El Folk-lore Filipino (Tomo I)
Part 9
«En este respetable concurso y muy apreciable reunión (la repetición es propia de la poesía ilocana) soy el elegido para dar alegría á la tristeza, pues si el corazón se halla bajo la sombra del pesar, dolores caerán sobre nosotros como las olas del mar.--Bien que yo comprenda mi poco valer, declaro, sin embargo, mi amor, ya que adorar no está prohibido, pues dicen los sábios, que el amor es ciego, (llama la atención que los filipinos, en general, saben, que Venus y Cupido son dioses de la hermosura y del amor), que cautiva á los ricos y pobres.--Por eso, vida de mi alma, clara y radiante motiá (fuego fabuloso, que sale de la boca de los gallos privilegiados), contesta pronto confirmando la certeza de que no son iguales el ciego y el que tiene sana vista; vamos, contesta si es cierto lo que he dicho.»
A esta provocación, la jóven responde entonando versos ilocanos que literalmente traducidos, dicen:
«Ya que pides mi opinión acerca de lo que acabas de decir, te manifestaré que ciertamente el amor no escoge, y para él, tanto el rico como el pobre valen lo mismo.--Pero hay muchas clases de amor: hay engañoso, lo cual es crueldad, amor fraternal y amor universal, siendo el más estimable el amor que enlaza á dos corazones, si se sabe conservarlo.--La ley y nuestra dulce religión no lo prohiben, y el sabio se vuelve necio, si este amor (conyugal) lo domina, por eso este amor, repito, es el más apreciable, ante el cual los reyes se hincan de rodillas.»
En ésto, ambos bailarines entonan á duo una estrofa, con la que ruegan á los concurrentes disimulen la modestía de su zarzuela improvisada ó arikenken.
IX
CENCERRADAS
Éstas, en su significación genuina y vulgar, no existen en la comarca ilocana. Pero según se desprende de las palabras y esplicaciones del folk-lorista andaluz, D. Luis Montoto y Rautenstrauch, las cencerradas vienen á ser actos de desagravio á Cupido. En este sentido se citan en los pueblos ilocanos algunos casos, de los cuales voy á relatar á nuestros lectores y á los folk-loristas peninsulares en particular, que no se olvidaron de nuestro querido Archipiélago al redactar su programa folk-lórico, un caso, curiosísimo por cierto, que ocurrió en Abra.
Una jóven, vecina de aquella provincia, trataba de casarse con un galan, á pesar de las relaciones amorosas que la unían á otro caballero. Este se propuso vengar á todo trance al dios ciego, pues se habían jurado amor eterno.
En la noche víspera de la boda llevó al frente de la casa de la novia la banda de música de Banged, que era numerosa. Dieron una serenata ó emprentada, y en uno de los intermedios cantaron varias coplas ilocanas, que no carecerán de valor folk-lórico.
Vamos á traducirlas procurando conservar su sal y pimienta,
«Escucha, mujer, la última palabra del que habeis amado, engañado y hecho una traición: creí que eras mujer discreta, pero hoy veo que estás saturada de coquetería. Desde un principio aceptaste mi amor, demostrando con tu boca (!), miradas (!!) y acciones (!!!) tu amor.... que me retiraste en un momento. ¿Porqué, cuando manifesté mi hastío de tí, por prever que me ibas á engañar; porqué me dijiste que nó, y que mucho me querías, cuando ahora me niegas rotunda y vilmente? Cásate, pero escoge á un esposo, que tenga grande corazón para poder soportar las flaquezas de su prójimo, pues tu debilidad exige la valentía de un esposo tres veces santo. ¿Cuando podrás, desterrar esa conducta tuya, propia de la mujer á quien todos gustan?... ¡Nunca! Busca tu pues, un esposo muy indulgente.»
X
PIROPOS
Hem, ¡ehem! Cuando en Ilocos se oyen esas interjecciones quejosas, guturales y casi ahogadas, es porque habrá pasado una linda balasang (soltera) alrededor de un fastidioso donggial, (pretendiente). Los tagalos también emplean este piropo.
¡Nagpintás ket ni kabsaten! (¡Qué hermosa es mi hermana!)
¡Makagatko man la koma dediay butóy ni adi! (¡Si yo pudiera morder las pantorrillas de mi hermana!). Este requiebro suelen echar los aguadores á las jóvenes ilocanas, que cuando van al rio á sacar agua potable, remangan la saya, quedando en pernetas.
En los bailes se oye algunas veces esta lisonja «¡quién será más dichoso que yo, teniendo en mis brazos al ángel de la hermosura y bondad!» Con esto suelen comenzar discreteos amorosos. [52]
Cuando un objeto llama la atención de una balasang y ésta esclama: ¡qué bonito es!--Muchas veces se le contesta: eres más bonita.
Para echar una lisonja, los ilocanos comienzan preguntando y ... ¡ay que preguntones son mis queridos paisanos! Es gracioso el siguiente piropo:
--¿Es cierto que se casa V?--Pregunta un pollo.
--No.--Naturalmente contesta la pollita.
--¡Ah! ¡¡vamos, hay plaza vacante!!
Y comienza la conversación amorosa.
XI
VIVIENDAS, MUEBLAJE Y UTENSILIOS
Se ven varias clases de casas: las hay todas de ladrillo; de idem el piso bajo y de tabla lo demás; de tabla con techumbre de nipa: de caña con techumbre de cogon. Estas últimas se llaman pinag-ong, si la techumbre es cuadrada, ó mejor dicho, si los vértices de sus cuatro triángulos laterales se reunen en un mismo punto; y tinobtóbeng si es de forma cuadrilonga.
Las casas de mampostería son todas de ladrillo, excepto los cimientos que son de piedra; en el agua con que se hace la argamasa de cal y arena, ponen hojas de un árbol denominado sablót (Tetranthera Roxburghii, Nees; Sebifera glutinosa, Lour.) para que sea pegajosa. Y en efecto, resulta sólida la construcción.
La casa de tabla es por lo regular de 12 varas de largo por 6 de ancho y 8 de alto; sus materiales, de madera y caña; su bóveda, de caña-bojo, que labran de la manera siguiente: primero dividen en dos partes dicha caña y la machacan para que se aplane y después las entrelazan como una esterilla y las colocan formando ángulo arriba. El techo es de nipa, cogon y en algunas de caña. El tabique de la parte baja es de caña tejida.
La casa de caña es de 10 varas de largo, por 6 de ancho y 7 de alto; se compone enteramente de cañas; se construye como la anterior, con la diferencia de que es baja y apenas puede entrar rectamente una persona en el zaguan. El techo es de cogon. Al pié de la escalera de éstas hay un pequeño pátio cercado y denominado panaltagan, que sirve para trillar el palay. No se pinta.
La choza (kalapao ó abong) ó casita de campo, es por lo regular de 3 varas en cuadro y 4 de altura y se compone de cogon y caña. Hay algunos que ponen por tabique la caña-dulce seca. Los bajos de la casucha no pasan de una vara de altura. Tampoco se pinta.
Además de las casas, tienen los agamang construcciones cuadradas de materiales lijeros, colocadas sobre cuatro pilares de madera; se elevan una braza del suelo, estando al aire libre el piso bajo; su base es pequeña y se vá ensanchando de abajo arriba para volver á achicarse, semejando á la forma de un polígono de cinco lados inscripto en una circunferencia; y sirven para guardar palay. Los camarines de otra forma se llaman sarosar ó kamalig.
El mueblaje de la casa de piedra se compone de sillas de bejuco y madera, hechas en la misma provincia. El interior está pintado de blanco. Usan lámparas, quinqués, vasos de luz y tinhoy (candil): cuecen en cacerola ó karahay. Usan vasos de cristal, platos, aparadores, roperos, catres, baules, árganas ó cofres de cuero y otras cosas más.
Los muebles de las casas de tabla son pocas sillas, bancos de madera, y de caña dividida y amarrada con bejucos, denominados lankapi (papag). Se pintan algunas por el exterior y aún el interior, pero esto es raro. Guisan en ollas de barro y algunas veces en karahay. Tienen platos y vasos; pero solo los usan en las fiestas: comen en dulang que es una especie de mesa que no pasa de dos palmos de altura; hay también bancos muy bajos para aquella; mesas en que se ponen las imágenes sagradas; roperos, baules, kubéng que es una especie de baul redondo, de caña y no pasa de un palmo de altura, lupao que es como el kubéng de magnitud y tres palmos de altura y sirve para poner sábanas y mosquiteros, según un ilocano del Norte.
En las casas de caña hay pocas sillas, bancos de caña, sillas de idem de forma cuadrada, que no pasan de dos palmos, sin respaldar, Raras son las casas que tengan platos y vasos de agua, y si los tienen, no los usan sinó en días de fiesta; en las demás usan ungot ó tabo. Comen sentadas en cuclillas y alzan el duyog (plato de cáscara de coco) acercando la comida á la boca, principalmente la gente del campo. Tienen mesas en donde se colocan las imágenes sagradas, baules, kubéng y lupao.
Las casuchas y casas rústicas tienen bancos de caña. Guisan en ollas. Sus platos son de la cáscara de coco. Comen sentados en cuclillas. No tienen mesas, sinó solamente baules y kubéng.
Son raras las casas de Ilocos Norte que no tienen gallinero, cuya magnitud no pasa de dos varas en cuadro y su altura 3 y media; le llaman kagab, y kakab en Ilocos Súr.
Los utensilios son cucharones de madera y cáscara de coco, cuchillos grandes, que se llaman badáng, bunéng, immokó etc. según su mayor ó menor dimensión, esteras ó petates; azador, parrilla, latok (platos de madera) etc.
No usan manteles, ni servilletas, sino únicamente en las fiestas.
CAPÍTULO TERCERO
MATERIALES FOLK-LÓRICOS
SOBRE LITERATURA
(Folk-Literature)
POESÍAS DE DOÑA LEONA FLORENTINO [53]
A MAD. ANDZIA WOLSKA
Muy señora mía de toda mi consideración:
Como recuerdos de un ser querido, de mi difunta madre, yo guardaba, como oro en paño las pocas poesías que he conseguido de entre millares que ella había escrito cuando llegaron á mis manos las excitaciones de Vd. para formar una Bibliotheque internationale des OEuvres de Femmes, con motivo de la próxima Exposición Universal de París (1889).
Comprendo que poco ó nada valen estas poesías, especialmente porque están escritas según el gusto y estilo puramente filipinos ó ilocanos, que nada tienen de comun ó conforme con el gusto y arte europeos. Acaso parecerán irrisorios á muchos; pero no á los sábios folk-loristas, filólogos y, sobre todo, á Vd. cuyo objeto, por su carácter internacional, tiende á formar un archivo de gustos y estilos, y mientras más variedad haya, será más rico aquel.
Las presentes composiciones, al menos, podrán servir para conocer las especialidades de la Poética filipina, en general ó de la ilocana en particular, y casi estoy seguro de que también para el objeto que se propone.
Para llenar su segundo objeto de conocer la historia de la instrucción de la mujer, escribiré diferentes capítulos sobre la mujer filipina en los primitivos tiempos; su instrucción por los españoles; y sobre la filipina y la literatura; pero antes de esto, convendrá presentar un esbozo moral y físico de ella, como voy á hacerlo enseguida.
Y por último, daré las poesías de D.a Leona Florentino con su traducción y comentarios, divididas en dos partes: Felicitaciones, y Poesías eróticas, y para que se puedan apreciar bien, dedicaré antes algunos párrafos á la Poética filipina.
Perdóneme Vd., muy ilustrada señora, si por mi natural amor á mi madre (q. e. p. d.), he dado á sus poesías la importancia que acaso realmente no tengan.
Reciba mi entusiasta aplauso á su excelente idea y permítame besar respetuosamente sus piés.
A MI MADRE
¡Santa mujer! ¡dichosas madre que con inefable amor me estás mirando desde el cielo! dime:
--¿Quién si no tú, me habrá amado más en el mundo?
Me diste á luz al borde del sepulcro. A poco ibas á morir por mí; pero Dios permitió aún que yo creciese con tus caricias y disfrutase de tu amor infinito.
Más... ¡pobre madre y pobre hijo! Cuando moriste, no tuve siquiera el consuelo de recoger tu último suspiro, en el cual iba envuelto mi nombre que invocabas en vano. Yo estaba ausente, precisamente cuando ya jóven, podría y debiera hacer algo por devolverte tantos favores que me habías dispensado.
Íntegra, pues, quedó mi grande deuda contigo y ya ni puedo ni pudiera habértela pagado toda.
Coleccionando y publicando tus poesías, ¿te habré tributado homenaje de gratitud?
Eso no basta; tal vez no te agrade, porque en vida no querías publicar tus escritos.
Sin embargo, madre mía, ya que fuiste siempre muy buena y condescendiente conmigo, perdona y déjame una vez más satisfacer este capricho de tu hijo.
I
LA MUJER FILIPINA
Las facultades intelectuales del hombre moreno de Filipinas y las de los europeos son enteramente idénticas, faltando solamente en el primero instrucción, y para adquirirla, le desfavorece el clima intertropical que por su alta temperatura enerva las fuerzas y frustra los buenos deseos de estudiar.
Pues bien, es opinión general que la mujer es superior al varon de Filipinas, moralmente hablando. Es más inteligente. Por eso siempre se vé el marido dominado por ella. Para ésta, aquel es casi como una máquina; le dirige á su gusto, y le impone sus caprichos, su amor propio. Así, en las disensiones muy reñidas, graves ó de pura etiqueta, siempre se supone que son obra de las mujeres, y efectivamente una vez ganada la voluntad de éstas, la calma suele venir como por ensalmo.
Hay hombres curanderos que conocen maravillosas virtudes secretas de plantas medicinales; pero son muy charlatanes, y las curas que hacen las atribuyen á influencias supersticiosas. Ahora, colocadles al lado ó delante de las curanderas, y su parlería cesa inmediatamente dominada por la verbosidad sorprendente de éstas.
Sin embargo, las filipinas no abusan de esta gran influencia que ejercen sobre sus maridos; ellas son todo amor y por lo regular trabajan más que el varón para ganar el sustento de la familia, y en Manila y otras provincias centrales, suele verse que la mujer es la que sale afanosa por la morisqueta ó pan diario, y queda en casa el marido desempeñando las tareas domésticas, propias de la mujer.
Sale de casa, sí; pero con objeto de ganar dinero honradamente. Es pudorosa ella. El conocido autor antiguo Fr. Gaspar de S. Agustín escribe en su citada Carta: «muy honesta, muy honrada y mucho más si es casada.» Y aún lo es la negrita, raza selvática que se supone autóctona, como lo atestiguan el Excmo. Sr. D. Sinibaldo de Más [54] y Mozo [55]: El primero añade: «La desenvoltura é impudencia no la he visto ni aún entre rameras. En Manila ninguna mujer hace la menor indicación ni menos llama á un hombre por las calles, ó desde las ventanas, como, sucede en Europa, sin que sea este recato temor de la policía... Por el modo, circunspecto y aún humilde que los jóvenes solteros se acercan á sus queridas, se ve que estas señoritas tienen á sus amantes á raya y se hacen de ellos tratar con el mayor respeto.»
Y es de advertir que el Sr. de Más que esto escribe, es el autor que ha dicho las más abominables calumnias contra los pobres filipinos.
La filipina es indisputablemente cosa singular: Ella se adelantó en introducir una reforma buena, que según mis noticias ni aún en Europa se practica hoy día. Me refiero á que son mujeres las que están al frente de los bazares y tiendas en Filipinas. En Europa y América se busca con tanto afán nuevas tareas, no muy pesadas, para las mujeres. ¿Y por qué no se acuerdan los tenderos de ceder su puesto á las mujeres, yendo ellos en busca de trabajos más dignos de los brazos de que Naturaleza les dotó?
En cuanto á negocios, tienen ellas muy especiales aptitudes. Conozco á muchos filipinos cuyo talento é ilustración son bien conocidos, y sin embargo, sus esposas son las que se encargan ó dirigen los negocios, porque son felices en sus cálculos, mientras aquellos con sus teorías sufren á cada paso lamentables fracasos.
La filipina cose, cuece, dobla cigarros, teje, borda, descascarilla arroz, (operación corporal muy pesada, impropia de su sexo), pesca ó recoge mariscos, es maestra muy buena de instrucción primaria, toca el piano, arpa, violin, guitarra, canta, representa en teatros, enseña á bailar, vende y revende, etc. Y todas sus obras, como por ejemplo, sus bordados, sus tejidos y cosidos son muy excelentes y en la Exposición Filipina celebrada en Madrid en 1887, fueron premiadas muchas de ellas, algunas con medallas de oro.
La filipina es simpática, muy devota, buena madre, buena hija y excelente esposa.
En cuanto á sus caracteres físicos es de color moreno por lo regular, y hay algunas de hermosura especial, que no se comprende con explicaciones, sino viéndola.
II
LA FILIPINA EN LOS PRIMITIVOS TIEMPOS
La influencia de la mujer sobre el varón data de la época primitiva.
No es cierto, es pura invención, lo que el elegante escritor filipino, Dr. Paterno, en su libro La Antigua Civilización de Filipinas, escribe relativo á que «Iday, Sinang, Titay y Daga han dirigido y gobernado el pueblo luzónico [56] á impulsos de sus femeniles sentimientos.»
Pero hay mucha verdad en el fondo.
Como ocurre siempre en las naciones jóvenes ó nacientes, Filipinas estaba dominado por la aniteria ó fetiquismo malayo, y naturalmente los sacerdotes ejercían influencia sobre el pueblo, hecho juguete de sus oráculos. Pues bien, la mayoría de esos ministros eran mujeres.
Estas sacerdotisas se llamaban entre los tagalos Katalonan, entre los visayas Babailan, entre los monteses de Abra Baglan, y entre los pangasinanes, managanito.
Las sacerdotisas eran astutas y muy listas, aunque su buena fé y decoro andaban por los suelos.
En los sacrificios vestían unos estrambóticos trajes con una cabellera amarilla postiza, sobre la cual ostentaban una especie de diadema, llevando en la mano un abanico de paja. Y la que servía de sacristana ó ayudante, que era una jóven, aprendiz y aspirante á babailan, llevaba una caña delgada, como los maestros de ceremonias su varita.
En casos de enfermedad se sacrificaban cerdos ó gallinas, según los recursos del paciente. Comenzaban dichos sacrificios colocándose, en un altar convenientemente adornado, la víctima con otros comistrajos y bebidas. En esto, la sacerdotisa rompía á bailar al són de ensordecedores tambores, ramas de palmera y trompetas de caña, haciendo ademanes y visajes muy análogos á los que hasta ahora se vea en las batallas de las comedias filipinas y alzaba con frecuencia los ojos á lo alto, fingiendo ver y hablar con siniestras visiones. Da ella una lanzada á la víctima y con la sangre los concurrentes se mojan la frente y untan al enfermo. Baila otra vez y cae al suelo como extasiada cierto tiempo, y una vez recobrada la razón cuenta las inspiraciones que dice haber recibido de los dioses durante su éxtasis, cuyas inspiraciones son ambiguas, de tal modo que sea cual fuese el resultado ó desenlace de la enfermedad, tenía siempre la sacerdotisa subterfugio y era en vano tratar de cogerla una mentirosa profecía. Despues limpiaban y asaban la víctima y se la repartían, correspondiendo á la sacerdotisa la mejor parte, ademas de la paga que recibía. Estos sacrificios se practican hasta ahora por los monteses de Luzón.
A veces, cuando el enfermo era un principal (especie de noble), se inmolaban hasta esclavos para aplacar la ira de los anitos, y en Cebú la sacerdotisa atravesaba con una lanza á las víctimas.
Tambien intervenían las sacerdotisas en las ceremonias de la boda y de la purificación de los que habían estado en el cautiverio.
Y eran al propio tiempo curanderas.
Otra prueba de que la mujer filipina siempre ha ejercido cierta influencia sobre los varones, es que figuran diosas en su Mitología primitiva, como Bugan, Buhas, Dalingay, Daungen, Baingan, Libongan, Libugon, Limoan y otras.
Hasta hoy dia en Filipinas se respetan, mucho por miedo á las supuestas mangkukulam y asuang (mujeres endemoniadas.)
Cuando en 1521 llegaron los españoles á Filipinas, éste no era ya un pueblo salvaje. Ya los habitantes estaban agrupados en pueblos; sostenían relaciones mercantiles con China, Japon y los musulmanes de Borneo, Molucas y otros paises malayos del Asia; usaban armas de fuego, hasta cañones; imponían derechos de aduana, profesaban una religión, que denotaba no mucho atraso, pues conocían el alma; poseían escritura propia y tenían una constitución social y legislación consuetudinaria ó basada en los usos.
Según dicha constitución, había cinco clases de personas: 1.a la principalía, especie de nobleza; 2.a la de los libres (kailian ó kabalangay); 3.a libertos ó timaua (algunos autores refunden la 2.a y 3.a clase en una sola); 4.a aparceros ó aliping namamahay; y 5.a esclavos ó aliping sagigilir. Y dentro de esta división general cabían algunas subdivisiones.
A la 1.a clase pertenecían aquellos que ya por sus riquezas, ya por sus fuerzas físicas ó sagacidad se distinguían en los pueblos; los ricos y sus familias, que nunca fueron esclavos. Esta clase gozaba de ciertos privilegios, estando exenta de prestar los servicios que tributaban los timaoas y era el plantel de los aris (régulos) y de sús ancianos consejeros.
Un régulo dominaba en una provincia, disponía de vidas y haciendas; pero no de una manera muy arbitraria, recibiendo tributo de sus vasallos.
El poder, se decía que era hereditario: pero la verdad era que se conquistaba ó arrebataba á viva fuerza. El P. Rada, que vino á Filipinas con Legaspi en 1564, escribe: «casi todos los caciques son tiranos que han conquistado su puesto por el pillaje y fechorías.» Si, muerto el régulo, no dejaba más herederos que alguna pobre mujer, el principal más poderoso, no tardaba en arrebatarla el trono.
Pero las herederas eran muy listas y procuraban casarse cuanto antes con un poderoso principal que pudiera sostener sus derechos en el campo de batalla, como lo hizo la hija del cacique de Cebú Hamabao, y hasta obligaban, una vez casadas, a sus padres régulos, si éstos eran ya decrépitos, á abdicarles el poder en vida. Pero sólo entraban heredar el poder las hijas en defecto de herederos varones.
El mirar la mujer de los principales, ó el pasar por el lugar donde se estaba bañando ella, se castigaba con la esclavitud.
Ésta era más benigna para las mujeres. Los tomatabanes de los visayas estaban obligados á trabajar cinco días al mes en beneficio de su señor en las faenas agrícolas, pagando además un tributo anual de cinco fanegas de arroz. Y las mujeres de la misma clase tejían é hilaban, cuando lo ordenaba el amo, medio dia, siendo la otra mitad en beneficio propio.
Las mujeres tumarampoke y halon (clases inferiores de la esclavitud) trabajaban constantemente en las casas de sus señores; pero éstos estaban obligados á alimentarlas.
Hé aquí las ocupaciones de las filipinas en general, en la época de la conquista española.
«Labores de aguja, de que son muy curiosas, y todo género de costura. Y tejen mantas, y hilan algodon, sirven las casas de sus maridos y padres. Pilan el arroz que se ha de comer, y aderesan lo demás. Crían gallínas y lechones, y guardan las casas entretanto que los hombres entienden en las labores del campo y en sus pesquerías, navegaciones y granjerías.» [57]
Para los efectos de las leyes tradicionales no valían las circunstancias de sexo y edad.
En Luzón se practicaba la monogamia y en varios puntos de Visayas se admitía la poligamia.
La mujer no aportaba dote ni otra cosa alguna á la sociedad conyugal, sino en todo caso, lo que la correspondía de herencia en los bienes dejados por sus parientes difuntos. El varón era el que tenía obligación de llevar al matrimonio considerables donaciones propter nuptias, para asegurar el porvenir de su futura esposa.
Los bienes gananciales se repartían en partes iguales, disuelto el matrimonio. Si el divorcio era por culpa de la mujer, se quedaba sin las donaciones propter nuptias: en otro caso eran para ella; si ésta moría, dichas donaciones pasaban á sus hijos y en su defecto, al padre de ella; y si el esposo fué el que murió, la mujer heredaba dichas donaciones. Por lo regular, éstos eran los únicos bienes del esposo; y como, se vé, la mujer estaba muy favorecida por los usos legales de los antiguos filipinos.
Un borracho que hubiese prometido á una mujer casarse y luego, recobrada la razón, se retractaba, tenía que pagar una multa.