Part 8
--Sí un trabajo ímprobo; se me antojó decir un dia que me gustaban mucho las flores, y ¿qué hiciste? encargas á los corresponsales, que tienes en las cuatro partes del mundo, un millon de plantas diversas; viene luego tu hermano, que es tan perillan como tú, y en un abrir y cerrar de ojos convierte el corral en un paraíso, donde paso dos ó tres horas cada mañana tronchando flores, porque no hay ni una yerba que arrancar, tal es el cuidado del jardinero.
En este momento llegó el Sr. Cura, apoyado en un grueso baston, adminículo que le era ya preciso, pues llevaba veinte años sobre los cincuenta que tenia cuando tan buenos consejos habia dado á los dos compadres: el mercader los siguió conforme ofreciera en aquella época, y no tuvo motivo de arrepentirse, pues los dos niños de entonces eran el comerciante rico que conoce el lector, y el hacendado que habia dirigido la obra del jardin. Apenas pasaron entre los tres los cumplimientos de estilo, llegó el labrador á quien no pudieron convencer las razones del buen Sacerdote. Venia cabizbajo, y su rostro espresaba un acerbo dolor.
--¡Ah! Señor Cura! ¡Cuánto deseaba hallar á V. para que me consolara! ¡Vengo loco... creo que mi cabeza se trastorna!
--Vamos á mi casa, y allí veremos si puede dar á V. un consuelo este pobre viejo, que ya pertenece mas al otro que á este mundo.
--No se moleste V. señor Cura; lo que tengo que decir no es un secreto para mi compadre y mi ahijado, ¡Oh! añadió lo que á mi me pasa no es mas que un castigo del cielo por haber desoido la voz de un ministro del Altísimo ¡Qué desgraciado soy!
¿Recuerdan Vds., continuó dirigiéndose al señor Cura y al otro anciano, lo que pasó en este mismo lugar hace veinte años? Yo, terco é imbécil, me reí de mi compadre que dió á sus hijos una enseñanza acomodada á su inclinacion, y dejé á los mios en la mas completa ignorancia: aquellos son la envidia de todo el pueblo, y yo no recibo sino pesares, que acabarán pronto con mi vida: mis hijos no se acompañan con personas decentes, porque dicen que todos se les rien en la cara; no trabajan en el campo, alegando que se revientan y no ganan un maravedí; al paso que nuestro vecino, el hijo de mi compadre, con quien estan reñidos sin motivo, gana cuanto quiere, sin molestarse, porque labra la tierra de un modo que ellos ignoran; se entregan al juego y á otros vicios, que les enseñan sus malas compañías; cuando pretendo reprenderles, me contestan que yo tengo la culpa, porque no les enseñé á trabajar de un modo que no tuvieran que matarse; y si les digo que imiten la conducta de mi ahijado y de su hermano, me responden que eso será cuando yo imite la de mi compadre y no crie hijos tan rústicos como ellos.
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Esta tarde misma he tenido en casa una escena terrible: me trajeron al menor de ellos de una casa de juego, donde habia tenido una disputa, con una grande herida en la cabeza; y el otro me dijo hecho una furia, cuando yo estaba lleno de mortal congoja: V. responderá á Dios si mi hermano muere, y yo me iré de mi tierra, á servir de soldado en un país donde me maten pronto de un balazo para acabar con una vida que me es insoportable... ¡Qué haré, Dios mio, qué haré! Las palabras de mi hijo, que me acusa de haber causado la desgracia y quizá la muerte de su hermano, me desgarran el alma. ¿A quién acudir en tal conflicto?
--A la Religion, que cura todos los males del alma, dijo el sacerdote con acento sublime. Voy á mi casa y dentro de una hora estaré en la de V. ¿Encontraré allí á su hijo mayor?
--Sí señor; porque no se mueve del lado del herido, y llora y se desespera tanto como yo.
--Bien, iré; y con la ayuda de Dios daré otra direccion á las inclinaciones de aquellas almas excelentes aunque algo viciadas.
--¡Ojalá no sea demasiado tarde, esclamó el padre infeliz y cayó desmayado en una silla!
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ESCENA XV.
Á MI AMIGO
D. Miguel Delgado.[5]
[5] Publicada en el Cancionero de Borinquen.
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Te juro mano Miguey Que me tiene espiritao Ey vel que en un veyvo en gracia De sopeton te has casao. Y asigun me ise Pablo Ey goldo de Jumacao, La jembra es mosa de gaybo Y de aquey arrematao. Dios te la eje gosay Arrimaito á su lao Jasta que ay ñeto mas nuebo Yegues á beyo casao. ¡Ja Miguey! ¡cuánto me acueldo De aquey queso esmoronao En ey café con apoyo Que en Caguas bemos tomao, Dey majarete, toytiyas, Jayacas, lichon asao, Y de otras mil burundangas, Que pa reyes je prebao, Cuando eras mi camará, En ey Barrero mentao! Aqueyo era divelsion Cuando yo y tú á lo cayao Ca uno diba en su chongo, Ey jumaso encandilao, Pasando los matoyales Poy baylal un sapateao. (No te jablo de las mosas Que bemos enamorao, Polque no sé tu mugey Como tiene ey aqueyao De los selos, y es mejoy Que en esto sea arreseybao). Pues, ¿aqueya boldonúa De Gaytan el afamao, Los trobos dey Caraqueño Y ey güiro dey Colorao? No sabe lo que se pielde Ey que no los ja escuchao. ¿Y lo de vey la pelea De un gayo bien coleao, Pinto, giro, canagüey, Gayina ó rubio quemao, Que son los sinco colores Que siempre mas me han gustao? Cuando ya dambos á dos En ey peso han igualao, Se da, ó no, pata y cabesa Confoyme hubieren tratao, Los agusan, los rusian Y si ey dia es abansao Les dan tres ó cuatro granos De maís medio mascao. Luego que la talanquera La gente ha esocupao Jasen dos rayas iguales, Y uno y otro ñangotao, En su raya cáa uno _Á pical_ ó _separao_ Sueytan los gayos, y empiesa Pol ensima ey apostao. --¡Yo doy un beinte á dos pesos! --Pagole ay rubio quemao. --¡Pica gayo!--¡Engriya giro! --¡Mueyde al ala renegao! --¡Juy! que puñalon de baca! --¡Caniyera y espicao! --Si ey giro pica la pluma, Se juye ey rubio quemao. --_¡Caréo!_ se dan aygunos, Y ey gayero, que ha chupao La sangre, tiene los besos Que paece un condenao. Ey uno juye, ó lo tumban, Ó muere, ó es levantao, Y se acabó la pelea, ¡Con qué aquey dey que ha ganao! Aqueyo es gusto, Miguey; Y no que aquí me han mandao Á que me jaga un Dotol, Ó ay menos un Lisensiao: Y estoy ¡juro á los Demoños! Jarto de estal separao Dey plátano y de la piña, Y esto me tiene.......ajorao.
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ESCENA XVI.
CARRERAS
DE S. JUAN Y S. PEDRO[6].
[6] Publicada en el Cancionero de Borinquen el año 1846.
Las fiestas de S. Juan y S. Pedro se celebraron en el año pasado con una animacion nunca vista y se dieron premios á los mejores caballos.
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Si la nobleza de las cosas consistiera solo en su antigüedad, difícilmente se hallaria una mas noble que el correr. Es indudable que el primero que corrió fue el primero que tuvo piernas, y las piernas son tan antiguas, que ningun buen cristiano puede negar que datan desde nuestro padre Adam; aunque se veria muy apurado
el que pretendiera demostrar en que tiempo han sido mas ó menos útiles.
Yo creo que, á pesar de su dignidad, no dejaria nuestro primer padre de dar algunas carreritas cuando no tenia otra ocupacion que gozar de las delicias del paraíso en compañía de Eva; y á juzgar por lo que nos sucede á sus míseros descendientes, debió correr mucho mas, y con menos alegría, desde el momento en que se le acabó tan buena vida y tuvo que ganar el pan con el sudor de su rostro.
Desde tan remota antigüedad hasta la época en que vivimos no hay quien de un modo ú otro no haya corrido: unos á pié, otros en pollino, unos al paso, otros al trote y no pocos á todo escape, todos caminamos; y aunque de distinto modo y por vias á veces encontradas, llegamos siempre al mismo término.
Pero no es mi intento hablar de tantos y tan diversos modos como hay de llegar al fin de nuestra carrera, porque es asunto demasiado grave, que me guardaré muy bien de tocar; solo quiero ocuparme de lo que comprende el título de este artículo, y todo lo que no sea «Carreras de S. Juan y San Pedro en la Capital de Puerto-Rico» queda escluido de él.
A pesar de mi genio, procuraré, lector querido, ponerme un poco serio, porque la costumbre de un país es cosa delicada y debe tratarse con circunspeccion. Solo pido que tengas en cuenta mi buen deseo, para que disimules las faltas, que no será estraño cometa el que hace algunos años salió, siendo todavía muy jóven, del país cuyas costumbres ensaya bosquejar.
Hay ciertos dias, en los cuales las poblaciones mas pacíficas, las ciudades mas bien gobernadas, ricas é industriosas y las aldeas mas pobres, parece que, obedeciendo á un instinto particular, se complacen en salir de las reglas que guardan durante todo el año; dias de bullicio y confusion, que cada país, y aun cada pueblo, tiene segun su índole y el grado de civilizacion en que se encuentra; dias en que el magistrado no es magistrado, porque no ejerce sus funciones; en que el mercader cierra su tienda, y el artesano su taller; dias fecundos en aventuras amorosas, y en que las bellezas mas altivas suelen sonreir al que han hecho suspirar por mucho tiempo; dias de esperanza para los jóvenes, y de recuerdos para los ancianos; dias finalmente en que las mayores estravagancias son admitidas, con tal que vayan autorizadas con el sello de la costumbre.
Los de S. Juan y S. Pedro son en la Capital de Puerto-Rico del número de estos, y una de las cosas con que los habitantes de la Isla los amenizan son las carreras á caballo. Hé aquí lo que sobre ellas dice D. Iñigo Abad en su historia de Puerto-Rico, dada á luz en Madrid en el año 1788.
«Las fiestas principales (dice) las celebran tambien con corridas de caballos, á que son tan propensos como diestros. Nadie pierde esta diversion: hasta las niñas mas tiernas, que no pueden tenerse, las lleva alguno sentadas en el arzon de la silla de su caballo. En cada pueblo hay fiestas señaladas para correr los dias mas solemnes. En la Capital son los de S. Juan, S. Pedro y S. Mateo. La víspera de S. Juan al amanecer entra gran multitud de corredores, que vienen de los pueblos de la Isla á lucir sus caballos cuando dan las doce del dia; salen de las casas hombres y mugeres de todas edades y clases, montados en sus caballos enjaezados con la mayor ostentacion á que puede arribar cada uno. Son muchos los que llevan sillas, mantillas y tapafundas de terciopelo bordado ó galoneado de oro, mosquiteros de lo mismo, frenos, estribos y espuelas de plata; algunos añaden pretales cubiertos de cascabeles del mismo metal. Los que no tienen caudal para tanto, cubren sus caballos de variedad de cintas, haciéndoles crines, colas y jaeces de este género, adornándoles con todo el primor y gusto que pueden, sin detenerse en empeñar ó vender lo mejor de su casa para lucir en la corrida.
«Esta no tiene órden ni disposicion alguna: luego que dan las doce de la víspera de S. Juan, salen por aquellas calles con sus caballos, que son muy veloces y de una marcha muy cómoda. Corren en pelotones, que por lo comun son de los parientes ó amigos de una familia; dan vueltas por toda la ciudad sin parar ni descansar en toda la noche, hasta que los caballos se rinden. Entonces toman otros, y continuan su corrida con tanta vehemencia, que parece un pueblo desatado y frenético etc.....»
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Esto sucedia en aquellos tiempos en que Puerto-Rico era, segun el mismo escritor, una carga pesada para la Metrópoli; ahora que se ha convertido en uno de los brillantes de la Corona, en esto, como en todo lo demás, ha habido muy notables variaciones. ¿Quién se atreveria á decir hoy que los naturales de ella no se detienen en vender ó empeñar lo mejor de su casa para lucir en una corrida? Mas aun: ¿Quién osaria repetir una de aquellas célebres cuanto vergonzosas _Cantaletas_, que recordamos hasta los mas jóvenes, y en las cuales no se respetaba el honor, ni los secretos de las familias? La civilizacion y el buen juicio han desterrado estos abusos, y no debo ocuparme de ellos, puesto que no hay ya que corregirlo.
Las carreras de S. Juan y S. Pedro son en el dia una diversion honesta, grata y que puede utilizarse en bien del país; habiendo desaparecido de ellas todo cuanto tenian de inmoral y vicioso. Mas empieza ya á tocar al otro estremo; esto es, pierden su atractivo y se van haciendo cada dia mas insípidas. No llega ni á la mitad el número de los ginetes, y las señoras abandonan este medio de lucir su gallardía; de manera que si no procura remediarse, llegará dia en que solo se conserve un recuerdo de lo que ha sido y es aun una de las mejores fiestas del país.
A pesar de esta decadencia, es agradable el ver las parejas que despues de las cinco de la tarde, y no á las doce del dia, recorren las limpias y hermosas calles de Puerto-Rico. Todavía algunas jóvenes elegantemente vestidas ostentan su habilidad, manejando con soltura y sobradísimo garbo briosos y ligeros potros de Caguas y Yabucoa, que parten como el rayo, y se detienen al movimiento de una manita que apenas alcanza á abrazar las riendas. Los balcones ostentan cuanto hay en la Capital de distinguido, bello y de buen tono; y el pueblo, esparcido por las calles y las plazas, se entrega al gozo que le produce una diversion tan de su gusto.
Una ó dos horas despues de oscurecer, está llena la plaza de armas, de caballos, buenos y malos, feos y bonitos, flacos y gordos, veloces y pesados: ninguno está excluido de ella, para que los aficionados menos ricos ó que no quieren correr por la tarde, puedan hacerlo por la noche, mediante un alquiler sumamente escesivo, pero que siempre parece poco al que desea llevar una _cumarracha_.
Por la tarde es atrozmente silbado y escarnecido el que se atreve á presentarse en la carrera con un mal caballo, ó que no esté bien enjaezado; por la noche sucede todo lo contrario: las cómodas y económicas _banastas_ reemplazan á la silla; y una fresca chaqueta de lienzo al rico dorman de paño, que es el vestido que mas usan los que corren á aquella hora. Poco importa que el animal sea de _primera_ casta, ó un descarnado _platanero_, que no por esto queda sin correr, sino que lleva su ginete, y quizás por añadidura una de aquellas morenitas capaces de hacer bailar la _jurga_ á un magistrado del tiempo de Cárlos tercero.
En muchas esquinas encienden hogueras, cuya luz unida á la que presta el escelente alumbrado de aquella ciudad, permite distinguir perfectamente las fisonomías. El frente de las casas es ocupado por una hilera de sillas, y estas por otros tantos curiosos, que cruzan dichos, á veces muy agudos, con los que pasan por medio de la doble fila á todo correr, y con los de la acera opuesta; pero el centro comun de estas agudezas, el teatro de escenas mas animadas, el punto de reunion de la gente de broma, es el atrio de la Catedral, llamado en aquellos dias _Balcon de los arrancados_.
El estar en la calle del Cristo, una de las mas favorecidas por los corredores, el tener á su frente una plaza, y el ser un lugar espacioso, de poca elevacion y seguro por estar murallado, dan á este sitio la preferencia; reuniéndose en él una especie de tribunal, que juzga la bondad de los caballos, y se encarga de aplaudir á los bonitos y ligeros, y silbar estrepitosamente á los flacos y pesados; llamándoles _chalungos_, _chongos_, _chacuecos_, _sancochaos_, y otros mil adjetivos que tienen los inteligentes, uniéndolos á las frases mas chistosas y oportunas.
Este bullicioso y alegre cuadro, es el que presenta la ciudad de S. Juan B.ª de Puerto Rico las cuatro noches de la víspera y dias de S. Juan y S. Pedro hasta las doce; á cuya hora una banda de música militar ejecuta varias piezas en la plaza de armas, rodeada de todos los corredores, que de allí van á descansar sus doloridas y magulladas humanidades.
Los que tienen la costumbre de llamar barbaridad á todo lo que no sucede donde nacieron, dirán que lo es el correr tantas horas seguidas, de noche y en varias direcciones, por las calles de una ciudad; mas esto que á primera vista no tiene réplica, es un reparo que causaria risa á mas de un corredor; porque la claridad del alumbrado, la anchura, rectitud, limpieza y hermoso empedrado de las calles, la bondad de los caballos, y sobre todo la suma destreza de los naturales, hacen ilusorios los riesgos que en otro país serian inevitables.
No se crea que hablo apasionadamente cuando coloco entre las causas que pueden impedir desgracias en estas corridas la destreza de mis paisanos: véase lo que dice D. Iñigo Abad sobre el particular, y aun se me tachará de escesivamente corto al encomiarla. No sé que haya en toda la Isla una sola escuela de equitacion, porque el montar á caballo es para aquellos isleños lo mismo que el vestir; sobre todo en los campos, donde apenas puede hacerse una diligencia ó visita, y en algunas épocas ni salir de casa á pié, por el agua de las lluvias y por otras causas que juiciosa y oportunamente cita el mismo autor.
Tales son las carreras de S. Juan y S. Pedro, diversion que he calificado antes de honesta y grata, porque en ningun país, inclusos aquellos que se tienen por mas civilizados, hay una fiesta popular que menos ofenda á la moral; y si algun hecho aislado hay á veces en contra de ella, no es culpa de la costumbre, sino abandono de parte de los que estando al frente de una familia, debieran impedirlo, cuidando de ella como es su deber. En cuanto á las espresiones que se oyen alguna vez, ¿qué sucede en las plazas de toros, en el entierro del Carnaval, y en todas las fiestas á que concurren y en que se mezclan todas las clases de la sociedad?
La aficion del pueblo á este espectáculo no necesita mas prueba que lo dicho; fáltame esponer la conveniencia de mantenerlo y alentarlo, y el bien que de ello sacaria el país.
Aparte de la distraccion, hay una ventaja positiva, una mejora de grande utilidad, cual es el fomento de la cria caballar. En un país donde por el estado de los caminos son tan necesarios estos animales; en un país de donde se saca el ganado para las islas vecinas, en que la cria es casi nula, ya que tenemos tan escelente raza de caballos, ¿porqué no estimular á los labradores? ¿porqué no ensayar algun medio para introducir este nuevo ramo de comercio?
Todos sabemos el furor de corridas, apuestas, etc. que hay en las principales capitales de Europa; mas no es esto lo que yo pretendo que pudiera plantearse en Puerto-Rico, porque á mi modo de ver, el premiar el caballo que corra mas en media hora, no es, como nota muy bien nuestro festivo Fr. Gerundio, el modo de mejorar la raza: además, aquello de que el mismo dueño no monte su caballo, sino que sea un _Yokey_, aunque muy bueno para las capitales de Europa, lo juzgo inoportuno y hasta ridículo en mi país; y así otras muchas cosas que, atendida la diversidad de costumbres, fuera errado el querer trasplantar.
Yo preferiria á todo que hubiese una junta compuesta de criadores y aficionados, que no faltan en la Isla, que tienen actividad, buenos deseos, y que se alegrarian de que hubiese para ellos un estímulo.
Que esta junta, presidida por la autoridad superior, ú otra que esta nombrase, hiciese un reglamento, sin mas artículos que los precisos para señalar á cada uno sus atribuciones, y los premios que habian de darse:
1.º A la mejor yegua de vientre. 2.º Al caballo mas ligero. 3.º Al mas bien domado y enseñado. 4.º Al mas corpulento y de mas fuerza. 5.º Al de mejor estampa.
Que cada año por S. Juan y S. Pedro se reuniesen en la capital, como lo verifican ahora, para la prueba, comparacion y adjudicacion de premios, en cuyo acto se desplegase todo el aparato posible.
Que se publicasen en los periódicos los nombres del dueño y del caballo premiados, y que se hiciesen algunas otras cosas que son buenas para dichas en un reglamento, y ajenas de un artículo como este.
Hé aquí el modo de aumentar el brillo y atractivo de estas fiestas, y utilizarlas en bien del país: puede que me equivoque, pero ya que todo empieza á desarrollarse en la Isla, ya que hay esa tendencia á perfeccionarlo todo, no seria en mi concepto desacertado el ensayar este medio, en estremo económico, de premiar al hacendado laborioso, y distraer al pobre jornalero.
No tengo la presuncion de creer que el medio indicado sea el único; mi idea es la de llamar la atencion de la Sociedad Económica de amigos del país sobre una mejora útil, cual es la perfeccion de la raza caballar; habrá muchos que propongan otros mejores; pero lo que ellos me aventajen en acierto no hará menos ardientes mis deseos por el bien y la prosperidad de Puerto-Rico.
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ESCENA XVII.
EL PÁJARO MALO.
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Si el lector ha hecho alguna vez el camino de Caguas á la Capital de Puerto-rico, recordará el hermoso valle que media entre la cuesta de _Quebrada-arenas_, y el cerro llamado de la Mesa; valle ameno y muy fértil, regado por el rio Cañas y la _Quebrada-arenas_, y sembrado de infinidad de árboles, algunos de los cuales, situados á la orilla del camino, sirven de dia para guarecerse el viajero de los ardores del sol, y mienten de noche fantásticas apariciones que asustan á mas de un supersticioso.
Dos caminantes atravesaban este valle en una noche de enero á las dos de la madrugada: el uno, jóven de veinte años, de cabello y ojos muy negros y relucientes, tez morena y con aquel tinte amarillento tan general en los criollos descendientes de europeos sin mezcla de otra raza, montaba un hermoso caballo negro, cuyas orejas pequeñas y móviles seguian de continuo la direccion del menor ruido causado por el aire, ó de cualquier objeto en el cual se reflejaba la luz dudosa de la luna menguante que acababa de salir. El otro, mulato bronceado, de formas atléticas, y vestido con sombrero de paja y camisa y pantalon de tela blanca, iba sobre un alazan, que sino igualaba en la casta al caballo de su jóven amo, llevaba no poca carga sin dar la menor señal de flaqueza.
--Jacinto, dijo el primero de estos dos personajes, parece que vas cabeceando procura tenerte firme, que caerás si te descuidas.
--Es verdad, niño, pero tambien lo es que tengo motivo para ir dando el piojo: hace cuatro noches que apenas duermo.
--Tampoco he dormido yo, y sin embargo me mantengo firme.
--¡Ah! cuando yo tenia la edad de su merced no me dormia aunque pasara quince malas noches; pero aquel era otro tiempo, ahora tengo veinte años mas, y no puedo llevar mucho huevos de punta.
--Tienes razon, aquel era otro tiempo, contesto el jóven en tono de mofa: ¡qué buena pieza serias entonces! ¿cuántas muchachas tenias enredadas?
--Ninguna, niño, en mi vida he querido á nadie, mas que á Juana mi mujer, la criandera de su merced, y me alegro mucho de ello; porque ella me ha querido y me quiere lo que nadie puede pensar.
--Sí, buena pieza, ya lo sé, y tampoco ignoro que, en el año que yo nací, tuvo mi padre que casaros por lo mucho que os habiais querido antes de estar autorizados para ello.
--Vamos, niño, su merced siempre ha de ser el mismo: ¿quién hubiera dicho cuando lo paseábamos de noche en brazos porque no cesaba de llorar, que habia de ser despues tan amigo de reirse á costa del prójimo?
--¿Con que entonces no te echaba pullas?...
--_La cruz de Nazareno te caiga debajo, y te levante un millon de leguas mas arriba de las estrellas_, gritó el mulato, interrumpiendo á su amo.
En este instante comenzaban á bajar una pendiente, habiendo dejado algunos pasos atrás, y á la izquierda del camino, una cruz de madera, que hacia años estaba en aquel sitio clavada en tierra. El mulato se habia quitado su sombrero, y rezaba temblando de miedo.
¿Empiezas ya con tus majaderías? dijo el jóven fingiendo estar enfadado ¿Á qué vienen esos gritos?
--Niño, no son majaderías; he oido cantar al _pájaro malo_.
--Calla, tonto, ¿qué mas pájaro malo que tú?