Part 9
--_La cruz de Nazareno te caiga debajo_, repitió de nuevo el esclavo; añadiéndo despues: ¿Y ahora lo ve su merced? ¿ha cantado ó no?
En efecto, tres gritos lejanos, al parecer de un ave nocturna, llegaron á los oidos de los viajeros.
--Y bien, contestó el jóven á su interlocutor, ¿qué tenemos con eso? si ha cantado, contéstale tú con una copla de _cadenas_, de aquellas que sabes improvisar.
--Parece imposible que se burle su merced de esas cosas que á mí me dan tanto miedo.
--Y tambien lo parece que un hombre como tú, que rinde á un toro por los cuernos, que se ha echado á un rio crecido por salvar á quien no conocia, y que ha reñido con tres negros _cimarrones_ á la vez, tenga temor por esos cuentos de viejas.
--No son cuentos de viejas, niño; y la prueba de esto es esa cruz que hemos pasado ahora.
--¿Y qué tiene que ver la cruz con el pájaro malo?
--Si su merced supiera lo que significa esa cruz, y porque se puso en donde está, no me haria esa pregunta.
--Yo no sé mas, sino que en el mismo sitio mataron á uno y, como es costumbre, han puesto una cruz para que los caminantes rueguen á Dios por su alma.
--Pues hay mas que eso.
--Vaya, veo que quieres contarme un cuento, que de todo tendrá menos de verdadero.
--Todo el pueblo sabe la historia de la muerte de Gregorio Rodriguez, que tiene mucho de verdad, y es extraño que su merced no la sepa.
--Me alegro mucho de no saberla, porque así te la oiré contar, y entretendremos un rato el camino.
--Pues señor, comenzó Jacinto, habia en el barrio de la _Jagua_ un mozo de unos veinte años, llamado Gregorio, ó Goyo, hijo de Atanasio Rodriguez, uno de los que fueron á buscar á los Ingleses al puente de Martin Peña, con aquel tremendo Diaz, que dicen los desafiaba encaramado sobre uno de los pedazos que de dicho puente habian quedado cuando lo volaron los sitiadores. Este tal Goyo era alto, grueso á proporcion, y tenia mas fuerza que una yunta de bueyes: nadie podia aguantar su genio; á los doce años hirió á un hermano suyo, y á los diez y ocho levantó la mano á su padre, que aunque hubiera sido para él un extraño, no merecia semejante injuria, porque todos le teníamos por el hombre mejor del mundo. El pobre viejo sufrió con mucha paciencia los golpes de su hijo, y cuando se vió libre de él, arrodillándose en medio del soberado levantó las manos al cielo diciendo: ¡Dios mio! perdona á ese muchacho, que no sabe lo que acaba de hacer conmigo.
Pasaron de esto algunos meses, y el padre y el hijo parecian olvidados de lance tan desgradable; pero como la justicia de Dios habia de cumplirse, éteme que una tarde sale mi mozo con otro camarada suyo para ir á bailar á _Furabo_: llegaron á la casa del baile, y allí estuvieron hasta las tres de la madrugada sin que nada les sucediese. Al salir se juntaron con otro conocido de su mismo barrio, y tomaron el camino conversando alegremente: un poco antes de llegar al pueblo de Caguas, que habian de atravesar, oyeron cantar al _pájaro malo_. El endiablado de Goyo se echó á reir, y gritó:»Mira, mal avechucho, ven mañana á casa por cuatro granos de sal; y no faltes, que te espero.» En este momento la sombra del pájaro se pintó en el suelo delante de él; y á pesar de que queria hacerse el guapo, le dió un temblor tan fuerte, que apenas podia dar un paso. Los otros dos, que tenian tanto miedo como él, le echaron en cara su locura en desafiar al poder del _malo_; mas él, recobrando su malvado valor, echó por aquella boca mil pestes sobre todo lo que nos enseña la doctrina cristiana.
Al siguiente dia, al _mudar_ una res que nunca habia topado, recibió de ella una cornada, que le hizo ir muy alto, rompiéndose al caer una pierna. Su pobre padre le asistió con el mayor agrado durante los muchos dias que estuvo de peligro, y pasó las noches en vela, rogándole en vano que se confesase y comulgase.
Apenas curado, volvió á su antigua vida de vicioso y mal hijo: salia de su casa sin volver á veces en tres ó cuatro dias, y cuando se le acababa el dinero y no tenia que jugar, robaba á algun vecino ó á su mismo padre lo que podia, para seguir en tan perjudicial entretenimiento. Llegó por fin un dia en que nada quedaba al viejo, y entonces le abandonó, dejándole solo, pues que su hermano habia muerto poco antes; se fue á vivir con uno que no tenia otro oficio que el robo, y cometió en su compañía tantos crímenes, que la justicia le echó mano y fué sentenciado á cuatro años de presidio.
Cumplida la condena, volvió, mas holgazan y mas pícaro que antes, á unirse á su compañero y comenzaron de nuevo sus fechorías. Una noche asesinaron, por robarle treinta pesos, á un infeliz que volvia de la Ciudad, donde habia vendido su pequeña cosecha de café; el crímen quedó sin castigo porque nadie supo quien lo cometió.
A los pocos dias se habló de otro robo de mas consideracion, y no pasaron muchos despues de este último, cuando se encontró una mañana en el _Barrio de Culebras_ el cadáver del compañero de Goyo cosido á puñaladas, y no faltó quien dijera que el matador era nuestro mocito de la _Jagua_, que despues del suceso gastaba y se divertia, sin que ninguno supiera su oficio.
Al cabo de algun tiempo se le acabó el dinero y no sus vicios; salió una noche de una casa de este barrio que pasamos ahora, en la cual habia perdido lo poco que le quedaba, y pensó matar á otro jugador que habia ganado mucho. Para lograr su intento, se colocó en el lugar donde ahora está la cruz de palo, y allí aguardó cerca de dos horas, hasta que el paso de un caballo le advirtió la proximidad de su nueva víctima. Ya el otro subia la cuestecita.... no le faltaba mucho...... Goyo tenia el machete empuñado con la mano derecha, y con la zurda aflojaba dentro de la vaina el cuchillo que llevava á la pretina, iba á adelantar hácia el camino, y.... El pájaro malo cantó sobre su cabeza.
--La cruz de Nazareno te caiga debajo, dijo el jugador afortunado; y de repente, viendo un bulto á la orilla del camino, paró el caballo, y añadió:--Camarada, apártese un poquito mas lejos, ó diga que es lo que quiere.
--Que me entregues el dinero que nos has robado esta noche con tus trampas.
--Pues, amigo, venga por él y se lo daré, que desde aquí no puedo tirarlo.
--Allá voy, y despachemos pronto.
Diciendo esto saltó la zanja, y se adelantó hasta muy cerca del que le aguardaba, al parecer resignado á dejarse robar; levantó el machete, y ya iba á descargar el golpe terrible, cuando se oyó un tiro; la bala de una pistola disparada por el jugador atravesó el pecho de Goyo, y el canto del pájaro malo respondió desde lejos al grito que dió este al caer en medio del camino bañado en sangre.
Quiso Dios que el cura del pueblo, que volvia de una administracion, acertase á pasar por aquel sitio y viendo un hombre en el suelo, se acercó á él con el fin de ausiliarle, si estaba enfermo, ó apartarle á un lado, si otra causa menos lastimera le obligaba á guardar semejante postura. Se apeó de su caballo, y al poner la mano sobre aquel cuerpo le halló todo mojado, latia muy poco el corazon y la respiracion apenas se sentia. Con mucho trabajo logró incorporarle, ayudado por el hombre que le acompañaba; mas no pasó un minuto despues de esto cuando el herido, volviendo en sí, despues de un profundo gemido dijo:
--¡Ah! ¿quién es la buena alma que me socorre y me vuelve á la vida?
--Es Dios, contestó el Sacerdote, que ha traido aquí al mas indigno de sus ministros para recibir de V. la confesion de sus culpas, y ausiliarle con el fin de lograr la salvacion de su alma, y volver si es posible la salud al cuerpo.
--¡Oh padre! lo último es imposible, porque estoy muy mal herido, y conozco que se me va acabando por momentos la poca vida que me queda; y lo primero es igualmente desesperado, porque soy un infame y mi vida es un tejido de crímenes.
--Hijo mio, confia en la divina Providencia, abre tu corazon á un ser infinitamente misericordioso, confiesa y arrepiéntete de tus culpas, que Dios las perdonará.
--¿Es posible padre? ¿Dios perdona á hombres como yo que merezco arder en el infierno?
El bueno del Señor cura le predicó tanto y tan al alma, que al último se decidió, é iba á comenzar el _Yo pecador_; pero el canto del pájaro malo le anudó la garganta y no pudo articular ni una palabra.
--Vamos, hijo, ¿porqué tardas tanto? le dijo el Sacerdote.
--Padre, ¿ha oido V. ese pájaro que acaba de cantar?
--Sí, hijo; ¿pero porqué dices eso?
--Porque ese pájaro es el diablo, que quiere llevarse mi alma.
--¡Calla desgraciado! ¿Es posible que en el momento de morir tengas esa preocupacion?
--El moribundo, vencido de nuevo por la persuasion del ministro del altar, dijo con voz clara sus culpas, y apenas absuelto murió en los brazos del confesor.
[Illustración]
Desde entonces hay esa cruz en el paraje que ha visto su merced, y en el cual nos ha cantado esta noche el pájaro malo.
--Y bien, ¿qué tiene que ver la muerte de Gregorio Rodriguez con que sea verdad que existe ese pájaro malo?
Mucho, Señor, si no hubiera aquel mozo desafiado á este, como hizo, ofreciéndole cuatro granos de sal, no hubiera seguido siempre mal guiado por el mismo; yo al menos así lo veo.
--Y yo veo que tú eres un simple, pues no conoces que ese pájaro es uno cualquiera, y que el hombre que cumple con Dios y sus semejantes está muy seguro de que no le harán obrar mal todos los pájaros buenos y malos de la tierra.
Aquí terminó la conversacion de los viajeros, que siguieron callados su camino.
[Illustración]
[Illustración]
ESCENA XVIII.
A MI BUEN AMIGO
D. PABLO SAEZ.
[Illustración]
Seguidillas.
Verás que seguidillas, Amigo Pablo, Que peor no las canta Ni el mismo Diablo.
Vaya pues una, Como esta serán todas, Buena ninguna.
Cuando miro los ojos De mi morena, De tanto que me gustan Me causan pena;
Porque quisiera Tan de cerca mirarlos Que no los viera.
* * * * *
Me gustan las morenas Por el salero, Y tambien por las blancas, De amor me muero.
Si son bonitas, Lo mismo me da rubias Que morenitas.
* * * * *
Porque un beso la pido Se irrita Clara, Y en un mes no me mira Con buena cara.
Será preciso Besarla cuando pueda Sin su permiso.
* * * * *
Si quieres que te engorden Las pantorrillas, Baila chica á menudo Las seguidillas.
Y aun mas subiera; Pero temo que alguno Me grite: ¡Fuera!
* * * * *
Tiene Paca unos dientes De tal blancura, Que á su lado la nieve Parece oscura.
¡Jesus que hechizo! Dios bendiga al dentista Que se los hizo.
* * * * *
Un médico y un cura Pasean juntos Repasando la lista De sus difuntos.
Y el boticario Les sigue de bracete Con el notario.
* * * * *
Me dijo un guapo mozo De Andalucía Que en Cádiz las estrellas Salen de dia.
Y no me admira, Que quien dijo andaluces, Dijo mentira.
* * * * *
Basta de seguidillas, Pablo querido; Tú siempre sigues gordo, Yo consumido.
Y ande la danza, Yo seré Don Quijote, Tú Sancho Panza.
[Illustración]
ESCENA XIX.
REFLESSIONES
SOBRE EL
ACTA DE LA JUNTA PÚBLICA,
CELEBRADA POR
LA SOCIEDAD ECONÓMICA
DE
Amigos del País de Puerto-Rico[7]
en
El dia 21 de diciembre de 1845.
[Illustración]
[7] En 1846 escribimos para el _Cancionero de Borinquen_ este artículo, persuadidos que eran convenientes á la prosperidad de la Isla todos los estudios comprendidos en el proyectado _Colegio Central_; mas hoy que un estudio mas detenido acerca del estado de nuestra patria nos ha convencido que viviamos en el error, pensamos de muy diverso modo, conforme se habrá visto en varias de las precedentes escenas de nuestra obra.
Fué grande el gozo que esperimentamos al leer el cuaderno del acta pública de la Sociedad Económica, y grande á la par la admiracion que sentimos al considerar los inmensos beneficios que hace al país una corporacion que no
cuenta con mas recursos que su patriotismo, ni con mas caudales que la buena administracion de sus escasos fondos; nosotros, hijos de Puerto-rico y ansiosos de la prosperidad de nuestra patria, sentimos un noble orgullo en pertenecer á un cuerpo que se desvela por ella, y que está destinado á elevarla al grado de esplendor que dan las ciencias, las artes y la industria, cuando se introducen en un país, se protegen y se estimulan.
Son tantos los acuerdos de la Sociedad que tratan de mejoras útiles, que fuera muy largo el hacer mencion de todos ellos; baste decir que no hay ramo de que no se haya ocupado, y que las reformas planteadas parecen fabulosas, si se comparan con los medios de que puede disponer. Dejarémos, aunque con disgusto, infinidad de medidas á cual mas importante, para ocuparnos de la obra magna, de la empresa que hará inmortales á los que, fiados en sus nobles sentimientos y en la paternal y generosa protección de la autoridad superior de la Isla, han tenido tal pensamiento: esta obra es el Colegio Central.
Poco mas de un año hacia que en la anterior junta pública se habia hecho una ligera indicacion sobre el particular, cuando el Sr. Director, en su discurso pronunciado en la que se celebró el 21 de diciembre de 1845, manifestaba ya haber reunido una cantidad respetable, producto de una suscripcion abierta en los pueblos de la Isla y encabezada por la misma autoridad superior: la comision nombrada por el Gobierno para dirigir este asunto ha salido del seno de la Sociedad, y hasta el plano del edificio es obra de uno de sus individuos.
Pero no es esto todo lo que ha hecho tan ilustre corporacion; conociendo la necesidad de tener buenos profesores, ha mandado á Europa á su costa dos jóvenes del país sobresalientes y de conducta irreprehensible, para que, en union de otros dos, no menos recomendables y cuyos gastos corren á cargo de un Sr. socio de mérito, estudien las ciencias naturales y métodos de enseñanza para escuelas normal é industrial y salas de párvulos[8].
[8] El socio que á su costa instruye á estos dos jóvenes, es el canónigo Dr. don Rufo Manuel Fernandez, bajo cuya direccion han venido á Europa estos y los enviados por la Sociedad.
Es necesario conocer el estado de la Isla para poder apreciar la importancia del establecimiento que nos ocupa: hay en ella elementos de riqueza y medios de hacer su felicidad que estan por esplotar; y al ocuparse principalmente la Sociedad de la enseñanza de las ciencias naturales, que debe plantearse en el Colegio Central, da una prueba de la inteligencia y buenos deseos que la animan.
La química, la mineralogía, la agricultura y la botánica son indispensables en un país que encierra en su seno infinidad de minerales, y cuya fertilidad es tan prodigiosa, que sus cosechas y la cria del ganado constituyen toda su riqueza, á pesar del atraso en que es preciso confesar que nos hallamos. ¿Quién es capaz de calcular la diferencia que habrá en el cultivo de las tierras, cuando el estudio de las ciencias naturales pueda aplicarse á la labranza
y á la elaboración de sus productos? ¡Cuántos ramos de industria, desconocidos ahora, vendrán á enriquecer á los que se dediquen al estudio de dichas ciencias!
Cuando el comercio se enseñe por principios, ¡cuántas empresas se disputarán el privilegio de abrir canales y caminos; cuántos propietarios emplearán en aquel grandes caudales, que ahora invierten en otros países! ¡Cuántas obras útiles, y aun necesarias, se emprenderán, que estan olvidadas por la falta de medios de comunicacion! Son incalculables los beneficios que reportará el país si llega á establecerse el Colegio central: la unidad en el método de enseñanza impedirá que ignorantes disfrazados con trage de maestros engañen á los padres de familia entorpeciendo á los jóvenes, y las salas de párvulos y la escuela industrial darán á las clases pobres toda la instruccion que puedan apetecer.
Este cambio prodigioso se efectuará dentro de poco, si el gobierno, como es de esperar, sigue protegiendo y alentando á los Amigos del País en su noble empresa; y si los pueblos de la Isla corresponden, como hasta aquí, con tanto desinterés á las esperanzas de esos hombres dignos de la obra que han emprendido y de la gratitud de todos los puerto-riqueños.
Mucho podríamos estendernos sobre los estudios preliminares para las facultades mayores, mucho sobre las carreras científicas, y mucho mas aun sobre el plan que debe seguirse; pero nos creemos dispensados de hacerlo, porque la Junta encargada de llevar á cabo el pensamiento del Colegio central se compone de personas cuya ilustracion es bien conocida, y cuyo voto es para nosotros muy respetable y de mas valor que el nuestro mismo; además, ¿qué pudiéramos decir cuando han escrito sobre el particular el Dr. D. Rufo Manuel Fernandez y el Sr. Conde de Carpegna? Solo suscribirémos con el mayor placer á cuanto determinen, para dar un público, aunque muy pequeño, testimonio de gratitud á la Junta, á la Sociedad Económica y á la autoridad que, conociendo los intereses del país, protege esa tendencia á la civilizacion que en él se desarrolla con una rapidez que nos entusiasma.
Acabemos de una vez los hijos de Puerto-rico de venir con estudios incompletos y mal ordenados á las Universidades del Reino, donde hasta ahora se nos ha admitido á fuerza de súplicas, porque nuestros estudios no estaban en armonía con los de estas; y no nos avergüenza el decirlo, porque ni era culpa nuestra, ni del gobierno de la Isla. La civilizacion es obra del tiempo, y en vano nos hubiéramos esforzado antes de llegar á la época conveniente.
Mas ha llegado ya esa época feliz, ha sonado para nosotros la hora dichosa en que debemos despertar, y, sacudiendo las alas del ingenio, elevarnos hasta escribir en el cielo los nombres de nuestros bienhechores. No teman estos los inconvenientes que hallarán antes de ver colmados sus deseos; cuanto mas colosales sean, tanto mayor será su obra, y por el tamaño de las obras se mide la grandeza de las almas.
Reciban por ahora esta débil muestra de veneracion que les tributamos; y cuando llegue un dia en que la ancianidad enfrie el ardor de sus nobles corazones, nosotros procurarémos imitarles, y dirémos á nuestros hijos: «Honrad y bendecid á esos hombres cuyo cuerpo no puede soportar el peso de los años, pero que e otro tiempo labraron y sostuvieron el edificio de la felicidad y gloria de Puerto-rico.»
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[Illustración]
ESCENA XX.
SONETO
Dedicado á mi apreciable amigo
DON PABLO SAEZ.
[Illustración]
El Puerto-Riqueño.
Color moreno, frente despejada, Mirar lánguido, altivo y penetrante, La barba negra, pálido el semblante, Rostro enjuto, naríz proporcionada, Mediana talla, marcha compasada; El alma de ilusiones anhelante, Agudo ingenio, libre y arrogante, Pensar inquieto, mente acalorada, Humano, afable, justo, dadivoso, En empresas de amor siempre variable, Tras la gloria y placer siempre afanoso, Y en amor á su patria insuperable: Este es, á no dudarlo, fiel diseño Para copiar un buen Puerto-riqueño.
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ESCENA XXI.
LA LINTERNA MÁGICA.
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Una de las cosas que distinguen mi carácter, y que en él sirven de contraste á ciertos arranques impetuosos, es la grandísima flema con que muchas veces me detengo, aun en los parajes mas públicos, á mirar objetos que son tenidos por la gente de frac y levita como indignos de llamar su atencion; así no es estraño hallarme con tamaña boca abierta parado delante de una tienda de estampas contemplando una testa contrahecha de Napoleon, un Gonzalo de Cordóva patituerto, ó un Luís XIV jorobado, y allí me estoy largo rato, para despedirme despues con una sonrisa: tampoco es raro el verme detenido en medio de una calle, estorbando, si es menester, á los que pasan, para oir la ensarta de disparates con que un ciego publica el romance nuevo, donde se da razon de la batalla sangrienta de los doce Pares de Francia contra los moros mandados por don Juan de Áustria.
[Illustración]
Un dia, no muy lejano de este en que escribo, iba yo por una calle muy concurrida, cuando picó mi natural curiosidad un grupo de personas apiñadas al rededor de una especie de cajon pintado de verde y colocado sobre un trípode de cuatro palmos de elevacion, y que tenia en el frente que daba á los espectadores un cristal de forma circular. Cada uno de los que se acercaban á mirar por él entregaba un dar de cuartos á un hombre estravagantemente vestido, que tocaba el tamboril; mientras un muchacho de unos doce años, cubierto de harapos, y no tan limpio como cualquier cosa sucia, gritaba sin parar, diciendo:
--Vamos, señores; ¿quién por dos cuartos no ve todos los paises de la tierra y de la luna? Reparen el ahorro de dinero que esto puede proporcionarles.
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--Aquí, aquí, señores y señoras de ambos secsos, y verán, sin necesidad de estropearse corriendo en un carruaje, de marearse navegando, ni de morirse de hambre y de asco en las posadas, todo lo que pasa desde la isla del gigante Rebientapanzas, situada en el cuerno izquierdo de la luna, hasta los trópicos del polo norte, y desde allí hasta la casa del Preste Juan de las Indias.
Los circunstantes pagaban é iban mirando uno despues de otro por el cristal, retirándose despues muy satisfechos; el muchacho gritaba mas fuerte cuando disminuia el número, y así continuó por un largo rato: íbame yo á marchar, cuando le oí que decia entre varios otros despropósitos:
--Ea, señores, aprovechen el dia, que esto no se logra sino una vez al año; saquen esos cuartejos que se les estan pudriendo en los bolsillos, y prevengan otros para esta noche, que el maestro dará una gran funcion de magia en la calle de los Imposibles, número treinta, primera habitacion bajando del cielo. Allí verán ustedes como se adivina lo que ha de venir, y se dice lo que cada prójimo piensa de los demás, y los demás de él.
Al escuchar esto me acerqué al que el muchacho llamaba maestro, y que en realidad le convenia este dictado en la ciencia de los embrollos y mentiras.
--Oiga V., le dije, seria V. capaz de alcanzar lo que pensarán de cierta obrita en cierto país que yo sé.
--Sí señor, y por de pronto digo: que esa obrita se titula _El Gíbaro_ y V. es el autor.
Quedéme pasmado, y él añadió:
--No estraño la turbación de V.; lo mismo sucede á todos; pero, perdone V. que no puedo entretenerme, y si quiere ver maravillas no deje de ir esta noche á mi casa.
En efecto, llegué á ella de los primeros, y despues de aguardar cerca de dos horas, se corrió una cortina, y empezó la funcion por mi pregunta, que habia sido la primera, despues de un rato de música de pito y tamboril.
--Muchacho, dijo el charlatan, métete dentro del diablo.
Así llamaba una cara disforme mal pintada en un lienzo blanco, detrás del cual se metió el asqueroso muchacho.
--¿Estás ya listo?
--Sí señor, ya estoy dentro.
--Vamos pues, dime lo que ves; prosiguió el maestro, á guisa de magnetizador.
--Señor, veo una ciudad en que hay unos cuantos que oyen leer un libro: los unos rien, los otros bostezan; que bueno es esto, dicen unos; que malísimo, dicen otros; cada cual cree conocer mejor que los demás donde está el mérito y donde las faltas.
--Bueno, muchacho; y ¿qué mas?
--Hay uno que dice que el autor es rubio; otro que moreno, y otro que negro.
--Muchacho, sigue, esos son unos tontos.
--Señor, hay una vieja que dice que es hereje.
--Chico chico, deja esa vieja, que despues de haber dado, como se dice, la carne al diablo, quiere dar ahora los huesos á Dios.
--Hay dos guapos mozos que en cada personaje ven un retrato de una persona que conocen.
--Pues dale un coscorrón á cada uno de esos guapos mozos, para que aprendan á ver la falta y no el culpable, y para que sean mas nobles y no crean tan bajo al autor.