El Folk-lore Filipino (Tomo I)
Part 18
--Vamos á las pruebas: los capitanes de este pueblo (ex-gobernadorcillos) que viven, son: Andong (Fernando), Islao (Wenceslao), Asia (Deogracias), Ansong (Juan), Ittong (Evaristo), Maddó (Romualado) y su servidor. Pues bien: el primero, que fué muy querido del pueblo, perdió todos sus bienes con el cargo y entró una vez en la cárcel, siendo persona muy honrada; el segundo está aún en presidio, porque quiso hacer picardías y no supo hacerlas bien; el tercero, por sus torpezas frecuentaba la carcel, sin ser pillo; el cuarto perdió un brazo en la persecución de malhechores, porque alardeaba de valiente ó buen servidor del Estado, y ya sabe V. bien que no solo su brazo perdió; el quinto pagó caras las picardías del directorcillo y otros á quienes había obedecido de buena fé; el sexto pasó muchos meses en la prisión por no tener con que abonar los cargos de las cabecerías vacantes y otros gastos que puede abonar un gobernadorcillo; y yo... fuí el único que no entró en la carcel, ni oyó reprimendas porque yo conocía de antemano el oficio; pero crea V.--que solo lo solicité deslumbrado por el prurito de ser jefe local; pronto me arrepentí y aunque verdaderamente salí ganando, juro que nunca más aceptaré el cargo.
Fijo Isio en la idea de salvarse con el cargo de gobernadorcillo, debió haber oido distraidamente á su interlocutor; solo así se comprende que al final de aquellas buenas lecciones, contestase.
--Dígame V. la verdad: ¿Su opinión obedecerá á que está desesperado de poder hacer triunfar mi candidatura?
--¡Qué no he de poder yo!--rugió el ex-gobernadorcillo, herido en su amor propio.--¡Siempre he derrotado á mis adversarios!
--Bueno; por la gran influencia que justamente ejerce V. sobre el pueblo, he de ser elegido seguramente gobernadorcillo, ¿no es eso, capitan?--Contestó Isio, conociendo el pié de que cojeaba su interlocutor.
-- Sí, hombre; ya que se empeña.
V
Isio, procurando explotar en provecho (no digo suyo) de su candidatura, el orgullo del viejo, publicó que estaba apoyada por éste, y por medio de varios amigos íntimos suyos propaló la noticia de que el partido opuesto se preparaba afanosamente á la lucha electoral y que creían triunfarse fácilmente de Isio y del viejo.
En vista de tales noticias, éste, que era muy astuto y vanidoso, tomó á pechos llevar avante la candidatura de Isio.
Los del partido opuesto con las murmuraciones provocativas de los primeros, eligieron un candidato suyo para oponer á Isio.
Los chismes crecían de tal modo que no parecía sino que el pueblo llegase á convertirse un dia en campo de Agramante; los ánimos estaban alebrestados y las pasiones se enardecían; unos principales que antes se respetaban mútuamente, se enviaban recados insultantes; los que eran amigos antes, ya no se saludaban...
Ya las elecciones se acercan; machos cabezas esta vez acuden voluntariamente á la Administración de Hacienda pública para saldar sus cuentas, pues no entra á votar el que tiene alguna deuda al Tesoro; los partidos se enteran minuciosamente de la conducta de sus adversarios, para ver de encontrar tachas; acuden á los juzgados, desentierran causas ó diligencias criminales ó expedientes gubernativos...
Y todo es por el dichoso cargo de gobernadorcillo, que á todos arruina.
En fin, ya llegó la víspera de la elección de gobernadorcillo ó sea el día de la de los tenientes, alguaciles, cuadrilleros y demás sirvientes sin sueldo del pequeño gobernador.
Anochecía; el bombo del tribunal (casa Ayuntamiento) no cesaba de llamar á Junta general á los principales del pueblo; y éstos acudían al llamamiento.
Ya amigos y enemigos están sentados á una larga mesa, presididos por el gobernadorcillo y empiezan á discutir la propuesta de los subalternos. Admira la calma con que al parecer se hallan reunidos los dos bandos opuestos, y es porque todos temen un sangriento choque que todos procuran evitar. El mismo presidente, que siempre es uno de los jefes de los partidos militantes, se muestra imparcial y cuando la discusión empieza á enredarse entre los jóvenes principales, en seguida los ancianos la cortan procurando una avenencia, y aquellos callan ante la voz de éstos. La discusión tiende á evitar que los propios partidarios sean nombrados subalternos.
No así ya sucede en la elección de gobernadorcillos, porque saben que no pueden venirse á las manos, por estar presididos por el jefe español de la provincia.
En ese día, el pueblo ofrece singular animación; toda la nobleza ó principalía del pueblo, vestida de extravagante chaqueta con los faldones de la camisa fuera, y sin corbata, espera al Gobernador en el tribunal con la banda de música del município. El Gobernador, antes de empezar la votación, pronuncia un discurso encaminado á desvanecer las rencillas de partidos, y para que elijan al más digno. Después se lee la lista de los que se hallan en aptitud de votar, y es cuando se nota un hecho singular, increíble y digno de ser estudiado.
Aquella gente tímida que no se atreviera á despegar los lábios delante de cualquier español peninsular en otros casos, en el presente cobra, como magnetizado, impropio atrevimiento. Y con la mayor serenidad dicen, á la faz de todo el pueblo, al Gobernador de la provincia, que Fulano es incapaz de votar por ladron ó estar encausado por hurto, y otras causas por el estilo, llamando la atención el calor con que se defienden y acusan los adversarios. Allí delante del jefe de la provincia, se cruzan verdaderos insultos, pero en forma respetuosa para el presidente.
Y cuando tocan á tachar á los candidatos á gobernadorcillos, ¡oh! aquello es indescriptible é inusitado.
Ya lo ha probado Cantú con la historia universal de la humanidad en la mano, que la indolencia ó indiferentismo es efecto de la tiranía muchas veces. ¿Por qué los indígenas en ese caso defienden tenazmente á sus partidarios? ¿Por qué esa energía en acusar?... Sencillamente, porque saben que eso les está permitido, y nadie les cohibe. Concededles, pues, más derechos; no limiteis los que les correspondan, y sólo entonces podreis juzgar de su cacareada inercia.
VI
Isio fué derrotado por sus adversarios y ocupó el segundo lugar en la terna.
Humillado el viejo padrino de Isio, se mordía los labios, no podía hablar de despecho y de vergüenza; al paso que los del opuesto bando celebraban su triunfo con comilonas, libaciones de basi (vino) y animadas tertulias. Y unos ante el golpe fatal de su derrota, y otros ante su deslumbradora victoria, todos se olvidaron de pedirse mútuamente explicaciones de los insultos que se habían cruzado delante de todo el pueblo.
Isio todavía se atrevió á aparecer delante del ex-gobernadorcillo, su padrino, quien había tomado más empeño en la lucha.
Sí, el pretendiente fué melancólico á la casa del viejo, y fué indescriptible su primera entrevista: instintivamente bajaron corridos los ojos al suelo.
--¿Qué tal, cómo sigue V.?--al fin Isio pudo murmurar.
Comprendiendo el viejo lo que con esto queria decir, contestó:
--No desespere V.; todavía hay remedio; estamos no más á la mitad de la guerra, casi se puede decir que aún no hemos roto el fuego, y esos tontos ya cantan victoria... Calle V.; ahora, se necesita mucha prudencia y sigilo... Trabajaremos, y V. será elegido.
--Veremos!
--¿Cómo veremos? Es preciso seguir ad pedem litteræ mis consejos.
Cuando menos lo pensaba el elegido en primer lugar, que ya se había gastado mucho por celebrar su triunfo, y contraido deudas, pues el pueblo en nada se niega á los gobernadorcillos actuales ó electos; cuando menos lo pensaba, repito, se recibió del Gobierno general el nombramiento de Isio como gobernador chiquitin.
Y ahora me preguntareis:
--¿Y el elegido por el pueblo? ¿Para qué entonces sirven estas elecciones?
Isio también fué elegido por ese mismo pueblo, si bien en segundo lugar; y sobre los votos del pueblo están los informes del jefe de la provincia, de la Guardia civil y del Cura párroco, y la decisión de la Autoridad Superior.
VII
El pueblo ofrecía inusitada animación, las calles se veían adornadas con colgaduras ó colgajos, banderolas y pañuelos.
Era el día de tomar posesión el electo gobernadorcillo, el bastante jóven Isio.
Al fin, la música anunció la llegada de la comitiva; rompía la marcha una banda de música vestida de gala; seguían dos filas de alguaciles y tenientes, llevando luengas varas encarnadas y verdes, respectivamente, y cortaba las dos líneas paralelas otra más corta, la de los primeros jefes locales, ó sean el gobernadorcillo Isio, á la derecha el teniente mayor y á la izquierda el teniente segundo. Después seguía la principalía compuesta de ex-gobernadorcillos y cabezas de Barangay, con los nuevos jueces de sementera, de ganados, y de policía.
Isio iba muy formalote y como tímida doncella, contrastando con esta figura la del viejo ex-gobernadorcillo, que iba detrás del primero, tan alegre; tan decidor, y tan lleno de sí mismo.
Todo era alegría para Isio, si bien fué algo interrumpida aquella con haberse propasado momentáneamente con él, uno de quien no le era dado vengarse.
Todo era júbilo. ¡Oh! Más aún, cuando Isio sentado en un deslumbrador sillon, con el baston de mando en la mano, presidiendo nada menos que la principalía del pueblo que le vió nacer, á la faz de todos los kailianes (vecinos) leyendo el alguacil mayor su indispensable programa gubernamental, en que se mandaba en primer lugar oir misa los días de guardar y cumplir con todos los deberes que la sacrosanta Religión Cristiana nos impone; se amenaza á los jugadores, borrachos y ladrones, á quienes habría que castigarse con mano de hierro, etc., etc.
VIII
El tiempo vuela.
Isio lleva sólo un mes de mando y casi está ya cansado con ir y venir del Gobierno de la provincia y de otras casas, donde habitan sus superiores, que son la Administración de H. P., la Guardia civil, etc.; ¿pero qué son esos cansancios ante el prurito de ir á oir misa, con la música delante, atrayendo la vista y las simpatías de las babbalasang (solteras) del pueblo?
El tiempo sigue volando.
Isio ya está cansado de tanto ruido, á juzgar porque ya piensa en renunciar el cargo.
Pero el viejo mentor de él, le dijo en tono solemne:
--Si ahora desmaya V., es mejor que se ahorque, y si le falta cuerda para ello, acuérdese de las borlas de su baston. ¡Animo para todo, y mucha prudencia!
--Bueno, me ahorcaré,--le solía contestar el inocente Isio--no tengo valor para tanto sufrir.
--Es ley natural del inferior con el superior. Hágalo lo mismo con los otros.
¡Y volaba el tiempo!
Habían pasado seis meses.
Isio ya no era tímido; los polistas, en vez de trabajar en los caminos y puentes, se ocupaban en levantar una gran casa de tabla para él.
Tenía fama de valiente; había organizado el cuerpo de cuadrilleros militarmente, y con ellos tenía á raya á los malhechores y á los igorrotes, á quienes visitaba con frecuencia en son de guerra.
Ya tenía algún dinero; zanjó, más bien violentamente que otra cosa, sus cuentas con sus antiguos deudores
¡Volaba, volaba el tiempo!
Isio llevaría ocho meses de mando: no ya solamente tenía metidos en cintura á los tulisanes y demás gentuza del monte, sino á la misma turbulenta principalía del pueblo.
--¡Oh! solía gritar á sus enemigos en pleno Tribunal, cuando se ponía furioso--¡¡ustedes cuidado!!; qué no anden tonteando conmigo, pues no hay más ley que mi voluntad, ni más imperio que la fuerza de mis cuadrilleros. No me importa que me ahorquen; después de haber hecho degollar á Vdes.
¡Cá! si su mismo padrino temblaba de miedo, cuando Isio apostrofaba en las juntas á sus enemigos.
IX
Todo le iba bien, cuando recibió una orden del Juzgado, de comparecencia, para responder de los cargos que la principalía amotinada dirigía contra él por abusos.
--¿Qué hacer?--consultó Isio amostazado á su padrino, el viejo ex-gobernadorcillo.
--Pués váyase V. sin miedo, y niegue todos los cargos rotundamente.
--¿Pero si los he cometido á la faz de todo el mundo?
--No importa; muéstrese ahora más valiente que nunca con todos; persiga V. sin tregua á sus enemigos, en fin, dé á conocer que hada teme de ellos, fingiendo que lo hace porque siempre ha de salir con bien de todo, y ya verá si alguien se atreverá á declarar contra Vd.
Y en efecto, Isio, en vez de amansarse con el golpe, con inaudito descaro mandó llamar oficialmente á los que se habían citado como testigos y les amenazó maltratarles de obra, si declaraban contra él.
Al principio, efectivamente los más fieles y decididos testigos no se atrevieron á confesar la verdad contra Isio; pero de tantos que se habían citado no faltaron después, aunque escasos, quienes declararon contra él, y fueron aumentándose al ver que éste no cumplía sus amenazas.
Isio visitó á su consultor el ex-gobernadorcillo, y éste no pudo menos de exclamar:
--¡Hijo mío! por mi parte no encuentro medio de salvarle, es cuestión de suerte; más que eso hice cuando desempeñé el mismo cargo, y sin embargo, logré ahogar las quejas del pueblo contra mí.
--¿Y entonces?--contestó Isio ya muy abrumado.
--Pues, conformarse con su mala suerte.
--No, no puedo ir á la cárcel, después de los muchos sacrificios que hice, para ejercer lo mejor posible este cargo.
--Es el caso que V. no tenía derecho para desquitarse en sus inferiores, y la ley es inflexible.
--¡Inflexible!--exclamó Isio--y después de larga pausa murmuró:--Es verdad; pero he venido aquí para que V. me enseñe la manera de parar sus golpes.
--No veo ninguna.
--¿Ninguna? Ahí tengo una casa bastante bonita, poseo algún dinero, ¿todo esto no pueden hacer algo en mi favor?
--¡Nada!
--¿Cómo nada? Me parece V. como niño recien nacido.
--Nada, repito, porque tiene muchos enemigos que hacen imposible lo que indica.
Entonces Isio exclamó, levantando la vista:
--¡Cielos!
Y después de una breve pausa, añadió:
----¡Cielos! de tí na debo esperar nada;... tampoco de V., capitan; tampoco de mi casa y de otros bienes mios.
Y dirigió su mirada al sitio de su casa, para retirarla apresuradamente, como si no pudiera soportar el dolor que le causaba aquella, al recordar que irremisiblemente se malvendería.
Por mera casualidad se fijó su vaga vista en la vecina cordillera; entonces meditó un instante y después preguntó al viejo:
--Y esos montes ¿no podrán prestarme hospitalario refugio?
--Hombre, murmuró el viejo; es verdad que no veo otra salida para V. que huir á ellos; pero no puede V. figurarse lo triste que sería su destierro, siempre en perpetuo peligro de ser sorprendido por los agentes de justicia ó por los caníbales, y sin poder ya volver á esta vida en buena sociedad.
--¡Y qué buena es!--¡contestó con desden Isio!--Nó; prefiero el salvajismo: las murmuraciones, las envidias, la opresión del inferior por el superior, la enemistad entre el rico y el pobre; en fin, los horrores de la desigualdad, ¿son los encantos de la sociedad?... ¿Qué atractivos tiene ésta?... Si se trata de amores, ¿no es mejor, infinitamente mas grato llevar á la espesura de los bosques al objeto de nuestro cariño, y adorarle allí sin trabas, haciendo imposibles los celos y proclamarla como reina de la Naturaleza bruta?
--¡Hombre! despéjese V... vamos, temo que pierda la razón por la desgracia que le amenaza, y la cosa ciertamente no es para menos.
--¿Pero acaso he dicho alguna mentira? Señale V. cuáles son los atractivos de la sociedad.
En esto, recibe Isio un despacho urgente de la cabecera, en el que un amigo le participa que dentro de pocas horas se firmaría su destitución provisional como gobernadorcillo al par que el auto de su ingreso en la cárcel, y que según todas las probabilidades irá á parar al presidio por abusos de autoridad, exacciones ilegales y otros delitos por este estilo que han resultado justificados contra él.
Enterado su viejo interlocutor de esto, díjole:
--Sálvese V. como pueda, vaya al monte.., ó en fin, á donde quiera, hijo mío, que yo no puedo aconsejarle nada.
Isio, sin perder momento, se entrevistó con los ricos y disimulando el apuro en que se veía, y sus intenciones, malvendió en pocas horas todas sus cosas, excepto un hermoso caballo que tenía, algunos libros é instrumentos de mágia, que había aprendido en Manila y á la que tenía mucha afición, y acompañado de un criado suyo, tan fiel como valiente, aunque visiblemente de más edad que él, se dirigió al monte.
X
Isio y su criado se dirigieron á los montes para buscar un refugio en sus bosques, y al penetrar en la primera ranchería de los igorrotes alzados ó caníbales, disparó algunas bombas y tres cohetes de bengala.
Figuraos el efecto que surtirían entre los salvajes aquel ruido y aquellas luces: los baglanes (sacerdotes) de la ranchería, se reunieron con los ancianos, sumamente admirados todos, para explicar aquellas luces, que mal podían ser de los españoles, porque estos sólo entrarían, para castigar alguna fechoría, que no habían cometido, y en todo caso, como se anuncian con ruido, los espías y centinelas hubieran antes dado aviso de ello; y excusado será decir que no lo esperaban de los demás igorrotes.
Era, pués, aquello muy singular, y seguramente un milagro extraordinario de los Anitos.
Asi debió suponer Isio, ó ese era su propósito, porque se presentó vestido con un lujoso traje de Capitán general de los que se usan en las comedias ilocanas, y á los que se adelantaron á verle, les manifestó ser enviado de los Anitos, y que nada tenían que temer de ellos.
Sabido lo cual, los ancianos y los baglanes acordaron recibirles, después de haberse ellos convencido de que iban solos Isio y Colás (Nicolás) que así se llamaba su criado, también con traje de comediante.
Isio, confiado en su revolver y en que era muy diestro en la esgrima, á indicación de ellos bajó de su caballo y subió sólo, sin miedo alguno, á su tribunal, lo que no pudo menos de admirar á los caníbales.
Ya delante de la atónita principalía, pronunció un discurso procurando imprimir cierto aire profético ó sobrenatural en la pronunciación, en sus acciones, en su mirada vaga y casi siempre fija en lo alto, aunque observando la actitud de su auditorio.
Dijo en su discurso haber sido enviado por los Anitos para advertir á todas aquellas rancherías que eran hermanas, y que por consiguiente, sus diarias luchas intestinas tenían sumamente enojados á los Anitos; pero antes de castigarlos con calamidades, creyeron deber advertirles su error.
Un baglan intentó protestar contra su veracidad, diciendo que para eso está un anito de la guerra; pero Isio le contestó con energía:
--Calla, falaz baglan:--y mostrando su revolver, añadió:--ten entendido que en este divino cañuto llevo encerrado el rayo, y estoy dispuesto á lanzarlo contra tí, sí intentas desobedecer á los anitos.
Era la primera vez que alguien se atreviera á insultar al más venerable baglan, y el atrevimiento de Isio aumentó la sorpresa de los presentes que no podían despegar los lábios.
Y después añadió:--Todas las cosas fueron criadas por el Supremo Dios del Cielo, y si es así, ¿cómo habría hecho las razas, para complacerse después en ver unas á otras destrozarse en constante guerra, en que hoy la victoria os sonríe como mañana os llenará de luto, pero en ambos casos perdiendo siempre vidas? ¿Acaso se haya equivocado el más sábio de todos, al criar á los hombres á quienes creis que desempara en la lucha? Claro es que nó, claro es que es absurdo cuanto has dicho. Dios, sumamente justo y bueno, os crió para gozarse en ver vuestro bienestar, y para todos mandó anitos buenos que os defiendan en los peligros.
Y comprendiendo Isio qué los baglanes podrían ser ó sus temibles enemigos ó sus apóstoles poderosos, añadió:
--Tu, venerable baglán, estás muy equivocado, porque eso sí, los hombres no pueden por sí solos comprender la grandeza, la sabiduría y las bondades de Dios. Dios y los anitos te aprecian en mucho por tus virtudes, y por eso han querido que tu ranchería fuese la primera en recibir directamente de mis labios las sábias revelaciones del Cielo. No desconfieis de mí, que no predico más que la caridad al prójimo, obediencia á los superiores, y consideración á los inferiores. ¿No creeis acaso que el rayo está en mis manos? No quiero probar en ningún hombre los terribles efectos de este divino cañuto (el revolver), porque ya digo, los sacrificios humanos y todo lo que sea matanza ó destrucción, desagradan á nuestros dioses. Venga un toro ó un carabao montés ó un javalí terrible, y si no me reconocen ellos como enviado de Dios, ya lo verán.
A Isio presentaron un cimarron y un javalí de terrible aspecto, y les mató á tiros de revolver.
Figuraos ahora el efecto que hubiera podido producir el milagro entre aquellos monteses.
Cogió mi palito de fósforo y dijo:--Voy á encenderlo en el tinghoy (candil) del sol, y ardió con gran admiración de su auditorio.
Cogió un lente y quemó la mano de un usurero.
Y ayudado de la prestidigitación, de la magia, de la esgrima y de su no poco comun ingénio, logró alucinar á los monteses.
XI
La fama de sus virtudes y de sus maravillas cundió pronto en los bosques, exagerándose sus milagros.
Los baglanes le adoraron como á profeta; y halagando Isio su vanidad y enseñándoles á curar con las plantas del país y otras lecciones muy útiles, se convirtieron en apóstoles suyos.
La religion que enseñaba era la Anitería malaya, ó sea la misma que se conservaba en aquellas bosques, pero perfeccionada y reducida á racional sistema. Combatía Isio el catolicismo con los argumentos de los herejes y atacaba la sociabilidad, ó sea la idea de reducir á la vida civilizada á los igorrotes con las objeciones del católico contra el socialismo exagerado, por supuesto, todo presentado en formas sofísticas que alucinaban no sólo á aquellos monteses, sino que logró además adeptos aún entre los ilocanos.
Sus dogmas se reducían á tres: adorar y obedecer hasta el sacrificio á Dios y á sus anitos en la persona de su Profeta; no hacer á nadie lo que no queremos para nosotros; antes bien socorrer al pobre y desamparado.
Desde los montes de Ilocos hasta Cagayan, Isio era venerado por sus milagros, su sabiduría y su desinterés.
Y esto de desinterés debe entenderse por limitarse Isio á pedir lo que personalmente necesitaba, como alimento y parca contribución de dinero ó en especie, que visiblemente empleaba en el bienestar de aquellas rancherías, como en la construcción de puentes, la policía, el cuerpo de atalayas avanzadas, que se comunicaban de dia con sábanas izadas y de noche con luces. Predicó el trabajo y les estimuló á estudiar, enseñando conocimientos útiles, especialmente la Medicina y la Agricultura.
Inspiró á los súbditos el respeto á los jefes de las rancherías, y á éstos el amor á sus hermanos.
Es cierto que llevaba consigo como vírgenes para el puro culto de los anitos, á las más guapas de la ranchería.
En fin, logró civilizar relativamente á aquella gente; con la libertad y justicia que procuró para los inferiores, se estimularon á trabajar con afan; con la fraternidad sincera, el olvido de los agravios y mútuo auxilio que predicó, abolió las luchas diarias de ranchería contra ranchería, y todos no procuraban más que atender á las nuevas necesidades buenas que les había creado Isio, como las de vestirse y alimentarse bien, costear la enseñanza de los niños y pagar los demás impuestos para mejorar sus nacientes pueblos, etc.
XII
Si fuera Isio verdaderamente desinteresado y patriota, estaba en sus manos el entregar un gran pueblo á los españoles, para que acabasen la obra comenzada por él, é indudablemente le hubieran indultado, ya en consideración á este gran servicio, ya porque cometió aquellas exacciones de antes, obligado por las tristes circunstancias que le rodeaban.
Pero á la propia comodidad, al espíritu de venganza y al prurito de gobernar, todo lo sacrificó, hasta su misma labor civilizadora.