El Folk-lore Filipino (Tomo I)

Part 7

Chapter 74,067 wordsPublic domain

Los katalonan se alimentan de morisqueta pura ó mesclada con maiz, que es la base de su alimentacion, y de legumbres cocidas con agua salada ó con bagon (pescaditos en salmuera, que por estar muy salados los usan como sal); el bagon es en ellos como el patis en los tagalos: indispensable; cuyo alimento produce en algunos enfermedades cutáneas. Comen tres veces al día, habiendo muchos que solo dos. Beben el vino basi, fermentación, de la caña-dulce. Los kailianes tambien toman vino, y más que los katalonan; á aquellos, como á los principales, les gusta más el vino de nipa, que viene de Pangasinan.

Los kalalonan son robustos y trabajan más que los agricultores tagalos; con faz resignada y sin mostrar cansancio, trabajan con todas sus fuerzas; son laboriosos y no duermen por la mañana á diferencia de algunos albañiles tagalos. Sus instrumentos de labor son el arado, bolo, peine, hacha y azada: plantan camote, cañadulce; y siembran palay, añil, maiz, tabaco y algodón.

Los que viven cerca de los montes, cazan si sus ocupaciones se lo permiten; pero la caza no es abundante.

La mayor parte de los criados vienen del campo; estos son mejores sirvientes que los kailianes, respetuosos y obedientes; pero son muy ignorantes y casi son los únicos que profesan las supersticiones de que hablamos en este libro. En Manila los ilocanos son preferidos á los demás filipinos para sirvientes, cocineros y cocheros.

Los que viven cerca de los rios y playas, se dedican á la pesca y á la navegación. Los del pueblo de Cauayan (Ilocos Sur) se distinguen como sufridos marinos. En los puertos de China se recuerdan hazañas de marineros ilocanos, que han rechazado valerosamente á piratas chinos.

Las mujeres son de simpático aspecto; se visten de saya, por lo regular tegida en Ilocos, con corta cola ó sin ella, segun sean las clases á que pertenezcan. No gastan enaguas, sino en las fiestas; las viejas nunca, como tampoco aretes. Cuando van á la Iglesia, usan los consabidos mantos. Siempre se las vé con rosarios y raras veces con escapularios, á diferencia de las tagalas, que siempre los llevan. Cuando se bañan, unas usan el que llaman dinnuá, que es una especie de tapis, con que se cubren desde el sobaco hasta las rodillas. Y las del campo desnudas. Entre la gente baja cuando van al rio ó trabajan en piso mojado, recojen la saya por delante, y pasándola por entre las piernas, cuelgan la punta de la pretina por detrás, quedando descubiertos los piés hasta parte de los muslos. Esto es por inocencia.

Las mugeres de los principales calzan chinelas aún en sus casas: las de los kailianes solo cuando van á la Iglesia, y lo mismo las campesinas; pero ocurre que suelen colocárselas en la cabeza y solo las usan al entrar.

Gaspar de S. Agustín, sin embargo de vomitar sapos y culebras contra los pobres indígenas, no pudo menos de hacer justicia á las filipinas, y de ellas escribe: «Son dóciles y afables, tienen grande amor á sus maridos y á los que no lo son: Son verdaderamente muy honestas en su trato y conversación, tanto que abominan con horror las palabras torpes; y si la fragil naturaleza apetece las obras, su natural modestia aborrece las palabras. El concepto que yo he hecho es que son muy honradas, y mucho más las casadas; y aunque se cuecen havas, no es á calderadas como en otras partes.»

Las solteras son ariscas con los jóvenes.

Tienen las mujeres cierta superioridad moral sobre los hombres; pero en Ilocos no ocurre lo que en las provincias tagalas, donde á veces la mujer es la que alimenta al esposo. Allí las mujeres se ocupan en labores domésticas y suaves; siembran, siegan, riegan los sembrados, cargan palay y legumbres, que llevan á vender al mercado.

Las ilocanas son buenas tegedoras y es sabida de todos la buena fama de sus trabajos, especialmente las mantas peludas y los cortes de guingon, que se recomiendan para la indumentaria militar. Pero sus telas son algo caras, porque no teniendo más que malos telares, emplean mucho tiempo en teger.

II

PREÑEZ Y PARTO

Los ilocanos no conocen el asuang, pesadilla de las tagalas preñadas.

Cuando las mugeres de los principales entran en el noveno mes de su embarazo, frecuentan tomar baños y purgas, para que se refresque el feto y no muera: y para facilitar el parto.

Las viejas prohiben á las embarazadas meter leñas en el fogon, porque si equivocan la manera, metiendo la parte del tronco antes que la de la punta, la criatura nacerá de pié.

Cuando se sienten los primeros síntomas del parto, mandan por una comadrona ó comadron. Las de la clase superior necesitan uno de cada sexo: el varón sirve solo para empujar el feto, de modo que ya fuera éste, se le puede despedir; la comadrona recibe la criatura, la limpia.... en fin, es la que asiste á la parida durante el puerperio.

Según los ilocanos, no deben asistir á una parturienta otras personas que su marido, madre y la partera, para que no sea laborioso el alumbramiento.

Las parturientas pasean antes de dar á luz: unas alumbran sentadas en cuclillas y otras acostadas.

Si el feto tarda en salir, bebe la parturienta algunos cocimientos. En Manila, toman á veces chocolate para conservar, dicen, sus fuerzas. Más, si sobreviene una angustiosa situación, entonces el comadrón ó la comadrona se cortan las uñas y extraen con sus propias manos la criatura, acabando á veces con la vida de la infeliz, que haya caido en sus garras.

Después del parto, la comadrona baña con agua tibia la criatura y corta el cordón umbilical con un trozo de caña y es creencia que el acero ó hierro es perjudicial para estas aplicaciones.

Cortado ya, se quema la punta del resto, que luego secan ó curan con polvos de la cáscara de coco.

Después van á arrojar la placenta, con ceremonias especiales, segun sea la provincia.

Los campesinos de Ilocos Súr la cogen y van á colgarla de la rama de un árbol, dejándola á la acción del viento ó de la lluvia. Con ésto, según ellos, el niño logrará la virtud de resistir á los rigores del frío. Otras veces arrojan la placenta al río, para que el niño sea con el tiempo buen nadador.

Los de Ilocos Norte tienen otra manera de hacer estas cosas. Uno, que es por lo regular el padre del recien nacido, despues de envolver la secundina para preservarla del aire, se dirije cabizbajo llevándola á un hoyo, abierto ad hoc de antemano, para sepultarla allí. Es necesario que no dirija su vista á ninguna parte más que al suelo, pues si en su camino se fija en cualquier objeto, la criatura será bizca.

Los naturales del Abra la ponen en una olla, la cual tapan con un pedazo de papel escrito, como los tagalos, para que la criatura sea ilustrada y de talento. Con tales requisitos entierran la olla en el solar de la casa.

El primer alimento, que los ilocanos dan á los recien nacidos, es el jugo de una legumbre conocida en el país con el nombre de amargoso ó ampalea (momordia balsamina.)

A esto sigue la miel, y al cabo de dos ó tres días, la leche.

Las paridas ricas beben cocimiento de raices de corantillo ó zarzaparilla; las campesinas el cocimiento de la trepadora anonang (no es el anonang del padre Blanco), como las tinguianas.

Se soban por las comadronas unos quince ó más días, según dicen, para reponer los huesos que se han dislocado por el parto.

II

BAUTIZO Y «REBAUTIZO»

Los ilocanos toman el nombre de los Santos, cuya festividad se celebra en el día, en que vienen al mundo. Raro es el que no celebre en un solo tiempo sus dias y cumpleaños, porque, según me ha explicado una ilocana, si se dá otro nombre á la criatura, los Santos respectivos suelen darse por ofendidos, acabando por arrancar ó acortar la vida de la criatura; porque parece que no sirven para patronos, sinó solo aquellos, cuyo nombre preferimos.

Sin embargo, los fiscalillos de aquellas parroquias suelen dar nombre comun á todos los que se bautizan en un mismo día, á fin de que el Sacerdote no se canse en decir muchos, apuntándolos con anticipación en los libros canónicos. El que dan, suele ser el del santo, ó santa según los sexos, cuya festividad se celebra en el día del bautizo. Esto lo hacen los fiscalillos con la gente del pueblo, que no se atreva á contradecirles.

Muchos de la clase baja se olvidan ó ignoran el día de su nacimiento y lo fijan como tal el de su nombre ó bautizo.

Preocupaciones. Si durante las ceremonias del Sacramento, se apaga la vela del padrino ó madrina, la criatura tendrá pocos días de vida.

Lo mismo, si no llora la criatura, al echar el Sacerdote las saludables aguas del Jordan.

Si el bautizado no llora, cuando se pone sal en su boca, será virtuoso.

Padrinos. Suele haber uno para cada niño; es decir: si éste es varón no necesita de madrina y vice-versa. El padrino ó madrina, al volver de la iglesia, coge la criatura y la entrega á sus padres con cierta cantidad de dinero para el niño, el cual obsequio se llama pauisit, es decir: para que tenga buena suerte.

Rebautizo. Expliquemos este nuevo término hispano-filipino. La gente del campo suele volver á bautizar á sus hijos pequeñuelos, cuando éstos padecen de grave enfermedad.

Cuando uno es atacado de calenturas malignas, acuden á algún curandero. Y éste pregunta por qué sitios ha pasado, qué es lo que ha hecho su padre, y si ha estado cortando árboles ú otra ocupación en el campo. Después, pide aceite de coco recien extraido y pone en él alguna hoja de betel ó de angelito (yerba que crece en los sotos, de hojas semejantes á las de siempreviva). Si éstas no se agostan, es señal de que la enfermedad no obedece á venganza de algun anito, y vice-versa. En el caso contrario, el curandero encarga que preparen diket (arroz pegajoso), cerdo y gallinas. En el día señalado lleva guitarra ó kotibeng, sable, lanza (gayang), palmas de coco, huevo y una moneda de plata de á real fuerte; los coloca verticalmente, sin apoyarlos en nada, y se pone á bailar, zarandeándolos delante del enfermo; luego atraviesa con la lanza el cerdo que debe estar allí amarrado. Muerto éste, le queman la piel, lo parten en dos y llevan una mitad al lugar donde haya cortado árbol ó estado el enfermo, gritando:--Amigo, (el anito) aquí está lo que te corresponde. La otra mitad se condimenta para los concurrentes. Después, de la comida, el curandero pone boca abajo un plato de madera (latok) y en el respaldo traza una cruz, diciendo que cambia el nombre del enfermo, para que éste se cure y el que no siga aplicándole este nuevo nombre, padecerá de hernia, si es varon, y se le bajará la matriz, si es muger. O descarga en el acto, un golpe de machete en algun harigue.

Estas ceremonias se llaman buniág ti sirok ti latok, ó simplemente buniág, de Kabunian ó Buni, dios de los antiguos ilocanos, según el citado P. Lopez, por lo que se prohibió aplicar aquel vocablo al verdadero bautismo en un concilio provincial de Kalasiao, Pangasinan,

De ésto resulta el que muchos ilocanos son conocidos por nombres distintos de los que tienen en los libros canónicos.

IV

CASORIOS

Ilocos Súr. Cuando uno quiere contraer matrimonio manifiesta sus deseos á sus padres, los cuales si las aprueban, ellos mismos, ó buscan una persona de mucho valimiento con la familia de la jóven, que pida la mano de ésta.

Sólo los del campo usan las donaciones propter nuptias que se llaman sab-ong.

Y sin otras ceremonias, se toman los dichos.

Si se trata de pudientes, el Párroco vá á la casa de la novia, á donde acude el futuro esposo acompañado de sus amigos y parientes varones. Y si son de la clase media ó inferior, se llegan á la vicaría ó, como llaman, convento del Cura Párroco.

Tratándose de clases acomodadas, el casamiento se celebra á las cuatro de la madrugada. En esta provincia como en las demás ilocanas [43], es costumbre casar en lunes, miércoles ó sábado. Antes de la hora señalada, una banda de música recorre la población, tocando pasos-dobles, para despertar á los invitados á las ceremonias nupciales.

Celebrado el matrimonio, se retiran en dos grupos: vá primero el del sexo feo y sigue el bello, no compañándoles ninguna banda de música.

Pero en la casa, donde se deben celebrar los festejos, les espera una que, apenas los divisa, toca danzas.

Los del pueblo no gastan músicas.

Los del campo se casan á las siete de la mañana en grupo con los del pueblo, si los hay; y se retiran á las ocho. A esta hora llega la banda de música, que les conduce á sus lejanas casas. Y como en cada pueblo, excepto el de Vigan, solo hay una banda y los desposados son muchos, de aquí el que la única suele no acabar de conducirles hasta muy entrado el día. En Ilocos Norte, hasta las 12 de la mañana. Cuando el caso apura, la banda se divide en dos ó tres grupos compuestos de seis ó siete músicos; pero todos con el indispensable bombo, pues no gusta el poco ruido.

La comitiva se divide también en grupos y tras de ellos la música, que les acompaña tocando ensordecedores pasodobles.

Es indispensable que el novio vista una chamberga ó chaqueta negra ó de color.

Las ilocanas gastan mantos de tela negra y lustrosa, como ya hemos dicho; pero tanto la novia como sus acompañantes no los usan en estos casos, á diferencia de las mugeres de los principales, y los llevan doblados encima de la cabeza con un quitasol cerrado.

Los festejos varían casi en cada pueblo ó barrio. En las afueras de Cabugao, he visto en cierta ocasión á dos muchachas arrojar desde la bóveda de la casa de la boda, al llegar los desposados, unas golosinas que llamamos okilas; y todo el mundo las recogía á porfía con grande algazara.

Ilocos Norte. A veces suelen los padres de familia celebrar capitulaciones matrimoniales para sus hijos recien-nacidos, ó antes aun del parto. Estos contratos se formalizan, á la edad de 10 ú 11, y de 12 ó 13, según que sea muger ó varón, y á veces se casan, ocultando por supuesto sus verdaderas edades.

La mayor parte de los contratos esponsalicios se hacen sin el conocimiento de los hijos y de aquí el que muchas jóvenes se casen con disgusto y después de duras intimaciones. Es preocupación que el enlace celebrado sin consentimiento paterno, es funesto.

Los de esta provincia no se atreven á pedir la mano de ninguna muger sinó sólo en dias de jueves, sábado y domingo, creyendo aciagos los demás.

Forman el comité de solicitala regularmente la madre, una tía y la abuela, si aún vive alguna del novio, las cuales se cuidan, de no encontrar en su camino mugeres en estado interesante, lo cual tienen por mal agüero, como los chinos.

Al llegar á la casa de la jóven pretendida y al fin de preámbulos, que tienden á ensalzar las cualidades del pretendiente, exponen el objeto de la extraordinaria visita.

Los padres de la muger suelen contestar que explorarian antes la voluntad de ésta.

Después de tres ó cuatro visitas, cuando los padres manifiestan aprobar el proyectado enlace, las comisionadas del novio suelen entregar una moneda de oro ó plata, llamada en esta provincia paminting, y palalian en otras de la comarca ilocana; cuya moneda formaliza el sí ó la base de la sucesiva capitulación matrimonial.

Esta se otorga en otra visita. Se tratará de los bienes, que el novio debe aportar al matrimonio. Estos se llaman sab-ong, y los constituyan cierta cantidad de dinero, si el pretendiente es rico, terrenos, alhajas, valiosos vestidos, bonitas chinelas; si de pobres se trata, bastan un arado montado y lo necesario para ganar modestamente la subsistencia.

En la víspera de la boda, los parientes del novio se reunen en la casa de éste y juntos, á veces con una orquesta al frente, se dirigen á la casa de la novia para entregar el consabido sab-ong y unos cestillos primorosos, que contienen finísimo algodon, un puñado de arroz de primera clase, un salero, un tabo blanquísimo (corteza de la fruta de coco, que les sirve de vaso para beber,) y varios caprichosos cucharones de madera, llamados alló.

Sirve el algodon, según él vulgo, para que los futuros cónyuges no carezcan durante su vida de buenos, vestidos; el arroz, para que siempre tengan el necesario alimento, pues este cereal es su base; el salero, á fin de que no les falten manjares; el tabo, para que no perezcan de sed, y los cucharones, para que tengan todo lo necesario para vivir.

Pocos días antes de la boda, prohiben al novio sus deudos pasear ó ir á los campos, y según el vulgo, en este tiempo le amenazan muchos peligros.

Hé aquí otras preocupaciones relativas á los casamientos.

Si la novia contesta en voz muy baja, cuando el sacerdote le pregunta su nombre, los desposados no tendrán buena unión.

Si cae casualmente una de las arras en el acto de las ceremonias, los cónyuges derrocharán el dinero.

Cuando los desposados se dán la mano, la novia suele pisar algún pié de su futuro esposo, para que ella pueda dominarle después.

De los desposados, el que tenga vela más resplandeciente, tendrá vida más larga.

Al llegar los novios de la Iglesia á la casa de los regocijos, se detienen en la escalera. La comitiva á veces entona un himno sui géneris, lleno de ¡Albricias!, arrojando flores á los desposados. Después, van los padrinos por velas, que entregan á sus ahijados y juntos suben. Es preocupación que si uno de los cónyuges se adelanta al otro á subir, alguno de ellos cometerá adulterio y tendrán una vida ruidosa.

Ya arriba todo el mundo, rezan delante de una imágen sagrada un Pater noster, Ave María y Salve en acción de gracias, y acto continuo rezan por el eterno descanso de las almas de sus difuntos parientes mas cercanos. En este acto, según la preocupación, el desposado que tenga vela, cuya luz no se agita, vivirá menos tiempo. También es creencia que las bodas celebradas con excesiva pompa suelen resultar fatales, siendo castigado por Dios su orgullo.

Los concurrentes que se sientan á la mesa deben tener todos camisa blanca. Para sentarse uno de camisa rayada, necesita pareja que lleve semejante vestido, siendo necesario que el número de los de camisa rayada sea par. En la mesa principal no se admite á ninguno que vista luto. Estos comen en la cocina ó mesa separada.

En la boda los novios comen mongos gordos, á fin de que la mujer sea fecunda.

La fiesta se celebra en la casa del novio con libaciones, música, tertulias y juegos á los naipes.

En la noche del casamiento, el novio duerme en la casa de sus suegros, y la mujer en la de los suyos. Al dia siguiente se reunen de nuevo en la iglesia, para oir misa, después de la cual se dirijen todos á la casa de aquella y allí se celebra otro dayá (fiesta). Por la tarde á eso de las cuatro, se interrumpen los bailes y otros regocijos, y empiezan las algazaras del panagtutupák. Este consiste en hacer sentar en cuclillas en medio de la casa á los desposados, rodeándoles sus parientes en un gran círculo. Al lado de los novios y también en el centro del círculo, se sientan los padrinos de boda. Cada uno de los desposados lleva una copita y un frasco de basi.

Los parientes de la novia ofrecen á ésta, y los del novio á él, cantidades de dinero, que van colocando en los platos que respectivamente deben llevar los padrinos. En cambio de estas ofrendas, los desposados dan varias copitas del consabido basi.

Los padrinos gritan alentando á los donantes, y éstos prorrumpen en mil aclamaciones de alegría, armando gran bulla.

En la mañana del tercero dia, se reunen otra vez en la iglesia, donde oyen misa, después de la cual se retiran á la casa del novio, donde se celebra otra fiestecita, que llaman panag-guugas (limpieza de los platos que se han usado).

Por la noche tienen lugar las ceremonias del panangikamén. En la hora ya de dormir, extienden tres petates (esterillas) unidos, donde se acuestan los desposados y una vieja en medio de ellos. Esta cicerone pasa la noche sin dormir con una vela encendida en la mano. Después la apaga.

En la mañana del siguiente sábado, cónyuges, padrinos y parientes van al rio á bañarse todos. En la tarde del domingo siguiente á la boda, en horas de las cinco, los deudos del novio llevan el ropaje de éste á la casa donde se reunen las ropas del nuevo matrimonio, disputándose el honor de tener mayor número de ellas. Finaliza la función con un bailecito.

A todo ésto añadiremos las siguientes líneas, que me ha escrito uno de Ilocos Norte:

«Los padres del novio llevan frascos del consabido basi á la casa de la novia, para celebrar con libaciones la formalización de las capitulaciones matrimoniales. Es de ver en estos actos á los consuegros cambiarse sus copas llenas de basi brindando por la salud del nuevo matrimonio.

Por lo regular, el novio viste en la boda camisa de lienzo Canton ó de color crudo, chaqueta y pantalon de seda, rosario de cuentas gordas, y salakót adornado de plata.

Y la muger, saya, camisa y kandonga lujosas, tapis de seda, peineta, agujas, anillos y rosario de oro, tumbaga ó coral. En fin, de todo menos de chinelas.

Cuando la boda se quiere celebrar con pompa se mete mucho ruido de tambores y repiques de campana, pudiéndose decir que casi todos los movimientos de los desposados se anuncian con tambores y campanadas.

Terminadas las funciones de Iglesia, el padrino y la madrina toman de su cuenta una banda de música (en todo el Archipiélago los gastos de bautizo, casorio y muerte de los ahijados, son costeados por los padrinos), que irá delante de la comitiva.

En el camino se distinguen los recien casados por el lujo. El novio cubre con un quitasol á su consorte y juntitos caminan despacio con los ojos clavados en el suelo».

La Union. En esta provincia hay otra manera de pedir la mano. Cuando uno desea casarse, lo dice á sus padres.

Éstos á su vez trasmiten los deseos de su hijo á la familia de la pretendida y si aquella aprueba el casamiento proyectado, abre las puertas de su casa al pretendiente, á fin de que éste implore personalmente el consentimiento de la jóven. [44]

En lo demás, los usos semejan á los de Ilocos Súr.

Abra. En esta provincia, el consentimiento de los padres de la novia se consigue con ciertas condiciones: es necesario que los padres del novio se comprometan á dotar á los futuros cónyuges, de los bienes que la familia de la jóven requiera.

El pretendiente dá una lista de los bienes que debe llevar al matrimonio, la cual lista se formaliza en el dia de la boda con testigos en un documento, que debe guardar la familia de la jóven, para demandar ante el juez competente á los padres del novio en caso de violarse después lo estipulado.

En Abra también se estila el consabido palalián, el cual suele consistir allí en anillos ó varias monedas.

A veces se pide la mano, por medio de cartas.

V

DUELOS

Agonías. Los ilocanos ayudan al moribundo á bien morir, leyéndole á grandes voces el Panang-Jesús. Y en cuarto aparte, rezan los demás de la casa.

Los de Ilocos Súr cuidan mucho de que ninguna mosca se pose en el rostro del agonizante, creyendo que aquella pesa sobre éste, como si fuera una montaña.

En tiempos anteriores (y aún ahora [45] se citan varios casos en algunos pueblos de Ilocos Norte) se observa con mucha atención cuántos dedos extiende el agonizante en sus últimas convulsiones.

El número de dedos extendidos, es el de las personas, que los parientes más cercanos del moribundo deben asesinar por su mano ó por medio de otros, siendo preocupación que si no cumplen con este deber, morirán dentro de pocos dias. Los deudos del difunto no están precisamente obligados á matar á sus víctimas, sinó sólo deben cortar un dedo meñique [46] de la mano (no sé si la derecha ó izquierda) por cada uno de los extendidos por el agonizante; pero matan al que le cortan algún dedo, temiendo ser denunciados ante los tribunales de justicia.

Recogen los dedos cortados é ignoro á donde los llevan.

Los comisionados á llevar á cabo el encargo del difunto se visten de negro y ván á los lugares retirados para cazar hombres, sin distinción alguna.

En Abra la preocupación es otra: algunos viejos ó viejas registran los piés del cadáver, los cuales si se encogen, presagían la próxima muerte de otro indivíduo de la misma familia.