Chapter 10
--Yo también creo lo mismo--exclamó;--pero en un país como ese de que hablas, que apenas si ha conocido la intolerancia religiosa y la persecución por delitos de conciencia. Además, hay allí creencias diversas, y unas á otras se equilibran, amortiguando los efectos. Es una especie de federalismo religioso que no sale de los templos, ni pretende dominar al Estado y dirigir las familias. ¿Pero hablar de libertad absoluta en este país, que es famoso en el mundo por la Inquisición y por ser patria de San Ignacio?... Llevamos sobre las costillas cuatro siglos de tiranía clerical. La unidad católica no está consignada en las leyes, pero ya se encargan muchos de que perdure en las costumbres. Vivimos en guerra religiosa permanente. Los pocos que se emancipan han de estar sobre las armas, dando y recibiendo golpes. ¡Y vienes tú con esa pachorra inglesa hablándome de libertad y de respeto á todas las creencias!... Eso puede ser en otros países; podrá ser aquí, cuando exista esa España nueva, cuyo nacimiento se aguarda hace cerca de un siglo, que saca la cabeza y luego se oculta, sin decidirse á salir por completo de las entrañas de la Historia. No: yo no soy liberal: yo soy un hombre de mi tiempo, tal como me han formado las circunstancias de mi país, no como me lo enseñan los libros. Yo soy un jacobino; yo quiero ser un inquisidor al revés, ¿me entiendes?, un hombre que sueña con la violencia, con el hierro y con el fuego, como único remedio para limpiar á su tierra de la miseria del pasado.
Y Aresti, siempre irónico y zumbón, se exaltaba hablando. Latía en sus palabras el odio á la influencia oculta que había truncado su vida, hiriéndolo en sus afectos de hombre pacífico, impidiéndole constituir una familia. Él amaba la libertad; pero era la libertad para el mejoramiento y bienestar de la especie humana; para ir adelante, hacia los nuevos ideales marcados por la ciencia: no para retroceder, abrazándose á instituciones que estaban muertas desde hacía siglos. Además, ¿por qué conceder las ventajas de la libertad á los que habían empleado antaño su inmenso poderío combatiéndola, arrumbando escombros sobre su tallo naciente y ahora, al verla vigoroso árbol, querían ser los primeros en gozar de su sombra? No: él no reconocía derecho para existir á unas creencias que eran la negación de la vida; no podía conceder la libertad á los tradicionales enemigos de esa misma libertad.
Encarándose con Sánchez Morueta, preguntábale qué haría si supiera que en su escritorio existían hombres que deseaban el naufragio de sus barcos, el incendio de sus fábricas, el agotamiento de sus minas, la desaparición total de todo lo que era la existencia de su casa. ¿No los expulsaría, indignado? Pues esto deseaba él para los enemigos de la vida, para los que maldecían como pecados las más gratas dulzuras de la existencia; para los que adoraban la castidad antipática de la virgen sobre la soberana fecundidad de la madre; y ensalzaban la pereza contemplativa, considerando el trabajo como un castigo; y hacían la apología de la vagancia y la miseria convirtiéndolas en el estado perfecto; y tenían el hambre como signo de santidad y apartaban á las gentes de las felicidades positivas de la tierra, haciéndolas dirigir las miradas á un cielo mentido; y anatematizaban el amor carnal como obra del demonio. Eran, en una palabra, los que divinizaban todas las miserias, todos los rigores que martirizan al hombre, marcando, en cambio, con el sello de la execración las únicas alegrías que están á su alcance. Aquellos enemigos de la vida, la insultaban llamándola valle de lágrimas. ¿No deseaban salir de ella cuanto antes? Pues á darles gusto y que dejaran el sitio libre á los pecadores, á los malvados que aman este mundo y se conforman con todos sus defectos y tristezas, sabiendo que más allá no existe otro mejor.
Aresti hablaba con una vehemencia feroz, brillándole los ojos con fuego homicida.
--Eres un inquisidor--dijo su primo soriendo.--Parece mentira que un hombre _moderno_ como tú se exprese de tal modo.
Aresti no quiso protestar. No le infundía repugnancia el mote de su primo. ¿Inquisidor? sea. Toda la España, ansiosa de algo nuevo, sentía lo mismo que él, sólo que no llegaba á razonar sus impulsos. En otros pueblos más adelantados, la crisis religiosa, el paso de la Fe á la Razón, se había verificado dulcemente, en medio del respeto y la libertad. La Reforma, con su espíritu de crítica y libre examen, había servido de puente. Pero en esta tierra había que dar un salto violento, pasar, sin puente alguno, desde las creencias de cuatro siglos antes, aún en pie y poderosas, á la vida moderna. El tránsito había de ser rudo y brutal. Era un ensueño querer guiar al pueblo mansamente, pasito á paso: había que correr, que saltar, derribando lo que aún quedase por delante. Había que tener en cuenta la raza, la herencia triste que pesa sobre este pueblo: su educación intolerante que databa de ayer. En unos cuantos años de vida moderna, que no era propia, sino de reflejo, no se podían extinguir varios siglos de ferocidad religiosa. Todo español lleva dentro un inquisidor. Bastaba ver cómo el más leve atentado que turbaba la paz pública, hasta las clases más elevadas y cultas, pedían la suspensión del derecho y la intervención de la fuerza. Los ricos aplaudían á la guardia civil cuando daba tormento, resucitando los procedimientos salvajes de la Inquisición; los pobres admiraban al fuerte, al audaz, viendo muchos de ellos la suprema gloria en la bomba de dinamita; los gobiernos, ante el más insignificante motín, abominaban de la libertad como si fuese un fardo abrumador... En otros tiempos, los católicos rancios presentaban sus pruebas de pureza de sangre para demostrar que estaban limpios de todo origen judío ó mahometano. ¿Quién podría jurar hoy que no circulaba por sus venas sangre de fraile ó de familiar del Santo Oficio?
Y el doctor, que había asistido á muchas reuniones populares, recordaba la gradación de los sentimientos y tendencias de la gran masa. Aplaudían con un entusiasmo algo forzado, por costumbre más que por espontáneo impulso, los ataques al régimen político. Los reyes estaban lejos, y la gente pensaba en ellos como en una calamidad casi del pasado, que aún no se había extinguido, pero que debía desaparecer fatalmente, más pronto ó más tarde, sin grandes esfuerzos. Les interesaba la cuestión social como algo positivo relacionado con su bienestar; pero por más esfuerzos que hicieran los oradores por exponer las generosidades de la sociología revolucionaria, la gente sólo veía la ventaja de aumentar en unos cuantos reales el jornal y trabajar alguna hora menos... Pero se hablaba del jesuíta, del fraile, del cura, y la muchedumbre se ponía instintivamente de pie, con nervioso impulso, y brillaban los ojos con el fulgor diabólico de una venganza secular, y sonaba estrepitoso el trueno del aplauso delirante, y se levantaban los puños amenazadores, buscando al enemigo tradicional, al hombre negro, señor de España. Las huelgas por cuestiones de trabajo se desviaban para apedrear iglesias: las manifestaciones populares silbaban é insultaban á toda sotana que cruzaba la calle: hasta los motines contra el impuesto de Consumos tenían por final la quema de algún convento.
--Y es que el pueblo--continuó Aresti--adivina por instinto cuál es el enemigo más próximo, el primero que debe acometer al despertar, y no se junta para algo que no dirija contra él sus iras.
El doctor, guiado por un deseo de imparcialidad, reconocía que en apariencia ningún odio ni temor debían sentir las masas contra la Iglesia. Los obreros de las ciudades no iban á misa, ni se confesaban; vivían separados del cura, despreciándolo. ¿Por qué, pues, habían de temerle? Los jesuítas y los frailes sólo visitaban las casas de los ricos y no podían esperar los pobres que se introdujeran en sus miserables tugurios. ¿Por qué, pues, odiarlos? Era que la masa, por instinto, adivinaba en ellos la barrera opuesta á toda tentativa de avance. Estancando la vida del país, cortaban el paso á los de abajo. Ellos eran los que les habían tenido en la ignorancia durante siglos, haciéndoles ver que el pobre carece de otro derecho que el de la limosna, inculcándoles un respeto supersticioso para el potentado, obligándoles á creer que deben aceptarse como dones celestes las miserias terrenas, pues sirven para entrar en el cielo. Y el pueblo, que sólo conseguía ventajas en fuerza de rebeldías y revoluciones, se vengaba del engaño de varios siglos persiguiendo á los impostores.
Además, existía un impulso de fuerza tradicional. Da las entrañas de la historia patria se desprendía un hálito de santo salvajismo. El brasero inquisitorial ardía durante siglos; el cielo azul obscurecíase con nubes de hollín humano; reyes, magnates y populacho habían asistido entre sermones y cánticos á las quemas de hombres con el mismo entusiasmo que provocan hoy las corridas de toros. Del fondo de la tierra clamaban venganza miles de seres achicharrados: ancianos cuyo único delito fué comentar la Biblia, mujeres trastornadas por enfermedades nerviosas, que después ha explicado la ciencia, niñas inocentes que seguían con la inconsciencia de la juventud las creencias de sus padres.
--España es un país de olvido--decía el doctor.--Aún se estremecen en Francia recordando la matanza de San Bartolomé, que duró veinticuatro horas. ¡Y aquí es cursi decir que hubo Inquisición! Hasta cerebros poderosos que funcionan como si estuvieran vueltos del revés se han encargado de demostrar que sus castigos no tuvieron importancia; que fué una institución digna de elogios; como quien dice un jueguecito para divertir al pueblo. En otros países levantan estatuas á los víctimas de la intolerancia religiosa. Aquí la Iglesia omnipotente los ha matado por segunda vez, creando el vacío en la historia. De tantos miles de mártires, ni el nombre de uno solo ha llegado hasta el vulgo.
Pero el pueblo era, sin darse cuenta de ello, el vengador del pasado, Aresti, que vivía en contacto con la masa, apreciaba la simplicidad de sus ideas, el instinto paladinesco que la impulsaba á ser la ejecutora de una revancha histórica. Sólo en el pueblo perduraba el recuerdo de aquella ferocidad religiosa, de aquel crimen repetido fríamente en nombre de Dios al través de los siglos; de aquellos sacrificios humanos que recordaban los ritos sangrientos de los fenicios ante sus divinidades ardientes. Y el desquite llegaba con no menos ferocidad, como el desahogo de un pueblo que se venga. Intentábase ahora, al menor motín, quemar los edificios que servían de albergue á los representantes del pasado odioso; algún día los incendiarían de veras con todo su contenido humano. Esto parecería brutal, pero era lógico en un país donde todavía no existe el hombre. Los hombres poblaban el resto de Europa. Aquí aún no se habían presentado. El hombre sería el habitante de la España nueva; pero antes tenían que evolucionar mucho los actuales pobladores del país, dignos descendientes del inquisidor, educados por él en el desprecio á la vida humana, en la facilidad de inmolarla como holocausto á las creencias. ¿De qué se quejaban los que mañana serían víctimas, si ellos habían envenenado el alma de un pueblo, formándolo durante siglos á su imagen y semejanza?...
El doctor recordaba ciertos mariscos que, segregando el jugo de su cuerpo, forman la concha, el caparazón que les sirve de vestido y defensa. El español no tenía otro jugo que el de la intolerancia, el de la violencia. Así le habían formado y así era. En otros tiempos, el caparazón era negro; ahora sería rojo; pero siempre la misma envoltura: Él estaba orgulloso de la suya. Frente al inquisidor del pasado, el inquisidor en nombre del porvenir. Luego, ya llegaría el hombre, limpio de todo deseo de venganza, sin miedo á enemigos tradicionales, fraternal y dulce, que levantaría el edificio moderno sobre el solar limpio de escombros.
--¡Estás loco!--exclamó Sánchez Morueta riendo.--Por eso te ponen esa fama de hombre que tiene _cosas_. Si te tomase en serio, habría para sentir horror por lo que dices.
Aresti se encogió de hombros.
--Pero ven acá, mediquillo chiflado--continuó el millonario.--Reconozco que esa gente es tan nociva y tan peligrosa como tú dices. Ya sabes que yo tampoco la tengo en gran estima, y me lamento del estado en que han puesto á nuestro país. Pero ¿á qué la violencia? Para acabar con ellos no hay como la libertad. Mueren dentro de ella como los gérmenes que se encuentran en un medio que no es el suyo. Perseguirlos y oprimirlos, es tal vez darles más fuerza, demostrar que se les tiene miedo.... ¡Mucha libertad, mucho progreso, y ya verás como las costumbres de la civilización les empujan hasta el sitio que deben ocupar, sin que osen salirse de él!
--¡Ahora me toca á mí reír!--exclamó el doctor.
Y reía mirando á su primo con ojos compasivos, mientras contestaba á sus razonamientos.... ¡Querer luchar con aquellas gentes, en la amplitud de la libertad, cuando llevaban como ventaja varios siglos de dominación, la incultura del país, la servidumbre de la mujer encadenada á ellos por el sentimentalismo de la ignorancia! ¡Cuando contaban con el apoyo del rico, de tradicional estolidez, que, atormentado por el remordimiento, compra con un trozo de su fortuna la seguridad de no ir al infierno!... Mientras aquellos enemigos existieran, serían estériles todos los esfuerzos para reanimar el país. Sólo ellos se aprovechaban de las ventajas del progreso nacional. Eran los perros más fuertes y ágiles, y se zampaban los mendrugos que la civilización arrojaba al paso, por encima de nuestras bardas, mientras el pobre mastín español soñaba en medio de su corral, flaco, enfermo y cubierto de parásitos.
Había que fijarse en el trabajo de los padres de la Compañía, que eran los verdaderos representantes del catolicismo, el Estado Mayor del ejército religioso, el único que tenía el secreto de sus marchas y evoluciones y ocupaba las tiendas de distinción. ¿Se engrandecía Barcelona siguiendo el movimiento fabril de Europa? Pues allí ellos. Adquiría Jerez inmensa riqueza con la fama universal de sus vinos, y sobre las techumbres de las bodegas alzábase dominadora la iglesia del jesuíta. Descubría Bilbao sus minas y en seguida se presentaba el ignaciano á pedir su parte, levantando la universidad y el templo; la fábrica de autómatas y la tienda donde se vende la salvación eterna. No había una mancha de prosperidad y riqueza en el mísero mapa de España, que no la ocupasen ellos. En las pobres regiones del interior, condenadas á hambre perpetua y á un cultivo africano, no conocían su existencia. La España mísera quedaba para los curas montaraces y famélicos, para los merodeadores despreciables del ejército de la Fe. Ellos eran como los juncos, que delatan en la estepa la presencia oculta del agua. Donde ellos apareciesen, no era posible la duda: existía la riqueza.
La fábrica nueva, la mina descubierta, los campos recién roturados, la codicia de arriba y la miseria explotada de abajo; todo se condensaba en provecho suyo y venía lentamente á sus manos. Aresti se indignaba ante la suerte de su país, tierra de maldición, tierra condenada, que había de permanecer en la inmovilidad, mientras se transformaba el planeta, ó si se abría á las caricias de la civilización era en provecho de los dominadores acampados sobre ella.
Con el catolicismo no eran posibles los respetos. El que se mantenía ante él en actitud puramente defensiva, con la esperanza de que la Iglesia imitase su prudencia, estaba vencido de antemano. Los católicos de buena fe eran temibles y peligrosos por el convencimiento de que poseían la verdad absoluta. Dios se había tomado la molestia de hablarles para transmitírsela, y sentían eternamente la necesidad de imponerla á los hombres, aunque fuese por la fuerza, exterminando á los espíritus rebeldes que se resistían á recibir el beneficio. Podía vivirse en paz con todos los errores, siempre que fuesen fruto de la razón, pues la razón no se considera infalible y está pronta á rectificarse. ¿Pero cómo existir tranquilamente, en mutuo respeto, con unos hombres que tomaban todos sus pensamientos como inspiraciones indiscutibles de la divinidad? En ellos era instintiva la violencia; se indignaban ferozmente viendo desoído á Dios, que habla por su boca. Sus crímenes del pasado y sus pretensiones del momento, imponían el deber de combatirlos. Podían respetarse sus creencias, pero vigilándolos como locos peligrosos, teniéndolos en perpetuo estado de debilidad para que no intentaran imponerse por la violencia.
--¡El respeto á la libertad!--continuó el doctor dirigiéndose á su primo.--Oyéndote, me pareces igual á un filántropo loco, que en una colección de fieras, se indignase ante la jaula de una pantera.
Y Aresti, en su exaltación, mimaba la escena, al mismo tiempo que la describía de viva voz. El filántropo ideal compadecía á la bestia, ¿Con qué derecho la tenían entre hierros? La fiera había nacido para ser libre: tenía derecho á la vida de las selvas, sin obstáculo alguno, como en su primera edad, «Goza de tu libertad, pobre pantera», decía abriendo la jaula. Y el animal, al salir de un salto, mostraba su agradecimiento al libertador haciendo uso de su fuerza, abatiéndole de una zarpada, desgarrándole el pecho con los colmillos.
--Suelta á la pantera de nuestra historia--gritaba el médico;--déjala en libertad, después que ha costado un siglo de esfuerzos colocar ante ella unos barrotes por entre los cuales saca las patas siempre que puede, y ya verás cómo corresponde á tu candidez de liberal á la antigua.
--¿Y qué quieres?--preguntó Sánchez Morueta.--¿Matarla? ¿Crees que eso es posible, de un golpe?
--Así debía ser: lo nocivo, lo peligroso hay que suprimirlo.
Quedó en silencio Aresti largo rato, y luego añadió con convicción:
--Matar la fiera sería lo mejor. Pero de no ser así, hay que conservarla entre hierros, acosarla, acabar con su fuerza, romperla las uñas, arrancarla los dientes, y cuando la vejez y la debilidad hayan convertido la pantera en un perro manso y débil, entonces, ¡puerta abierta! ¡libertad completa! Y si los instintos del pasado renacen en ella, bastará un puntapié para volverla al orden.
IV
El despacho de los ingenieros en los altos hornos de Sánchez Morueta, ocupaba el segundo piso de un edificio de moderna construcción, con las paredes exteriores ennegrecidas por el humo de las chimeneas que se alzaban entre aquél y la ría.
Abajo, en las oficinas, estaban los hombres de la administración, con la pluma tras la oreja, llevando las complicadas cuentas de las entradas de mineral y de hulla, del acero elaborado, que se esparcía por toda España en forma de rieles, lingotes y máquinas, y de los jornales de un ejército de obreros ennegrecidos y tostados junto á los hornos. Arriba, en lo más alto, estaban los _técnicos_, el cerebro que dirigía aquel establecimiento industrial, grande y populoso como una ciudad.
Esta parte de la casa era la única que los trabajadores veían sin odio. Los días de paga, muchos, al salir, miraban con ojos iracundos las ventanas del primer piso, como si fuesen á asomar á ellas los administradores que regateaban el precio de su faena, cercenándolo con multas y descuentos por tardanzas ó descuidos en el trabajo. Si miraban más arriba era con el respeto que á la gente sencilla inspira el estudio.
Aquellos señores que pasaban el día inclinados ante los tableros de dibujo, trazando modelos con una minuciosidad delicada ó alineando números y letras para sus cálculos, eran mirados como seres superiores. El rebaño obrero sentíase en contacto más íntimo con aquellos hombres que se limitaban á dirigirles en su trabajo, que con los otros de la administración que les entregaban el dinero.
Bajaban á ciertas horas del día á los talleres, para dar sus órdenes á los contramaestres, y volvían á encerrarse en su estudio misterioso, sin que los obreros oyeran de sus labios la menor repulsa. Su jefe era Fernando Sanabre, el cual, mostrando una memoria prodigiosa, conocía á todos los trabajadores, llamándolos por sus nombres. Cuando ellos veían á don Fernando en los talleres, les parecía el trabajo menos pesado y procuraban que su tarea fuese más rápida, como si el ingeniero hubiese de percibir el producto de sus esfuerzos. Aquel joven parecía tener alrededor de su persona el ambiente de simpatía y atracción de los grandes caudillos, de los apóstoles que arrastran las masas. Había nacido para pastor de hombres; inspiraba confianza y fe. Los que tenían quejas que formular iban á él, aun sabiendo que su influencia no alcanzaba á la administración, y después de escuchar sus consejos se retiraban más tranquilos, como si hubieran conseguido algo.
La sencillez de su trato, la dulzura de sus palabras, aquella sonrisa espontánea, reflejo de un carácter recto, transparente y sin dobleces, cautivaban á unos hombres habituados á la voz imperiosa de los contramaestres y á las respuestas altivas de los escribientes de la dirección.
Vivía como un obrero en una casa del Desierto. Era pupilo de una vieja cuyo marido había muerto trabajando en los altos hornos, y su hospedaje servía para mantener á la viuda. En torno de él había fabricado el afecto de los humildes una aureola de bondad.
Una gran parte de su sueldo la enviaba á su madre y sus hermanas, que residían en la ciudad de Levante donde él había nacido. La pobre señora había intentado vivir cerca de él, pero temía al clima de Bilbao. Muchos obreros guardaban el recuerdo de una anciana con el pelo blanco peinado en bandos, de anticuada distinción, que paseaba en los días serenos por cerca de la ría, apoyada en sus dos hijas, quejándose de las lluvias frecuentes de aquel país, de la atmósfera cargada de carbón y polvo de hierro, pensando en el sol de Levante, en los campos siempre verdes, en los naranjales caldeados por un viento ardoroso.
Los obreros, al hablar de don Fernando, ensalzaban el interés que mostraba por ellos. Aquel señorito era de los suyos. Sin el menor esfuerzo se llevaba la mano al bolsillo, para auxiliar á algún trabajador que por enfermedades de la familia se veía en trance apurado. El elogio que hacían de él era siempre el mismo: «No tiene nada suyo.» Además, le querían, por verle siempre en guerra con los señores de la administración, en defensa de la gente de los talleres. En las oficinas trabajaban muchos amigos de Goicochea, que se aprovechaba, para colocarlos, de su intimidad con el principal. Eran compañeros suyos de las cofradías de Bilbao, piadosos señores que se preocupaban más de los pensamientos de los obreros que de su trabajo, y valiéndose de ciertos espionajes de taller, los tenían sometidos á continua vigilancia, clasificándolos según sus creencias.
Un día el ingeniero había tenido un choque con la administración, al ver despedido del trabajo, por fútiles pretextos, á un obrero antiguo. Todos los compañeros recordaban que un mes antes su camarada había enterrado civilmente, con gran escándalo de las devotas del pueblo, á un hijo suyo, y acusaban á los _culebrones_ de la dirección de una ruin venganza. Los más exaltados gritaban en son de amenaza. ¿Es que después de matarse trabajando, iban á imponerles á cambio del jornal lo que debían pensar? ¿Tendrían que ir con una vela en las procesiones, como ciertos hipócritas que halagaban de este modo á los amos, para procurarse trabajo? Sanabre tuvo una viva discusión en les oficinas y acabó por presentarse á Sánchez Morueta. El millonario, abstraído en sus negocios, ignoraba la vida interna de sus fábricas, y se indignó contra aquellos empleados, que eran excelentes administradores, pero se aprovechaban de las facultades que él les daba, para imponer sus creencias. Él no quería á su sombra más que trabajo. El obrero volvió á ocupar su sitio y toda la gente de los altos hornos agradeció al ingeniero esta victoria.