros celebran francachelas cuando acaban de dar un buen golpe.... Por aquí ha pasado la Fortuna y, sin embargo, vivimos en perpetua Cuaresma; llevamos la tristeza en el alma, como aquellos señores vestidos de negro del tiempo de los Austrias.

El ingeniero, escuchándole, veía el cuadro de la villa, aburrida sobre el montón de sus riquezas, bostezando con tedio monacal en medio de una prosperidad loca. Los ricos aumentaban su fortuna, sin otro goce que el de la posesión; adornando sus casas con un lujo que nadie había de admirar, pues el retraimiento de la raza y los escrúpulos religiosos se oponían á las fiestas de sociedad.

Aresti tronaba contra la vida de las gentes opulentas. Viajaban por Europa como viajan las maletas, insensibles y sin enterarse de nada, y al volver á Bilbao, seguían su vida de escrúpulos y nimiedades. Si alguna vez se reunían en un salón las grandes familias, quedaban las jóvenes á un lado y los muchachos á otro, mirándose de lejos, como si la alegría expansiva de la juventud fuese un delito y el amor una monstruosidad. Tal vez en este aislamiento huraño, _guardador de la inocencia_, les ocurría lo que á ciertos escritores de la Iglesia que, atenaceados por la castidad, describían placeres inauditos, aberraciones monstruosas que nunca habían existido, abriendo con esto nuevos horizontes á la desmoralización.

¿De qué le servía á la villa ser tan hermosa? El doctor hablaba con entusiasmo de la belleza material y moderna de Bilbao: su ría bordeada de fábricas y doks, que parece un trozo del Támesis; sus altos palacios blancos del ensanche, su muchedumbre atareada que llena á todas horas el puente del Arenal. ¡Magnífica jaula! Pero los pájaros mudos, con la cabeza caída, tristes.