El Grande Oriente

Part 3

Chapter 34,017 wordsPublic domain

—Ante todo, debo recordarle a usted una deuda que conmigo tiene —indicó el taciturno fijando en su amigo los ojos con expresión patética—. Mi esposa, que en gloria esté, y yo le salvamos a usted la vida en aquellos aciagos días de junio de 1813, que no puedo recordar sin espanto.

—Tampoco yo —dijo Monsalud palideciendo.

—Le salvamos a usted la vida —añadió Gil de la Cuadra complaciéndose en esta idea fundamental de su argumentación—. Después de ocultar a usted diferentes veces, yo autoricé a mi esposa para que, cediendo todas sus alhajas, que eran gran parte de nuestra fortuna, le rescatara a usted del poder de aquellos malvados guerrilleros que querían sacrificarle.

—¡Es cierto! —murmuró Salvador con voz grave.

—¿Cabe mayor abnegación tratándose de un desconocido?

—No, no cabe más. Cien vidas de agradecimiento no bastarían para pagar eso que usted llama deuda, y como tal con todo mi corazón la reconozco.

—¿De modo que usted, amigo mío, se halla dispuesto a hacer por mí, si me veo en un conflicto supremo, lo que mi esposa y yo hicimos por usted cuando peligraba su vida?

—Dispuesto con toda mi alma —afirmó el joven lleno de piedad y efusión—. Ordene usted lo que debo hacer. Cuanto tengo, cuanto valgo, mi vida y mi nombre están a disposición de usted. No es un sacrificio, es un deber; y si no recuerdo mal, no ha sido preciso que llegaran ocasiones supremas para hacer este ofrecimiento, porque desde nuestra primera entrevista en Madrid me declaré deudor eterno de usted.

—Es verdad: gracias, gracias —dijo el enfermo, estrechando con sus flacas y amarillas manos las de Monsalud—. Mucha atención a lo que voy a referir. Creo haber indicado a usted, cuando estábamos en Francia, que mis ideas han sido siempre favorables a los derechos absolutos de la corona y a la monarquía pura, tal como durante siglos la disfrutaron las más gloriosas naciones de la tierra. La ambición de mi segunda esposa, y debilidades mías, que deploro amargamente, me indujeron a reconocer y servir al intruso Bonaparte. No necesito recordar la ignominiosa caída del partido afrancesado. Yo, que no pertenecí a él de corazón, sino por las sugestiones de mi mujer, tengo más derecho que los demás a quejarme de mi detestable suerte. Volví del destierro sin que mis ideas sufriesen mudanza alguna, y es singularísimo, y a la par muy triste, que los absolutistas del 14, con quienes mi corazón simpatizaba, me cerraran las puertas de la patria, y que me las abriesen los liberales, a quienes tengo la desgracia de aborrecer. Esta contradicción real y molesta entre mi modo de pensar y mi gratitud, obligome el año pasado a huir prudentemente de las cosas políticas.

Retireme a mi pueblo natal, La Bañeza. Como allí conocían todos mis ideas, un día los liberales me acometieron con palos ordenándome que diese vivas a la Constitución; negueme a tal vilipendio, y aquella deuda que para con ellos contrajeron mis honrados labios, pagáronla mis costillas con buenos cardenales. No obstante, tuve paciencia, señor y amigo mío, y seguí pacíficamente en mi casa, pidiéndole a Dios que ponga fin a esta insoportable tiranía del populacho, mas sin buscar venganza, resistiéndome a tomar parte en los trabajos que algunos realistas traían entre manos para levantar partidas. En estas andadas, organizose en La Bañeza la llamada Milicia nacional, que yo llamaría infernal, hablando propiamente, y para dar pruebas de su existencia y hacer el estreno de su bárbaro poder, emprendiendo con brillo el camino de la gloria, creyó que lo mejor era adjudicarme una nueva paliza, como lo hizo el 3 de septiembre del año pasado, pretextando que yo conspiraba.

—Ya van dos, señor Gil. En verdad que admiro la resignación y sufrimiento de usted.

—Mes y medio de cama me costó la hazaña de los milicianos de mi pueblo. ¿Creerá usted que ni tales razones pudieron persuadirme a que dejara mi pacífico y santo retiro? Aguanté, callé y esperé. Mi actitud digna y cristiana debió ponerme a cubierto de nuevos ataques, ¿verdad?

—Seguramente.

—Pues no fue así. Precisamente por la razón de que yo sufría y callaba, debieron aplacarse en ellos la feroz intolerancia y salvajismo; pero no fue así, sino que mi humildad les hacía más bravos cada vez, y alegando conspiraciones que solo en su obtusa mente existían, me atacaron de nuevo...

—¿Otra vez?

—Sí, señor, y se lo digo a usted francamente. A la tercera paliza ya no pude aguantar más, y lo que no había hecho hasta entonces, lo hice desde aquel día.

—¿Conspirar?

—Justamente. Ellos se empeñaron en que conspirara, y conspiré. Aquí tiene usted la sabiduría de los liberales. Con su imbécil sistema de apalear a los que no piensan como ellos, van poco a poco convirtiendo en enemigos a todos los españoles. Yo, que había hecho propósito firme de no mezclarme en la política activa, ni contribuir al levantamiento de partidas, ni conspirar, salí de mi casa decidido a todo, a todo absolutamente; vine a Madrid, y mi mala suerte deparome aquí el encuentro con un amigo de mi juventud, don Matías Vinuesa, cura que fue de Tamajón, y a quien Su Majestad, en premio de los méritos que contrajo durante la guerra, hizo capellán de honor y arcediano de Tarazona.

—Ya sé a dónde va usted a parar —dijo Monsalud con benevolencia—. Vinuesa le indujo a usted a intervenir en esa descabellada conspiración que le ha llevado a la cárcel, y que probablemente le llevará también al patíbulo.

Al oír esto, el enfermo palideció y sus labios pronunciaron algunas palabras a guisa de oración.

—Puesto que todo se lo he de confesar a usted —añadió exhalando un suspiro—, diré que, en efecto, he sido confidente y amigo de don Matías Vinuesa. Obra de muchos es el célebre plan, cuyo descubrimiento ha ocasionado la prisión de ese bendito, y que, con perdón de usted, no es descabellado ni mucho menos, y nos habría conducido al glorioso objeto que anhelamos los buenos españoles, si la imprudencia, el soborno o la traición no lo hubieran descubierto. Presumo yo que alrededor del trono, donde tanto se trabaja por derrotar al gobierno y a los liberales, existen la venalidad y la corrupción más que en parte alguna, y que de los mismos que nos han incitado a conspirar, partió la infame denuncia, fundada en móviles que no comprendo. Ya estoy aburrido, desengañado de la mala fe de todos, convencido de que tan pícaro es Juan como Pedro, y de que no es posible tomar parte activa en la cosa pública sin meterse en fango hasta la coronilla.

—¡Lástima que no lo conociera usted antes de pringarse en la desdichada conjuración palaciega de Vinuesa, que es, según he oído, una de las mayores aberraciones que puede concebir la imaginación!

—Siento que usted califique tan duramente un plan que no conoce —repuso Gil de la Cuadra en el tono del amor propio herido—. Y como no puede conocerlo si yo no se lo revelo, lo haré, porque después de la prisión de mi amigo, no hay en ello inconveniente. La primera condición de nuestro plan era el secreto. Solo debían tener noticia de él Su Majestad, el infante don Carlos, el duque del Infantado y el marqués de Castelar, como los únicos encargados de ponerlo en ejecución. Llegado el momento del golpe, Su Majestad debía llamar a los ministros, al capitán general y al Consejo de estado, y una vez que los tuviera a todos bien agazapados en la real cámara, debía entrar una partida de guardias de Corps, mandada por el serenísimo señor infante, y prenderlos a todos, luego qué el rey saliese de la estancia. Vea usted qué ardid tan sencillo y al mismo tiempo tan fácil.

—Sí; todo es fácil y sencillo en las cabezas de los conspiradores. Prosiga usted.

—Inmediatamente después el mismo señor infante don Carlos debía pasar al cuartel de guardias y mandar arrestar a todos los individuos poco afectos a Su Majestad y a nuestras ideas.

—¿También eso es fácil y sencillo?

—Déjeme usted seguir. Al mismo tiempo el señor duque del Infantado... bien le conoce usted: ¡qué imponente figura, qué aire marcial! Solo con presentarse inclina los ánimos a la obediencia... pues digo que el señor duque debía marchar en el mismo momento a Leganés a ponerse al frente del batallón de guardias que hay allí.

—Suponga usted que los guardias de Leganés le recibieran a tiros, que también puede ser...

—No es probable que a tan grande prócer y cumplido caballero le faltaran de ese modo... Pero aún resta algo... Excuso decirle a usted que todo debía hacerse en un momento dado.

—Es natural, y en un mismo momento dado también debía hundirse todo. Adelante.

—Se sobrentiende que ese momento había de ser nocturno —contestó el anciano—. Dado el primer golpe, veamos ahora su desarrollo. A las doce en punto, ni minuto más ni minuto menos, debía ponerse en camino para Madrid el batallón de Leganés, entrando en esta corte a las dos. A las tres en punto el regimiento del Príncipe, con cuyo coronel se contaba, debía ocupar todas las puertas de la villa, y a las cinco y media, ni minuto más ni minuto menos, debían las tropas y el pueblo empezar a dar _vivas_ a la religión, al rey, a la patria, y _mueras_ a la Constitución y a los ministros... Luego el plan contenía una multitud de determinaciones, consecuencia natural del triunfo. Debían ordenarse varias cosas, verbigracia: que se celebrase un Concilio nacional... que los cabildos se encargaran otra vez de la administración del _Noveno_... que hubiese tres días de rogativas... que se rebajase la tercera parte de la contribución... que los gastos de iluminaciones y festejos fueran muy moderados... que los milicianos sirvieran en el ejército ocho años o pagaran veinte mil reales de redención... que se trasladara al obispo de Mallorca... que se imprimieran por cuenta del Estado las cartas del padre Rancio... que el obispo auxiliar, portador del libro de la Constitución del año 20, lo llevase también ahora y con su propia mano se lo diese al verdugo para quemarlo... en fin, ya ve usted que nada faltaba.

—Nada faltaba, a no ser sentido común. ¿Son también obra de usted los papeles _El grito de un Español_ y _La papeleta de León_?

—En esta misma mesa he escrito parte de ellos —repuso el enfermo con disgusto—. Pero no disputemos ahora sobre la ruindad o excelencia del plan. Yo sigo creyendo que sin los infames sobornos y traiciones que han mediado, nuestra obra nos habría proporcionado un verdadero triunfo. No es posible formar juicio de lo que no ha podido pasar del pensamiento a la irrecusable prueba de los hechos. Lo real, lo positivo, lo que vemos y tocamos, amigo mío, es que yo me encuentro comprometido, expuesto a perder la libertad y quizás la vida, si no hallo un hombre discreto, astuto, hábil y poderoso que me ampare en trance tan aflictivo.

—Pero la corte, esa corte que es la que alienta, paga y sostiene las conspiraciones realistas, no le abandonará a usted...

—¡Ah, señor Monsalud de mis pecados! —exclamó Gil de la Cuadra con amarga tristeza—, la corte, o no puede nada, o teme comprometerse dándome el amparo que de ella he solicitado. Preso don Matías, sin que ni rey ni Roque hayan podido evitarlo; hecha pública la conjuración, no hay ningún prócer ni potentado de Palacio que no proteste de su adhesión al liberalismo. ¡Pecador de mí! ¡Mil veces pecador! La circunstancia de haber sido afrancesado me hace sospechoso a los absolutistas. Esa es mi fatalidad; esa es mi estrella negra; esa es la funesta herencia que me dejó mi esposa. ¡Si viera usted cuántas puertas se han cerrado hoy ante mí! Es particular: de la noche a la mañana ya nadie me conoce. Soy un extraño, un importuno; creen sin duda que les voy a pedir un socorro pecuniario, y me reciben de malísimo talante. La única muestra de benevolencia que he recibido es muy triste, señor Monsalud. Diómela un caballero de Palacio, avisándome hoy el peligro que corro, porque halladas varias cartas y notas mías entre los papeles de Vinuesa, no han de tardar en venir por mí para embaularme en la cárcel, donde, si Dios no lo remedia, nos pudriremos el cura y yo, a no ser que nos cuelguen en la plazuela de la Cebada. ¿No es verdad, señor Monsalud, que debí preferir el tratamiento de los milicianos de La Bañeza?

—¿Espera usted que le prendan? ¿Lo sabe?

—Lo sé.

—Pues en tal caso —dijo Salvador con asombro—, ¿por qué no huye usted? ¿Por qué no se oculta al menos?

—Precisamente de eso quiero hablarle —manifestó Gil de la Cuadra, cayendo de nuevo en el lúgubre abatimiento en que Salvador le encontrara—. ¡Huir!... creo que no habrá otro remedio.

—Es el más seguro por ahora.

—Mis achaques me hacen de tal modo cobarde, que no acertaré a dar un paso... ¡Si parece que me convierto en un niño!... ¡Cómo se me oprime el corazón!... Luego doy en pensar en la desdichada suerte y desamparo de mi pobre hija... ¿qué será de ella si muero? De tal manera se perturba mi alma y se enflaquece mi razón pensando en esto, que no puedo discurrir los medios de mi fuga o escondite. Piense usted por mí, pues no con otro objeto he solicitado su protección; dígame usted lo que debo hacer... tráceme un plan.

—No solo indicaré lo conveniente, sino que haré cuanto pueda para que usted quede en salvo esta misma noche. Es preciso tomar una resolución pronta. Ánimo, señor Gil; no acobardarse, y triunfaremos.

—¡Oh!, gracias, gracias mil —exclamó el enfermo estrechando las manos de Salvador.

El infeliz conspirador lloraba.

—No perdamos tiempo... Saldremos juntos para que vaya usted más tranquilo —dijo Monsalud, restaurando más a cada palabra la energía moral y física de su vecino—. No carecerá usted de nada.

—¡De nada!... ¡qué bendición de Dios! Usted me devuelve la vida... Yo, que empezaba a carecer de todo, hasta de lo más preciso...

—Este conflicto, amigo don Urbano, es poca cosa. Creo que nadie nos estorbará la fuga. Le llevaré a usted a paraje seguro, donde vivirá tranquilo y oculto hasta que podamos conseguir un sobreseimiento, una absolución... allá lo veremos.

—¡Benditas mil veces sean esa boca y esas manos! —dijo Gil de la Cuadra con emoción profunda—. Usted me salva; yo me arrojo en sus brazos como en una playa hospitalaria, después de ser juguete de las olas... ¿Conque usted, después que me ponga en lugar seguro, conseguirá un sobreseimiento, una absolución?... ¡Cuánto lo agradeceremos mi hija y yo!... Sola, Solita, ¿dónde estás? Ven, corre a abrazar a este caballero.

—Vale más que nos dediquemos sin perder un instante a preparar todo lo necesario... ¿Qué hora es?

—Las once —dijo el anciano levantándose con dificultad—. Me siento mejor; me siento más ligero; se me ha despejado la cabeza; muevo las piernas con flexibilidad; en fin, soy otro... ¿Conque a disponer...?

—Sí, a disponerlo todo. Arregle usted lo que ha de llevar de su casa. Yo me encargo de todo lo demás.

—¡Oh idolatrada hija mía, ya tienes padre otra vez; viviremos tú y yo! —exclamó Gil de la Cuadra con viva excitación de espíritu—. Lo que va a hacer por mí, señor Monsalud, supera a cuanto hicimos por usted en aquel horrendo día. Si consigue ponerme en salvo esta noche, me parecerá que resucito, y el horroroso aspecto de la cárcel dejará de atormentar mi imaginación... Conque apresurémonos. Soledad, hija mía, ven... Una vez que esté libre de las garras de esos infames, fácil le será a usted sacarme del atolladero de la causa. Las sociedades secretas a que usted pertenece lo hacen y deshacen todo. Además, el señor duque del Parque, de quien es usted secretario, administrador o no sé qué, pasa por uno de los hombres de más valimiento que existen en España.

—Antes de media noche estaremos fuera de Madrid —dijo Monsalud haciendo sus cálculos—. No conviene perder tiempo.

—Ese ánimo y decisión me regeneran —dijo Cuadra dando algunos pasos vacilantes por la habitación—. Déjeme usted que antes de ocuparme en los preparativos de la fuga, le dé a usted un abrazo, un estrecho abrazo de amigo... así... Ahora veamos lo que se lleva... ¡Soledad, Solita!

La muchacha apareció de repente, pálida, desconcertada. Su semblante expresaba el terror más vivo, y sus descoloridos labios no acertaban a pronunciar palabra alguna. El padre participó al punto por simpatía natural del pavor de su hija; miró a Monsalud; este formuló con ansiedad una pregunta.

No pudo dar contestación la atribulada niña. Oyéronse terribles golpes que resonaban en la puerta de la casa, haciendo retemblar a esta de los cimientos al tejado... Oyéronse al mismo tiempo pasos de mucha gente, palabras, un rumor soez que llenó de espanto el alma de los tres personajes.

—¡Ahí están! —murmuró con voz tétrica Gil de la Cuadra.

—¡Ahí están! —replicó Monsalud, golpeando el suelo con tanta fuerza que la casa redobló su temblor convulsivo y profundo, como contestando a las llamadas de los polizontes.

V

El amigo de Vinuesa, cayendo en el sillón se oprimió con ambas manos la desnuda calva.

—Se me ha partido el alma... —exclamó sordamente—. Parece que me han arrancado la última raíz de la vida... ¡yo me muero!... ¡Pobre hija mía!...

Solita corrió hacia él. Hija y padre se unieron en estrecho abrazo.

—Ya no hay remedio —dijo el segundo con amargura.

Los golpes se repetían con más fuerza. Salvador, agitado por violenta cólera y despecho, se golpeaba la frente con el puño. En algunos momentos se sentía impulsado a una resolución desesperada; pero tenía demasiado buen sentido para no refrenarse al punto.

—No hay remedio —dijo Cuadra con acento solemne—. Hija mía, oye lo que voy a decirte. ¿Ves este hombre?...

Solita fijó en Monsalud sus ojos llenos de lágrimas.

—Salve usted a mi padre —gritó—. Discurra usted algún medio para ocultarle, para sacarle de la casa sin que esos malditos le vean.

El tétrico silencio del joven indicó claramente que no podía discurrir medio alguno que no fuese una locura.

—No puede ser, no puede ser —dijo el anciano—. ¿Ves este señor? Es el único que puede hacer algo por mí, por nosotros. Mientras vivamos separados, recuérdale un día y otro que tu padre está en la cárcel. Se me figura... se me figura que será un buen hermano para ti.

Los golpes redoblaron. Parecía que cien puños de hierro martillaban la puerta; la campanilla, sin cesar movida, cayó de su sitio.

—Es preciso abrir al instante —manifestó con vivísima agitación Gil de la Cuadra—. Una palabra más, amigo mío, hija de mi alma. Mientras viene de Asturias tu primo Anatolio, que ha de ser, amén de tu marido, tu único amparo después que yo falte, te dejo encomendada a este buen amigo. Él será tu padre y tu hermano. Señor Monsalud, si acepta usted el encargo, me voy más tranquilo a la cárcel, y de allí...

—Acepto —dijo con grave acento el joven—. Solita será mi hermana. Además, juro por todos los santos y por Dios, que es mi padre, que le he de sacar a usted de la cárcel a donde va esta noche.

Los tres se abrazaron sin añadir una palabra más. En el mismo instante, despedazada la puerta de la casa, entró en la estancia un hombre brutal y grosero, uno de estos que no creen representar bien a la autoridad si no la hacen antipática y aborrecible.

—¿Quién es aquí el bribón de Gil de la Cuadra? —dijo mirando alternativamente al joven y al anciano... ¡Ah!, conozco al mozo, que es Monsalud... supongo que Cuadra será el vejete... Véngase usted conmigo a la cárcel de Villa... no, a la de la Corona, porque en aquella no cabe más gente.

—El señor es Gil de la Cuadra —dijo Salvador—. Por el bribón no preguntes, que aquí no hay otro que tú.

Dos, tres, cuatro individuos no menos simpáticos que su lindo jefe, penetraron en la estancia.

—¿Y a esta tortolilla, la llevamos también? —preguntó uno, atreviéndose a poner la mano en el hombro de la joven.

—Para preguntar una estupidez —repuso Monsalud rechazándole violentamente— no se necesita dar coces.

—Juan Violín, no seas bruto —gruñó el jefe—. Deja a esa señorita y alcánzame las esposas.

Gil de la Cuadra, al ver que le iban a atar las manos, huyó despavorido a la pieza inmediata. Siguiéronle todos. Rogole Salvador que se sosegase, no haciendo resistencia a sus bárbaros aprehensores; cedió al fin el anciano, y ofreció sus manos a las argollas de hierro. Abrazole estrechamente Solita, diciendo con lastimeros ayes y lamentos que no se apartaría de él, y fue necesario separarla. En la sala, Gil de la Cuadra, agobiado por la amarga pena, exánime y aturdido, cayó al suelo. Los polizontes tiraron de él como se tira de un perro que se detiene a hociquear en el suelo. Ayudole Salvador a levantarse, y salieron de la casa.

Cuando bajaban la escalera, don Patricio y su hijo salieron a ver la tristísima comitiva, y Fermina Monsalud quiso que Soledad entrase desde luego en su casa. Detuviéronla todos, procurando consolarla; pero ella insistió en bajar, y luchando con todas sus fuerzas, que no eran muchas, procuraba desasirse de los brazos de Sarmiento y doña Fermina.

—Le soltarán pronto... no llore usted, niña —le decía el preceptor—. Este gobierno es como Dios lo ha hecho... no persigue más que a los liberales... ¿Conque el señor Gil de la Cuadra era la mano derecha de don Matías Vinuesa?...

Soledad bajó rápidamente, y tras ella Sarmiento. En la calle arrojose otra vez la joven en brazos de su padre, manifestando inquebrantable resolución de seguirle; pero las fuertes manos de los corchetes la separaron. Gil de la Cuadra, negándose a dar un paso en compañía de la soez cuadrilla, dejose caer en el suelo, y otra vez el egregio polizonte tiró de la soga.

—Tengo sed —dijo el anciano, respirando con ansia.

Delante de él estaba don Patricio, con las manos a la espalda, fijando en el reo una mirada maliciosa y nada compasiva.

—Tengo sed —repitió Gil de la Cuadra.

—Señor Sarmiento—dijo Monsalud vivamente—, en la escuela de usted hay una alcarraza con agua...

—¡Mire usted qué demonches de casualidad! —repuso Sarmiento sin moverse del sitio en que al anciano contemplaba—: se me ha olvidado dónde puse esta tarde la dichosa alcarraza.

—Subiré yo —dijo Soledad procurando sobreponerse a su pena.

—Subiré yo —dijo Monsalud tomándole la delantera con rapidez suma—. Aguarde usted abajo y procure calmar al pobre viejo.

Pocos instantes después, Salvador daba de beber a su amigo.

—La noche está fría —manifestó imperturbable y sin dejar su sonrisa picaresca el gran Sarmiento—; y cuando la noche está fría... y el tiempo fresco... pues... no se tiene sed.

Los polizontes tiraron de la soga, acompañando su movimiento de ese chasquido de lengua que tan bien entienden los animales.

—Ánimo, amigo —le dijo Monsalud—. No olvide usted mi promesa.

Pareció que el infeliz colega de Vinuesa recibía ánimo y vida al oír estas palabras.

—¡Pobre hija mía! —exclamó bebiéndose las lágrimas que copiosamente corrían por sus mejillas.

—Solita es mi hermana —dijo Salvador abrazándola—. Vamos, esto debe acabarse. Se reúne gente.

Cuadra se levantó con dificultad. En su espíritu había seguramente poderoso anhelo de colocarse a la altura de su situación, sofocando la ruin pusilanimidad que le abatía.

—¡Mi hija!... ¡mi pobre hija! —gritó clavando los tristes ojos en el semblante del joven, su vecino.

Con aquella mirada su afligido corazón de padre dijo cuanto las circunstancias exigían que dijera.

Solita perdió el conocimiento. Don Patricio, que estaba a dos pasos de ella, la sostuvo en sus brazos.

—¿En dónde pongo esto? —murmuró festivamente.

—Subiré a Soledad a mi casa —dijo Salvador tomando en brazos a la joven como si fuese un niño—, y después, señor Gil, le acompañaré a usted a la prisión.

Como lo dijo lo hizo, y poco después de media noche todo estaba terminado.

VI