El Folk-lore Filipino (Tomo I)

Part 2

Chapter 23,945 wordsPublic domain

Aquí reproduciré en forma de materiales folk-lóricos los que me sirvieron para reconstruir la antigua religión de los ilocanos.

Los que comparen este capítulo con la Mitología ilocana, notarán á primera vista la diferencia que existe entre el Folk-Lore y la Mitología.

Los ilocanos (en particular los de Ilocos Norte) al principiar á cortar árboles en los montes, entonan los siguientes versos:

Barí, barí! Dika agunget pári Ta pumukan kamí Iti pabakirda kada kamí.

Cuya traducción literal es la siguiente: "barí-barí (interjección ilocana que no tiene equivalente en castellano) no te incomodes, compadre; porque cortamos lo que nos mandan." Esto lo hacen á fin de que no les odien los espíritus llamados mangmangkík, que habitan en los árboles, los cuales, según cree el vulgo de Ilocos, suelen vengarse produciendo graves enfermedades. En la Memoria sobre etnología y etología de Filipinas para la Exposición filipina de Madrid, se halla un cuento ilocano que el autor de la citada memoria me hizo escribir. Se titula Ni Juan Sadút (Juan el Perezoso); según este cuento, se apareció al héroe de la narración un mangmangkík en forma humana, cuando trataba de cortar un árbol, sin haber antes pedido permiso á dicho anito.

Los ilocanos, no pueden darnos perfecta idea acerca de la naturaleza de los mangmangkík y dicen que no son demonios, según la idea que los católicos tienen de los demonios, ni sombras ó espectros, ni cafres; por lo cual yo opino que son los antiguos anitos [4] de los árboles, aquellos ilocanos en la época de la conquista, que habiendo sido víctimas del rayo, caiman ó cuchillo, se enterraban por lo regular al pie de algún árbol con su especie de túmulo, y á quienes, según el P. Concepción [5] se pedía licencia para entrar en los montes ú otros lugares á cortar árboles ó plantas.

II

KATATAO-AN Ó SANGKABAGÍ.

Los katatao-an [6]. Son unos... no sé qué diré, si no anitos. Al igual de los mangmangkík, ni son demonios ni fantasmas ó espectros; son según la fábula ilocana, séres visibles unas veces, y otras nó; suelen tomar las formas humanas ú otras de gigantescas proporciones y tienen una barañgay (barca), en la cual viajan por el aire como en globos aerostáticos, solo de noche. Cual piratas, cogen á los que encuentren en parage despoblado así como los cadáveres humanos: por cuyo motivo los ilocanos se desvelan guardando los cadáveres de sus muertos, antes de enterrarse.

En Ilocos Norte no se conoce al katatao-an. En cambio tienen á los llamados sangkabagí [7] que son análogos al primero y creo que katatao-an y sangkabagí, indican un mismo anito, lo cual no será extraño porque en Ilocos Norte hay palabras que no se entienden en Ilocos Súr, como salaysay, kain, buyubuy etc. Hay en Ilocos Norte curanderos que pretenden ser amigos de los sangkabagí y dicen que por ningún valor se ganan el aprecio de los espresados anitos. Estos se aparecen á media noche y sus escogidos en las ventanas ó en los agujeros, desde donde les despiertan con voz apenas perceptible y les hacen embarcarse en una barañgay ó nave aerostática, parecida á la de los katatao-an, en la cual viajan por el espacio á la una de la madrugada, dando en media hora la vuelta al rededor del mundo. El vulgo ilocano dice que los sangkabagí se aparecen á muchos; pero algunos hombres no aceptan su amistad, porque estos anitos prohiben á sus amigos usar rosarios, oir misa, persignarse y cumplir con sus obligaciones religiosas de cristiano, confesando los sangkabagí que no pueden acercarse á sus amigos, si estos practican actos piadosos. [8]

Los sangkabagí se vengan de los que desdeñan su amistad, arrastrándoles por el suelo, cuando están dormidos ó llevándoles á otros lugares ó sacándoles el hígado, para llenar el hueco con yerbas. Y cuéntase que los sangkabagí tienen una vista tan perspicaz, que pueden ver las entrañas de los hombres vivos, al través de la piel. Y otras veces hacen que el anay (ternes monoceros) ó el gorgojo destruyan las ropas, el palay, el maiz y semillas de la persona que les haya causado algún disgusto. En cambio, entregan á sus amigos más estimados, un libro (llamado) de la compañía [9] y este libro les conducirá con inconcebible prontitud á donde quieran aunque sea á lugares muy lejanos, con solo señalar el sitio á donde deseen trasladarse. Se cuenta que un viejo natural de Sarrat (Ilocos Norte) iba de su pueblo á Laoag (cosa de una legua de distancia) á hacer compras y á los cuatro minutos volvía con los objetos comprados. Y esto lo hacía todos los días por la mañana, mediodía y noche. Los sangkabagí--dice además el vulgo--enseñan á sus amigos á hacer relojes y les entregan raices para curar en un momento cualquier enfermedad, con solo acercar esas raices maravillosas á los pacientes.

El sangkabagí, como el mangmangkík, mora invisiblemente en los árboles. Por eso, los curanderos, que dicen ser amigos de los sangkabagí, cuando son llamados para curar á algun enfermo, llevan una orquesta al pie del árbol, que se cree morada de los sangkabagí y allí ofrecen una mesa [10] adornada con banderas, y repleta de platos sin sal [11] (ésta no gusta á los anitos). Algo alejados de la mesa, bailan hasta la puesta del sol. Prohiben acercarse á la mesa, porque no agrada esto á los anitos obsequiados, sin que nadie lo vea--dicen los charlatanes--los manjares y el basi, (vino) desaparecen como por encanto, de los platos y copas. Probablemente los mismos curanderos (pillastres) roban las viandas y el basi, porque no se permite acercarse á las mesas, cuando comen los anitos, es decir, los falsos amigos de los sangkabagí, Después de esta fiesta dedicada á los sangkabagí, el curandero va á la casa del enfermo, y cerca de la cama coloca dos ó cuatro asientos para los anitos y prohibe sentarse en dichas sillas, puesto que están ocupadas por los sangkabagí. Hechas estas ceremonias el curandero, al igual de las antiguas pitonisas filipinas llamadas katalonan ó babailan, predice si es curable ó no la enfermedad, señalando el mes y el día de la completa curación ó la muerte del doliente.

Los palurdos de Ilocos Norte esparcen un poco de morisqueta y sal, antes de sentarse á la mesa, diciendo: ¡vamos á comer! y creen que así se evita que los sangkabagí les arrebaten la comida. Cuando trasnochan en los bosques, valles, montañas ú otros lugares fuera de la casa, fijan cruces en la cabecera de la cama, [12] en los costados y en el lugar de los piés; con esta precaución--dicen--no pueden acercarse los sangkabagí.

Y cuando improvisan una choza donde pasar la noche, fijan en la puerta una cruz para el mismo objeto. En Ilocos tambien hay la creencia de que cuando los gallos se asustan y chillan por la noche, los consabidos anitos sangkabagí están robándolos y es fatal ir al gallinero para averiguar la causa del susto. Cuentan los indígenas de Ilocos Norte que uno que intentó ir a ver si había algún escamoteador, murió repentinamente, apenas so movió de su sitio.

III

EL KAIBAAN Ó KIBAAN.

Según se dice, es una criatura como de un año de edad; anda automáticamente con piés puestos al revés, tiene una cabellera extraordinariamente larga y vive invisiblemente en ciertas malezas; rarísimas veces aparece, haciéndolo solo á sus amigos, pretendidas ó novias. Hay muchos kaibaanes, son de dos sexos y procrean juntándose, ó bien un kaibaan y una mujer humana.

Y cuando los kaibaanes se enamoran de una mujer, se aparecen á ella, en forma de hombre con boca abierta, mostrando sus dientes, que despiden una luz intensa que deslumbra á la mujer pretendida. Dá el kaibaan serenatas con su guitarrita á su amada. Si la mujer humana acepta el amor ofrecido, el kaibaan la regalará un capote de los que tienen la especialidad de hacer invisibles á los kaibaanes y á cuantos se vistan con él. La novia del kaibaan vendría pues á ser invisible como su amante; participaría de su poder y no le faltará el pan cuotidiano, porque valiéndose de su invisibilidad, irá á hurtarlo. El kaibaan muere, y en ese caso irá la viuda (humana) á llorar al lugar mortuorio, llevando un tabo [13] lleno de sal en señal de luto. El dolor de la viuda, por lo regular, es premiado por los kaibaanes sobrevivientes y parientes del difunto, entregándole los bienes que hubiera dejado el finado.

El kaibaan posee un tabo llamado kiraod, que tiene la virtud de producir arroz, siempre que se introduzca en una tinaja, aunque ésta se halle vacía; y además una olla, que, sin embargo de su estremada pequeñez, contiene de un modo misterioso cuatro chupas de arroz.

Cuando el kaibaan desea ganarse la amistad de algun hombre, le agasaja con una serenata, permaneciendo invisible, y una vez ganada la voluntad del amigo, le regala tinajas de oro, plata, esquisitos manjares, el maravilloso tabo, el capote mágico y otros objetos valiosos. El kaibaan á pesar de ser rico, tiene mucho gusto en hurtar y encarga á sus amigos (hombres) que si desaparece algun objeto suyo, no lo busquen; y si no cumplen este encargo, el kaibaan les arroja un puñado de ciertos polvos, que les produce asquerosas enfermedades de la piel, que son rebeldes á todo tratamiento. Los ilocanos tienen miedo á los kaibaanes y siempre que derramen algun líquido caliente en cualquier sitio, dicen ¡alejaos! antes de efectuarlo. La persona, que les haga algun daño ó proporcione disgustos, padecerá tambien de enfermedades cutáneas. Estas enfermedades se atribuyen casi siempre á los kaibaanes, y abundan muchos crédulos, que van á las malezas á decir: pakaoanennak kadi, Apo (perdóname, señor,) y creen que con esta satisfacción, se obtiene el perdon del ofendido kaibaan, que hará desaparecer los efectos de su venganza.

IV

EL «LITAO» Y LA SIRENA.

Probablemente Litao fué el anito del mar y de los ríos, y nó la Sirena: la idea de ésta fué introducida en Filipinas por los españoles [14]; lo cual confirman las mismas tradiciones ilocanas, y además la sirena es nombre español, y no tiene equivalente en ilocano.

La sirena, al decir de los ilocanos, era al principio una niña hermosa; vivía con su madre en un tugurio, asentado en las orillas de un río, cuyas aguas bañaban el zaguan de la referida casucha; un día en que estaban cosiendo ellas, cayó la aguja de la niña y ésta intentó bajar á buscarla; pero su madre se opuso á ello, diciendo á su hija dejase ya el objeto perdido, pues temía que el litao (deidad varon de las aguas) la raptase con sus encantamentos ó poderes sobrenaturales. Sin embargo, la niña, viendo su aguja en el fondo del agua cristalina, se bajó furtivamente, cuando su madre estaba distraida y apenas puso sus lindísimos piés en el líquido, éste la tragó produciendo muy grandes burbujas. Desde entonces quedó dotada del poder de encantar ó hacer cuanto guste. La sirena de los ilocanos es muy diferente de la sirena de la tradición española, según la describe una colaboradora del Folk-Lore Andaluz, y creo que muchos de los caracteres de la ilocana, proceden del antiguo anito, llamado Litao.

Este ha perdido su importancia desde que la sirena se ha introducido en las preocupaciones ilocanas, y hoy está casi olvidado del todo, Litao. Este, según he oido en Vígan, es un varon pequeño, que vive en las ramas de las cañas, que se encuentran en las riberas de los ríos; es el marido de la sirena, y él fué quién la dió el poder sobrenatural que tiene.

¡Qué curiosa combinación de fábulas ó consejas, la española é ilocana! Los Agustinos Buzeta y Bravo dicen que «como los filipinos no creen posible vivir sin muger, á cada Dios dan también una diosa.»

Los ilocanos dicen que la sirena vive en un magnífico palacio de oro (¿domus aurea?) submarino ó que está debajo del agua de un río. Es creencia bastante comun en Vígan que en el horno, que según me aseguran, está dentro del río hácia la parte Norte del Palacio Episcopal, vive la reina de las aguas.

En toda la comarca ilocana ninguno (hasta los indígenas ilustrados) he oido que se haya atrevido á gritar ó hablar de la sirena estando en un río. Temen que salga á matarles.

La sirena siempre lleva desplegada sobre las espaldas una exhuberante cabellera, cuyas extremidades las arrastra en el suelo.

Ella suele ir al pueblo á cazar víctimas humanas; se presenta en forma de mujer hermosísima é invita á ir al río con pretextos y halagos; y allí ya, el agua la ayuda en su empresa con una súbita crecida ó con descomunales remolinos y burbujas, como dicen. Y con sus uñas fenomenalmente largas, mata á su víctima; pero si ésta no tiene antigua culpa á la sirena, como por ejemplo, si no ha hablado mal de ella, le perdona la vida y allí agasaja con manjares exquisitos, regalándole prendas valiosas y contándole su pasado.

Cuéntase que una mujer fué llevada á su magnifica morada por un cetáceo, y al llegar, éste la presentó á su augusta soberana, quien le había confiado aquella órden.

Apareció la sirena y se mostró sobremanera afable, diciéndole que nada temiese, que no iba á ser asesinada por su bondad y virtudes extraordinarias. Y en efecto, la sirena la trató como una amiga ó hermana y no la hizo nada desagradable, sinó al contrario.

La cautiva tuvo vivas ansias de ver á su familia y pidió permiso á la sirena. Ésta se lo concedió con órden de volver, so pena de morir ahogada. La ingrata ya no regresó y temerosa de su culpa, no quiso bañarse nunca en ningun río ó mar; pero se lavó en una artesa y murió ahogada en ella.

A veces, dicen, se vé á la sirena detrás del carro de la Virgen en las procesiones; anda majestuosa, grave y con los ojos fijos en el suelo.

Cuando sale del fondo del agua, ésta se divide en dos muros dándola paso, como á un Moisés, que pasa con los piés enjutos.

La sirena tiene por sirvientes á los peces; es hermosísima en toda la plenitud del pensamiento, pero tiene el olor desagradable de los pescados podridos. En su cabellera está el quid encantador, el poder preternatural. Si alguien puede arrancarle una hebra, á él pasará la virtud de encantar ú omnipotencia; Su cabellera es poderosa como una red metálica con que envuelve y arrastra á su víctima.

A pesar de estar en el fondo de su babilónica habitación, puede oir todas las conversaciones sobre ella.

Si me tomara la molestia de contar sus hazañas, llenaría muchas páginas. Citaré solo una muy curiosa.

Cundía la noticia en 185... de que la sirena prestaba febril actividad á sus cazas (en Ilocos nadie muere ahogado que no sea por la dichosa sirena) y que todas las madrugadas aparecía al Norte de la Catedral de Vigan. Varios jóvenes acordaron ir á cogerla (¡qué valientes! iban á jugar con fuego.... sobrenatural): la empresa era atrevida, pero en fin la llevaron á cabo.

Llegó, la hora de la cita; la sirena, en efecto, estaba ¡qué horror! habrá sabido los propósitos de sus adversarios y salió á su encuentro. Los jóvenes avanzaban y retrocedían con los pelos erizados; más por un esfuerzo lograron acercarse á la sirena y conseguir la captura de la soberana de las aguas... ¡supuesta! Era una soltera, que estaba esperando á su amante.

V.

EL PANANGYATANG Y EL CAIMAN.

Morga [15] y Colin dicen que los filipinos adoraban, en la época de la Conquista del país por los españoles, al caiman llamándole nono y le rogaban no les hiciese ningun mal, dándole algo de lo que traían en el barco, y que los pescadores arrojaban como primicias los primeros pescados, que sacaban de su red, y de lo contrario, no entrarían otros peces en ella. Esta preocupación existe hasta el día en Ilocos y según el Catecismo ilocano del P. Lopez (que estuvo en Ilocos á principios del siglo XVII) se llama panangyatang: pero en aquellas provincias no se encuentra este anfibio. Probablemente el P. Colin se había equivocado al aseverar que los filipinos llamaban al caiman nono, porque esta palabra es tagala, y significa abuelo y espectro, y tanto los ilocanos como los tagalos llaman buaya al caiman. Parece ser exacto que en los puntos de Filipinas donde hay caimanes, arrojen morisqueta á estos y otros objetos supersticiosos, como las rocas de formas singulares, á fin de que el viaje sea próspero.

VI.

EL «PUGÓT.»

Los ilocanos temen al Pugót que toma diversas formas; unas veces la de un gato con ojos de fuego, que creciendo, se metamorfosea en perro siniestro y aumentando más y más su bulto, se transforma en un gigante negro de horripilantes dimensiones. Figúrese el lector que sentado en el alfeizar de la ventana de una casa de 18 metros de altura, sus piés tocan en el suelo y dice el vulgo que el Pugót gasta cigarros de grandísimo tamaño.

Los naturales de Vigan aseguran que allá por los años 1865 á 67 cayó una lluvia de piedra sobre una casa durante algunas noches y como se atribuyera á incógnitos pillastres, se rodeó la casa y sus alrededores de agentes de policía, cuya presencia no impidió la continuación de la tirada de piedras y lo más curioso era que, según se dice, no dañaban las piedras á quien tocaban, á pesar de que al parecer eran tiradas con fuerza.

Según la versión ilocana, el Pugót (algunos españoles lo llaman cafre) se alberga en las habitaciones desocupadas, en las casas en construcción ó en las ruinas de un antiguo edificio. Por esto opino que el Pugót es uno de los anitos caseros de la antigüedad.

VII.

OTROS SERES Y OBJETOS VENERADOS.

Los ilocanos temen mucho á una ave fabulosa, invisible llamada kumao, que según el vulgo, roba cosas y personas.

--El ilocano detiene sus pasos, cuando encuentra una culebra ó estornuda, como los tinguianes.

--Dicen los ilocanos que el canto de la lagartija anuncia la llegada de alguna visita, y los ahullidos de los perros, la presencia de un espectro.

--El raton dá ó cambia los dientes, de modo que cuando les cae alguno, lo arrojan al tejado del escusado, suplicando al raton lo cambie, y cuidando de no reir, cuando miran al monte Gosing (mellado) de Ilocos Súr, so pena, dicen, de que no crecerá el diente caido. ¿Podemos, pues, opinar que el raton fué el anito de los dientes?

--La lechuza, según el vulgo ilocano, anuncia alguna muerte, como el pájaro salaksak y la mariposa negra; pero esta preocupación parece la han introducido los españoles.

--Si mal no recuerdo, en la vía fluvial de Ilocos Súr al Abra, hay algunas piedras tradicionales, en cuyo obsequio tiran los viajeros, morisqueta.

Pasando las aguas de Zambales en mayo de 1880 á bordo del vapor Rómulus en dirección á Manila, á indicación de mis paisanos, nos arrodillamos juntos para rezar delante de un peñasco en forma de horno, y me dijeron que si no cumpliamos con aquella obligación, habíamos de enfermar continuamente en Manila. En vista de todo esto, debe ser cierto, que los ilocanos adoraron en promontorios y peñascos.

Tanbién veneraron á ciertos árboles, entre ellos el Bagao, según los PP. Buzeta y Bravo. Hasta ahora temen al árbol llamado tigbeg, pero si respetan este árbol, no es porque de suyo es sagrado, sino porque so cree morada del consabido mangmangkik.

VIII.

SABEISMO Y ASTROLOGÍA.

Es probable que los ilocanos hayan rendido culto al sol y la luna, á los que hasta ahora dan el tratamiento de Apo (Señor). Aseveran que las manchas de la luna son un árbol, bajo cuya sombra está durmiendo San José, recordando su huida á Egipto [16]. Se observan aquí dos noticias de diferente procedencia, curiosamente enlazadas: una conseja ó tradición fabulosa y otra verdad evangélica, como el sueño de S. José en su huida á Egipto. En vista de ésto, ¿no se puede opinar que el hoy durmiente S. José, era antes de la introducción del catolicismo en Ilocos, el Dios Superior de la teogonía ilocana primitiva? Es decir, que los ilocanos adoraban á la luna, no como divinidad, sino morada del Bathala, esto es, como cielo.

Según el P. Villaverde en su Informe publicado en el Correo Sino-Annamita en 1879, los igorrotes del Kiangan entienden por lugar de los dioses, las estrellas y planetas, especialmente el sol.

Hay un canto popular, del vulgo no ilustrado, que he oido en dialecto ilocano, tagalo y pangasinan, de música puramente filipina. Este canto reseña un banquete celebrado en el jardin del cielo (¿Paraiso?), diciendo que un manco tocaba la vihuela, (es histórico que los filipinos tuvieron una especie de vihuela de cinco cuerdas, que los ilocanos llamaban kotibeng), cantaba un mudo, bailaba un cojo, contemplaban un ciego, un tuerto y un bizco, reía uno sin dientes, tocaba la flauta un mellado, palmoteaba un débil y otros cuyos defectos físicos eran contrarios á sus instrumentos; de modo que al tocar ellos, provocaban la risa. Es de advertir que este canto curioso es antiguo y muy popular y no se conoce su autor. Ahora nos preguntamos: si es cierto que los cantares filipinos por lo regular eran sus antiguallas y fábulas, como dice un historiador antiguo, ¿no podremos deducir del citado dal-lot (canto) que el cielo de los filipinos ó al menos de los ilocanos, era un jardin, donde se riera á mandíbula batiente?

Respecto á los cometas, podemos copiar literalmente lo que un autor había escrito, refiriéndose á la astronomía china. Según los chinos, como los ilocanos, «los cometas son precursores de hambre y miseria y pronostican casi siempre pestes, guerras, caidas de reyes, derrumbamiento de imperios.»

Los astros fugaces venían á ser su estrella del amor (los ilocanos creen que se mudan de lugar y se llaman layáp los aerolitos, cuando caen cerca), y el vulgo de Ilocos cree que si se hace nudo en un pañuelo, cuando pasa el layáp (cuando cae un aerólito,) se consigue encerrar en el nudo el babató (piedra milagrosa) del amor. Pero también en Ilocos se comparan los frenéticos amantes á un ser fabuloso llamado Dongguial, que según el vulgo ilocano «se ahogó de amor en un pantano, donde no pudiera ahogarse una mosca por su poca agua.» ¿Es Dongguial una especie de Cupido? En la nomenclatura de dioses filipinos, que trae el Diccionario de Buzeta y Bravo, se encuentra uno ó una, (no se sabe), llamada Sehat, palabra ilocana que significa hermosura; y los ilocanos como los tagalos invocan casi siempre en sus cartas amorosas á Venus. ¿Hubo quizá antiguamente una especie de Venus, que se llamara Sehat?

IX.

DIOSAS.

En Ilocos Norte hay curanderos teomaniacos llamados maibangbangon además de los amigos de los sangkabagi. Los maibangbangon dicen estar inspirados en sueños por una vieja. También dice el vulgo ilocano que en las epidemias de viruelas, hay una vieja que en sueños ofrece maiz frito y el que lo acepte, padecera aquella enfermedad. Una anciana formal, no mentirosa, me ha dicho seriamente que la Madre de María Santísima no fué Sta. Ana, como dicen los católicos, y el que llegue á conocer el nombre de su madre verdadera, irá al Cielo. La vieja me dijo que sólo me descubriría aquel nombre secreto, en la hora de la muerte. Aquí tenemos tres viejas fabulosas, cuyos nombres no se conocen; y los Agustinos Buzeta y Bravo dicen: «Como los filipinos no creen posible vivir sin mujer, á cada Dios dan también una diosa» [17]. Por lo tanto, además de los anitos varones, hubo también diosas ó anitos mujeres, una de las cuales probablemente se llamaba Aran, nombre de la esposa de Angngaló (Adan fabuloso de los ilocanos.) El P. Gonzalez de Mendoza confirma que había ídolos de mujeres. [18]

Además de los anitos de ambos sexos y los animales venerados, los ilocanos han tributado, si no culto verdadero, cierto respeto á los objetos muy útiles. Los campesinos ilocanos dan el tratamiento de Apo (señor) al oro [19], plata, dinero, arroz, sal, la tierra y todo lo muy útil en general, (lo cual recuerda á los chinos que no comen carne de buey, porque dicen no es justo, despues de haber servido tirando del carro; y lo entierran como muestra de agradecimiento), y como dice Anot de Maizieres, llegó un tiempo en que todo sobre la tierra fué Dios, excepto el verdadero Dios.

X.

PSICOLOGÍA.