Part 4
Todavía no se había _descubierto_ el templo. No era aún la hora de la _tenida_, y los _Hijos de la Viuda_, descansando de las fatigas políticas en sus casas o en los cafés, esperaban que la luz astral de la noche marcase la hora propia para los trabajos del _Arte-Real_. Los _Maestros sublimes perfectos_, los _Valientes Príncipes del Líbano_ o _de Jerusalén_, los _Caballeros Kadossch_, los que antaño se llamaban _Gerográmatas_, los _Hierorices_, los _Epivames_, los _Dadouques_, los _Rosa-Cruz_ de hogaño, los hermanos todos, desde el _terrible_ hasta el _sirviente_; los aprendices, compañeros y maestros, desde los de mallete hasta los de cuchara, estaban ocupados en el _ágape_ doméstico, o bien conversando con sus _mopsses_, jugando con sus _lovatone_ o matando el tiempo en las reuniones profanas, lejos de la _verdadera luz_. Las _estrellas_ no se habían encendido todavía, ni el _mirto eleusiaco_ exhalaba su aroma. Imperaba la rosa, emblema del silencio, y la imponente exclamación _Ossé_ no había resonado aún bajo las _bóvedas_ orientales. En una palabra (y hablando con claridad para inteligencia de los ignorantes), la sesión de la logia no había empezado todavía.
En la _Caverna del Mithra_, o sea el universo, hay un punto que se llama _Mantua_, o Madrid, en cuyo punto es evidente la existencia de una calle llamada de las Tres Cruces. En esa calle cualquier curioso, aunque no tenga sus oídos abiertos a la _verdadera luz_, podrá ver una tienda de sastre; y si penetra en ella para que el supremo arquitecto de las levitas le tome medida de una; si durante esta fastidiosa operación alza los ojos a la _bóveda del firmamento_, vulgo cielo raso, verá sin duda que por aquellos descoloridos y descascarados yesos se pasean soles, lunas, rayos que fueron de oro, cordones, triángulos, estrellas pitagóricas, y otros signos. Al ver esto, sentirá en su alma profundísima emoción de respeto, y dirá: «Aquí estuvo el gran templo masónico en los tres _llamados_ años, del 20 al 23.»
Siguiendo nuestra relación (y dejando que pasen algunos días después de las escenas últimamente referidas, lo cual nos lleva a los últimos de febrero de 1821), nos dirigimos allá. Es temprano: es la hora en que hierven los clubs; la hora en que _Lorencini_, _La Cruz de Malta_ y _La Fontana_ son otras tantas ollas donde burbujean con rumoroso y mareante zumbido las pasiones políticas, entre el chisporroteo de las envidias y el resoplido de las ambiciones. Todavía es temprano, porque los trabajos masónicos _se abren_ (este tecnicismo obliga frecuentemente a no hablar en castellano) a hora más avanzada.
Aún está a oscuras el edificio de la calle de las Tres Cruces. Reconocemos el _vestíbulo_; la sala de _Pasos perdidos_, donde campean los _Cuadros lógicos_, y no hallamos persona viva. Óyense tan solo los pasos de un _hermano sirviente_ que va y viene, poniendo en su sitio las lámparas de aceite que bien pronto se han de llamar _estrellas polares_, _astros_ o _nebulosas_. Por último, vemos que entra un hombre con ademán resuelto, como persona muy hecha a semejantes lugares, y observando que adelanta sin recelo alguno, nos apresuramos a seguirle tomándole por guía en el laberinto de galerías y salas. El desconocido se acerca al _sirviente_, y después de saludarle con signos que no nos es posible determinar, pronunciando una especie de santo y seña, le hace esta pregunta:
—¿Está el señor Canencia?
—En la _Cámara de meditaciones_ le hallará usted, señor Monsalud.
Le seguimos denodadamente, aunque el nombre de _Cámara de meditaciones_ nos da cierta comezoncilla de miedo, por haber oído que es un recinto pavoroso que hace enflaquecer el ánimo más esforzado. A pesar de esto, penetramos detrás del gallardo joven, y desde el mismo instante sentimos temblores y escalofríos al ver una habitación toda colgada de negro, no puede decirse que alumbrada, sino entristecida por macilenta luz. Damos diente con diente y el cabello se nos eriza, al observar que en diversas partes de la triste estancia, cuelgan, cual objetos en testero de tienda, cantidad de huesos y calaveras, y que medio esqueleto se apoya contra la pared mirando con desconsuelo al otro medio, o sea los fémures y tibias que fueron de su pertenencia y ora yacen en el suelo.
En la sepulcral pieza hay una mesa, y junto a esta mesa se ocupa en _burilar una plancha_, o sea extender un acta (hablando a lo cristiano), un viejo de cabellos blancos. No atendemos a las demostraciones amistosas que hace a nuestro introductor, ni a las palabras de este: por ahora, atentos solo al conocimiento del local, fijamos los atónitos ojos en algunos letreros que entre hueco y hueco adornan las paredes, y leemos: «_Si vienes impulsado por una mera curiosidad o por otro móvil aún peor, retírate: no trates de descubrirla, porque penetraremos tus intenciones._» Volvemos la cabeza y nos sale al encuentro otro parrafillo: «_Si tu conciencia está tranquila, ¿por qué sientes disgusto ante estos despojos que te recuerdan el fin de tu vida?_» Otro letrero dice: «_¿Siente tu alma temor? Pues retírate, porque solo un espíritu fuerte puede soportar las pruebas a que has de ser sometido._» «_¿Te hallas dispuesto a sacrificar tu vida en aras del progreso humano?_»
Poco a poco nos vamos familiarizando con el fúnebre y medroso espectáculo, y echamos de ver que la Cámara, lo mismo que su extraño mueblaje, tienen cierto sello de arrinconados cachivaches de teatro, dicho sea con perdón de las humanas calaveras. El polvo que los cubre, el desorden y abandono con que están colocados los huesos y las inscripciones, indican que todo aquello está en lamentable desuso. Era la _Cámara de las meditaciones_ un recinto donde encerraban al catecúmeno para que preparara su ánimo antes de ser recibido como aprendiz por la congregación masónica. Lo primero que tenía que hacer el pobre profano una vez que lo metían bonitamente allí, era otorgar su testamento y contestar por escrito a varias preguntas, con objeto de mostrar su manera de discurrir y los gramos de sal que tenía en la mollera. Formuladas las respuestas, un hermano entraba con el rostro cubierto en la Cámara, y recogiendo aquellas, las entregaba al _Venerable_, que ya estaba presidiendo la sesión o _tenida_. Leíanse las pruebas del talento del neófito, y si no resultaba alguna barbaridad estupenda, concedíanle el goce de la verdadera luz. Aquí empezaba una serie de ceremonias de que la gente de todos tiempos se ha reído mucho; pero dicen los masones que hasta sus más insignificantes gestos y signos tienen un sentido no menos profundo que los ritos de las religiones india, judaica y cristiana. Digan lo que quieran, las ceremonias de estas religiones, aun consideradas tan solo bajo el punto de vista artístico, tienen un sello especial de grandeza e idealidad; las masónicas, que solo vagamente responden a una idea filosófica, parecen, por lo general, un juego de chiquillos, dicho sea con perdón de los _Valerosos y soberanos Príncipes_.
Cuando se acordaba que el profano tenía bastante entendimiento para ser masón (y no debían de ser grandes las exigencias del tribunal), vendábanle a mi hombre los ojos para conducirle a la logia, que estaba comúnmente a dos pasos de la _Cámara de meditaciones_. Daba él un golpecito en la puerta, y un masón, a cuyo cargo corrían las funciones de _primer celador_, decía con la voz más campanuda posible: «Venerable, llaman profanamente a la puerta del templo.»
El _Venerable_, aunque sabía bien quién llamaba y por qué llamaba, se hacía el sorprendido, diciendo con acento solemne: «Ved quién es.»
Intervenía entonces otro funcionario que se llamaba el _guarda interino_. Este salía en averiguación del profano forastero que a deshora turbaba la tranquilidad augusta de la logia, y entonces el hermano que acompañaba al neófito decía: «Es un profano que desea ser iniciado en nuestros secretos.»
Por fin, después que habían mareado bastante al pobre lego, le dejaban entrar, no sin que dijera antes su nombre, edad, naturaleza, estado, religión, profesión y domicilio. El hermano que le presentaba ponía fin a su alta misión con estas palabras: «Ahí os lo entrego; ya no respondo de él.»
Sería molesto y ocioso referir la serie de preguntas que el _Venerable_, desde la celeste luminosa altura del Oriente, dirigía al neófito. Después de las preguntas empezaban las pruebas, a fin de ver, según el código masónico, _hasta qué punto la tortura física influye en la lucidez de las ideas del neófito, y conocer su energía, su carácter_, etc. Aquí venían las figuradas copas de sangre; los homicidios de mentirijillas; los testarazos que no pasaban de broma; los _cálices de amargura_, cuyo licor ha sido siempre muy conocido en la Fuente del Berro; las abluciones en un pilón denominado _Mar de bronce_, y otros sainetes, algunos de los cuales recibían el nombre de _viajes_, y lo eran, en efecto, por los imaginarios países de Babia. Al _recién nacido_ le asistía en tales actos un individuo a quien llamaban el _hermano terrible_, siendo común que desempeñara tal comisión y llevase el atroz mote, algún bonachón tendero de la Plaza Mayor, o manso escribientillo de cualquier oficina.
En seguida juraba el recipiendario, prometiendo realizar cosas muy buenas, para las cuales no es preciso seguramente hacer el payaso, pues multitud de personas socorren a sus hermanos en la _Caverna del Mithra_, vulgo mundo, sin necesidad de que se lo mande un _Venerable_, ni de que le mareen con preguntas vanas después de bailar el _minuetto_ entre un _Caballero Kadossch_ y un _Príncipe del Líbano_. El juramento no era la última ceremonia, pues ningún profano podía dejar de serlo hasta que no le sobaban de lo lindo. Al golpe de los _malletes_, o sea martillos de palo, caía la venda de los ojos del neófito y se encontraba rodeado de llamas y espadas.
¡Tremendo, crítico instante para aquel que creyera iba a ser mechado y asado culinariamente!... pero las llamas eran pintadas y las espadas de hoja de lata. El _Venerable_, compadecido entonces sin duda de la situación de aquel pobre hermano metido dentro de una hoguera y entre punzantes aceros, procuraba tranquilizarle diciéndole que las llamas y espadas no eran otra cosa que una imagen del remordimiento que _desgarraría el alma del recién nacido_ si llegaba a vender los secretos de la Sociedad. Con esto quedaban terminadas las fórmulas, y respiraba con libertad el iniciado viendo concluidas las pesadeces del rito. Pero a lo mejor tomaba la palabra el _Venerable_, que era por lo común un hombre, si no digno de veneración, muy convencido de la importancia de aquellas comedias, y le espetaba un discursazo, llamado entre ellos _pieza de arquitectura_, encareciendo la sublimidad de la masonería, y revelándole algo de lo concerniente al grado primero o de aprendiz. Este dejaba de llamarse Juan o Pedro, y tomaba con singular modestia el nombre de Catón, Horacio Cocles, Leibniz u otro cualquier personaje célebre.
No puede formarse juicio exacto de la masonería por lo que esta institución ha sido en España. Los masones de todos los países declaran que la Sociedad del compás y la escuadra existe tan solo para fines filantrópicos, independientes en absoluto de toda intención y propaganda políticas. En España, por más que digan los sectarios de esta Orden, cuyos misterios han pasado al dominio de las gacetillas, los masones han sido en las épocas de su mayor auge, propagandistas y compadres políticos. Tampoco puede formarse juicio de la masonería española de antaño por los restos de ella que existen hoy, y que, al decir de los devotos, se reducen a unas juntillas diseminadas e irregulares, sin orden, sin ley, sin unidad, aunque cumplen medianamente su objeto de dar de comer a tres o cuatro hierofantes. Esta antigualla oscura que algunos sostienen como una confabulación caritativa para fines positivos o menudencias individuales, y para protegerse en uno y otro continente (por lo cual son masones casi todos los marineros que hacen la carrera de América), no tiene nada de común con la asociación de 1820.
Era esta una poderosa cuadrilla política, que iba derecha a su objeto; una hermandad utilitaria que miraba los destinos como una especie de religión (hecho que parcialmente subsiste en la desmayada y moribunda masonería moderna), y no se ocupaba más que de política a la menuda, de levantar y hundir adeptos, de impulsar la desgobernación del reino; era un centro colosal de intrigas, pues allí se urdían de todas clases y dimensiones; una máquina potente que movía tres cosas: gobierno, Cortes y clubs, y a su vez dejábase mover a menudo por las influencias de Palacio; un noviciado de la vida pública, o más bien ensayo de ella, pues por las logias se entraba a _La Fontana_ y _La Cruz de Malta_, y de aprendices se hacían diputados, así como de _Venerables_ los ministros. Era, en fin, la corrupción de la masonería extranjera, que al entrar en España había de parecerse necesariamente a los españoles.
Durante la época de persecución, es notorio que conservó cierta pureza a estilo de catacumbas; pero el triunfo desató tempestades de ambición y codicia en el seno de la hermandad, donde al lado de hombres inocentes y honrados, había tanto pobre aprendiz holgazán que deseaba medrar y redondearse. Apareció formidable el compadrazgo, y desde la simonía, el cohecho, la desenfrenada concupiscencia de lucro y poder, asemejándose a las asociaciones religiosas en estado de desprestigio, con la diferencia de que estas conservan siempre algo del simpático idealismo de su instinto original, mientras aquella solo conservaba, con su embrollada y empalagosa liturgia, el grotesco aparato mímico y el empolvado _atrezzo_ de las llamas pintadas y las espadas de latón.
A medida que iba avanzando el triunfo, iba decayendo el ritual masónico, simplificándose los símbolos, ralajándose la disciplina en lo relativo a juramentos, pruebas, iniciación. Por eso hemos visto tan empolvados y rotos los tarjetones y huesos de la _Cámara de meditaciones_, cuya inutilidad empezaba a ser reconocida. Es propio de gente tocada del afán de codicia el no preocuparse de detalles tontos, y bien se sabe que hambre o ambición no tienen espera.
VII
—Gracias a Dios que se te ve por aquí —dijo Canencia dando un apretado abrazo al joven—. Sé que has venido de Francia hace más de veinte días..., ¡tunante!, y no te has dignado dar una vuelta por la logia... ¡Cuando sabes que te queremos tanto; cuando sabes que los señores te estiman mucho y desean hacerte hombre de pro...!
—Por tener ocupaciones graves no he podido venir —repuso Monsalud sentándose—. Me han dicho que esto anda muy revuelto, papá Canencia.
—No es esto un modelo de paz y concierto —dijo el anciano con cierto desconsuelo—. Las diversiones crecen, y la reciente fundación de los comuneros ha hecho mucho daño a la Sociedad... ¿Y tú en qué piensas? Me han dicho que los negocios del duque del Parque te dan de comer... Lo celebro.
—Vivo regularmente; no como ustedes, los hombres mimados de la situación, que están hechos unos bajás.
—¿Lo dices por mí? ¡Pobre Aristogitón! —exclamó Canencia con filosófica humildad—. Yo no disfruto otras delicias de Capua que las emanadas de un miserable destino en Correos. Pero estoy contento, contentísimo. Ya sabes que no soy ambicioso, que me precio de filósofo en la verdadera acepción de la palabra... Hijo mío, un pedazo de pan, un vaso de agua clara, un buen libro, un tiesto de flores: he aquí mis tesoros, he aquí mis necesidades, he aquí mi sibaritismo. Recordarás lo que dice el gran Juan Jacobo acerca de...
—Yo no recuerdo nada.
—Pues el filósofo de los filósofos dice que no hay verdadera felicidad sin sabiduría... ¡Oh!, ¿de qué sirven las grandezas humanas? Hasta el heroísmo es cosa que no tiene simpatías, porque, como dice el ginebrino: «la continuidad de pequeños deberes bien cumplidos no exige menos fuerza moral que las acciones heroicas.» Mira tú cómo un hombre humilde que no va más que de su casa a la de Correos, y de la casa de Correos a la suya o a la logia, y carece de esposa y de prole, puede ser un grande hombre, es decir, un sabio, o si lo quieres más claro, un hombre feliz... Que suban los comuneros; que bajen o suban o se estén quedos los masones... es cuestión que no me importa mucho. El zoquete de pan, la cántara de agua, el tiesto de flores y el buen libro no han de faltar. Convéncete, ¡oh joven inexperto!, de que la ambición no ocasiona más que disgustos y enfermedades en el hépate..., en el hígado, para hablar claramente... Se me figura que tú estás carcomido por la ambición, ¿eh? Tú traes algo entre manos. Dime —añadió poniéndole la mano en el hombro con patriarcal cariño—, ¿por qué has escrito aquella carta a Campos, diciéndole que te retiras de la masonería, y poniéndonos de oro y azul?... ¿Tratas de pasarte a los comuneros? Ahí tienes una apostasía que me parece tonta. Pareces un chiquillo. El creer que esto es una casa de locos, no es motivo para querer salir de ella, señorito Aristogitón. Quédate aquí, quédate, sin perjuicio de que _in foro conscienciæ_ te rías un poquillo de la parte externa, ¿entiendes? Yo también, si he de decirte la verdad, me río algunas veces.
—Pues si usted se ríe, amigo don Bartolo —dijo Monsalud siguiendo el consejo del anciano—, es un hipócrita; porque usted es el hermano secretario y orador de la Sociedad; usted es el erudito, el que explica las leyes de la masonería, el consultor general, el que lo sabe todo dentro de esta casa, el que ordena los ritos, el que explica lo que los demás no entienden; usted es el sacerdote, el mago, el patriarca, el senescal, el archimandrita, el santón, el hierofante o no sé qué nombre darle, porque no sé todavía qué especie de religión, secta o jerigonza es esta. Usted es el que predica cosas enrevesadas y enigmáticas que no entendemos; usted es el que dibuja garabatos en los diplomas; usted, asistido de su ayudante el señor Regato, fue quien puso aquí esos huesos y esas calaveras que están abriendo la boca para decir que las vuelvan a la tierra; usted escribió estos tarjetoncillos y puso las granadas abiertas, las columnas, los triángulos y la soga, y lo que llaman el _Delta_, el sol, la luna, el dosel, la J y la B, el cirio y demás signos y majaderías. Si después de hacer esto se ríe usted de los masones... vamos, se comprende en qué consiste el ser sabio y filósofo.
Durante el discursillo, el anciano Canencia sonreía socarronamente acariciándose la barba. Cuando le tocó hablar volvió a poner su mano en el hombro del amigo, y bondadosamente le dijo:
—¿Tú no sabes que al pueblo, al vulgo, al común de las gentes, o como quiera llamarse a esa turbamulta ignorante e impresionable, es preciso meterle las ideas por los ojos? Ya es un gran adelanto que hayamos desterrado los símbolos y fórmulas absurdas de las religiones. Para inculcar en esas cabezas de estuco el culto y veneración del ser supremo, hay que proceder con paciencia. ¿Hemos de decirles que lo mejor es adorar a Dios bajo la bóveda de los cielos? No, mil veces no: mientras haya hombres, es preciso que haya templos, y mientras haya templos, es preciso que haya simbolismo, y mientras haya simbolismo es preciso que haya imágenes, o a falta de imágenes, garabatos, cositas raras y de difícil inteligencia... Vaya, amiguito, no repitas la vulgaridad de que soy un farsante. Equivaldría esta calumniosa especie a llamar farsantes al Papa y demás gigantones del catolicismo, y no lo son: dentro de su esfera, bajo su punto de vista, no lo son... Lo que yo siento es que la gente va perdiendo el respeto al ritual, y llegará día en que miren todo esto como miran los curas dentro de la sacristía los objetos de su oficio. ¡Pícara humanidad! Verdaderamente es una bestia. No se la puede tratar sino a palos. Acá para entre los dos, Aristogitoncillo de mil demonios, desde que se planteó aquí la libertad, voy creyendo que Atila, Omar, Felipe II y Bonaparte han tratado a los hombres como se merecen. Mientras todo no vuelva al estado primitivo... ¡Oh! Pero tú no entiendes de esto, ¿no es verdad? ¡El estado primitivo! ¡Ah! ¡Imagínate el estado anterior a este funesto pacto que hemos hecho para destrozarnos los unos a los otros, y hacernos todo el daño posible!... No hay nada comparable al pacto. La verdadera sabiduría debe dirigirse a ese fin; un fin, muchacho, que consiste en volver al principio. Mas no puede formar idea de esto quien está devorado por la ambición, y tiene lleno el espíritu de ansiedades mundanas, en vez de conformarse a vivir modesta y primitivamente con un pedazo de pan y un vaso de agua cristalina, un tiesto de flores y un buen libro...
Monsalud no podía tener la risa. Durante un rato, Canencia, poniéndose las antiparras, siguió _burilando_, o sea escribiendo, _la plancha_, o mejor, el acta.
—Tú te ríes —dijo en el momento en que echaba polvos para volver la hoja— porque crees que ganarse la vida de esta manera, no cuesta trabajo. Niño mimado de la fortuna, yo quisiera saber qué sería de ti sin la prebenda que tienes en casa del duque del Parque.
—Las prebendas —repuso Salvador— no existen hoy sino en este manejo de la J. y la B., y en este cepillo o tronco masónico, que es el mejor del mundo después del de las Ánimas. ¡Ah, papá Canencia, ya podía usted echar un remiendo a estas pobres calaveras, que están diciendo con sus bocas sin lengua la inmensa tacañería del sacristán mayor de este templo!
—Así como no tienen lengua para pedir —dijo don Bartolomé con malicia—, tampoco tienen paladar, y puesto que no comen más que polvo, no puede haber cocina más económica, y limpiarlas sería ponerlas a dieta. Bien dijo el otro, que en polvo nos hemos de convertir.
—No lo dije por usted, que se está convirtiendo en momia de Egipto forrada en oro y plata, por obra y gracia de los misterios de Isis, de Eleusis o de Patillas.
—Esa es la opinión de esos bobos de comuneros —dijo Canencia algo amostazado—. ¿Por ventura este granuja se nos ha hecho comunero?
—Tal vez —replicó Salvador—. Allá parece que están por la formalidad. ¿Hay también cepillo y colectas?
—Más que aquí. Pregúntaselo al señor Regato, que ha contribuido a fundar aquella Sociedad, después de haber comido a dos carrillos en nuestro plato, y hecho _salvas_ con nuestra _pólvora_.
Los masones llamaban al vino _pólvora roja_, al vaso, _cañón_, y a los brindis, _salvas_. No es fácil comprender la misteriosa relación simbólica entre la embriaguez y la artillería.
—Pero te advierto —continuó Canencia—, por si es tu intención pasarte a los comuneros, que aquí no tienes más que boquear para obtener lo que mejor te cuadre. Campos te quiere mucho... anoche mismo habló mucho de ti, y aun se me figura que te va a sorprender con un buen regalito. Has hecho bien en venir esta noche.
—Lo celebro, porque vengo a pedir.
—¿A pedir?... Gracias a Dios, hombre. Eres de los nuestros. Veo que entras en el buen camino —dijo Canencia mirando su reloj—. El acta está lista. Ya es hora de empezar la _tenida_. ¿Y qué pides?
—Dígame, señor Canencia —preguntó Monsalud con gran interés—, cuál es el criterio del Orden respecto a la suerte de los que están presos por conspiraciones absolutistas.
—¿Cuál ha de ser? Que los ahorquen. ¿Te has echado a filántropo? ¿Hay algún pariente tuyo en la cárcel de Villa?
—Sí, señor: hay un pariente mío en la cárcel de la Corona —repuso Salvador con firmeza—, y es preciso sacarlo de allí.
—¿Es rico?
—Es pobre.
—Pues veo muy difícil que tu pariente coma los buñuelos del San Isidro de este año... Sin embargo, puedes trabajar. Campos te quiere mucho. El duque pertenece al Supremo Consejo. Ya sabes que lo que aquí se ata, atado será en el gobierno, y lo que allá dentro desatemos, desatado será... allá arriba. Esta noche, después de la _tenida_ ordinaria, hay _tenida de Príncipes del grado 31_. Creo que se tratará de cosas muy altas. Si consigues tener de tu parte a Campos...
—En la _tenida_ ordinaria, ¿quién preside esta noche?